SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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fila luclw hasta los grandes acontecimientos ncuropeos de IHI.'i. La historia debe recono- »cer todas estas verdades, y no ser [)arcial ttcoiitra ninguno de los elementos de aijuella »inmensa obra. Asignándoles sii lugar pnipio, Aesplicando su aparición, su incremento, su «decadencia, no debe dejarse seducir por ))los sectíirios de ninguno, para desposeer a «los otros del lauro que les corresponde. To- »dos concurrieron á la oportuna sazón, lodos ncon la fiier/a de vida y de iliisi<mes (pie eni nnece.saria |)ara tan grande empresa. La ra- •zon indica (pie sin la aparici(m de cuahiuie- »ra de ellos en su lienijio oi)ortuno. tal vez »no se habrían realizado los deseos instinti- •viisHi'l país. El movimiento lilfcrat iio hu- f "üiera le\anlado n España en las ííKms iuoMár(fit(i(i.s y rdifiiosíLs iio hubieran »S()SkMiido la íHierra en 181 á, si otros prin- HÍpios.si otras esperanzas no hubiesen na- HÍ<lo en su ayuda.')

Imposible nos es convenir con el señor Pacheco en la esplication del f;randc v es- tnordinario fenómeno presentado por la na- cien española en la j^uerra de la inde|M'n- iliMicia. Confesamos in;;enuamenle (pie tan Ir ' < de abriirarse en nuestro ánimo la ojj II wii.iiMiuc la idea de libertad, tal como se la concibió en i SI 2, fuese uu elemento (le resistencia á la invasión estrauirera, y que contribuyese en nada al sosten del en- tusiasmo nacional y ai triunfo de nuestra causa, qm> antes bien somos de parecer que sirvió (íe embarazo a la marcha (le los acon- leciniienlos favorables a lacausade la nación, y fue un principio de discordia (pie hubiera acarreado los mas desastrosos efectos, si los reveses de Napoleón en el norte de Kiiropa y k» sucesos trascendentales (pie de;ihi re- sallaron, no hubiesen venido á creariuvs una sitnacion nueva. decidiendo de un ^olpc la contienda de un modo favorable. Y no es (pie rrearans (¡ue la generalidad del puebl(> espa- ñol fatigado v aburrido jwr el desorden y los escándalos del reiiuido anterior, no tuviese aignna tendencia a un nuevo orden de cosas que imnidicse la repríxluccion de tamaños males: la indi,u:nacion popular habia estalla- do de un modo nada equívoco contra la in- floencia y el |>odenodel privado, que dueño de los destinos de un gran pueblo le conducia rapidaniente ai borde de un abismo; pero después de los ruidosos acontecimientos de 4rjnjuez, ¿qué sucedió? n\w. es lo que de- uian(ló ese pueblo (pie en un momento de arrebato llcjró á olvidarse del respeto debido ü la mansión de »us monarcas? SuIn» al trono i H primogénito de Carlos IV, y el pueblo se || entrega al mavor entusiasmo encendí» que ' con este cambio que alejaba para tienipn* del j (nder al odiado valido, se iban á remediar todos los nuiles de la nación, inaugurándose lina nueva eni de prosperidad y ventura. I'riieba irrecusable de (¡ue el descrédito de tas perstmas no babia desacreditado la insli- j tucion, que el pucbb» (pie habia desconfiado. del numarca conservaba su fe en la monar- (juia; itrueba irrecusable, de (pie la genera- lidad del pueblo español no pensaba siquiera j en innovaciones políticas. ' Llevado á Francia Fernando |K)r la alev<l impostura de.Napoleón, y después de las miserias y ocandalos de Ikiyoua. cuando todas las provincias de Ksjiaña sintieron a(picl sacudimiento eléctrico (pie las levanto como uu solo liomiire, cuando constituida la nación en juntas donde entraron en confusa mezco- lanza todos los elementos abrigados cu el se- no de la S(M-iedad. donde por la fuerza misma de las ciaunstancias a{)arccio el elemento demorcatico al lado del aristocrático cniguaU dad com|)leta, observamos no obstante (pi<i el grito (pie alzan, (|ue la enseña (pie procla* man, no es otra que la de Hetf, líelújioit é ; iuilepemiencid de la patria; y ni uno ni otro ¡ de e.sos tres principios tenia afinidad ni se- mejanza con la libertad, tal como la ciiten- I dieron los hombres que en 18l<¿ introduje- ron en nuestro suelo las innovaciones polí- ticas.

Y si en 1808 nada se vio en Kspaña de : movimiento liberal, si las ideas IíIr' rales no asomaban si(piiera en nuestro horizonte, si los motivos del alzamiento lucnm el Heif y la Heliuion, ¿cómo puede sostenerse ipie fuese la libertad una condición necesaria del des- arrollo del alzamiento, y ayuda indispensa- ble sin la (|uc las ideas numánpiicas y reli- giosas no hubieran sostenido la guerra en 1812? ¿Se ha olvidado acaso la impru- dente conducta de muchos de los (pie se j aiiellidaban sostenedores de la nueva causa? ¿So se halla generalmente reconocido que aun cuando esta no hubiese |)erecido por los elementos de muerte (pie abrigaba en su se- no, debia morir por la inconcebible imprevi- sión y ceguedad de algunos (pie prelendiatt apoyarla? Kse espíritu de libertad (|ue solo se desarrollaba en un ángulo de la Península y en un circulo de |M>rsouas muy reducido, en un lugar (pie, jM)r la situación de los ejér- citos enemigos, estaba (asi iucomunic-ado á la sazón con el resto de España, esa li- bertad (pie en su esencia y en su forma era im{)orta(Ja del eslrangem, (pie fue consigna- da en un código que es {h>co menos (|ue una copia literal de la primera constituciim fran- cesa; esa lil>ertiid que si en su forma }>obti- ca revelaba tan paladinamente su origen francés, tenia ademas la desgracia de (juc muchos ({ue se apellidaban sus defensores, proclamaban sin embozo his principios difun- didos en Francia |Mir la escuela lilosolica del siglo décimooctavo; esa lilH>rlad (pie se inaugural>a con los discursos de las Cortes ronslilii\ iMitcs, con los artículos de la pr«»nsa (le sil partido, y ii ruyn soinhrii ii|)an'<ia el DiiTÍoiiario C.rilico Burlesco; esa libertad repelimos, ¿«pie sim|>alias podia encontrar en los corazones es|>{ifioles? ¿cómo es [)osi- hle contarla como una du las ideas <pie pro- (hijvntn el niila^^ro de nuestra heroica de- fensa? ¿yuií tenia (|ue ver esa libertad con el n(d)le sentimiento de la independencia de la patria, con la {ícnerosa indignación «pie levantaba los |ieclios cs|»añoles al recordar el des|)otismo de un privado tpie en época recienlií rebajara la nuif^eslad del trono, em- ptiñára el lnstrt> de la corona de Castilla, y condujera la nación hasta los pies del usur- pador para ser carjíada de cadenas, si no la salvan) uno de aquellos impetuosos arran- ipies (|ue dislin¿;uen á esc pueblo hidalgo y valiente?

No se reparaba entonces, dice el señor "Pacheco, en el antagonismo que entre ellas nhabia de declararse: aliados contra el ene- nuiigo común los sostenedores de la una y «de las otras, su unión utili/.o los sacrificios ny dilato la liu-ba hasta los grandes aconte- xciniienlos euro()eos de 1X13.» No parece sino (|ue el ilustre escritor se ha olvidado de los nudosos sucesos y de las acaloradas po- lémicas con míe se manifestó el antagonis- mo de esas ioeas, asi en la tribuna como en la prensa. Ahí están las colecciones de las sesiones de Cortes, y de los periódicos de locjKK'a: ahi están los escritos del P. Velez, del Filós4)to Kancio y del Filosofo de Antaño, <ionde se halla consignado de un modo claro y con testimonios irrecusables, el brusco choíjuc con (pie se an-cmetieron los dos principios opuestos, desde los primeros mo- menUts de encontrarse cara á cara en una misma arena. V no podia ser de otro modo, atendida la naturale/a de los hombres y de las cosas; pues no calíe ipiií vivan en buena Ki7. y arnumia dos principios de los cualeg el uno se empeña <'on todas sus fuerzas en desalojar al otro. (] nandú la apariciim de la eticuela volteriana en España, el principio católico que hasta entonces habia estado en pacilica |)osesion de los h(»mbres y de las instituciones, debió naturalmente empeñarse en cíMisi'rvar lo (|ue poseia, nM'hazando á su enemigo nato que era la impiedad. E^la K)r su parte. como (|ue se sentía débil por su |MK-o arraigo, y por encontrarse limitada a un número de jH^rsonas muy escaso. ansia- ba naturalmente eslciidersu influencia, ha- Iciéndolo con aquel ardor imprudenfe de (|up suelen dejarse arrastrar las ideas noveles en ¡ los primeros tiem|M»s de su introducción en I un pais. Kn una palabra, las ideas irreligión I sas eran a la sa/on propagandistas; v de esto debió resultar una lucha acalorada. te- na^, á. muerte, que empeñando en seguida en la contieiula á los dilerentes |)artidos ípie se iban formando, echó el germen de las hondas discordias, intestinas que nos han de- vorado |K>r espacio de treinta años.

Cuando esto de< imos. no perdemos de I vista los diferentes aspi'clos bajo los cuales se ha prasentado en F.spaña (>1 principio opuesto a la religión dominante. Bien salte- mos «pie no siempre se ha ostentado con desembozo mostrando á secas las formas de la escuela encíclo{)édica: no se nos oculta que ora ha invíM-ado el restablecimiento de la antigua disciplina afectando un profundo acatamiento álos antiguos cánones, ora se ha contentado con declamar contra los abusos y ponderar la necesidad de algunas reformas mas o menos considerables; |M'ro lo cierto es que todo esto se ha mira<locomo de un origen común, como dirigido:i un mismo objeto, aue se han tenido por ilegítimos los medios c que se quería echar mano para plantear las reformas, y (pie las protestas hechas |K>r ¡ sus autores de su adhesión á la Religión, no se han creído sinceras.

Este hecho se pn'sento ya muy de bulto en la primera época de la aparición de las I ideas nuevas en Füspaña; y <|ue est») hirió la religiosidad de los es|wñoles. pruébalo el haberse puesto de la |>arte adversa la ma- yoría de la nación. Sí asi no fuera, ¿como se podría esplícar que Fernando á su vuelta de Francia ilisipasc con una.sola palabra las innovaciones planteadas en su ausencia? se dirá «pii/.ás (pie el ejército ofreciendo ai Rey su apoyo, dominó la voluntad nacional for- zándola á obedecer las- órdenes del monarca: )ero ¿(pié puede un ejército contra la mayo- na de una nación valiente y aguerrida, y ' (|ue ha sentido toda la plenitud de sus fuer- zas en una dilatada lucha de seis años contra ; los ejércitos del capitán del siglo? Pónganse la mano sobre el |K'cho los hombres (pie en aquella epcK'a iiguralian en las lilas de la li- bertad, y dígannos si no sintieron contra si algo de mas abrumador (pie la fuerza de las iKivonetas, si no sentían en rededor suvo el )esf) de la opinión |>iiblíca c|iie |)roniinciada contra ellos de un modo terrible, los agobialiiouiu una almúsfoia sofocante; dígannos si no es verdad t|ui' al \erse |wm s(',i:iiÍ(I(>s por Fernando se emoulraroii solos, aislados rou sus leonas y sus libros, iiero abandonados de la generalidad del pueblo que ciubriaga- dft-CM los recientes triuiitos contra el inva- 90r ÍMran^crü, corria a vitorear al Rey, cuya vuelta consideraba como el colmo de la dicha, como la inauguración solemne del porvenir mas venturoso.

Y cuenta, (¡ue al consignar aqui estos he- chos, (jue para nosotros son claros como la liiz del día, no tratamos de justilicar en lo- do la conducta de Fernando, ni en las medi- das que tomó á [toco de su regreso de Fran- cia, ni en la dirección (|ue dio a su gobierno en los seis añas siguientes. Sin participar de la ilusión de algunos (pie.se imaginan que Ivfuturoe» destinos de EsiKu'ia estuvieron de tal suerte en manos de Fernando, que una atuducla mas prudente de su parle hubiera [lüdido facihnunle labrar nuestra felicidad, creenuts nu olkstanle (pie se hiü)ieran podido evitar algunos males, si la l'rovidi'ucia nos hubiese deparado un Uey de carácter mas linnc V de miras mas elevadas. Ni supo jirevenir l^revolucion, ni dirigirla; no acer- tó a concK-er el siglo en (pie vivia, ni las cir- •BOslantias que rodeaban el trono; a.si es tfat su reinado fue una serie de reacciones, le^iándonos la cadena de males que nos es- lan agobiando, y cuyo remeJio por ahora no se prevé.

Hcro volviendo al pi inci|>al objeto (pie nos ocupa, siempre se presentaa los ojos como un heclio sobresaliente, la religiosidad de la in- MDsa mayuna de la nación española. (|ue aflojada en la balanza \yor uno de los parti- 4k polilico.s. decidia la conlientla con su eaomie ()eso, abrumando a los adversarios «m su fuerr.a aterradora.

Durante la época de IS2() á IH2.'} se nre- N-Diode bulto el uiLsmo fenómeno: y salvas las diferencias (juc consigo llevaban las cir- con-ülnncias, todo fue lo mismo, las causas y l« efectos, viiiii iulost' a parar a un resultado idéntico.

Por lo (|iie t(K'a a la última guerra de los Siete afios, conioque esUui muy recientes los ncesos. y i|ue lodos liemos sido sus testigos oculares, no sí>ra menester tra/.ar ninguna meftadc U>s hechos, ni entrelencrse en in- votigar y deslindar.su nalurale/.a y origen; liista recordar que la guerra se iba encen- Jieudo mas viva. a pro[>4írcion (|ue se coinelian los 4M|IÍ|0 contra los objetos religio-. sos. Ciñémhnos a Cataluña, fácil es rct^ordar (pie el incremonlo insl.inUineo de la suble- vación tuvo lugar en el verano de IH3o. y todos sabemos las horrorosas escenas (pn; se h<d)ian pr.-senciado poco antes con el in- cendio de los conventos.

Ré.sulta de todo eslo,que la religiosidad del pueblo esjjañol es un hecho, no solo in- dicado por el análisis de las causas morales que han obrado cq £spaña, sino también conlirmado de un mudo irrecusable |M)r cU curso de los acontecimientos.

Se nos (lira tal vez (pie la Religión no ha sido un verdadero mnlivtt, sino un preteslo: (pie lo (pie se agitaba en el fondo no eran- intereses espirituales sino maleriales; t\ui' en tiempos de turbulencias los partidos po- líticos echan mano de cuanto les puede fa- vorecer para alcanzar ventaja sobre sus ad- versarios; y que la Religión no ha jugado en todas nuestras disi-(»r(lias mas (|ue coim» arma áv partido; que no se ha encontrado en la arena como una idea viva y fecunda, sino como una enseña mentida, para cubrir con un iKMubre augusto miras ambiciosas, inte- reses puramente terrenos. No entraremos en conti'slaciones para a'balir esa reolica. (pie. es la pretendida solución que se (la comun- mente á los argumentos arriba indicados; ya- se deja enteutler (pie nosotros miramos Ion- hechos muy de otra manera, y (|ue no nos .sentimos inclinados á condenar como culpa- bles de mala fe á clases res|M'tables; pero- prescindiremos en la actualidad de lodo esto, porque no lo necesilamos para el objeto que Bos ocupa. Bástanos presentar en pocas pa- I labras un cnntraréplica, (|ue pondrá de ma- niliesto cuan incongruente es l(ido lo conte-i nido en la réplica indicada, si se trata de desvanecer c(m ella los argumi'nt(ts aducidos en prueba de la i-eligiosidad del pueblo es- pañol, t, Demos por supuesto (|ue en nuestras dis-n cordias civiles no haya figurado la Religion>A sino como un preteslo, como arma de par-- tido; ¿qué se infiere de aqui? Lo (pie se in»» (¡ere con toda evidení^ia es, que ese pnítestoc" debia de s(!r muy fuerte para la generali-»- dad de la nación, cuando Je él se a|>odenw^ han los partidos como de arma escogida; \&r «pie se iníieie con toda evidencia es, (pie lar»' mavoria de la nación era religiosa, pues(ple^ cuaudo se trataba de enemistarla con unalP! cau.sa y de interesarla |M»r otra, se procla-^ Digitized Ge maha f\ttc nerosario defender la Relifíion, y salvarla de los aUupies de sus eneniifíos.

re|)elinios; es menester no dejarse alu(-i«ar por el espíritu de irreligión que pivvalere en alf^inos eircuhts muy reduci- dos: la mayoría de la nación no piensa asi; sino que a|>egada a las ideas, á los hábitos, a las costund)res que se le lian trasmitido conu) herencia de íarjíos sigilos, consérvase aiiicta a la Uelipon: y no han bastado á apartarla de ella todos los esfuerzos de la impiedad, y to(h)S los sacudimientos que la han trabajado [K»r es|>acio de.'Jil años. No parece sino que en la actualidad la nación entera se apresura á protestar contra las tendencias irrelifriosas. y que con su asis- tencia á las grandes solemnidades de la Iftle- sia se cm|)eña en dar la mas elociieDlc cm- lestacion á los que aseguran <|ue las ideas y pnicticas relifíiosas son va en Es|iaña un resorte im|)oteiite, un elemento de poco valer. En la ultima Semana Santa ha sido tan notable este hecho tpie ha llamado la atención de la prensa de todos los colores. Se ha dicho que en esto mediaba mucha hi- ¡íocresia; sea lo que fuere. siemj)re es cier- to que un pueblo en masa nunca es hii)ócrita; v que si fuera verdad que alírunos imlividuos hiiniesen manifestado devoción solo por hi- jKM resia, esto seria una prueba evidente de (|ue esos hombres no pueden cerrar los ojos á la luz de los hechos, y «pie conocen que la generalidad del pueblo español es relifíio- so. supuesto (pie en tratándose de í^ran- ítearse su buena voluntad, se hace gala de sentimientos religiosos.

(loncliiiremos con una observación que no debe nunca perderse de vista cuando se trata de religiosidad de la nación española, cual es, que esta religiosidad no es un sen- timiento vago y contuso, sino que es la ad- hesión al (latolicismo. Kn España no hay medio entre la Religión (^'itólica y la incre- dulidad; quien no es católico no se toma la pena de nacerse protestante, ú otra cosa «pie se le parezca, sino (^ue vive en el es- cepticismo religioso, sin fatigarse en exa- minar cuál es de las sectas disidentes la <pie n>as le agrada..\un entre los escépticos se observa que no domina ya el sentimiento de aversiim á las ideas religi<»sas que se noto en otras épocas: afortunadamente van reduciéndose cada dia a menor número los fanáticos de la impiedad. los hombres que se sal>orean en declamar con impotente furor, contra lodo lo que hay de mas santo en la tierra y en el cielo. I.a opinión publica la juzgara: y no dudamos tpie este fallo.seri conforme á lo que reclama la verdad, y á lo que exige hasta el mismo espirita (leí siglo.

LA ESTERILIIIAD DE I.X PuMmaJo «n Bwcctonii é prinrjpíM •i» IkvI Una y mil veces hemos renexiona(io so- bre las anomalías (lue en tanto numero nos ofrece la historia ae Esi>aña de 30 años á esta parte. con la mira de esplicamos á nos- otros mismos. cuáles son las cansas que las han producido: |>oi-(pio asi en la naturaleza, como en la sociedad, nada se verifica sin razón suficiente. Decir que en España tres y dos no hacen cinco, puílo ser uHh ocurren- cia feliz para espresar lo estraño de los acontecimientos que en ella se verifican, y lo raro é imprevisto de las maneras con que se desenlazan; pero en la realidad, con se- mejante fórmula nada se esplica, solo se confiesa una falla de comu-imiento; pues que en sobreviniendo algún suceso cstra\'a- gante que no parecían |»rometcr las cosas en su curso ordinario, decir anomalía, es io mismo (pie decir ignorancia de causa.

Esta consideración escita y convida á des- entrañar y analizar los elementos constitu- tivos de nuestra revolución, y á indagar si encierra algo (pie esencialmente la distinga de las otras, supuesto que, ni en su origen, ni en su progreso, ni en su decadencia, nada presenta de común con ellas, si no es el funesto cortejo de disturbios y calamida- des. Y es notable (lue las demás se ilustra- ron siquiera con el brillo de sus grandes hombres; asi en el bien como en el mal mostraron dimensiones colo.'^ales; en su es- tenso horizonte se descubría sin cesar ó el iris ciñeiido con hermosísima zima de varia- dos colores el firmamento, y estribando so- bn* los polos del mundo, o la negra ten-. >estad liatiendo sus estrepitosas alas s(d)re la tierra estremecida. y arrojando en todas (iirüccionps panizo y fuego. Knlrc nosotros uda se ha >isto sniH'jantc, ni nii ^'ninilo hiombrp, ni un hecho ^^ranile, Unió reduci- do, cireunsí rito á breve espacio, me7.(|ui- no: el mnl sin rom|)ensaciun, el híen sin resultado.

Difidl seria indicar un (KMisaniionto de gobierno, un l>eneiício administrativo, una . «M'jora social, un adclaiilo en las ciencias y arles, acontecimientos íínuides, ln'chos ftlorioeos, brotando del seno de la revoiu- fion: ¡mié neí|ueñc/. en sus principios! ¡qué jpcertidumim', qué aberraciones en su mn-hn!.Menf:ua<ia revolución que nacida en lu^'ar retirado, á guisa de bastardo, | muere |)or el simple decreto de un monarca; que resucita por medio de una insurrección militar en la isla, y que huye pavorosa, y perece de nncvó, por solo asomar en la cumbre de los Pirineos el pabellón trances, rodeado de cien mil soldados bisónos; esc iMbeilon que ikk-o antes habia tenido que nfimillarse en la misma Ks|)aña, no end>ar- ^ante el andar escoltado de medio millón de veteranos, vencedores de £uropa. Las ver- daderas revoluciones no se paran, no tienen Ínter <o|)ulcrales de seis y luego de dic/ -. iniirchan siempre, arrollan, \uel- cau, pulverizan cuanto encuentran en su catrera; jwrque tienen un ímpetu irresisti- ble; y á manera de rio desbordado, no cal>e tn fuerzas humanas hacerlas entrar en su Boce ha.sta (|ue lleua el momento en que la Providencia dice: basta.

¿Hallarse muirá la razón de semejante fWMÉnilln en alf^Min vicio de canicter del pue- ÍMo español? ¿Carecemos por ventura de ^♦nertíia? ¿Se |)erdieron quizas las írrandes . c.ilidatles con <jue se inmortalizaron nnestrtvs Mnavores? ¿Sí»rá cpie la patria de los (ionza- ■ I Cónloba, de los ('isneros. de los Lwiii -. s, no conserve su antigua fecundi- dad, que haya sido tocada de esterilidad ^nominiosn? ¿será que el sol no brille sobre "«•otiotros con la misma luz (jue resplandecie- Ttalla en felices tiempos cuando no se |)onia sobre el imperio español? ¿Será que indigna «role de aquellos ínclitos varones que asóm- raron el mundo c()n la fama de sus hcroi- . ías hazañas, no corra por nuestras venas c la hidalga sangre que derramada en Europa, | a jMfhl Africa y en América, engastaba en la diadema dé los monarcas espafjoles, perlas de inestimable valor, y franqueaba á la c¡- dondc habían de flotar un dia con tanta glo- ria los p;d>ellones de la tiran Bretaña, de la Francia, de los conq)atricios de Was- hington? no podemos creerlo. No está leja- no íle nosotros el año de <f<08. Vive todavía la generación que presenció el inmortal al- zamiento, en que un pin-blo sin Rey, sin gobierno, sin caudillos, sin preceder com- binación alguna, se levantó conm un solo hombre. y se arrojó denodado a la arriesga- da palestra, en cuyos formidables trances >8lideci(>ran los potentados de Euro|>a. Aquello fue grande, inmenso, único en la historia de este siglo, ponpie fue nacio- nal, |)onjue no fue obra de estos ó aquellos hombres, no fue la realización de preme- ditados proyectos, sino el resultado natu- ral, espontáneo de las ideas y costum- bres de la generalidad de los españoles; por esto al resonar el primer grito, al oirse los primeros vítores á la independencia de la atria, respondieron con eco instantáneo los cuatro ángulos de la Península, y brillaron en lodos sus puntos las armas. como á la voz de un gefe relampaguean en un grande ejército, bayonetas, espadas y lanzas. • Tenemos poca fé en la degeneración de las razas; opinamos que cuando existe, di- mana en buena parte del sistema religiose, ^ soi-ial y político á que se hallan sometidas, y asi no podemos creer que la raza española no sea la misma (pie en los dias de su pujan- za y gloria. Ademas, que no bastan treinta años para (pie un pueblo decaiga; v no data de mas antiguo la época en (pie el español se mostró el mas tenaz, el mas osado y brio- so del inimdo. No es pues el carácter espa- ñol la causa de la mezquindad de nuestra revolución; no dimana de ahí, el ((ue inme- diatamente después de un movimiento coló- * sal. todo se disminuyera y achicara; la ver- dadeni causa está eii la impopularidad de to- do lo intentado por la revolución, en (|ue la inmensa mayoría no ha íigurado en esas mi- serables escenas, donde se ha querido pa- rodiar lo acontecido en otros pnises.

La revohicion para ser tal, debe arrancar del mismo [)ueblo; de él y solo de él puede sacar su fuerza; jionpie la revolución se ha- e para deslniir lo existente, para desposeer I (¡ue está en posesión, para arrebatar las riendas de la sociedad de mano de algunas clases, para apoderarse de ciertas ventajas ^ _ que ellas disfrutan, ó principalmente, con vilizarioD europea los anchos derroteros I entera esclusion de las demás; y por lo mis- 8 uto se halla precisada a luchar con instilu- ciones arraifitídas. con iiilereses ruhuslus, f|ue sintiendo el peligro se coligan |)ara de- I énderst»; y asi no puede proníelcrse el triun- fo, ni comenzar siquiera con im|K>nenle eni- l)eslida, ú no tener de su parle el pueblo, é no disponer de ese irresistible ariete, cu- yo tremendo jiolpe derriba en un instante ios mas iirmes i>aluartes. Kn no siendo asi, luiy una serie de conspiraciones, iK'ro no una! verdadera revolución; hay motines, iusur-, recciones, guerra civil; iK'ro no la revolu- ción verdadera, no aquella revolución que arroja In oleada popular sobre cuanto existe y lo hace desaparecer.

Aplicad estas rcllexiones á nuestra histo- ria, y ved si no comprendéis las indicadas anomalías. Recordad la ^{loriosa é|H)ca de que | hemos hablado, y conoceréis que desde ea- ' loDces no ha existido un movimiento verda- ' dcramente nacional: mil veces se ha emplea-, do este nombre, pero otras tantas al través de un velo mas ó menos opeo, se han tras- |! lucido las intrigas de los partidos, de las |)an- dillas ó de las personas. Asi no se han visto entre nosotros grandes hombres acaudillando lo que se ha llamado revoIuci(»n; porque no surgen grandes caudillos donde no hay | grandes ejércitos «lue capitanear; a los mo- tines les bastan algunos geles turbulentos; al bullicio remedador del clamoreo popular, le liaslan adocenados tribunos á pro|>ósíto I para vulgares |)eroratas; hombres couío Mi- ral)eau necesitan una asamblea constituyen- te; hombres como Washington han menester á sus espaldas una nación entera sobre las armas.