SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Page 108 of 137

¿Cuál fue la causa de la dimisión del ge- neral Narcaez? á la hora en que esto escri- bimos, lo ignoramos. Con tranquilidad en el país, con mayoría en el parlamento, sin ninguna cuestión política que pudiese pro- vocar la división en el consejo, la retirada del presidente carece de esplicacion satis- factoria. ¿Cuál pudiera ser el punto de disi- dencia? acordes reformaron la Constitución; acordes suprimieron el jurado; acordes es- tablecieron el nuevo sistema tributario; acordes dieron la dirección á la política inte- rior y esterior; acordes consumaron ó tole- raron las ilegalidades; acordes acaban de sostener en el Congreso y en el Senado la necesidad de sobreponerse á la ley para go- bernar; acordes hacen la declaración sobre el conde de Trápani; acordes niegan la exis- tencia de un \H)der militar; acordes recha- zan la calificación de gobierno de corte: acordes piensan, acordes hablan, acordes gobiernan, acordes triunfan en las calles y en el parlamento; ¿cuál es el punto, cuál el origen de la discordancia? ¿Qué ha sucedido para que se dé al pais tan grav« escándalo? lln suceso grande ¿habrá tenido causas pe- queñas? ¡Desgraciada nación, donde se busca la causa de semejantes acontecimien- tos V no se l:i descubre! ¡ Desgraciada na- ción) porque esto indica que las influencias nacionales están arrumbadas; esto indica que á ellas han sucedido las pequeneces de algunos hombres, con sus rivalidades, sus pasiones, su amor propio; esto muestra que en vez de gobernar se. intriga.

' ¿Cual es el hecho que resilta en esa dis- cordancia repentina, y manifestada de una manera tan estrepitosa? liélo aqui: la exis- tencia de ese poder militar que con admi- rable inocencia no querian ver los minis- tros y los ministeriales: la existencia de ese poder militar que veía la España, nue veía la Europa, que á nadie se ocultaíw, sino á los mismos que mas habían contri- buido ¿ encumbrarle, á los mismos que tan rcsueltamenle le.sostenian, y que por este trabajo y por la inmediación* debían sentir muy á menudo, y de una manera particu- lar, su peso abrumador. A no existir ese poder militar, ¿hubí'U'amos visto la retirada de un pn'sidente solo, y provocando nn con- flicto? ¿hubiéramos visto á ese presidente llamado de nuevo á las pocas horas, y des- tituidos á los demás ministros, y por fin no hallar otro medio para dejarle fuera del ga- binete que el singular nombramiento de ge- neral en gefe? l'n poder militar, como los demás poderes, nunca se improvisa; el po- der militar personificado en el general Aar- vaez, no se improvisó en el acto de ponerse en el último desacuerdo con sus cólegas; existia de antemano, patente á los ojos de todo el mundo;.solo que en el momento critico se ejerció de una manera desagrada- ble y decisiva sobre los mismos qae sosleí nicndole le negaban. Entonces, y solo en- tonces, dijeron las victimas: «no queremos poder militar.» ¿Hasta entonces no se pre- sentó la ocasión? Cuando reflexionen los ministros caídos, muy mortificado deben de sentir su amor propio.

Los cinco ministros, invitados por la mis- ma Reina á presentar su dimisión, se resis- tieron, y no abandonaron su puesto hasta que fueron destituidos. Esta conducta sin- gular y sin ejemplo en la historia de las mudanzas ministeriales, ha llamado viva- mente la atención pública y ha sido juzga- da en opuestos sentidos. Algunos han creí- do ver en ella una falta de respeto al trono, cuyas indicaciones no eran ol>edecidas; otros han opinado que esta conducta era digna de caracteres nobles y firmes. Dire- mos nuestro humilde parecer sobre una ma- teria tan delicada, procurando ser justos.

ISi no hemos comprendido mal ei pensa- miento de los cinco ex-ministros, discurrirían de esta manera: «la dimisión del presidente equivale á una intimocion oficial para que renunciemos; esta intimación oficial es la confirmación de las insinuaciones ó intima- ciones oficiosas que á este fin nos habia di- rigido. Si cedemos, sobre perder las carte- ras, se dirá que nos hemos amilanado en presencia del general Aarraez, y que pu- diendo considerarse su dimisión como una especie de ex¡fj;encia hecha á la corona con- tra nosotros, nos hemos retirado solo en fuerza de esta e\ij?encia. Si no dimitimos y esperamos que se nos destituya, se verá que no cedemos á las exigencias del general Aarvaez, lo que nos hará tanto mas popu- lares, cuanto que su impopularidad na lle- gado á lo sumo: ademas, provocando un conflicto de esta clase, le imposibilitamos para formar un ministerio de personas que valgan algo en el partido motlerado; y de esta suerte, privándole de los medios de hacer la transición de una manera suave, quizás le arrastraremos en nuestra caida.» Ño sabemos si este fue á punto lijo el pen- samiento de los cinco ministros, pero es de creer que si en nuestra versión no hubiese completa exactitud, habrá cuando menos un gran fondo de verdad.

Menester es confesar que si el hecho no i tuviese sino una cara, y esta fuese la que j tiene relación con Anrraez, la conducta de los ministros seria muy laudable: pues que en tal caso solo se trataria de un militar á quien se daba una lección severa, para que en adelante no continuara mudando minis- terios á su placer v declinando la responsa- bilidad en que él habia incurrido lo misñio que sus colegas. Fn semeiantes circunstan- cias, ceder es rendirse a discreción, y mejor es acabar la existencia ministerial de una manera violenta, de mano airada, que su- cumbir con i¡;nominia. Desgraciadamente, el hecho no tiene esta sola cara, no mira únicamente al general IVarraez, se reliere también á la Reina; y ademas, no se trata de un hecho aislado, ni de un hecho en abstracto, ni de un hecho sin anteceden- tes, sino de un hecho que termina la car- rera ministerial de unos hombres que du- rante veinte meses han gobernado con el general JVarraez y han tolerado su prepon- derancia. Este es el lado flaco del negocio: para mantener la legalidad, para oponeros á un arrebato de mal humor, no os acordasteis de la Constitución; y ahora, cuando se trata de vuestras carteras ¿ os ocordais de las prácticas parlamentarias? Para los demás no os importa que se pise la Constitudon, y para vosotros no queréis <|ue se prescinda ni aun de las prácficax. Para los demás no os inqmrta el texto, ¿y para vosotros ha de ser inviolable, no solo el texto, sino tara-*' bien el comentario?

Esto no tiene respuesta: los que hayan querido halagar á los cinco ministros, les habrán dicho otra cosa; pero el pais ha visto el negocio en su verdadero punto: la • inconsecuencia es demasiado notable, á na- die se ha ocultado; ya la ha consignado la prensa de diferentes' matices; la opinión pública no se deja alucinar tnn fácilmente. Cuando la inconsecuencia es en contra dei inconsecuente, la indulgencia es mas ase-'' quible; pero cuando es en favor de su des-T tino, cuando favorece su ambición, enton- ces todas las protestas son im|>olentes para que no reste alguna sosjiecha de que en el celo por las prácticas pariamenlarias algo debió entrar del amor propio herido, algo del apego al mando, ya que este celo, tan vivo y obstinado ahora, se habi^i mantenido amortiguado cuando se trataba de las leyes, incitisa la fundamental.

Pero hay aquí otra circunstancia suma- mente grave: la Reina habia dicho que el ministerio debia considerarse disuelto, y habia indicado la conveniencia ó necesidad de la dimisión: no creemos que en ningún pais del mundo haya ministros que se re- sistan á una indicación semejante. Este es un problema que nadie habia creido sus- ceptible de dos soluciones antes de la ori- ginalísima que acaban de ofrecer los minis- tros destituidos: en las monanpiias repre- sentativas como en las absolutas, si se pre*' gunta á un hombre de buen sentido, ¿qué debe ha<'er un ministro á quien su soberano indica (jue haga dimisión? responderá: «ha- cerla al instante;» y no consiaerará posiblo otra conducta.

En el caso actual habia otra circunstan-' cia, y era la misma publicidad que se podia dar, como se ha dado en efecto, á las indi-». caciones de la Reina. El pais hubiera sabi- do (|ue los ministros habian hecho su di- misión, no por temor al general Aartaez, ni por deseo de complacerle, sino porque S. M. se habia dignado indicárselo: no cree- mos que á nadie se le hubiese ocurrido acu- sarlos de debilidad.

Pero se ha dicho, un ministro constitu- Í;iüüul üa do eaUar v con arreglo a ^ US prácticas coiislilucioiialcs; no Ubre (le lomar ó dejar la i.arlera cuando á ci le narccc bien: es necesario que aguarde el fallo del |>;u'laniento: una dimisión sin mo- ^tivo ostensible, es una dimisión o capri- chosa ó nusilámine: el |Nirlanienlo y el pais licúen derecho a saber el por <pié de cani- ¿bios se mojantes; y los ministros que obran olvidando estos principios, iucurren en gra- ve responsabilidad.

' Kste es un ar^'uiueiito tan especioso co- mo fútil. Convenimos en que. una mudanza ministerial ha de ser motivada; pem ¿no es acaso motivo ma^ (jue sulicienle, la indita- t viun del monarca? Cuando no mediaran otras consideraciones, ¿no hay una podero- sa razón dii delicadeza (pie obli;<a al mi- • liistro á retirarse, siempre que el monarca Je maniliesla scn»ejaute deseo? ¿A. qué se reduce el trono, si con él se ha de prescin- dir de las consideraciones que se tienen á un simple particular? ¿Se ha pensado bas- cante en las consecuencias de una doctrina, suun la cual el nionarca no podria desha- cerse de sus ministros sino |M>r (Instituciones espresas? Vamos á señalar al¿;una de estas umsecuencius, (|ue no habrán visto sin-duda los mismos (jiic han sentado tan peligroso )rocedentc. ., Suj)on¿;amos que uno n mas ministros que tienen mayoria en las cámaras, se indis- ponen, con el íley, po; iin.i cansa agena de l i política, una palabra dc.sa!>rida, un ¡mslo . ih impaciencia, una antipatía de caracteres, u otro motivo cuahjuiera, y (}ue el monarca, á pesar de su empeño cu no provocar una ntudan/.a ministerial, se nianiiiesta visible- loeule disgust^ido siempre que está en el despacito. ¿Qué deben hacer los ministros? lo que (K'ucn hacer no se dice, se siente.

Salvar del modo posible su reputación, ha- ciendo entender a sus amigos la situación en (jiie se bailan, prejiarar las cosas del mujor mudo que puedan y luiígo retirarse. ^Qu(^ seria si el monarca llegase á indicar, a roi¡ni\ para (pie presentasen la dimisión? S:5 uos replicara '(|ue el caso no era este; pues quo los ministros ni habian desmere- cido la coutianza de S. M., ni habian in- « ' '.n sil real desagrado; pero ¿quién I. ■ ',.1' p )!• I • mi<nni ((III' S..M. indica^ ha la lu ti, aunquii le fueran acoplan las personas, no le era acepto ({uocoulinuasci) ú su lado? indicara un ini- Iuistroquc presente su diiuisiua, equivale a decirle: uretirate; pero hazlo de manera que me evites á mi un paso sensü ' ■ • a ti un bocliítrnti; >' en tal ca.«.o hay n m de i I monarca, ¿y se creerá » ido ¡ el Mibdito de guardar la debida corrcüpou- , deucia?

1 Si se replica que Itay mucha diferencia cutre las indicaciones espontáneas y ia& in- dicaciones exigidas, y que si bien es deli- cado ceder á las primeras, es cobardía pres- tarse á las.segundas, haremos notar otra consecuencia altamente revolucionaria. Nin- gún partido, cuando resiste á la voluntad ^ol>erana, supone que esta sea libre: uel mo- narca eslá preso; está violentado; está ro- deado de gentes que le engañan, y dejan obrar como el desea;» asi hablan las facciunes: abi)ra bien, si adiiiiliiu preced(mtc,. resultará que unos mioislros (luc cuenten con mayoría en las ( no deberán retirarse jamás, no ob>; las mas espÜcilas declaraciones del monarca. Siempre tendrán á la mano el mismo re- curso: « si (juiere (jue nos retiremos, que nos destituya; ademas sus indicaciones no son espontaneas; proceden de una intriga de corte, de manejos de una camarilla etc.»- iVsi el soberano se vera en la; i i'Jí^r- nativa de continuar con min, no quiere, o destituirlos; asi dej>aparecera una lormula que aun(|ue muy fácilmente ioler- prelable, sua\iza la- r ^ ifidnes entre el mo- narca y los huaibiv iiierno: asides- a{)arcce.rá por.las doctrinas y la conducta de hombres llamados nMnaripiicos, una formu- la, que, menester C:> confesarlo, respetaron los hombres del progreso. No recordamos que tal hiciera ningún ministerio p is- la, a pe.Nar de (jue algunos llcvabau i trinas democráticas hasta la e\nge¡ y se encontraron en situaciones harto cnii<- cas. Ya en otras atsas han dado la ra ' moderados á los pro^-resistas: y es s. iiue se la den también en un. [lunto de cerca puede afectar á las prerogalivas y al decoro de la magestad real.

Queremos suponer que hubiese una ver- dadera exigencia; (|ue el muiiaica al hacor las indicaciones sobre la dimisión car< de espontaneidad; ¿se le debería olii destituir, resistiéndose a dimitir el nii: rio? i\u: |>orque enlouceiíes humillar ■ narca, es decirle: «Nosotros vemos <i ' obras con libertad; vemot» que te buui.o. u.

■ ■pcnrv qtiPivmns cpic e55to conste; qnoir'vn*; 4]%w la liuniiH;)riot» sea pública, olíri«l. lemne; no queremos (jue se cubra ni atin con el traspnront*' vclr» do nna dimisión for- zosa.» En casos laii estreñios, iin honihre leal debe ofrecer á sn rey su fortmiíi y su vida; debe apurar lodos los recursos de su irisenio y de su valor para libertar al mo- narca; |>er() si n(» pncde lojjrarlo, y el nio- narcn cree llegado el caso de ceder, no de- be, no puede í'l ministro decir; "vo no me me retiro liasla (pie uie destituyan: » esto es auntentar el conlliclo del soberano, y esno- ner á los ojos del público su (laíjueza y nu- i'in. Lo repetimos: esto n(» se pnieha, r. lite: nadie jiimas habia sospechado que se pudiese se'ruir otra conducta.

Afortunadamente no li[i!>inn llepado las <rosas á eslremos tan deplor.ibles: ni el jíc- neral.\arc(iez tenia sublevadas las tropas, ni impedía á la Keina que llamase á las it;isque fuesen de su aíirado: la situa- 1 li li era ü;rave. difícil, j)ero estaba todavía en los líiúiles de la legalidad. Los cinco ministros debían prescindir de la mavor ó SMnor influencia (pie ejercía en el ánimo <lfe S. M. la dimisión del general JS'Hirnfz; supuesto (pie la Reina se dignaha indicarles que renunciasen, debían renunciar; sí la conducta (|ue ellos siirníeran la hubiesen visto en un ministro progresista, es induda- ble que la habrían calificado de revolucío- fiaría. Nosotros no les suponemos ni remo- tamente la intenci(m de ofender á la Reina: estamos (>ersuadidos (pie el tiro lo dirigían al general JVarraez; pero salvando la inten- ción, no podemos menos de censurar el «oto y de indicar las consecuencias de un precedente tan funesto. Todos los hombres monánpiícos deben condenar un hecho que afecta a las prerogalivas y la dignidad del soberano: conlíamos demasiado en el buen juicio de los hombres de gobierno para temer (jue este hecho se repita. Mu- cho nos enzañariamos, si lUm en los países mas acoslundiradus á las juácticas jwrla- menlarías, fuese juzgada de otra manera la conducta de los ministros destituidos; y ellos mismos, cuando hayan reflexionado mas, cuando hayan examinado con sereni- dad todos los aspectos del negocio, se arre- pentirán sin duda de haber llevado las co- sas á una exageración tan deplorable.

1 NOiVISRAMIENTO .writo nn BBjiwl<n9 4 iMnana.

Pocas mudanzas han ocurrido en Espa- ña que hayan producido una alegría mas general y mas viva «pie la dimisión del ge- neral Narvaez y la destitución de sus com-** pafieros; roIo el ministerio y sus cfuitadoé* sostenedores ignoraban (> aparentaban ígno- * rar, (pie su impopularidail habia tocadf» af"^ límite mas allá del cual no continúa minis-* lerio alguno, sin graves perjuicios de!n causa pul)lica. Asi lo debif» conocer el ge- neral Narvaez, cuyas convicciones eran, según mnnifeslr> en el Senario, que sn mi- *" nislerío no prxiia hacer la felicidad del pnis.' En sentido contrario opinaban sus cólegasf v con opinión tan hien arraigada, que paríT* hacerles aliandonar sus sillas no bastó ni Id * dimisión del presidente, ni la signilicativjf'^ indicación de la Reina, sino que fue nece- *' sario que los destituyera. En la variedad* de los pensamientos humanos, y en la in-**. certidumbre que lleva flotantes los planes resoluciones de los débiles mortales, siem-" ppc es satisfactorio el ver qne hay hombreá" tan dolados de la conciencia de sus propiaá' fuerzas, que aun en las crisis mas peligrosas ^ creen que el menor de los males públicos - es su continuación al frente del gobierno, ('omo por otra parte el general Narvaez no espresó sí la convicción de que no debía I>ermanecer en el ministerio, era relativa tan solo a la utilidad de su persona, ó si se referia á la de sus colegas, (pieda la duda siguiente: al salir del ministerio, ¿creyó el presidente dimisionario que la retirada de sus compañeros babria bastado para que mismo, asociado con (ítros ministros, pudie- ra labrar la felicidad del país? Parece muy probable que si; pues que tan fácilmente y a las pocas horas,.se resignó A la penosa ■ tarea de reorganizar un ministerio. Asi de- ' bieron de comprenderlo los cinco destitui- dos, y |>or esta razón |)ermanecian en su9< ' secretarias, esperando respe Inosnmen te las' ordenes de S. M. I)»' lodo esto parece re*'* sultar, que tanto el general Narvaez comrf* s'i^! nríipafleríx m- « reían capaces de hacer** la felicidad del pais; aquel sin estos; esto.s, con aquel ó sin aquel. Menester es conresar que, ya sea fwr las ventajas de la posición, ya sea por otras razones, quedaba mas airoso el ¿íeneral Narvaez que sus compa- ñeros, por lo menos en la parte de Tormas. Si en efecto la dimisión del presidente del consejo tenía \yoT objeto la caída de sus co- legas, el general Narvaez adoptaba el ca- mino regular haciendo dimisión: áesta con- ducta, en su parte ostensible, níida se le puede objetar. l*ero sus compañeros se en- cargaban de gobernar sin el general Nar- vaez, V se resignaban á gobernar con el ge- neral Narvaez: siendo lo segundo mas in- comprensible que lo primero; porque si en realidad pensaban que Narvaez no los quería á su ladn, ¿quién se resigna á con- tinuar gobernando con él? ¿Qué preten- día hacer el Sr. Martínez de la Rosa, cuan- do pedia permiso á la Reina para avistarse con el presidente dimisionario? Salta á los oíos, que lo (¡ue se projumia era persuadir al general que continuase en el ministerio, por cuya razón le negaría S. M. el permi- so solicitado. Hé aquí núes á unos hombres, que á pesar de que la Reina les dice que el ministerio esta dísuelto, ú pesar de que ellos creen que Narvaez no los quiere á su lado, ellos se empeñan en continuar de ministros de la Reina y de colegas del gene- ral Narvaez. Esto es triste: y para el bien de esos mismos hombres, hubiera sido de desear que sus esplicaciones en el parla- mento hubieran sido mas satisfactorias. Desgraciadamente los hechos han quedado en su desagradable aspecto; y es dilicil, si no imposible, que pueda suavizarse jamás el severo fallo de la opinión pública.

La modesta actitud del general Narvaez en las sesiones del Senado, habrá quizas persuadido á algunos que el (jeneral en gefe del ejercito está fatigado de las tareas gu- bernativas; y que solo pudiera resignarse á cargar con ellas en el caso estremo de que S. M. se dignase llamarle de nuevo para el sosten del orden público y la salvación del trono. Las protestas de que estaba pronto á ir de capitán general á cualquiera pro- vincia, ¿ ponerse bajo las órdenes del ca- pitán general de Madrid. y de no desde- ñarse hasta de hacer centinela en palacio, si las circunstancias lo exigiesen, indica que el general Narvaez estalia bien pene- trado de la necesidad de disipar los recelos sobre su preponderancia, que ya se iban di- fundiendo con una progresión alarmante; siendo de esto último la mejor prueba el que ni aun con las protestas han dejado de cir- cular noticias mas ó menos infundadas, pe- ro que acogidas por la prensa han desvir- tuado mucho la contianza que se propusiera inspirar el general en gefe. Esto que daña al ex-presídente del consejo, tampoco es favorable al ministerio, que inaugurado con apariencia de satisfacción universal, lucha ya con fuertes obstáculos que pruimblemen- Ite se aumentarán en vez de disminuir. £1 curso mismo de las observaciones, y el na- tural enlace de los hechos nos lleva á exa- minar la situación del ministerio Miraflores^ sobre el cual habrán notado los lectores del l*E>sAMiE>To DE LA Nai:io>, quc cl autor de este articulo ha guardado en su articulo anterior, absoluto silencio.

Advertiremos ante todo que nuestra re- serva no era efecto de espíritu de hostili- dad, ni siquiera de desvio: su{>onemos en el Sr. marqués de Miraflores y en sus dig- nos compañeros, lealtad de intención, y sinceros deseos de hacer la felicidad del pais; mas diremos, nos pareció que con el cambio habia mas esperanzas de que mejo- rase el estado de los negocios públicos. A pesar de esto, no podíamos hacernos tas ilu- siones con que otros se halagaban; parecía- nos que la situación era grave, dilicil, peli- grosa, y que era muy probable no se habían de realizar los pronósticos de los que con tamaña facilidad se entregalian a sueños de oro. Por esta causa y hallándonos en la al- ternativa de hablar contra nuestras convic- ciones, o de manifestarnos en discordancia con tan gratas esperanzas, preferimos ca- llar sobre este punto y atenernos á un exa- men imparcíal de los sucesos anteriores á la organización del actual ministerio. No ie han necesitado muchos dias para que la con- fianza general se haya enliaquecido, y la prensa se haya hecho cargo, según costum- bre, de rumores de crisis, de disidencias, de peligros para el orden público y demás co* sas indispensables en semejantes casos. Ahora es ya posible decir lo que se pien- sa, sin peligro de hacer ningún daño al ministerio, contrariando ó entorpeciendo su marcha. Ademas, que las observaciones que haremos, v las opiniones que emitire- mos, dejarán hien convencidos á los seña- res ministros de que nuestras palabras no son inspiradas por miras hostiles úao ainis- 1 (|ue convenia aprovechar In oportunidad de realidad, sino hasta I9 lusas.

Creemos que el Sr. marques de Mirado- res coa su noble resolución de mauit'eslar ^ladinamente al general Narvaez la con- veniencia de que este nu íurmahc parle del uue\u mimslerio, hizo un señaladu servi- cio al país: para apreciarlo eu lo que vale, es preciso ponerse en el lu^^ar del Sr. mar- ques, cara a cara con el cv-presidenlc, ya otra vez presidente, atareado cun la reor- gauixacion del ministerio, y en el duro trance de decir una verdad tan aniar^'a pa- ra el general ISar\aez, cual era la conve- niencia 6 la necesidad de que se resignase á quedar fuera del ministerio, ¡ y cuándo! cuando ya su nuevo llamamiento era publi- co, cuando sus amigos se lisonjeaban de que bien pronto babria dado cima a su co- metido, cuandu el retirarse era confesar que uo querían asociársele lus hombres nutables del partido moderado. cuando se daba á entender á la España y a la Europa que el antiguo dueño de la situación nu alcanzaba siquiera u lurmar un ministerio, cuando £us enemigos se gozarían en verle envuei- lo en la ruina de sus cinco compañeros, 4}uaudo la declaración del Sr. marques ^ui valiera también á decirle: «yo (xir mi patlJi, tampoco quiero entrar en el minis- terio con V.u Lo repetimos, esto era duro: exigía mucha resolución; el Sr, marqués contrajo un mérito (]ue no podemos desco- nocer. Por lo mismo, no cstrañamos que la amargura de la indicación se dulcilicase lodo lo posible, que se hiciesen lisonje- ros ofrecimientos, que se mostrase empeño en manifestar que se compensarla por un lado loque se quitaba por otro.