SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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Otro conducto tiene la o[)inion pública en los gobiernos rc|)rc.scntat¡vos; la prensa: I veamos (|ué resultados nos da en favor ó en contra del partido monárquico..No negare- mos (jue si se hubiese di' juzgar por este criterio, el partido monárquico seria muy iufurior á los otros: afortunadanienle se pueden oponer al criterio de la prensa las misnicLs dilícullades (|ue se han objelado al de la representación de las Cortes. Desde el;iño 34 transcurrió larga lempora<la sin que hubiese ni un solo periódico monarqui- ce: y posteriormente, cuando variadas las circunstancias, han visto algunos la luz pú- blica, se han resentido mas ó menos de las diliciiltades con que tenían que luchar. Si admitiésemos, pues, el argumento, resulla- I ría que el partido monárquico es muchísimo mas pequeño de lo que pretenden sus mis- mos adversarios. Lo que prueba demasiado, 00 prueba nada. I Es necesario conocer la organizacioa pe- I ríodística en los diferentes países, |)ara for- marse idea e.xacla del valor de su signiltca- do. En Inglaterra, donde las costumbres de publicidad csl;in profundamente arraigadtiv y los partidos políticos, amaestrados |K)r la esperiencia, y dominados |>or la robustez, du la Constitución, se mantienen cslriclameiiUe en el terreno de la legalidad, y solo esperan el triunfo por los medios <|U ' \ \- I '\ |,>s otorgan, la imprenta puede. auu un barómetro bastante aproximado de la opinión del país. En Iklgica, donde las eos- I lumbres de publicidad son muy recientes, ya no es posible conocer la opinión publtca por el órgano de la prensa: quien juz^^ase de la situación política y religiosa de la Bél- gica solamente por los periódicos, se equi- vocaría grandemente.

La Francia, que lleva ya treinta y dos años de discusión ftacííica, los (|iie vinieodu después de los ipie había tenido anti^s del imperio, han debido afectar considerable- mente las costumbres políticíis. tampoco lle- ga, ni con mucho, a igualar á la Ingl iti-rm Si juzgásemos de la opinión de la I { [)or solos los periódicos, deberíamos inferir j que el partido mas pequeño, mas insiguili- ' cante, es el que sostiene a Luis Felipe y su I sistema. Entre los muchos periódicos que se publican en París, apenas hay dos ó tres que no le hai;an al gobierno ima oposición constante; y aun sobre estos periódicos lla- mados ministeriales, circulan rumores algo acreditados de que en la defensa que hacen del gobierno tiene no escasa parte el go- bierno mismo. Por manera que si hubiése- mos de tomar la (¡¡¡inion de la prensa por barómetro de la opinión pública, seria ne- cesario decir qm» en Francia no hay nadie que defienda al gobierno sino el gobierno mismo. Ahora bien: en circunstancias tan criticas como las que ha sufrido la Francia desde Í8H0, ¿sera posible la duración de un sistiMua que tenga contra sí a la inmensa mayoría de la nación? ¿Es posible que no haya <'n Francia un núcleo muy fuerte de ideas é intereses, favorable al sistema de Luis Felipe, y bastante á servirle de apoyo, y á cubrirle contra los ataques de sus ene- migos? Ju/.guclo el sentido común. Otra re- flexión: la mayoría de las c»imaras apoya siempre al gobierno; la inmensa mayoría tle la j)rensa le combate siempre: ¿dónde está la legítima espi*es¡on de la opinión nacional? Si en las cámaras, no en la prensa; si en la prensa, no en las cámaras. En ambos casos falla uno de los critcríos del sistema repre- sentativo para conocer la opinión pública.

Tal vez habrá quien sostenga que fallan los dos; esta ocurrencia parece contradictoría, pero no lo es; antes por el contrario, esta llena de sentido.

Si esto sucede en países acostumbrados á la publicidad, ¿qué deberá suceder en los que han entrado recientemente en el nuevo sistema, inaugurándole con una sangrienta guerra civil, y continuándole en ujedio de frecuentes y profundos trastornos? En tal caso la prensa no tiene derecho a ser consi- derada como espresioo legítima de la opi- nión pública; y quien para juzgar del ver- dadero estado" del pai>< se atenga al número y al tamaño de los periódicos, se engaña torpemente. Esto, ípie desde luego se ofre- ce como fundado en razón, se confirma mas y mas con el testimonio de los hechos.

Los periódicos progresistas son tres: el Eco del Comerrio, el Espectador y el Chi- mar Público. Los de la opinión moderada son dos: el Tiempo y el EupaTiol, y por es- pacio de algunos meses figuró entre ellos el Universal. El periódico defensor del sistema de Narvaez y amigo celoso de este general, es uno: el Heraldo. El defensor constante'^ i del ministerio, es uno: el iniparcial. Hay otro períodico enemigo de la oposición con- .servadora, pero que no defiende constante- mente ni á.Narvaez, ni a! ministerio. y que sosteniendo en general al partido moderado, no está afiliado a ninguna de sus fracciones, sino que emite su oj)inion particular, según lo considera conveniente y oportuno: el Po- pular. Por fin, los diarios monárquicos son dos: la Esperanza y el Calólico. Este últi- mo. si bien se ocupa siempre mas ó menos de las cosas políticas, se dedica de una ma- nera muy especial á las religiosas.

Juzgando de las ideas en España por la estadística de los periódicos, seria preciso convenir en prímer lugar, que la religión dé los pueblos está en una decaden(;ia espanto- sa. Si bien no negamos las profundas llagas abiertas á la religión y á la moral por los desmanes de la revolución y por las doctri- nas disolventes, no jwdemos conceder que las cosas hayan llegado á una situación tan deplorable como se nos pintaría en la es- tatilslica de la pnmsa. Aunque los perió- dicos, ni progresistas, ni nioderados, no de- di(|uen por lo común sus colunmas á com- batir la religión, y hasta se abstengan de entrar en discusiones sobre el dogma y la moral, su conducta en la elección de los fo- lletines induce á creer que no es la religión su pensamiento dominante, y que llevan la tolerancia hasta la indiferencia ó el escepticis- mo. Sea cual fuere la novela, por mas que el escritor se entregue á todo género de ata- ques contra el dogma, contra la moral, con- tra el culto, contra todas las instituciones religiosas, contra el clero en general, los to- lerantes periódicos le abren las dilatadas co- lumnas de sus folletines, y hasta luchan en- tre sí con viva emulación para arrebatarse la I preferencia en ofrecer al público la seduc- tora leyenda. No dudamos asegurarlo: si un estrangero juzga de la España por la simple lectura de los periódicos, deberá creer que está aclimatado en nuestra patría el indife- ' rentismo religioso mas completo. Sin embar- go, y á pesar del pretendido barómetro, no es posible negar lo que vemos con nuestros ojos y palpamos con nuestras manos, en la corte como en las provincias, en las ciuda- des populosas como en las aldeas: la inmen- sa mayoría de la nación española se conser- va adicta á la religión católica. " Las consecuencias relativas á la opinión Digitized bV Google poUtica del país, no serian menos estraftas. | ríales, eon el apoyo de algtiisfl " opulentos enrif[iit'cidos con las coñ l ralas v Desde lue^^o salla y la vi 1 1 inferioridad en que se presenta el parlido monárquico, iníenoridad que por lo enorme, no se alrc- yerén á tener por verdadera ni aun los mas interesados m cxa^orarla. Prescindiendo de la proporción cnlre el partido moderado y el progresista, so nota una anooialla chocante, Goales, el que de los tres periódicos mode- rados, mas distinguidos por su tamaño y re- dacción, los dos pertenecen á la oposición conservadora: el E^ñol tj ei Tiempo. Juz- gando pnr este indicio deherianios creer que la oposición conservadora ba conquísta- lo uua gran, mayoría en el seno del partido BKíiefado;,lo que está en evidente coólradío* I fueran diferentes; y si perdiesen el con la compra tle los bienes del clero. Si dé esta pila forma parle el j$obierno y en eUa coloca todos sus dependientes, la bnteria es poderosa, y las descargas riertricas son capaces de hacer temblar de espanto y ter~ ror á quien no conosea lo inofensivo del aparato.

Todo se reduce á ostentación: »odí>esfe&- licio: con estos medios se obiiejien los re- sultados que se quieren, y se obtendrÍB otros muy diversos. Cuaodo'los progresistas mandaban, los resultados eran (>rogresistas; cuando cesaron de uiaudar, los resultados non <'on las votaciones de las Cortes, y mas todavía con lo que puede esperunentar j)or si mismo cualquiera que interrogue con im- parcialidad y buena fe la opinión y la volun- tad del pais. Poco fallaría, aleniéndono-;;il indicio ae la prensa, si no creyésemos (}uc 1» oposición conservadora tiene tantos par- tidarios corno la progrcsisla; y sin emliargo es evidente para lodo hombre de mediano juicio, que la oposición conservadora si lle- gase al gobierao, no podría resistir por si sola, ni íinn por tiempo muy breve, ningún ataque sério: cuando por el contrario, los progresistas, aunque muy distantes de la ll9pukridad con que ellos se lisonjean, son capaces de hacer una revolución y de dar mucboque entender á sus adversarios, si IMidiesen eocumbreise de nuevo al poder, siquiera por ocho días.

A mas de la representación en las Corles y de l^s óiganos en la j)rensa, buv todavía o|n> ^Mirómelro de la opínioo pubUea, que algiinn^- firnj'n i)'>r muy verídico; y que en unos y otros, y se examinase de cerca el terreno midiendo la estension del campo donde fue Troya, se descubriría bien prooi- to que para destruirla no se necesitin tto caballo tan grande eon» el de las jGragorosas cavernas. - '■tfi^vitti^tsuiiifi: Será bueno que los teetorae iw phSSni de vista lo falaz de los tres critenos, para no dejarse alucinar con vanas apariencias, perdiendo de vista la realidad de las cosas. En los grandes acontecimientos que se pr»> paran, en los momentos cnticns en que se resolverán los colosales problemas que abru^ man al pais, no deberemos admiramos de que se ponga en mov¡nii>nlo la Kspaña facticia queriendo dar la ley al trono y a la España verdadera. \o embargante las pror testas de snraision y lealtad, y losaMlMMS contra los enemigos del truno de doña Isa- bel II, estamos seguros de que según el curso <|ue lleven las cusas, resonara porlut» cuatro ángulos de KspaSael eso formidable de la opinión públira, amenazando á la ReíiMieslro o^ncepto es tan falaz como los otros, na, amenazaiuJo á la España, amenazando á i faUndo un nombre especial, le llamare- I la Francia, araenaaaodo a la Europa, si la mos ruiéb pdAüoo, ponfne eonsisieen oiei- I Europa, y la Francia, v la Espafia, y la Reíta.'Agitación que comienza en algunos dren- na no se somelen hunúlilemente al dictamen ios de la corle, se propaga á otros de las de los que están demasiado acosiumlM'ados capitales de províncu y estíende hasta las á ciue el suyo prevaleiea siempre, poblaciones mas pequeñas sus irradiaciones bratorias. De viDratonas. l>c esto resulla en conmoción una España facticia, improvisada, (¡ue pre- senta ibnómenos engafiosos, raovimienios que pnrcí-rn di' y'uh. v que en realidad no son mas que cíectos de uua especie de gal- vanismo. La pila galvánica que produce efectos tan sorprendentes, esta formada de algunos ern|)l. ' I literatos, periodistas, candidatos a dipuucioo ó á sillas ministca la [)us¡hinimidad de los que se asustan por vanos espantajos. Desde ahora para en- louces, si este caso ba de llegar, como sena muy posible, preveninMW a los lecioresfiara que no erenn que una resolución firme no podra llevarse adelante sin que el orbe se venga ahajo. Esta opinión foctícta. ese mh- do, tendrán tanta ímportiMia como len4aB los que se hallen encargados de dirigir el negocio. Por nuestra parte oslamos tan se- I ^uius (le la opiaiou del pais, y du que todüs || nuestros adversarios. Por lo que toca á Ins (jue no leau el Pknsamiknío, dci i h delicadeza del J^sjtañol el reclilicana ih. ikmi equivocada (|ue de nosotros hahrian junlido iormar; en cuanto á los que nos favorecCD cou la lectura de nuestros artículos, no ha- brán |Kídido menos de sorprenderse al ver que el £«p<i/lo/ hablando del IV.nsamiknto pk LA Nación, dice con una serenidad admira- ble: anos \\m\a miserahles ij /orpfs sin ad- luente nacional, diremos que es la (jUc co- 8 vertir que la torpeza y miseria de nuestros ios obstáculos a una política \erdjdei amen- té nacional son vanos fantasmas, (|ue a no mediar la mas escandalosa llojcdad o la mas insigne torpeza, contaríamos de st>^'uro sobre el resultado. Al tiempo apelamos, que esta eucarj^ado de decirnos estas y mucbas otras cosas; y para que no i)ueda caber oínf^uno duda sobre el signilic;ido de lo que entendemos por política verdadeiamieu/a por la reconciliación de todos los espafiuios, iuau¿;urada en la real lamili el i'uiace de la Uema cou el cond* de UnioUn.

a por m BMriti M Virk va 1 1 ilrl uiitatu.

M MMlríd Ha descubierto el líspauol que «de alí{u- ous días a esta parte, esta bauieudo el Pkn- «AMiEMO üK LA Nacion esfuerzos desespera- dos para rehabilitar la causa del conde de Movlemolin; y que abaudouando la mesura y lemplan/a que lauto le distiusuieron al espoucr el año pasado los supuestos dere- eiios de su candidato, y las ventajas mas supuestas aun, que el matrimonio ton la Reina nos traería, se eutre¿;a ahora á toda la vehemencia periodística contra la cual lanío ha clamado.» No es fácil decir si los esfuerzos del Pb.nsamik.mo ue la Nación flOD deses|Hirados o no; pero lo que se pue- de alirmar es que oo sou de algunos días á argumentos son otras tantas razones conlni los su vos; D y se habrán indignado siu úwh al notar que para formarnos un gran captli!l(> de cargos, se comienza por poner en nuestra boca palabras que oo hemos dicho y que so- mos incapaces de decir. ¿Quién ha' visto ja- mas en nue^lros escritos los dicterios de mi- serables y torpes, ni otros que se le pa- rezcan? Si hubiésemos hecho otro tanto con el Español, ¿no hubiera rechazado la incul- pación aplicándonos la denoniínaciou cor- respondiente? Nosotros preferimos dejar encomendado csle negocio á la conciencia del escritor y á la conciencia del público.

Si el em{>leo de tales medios está hecho con premed ilación, la conducta es culpa- ble; si es efecto de un descuida, un tal d''s- cuido es incom|>rensible. De todos modos nada eslraño es que quien comienza de esta manera cootinúe entregándose á declama- ciones personales que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión.

Observa el Español que el Pfnsamie.nto DR la Nación no se circunscribe al sendero trillado de los heciios precisos y actuales, y que de ellos ase desvia siempre que la ine- ¡ jor defensa de su causa lo exige, obrando «sla parte; esta es una especie de manía de [ empero en esto con suma habilidad, y des- qee adolece de mucho liempo alias el Pkn- j hzandose sin que lo noten ¡a ¡itayor parle.de *A.«iKNTo DK LA Nacion, cüuio dc UH mal los Uclores, hacía el terreno de otros hechos cróoico y punto menos que incurable. Como j cslemporáneos las mas veces, y fuera de quiera, seria cosa de enfadarse contra el | proposito.» Bueno es que la sagacidad del Pbasamiknto dk la Nacio.n el verle abaudo- ^ Español haya notado lo que (según él mis- nar su acostumbrada mesura y templanza, > mo conlíesa) no notan Ui mat/or par fe tic y entregarse ahora a toda la vehemencia | tmuiros lectores; [kíio scanos |)crmilido du- periodislica, si por desgracia uo luese do- dar de si es esa mayor parte quien se enga- masiado cierto que contagiado el £s}míiolác ¡I na, o si es el Español. Como entre los Icelola misma vehemencia, iifipugua artículos que Bo habrá leído por entero, o ha citado de jnemoria algunas jialabras, couliaudo mas eo ella de lo que fuera menester. Los lecto- res del Español a cuyas manos uo haya lle- gado el pE.NSAMiKNTO DE LA N.^cioN, habiáu ejilrañado la descoriesia cou (jue traUuouü a res del Pensamiemo hay muchos muy ilus irados, no puede darse por oíondido el Es- pañol de que cuando menos pnugamos en duda la superioridad do discemimienlu que sobre ellos pretende.

Para no dejarse seducir por los artilícios del pK.NSAMlb.NTO DE LA N ACION, da cl Es- 89 pañol uaa regla que desde luegu adiuiliinos sin rcslriccion alguna. «Ks iiicQCSlcr leer coa mucho deteiiiniienlo y iUenciou hasla las cláusulas cu apariencia mas uisi¿;iiiiicau- les de susarliculos, cuidaodo sobre lodo «le no dejarse fascinar nunca por esos ^'olpes repentinos que casi catiiicariainos de teatra- les, á los cuales apela cun Irccuencia para salir de los malos pasos. » Vor nuestra parte recomcudanios dicazmente la regla del A\s- pañoi, en la inteligencia de que con cuanto mas detenimiento y atención sean laidas laü cláusulas signiíícantes óinsignilicantcs, mas fuudada esperanza tenemos de que el lector se convencerá de la conveniencia del enla- ce de la Reina cun el conde de Monlenioliu. Tocante á los golpes repentinos que el Lis- pañol casi calilicaria de teatrales, laminen, creemos muy conveniente que los lectores i no se dejen fascinar, y que recuerden la ob-! servacion de que el autor de los artículos í del l*K>SA,Mii.>To «conlundc el ánimo del iec- | ior poco esperimentade, y obHgandoUí a se- guir y admitir las inílexiblcs deducciones de una argumentación viciosa en súbase lo lie- ¡ va á regiones desconocidas: y cuando le lie-. ne alli sin recurso y sin salida, se cojo|)lace! en su i'unesti? habilidad y lo abruma con la j perspectiva de cuadros desoladores, y quiere obligarle á quedarse, moslrándoíe esco- llos y precipicios \>ot todas partes.» Cierta- mente estas mañas del Pensamiento de la Nación son demasiado peligrosas para que el público no deba agradecer ai kítpañol el haberlas descubierto; pero lo sensible es j que el mismo Español no haya advertido que con sus palabras poco meditadas, hacia una. confesión elocuente de ia impresión que causan en el ánimo de muchos liberales las \ razones del Pensamiento di: la Nación, j Los lectores á quienes se abruma, á quie- i nes se quiere obligar á awdarse, y contra ' uuiencs es necesario emplear la perspectiva de cuadros desoladores, y de escollos y [)re- cipicios por todas partes," deben ser amigos del trono de Isabel II; porque en cuanto a los carlistas, de seguro no es necesario es- panUirlos para persuadirles que se queden con el conde deMontemoiin á quien quieren como la niña de sus ojos. Esto prueba que el: Pensamiento de la Nación va logrando su objeto, que esconvencerá los amigos del iro- DO de doña Isabel II de la conveniencia del enlace de esta augusta vSeñora con el conde de.Monlemolin; y coulirma ad^'iuas lo aue el Español confiesa de que el Pknsaiíibnto de LA Nación conoce bien a sus lectores. Si, los conoce, y sabiendo que entre ellos loa hay monárquicos, moderados y prugresis- las, procura conciliar la defensa de los prin- cipios sah adores con el respeto debido a las opiniones ageuas: procura no herir las per- sonas, y hacer notar que de nuestros males les cabe una gran parle á las cosas: pro- cura no exasperar los ánimos que trata de unir, no levantar las pasiones que desea cal- mar, procura persuadirles a todos du ia ne- cesidad de hacer algunos sacrilícios para que la patria no se hunda de nuevo en un abismo de calamidades. Esa es la perspecti- va de cuadros desoladores que ofrece el Pensamiento; ¡ah! si el porvenir es halagUe- ñe o no, dígalo la realidad presente, dígalo la conciencia del lector.

A la visla de tamaña iniquidad del Pen- samiento DE LA Nación, se exalta el patrio- tismo del articulista del Español; y mojan- do su pluma en hiél ataca cruelmente al di- rector del Pensamiento pintándole poco menos que eomo una calamidad publica. Kn medio de su exall^K-ion pronustica el Pensamiento la esterihdad de tamaAos es> fuerzos, recordándole u la derrota y com- )leta ruina <pie esperimentaron tantas doc- trinas basadas sobre el error o la vanidad del hombre en la larga serie de las edades, y singularmente durante el último siglo. » ¿.\ (pie vienen esos recuerdos del Españolé ¿qué punto de comparación tiene el autor de estos artículos con los solistas de los si- glos pasados? Oigase al Esfmñol, que des- pués de aquello de los cuadros desoladores y de los escollos y precipicios que caracteri- zan la conducta del Pensamiento dk la .Nación, dice con la mavor seriedad: >í rn.». jante conducta, peculiar en todos lie..., le los grandes ingenios y de los grandes solis- tas, de los hombres que aspiran u la singu- laridad, aunque sea á cosía de la desdicha del género humano, y de los que posea grandes fuerzas intelectuales á costa de lo- dos los sentimientos del corazón, es sin du- da nmy lalwriosa, pero no deja de ser muy cómoda por los buenos y personales resultados de actualidad que generalmente produ- ce; pero nunca son estos duraderos, porque hay una tosa superior a todas las mas bri- llantes argucias del entendimiento buinaoot, y la razón aun aliandonada a sus profMtB fuerzas, domina larde o lenipraoo sotire ÍM • 9 teorías de los utopistas.» DevolvetUDsal AV vañol el arpurnonto; escpptnando que no le nacemos la injusticia de creer (jue sea capaz deaspinirá la sín.í^ularidad á roslu de la desdicha del género humana, y que al otor- garle fuerzas intelectuales, no es ¡i costa de lodos los sentimientos del corazón. A pesar de que nos supone un corazón tan malo, no tenemos inconveniente en suponérselo á él muy bueno, siquiera tenga pretensiones de no ceder la palma en este punto á los gran- des bienhechores de la humanidad.

En contra de las esperanzas de triunfo con que se nliu'ina el pK>s\Mri:\TO, recuerda el Español la conciencia publica, esa garantía que concedió la Providencia á la salvación de las naciones; presenta á <'la mentira con- denada á perecer aun cuando brille por algu- nos instantes apoyada en la fuerza de la inte- ligencia y en la fuerza de las armas, vía ver- dad predestinada á triunfar, aun sepultada eo las nilacnmhas. rilipeiitliada en el foro y ensanqrenlada en los patíbulos i< Al leer es- las palabras, al notar esos recuerdos terri- bles, esc tono vehemente, ese conjnnto de sentimientos exaltados y de filosofía de la historia, á todo lo cual no puede negarse el mérito de la ttjfortunidad, pasaba en nuestro ánimo una escena, (|ue vamos á referir á nuestros lectores, siquiera corra el peligro de ser calilicada de teatral.

Cuando veíamos comparecer á los solistas de toílas las edades singularmente los del ultimo siglo é invocada la conciencia |Mibli- ca, y la u^arantia concedida por la Providen- cia para la salvación de las naciones; y la mentira brillando con la fuerza de la inteli- gencia y la fuerza de las armas; y la pobre verdad sin mas consuelo que el * estar pre- destiuH'la a iriimlar, aun sepultada en líis catacumbas. vilipendiada en el foro y en- sangrenladii en los patíbulos; nos creímos trasladados á tines del año 47 ó 48; supo- níanlos verilicado ya el enlace de la Reina con el conde de Montemolin, y que los pe- riódicos monárfpiicos obtenían todo el apoyo del gobierno, y que los principios liberales estaban sepultados en las catacumbas, y vi- lipi'ndiüdüs en el foro por fiscales y jueces injustos, y ensangrentados en los }>alibulos con el suplicio de millares de sus defen- sores; y que esUibamos leyendo un artículo de un periódico de la oposición que arros- trando toilos los peligro^; y ambicionando la aureola del luartiriu, atacaba al |>oder o|>rc- I sor, sin mas armas que su lógica y su come- zón: sin mas defensa que la resolución dé morir heroicamente. El anacronismo nm- mentáneo no era de estrañar. porque no de < I otro modo se concibe que hava quien se es- 1 prese de csla manera, cuamío precisamente los adversarios á quienes ataca, están pros- I crilos en su mayor parle incluso el princifM» que los acaudilla; y han tenido que sufrir i con harta frecuencia la sepultura de las ca- tacmnbas. los vilipendios en el foro y los sangrientos patíbulos. * tf En prueba de (jue en la elección de los medios de defensa no es muy delicado de conciencia el Pensamiemo m la NacioN, nota el KspaTwl la importantísima variante I que la memoria del (iscal nos hizo adoptar en la calilicacion del asunto dinástico; pre- temion en \e7. áe cuestión. No alcanzamos j)or qué en esto no habni poca delicadeza de I conciencia: creíamos nosotros que el procu- ji rar no indisponerse con el señor liscal era I una cautela muy prudente; y (|ue por otra parte la palabra pretensión era tan inofonsi- ' va, nue no podían llevarla á mal ni la corte I de Madrid, ni el proscrito de Bourges. Dice ¡ el Español que no sabe «si el pretendido I Rey de España admitirá lu iuqwrlanlisima variante; >i nosotros creemos que el conde de IMontemolin no se ocupará de semejantes cavilaciones; y que si se ocupase de ello, aun couííervando su posición dinjisticu v po- lítica, ymdria decir sin abjurar sus princi- pios: <t yo pretendo la corona de España, ^ asi como* Doña Isabel II podría decir tam- bién: opues yo pretendo que no es tuya si- no mia.» Pretender, según el diccionario de la lengua, es procurar o solicitar alguna co- sa haciendo las diligencias neesarías para su consecución; ya ve el £.si)añoí (jue aquí se prescinde de iodo derecho. Pero aun hay mas; según el mismo diccionario, la ¡íalabra retension significa también ' el derecho ¡en o nuil fundado, que alguno juzga tener sobre una eosa. »