advertir a quien con tanto pulso aprecia el valor de los dos siste- mas; estas palabras tan sencillas como profundas, las estimo yo en mas que un tomo lleno de razones.
Pasando al punto de que me habla usted en su apreciada, comenzaré por decirle que me ha hecho gracia el que usted abra la discusión religiosa, atacando el dogma de la eternidad de las pe- nas. No esperaba yo que acometiera usted tan pronto por este flanco; y, vaya dicho entre los dos, esta anomalia me ha dado a en¬ tender que usted Ie ha cobrado al infierno un poquito de miedo. La cosa no es para menos, y el negocio es grave, urgente: de aqui a pocos ahos hay que saber por experiencia propia lo que hay sobre 31 este particular, y dice usted muy bien que para los que se enganan en esta materia, el chasco debe de ser pesado en demasia».
No tengo dificultad en abordar por este lado las cuestiones re- ligiosas; pero no puedo menos de observar que no es éste el mejor método para dejarlas aclaradas cual conviene. Las doctrinas cató- licas torman un conjunto tan trabado, y en que se nota tan recipro- ca dependencia, que no se puede desechar una sin desecharlas todas, y, al contrario, admitidos ciertos puntos capitales, es impo- sible resistirse a la admisión de los demas. Sucede muy a menudo que los impugnadores de esas doctrinas escogen por blanco una de ellas, tomandola en completo aislamiento, y amontonando las dificultades que de suyo presenta, atendida la flaqueza del enten- dimiento del hombre. «Esto es inconcebible, exclaman; la reli- gión que lo enserïa no puede ser verdadera»; como si los católi- cos dijésemos que los misterios de nuestra religión estan al alcan- ce del hombre; como si no estuviéramos asegurando continuamen- te que son muchas las verdades a cuya altura no puede elevarse nuestra limitada comprensión.
Al leer u oir la relación de un fenómeno o suceso cualquiera, nos informamos ante todo de la inteligencia y veracidad del narra- dor; y, en estando bien asegurados, por este lado, por mas extraha que la cosa contada nos parezca, no nos tomamos la libertad de desecharla. Antes que se hubiese dado la vuelta al mundo, pocos eran los que comprendian cómo era posible que volviese por orien- te la nave que habia dado la vela para occidente; pero ^bastaba esto para resistirse a dar crédito a la narración de Sebastian de El- cano, cuando acababa de dar cima a la atrevida empresa del infor- tunado Magallanes? Si, levantandose del sepulcro uno de nuestros mayores, oyera contar las maravillas de la industria en los paises civilizados, ^deberia, por ventura, andar mirando detalladamente la relación que se Ie hace de las funciones de esta o aquella maquina, de los agentes que la impulsan, de los artefactos que produce, y desechar en seguida lo que a él Ie pareciese incomprensible? Por cierto que no: y, procediendo conforme a razón y a sana pru- dencia, lo que debiera hacer seria asegurarse de la veracidad de los testigos, examinar si era posible que ellos hubiesen sido en- gahados, o si podrian tener algün interés en engahar; y, cuando estuviese bien cierto de que no mediaba ninguna de estas circuns- 32 tancias, no podria, sin temeridad, rehusar el asenso a lo que se Ie refiriera, por mas que a él Ie fuera inconcebible, y Ie pareciese que pasaba los limites de la posibilidad.
De una manera semejante conviene proceder cuando se trata de materias religiosas: lo que se debe examinar es si existe o no la revelación, y si la Iglesia es o no depositaria de las verdades reveladas: en teniendo asentadas estas dos bases, ^qué importa que este o aquel dogma se muestren mas o menos plausibles, que la razón se halle mas o menos humillada, por no llegar a compren- derlos? ^Existe la revelación? ^Esta verdad es revelada? óHay algün juez competente para decidirlo? ^Qué dice sobre el dog¬ ma en cuestión el indicado juez? He aqui el orden lógico de las ideas, he aqui el orden lógico de las cuestiones, he aqui la manera de ilustrarse sobre estas materias: lo demas es divagar, es expo- nerse a perder tiempo en disputas que a nada conducen.
Lejos de mi el intento de huir, por medio de estas observacio- nes, el cuerpo a la dificultad; pero nunca habra sido fuera del caso el emitirlas para que se tengan presentes cuando sea menester. Voy al punto de la dificultad. Dice usted que «se Ie hace muy cuesta arriba el dar crédito a lo que nos estan ensenando los pre- dicadores sobre las penas del infierno, y que repetidas veces ha oido cosas que de puro horribles rayaban en ridiculas». Me reservo para mas alla el decirle a usted cosas curiosas sobre esos horro- res; por ahora, y no sabiendo a punto fijo cuales son los motivos de queja que tiene usted sobre el particular, me contentaré con adver- tir que nada tiene que ver el dogma católico con esta o aquella ocu- rrencia que haya podido venirle a un orador. Lo que enseha la Igle- sia es que los que mueren en mal estado de conciencia, es de- cir, en pecado grave, suf ren un castigo que no ten dra fin. He aqui el dogma; lo demas que puede decirse sobre el lugar de este castigo, sobre el grado y la calidad de las penas, no es de fe: per- tenece a aquellos puntos sobre los que es licito opinar en diferen- tes sentidos, sin apartarse de la fe católica. Lo que si sabemos, pues que la Escritura lo dice expresamente, es que estas penas seran horrorosas: y bien, ^para qué necesitamos saber lo de¬ mas? jPenas terribles, y sin fin!...^No basta esta sola idea para dejarnos con escasa curiosidad sobre el resto de las cuestiones que aqui se pueden ofrecer?
33 «^Cómo es posible, dice usted, que un Dios infinitamente mi- sericordioso castigue con tanto rigor?» óCómo es posible, con- testaré, yo, que un Dios infinitamente justo no castigue con tanto rigor, después de haber procurado llamarnos al camino de la salvación por los muchos medios que nos proporciona durante el curso de nuestra vida? Cuando el hombre ofende a Dios, la criatu- ra ultraja al Criador, el ser finito al Ser infinito; esto reclama, pues, un castigo en cierto modo infinito. En el orden de la justi- cia humana es mas o menos criminal el atentado, segün sea la cla- se y la categon'a de la persona ofendida: ^con qué horror es mi- rado el hijo que maltrata a sus padres?, ^qué circunstancia mas agravante que la de ofender a una persona en el acto mismo en que nos esta dispensando un beneficio? Pues bien, apliquense es- tas ideas; adviértase que en la ofensa del hombre a Dios hay la re- belión de la nada contra un Ser infinito, hay la ingratitud del hi¬ jo con el padre, hay el desacato del sübdito contra su supremo Sehor, de una débil criatura contra el Soberano de cielo y tierra: jcuantos motivos para afear la culpa! jCuantos titulos para aumen- tar la severidad de la pena! Por un simple acto contra la vida o la propiedad de un individuo, castiga la ley humana al reo con la pe¬ na de muerte; es decir, con la mayor de las penas que sobre la tie¬ rra existen, esforzandose en cierto modo en aplicar un castigo infi¬ nito, pues que priva al ajusticiado de todos los bienes de la socie- dad para siempre; ^por qué, pues, el Juez Supremo no podra cas- tigar también al culpable con penas que duren para siempre? Y nó- tese bien que la justicia humana no se satisface con el arrepen- timiento; consumado el crimen, Ie sigue la pena, y no basta que el criminal haya mudado de vida; Dios pide un corazón contrito y hu- millado; no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y no descarga sobre el delincuente el golpe fatal sin haberle puesto a la vista la vida y la muerte, sin haberle dejado la elec- ción, sin haberle ofrecido la mano con cuya ayuda pudiera apar- tarse del borde del precipicio. <j,A quién, pues, podra culpar el hom¬ bre sino a si mismo? <j,Qué tienen de repugnante ni de cruel esas ideas? Facil es alucinar a los incautos, pronunciando enfaticamente los nombres de eternidad de penas y de misericordia infinita; pero exammese a fondo la materia; atiéndase a todas las circunstancias que la rodean, y se veran desaparecer como el humo las dificulta- des que a primera vista se habian ofrecido. El secreto de los so- 34 fismas més engahosos consiste en el artificio de presentar los objetos no mas que por un lado; de aproximar de golpe dos ideas, que, si parecen contradictorias, es porque no se atiende a las intermedias que las enlazan y hermanan. Es facil observar que los autores mas célebres entre los enemigos de la religión, resuel- ven a menudo las cuestiones mas graves y complicadas con una salida ingeniosa, o una reflexión sentimental. Ya se ve, como todas las cosas presentan tan diferentes aspectos, no es dificil a un inge- nio perspicaz coger dos puntos cuyo contraste hiera vivamente el animo de los lectores; y, si a esto se anade algo que pueda intere¬ sar el corazón, no cuesta mucho trabajo dar al traste, en el animo de los incautos, con el sistema de doctrinas mas bien cimentado.
Ya que acabo de mentar el sentimentalismo, no puedo pa¬ sar por alto el abuso que se hace de este linaje de argumentos, di- rigiéndose al corazón en muchos casos en que solo se debe hablar al entendimiento. Asi, en el asunto que nos esta ocupando, ^cómo resiste un corazón sensible al horrendo espectaculo de un infeliz condenado a padecer para siempre? Se ha dicho que los grandes pensamientos salen del corazón; y en esto, como en todas las proposiciones demasiado generales, hay una parte de verdad y otra de falsedad; porque, si bien es indudable que en muchas co¬ sas es el sentimiento un excelente auxiliar para comprender a fon- do ciertas verdades, también lo es que no debe nunca tomarsele por principal gui'a, y que no se Ie ha de permitir jamas que llegue a dominar los eternos principios de la razón. Los derechos y debe- res de padres e hijos, de marido y mujer, y todas las relaciones de familia, no se comprenderan quizas tan perfectamente si, analiza- dos a la sola luz de una filosofia disecante, no se escuchan, al pro- pio tiempo, las inspiraciones del corazón; pero, en cambio, también se trastornaran los sanos principios de la moral, y se introducira el desorden en las familias, si, prescindiendo de los severos dictame- nes de la razón, solo nos empehamos en regirnos por lo que nos sugiere la volubilidad de nuestros afectos.
Mucho me engaho si no se encuentra aqui uno de los mas fe- cundos manantiales de los errores de nuestra época. Si bien se observa, el espiritu humano esta atravesando un periodo, que tiene por caracter distintivo el desarrollo simultaneo de todas las faculta- des. Éstas pierden quiza bajo ciertos aspectos, absorbiendo una 35 gran porción de las fuerzas y energia que en otra situación corres- ponderian a las otras; pero la que gana indudablemente es el sen- timiento; no en la parte que tiene de desprendimiento y elevación, sino en cuanto es un placer, un goce del alma. Asi notamos que no prevalece en la literatura la imaginación, ni tampoco el discurso, sino el sentimiento en sus mas raros y extravagantes matices, lla- mando en su auxilio la razón y la fantasia, no como amigos, sino como dependientes. De donde resulta que la filosofia se resiente también del mismo defecto, y que de su tribunal rara vez salen bien librados los austeros principios de la moral eterna. Este sentimien¬ to muelle se esfuerza en divinizar el goce, busca una excusa a todas las acciones perversas, califica de deslices los delitos, de faltas las caidas mas ignominiosas, de extravios los crimenes; pro- cura desterrar del mundo toda idea severa, ahoga los remordimien- tos, y ofrece al corazón humano un solo idolo, el placer; una sola regla, el egoïsmo.
Ya ve usted, mi querido amigo, que la existencia del infierno no se aviene con tanta indulgencia; pero el error de los hombres no destruye la realidad de las cosas; si el infierno existia en tiempo de nuestros padres, existe todavia en el nuestro; y en nada inmutan el hecho, ni la austeridad de los pensamientos de los antepasados, ni la indulgencia y molicie de los nuestros. Cuando el hombre se se- pare de esta carne mortal, se encontrara en presencia del Su- premo Juez, y alli no llevara por defensor el mundo. Estara solo, con su conciencia desplegada, patente a los ojos de Aquel a cuya vista nada hay invisible, nada que pueda ocultarse.
Estas reflexiones sobre la relación entre el caracter del desa- rrollo del espiritu humano en este siglo, y las ideas que han cundi- do en contra de la eternidad de las penas, son susceptibles de mu- chas aplicaciones a otras materias analogas. El hombre ha crei'do poder cambiar y modificar las leyes divinas, del modo que lo hace con la legislación humana, y como que se ha propuesto in- troducir en los fallos del Soberano Juez la misma suavidad que ha dado a los de los jueces terrenos. Todo, haciéndolas menos aflicti- vas, despojandolas de todo lo que tienen de horroroso, y economi- zando al hombre los padecimientos tanto como es posible. Mas o menos, todos cuantos en esta época vivimos, estamos afectados de esta suavidad: la pena de muerte, los azotes, todo cuanto trae 36 36 consigo una idea horrorosa o aflictiva, es para nosotros insoporta- ble; y se necesitan todos los esfuerzos de la filosofia, y todos los consejos de la prudencia, para que se conserven en los códigos criminales algunas penas rigurosas. Lejos de mi el oponerme a es- ta corriente; y ojala fuera hoy el dia en que la sociedad no hubiese menester para su buen orden y gobierno el hacer derramar sangre ni lagrimas; pero quisiera también que no se abusase de este exa- gerado sentimentalismo, que se notase que no es todo filantropia lo que bajo este velo se oculta, y que no se perdiese de vista que la humanidad bien entendida es algo mas noble y elevado que aquel sentimiento egoïsta y débil que no nos permite ver sufrir a los otros, porque nuestra flaca organización nos hace participes de los sufri- mientos ajenos. Tal persona se desmaya a la vista de un desvalido, y tiene las entranas bastante duras para no alargarle una pequena limosna. <j,Qué son en tal caso la sensibilidad y la humanidad? La primera, un efecto de la organización; la segunda, puro egoïsmo.
Pero no mira Dios las cosas con los ojos del hombre, ni estan sometidos sus inmutables decretos a los caprichos de nues¬ tra enfermiza razón: y no cabe mayor olvido de la idea que debe- mos formarnos de un Ser eterno e infinito, que el empeharnos en que su voluntad se haya de acomodar a nuestros insensatos de- seos. Tan acostumbrado esta el presente siglo a excusar el crimen, a interesarse por el criminal, que se olvida de la compasión que, con titulo sin duda mas justo, es debida a la victima; y de buena gana dejaria a ésta sin reparación de ninguna clase, con el solo ob- jeto de ahorrar a aquél los sufrimientos que tiene merecidos. Ta- chese cuanto se quiera de duro y cruel el dogma sobre la eternidad de las penas, digase que no puede conciliarse con la Misericordia divina tan tremendo castigo; nosotros responderemos que tampoco puede componerse con la divina Justicia, ni con el buen orden del universo, la falta de ese castigo; diremos que el mundo estaria encomendado al acaso; que en gran parte de sus acontecimientos se descubriera la mas repugnante injusticia, si no hubiese un Dios terriblemente vengador, que esta esperando al culpable mas alla del sepulcro, para pedirle cuenta de su perversidad durante su peregrinación sobre la tierra.
<j,Y qué? óNo vemos a cada paso ufana y triunfante la in¬ justicia, burlandose del huérfano abandonado, del desvalido en- 37 37 fermo, del pobre andrajoso y hambriento, de la desamparada viuda, e insultando con su lujo y disipación la miseria y demas calamida- des de esas infelices victimas de sus tropelias y despojos? ^No contemplamos con horror padres sin entrahas, que con su conduc- ta disipada llenan de angustia la familia de que Dios les ha hecho cabezas, llevando al sepulcro a una consorte virtuosa, dejando a sus hijos en la miseria, y no transmitiéndoles otra herencia que el funesto recuerdo y los dahosos resultados de una vida escandalo- sa? ^No se encuentran a veces hijos desnaturalizados, que insul- tan cruelmente las canas de quien les diera el ser, que Ie abando- nan en el infortunio, que no Ie dirigen jamas una palabra de con- suelo, y que con su desarreglo y su insolente petulancia abrevian los dias de una afligida ancianidad? ^No se hallan infames seduc- tores que, después de haber sorprendido el candor y mancillado la inocencia, abandonan cruelmente a su victima, entregandola a to¬ dos los horrores de la ignominia y de la desesperación? La ambi- ción, la perfidia, la traición, el fraude, el adulterio, la maledicencia, la calumnia y otros vicios que tanta impunidad disfrutan en este mundo, donde tan poco alcanza la acción de la justicia, donde son tantos los medios de eludirla y sobornarla, <j,no han de encontrar un Dios vengador que les haga sentir todo el peso de su indignación?, <,no ha de haber en el cielo quien escuche los gemidos de la inocencia cuando demanda venganza?
Que no es verdad, no, que el culpable experimente ya en esta vida todo lo bastante para el castigo de sus faltas; Ie atormentan, si, los remordimientos roedores, se agregan las enfermedades que sus desarreglos Ie han acarreado, Ie abruman las desastrosas con- secuencias de su perversa conducta; pero tampoco Ie faltan me¬ dios para embotar algün tanto el punzante estimulo de su concien- cia, tampoco carece de artificios para neutralizar los malos efectos de sus bacanales, tampoco escasea de recursos para salir airoso de los malos pasos a que sus extravios Ie conducen. Y, ademas, ^qué son estos padecimientos del malvado en comparación de los que sufre también el justo? Las enfermedades Ie abruman, la po- breza Ie acosa, la maledicencia y la calumnia Ie denigran, la injusti- cia Ie atropella, la persecución no Ie deja sosiego; las tribulaciones de espiritu se agregan también, y, semejante al divino Maestro, su¬ fre en esta vida los tormentos, las angustias, el oprobio de la cruz. Si su paciencia es mucha, si acierta a resignarse como verdadero 38 cristiano, hace algün tanto mas llevaderos sus padecimientos; pero no deja por esto de sentirlos, y a menudo mas duros de los que han caido sobre el hombre manchado con cien crimenes. Sin las penas y los premios de la otra vida, ódónde esta la justicia?; <j,dónde la Providencia?; ^dónde el estimulo para la virtud, y el freno para el vicio?
Pregüntame usted, mi estimado amigo, si comprendo perfec- tamente cual es el objeto que Dios se pueda proponer en prolon- gar por toda la eternidad las penas de los condenados; y se ade- lanta a contestar a la razón que podia senalarse de que asi se sa- tisface la divina Justicia, y se aparta a los hombres del camino del vicio, con el temor de tan horrendo castigo. Dice usted, por lo tocante al primer punto, «que jamas ha podido concebir la razón de tanto rigor; y que, aun cuando no deja de columbrar la relación que existe entre la eternidad de la pena y la especie de infinidad de la ofensa por la cual se impone, sin embargo, Ie queda todavia al- guna obscuridad que no acierta a disipar.» Muy errado anda usted, mi apreciado amigo, si se imagina que a todos los demas no les sucede lo mismo; pues que sabido es que el entendimiento hu- mano se anubla, tan pronto como toca en los umbrales de lo infini- to. De mi sabré decir que tampoco concibo estas verdades con entera claridad; y que, por mas firme certeza que de ellas abrigue, no puedo lisonjearme que se presenten a mi espiritu con aquella evidencia que las pertenecientes a un orden finito y puramente hu- mano; pero, lejos de que me desanime esta niebla, que procédé al propio tiempo de la debilidad de nuestros alcances, y de la sublime naturaleza de los objetos, he considerado repetidas veces que, si por este motivo debiera negar mi asenso, no podria prestarle tam¬ poco a muchas otras verdades de las que me seria imposible du- dar, aunque en ello me esforzara. Estoy seguro de la creación, no solo por lo que me enseha la religión revelada, sino también por lo que me dicta la razón natural: y, no obstante, cuando medito sobre ella, cuando quiero formarme una idea clara y distinta de aquel acto sublime en que Dios dijo: hagase la luz, y la luz fue hecha, siéntese mi entendimiento con cierta flaqueza, que no Ie permite compren- der con toda perfección el transito del no ser al ser. Estoy cierto, y usted conmigo, de la existencia de Dios, de su infinidad, eternidad, inmensidad, y demas atributos; pero, <j,nos es dado acaso formar- nos ideas bien claras de lo que por estos nombres se expresa? Es 39 bien seguro que no; y lea usted todo cuanto han escrito sobre ello los teólogos y filósofos mas esclarecidos, y echara de ver que, mas o menos, adolecian del mismo achaque que nosotros.
Si quisiera dar mas amplitud a estas reflexiones, facil seria encontrar mil y mil ejemplos de esta debilidad de nuestro entendi- miento, hasta en las cosas fisicas y naturales; pero esto me empe- naria en largas discusiones sobre las ciencias humanas, alejando- me del principal objeto. Ademas, que no dudo bastara lo dicho para dejar sentado que no debe hacer mella en un espiritu sólido esta obscuridad de que estan rodeados a nuestra vista algunos objetos; y que, mientras sobre ellos podamos adquirir por conducto seguro la competente certeza, no conviene abstenerse de prestar asenso por el solo asomo de algunas dificultades mas o menos graves, mas o menos embarazosas.
No son muchas las materias en que pueden senalarse, en apoyo de una verdad, razones mas satisfactorias que las arriba in- dicadas en pro de la justicia de la eternidad de las penas; sea cual fuere el concepto que usted forme de mis reflexiones, al menos no podra negarme que no son para despreciarlas por el simple obs- taculo de una dificultad, que mas bien se funda en un sentimenta- lismo exagerado que en un raciocinio sólido y convincente. Por tan- to, solo me resta recordarle que no se trata de saber si nuestro entendimiento comprende o no con toda claridad el dogma del infierno, sino de averiguar si en realidad este dogma es verdadero y si los fundamentos en que Ie apoyamos sus sostenedores tienen las senales caracteristicas que puedan convencer de que realmen- te ha sido revelado por Dios. <j,De qué nos serviria el comprenderlo mas o menos claramente, si tuviésemos el tremendo infortunio de haberle de sufrir?
Por lo que toca al segundo punto que usted indica en su apre- ciada, no estoy de acuerdo en que una pena de duración limi- tada pudiese ejercer sobre el animo de los hombres una im- presión equivalente, y de idénticos resultados, en cuanto al arre- glo de la conducta. Pretende usted que, en estando acompahada la pena de mucha duración, o de un tormento muy terrible, bastaria para enfrenar las pasiones, poniéndose un limite a los malos de- seos; con cuya observación se da por el pie a la razón que seha- lamos los cristianos de que la existencia del infierno es una salva- 40 guardia de la moral. Pero a mi me parece que usted no ha sondea- do lo suficiente este asunto, y no ha reparado en que, si bien es verdad que la idea del tormento nos espanta y aterra cuando se ha de sufrir en esta vida, nos causa muy ligera impresión si se ha de reservar para la otra. Dos pruebas daré de esto, una expe- rimental, otra cientifica.
El dogma del purgatorio lleva ciertamente una idea terrible; y asi los libros de devoción, como los predicadores, estan pintando continuamente aquel lugar de expiación con los colores mas es¬ pantosos. Los fieles lo creen asi; lo estan oyendo sin cesar, oran por los parientes y amigos difuntos, que pueden estar detenidos en él; pero, hablando ingenuamente, <,es mucho el miedo que se tiene al purgatorio? Por si solo, ^fuera un dique bastante robusto para oponerse al impetu de las pasiones? Digalo cada cual por ex- periencia propia: diganlo también por la ajena, cuantos han tenido ocasión de observarlo. Las penas que para aquel lugar se nos anuncian son terribles, es verdad; su duración puede ser mucha, es cierto; el alma no saldra de alli hasta haber pagado el ultimo cua- drante, no tiene duda; pero aquella pena tendra fin, estamos se- guros de que no puede durar siempre, y, colocados en medio del riesgo de largos padecimientos en la otra vida, y de la necesidad de soportar leves molestias en la presente, repetidas veces prefe- rimos aventurarnos a lo primero para preservarnos de lo segundo.
De esto, que la experiencia nos esta mostrando a cada paso, nos sehala la razón las causas; bastando para conocerlas una sen- cilla consideración de la naturaleza humana. Mientras vivimos en esta tierra, se halla nuestro espiritu unido al cuerpo, que nos transmite sin cesar las impresiones de todo cuanto Ie rodea. Posee, a la verdad, nuestra alma algunas facultades que, elevadas por naturaleza sobre todo lo corpóreo y sensible, se rigen por otros principios, versan sobre mas altos objetos, y habitan, por decirlo asi, en una región que de suyo nada tiene que ver con todo cuanto existe material y terreno. Sin desconocer, empero, la dignidad de estas facultades, ni la altura de la región en que moran, menester es confesar que es tal la influencia que sobre las mismas ejercen las otras de un orden inferior, que a menudo las hacen descender de su elevación, y, en vez de obedecerlas como a sehoras, las re- ducen a la clase de esclavas. Cuando las cosas no lleguen a este 41 extremo, resulta al menos con demasiada frecuencia que las facul- tades superiores estan sin funcionar, como adormecidas; de suerte que el entendimiento columbra apenas como en obscura lontananza las verdades que torman su mas noble y principal obje- to, y la voluntad no se dirige tampoco al suyo sino, con el mayor descuido y flojedad. Hay un Infierno que temer, un cielo que es- perar; pero todo esto esta en la otra vida, se reserva para una época mas distante, son cosas que pertenecen a un orden entera- mente distinto, a un modo nuevo, en el cual creemos firmemente, pero del que no recibimos impresiones directas, de momento; y asi es que necesitamos hacer un esfuerzo de concentración y re- flexión para penetrarnos del inmenso interés que para nosotros tie¬ nen, y de que en su comparación es nada todo cuanto nos rodea. Viene, entre tanto, a herir nuestra imaginación, a excitar nuestros sentimientos, algün objeto de la tierra, ora inspirandonos algün te- mor, ora halagandonos con algün placer; el otro mundo desaparece a nuestros ojos, como objeto que perdiéramos de vista en un remo- to confin; el entendimiento vuelve a caer en su entorpecimiento, la voluntad en su languidez; y si uno y otra se excitan de nuevo es pa¬ ra contribuir al mayor desarrollo de las otras facultades. El hombre se guia casi siempre por las impresiones de momento; sacrifica lo venidero a lo presente; y, cuando pesa en la balanza de su juicio las ventajas y los inconvenientes que una acción Ie puede acarrear, la distancia o la proximidad de la realización de estos inconvenien¬ tes y ventajas es una de las circunstancias mas influyentes en su elección. ^Cómo no ha de suceder esto en lo tocante a los nego- cios de la otra vida, si se verifica lo mismo con respecto a los de la presente? <j,No es infinito el nümero de los que sacrifican las rique- zas, el honor, la salud, la vida, a un placer de momento? Y esto, <j,por qué? Porque el objeto que halaga esta presente, y los ma- les, distantes; y el hombre se hace la ilusión de evitarlos, o bien se resigna a sufrirlos, como quien se arroja a un precipicio con los ojos vendados.
De esto se infiere no ser verdad lo que usted afirma, que bas- tase el temor de una pena muy duradera para que produjese un mismo o semejante efecto, que la eternidad del infierno. No es ver¬ dad; antes al contrario, puede asegurarse que desde el momento que se separase de la idea de las penas la de eternidad, perderian la mayor parte de su horror, y quedarian reducidas a la misma 42 Ii'nea que las del purgatorio. Si los castigos de la otra vida han de producir un temor bastante a contenernos en nuestras depravadas inclinaciones, han de tener un caracter formidable, espantoso, que su mero recuerdo, ofreciéndose de vez en cuando a nuestro espiri- tu, Ie produzca un saludable estremecimiento que dure aün en me¬ dio de la disipación y distracciones de la vida como el pavoroso so- nido del sonoro metal que retiembla largo rato después de recibido el golpe.
No pondré fin a esta carta sin contestar a la objeción insinuada por usted, y de que en apariencia se halla muy satisfecho, porque, segün dice, «si bien no es mas que una conjetura, no puede negar- sele que es muy especiosa, muy filosófica, y quiza no destituida de fundamento». Explica usted enseguida el sistema que tan en gracia Ie ha caido, y que consiste en considerar el dogma del infierno co¬ mo una fórmula en que se expresa el pensamiento de intolerancia que preside a las doctrinas y conducta de la Iglesia católica. Permi- tame usted que transcriba sus propias palabras, que de esta suerte no mediara el peligro de una mala inteligencia: «Ya se ve: se que- ria sujetar el entendimiento y el corazón del hombre cihéndolos con un aro de hierro; faltaban en lo humano los medios de realizarlo, y ha sido preciso hacer intervenir la justicia de Dios. <j,No se podria sospechar que los ministros de la religión católica, quizas mas en- gahados que engahadores, han apelado al recurso, comün entre los poetas, de desenlazar una situación complicada llamando en su auxilio algün Dios; o, hablando en términos literarios, empleando la maquina? Mucho me engaho si en la pretendida justicia de un Dios inexorable no se trasluce el sacerdote católico con su terquedad inflexible». Algo duro se muestra usted, mi estimado amigo, en el pasaje que acabo de insertar, y por mas sorpresa que Ie hayan de causar mis palabras, me atrevo a decirle que, lejos de encontrarle filosófico, como acostumbra, Ie hallo aqui, primero muy inexacto, y después ligero en demasia. Inexacto, porque supone que el dog¬ ma de la eternidad de las penas pertenece exclusivamente a los católicos, cuando Ie profesan también los protestantes; ligero, porque ha pretendido convertir en expresión del pensamiento do¬ minante en el cristianismo un hecho creido generalmente por el humano linaje.
43 El prurito, tan comün de nuestra época hasta entre los escrito- res de primera nota, de senalar una razón filosófica fundada en una observación nueva y picante, Ie ha extraviado a usted de una ma¬ nera lastimosa, haciéndole perder de vista por un momento lo que no ignoran cuantos saben medianamente la historia. En resumen, queria usted significar que esto era una invención de los sacerdo- tes cristianos, bien que salvando su buena fe, con suponerles vic- timas de una ilusión; pero, ^cómo ha podido olvidar que siglos an- tes de aparecer el cristianismo estaba la creencia del infierno generalmente extendida y arraigada?
Algo satirico esta usted con los «buenos frailes que se com- placen en asustar a nihos y mujeres con las horrendas descripcio- nes de tormentos fraguados en imaginaciones descompuestas y groseras; y que dificilmente puede suportar sin reirse o sin fasti- diarse un hombre de sana razón y de buen gusto.» Bien se conoce que quiere usted hacer pagar caros a los pobres predicadores los ratos que Ie llevaba al sermón su buena madre, y que sin duda hu- biera usted empleado de mejor gana en sus juegos y entreteni- mientos; pero, sea dicho sin animo de ofender, y ünicamente en defensa de la verdad, da usted aqui un solemne tropiezo, en que solo puede consolarle el tener muchos compaheros de infortunio, entre los que se proponen burlarse con demasiada ligereza de los dogmas y practicas de nuestra religión. Y se rie de las exageracio- nes de los frailes en esta materia, que se Ie hacen insoportables por descabelladas y de mal gusto; pues bien, yo Ie emplazo a usted a que me cite la descripción que Ie parezca mas descabellada en¬ tre las que haya oido de boca de un predicador, y me obligo a pre- sentarle otra sobre el mismo objeto que no Ie ira en zaga a la pri¬ mera, ni en lo feo, ni en lo extravagante, ni en lo horrible. <j,Y sabe usted de quién seran esas descripciones y rasgos? Nada menos que de Virgilio, de Dante, de Tasso, de Milton. No advertia usted que a la espalda del buen capuchino a quien tan despiadadamente acometia usted, tropezaba con una reserva tan respetable en ma-