SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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no ha de estar desazonada con su insaciable voracidad. La pren.sa destinada á satisfacer- la, siente todas la fuerza de esas inmensas necesidades: si trasmirrcn algunos dias sin alg<ina novedad im|H)rtanle, no falta (piieR la. tinge, con la esperanza de que bastará esperar pocos mas para que la ficción se mas grave y trascedentai que el fingido, haga olvidar la serenidad de la mentira. .No hay prensa en Europa ni en América que en materia de noticias esté mas abun- aantementc abastecida que la de España. La inglesa tiene que contentarse meses y años con la cuestión de cereales, alguna novedad de la India ó de los mares de la China, las negociaciones sobre el derecho de visita y los asuntos del Oregon; la fran- cesa se ocupa durante largo tiempo de las pe(|U(}fias intrigas entre Thiers y üuizot, de la indemnización Prichart, y se le dan en vez de los boletines del imperio los par- les del mariscal Bougeaud anunciando tre- mendas victorias, seguidas ya que no de la toma de Viena, de Berlín, de Moscou, al menos de algunas cabezas de ganado la- nar y otras especies que largamente se de- tallan como es de ver en el lugar corres- pondiente. La prensil espailola, si bien no puede referir los hechos heroicos (lue han menudeado en la última guerra de los siete años, ti<;ne siempre a la mano acontecimien- tos políticos de la mayor gravedad, que por desgracia van alternando con escenas de sangre. No se trata en Esparta de una mcn intriga ministerial, cuvo resultado haya de ser un simple cambio de nombres o una muy ligera modificación en la política; la cuestión está en si ha de haber una mudanza profunda y absoluta en los hombres y en las cosas; si partidos enteros han de ser pros- critos ó no; si las leyes fundamentales han de ser destruidas ó cuando menos reforma- das; si la Reina se ha de casar ó no con es- te ó aquel príncipe; y esto último no se tra- ta en el terreno de la diplomacia, si no á la faz del orbe, haciéndolo como se dice ahora, cuestión de rei^olucion ó parlamcnlo.

¿ Y todavía se dirá que la situación es halagüeña; que el estado de las cosas es satisfactorio; que caminamos á una reorga- nización, cuando ninguno, absolutamente ninguno, de los grandes problemas pendien- tes sobre el país esta resuelto, ni lleva cami- no de resolverse? ¿y se dirá que se gobier- na, cuando después de tantos años de par material no se na dado un paso para con- quistar la paz moral, y es preciso estar de continuo sobre las armas, si se quiere con- servar el orden publico? ¿cuando los nego- cios presentan cada dia nuevas fases y com- plicación mas inestricable? ¿ cuando al leconvierta en realidad, óalgun hecho todavía ■ vantarnos por la mañana suele sorprendernos alguna novedad aconlccida en la noche, y oslamos inciertos de si trascurrirá el dia sin que nos sorprenda otra novedad lodavia mayor? Esa rncerlidumbre. esa zozobra, la actual deberia considerarse descompn«.^tx del todo. La división ha sido on una cuestión de parlamento, en una cuestión de gabinete, en una cuestión de nacionalidad: si en un ¿(|ue están indicando? ¿no indican un pro-; punto como este no se halla de acuerdo la tundo malestar, nacido de causas que afec- tan el corazón de la sociedad española? Solo hombres superiiciales pueden desconocer esta verdad; solo homiires que viven para el dia de hoy sin cuidar del de mañana, pueden contemplar tranquilos ese flujo y re- flujo de acontecnnientos que nos afilan y perturban. Desengáñense nuestros hom- bres de gobierno: esto es la lela de Fe- nelope, se hace y se deshace de continuo; creen ir adelaulaudo y no advierten que su movimiento es circular, y que vuelven siem- pre al mismo punto.

Atengámonos _|)or hoy al ruidoso suceso de la maniteslacion de algunos individuos de la mayoría sobre el matrimonio de la Reina, y á la declaración del ministerio; negocio dilicil, (¡ue al decir de los ministe- riales, ha lenido un desenlace suave y sa- tisfactorio: convenimos en que esta suavi- dad ha sido la mayor posible; pero á [K'sar de ella, el desenlace encierra tanta grave- dad, es de tamaña trascendencia, (|ue en nuestro concepto ha modilicado profunda- ineute la situación, preparando otra (]ue no sabemos cual ha de ser; pero si que será muy diferente de la de ahora. Convenimos en lo suave, negamos lo satisfactorio; á no ser que se entienda satisfactorio para la oposición, como diremos en su lugar.

Fijemos los hechos y examinemos sus consecuencias. Los hechos son: la división en el seno de la mayoría; la desconlian/a de una parte de csla con relación á la conducta del ministerio en una cuestión importantí- sima; la humillación del ministerio ante las exigencias de la mayoría, apoyadas por el voto nacional.

La división en el seno de U mayoría es un hecho evidente; unos lirman la luanifesta- cion, otros no; ¿cabe linea divisoria mejor marcada?

Ladi\isionno versa sobre una cuestión sectuidaria, sino sobre una de las mas gra- ves del pais; quizás la mas grave de todas, pnr(|uc hasta cierto punto cslau ]>cndientes cic ella todas las demás.

Kn cual(|uiera pais donde el sistema par- lamentario tuviese mas signiticacion de la mayoría, ¿en cuál deberia estarlo?

Creemos haber demostrado en el ariirnio. anterior (lue la mamíestacion de los indivi» dúos de la mayoría era un voto de censuni' tanto mas duro, cuanto menos intentado. La dcsccnlianza no podia espresarse de una ma- nera mas signilicutiva; el asunto no podia ser mas grave. Los lirmanles decían: anos- olros desconliamos; » los no Armantes ó no desconliaban ono querían manifestar su des- coniianza; si unos la abrigaban y otros no, la ' división estaba en el fondo de los sentimien- tos; si todos desconliaban. la división estaba en la necesidad de manifestarlos; en ambo.s supuestos la división era igualmente mar- ' cada; |>orque en estos casos la cuestión de si se ha de manifestar la desconíianza, es por si sola una gran cuestión publica.

Dígase lo que se quiera, la oposición det Congreso ha salido triunfante en la cuestión del matrimonio: los individuos tirmantes le han dado la razón; y el ministerio, cedien- do, ha conlirmado el fallo de los individuos de la mayoría.

¿Que decía la oposición del Congreso? Se agitan intrigas para realizar el enlace de la ' Reina con el conde de Trapani; la nación es- < la inquieta, recelosa del porvenir: el proyec- tado matrimonio seria funesto al pais, a las instituciones, al trono mismo; es necesario ' que el ministerio se esplique haciendo des- aparecer la ansiedad publica. ¿V qué han di- cho los individuos de la mayoiia lirmanles de la manifestación? lo mismo; ahí se la en- cuentra en lodos los periódicos, sin que na- ' die haya osado desmentir su contenido sus- tancial. La fracción de la mayoría ha dado la razón á la minoría, y el triunfo de esta ha resaltado mas con la misma distancia en que la mayoría se ha mantenido con respecto á la misma. lia habido diferencia por cierto entre la fracción de la mayoría y la minoría; pero esta diferencia no le lia sido á esta me- nos favorable (]ue la misma semejanza.

La semejanza entre la minoría y la frac- ción de la mayoría ha consistido en que am- bas han dicho: desconfiamos; el peligro es inminente; hablemos para provenirle: la di- ferencia ha consistido en que la minoría ha que tiene entre nosotros, una mayoría como í dicho: ya que la cuestión es grave, ya que el peligro es inminenle, ya que para prevé- \ confianza, para desvanecer toda sospecJw, nirle es necesario hablar, hableujos en pleno parlamento, venliicnios á los ojos del pais loque al pais interesa; val;íaniouos délos ni(;dios coiisifrnados en las iustiliicionos que nos rigen, para prevenir un mal que á las instituciones afecta; hablemos ohrialmcnic al gobierno de S M., puesto <píe se trata de la suerte del trono y del [wrvenir de la llcina. La Iraccionde la mayoría ha dicho: hablemos y hablemos alto para que la nación nos oiga; descarguemos nuestra conciencia de la res- )onsabilidad que pudiera pesar sobre ella; sepa la nación cuál es nuestro dictamen; sé- palo el líobierno; sépalo el trono; pero no promovamos en el seno del parlamento una cuestión que podria dividirnos. ¿Ouién tie- ne razón, la mayoría ola minoría? ¿quien es mas parlamentario? ¿quién mas conse-, cuente? ¿No hay algo de singular en esa división que se quiere ocultar y que se pro- pala en alta voz? En las columnas de los periridicos ¿hay acaso menos publicidad que en la tribuna dol parlamento?.¿ No hay al- go de original en esa unión que se rasga cvando se (juiere salvar, y se pretende sal- var cuando se rasga? Cuanto mas rellexio- nantos sobre este suceso mas nos atirmamos en Ja idea de que es uno de los mas anóma- los que se han visto en la historia de ios parlamentos.

Pero es todavía mas singular que el mi- nisterio, cediendo á las exigencias de la mayoría, haya acabado por dar la razón á la minoría. ¿Oue obtuvo el di.scurso del señor presidente del Consejo? «poner término á la descotifianza y á las zozohras que desgra- ciadamente se han introducido entre nos- otros; )) por manera que lo que el Seüor Martínez de la Rosa apellidaba vulgarida- des y calumnias a (pie el gobierno no con- tBslaba por no degradarse, adquirió de re- líente tan alta importancia que pro<lujo des- conlianza y zozobras á que el gobierno sin degradarse, creyó conveniente y aun nece- sario dar una solemne satisfacción en pleno se ofrecen en garantía la hoja de servicios, las vicisitudes de la vida del general Aíi»- vaez, los hechos comprobantes de su lealtad; v como un recurso supletorio; se apela al fallo de los que escriban la historia coo im- parcialidad y con calma. ¿Cabe declaración mas solemne de que la minoría Icuia razón al decir que los ánimos estaban inquietos y que era preciso calmarlos con esplicaciooes francas?

Tres puntos contiene el discurso del ge- neral j\an>aez: que el gobierno no con- sentirá la csciusion de ningún pTÍncipe: 2." (pie no se lia tratado la cuestión del ma- trimonio: 3." que se la someterá a la disco- sion de las Corles. Diremos l)revemenle nuestra opinión sobre lodos ellos.

Se ha criticado el primero, a saber: que el gobierno haya dicho (jue noconseoliria la esclusion de ilingun principe; seamos jus- tos: un gobierno no podia decir otra cosa; aun cuando en su opinión particular hubie- stí creído que el enlace con el conde de Tn»- pani era funesto al pais, no dcbia fwncrie en el Congr«;so una esclusion espresa, la ministerio a cuyo juicio se someta la conve- niencia de un matrimonio de la Reina, de- be esjwner lealmente a S. M. lo que le pa- rezca sobre el asunto, aun cuando sea en sentido contrario a sus augustas iuíiicacio- nes; si la Keina creyese convenienle insistir, el ministerio debe retirarse; pero jamás el gobierno de un monarca debe de< ir en unas Cortes que no quiere que el monarca se «»• con lal ó cual per>ona. Esto seria llevar el desacato á un eslremo repui;nante. Ua w- nislerioque presentase su dimisión en el caso supuesto, quedaría justilicado á los ojos dd publico, si su resistencia fuese justa: nin- gún hombre de gobierno puede ir mas alia; esto no se prueba, se siente.

El general Aarvaez al espresar sus ideas sobre la no esclusion, luvo la mala sucrio de caer en una de aquellas exageraciones de lenguaje que le son familiares á S. E..

I larlamento. Hé a(iuí lo que vale la previsión I que manitíestan su poca praclica en roate- lumana: saludable lección para no tratar á I rias de gobierno y de parlamento y un gu> los adversarios con demasiada altivez.

Los motivos que arrancaban las esplica- ciones del presidente del consejo, eran na- da menos (pie n lijar dignamente ta cuestión que nos desune y evitar (pie nuevos dislnr- bios veniran a emtiarazar de nuevo el curso de nuestros debates.» Para calmar la dcslo tit«'rario no muy esquisilo; pernal iraves de esta exageración» nosotros lejos de des- cubrir una reticencia en favor del conde de Trapani, vemos una tácita f)rotesta contra las interpretaciones que en e.ste seupdo se han querido dar á sus palabras. El general yarmez se diría á si mismo: se quiere una Digitized b; t Digitized b; t esciusion: se trata de una esclusion; las es- plicaciones que voy ¿ dar son precisamente para calmar la inquietud movida por el sen- timiento de oposición al conde de Trapani; yo, ministro de la Reina, no puedo decir que \wn^o una limitación á la voluntad de la Reina: no puedo decir que jukí^o indigno de su augusta mano á un pariente tan cer- cano de la misma Reina. Si digo que no es- cluyo á nadie, saldrán mañana los perickii- eos imputándome una reticencia favorable al conde de Trapani; ¿qué liare, pues, para salvar la dignidad de mi posición, y no dar motivo de sospecha? ¿que diré para que después de la no esclusion se sobreentienda que esta no esclusion no la hago en pro del conde de Trapani? saldré de la Europa y me arrojaré al centro del Africa; y entonces sera como si dijese: ya veis que no me re- fiero al pais de los encantos, pu«s que os hablo de la tierra de los negros, de los leo- nes y de los tigres.»

Esta es la única esplicacion razonable de la eslraña ocurrencia de un ministro, que pone en la esfera de la (>osihiiidad la can- didatura para la mano de la Reina de cual- quier principe, aunque fuera de los estados ignorados dei Africa.

Aseguró el general Aarvaez que no exis- te la cuestión de casamiento; que no se ha tratado; es preciso dar fe á la palabra de un caballero; mas esto solo prueba que el ge- neral j\arvaez no lo sabe, pero no que no exista; esto solo prueba que ni de l'aris, ni de Ñapóles, ni en Madrid se le ha dicho na- da al general Aarvaez sobre la cuestión de casamiento: un presidente del consejo ¿ 3uieii nada se dice de asuntos tan graves ebe renunciar su cartera. Es imposible per- suadirle al iHiblico que en altas regiones no se ha tratado la < iicslion del malriuiouío, porque es imposible persuadirle de que son •¡Usos hechos que nadie ignora. Si el general Kartatz, hablando como representante del gobierno, (juiso decir que la cuestión no se Babia sometido al consejo de ministros, de- bió advertir que este sentido no era bastan- te, y que el publico al recelar del estado de la cuestión del casamiento, no pensaba en el estado oficial, sino en el estado oficioso.

Como quiera, la opinión nacional triunfó; mas o meuos esplicilamente se le dio una salistacciou solemne, se prometió que la cuestión seria traida al parlamento, «no co- mo algunos creen furtivamente, para burlar las esperanzas de la nación y de los repre- sentantes del pueblo, sino para que los se* ñores diputados se apoderen de ella, la dis- cutan y digan su opinión con calma y pue- dan delilierar cuanto interese al país y al trono de la Reina;» se prometió que asilas Corles hubieran concluido ya su misión, si estuviese para cerrarse la legislatura, y en aquellos aias viniera la cuestión á poder de los ministros, prorogarian las sesiones, á fin de que vieran los representantes del pue- blo la nobleza con que los ministros tratan esta cuestión delicada;» se prometió que «aun cuando el artículo de la ConslilucioQ no existic'ra tal como existe, aun cuando tu- viera la Reina la facultad de casarse sin de- cir nada á los representantes del pueblo, la Reina no tisaria de esa prerogativa, pues bastaba que los secretarios del despacho en la legislatura anterior bubiesen aconsejado que se quitase este articulo para sustituirle con el que ahora está, bastaba que á pro- puesta de los ministros se hubiera volado esa medida, para que de ninguna manera se aprovechasen de esa ventaja.»

Es preciso confesar que algunos órganos de la oposición han estado muy exigentes no contentándose con las esplicaciones del ministerio. ¿Oue mas se queria? ¿no es lis- iante humillación el verse precisado a dar- las cuando á ellas se habia resistido tan fuertemente? ¿no es bastante humillación el protestar de una manera tan solemne, que no hará nada sin someterlo á discusión de las Cortes, que no se aprovechará ni siquiera del artículo constitucional sobre las prerogati- vas de la corona en el asunto del matrimo- nio? Se dirá que esto son generalidades; ¿pero es una generalidad el dar esplicacio- nes exigidas? ¿el darlas solo porque se exi- gen y en el momento en que s<* exigen? ¿Por ventura la cuestión del matrimonio se ventilaba en general? En la tribuna. en la prensa, la mayoria y la minoría, ¿no han ha- iilado cspresamcnte del conde de Trapani? Cuando el gobierno dice: no se ha tratado la cuestión del casamiento, y lo dice preci- samente para calmar la zo/.obra producida por el casamiento con el conde de Trá(>ani, ¿no es lo mismo que si dijese: no temáis, no hay nada de este casamiento? Asi lo inter- preta el sentido coiiuin. La España v la Eoropa habrán inferido que el conde de trá- paoi, imposible ya de antemano, se ha he- cho todavía mas imposible si cabe. En nues- 78 tro roncepto, y sin que por esto nos onlro- ' pnrmos á una confianza esces-iva ni <lcfcmns «1p vifiilar, lrtniovtjí>t! c-i i rcsuoll»; ol onlíwf con el conde de l r.i|»;im es de todít punió imposible; si este absurdo se realizase, re- pelimos lo ffiic indicábamos en el arliculo. nulerior: no nos ocnpanios d consc- ' cncncias; de un imiwsible se -i^^; cual- quiera cosa.

Concluyamos: la mayoría se ha dividido i; en una cuestión importanlisima; esta divi- I sion larde ó temprano producirá sus conse- > (Pwencias; el ministerio ha cedido a las exi- ( irencias de la opinión nacional; esto ha pn)- • i tirado á la crisis un «lesenlace suave; pero s hn (piebrantado la fuerr.a del ministerio que i ha dejado lle^^ar las cosas á tamaña eslremi- dad; la oposición ha triunfado, y si aiiio fal- ¡ ta para que su triunfo haya sido cúmplelo, | es el qne todos sus órganos no le han com- prendido de la misma manera, el que lodosa j; una V07. nohan sabido decir: «nosotros triun- II Tamos, el gobierno ha cedido, ha dado las ' esplicaciones qne desde su principio exiiíia- mos; el triunfo es tanto mas satisfactorio manto ha friujifado con nosotros la opinión, nacional.» Uien comprendemos que puede haber influido en esta conducta el temor de que la pretensión de reali/nr el proyecto im- i posible, aparezca de nuevo: tampoco lo es- tranariamos, porque hay gentes (pie se com- placen en empresas atrevidas y temerarias; pen) repelimos que en la actualidad impor- taba aprovecharse de la victoria haciéndola notar, sin encarnÍTtarse acuchillando rendi- dos y fugitivos. El gobierno, cediendo, se rennia, y la oposición conservadora (pie no puede lisonjearse con la esperanza de grandes victorias, ni debe sentirse animada de gran fuerza propia, debia recordar a(]up| (licho ([uc en ciertos casos es una cscelente regla de prudencia: al que huye, puenle de plata.

r La lentalivji que acaba de hacerse con- Ira el Pe»(í;aiihi!Nto i»e la Nación, nos ha manifestado una cosa que ya sabiamos, y es. que las «MMHíf aman ndan.

siquiera sean dichas sin amargura. Sea cual fnení el juicio ijn ' ' ' ríodico ten- g;<ii asi;imiiros íí.,...,.. -.i i -.mos. nadie hft podiiln nruiirle la templanza en las tiirmas; M>ro esta leiiiplauTca, que ha sido bastante para ponerle;i cubierto de lod<> pei-secufioB eii lo tocante a lus artículos, no ha podidl pi< MM \;irle de la ojeriza «jue se Ita mostra- do ruidosamente con la denuncia del indiee.

Diliciiniente se pui>(le añadir nada á lo di- cho por el ilustre defensor el.S>. I). Sanltor tfo de Tejada, en su discurso tan solido como brillante; no^ idremos |>ues d'!«- feusa (pie soli.i. mutil, esta y.i.. l uia por un sabio jurísroiisultu.

( reemos quo el gobierno no anduvo muy acertado en promover la denuncia. ó qué sus delegados hv sirvieron muy mal con sa misma oficiosidad, lié <i(|ui cómo discurrirá el publico: El Pensamiemo dk la Nació» lili tratado las cuestiones mas dil'ici' - ' -scollando entre ellas la de la relorin tiiiii iniial mucho antes que el gobierno pen- v,'.>í'!M! I lormar la Constitución, y la dd luiilriiiiomo de la Reina con el hijo de don (itrios, antes y de i)iie> del manifiesto de Hourges. No ha llevado una vida oscura, pues que no obstante el ser semanal, se han ocupado de él con muchisinia liecu»'rM Í;i los periódicos diarios, con quienes ha - lo mas de una ve/ animadas polémic ly especialmente con los defensores Ui l go- bierno. Pues bien, al Pensamiento i»r u Nación, después de dos aAos de vida tan a<y, tiva, y en millares de columnas qne tratan de política, no ha sido posible denunciarle una sola palabra y ahora se le denuncia Esto prueba dos cosas: las ganas de Aft nunciar y la imposibilidad de hacerlo. UMI denuncia semejante solo puede dimanar de los vivos deseos de hacer una u otra; el no haber hecho otra, no obstante tan vivos de- seos, j)rueba que era im|K)sible. Si esta es la persecución que se nos declara. nos^ otros la tenemos por la a|>ologta mas elo- cuente (jomo quiera, seguiremos cu adelante el mismo camino que hastitaquf, y oblí^re- inos al gobierno a ser justo con nosotros. á no ser que quiera ser muy ¡npisto..Mienlr« escribamos lo haremos con la misma firme- za y templanza que ahora, pnxrurando des- armar á nuestros adversarios con la sola ues, sído al eiiit'iiiliüiii'nto; (|ut'remos coa* veiu or, lio ii riuir; ijue si al^^uiia vez nos «iiri¿;iiuos ai lurazou. uo i'> |i;ii;>: ü ^cn- liuiic'iUos ba^Umios v pciUii. -^inu para ii»|)ii<ir amor á la uuiun y Irulcriiulad, Itorrur la tiut;lia lie las pasadas diNCordias, o avivar el espitilu de nacionalidad en el pecho de lodob los españoles siu disliuciou de pur- tidos.

HAS SOBKE LA ÍLTIMA CIUSIS.

Al escribir el articulo «pie m.* publico en el uuiucro del 1 1 del corriente mes, muy le- jos eslabauios de liensitr «pie precisamcule el oiismo dia eu (|ue verÍM la luz ea Madrid, se babwi de coniirniar >ii (oulenido con he- chos tales, cuino presenciaba en a(|uellos Uiomuulos lu capital de la uioDar<]uia. Ha- ciendo una reseña de los graves y anómalos sucesos del Jiies de enero, decíamos que el uño de I84(i |)romelia ser fecundo en ¿;ran- des aconlecimicülos, y señalábamos la ia- certidund)ro, la /.ozobrii, la instabilidad (|ue Uubajan las regiones de la política, como un ¡adicio del profundo malestar nacido de cau- saii que üfeclau el cora/.on de la sociedad es- )aúola. Precisamente el misnu» dia se rea- lizaban LUicesus tan anómala'^ y tan graves como los anteriores: el presidente del con- sejo dimite Sido; sus compañeros se niegan a imitarle,, a pesar de las indicaciones de la misma Reina; el e\-pres¡dente se encarga de nuevo dtí la formación del.ministerio; y sus colegas permanecen eu su puesto, eví- giendo ser doslilnidos. ílallainiose el (pie eslo escribe á larga distancia del teatro de % acontecimientos, le seria in)|H>sil)}e juz- garlos I ' n íicierlo si quisiese descender á poriii; tampoco le fuera dable es- cribir nada que pudiese inlercsar, si se propusit solo escilar li curiosidad publiquince días pai. <,, • lUi ue- gOfiio»; puro este negocio no envejece ai se iiai»,,si se l< i el lado que puede ocupar ia curiosidad o la uialiguidad* i>uiü por el que contribuya á esclarecer el I estado del pats, a lijar lu opmK>a, á inspirar rellcxioiies sobre la situación presente, que I sirvan de aviso para el porvenir. Al interés de la curiosidad del moiip tiin preferim interés de, un evamen i i. il, y sol i do utd. A la Lspaña le uu()ortan muy |m>co el pensamiento y ia \oliinlad de este ó aipiel , iuuividuti, ui la auibicion de unos, ni lii> ir.- Irigasde otros, ni las rencillas ó las a\< i cias de las personas y banderías^ en ■■ lodo esto se relieie a pasiones y mi>ni.i>, en (|ue no se tija la vista siu pena; lo que Ile iiiqiorla. si, es el formar juicio cabal v exacto de la verdadera situación de las co- sas |>ublicas, y para este objeto no deja de ser muy provecliosoque los humbr.'S se pre- ¡ senteu tales como son. Mil veces haUauJus paitado la situación actual con colores Irisr- le~^ lo, hechos niaiiiliestan ipie nada exa- g os; eideseulace ha sido superior a toda exageración; si se hubiese dado á e>- cogiM" al mas deciilido adversario de lo» hombres del dia, el modo mas lrisU\ um^ deplorable, oías escandaloso con que la si- tuación se |)odia desenlazar, diliciliucnte hu- biera acertado á e>cog¡tarie peor del (|ue han i>ensado y rcahzado ellos mismos. So- I bre esle |)arücular no hay divergencia de pareceres: a pesar del diverso punto de vis- ta bajo el cual los diioreules partidos y frac- ciones han mirado el desenlace, todos con- vienen eu manifestar su sorpresa por tama- ño escándalo. Vamos a los hechos.

lúi.general Au/ im-;, |)residente del consigo de ministros, hace dimi^on de su cargo, I y ia hace enleranieule solo. Anies habia ¡ asegurado (piti todos los minislros, si II*' i- *' i el caso, se lellrarian juntos cu un i i dia, por una misma causa, consignada cu un mismo d< • iio; ademas el Sr. Mon ¡ acababa (I - i' en las Corles que todos los uiiui:. >ii en la mas perfecta armonía, l're.scuidireiuos de lo que esla coo- Iradiccion de los hecli^s con las palabras puede liiiñar á las pc;>uiiii.> Je los mmijlros; solo haremos notar la |)oca coDsidi.raciou 3U0 so maniüesta al pais, cuando de lal nio- o se le trata. íliviaii,. t. s.m- si bien las naciones deb ^is gobiernos, los gobiernos cstau oblifadost^ tratar con mas tumsidernciou á las naciones. No, II" >!' I MI'" Iiav aquí un desac;iU> al purUti mas; luiv uji de:~>>' <> lo a la uaiMii < nu \ a. I<<> houibrcs que asi obran, son tli^im > ilc m'w ra censura.

El general JVarvaez funda su dimisión en la imposibilidad de continuar ene! mando, por et mal estado de su salud: no ignora- mos que estas son fórmulas muy acostum- bradas en casos semejantes; pero fórmulas tales, que no dejan de tener ciertas restric- ciones impuestas por el buen 'sentido y por la delicadeza. Estar imposibilitado por falla de salud basta el punto de que se naya de provocar una crisis, y á las pocas horas pre- sentarse en público completamente restanle- cido, y cargando con el mismo peso de la presidencia agravado todavía por las cir- cunstancias, esto no lo calificaremos nosotros, pero diremos que no esta bien. Lo repeti- mos, el público se merece mas considera- ciones « poruue el público es la nación; y seria ae desear que nadie se embria- ¿rase con el poder y los honores, hasta el punto de creerse dispensado de semejan- tes deberes: la España no es patrimonio de nadie.