SigPhi · Jaime Balmes

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea

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Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia, para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5] CAPITULO III La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que, atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que, en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos, no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas; pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos, conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares, muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina, y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad, rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras, se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano; los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle: habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible, bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra en otra parte.

«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del Catolicismo.»

Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros, no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios, universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes, más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema, un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta, ¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues, no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia, y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia, por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?

Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella _piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente: ¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la doctrina de la Cátedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento, y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante. Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M. Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias. Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques, al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa, no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.

En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros, que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV; veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII; y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que, después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.

¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan, á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles, empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una regularidad majestuosa.[6] CAPITULO IV CAPITULO IV Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo, ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso, sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario, más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores: por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las aguas.

«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento, muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón; y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza, que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía, allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío, ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas. ¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó á la unidad católica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden, y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas, ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio, y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo, queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales, no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría increada.

Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano, sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo de los ignorantes.

Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje, no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera, ¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo? Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana; porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno, que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen, habrá sido una impostora.

Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados, pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de _atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar completamente alucinados á los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella, llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos, queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?