Probablemente el defen.sor se vería inter- rumpido en su discurso a])oyado en tan fal- sos y peregrinos principios, bien que esten- dido con una lógica inliexible. Si las pasio- aes estuviesen ardiendo como sucedía eo 34 V 3o, no seria imposible que el defensor fuese conducido á la cárcel pública, si es que podía salvarse de la ira popular. Nos- otros deseamos sinceramente que no se vea jamas en semejante apríeto: pero deseamos también que cuando trate de defender el trono de Isabel 11 reflexione algo mas sobre lo que estampa en el pa|)el.
ronlra el matrimonin ir la Reina COR EL CONDE DE MONTEMOLIN.
tteht» ra Vkh ti dr Julio J« im y M ti <M niuno.
puMIeade cu Madrid Todos los argumentos que se han objeta- do al matrimonio de la Reina con el conde de Montemolin, pueden reducirse á uno solo: el temor de la reacción. No se duda sériamente de la existencia de la cuestión ó pretensión dinástica; no se duda sériamen- te de que esto sea un poderoso germen de pueda jamas suscitar al f^obioruu graves compromisos; la razoQ que se alega eu fa- vor del matrimonin fundada en el número y en la importancia del partido carlista, estri- ba en falsos supuestos, es una mentira po- lítica, en contradicción con hechos eviden- tes y palpables. — Asi hahian en sustancia los que se proponen rebatir el argumento fundamental de los que apoyamos dicho en- lace; pero su lcn:;uaje cambia tan pronto como quieren |>ouderar los inconvenientes que á él se oponen, y que en su concepto son una verdadera imposibilidad. Entonces la reacción es inminente; todos los intereses de la revolución están amenazados de su- cumbir; todas las conquistas (|ue ella ha he- cho en loscatureti últimos años, han de ser destruidas por el casamiento; el partido li- beral se suicidaria accediendo a la falsa con- ciliación (^ue en realidad no seria otra cosa í|ue una violenta reacción. Si el partido car- lista es tan débil, ¿por qué se le teme? Si su importancia social y política es nula, ¿có- mo podra ejecutar sos formidables proyectos de reacción? ^surpar el trono á doña Isa- bel U, abolir las instituciones liberales, destruir todos los intereses creados, cambiar todos los empleados civiles y militares, per- seguir cruelmente á los que han defendido á doña Isabel 11, y por lin restablecerlas cosas en el estado que tcnian cu 1, es una empresa mas que medianamente diticil, sesun parece, y no obstante, empresa ta- maña creen nue.stros adversarios que pudie- ra acometer el partido carlista con fundadas esperanzas de llevarla á cabo. Si tanto pue- de un partido débil, ¿qué harán los fuertes? La contradicción es demasiado chocante pa- ra que haya podido ocultarse á Jos lectores juiciosos. Nosotros nos content^imos con re- cordarla, fonnulaudola para mayor claridad en el siguiente dilema: ó el partido carlista es áebil, ó es fuerte: si es débil, como á ve- ces decís, exageráis al ponderar los peligros de una reacción: si es fuerte, como lo indi- can vuestros temores, procedéis muy mal, dejándole sin esperanza, arrojándole á una estremidad que multiplica las fuerzas y la energía: la desesperación.
Ya que de contradicciones se trata, ha- gamos notar otra no menos singular. Los periódicos mas opuestos al enlace con el conde de Moulecnolin, o al menos los que se han señalado muy particularmente por su IWBieverancia en íiacer ia guerra al proyecto conciliador, por juzgarle morUil á las ins- tituciones libres, son los mismos (|ue se la- mentan incesantemente de que la conducta reaccionaria del gobierno baya matado la li- bertad en España. La de la imprenta ha des- aparecido; el voto del parlamento se ve me- nospreciado; los hombres políticos mas nota- bles se hallan desatendidos: desde 1843 nos ha regido la dictadura militar mas insoporta- ble; y cuando por intrigas de corte y {)or me- dios ágenos del sistema constitucional y de las prácticas parlamentarias, cayó el dictador, no como caen los ministros eu los gobiernos liberales, sino como caen los validos en los gobiernos absolutos, en vez de entrar ple- namente en las vias parlamentarias, se ha formado un gabinete que nada representa, (]ue es meramente personal. « Intentemos por última vez, decía el Tietnjx) en su nu- mero del 4 4 de julio, caracterizar en una frase este ministerio indelinible. ¿Acertare- mos diciendo que es un ministerio sin mas siguiiicaciou que la que tienen por 6i y ante «I, y en sits reip€clica.s familias, los seis hombres (|uc lo componen? Si la idea es exacta, nada es mas fácil que espresarla en una palabra; es un mnislerio personal.» ¿Este es el sistema parlamentario «lue nos rige? ¿esto es lo que teméis que pouria ser destruido por el conde de Monlcmulin?
En concepto de la oposición, la libertad en España es una mentira: ¿y se atreve sin em- bargo á manifestar serios temores por lo que apellida consquistas de la revolución en el terreno de las instituciones? Supongamos (|ue el conde de.Monteniolin Hiese tan malo y tan lor|)e que emplease toda su influencia en hacer el gobierno lo peor posible; que en la región de la [>olítica internacional com- prometiese y com|)licase los intereses espa- ñoles; que en la región de la política inte- rior dividiese ánimos, intereses y partidos; aue cobrase contribuciones sin intervención e las Cortes; (|ue mantuviese suspendido el parlamento y gobernase sin sujeción á las leyes; que oprimiese la imprenta; que ali- mentase con sus errores las esperanzas re- volucionarias; que conservase en medio de la paz y al lado de los alardes de su fuerza los estados de sitio; que con un errado plan de hacienda produjese la anarquía fiscal; que pagase mas soldados de los (jue hubiese en servicio; que ademas y para colmo de infortunio nacional, dejase al clero y á las clases pasivas en la miseria; que uada hicie- 88 88 «e en favor de la industria; que no cuidase del arroíílo de las aduanas inleriores y ma- rítimas; qin; se olvidase do la a.ü;ri(-iil(ura, del c(»ncrcio, de la adininislracion de justi- cia, de la instrucción [mblica; que al inten- tar alguna reforma lo liiciese tan torpemente que copiase sin criterio las que existiesen j en otros reinos; (^ue se viese a los partidos i legítimos perse;^Mlldos, á los ilegítimos hala- gados, al partido moderado sin goles reco- nocidos en el poder, a los órjianos y agentes de este poder estorbando hasta por los me- dios mas repugnantes, la reconstitución del partido conservador; y «pie para complemen- to las Cortes eslrafias luchasen entre sí para vencernos y humillarnos, hasta el punto de que nuestros hombres políticos escondiesen al (in su frente jwr vergilcn/a, y se resigna- sen a sal)er y lamentar los males que sulri- mo8 y los que nos aguardaran, ¿no les pare- be á los lectores que el conde de Montemo- lin (piedaria lucido, y que cuantos hubiesen aconsejado enlace tan funesto, sentirían el arrepentimiento mas profundo? Sin embargo y asómbrense nuestros lectores, ni aun en este caso perderíamos nada en el cambio; aun en este caso no tendríamos mas ni menos de lo (lue hemos tenido desde 1813. El 7'i>»»- po lo uice: hé aquí sus palabras: i: «¿Cuáles son los tiliilos del acliuil niiub>U;río á la posesión y disfrule del poder pñljiico '! su liÍ!>lo* ria lo dirá, lié aquí su lii.storia. , En la región de la política internat-íonal, ó lia comprometido, v lia eoinplicndo los iiüereses es- Kiíioles: la cuestión del lualrinionio n^al y la de orna lo deinui strjo.
Fin la re-^ion de la juditica interior, lia dividido áuinuis, intirtscH y parliHos.
Cobra contribuci(mes Un aulorizacion délas Corirs.
MuiUiene $u.<ipendido el parlatnenlo y ijobier- na «tu sujeción á la* leyes. ¡jj Oprime la imprettla.
Aliioeiila con sus errores las esperanzas revolu- cionarias.
■ í.'oii.vrva en medio de la paí, y al lado de los alardes de su fiiertu. lo» estado* de sitio Continúa la anarquía fiscal, producida por el plan de iiariciida.
I • Se pagan mas toldadus que los que hay en setTicio.
St^ued (Juro y si^^ucn las clases ¡tasivas en su miseria.
¡So han reformado los aniiiceles? ' ¿Se han resucito las cncsUones eennómícas de que dependen el desarrollo y la perfección de nii(>Alraii industrias? "■■-^ »?• »• • '•' '• ' ¿<auii»cí! «'I pi'ihlieo el nioMuiícnto de nuestro i:ouK'rtii> interior u el del estí-riur?
¿Qui'- lo debe b agrieullura?
¿Qu«'> la adiniuistrdcion de. justicia?
¿Puede aeaso rilarse como un ¡¡rojíreso el actual plan" de estudios?
; Se baila estaiderida > en iimviinienlo es;» com- fdieada máquina de la adminislnrion interior, pa- vas riK'ilas, multiplirnda* hasta el infinito, tie- nen un juejío des<:oii<N ídn hasta para sus auto- res, mejor diremos, para los qm* la han inlro<luei- dü en nuestro socio, copiánd<Ua sin criterio de i» que existe uu el vecino reiuo?
Por úlliino: i-l úrden, el sosiego, la conOaiua pi'ihlioa, ¿h:ui ^^aiiudu ul^'o con el actual ininisturiu! (Nlim.del l i de julio.)
«Un mfnlstí'rio e\lra-parlamentarlo; un parla- mento arrojado de la arma dr la poHtira y ncgorioK; unas elecel'>;ips aplazadas parad. i:. de largo tiemo; un partido legitimo perseguido: otro partido ilegitimo halagado; el partido node- radoMugefcs ivc'uu(M-idos cu el |)o«ler, y los wf¡»- nos y agentes del poder estorl>ando liasLa |ior los vtedivs mas repugnantes la neciisaria t^ecoustitu- cion del partido con.servador. I'ant eoiu]demeulu de este diseño exacto, las Cortes cslrañas luchando entre si |)ara vencernos y íuimillarnos hasta el punto de que nuestros homhres políticos rsrondaH al fin su frente por vergüenza, y ae resignen i saber y lamentar los males que sufrimos y k^rqne nos agtardan.
K.sla situación podria ser transitoria; pero de seguro el tránsito es de lo mus terrible ^ ' ro- so que se puede imaginar. « ^Núin.del!■> j >.■•<>.)
Soinotcmos al juicio del lector la observa- . cion siguiente. El conde de Montemolin con- duciéndose lo |M'or posible, no podria em- peorar las circunstancias: entonces ¿qué peligro se corre con el matrimonio? El mal depende ó de las personas, ó de las cosas; si de las personas ¿por qtté tanta resistencia á echar mano de otras que al menos no bao dado pruebas de tamaña obcecación? Si de las cosas ¿|)or qué se niega que hay en ellas un vicio radical? Esos males que lamenta el Tiempo ¿son reales o fingidos? Si fuesen Hn- gidos, su oposición seria de mala fe; si son reales ¿por qué no se remedian? ¿Quién puede remediarlos? ¿Es la corle, el parla- mento ó el país? Si es la corte ¿por que no los lia remediado? Si es el parlamento ¿por qué se le ha inqM'dido remediarlos? Si es el tiais ¿por qué se han puesto obstáculos á sti egítima ínlluencia? Si nada tenéis ¿qué po- déis perder? Si los males han llegado a su I coimu, ¿pur (|uu inaDÍfusUiis lauto recelo de | que se ai^raven? Eslnis colocados eo la al- lemaliva de acusaros á vosotros mismos de mala fe, o de recouocer la fuerza de nues- tras razones; elcírid, que en amlios casos j la elección es mortal para la causa qu« de- iendcis.
t« ¿Es posible que eu tres años de paz se baya tenido uua obcecación como la deücri- la en los párrafos cítpiadus? ¿Es concebible que lai cumulo de males se deba simple- mente á voluntad torcida, ó a error del cn- lendimieuto? La consecuencia le^iluna, ob- via ¿no debe ser (juc bay en la misma natu- raleza de las cosas alfíuu vicio radical, <|ue QO deja desenvolver las inl1uen<'ias buenas, que no permite á los poderes públicos ejer- cer sus funciones con re^íularidad, (pie im- pide al ^'obierno el salir de la mez(|utna es- fera en que se aboga?
No, no son estos ó arpiellos bombrcs los que tienen la cul[>a de tantos y tan ¿graves males; el oríjíen de ellos está en el punto que nosotros liemos señalado una y md ve- ces: está en la ílu(|ueza intrínseca del poder, que ba de retroceder a la vista de los mas pequeños obstáculos; que se ve precisado a contemporizar cou lodo linai^e de influencias; que se ve condenado a desbaratar continuas intrif^as y a urdirlas a su vez; <pie no pue- de obrar con el desembarazo de los gobier- nos verdaderamente nacionales, ])or<]ue tiene la conciencia de su propia debilidad, A(pii Uefíabamos de nuestro articulo, cuan- do recibimos el número del fíVm/Jt-deNS del corriente. Antes de contestar á las pre- ¿;untas cpie se nos diri^^en, |»ennitascnQS quejarnos de que |)or una sensible equivoca- cioo, se nos ha^a decir todo lo c(uitrario de loque hemos dicbn, aclr.icandonos ipie re- convenimos a nuestros colcfías de la pobre- \ za de sus ideas y de la escasez de su ioiic- nio. Precisamente dijimos todo lo contrario: • nos lamentamos, si, de (\m'. durante imiclio tiempo, la |)rensa no hubiese entrado «mi una fwlémica á que nosotros la brindábamos; ¡ pero leniamos el « uidado de advertir que un t retraimiento tan eslraño, no había dimana- do de falla de ingenio, sino de falta de ra- zón. Ko¿^'amos á dicho periódico que vuelva á leer el articulo á que se rcliere: y vera i aue en él no nos desviamos de aquel tono e cortesía y templanza, de une con eslre- mada ^'alantcria nos llama mouelo. »^ Tampoco es exacto que amenacemos, y <|uc hablemos cou cierla fnúcion uUicn de las fatales consecuencias que producirla el casamiento de la Reina con cuülipiiera otro principe (|ue uo sea el hijo de l). Carlos. Mal conoce al que escribe estas lineas quien le atribuyen fruición alliva por las fatales consectiencias de un p.iho poco meditado; no queremos defendernos; el porvenir nos juzgará á imos y á otros, y manifesUira lo que somos.
Pero dejemos estos incidentes, y vamos al fondo de la cuestión. El Tiempo nos invi- ta a decir lo cpte sabemos ó pensamos sobre. la política del hijo de l) reírlos. Diremos lo que pensainf)S: mal ptKlemos decir lo que sabenws, cuando ni direi ta, ni indirecta- mente, hemos recibido del conde de Monte- mnlin el encardo de esplicar su política, lió aquí las pre.^tmlas dt^i Tiempo.
¿llestablece el absolutismo? i» Creemos (pie no: y comeleria un;irande error con solo intenUirlo; y cuenta <pie al decir esto, no nos referimos á la posibilidad sino á la conveniencia. Es tal el descrcdilo (jue á fuerza de errores y de abusos, se ha echado sobre las instituciones representati- vas; es tal el cansancio en que han caído los pueblos, que un gobierno osado podri;i hacer en este sentido cuanto le pareciese: lo (|ue se ha hecho en tienqMj de (lonzalez Brabo y de Narvaez, indica lo que se p<Mlria • hacer en adelante. Ninguna medida en sen- tido restrictivo, provocarla una revíjiucioii nacional. Pero insistimos en (pie el resUible- cimiento del absolutismo no seria convenien- te, y que el conde de Montemolin conoc»M¡a muy mal la situación de España, la de Eu- ropa, y hasla su interés pro|iio, si acome- tiese una empresa semejante.
Se quiere saber taml>¡en «jué alteraciones ó mudiiicaciones introdiieiria el conde de Montemolin en las instituciones |)olilicas. .No es estraño que se acuerden sienqire de alterar y inoditicar, los que de continuo es- tán modilicando y alterando. I'or nuestra parle, creemos que se debe tocar á las cons- tituciones de los pueblos todo lo menos |>o- sible; que el mero hecho de |)oneiias en <lis- cusíon es por si solo una gran calamidad. Lo que nos ha fallado hasla aht;fa en Espa- ña, no Iwn sido leyes, sino su observaiu'ia; [wr esla causa hemos tenido des(>otisu)o cu- bierto con el nombre de libertad, y el mas escandaloso inono|)olio l)ajo el dorado nom- bre de igualdad completa. Lo que debería hacer el conde de Monteinolin sería influir fiara que las instituciones, fueran las que uesen, no se limitaran á estar escritas en el papel, como ha sucedido hasta ahora.
Tiene razón el Tiempo cuando asegura que ni el Pemsamiemo ni nadie puede ne- ítar al casamiento de S. M. con el conde de Montemolin una pran signilicacion política: Ínecisa mente, una fsjan parte de esta signi- icacion consiste a nuestros ojos en que desapareciendo la cuestión dinástica y ro- busteciéndose tan poderosamente el trono, sería dable desenvolver en su genuino sen- tido las libertades públicas, sin tener que andar como hasta añora, en la triste alter- nativa del despotismo militar ó de una anar- quía desenrrcnada.
Se equivocan mucho los periódicos de la oposición si creen (|ue no hay aqui algo mas que cuestión de instituciones políticas. No, no es asi: cuando se ha luchado por espacio de largos anos; cuando con ra/on ó sin ella, I se tienen comoromisos de honor y de con- ' ciencia; cuando se han creado y arraigado profundas simpat'as en favor de una persona ó de una familia; cuando ios homnres se han ligado entre si con vínculos de partido que no pueden romper sin faltar «i sus ante- cedentes, hay algo mas (pie cuestión políti- ca: hay cuestión de honra y cuestión de amor propio. Esplicaromos la ¡dea.
Supongamos que se diríge al partido car- lista la siguiente propuesta. «Vendrá el con- de de Trapani, ó un Coburgo, ú otro prínci- pe cualquiera, y.se restablecerá el absolu- tismo; ó vendrá el conde de Montemolin y conservará las instituciones representativas; elegid.» Kslaníos seguros que la inmensa mayoría res[)ondería por aclamación. «Ven- ga el conde de Montemolin con las institu- ciones representativas; no queremos á nin- gún otro principe, aun cuando se quiera establecer el absoluti>mo mas puro,» Esta es la verdad, no lo dude el Tiempn\ ' mas de una vez ha hecho la prueba el (pie escribe estas líneas, y la respuesta ha sido unánime, y lo que es mas, instantánea.;Y Kir qué? porque en estas cosas tiene mucha parle el conizon. con él se juzga mas que con el entendimiento.
Se dirá tal ve/, »|ue estas son afecciones d»i (|ue se debe prescindir; pero la dilicultad esta en lograr (|uc los hombres prescindan; y supuesto (|uc esto no es fácil ni posible, • es neccsarío hacerla* entrai" como datos importantes en la resolución de los problemas políticos. Vno de los príncipales secretos del arte de gobernar ¿no consiste en templar, en dirigir las pasiones de los hombres?
¿Destruye los intereses creados y restable- ce los destruidos?
La respuesta es muy sencilla. Si se hubie- se hecho un arreglo con la Santa Sede, el conde de Montemolin respetaría el convenio, V no se |)ondria en o|)osicion con lo (j«e se hubiese establecido de acuerdo con Su San- tidad.
Si no se hubiese hecho el arreglo, esta- mos convencidos de que las probabilidades de hacerse pronto, serian mucho mayores que ahora; entre otras ra/.oncs, por la moy sencilla de que la mayor estabilidad en las cosas públicas, daría al Papa una garantía segura de «pie el gobierno español podría cumplir lo que prometiese.
No queremos entrar en disputas sobre quién lo baria mejor; pero no podemos pres- cindir de preguntar á los nuevos poseedores, si están contentos del orden de cosas actual, y si creen asegurados sus intereses de la manera (pie desean: es evidente que no; luego lo único á que pueden aspirar es á un arreglo amisto,so; y lo que mas deben temer es un trastorno profundo. ¡Ay de los intere- ses (pie tanto se ostenta defender, si tuvie- sen que correr los arares de una nueva guer- ra civil! que los compradores no lo duden; son muchos los adversarios nue tienen entre los mismos sostenedores de Isabel II; guár- dense de provocar nuevas escisiones con im- prudencias y desconfianzas. Para juzgar de su propia fuer/a, no se a|K)\en en las pala- bras de los perífídicos; no se hagan ilusio- nes, no se alucinen unos á otros cuando se hallen reunidos: tienen un medio mas sen- cillo: recuerden (pie están en Espai^a, y que la España tiene catorce millones de haSiian- les, y luego cuéntense á sí mismos.
LAK COBTBS, LA rRSXSA Y EL BUIDO Pl BLU:0 uinniBof ooao ciutomm para c«Ma'r la fucr/a Jri partido monániDicc».
Vkk Para el triunfo y la eslabilidaii de una doctrina i>olitica, e's condición indispensa- ble la fuer/a del partido que la sustenta. No basta que la doctrina sea conducente al bien de la sociedad, ni que las circunstan- cias en que esta se halle reclamen iiupcfio- 8tment(> la adopción y la práctica de íOjue- Ilos principios saludables. Si porcslravio de las ideas, por la exaltación de las pasiones o por cond)inacion particular de intereses prep(mderanles, la doctrina buena perma- nece débil y no le es posible encontrar un apovo robusto, esta condenada a vivir en la rejííon de las teoiias y a esperar que el cur- so de los nconleciniientos le depare circuns- tancias menos adversos. En la arena de la discusión es preciso demostrar no solo que la raxon csUi de nuestra parte, sino también (pie disponemos de los medios necesarios j>ara poner en planta las opiniones (jue de- fendemoí»; de lo contrario, cuando no se nos pudiese combatir |M)r faltos de razón y de justicia, se nos rechazarla por débiles; pues aunque la fuerza por si sola no da nin- gún derecho, es por desgracia, con harta frecuencia, asi para los ^'obiernos como pa- ra los puetilos, la ultima razón con que ia- llan las causas.
Kntre los muchos ataques que todos los dias está sufriendo el partido monánjuico, liiíura como uno de los principales el ar¿íu- mento de debilidad: aríiumento que indica- do ya otras veces con aíjuella timidez ipie (Wsi^'o traen las objeciones evidentemente desmentidas |>or los hechos, ha sido esfor- zado últimamente con un tono de seguridad que solo |)iie(lo disculparse por la necesidad de encubrir la IhKpioza de la aseveración que tan pratuitamenle se emitia. Examine- mos, pnes, con detenimiento la fuerza de lan pereírrina objeción, desalojando a nues- tros adversarios de esta trinchera en que se ban refugiado.
Ante t(Klo habíamos notar un poderoso in- dicio de la razón que nos asiste..Nuestros adversarios, oo obstante todo su ingenio y habilidad, se ven reducidos á la estremidaci deplorable de negar redondamente hechos mas claros que la luz del dia. Hemos visto negada la existencia de la cuestión dinásti- ca; ahora vemos negada la fuerra del par- tido monárquico: cuando uno de los (pie discuten se ve precisado á valerse de re- cursos tan desesperados, la discusión pue- de darse por linida; la misma exageración del (\uc niega 'es su refutación mas elo- cuente.
Como aqui se trata de apreciar un hecho social de la mayor importancia, pero (luc pertenece á la clase de los que no |)uc(len espresarse en números, y (>or consiguiente ofr(ícen pretestos para cavilaciones, es pre- ciso examinar de antemano cuál es el cri- terio legitimo en la presente discusión.
Estando regida la España por el sistema representativo, parece á primera vista que la fuerza de los partidos debe valuar.-^e con alguna aproximación por el número de re- presentantes que hayan tenido en las Cortes. Si este criterio vale, será preciso confesar que el partido monari{uico es sumamente diminuto. Desde IK34 basta 41)44 los mo- nárquicos no han tenido ninguna represen- tación en las Cortes, o si la han tenido no se ha manifestado. Posteriormente, dicha representación ha sido también muy esca- sa; y en la última tenqwrada de las Cortes actuales, la hemos visto reducida á una cantidad imperceptible. Ufanos con este he- cho, nos dirán nuestros adversarios: «si lan numerosos sois qne formáis la mayoría de la nación, ¿cómo es que ligurais por lan po- co en la representación nacional?»
Un argumento (pie prueba demasiado, no prueba nada: un criterio que conduce á re- sultados contradictorios, es un criterio falaz. De estos dos defectos adolece la argumenta- ción que se funda en la represuulacion de las Cortes.
Si el argumento valiese, probaria que du- rante diez afios no ha habido monánjuicos en España, y que con la muerte de Fernan- do Vil desaparecieron todos como por en- salmo. Si esto es verdad ó no, digalo la guerra de los siete años, y digalo también la oposicicm á las ideas revolucionarias (pie se ha manifestado en todas épocas en el se- no del mismo partido de doña Isabel II, y de la cual se han lamentado muchas veces, y se lumcnlun aun cou hurla frecuencia, 4os i>eriódicos m progresislas como mo- <lera(los. Dado (jue adniiliéseinos la exislen- cia del partido luooaniuico, seria menes- ter inferir que osle es tan pequeño, que se halla en una desproporción inmensa res- pecio á uno cualquiera de sus adversarios. Estos han lenido repelidas veces o mayoría en las Corles, 6 una minoría muy numerosa: j el partido monárquico no ha llegado jamás á este punto; sus representantes han sido muy contados. ¿Ilahrá quien se atreva á sostener que este número era la fj;enuina e.sprcsion de la fuer/.a del partido en la so- ciedad?!So lo creemos; luego esle argu- mento, ¡)or probar demasiado, no prueba nada.
El criterio de la representación en las Corles conduce á resultados contradictorios; con él se podría probar que toda la España es progresista, y que toda es moderada; y qüc la mitad es progresista, y la otra mitad anoderada; y (|ue los progre'sistas están en mayoría y los moderados también: ¿se quic- I rcn mas contradicciones? eslo es.sin embar- ' '^'0 \o (pu) resulla de la historia de las Cor- les. En las de 34 la mayoría era moderada, los progresólas tenían una minoría consi- I rabie. En las de 3G la minoría era modera- i rda, y la majoría progresista. En las cons- 4ituycnles la representación de los modera- dos era imperceptible. En las de 38 la ma- yoría era moderada, y la minoría progresis- 4a. En las de 3í> la minoría era moderada, y la mayoría progresista. En las de 40 la jninoría era progresista, y la mayoría mo- <Jerada. En las de 41 la totalidad* era pro- líresista. En las de principios de 43 comen- y.aba á ser representada la coalición; en las f<le fines del misum año esta coalición estaba representada también, ¡xiro en proporciones | muy diferentes. A lines de 44, cuando los moderados pudieron obrar á sus anchuras, pagaron á los progresistas con la misma níoneda de 41. Los progresistas los habían «scluido á todos ellos; ellos cscluycron á todos los progresista.s: los progresistas, \ior mucha generosidad, adínitieron á un solo juoderado, al mas progresista de los mode- ri)dos, al Sr. Pacheco; íos moderados pagan- <lo generosidad con generosidad, admitie- ron también á un solo jirogresisla, al mas moderado de los progresistas, al Sr. Orense.
¿Qué les parece a nuestros lectores del j criterio de la representación para apreciar y .ea su justo valgr ja iinjiorlancia de las opi- ^ niones y partidos? ¿No se admiran do ii^ renidad con que se aducen argumentos tan evidentemente desmentidos por la historia de los últimos años? ¿Qué se puede respon- der á una serie de hechos semejantes?