Después del notable iwrrafo ipie acaba- mos de trascribir. encontramos otro del «nal (pii7.a podría iulcrirse cjiie dadas cier- tas condiciones, no sería el Español lan intratable en este punto, como parece a ¡)rimera vista. l)i(T este periódico (|iie para liacvr bueno el matrimonio, «seria preciso qie adoptase otra conducta el candidato y su familia: (|ue se buscaran medios de reali- zación antes de irse tan directamente a la realización misma; que se procurara desva- necer los recelos que todavía infunde el prím ipe que representa los principios con- tra los (jue se ha peleado tantos ailos; y que se diesen otras garantías de olvido de lo pa- sado, V de respeto para lo presente y lo jiOrvenir, que las «jue se desprenden de un ilflnitiesto y de unos cuantos artículos de periódico. Kn esta parle el Español estarla muy ra/unable, sino tuviese la desgracia de íoner al lin lo que di' be estar en el princi- pio. Antes de buscar los medios de níali- zflar,! es necesario ver si conviene realizar. Kl Eapañol piensa lo contrarío: creyendo equivocadamente «pie se va directamente á la realización misma sin pensar en los me- dios. No se nos oculta que en esto se han de e\icoiilrar dilicultades; pero en cuanto se busipie seriamente esperamos (jue se los hallara. Pongámonos antes de acuerdo en la SMUincia de la cosa; luego trataremos del modo. j' / cuostancia es muy importante, porque sea cual fuere la ilusión en que el joven príneipfH pueda hallarse resp<»cto al objeto y lunda^^ mentó de sus pretensiones, siempre es mny honrosa á su carácter y demás cualidades personales una conducta que no tiene por iin satisfacer venganzas ni provocar reac- ciones, sino únicamente salvar del modo po- sible, lo (pie él considera no jwler abando- nar del todo, sin menoscabo de su dignidad. No dudamos quo^ en este punto le harán jus- ticia sus propios enemigos: en casos seme- jantes se prescinde de opiniones, solo se es- cucha al corazón.
Pregunta el Español si con el casamiento se acallarla el partido carlista, y cree (jue no, porque no es del carácter de los parti- dos estreñios el ceder con tanta facilidad ni el contentarse con tan poco. El Español se engaña. Lo que desea el nartido carlista es que se constituya «n cstaao de cosas en (pie no sea tenido por ileeítimo; y en el cual pueda acomodarse sin sacrilicar sus convicciones, ni faltar á sus eompromisós. Esto se lograría coii el casamiento; y no le parecería tan poco al partido carlista, (jue no es esclusivo como se su[)one, y esta muy lejos de hacerse las ilusiones que sus adver- sarios se tiguran.
Ademas, y esta consideración es mipor- tante: el partido carlista es eminentemente monárquico y religioso, y por esta rnzon; es el mas manejable, cuando se encargan de ello las personas en quienes reeonoc;^ autoridad. Ignoramos hasta <]m punto ■ prestarla el conde de Montemolin á transigir en las pretcnsiones dinaslicns: poro esta- mos profundamente convencidos de que fue- ra cual fuese el curso y el resultado de las negociaciones, bastaría una palabra del prin- c¡[)C para «pie el partido carlista callase y Digitized'by Google Digitized'by Google obedeciese. Esta, repelimos, es una consi- deración importante. Las exaf^eraciones de los partidos niunárquicos nunca son tan te- 'miblcs como las de, los partidos revoluciona- rios; aquellos tienen un rcsortf con el cual . »e los umeve, ó se los com|>rime: el princi- pio de la autoridad; estos son una especie de protestantes políticos; cada cual piensa lo que quiere, y hace lo que le viene en talante, si no se lo impide la Inerra. De esto se tuvo un ejemplo en los últimos tiempos del Rey Fernando. El partido monárquico dueño del gobierno, dueño del ejército, due- ño de la administración del pais, fuerte con una organización religiosa, que disponía de rentas considerables, y contando con innu- merables batallones de voluntarios realistas, se dejo destituir y desarmar, y contempló tranquilamente su ruina por no faltar ni principio de la obediencia. Ningún partido revolucionario es capaz de una abnegación tan heroica.
SOBRE EL MATRIMONIO DE LA REINA.
E»n'¡to «u Banvlona rii 9 de julio iIp 1816 y [lublicaJo ro Madriil rii I j del niÍMiu.
Pocas veres, como ahora, ha sido la in- 3uietud de la prensa la verdadera es{)resion u la inquietud pública. Desde \h:í:\ se ha visto con harta frecuencia que la in(}uietud de la prensa escedia en mucho a la inquie- tud del |)ais; mas en la actualidad bien pue- de asegurarse <|ue no la escede ni sicjuiera la iguala. Al decir esto, no nos relerimos á la in(|uietud revolucionaria. síntoma de la í"ermenla< ion de ideas anárquicas y pasiones turbulentas; sino á la inquietud que nace de la espectativa de grandes acontecimien- tos, y de una confusa mezcla de halagüeñas esperanzas y de temores aciagos. Esta es la in(|uietud (|ue ahora reina en la capital como en las provincias, en las ciudades populosas como en las aldeas, en todos los partidos, £Q todas las opiniones, y que no puede ser calmada sino con el desenlace tinal de la complicación que nos abrunja. Entre todas las cuestiones pendientes sobre el pais, des- cuella una colosal, inmensa, de consecuen- cias irremediables si son malas, v duraderas si son buenas; y que por lo mismo que de su resolución pende la suerte de la Espafin- para algunas generaciones, preocupa ma* vivamente los ánimos, v es la |>rincipal causa de la inquietud en los momentos ac- tuales. El lector habrá comprendido que aludimos al matrimonio de la Keina. No pa- sa iin dia sin que los periódicos lo recuerden de diferentes maneras, esparciendo noticias masó menos verosímiles, mas ó menos fun- dadas; pero repetimos que la inquietud de la prensa no llega a igualar la in(|uietud del pais, y que las discusiones sobre este asun- to no son mas que un pálido reflejo del mo- vimiento de las opiniones (|ue con este mo- tivo se desenvuelven y se agitan en la Es- paña.
Es sensible que en este negocio nna ptfU de la prensa no haya «'omprendido, ónobayi querido comprender, toda la gravedad de su misión, toda la importancia de su influjo. Era de esperar que en la cuestión mas tra^jcen- denlal que se ha ofrecido y |)uede ofrecer- se a la nación española, se baria un esfuerzo para levantar la discusión á la mayor altura posible, entablándose una polémica concien- zuda, fuerte, dilatada, en que se ventilasen con sobreabundante copia de razones las ventajas y los inconvenientes de esta ó aquella combinación, de este o de aquel roo- do de ejecutarla. Ahí estaban para darino- livo á consideraciones importantes, los inte- reses del trono, los de la dinastía, los del pais en su organización interior, en sus re- laciones cstrangeras. \o cabe cuestión en que los argumentos en diferentes sentidos se ofrezcan en mayor abundancia, ni en la cual puedan canqiear con mas desembarazo la erudición y el ingenio. Aqui fM)dian lucir su instrucción los alicionados á esturi tóricos; aqui manifestar su previsi' n i:> hombres políticos, aqui hacer sentir la deli- cadeza de su tocto y la verdadera situación de los gabinetes de Europa, los aprove- chados en la carrera diplomática. Esta es una cuestión que, sea cual fuera el sentido en que se la resuelva, ocupara largas jiáginas en la historia de España por sus ante- I cedentes y por sus resultados. El historia- } dor buscará con afán los escritos contempo- ráneos sobre una materia tan ¡nip< y si encuentra po<os notabl<»s, sini>Mn.i (pie los hombres de la é[)0ca han consumido el tiempo en discusiones secundarias, olvi- dando la principal, se indignará por tamaño descuido, y se indignará con razón.
Tnslc es decirlo, |)ero mucho tememos ■ate esla coajelura se lia de realizar: ya des- de ahora la prensa no se libra de una grave rtí:s|)uusaltiliilad eu este punto, si no se apre- sura a declinarla con una discusiou mas am- plia y razonada du lo que lia hecho hasta el presente; sino contenía con indicaciones, coa noticias, con artículos ligeros, no publi- ca sobre este particular trabajos serios eu ue se vea que el autor ha meditado profiui- amenle In cuestión, y después de haberla mirado bajo lodos sus aspectos se ha íorma- dü decididamente una opinión iija (|ue pro- cura hacer triunfar en la arena de la discu- siou publica.
«Nada de intrigas tenebrosas, nada de violencias, nada de amaños indij^oos; pu- blicidad y mas piddicidad, hé aqui luuue deseamos en este nej^ocio; publicidiuí y mas publicidad, [Kira evitar una sorpresa: aplatemos su resolución, pero cutre tanto meditemos cual seria la mas conveniente.» Esto decíamos á liues de enero de iK4o al publicar nuestro primer articulo sobre la cuestión del matrimonio de la Ueina; asi nos esforzábamos |>or levantaren la prensa esta cuestión para (|ue se entablase sobre ella una discusión solemne eu que tomasen parle las plumas nuis aventajadas. ¡Vanos esfuer- zos! el pais presencio durante dos meses el singular espectáculo de un periódico que defcudia una opinión contraria a la de todos los órganos de la pn'u.sa, progresistas y mo- derados, y á cuyas razones no se contestaba afectando de.sdcn de lomarlas en considera- ción. Sien laniaíias cuestiones no se discute, ¿para cuándo se resérvala discusión pública? Si para ca.sos semejantes no sirve el sistema de publicidad, ¿para cuándo servirá?
Las discusiones de la prensa, taulo pro- gresista como moderada, se hau limitado casi siempre á la esclusion de este ó aquel candidato, |)ues que apenas merecen recor- darse los pocos y ligcrisimos artículos que | se hau escrito en favor del infante I). Enri- que. «Abajo Trapaoi, no <|ueremus Monte- L molin, fuera los Colnirgos;» a estose ha re- [ ducido toda la polémica, esceptuando un so- ¡, Jo periódico que ha escrito largameute eu j favor de un príncipe de Portugal, que tiene i <'ontra si la diiicullad de una imposibilidad | nuii» evidente que la luz del día.
¿Cuál es la razón de (jue los adversarios del conde de MunlemoUn se hayan limitado i á un pensamieulo negativo, á escluir candi- ' dalos, sin presentar uno propio? No es falla de talento ni de osadía; es falla de razón; es que la naturaleza misma de las cosas está indicando el candidato, i/miVo conveniente, el liwifo que puede evitar á la nación cala- midades sin cuento. La opinión pública se ha ido formando en buen sentido y se halla en la actualidad eu tal oslado de "robustez^ que no dudamos asegurar «jue la nación es-é* pafiola en su mayoría,.m, en su inmens%. mayoría, es favorable al proscrito de Bonr- gcs. Está con nosotros el porlido carlista en masa; está con uosoti-os la fracción del par- tido monanjuico que ha sostenido a Isabel ii; está (011 nosotros un numero muy considera^ ble del partido moderado; y |)or mas que se diga, no se hallan tan distantes como so ha querido suponer, los hombres pensadores del partido progresista. Median todavía re- celos, desconlianzas, temores infundados, que el tiempo acabará de desvanecer; y por poco que se aplace la resolución de este ne- gocio, esperamos (jue la opinión llegara a ser tan compacta que no dejaría de tomarla en consideración la alia sabiduría de S. .No exageramos, no: tenemos en favor nues-^ tro la inmensa mayoría de la España; la oposición de algunos pe(|ueños círculos de la capital, va encontrándose cada día en ma*, yor aislamiculo: en xMadrid todavía se los ve; mas desde las provincias, ya se los di- visa con harto trabajo: las olas van crecien- do, y los imperce|)libles puntos desaparece- rán bien pronto bajo el nivel de las;iguas.
Ninguno de los otros candidatos puede resistir á la prueba del liem|)o; solo el rondé-, de Monteimlin va triunfando de todas las oposiciones, sin mas armas que la razón, sin mas a|K)yo (]ue los evidentes motivos de conveniencia publica. Hasta ahora han esta- do en juego cuatro candidatos; todos han desaparecido al primer impulso. Esla histo- ria es digna de ser recordada porque encier- ra lecciones muy instructivas. ^ En ciertas épocas se hal)ia pen.sado en un hijo de Imís Felipe; pero a pesar de los de- seos de altos personajes, el proyecto no so- lo no pudo llegar á madurez, |>ero ni siquie- ra a tomar el carácter de un negocio serio. ¿Y por (\ué'í porque se suponía, y con razón, que la Europa uo habia ue consentir seme- jante enlace; y que con esto la in/Iueiicia francesa se haría odiosa en España como lo reconocía el Conslilucional en su famoso articulo. Es decir, que el pensamiento poU-.,> lico era tan profundo, tan acertado» Iííu | elevadas inlluencias, y aun de lodos aquellos conciliador, que tenia contra si a propios y estraíios.
Kliminado el principe francés, se pensó «n el conde de Trapani, que naluralnicnle debia presentarse, cuando se andaba en busca de principes Borbonos no esjiañobís. £1 gabinete IVancés apoyaba la candidatura; la Ueina Madre se resillaba según atesti- gua el ('onslitiirionnl: la In^Malerra no se oponía; y el bunibrc de la situación se ha- llaba ya con espada en mano, pronto á car- gar sobre los refractarios y dar rima al ape- tecido proyecto. ¡,{)w. ha sucedido, (pie se lia necesitado para disipar la obra de una coalición tan poderosa? La prensa protesta, algunos diputados se comprometen á lirmar una n»aniti'stacion: la alarma y el descon- cierto penetran en la coalición inespugnablc, la derrota se pronuncia en todos sentidos, y el desastre es tan ixrande que en la artuali- üad uadie (juiere haber tenido la culpa, y muy altos personajes de aquende v allende el Firineo, no se avergüenzan de disculpar- se ante el tribunal de la opinión pública. ^No les. parece; a nuestros lectores (pie la candi- datura debia apoyarse en fundamentos bien stilidos, (pie debia detener en su favor muy tuertes ray.ones de conveniencia juiblica, cuando al primer impulso ha venido abajo de una manera tan estrepitosa?
El principe Coburgo no ha sido mas afor- tunado que el conde de Trápani; y si la re- pulsa no ha sido tan ruidosa, es porque ha tenido la discreción de no adelantar dema- siado las negociaciones. Ni siquiera se han necesitado las protestas del pais; un emba- jador estraugero ha dicho una palabra, y el proyecto se ha desvanecido como el humo. ¿Que será una candidatura (jue no pueda resistir al desagrado de una potencia es- trangera?
Recordarán nuestros lectores que habrá cosa de un aíio un periódico de la situación se declaro por el infante I). Enrique, con ua entusiasmo tan repentino, que áe\6 asombrados a los que no podían atinar en la verdadera causa. Desgraciadamente, la co- sa se deshizo como se hizo; naci() sin pre- parativo y murió del mismo modo. Sucesos posteriores vinierou á empeorar la situación del infante, á la sazón ya no muy agrada- ble; y habiendo tenido la desventura de ser apoyado por el partido progresista, será di- iicil ({uc pueda rehabilitarse á los ojos de (|ue no (¡uisieran ver en el marido de la Reina un apoyo, no diremos probable, pera ni aun posil)le, de las ideas revolucionarias.
Es de notar que el infante D. Enriqqe fue propuesto por una fracción del partido mode- rado, la menos escrupulosa en punto a doc- trinas y practicas parlamentarías, los ami- gos del general IS arvaez, y luego ha sido apoyado por los progresistas; lo que signi- lica que el augusto principe no representa ningún iK'nsamiento político, y que quizas los partidos podrían buscarle para mando de la Reina, como instrumento de miras, a que sin duda no se prestaría un pcrsouaje de categoría tan elevada; jHíro como hechos recientes hayan dado sobrado motivo a locas esperanzas, el daño (|ue se ha hecho a la candidatura del augusto princi|>e es de todo punto irremediable. Ni en la corte, ni en la inmensa mayoría del partido naxlerado, |)0- dra encontrar simpatías una combinación, con tal entusiasmo aconsejada |>or el partido progresista. Este hecho lo dice todo.
Ka candidatura del anule de MontemoUtt ha tenido en contra opo.siciones mucho mas fuertes que todas las indicadas. Oi>os¡c¡ott en el estiangero, oposición en la corte, oj)o- sicion en el gobierno, oposición en los hom- bres inlluycntes del partido dominante, opo- sición constante en la prensa; y sin embargo, lejos de (pie se hayan debilitado las proba- bilidades de su triunfo, se han robustecido sobremanera y se van robusteciendo de ca- da (lia. Esto'¿qu(; prueba? prueba que la candidatura del principe de Bourges tiene una fuerza intrínseca, no de.peudienlc de las circunstancias del momento, de estas 6 aquellas intrígas, de estas o a<juellas simpa- tías, yquocsun pensamiento grande, nacio- nal, con cuya ejetucion se pondría Icrmioo á las calamidades de nuestra patria. S(í le ha desechado rail veces, se ha dicho (pie el pro- vecto era imposible, se han hecho las pin- turas mas negras del porvenir que nos ha- bría de traer, se ha procurado intimidar sus defensores, se ha tratado de cx)nfuQdir una idea de conveniencia pública ton un sentimiento de deslealtad, retrayendo de esta suerte á los pusilánim soportar que se les llame t,ui.>: > do ha sido inútil; la candidatura del conde de Münleinolin no ha muerto á pesar de tantos y tan violentos ataques, vive aun, mas poderosa que nunca, cada día va conten i. iu lOquialaiido nuevus parlidarios: de las u|H)í>í- ciones, uoas ceden, oirás soa meaos ohsli- ■tdas; y el pais en espettaliva de este fnsde aVonteciniicnto. tiene lija &íí espe- mata en el enlace que ha de inaugurar una nueva época de tranquilidad v ventura.
A tal puulo han llcfíado las cosas: tan fuerte es la ojnnion que apoya al cumie de. Moaiemolin, son tales los ul)>laculos <|ue se OjMoen a otro enlace sea el (juc Tuere, son de tal gravedad y trascendencia los resulla- dos que pudiera acarrear un paso precipita- do, que ha de ser muy dilicil encontrar hombres públicos de al^un valer, que acon- sejen á S. M. un enlace nue deje desconten- ta a la inmensa mayoría de los españoles. Se combinarán nuevos proyectos, se urdirán intrigas, se tentarán nuevos medios, se ponderara la imposibilidad del enlace con el conde de Monleotoliu, correremos qui/.as nuevos pelij^ros de una resolución precipita- da como en la candidatura de Trapani; pero antes que so ejecule un provecto lunesto se hará oir de nuevo la opinión pública, se ampiará de nuevo el sentimiento de naciona- lidad, y los hombres públicos (|ue quisiesen arrojarse a una empresa desalentada retro- cederán ante la voz del |)ais que llegara res- petuosa á los oidos de S. M. y le hará en- tender lo que mas conviene al sosiego y felicidad de sus pueblos. Si, lo repetimos, no hay hombre publico de algún valer que tenga bástanle resolución para ejecutar proyectos semejanles; no hay hombre públi- co ue algún valer que se atreva á cargar con la tremenda responsabilidad de desaprovechar para siempre la ocasión que nos depara la Providencia de eslinguir la cuestión di- nástica, de fundir en uno varios partidos, y de establecer un gobierno solido que haga imposibles para mucho tiempo las revolucio- nes y las reacciones, dando á España la dirección conveniente para que entre en el movimiento regular y progresivo de los pue- blos europeos.
Todas las candidaturas, escepto la del conde de Montemolin, se hallan ya tan gas- tadas, que el traerlas de nuevo á la escena no puede caber sino muy diticilmente en el pensamiento de un hombre político. ¿Hay quien pueda resucitar la candidatura de Tra- pani, rechazada con tal esplosion de impo- pularidad, y tan desastrosamente desbara- tada, que declinan publicamente su respon- sabilidad los mas elevados personages? La sola idea de este proyecto, ¿no seria capar, de hundir uara siempre la reputación del hombre publico mas acreditado? ¿Habrá quien pien.se en un hijo de Luis Felijie, cuando el mismo gobierno de las Tullenas te niega á la ejecución de este proyecto, ponpie á mas de ser muy difícil en su reali- zación, produciría a la Francia gravísimos conilictos? l>espues del famoso maniiieslo del infante D. Enrique, después de las vio- lentas rujiluras que hemos presenciado, des- pués del entusiasmo que [)or el está mani- festando el partido progresista, ¿habrá (juien considere realizable semejante matrimonio? ¿No se alarmarían a mas del partido monár- quico, la inmensa mayoría del moderado, y tanto y mas que ambos, no debiera alar- marse la corte?
Bien se han conocido las diticullades que acabamos de indicar; y por esto hace ma- chos dias que altas inílúencias no piensan en un principe Borbon, y meditan un enlace con un Cüburgo, 6 quizas con algún otro [tríncipe de las casas de Alemania. Asi tal vez resucitarían proyectos, que según tene- mos entendido, se habían concebido ya du- rante la guerra civil; y es probable que si los calamitosos sucesos de Portugal no hu- biesen sobrevenido en circunstancias críiicas, tal vez no hubieran producido un efecto tan completo y tan pronto las gestiones y pro- testas de un diplomático estrangcro. La Pres- se de París ha publicado una carta muy no- table sobre la política inglesa con respecto al matrimonio: no diremos que sea exacta en todas sus partes; pero es bien seguro que la diplomacia francesa tiene sobrados motivos para no estar trau(|uila.
Va (|ue hemos pronunciado los nombres de Coburgo y de PortugaJ, seanos permitido llamar de nuevo la atención sobre el escar- miento que nos ofrece el reino vecino. La semejanza entre España y Portugal en lo to- cante a la situación política, es completa: solo una circunstancia nos distingue, y es que allí se ha perdido toda esperanza de re- medio |>orque se ha dado el paso que algu- nas personas están meditando en España. La Reina de Portugal esla casada con un prin- cipe Coburgo; la cuestión dinástica subsiste; el partido muiuirquico ve imposible toda conciliación; el trono de aquella infortunada princesa se encuentra combalido por dos partidos estreñios, el revolucionario y el migiieiista; y en la capital como en las prnvmcias, se halla todo en lu uias prorunda (lisolacion, oq la unarquia mas cspanlusa. Seniejanle, ó mejor diremos idénlica, seria la siluacioa de Kspafia si errados consejos influyesen en el ánimo de S. M. y no le de- jasen conocer lo que interesa a la telicidad de sus pueblos. Pero decimos mal; la situa- ción de España no seria idéntica, seria peor, porque si desgraciadamente estallase por un lado la revolución, y se levantase por otro la bandera de una guerra diuaslica, no seria tan fácil estiuguir el incendio como pudiera serlo en el reino vecino.
Portugal, nación de muy limitado territo- rio y población escasa, d^ilicilmcntc podría colocarse en tal uclitud que un esfuerzo de la Inglaterra no sea bástanle á dar prepon- derancia á un partido y restablecer el orden material ^ siquiera por algún tiempo: esta ciertos aspectos pudiera ser peor que las de los años.{5 y '.iCt: fuera cual fuese el resul- tado de la lucha, siempre es indudable que el trono de Doña Isabel li se veria espucstí» á gravísimos riesgos; y que ron la descom- posición de los partidos, con las uuevjis opi- niones que se nan forma<lo, con lo mucho que otras van modilicandose, las cosas se- guirían un curso muy diverso del de la guer- ra anterior, y (juizás se desvanecerían en breve las ilusiones (]uc se forman algunos hombres preciados de políticos, y que m pnuneten dirigir los acontecimientos con ar- o á sus opiniones ó intereses. Sometemos estas consideraciones al juicio de los lectores imparciales; para comprender el valor de las mismas, basta no haber olvi- dado lo (jue tan reciente está; la guerra civil: basta tener ojos para ver lo que está suce- es una esperanza para Doña María de la Glo- | dicndo, tener oidos para oir en todas partes reg reg na; este es un medio de que probablemente se ccharia mano, si las circunstancias llega- sen á estremidades demasiado apuradas. La intervención española seria también otro re- medio; y aun(|uc no es posible resistiéndolo la Inglaterra. lo seria indudahiemcnle y produciría ademas un resultado seguro, si el gobierno de Madrid se pusiese de acuerdo con el de Londres. Ninguna de ealíis espe- ranzas tendría la España: á una nación de tan dilatado territerio, de grandes recursos, V de catorce millones de habitanles, no se la intimida con una nota amenazadora, ni se le imponen condiciones con la presencia de algunos buques delante de Cádiz ó del Fer- rol: durante siete años hemos presenciado una guerra civil, á pesar del tratado de la cuádruple alianza: cien veces se pensó en intervención armada, y otras tantas se aban- donó la idea, como peligrosa para el que hubiese intervenido, y de resultados muy dudosos para la causa que se quería favorecer.
Si por desgracia, con un paso imprudente, la España se pusiese en combustión, si lle- gasen los partidos á tomar de nuevo las ar- mas, como está sucediendo en Portugal, es imposible calcular el resultado. No conoce la España, ha olvidado su historia, no vé lo que tiene delante de los ojos, quien se haga la ilusión de creer ([iic seria facü apagar el incendio. Es muy (emiblc que desencadena- da por un lado la revolución, y cnarbulado por otro el estandarte de la guerra civil, se crearía una situación tan complicada, tan ierrible, de tan dílícii remedio, que bajo la espresion de la opinión publica.
Oue no se hagan ilusiones los^que juígan de la España |)or el pp(pieño círculo de sus amigos; recuerden las que se han hecho otros mas poderosos que ellos, y atiendan al resultado. La fuerza de una situación no está en algunos empleados, en algunos pe- ríódicf»s mas ó menos hábiles, en el apoyo de algunos hombros políticos mas ó menos influyentes, ni en el favor de algunos per- sonajes mas ó menos elevados; está en las ideas, en los sentimíenlos dominantes, en la mayoria de la nación: cuando esta mayo- ría se halla contrariada, especialmente en liemfios tan agitados como los actuales, ¡ay de los impru(lentes que amontonan combus- tibles y les acercan fuego! ¡ay de la iiactoD cuya suerte estuviese encomendada á manos tan desatentadas! su porvenir estaña carga- do de tormentas espantosas. y no quedaria otra esperanza que un estraordinario auxilio de la Providencia.
Bien decíamos en el número anterior, que la prensa española tenia obligación de tratw estensainenle la cuestión del matrimonio de la Keina, so pena de incurrir en una grave I