La In^ialerra no echara en olvido este deseubrimenía, y no dejará ain vengama timafla humiilaeion: ¿pero (piim tiene la cvipasinola luglalt-rra misn)a de este mal páflo en que se halla, y (pie podria coslarle no pequeños sacrilicios? La lui.laierraf qae dehia eonorcr un por(. a la Kspaña, pues que sus soldados pclearqn duraole seis años «■ Bsjpafta bodlrt lalMMNM» Inglaterra repetimos, debía conocer cuáles eran los verdaderos elemenlos de fuer/a d»» nuestra nacionalidad, y meditarlo mucho antes de oMNkiiilKan po(lerosa mente é^teMNMmil misma nacionalidad, en la cual se estrello el capüan del siglo; eaa nacioiMlid«d «pie Im(o H tñoeoa«i la. La Inglaterra debia conocer,. q«te la ruina de la dinastía de Luis XIV, no equi- valía á la nuierte de la ¡ndilicit de Luis \l\. ju> la babiu abandonado; y no MÉ^Felipe.
de peliiírar.n (Morning- 11 Ks muy seductor para un monarca íiauccs el lener subordinada a sus miras una na- cioQ como la española: nuestra pusiciuu io- pbgféfioa^;* ■weelWi ^sicionea se» ntalMtü terráoeo y en la costa de Africa, y nuestros recursos, todavía muy abundantes a -paaar de nuestro abatimiento, n<» indican ^c$MK> un aliado poderoso, ó un enemigo mible para la Francia, en caso de um' Uicto. europeo. La lengua Iraucesa 4ei va geirti linÉitoiB feptiterttf <íi cefaail^llMiDda; las modas francesas^deafi- jíuran nuestros trajes; las costumbres fran- ceaas aUerau uuosiras costumbres oaoioaala^; nprlaterra podrá compelir con la Fitocia menos los que le habiaa; ia literatura, la i religión, las costumbres inglesas son cosas r descnnoridns a la inmensa mayoría del Eucblu español; ¿cómo sera posible á la nglalerra el competir con la Francia en in- flujo sacian Su ambición debe limitarse ¡i la iniluencia puramcole |X)liti('a ó mas bitii dipiumalica, esto es, a la iniluencia. no de sociedad sobre sociedad. sino de gobierno sobre gobierno; y en esle lerreni» seria siem- pre batida por la Francia si el gobierno espa- ñol no fuese el representante de una nacio- nalidad española, propiamente española, si no f uese mas (pie pobre imitador de la ad- miniaUacion truncesn.
Lu Inglaterra se encuentra cogida en mi proiMOs lav.os; ya sabemos (jue es bastante psoerofa )>ant romperlos de un golpe; pero ajor bubiera sido uo tener que apelar á uerros que nuuca se hacen sin pcrjnicio y sin riesgo. La revolución <lc <8.'t«» allerí'» profundamente ia situación política \ diplo- luúttca de Europa; pero no tanto que la pA- lalra e(¡m¡ibno europeo debiera sor en ado- .glantc una palabra sin sentido. Eu Inglaterra ^¡se crc)o que la cuádruple aliunra podía «contribuir a este equilibrio, cimentándolo sobre base^ nunm; olvidando iasiimosn- mente que la política de Ins naciones debe estar acorde con el estado intelectual, moral y material de los pueblos; y que los de Es-^ paña y Portugal no se hallaban en la dispo- sición corres|)ondiente para que se reatir.nra CD ellos lo que deseaban los diplomáticos de las conieroneias de Londres. Todo lo que sed debilitar la (¡cmiina nacionalidad de los pue- blos de la Península, debe refluir larde ó temprano en provecho del ascendiente flan- ees: si Talleirand al promover la cuádruple alianza previo este resaltado, previóperfec- tamente.
^^k\ acometer la Inglaterra sus empresas caballerescas en favor de la propaganda li- beral y consignando su resolución en trata- dos solemnes, se dejó tal Tez alucinar por los recuerdos de ia época de Canning y las contrariedades del congreso de Verona; pero no debia olvidar un hecho sumamente sig- nificativo, cual es el que Fernando VII -por apoyarse en la antigua nacionalidad esi>afio- la, fue bastante fuerle para emanciparse de ese mismo gabinete de las Tullerins, cuyos soldados le acababan de liliertar.
Merced á ese falso punto de vista, bajo el ^ cual la Inglaterra ha mirado ios asunloi» de España, se habia ido empeñando desde 4834 hasta el punto de ligar su causa con la de la revolución en su ¡sentido mas lato, sufriendo lueiío un desengaño cruel en 48i3 al ver que se disipaba como el humo un editíclo (|ut! creyera muy sólido. Desde entonces ha i» ocedido con ma»; circunspección; pero la Francia le habia tomado ya la delantera;fcl desenlace del drama no |)odia ser mas de- sastroso para la política inglesa: el casa- miento de la inmediata sucesora á la corona de España con un hijo de Luis Fefipe, se ha hecho sin el ronscnlimiento de la Ingla- terra y á pesar de^ todas sus gestiones j pro- testas* ' Los rerescs, saht^ lodo si son humillan- tes, hacen meditar 5<ibre la conducta pasadn; y el lenguaje de los periódicos ingleses des de el ultimo desastre parece áer el de hom bres que se hallan burlados y que.se arHí- pienten de lo que hau hocíio. Seria fácil formar una colección sumamente curiosa y signiiicaliv^ de las, graves indicaciones que se han permitido íc« penódiro<< ingleses mas autorizados; siendo de notar que no son ya corao en otras épocas los órganos de una pro- paganda reyoUypionaria'4 9Í119 qoe solo ha- blan de los antiguos tratados, del equilibrio europeo y de la necesidad de (lue la Penín- sula conserve su nacwnalidad para atajar los progresos de la iniluencia francesa. ¿Se habrán renovado las tradiciones de Pilt?¿S'» habrá recordado la imi)orlanr»a ípie daba este grande hombre á la nacionalidad ^spn- üola uara libertar á la Europa? ¿Se hanrA notado que la polilira de lord Palmerston en presencia de Luis Felipe se habia desviado mucho de la qne observó el gran ministro para hacer frente ó Napoleón? Las circuns- laneias eran diferentes, es cierto; pero ¿na- da habia en los actos de Pitt que pudiese ilustrar á lord Palmerston? La política de la (fverrn, ¿no contenía ningnnu lección para la polUica de la pnz'i Como ((niera. hé aquí una anécdota que espreM fielmente el pensamiento político de Pitt y que Inego justilicaron Io«; sucesos dé una manera tan satisfactoria. Era en el oto- ño de 4805 y daba Pitt una comida de cam- po, a la que nsislian varios de sus amigos. Llególe iMitretantü un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con cuarenta mil liombres y la marcha d^. Napoleón solire Viena. ilomunicó la funesta noticia a í^us amigoí». quienes al. oiría ea- 94 clemaroD: — t ¡ TíkIo está perdido; ya no bay rerucdio conlra Naooleon! Tódavin hay remedio, replicó Pili, lodavia hay ra- luedío, si consigo levaDtar una guerra m- cional en Europa, y csla guerra ha de co- menzar en España! Si, señores, añadió después, la España será el primer pueb^) donde se encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar a la Europa.»
Pilt ¿nabria dado su aprobación á la polí- tica de lord I*allner^lou y lord Aberdeen en la cuestión española, no obstante la circuns- tancia del cambio de dinastía causado por la revolución de julio? La ruina de la res- tauración y el triunfo definitivo de la revo- lución francesa, ¿no era mas bien una ra- 7.on |)oderosa para ({ue la Inglaterra desease que la España fuese muy monárquica y por consiguiente muy contraria de las ionova- ciones revolucionarias?
T LA i INTERVENCION ESPADOLA.
-ni 'V Al estallar la revolución de Portugal en el mes de abril, llamamos la atención de nuestros lectores sobre la desastrosa situa- ción de aquel infortunado pais. Entonces indicamos que uo abrigábamos ninguna es-^ peranza de que se remediaran las calamida- des del vecino reino, fundándonos en lo que de sí arrojaba la historia y la esperiencia, y el infausto conjunto de circunstancias que habían creado un laberinto sin salida. Algu- nos meses han trascurrido y el horizonte de Portugal, lejos de dtj.spejarse, se encapota mas y mas: en la nueva tormenta provoca- da por la reacción de Lisboa, el trono mis- rao está corriendo un peligro de mucha gra- vedad; y aun cuando triunfe, no puede li- sonjearse de quedar con fuerza bastante para dominar una situación tan enmarañada. Su- cesos como ios de Lisboa, son siempre tris- tes, porque establecen antecedentes que luego pueden otros imitar en diferente sentido: cuando se llega al estremo de que el poder ré|;io uo ejerce sus funcio- I nes á la lux del día. antes m vé precisado a jl salfur el pais (H)r medios semejantes a los I que emplean los conspiradores, bay serios ¡ motivos (>ara que so alarmen los hombres l| sinceramente monar(|uicos. En general, hay poca severidad en punto a manilie»tus reales: en io cual se comete I un error <iue cuesta muy caro á los tronos. (.iUaudo se cambia de política según las cir- cunstancias del níunu'uto, v se llama hov ,| bueno, lo que ayer se apellidaba malo; cuando se nota que á cada motin sigue una [i nueva voluntad real, sancionada si es me- I nester con un juramento, y luego se muda I la primera y se (|uebranta el segundo, solo ¡ |>or(|ue se tienen f uerzas materiales que an- tes no se tenían, los pueblos van perdiendo I la fe en la regia palabra, y los mal avenidos con el orden público tienen siempre la espe- ranza de lograr su objeto, con tai que con- sigan amedrentar al monarca con un simula- cro de re\oluciun. La penm>ula en los ulli- I mos años ha ofrecido repelidos ejemplos de ' tristes peripecias, siendo innumerables los manifiestos que en España v Portugal se han , publit udo, llevando a su pie firmas augus- ¡ tas. Se dirá que aquello recae sobre los mi- ' nistros respon.sables; |)ero entonces, ¿por qué los firma la real persona? ¿Acaso la teo- ¡ ría constitucional se ha de exagerar hasta tal punto que ios pueblos hayan de su{>oaer á los reyes sin ejttendimienlo, sin v-olunlad. y suscribiendo el papel (jue se les pone de- lante, sin saber lo que se hacen, ú sin cui- darse de averiguarlo? ¡Ayde la monarquía! si esta convicción adquiriesen los pueblos: el sentimiento monárquico se convertiría bien pronto en un sentimiento de desprecio I y ludibrio.
Ademas de lo que padece ee semejantes j vicisitudes la veneración a las reales perso- nas, hay otra circunstancia que contribuye pode rosíune ule á disminuir el crédito de la institución misma. Es evidente que ios gran- I des sacrificios que los pueblos sufren para ■ el sostenimiento del esplendor monárquico. , deben serles compensados con un resultado posíti\o: la estaliilidad; pero si á los dispeo- dios de un trono esplendoroso se unen los trastornos de todos los años, y las dilapida- ciones consiguientes. entonces se pregun- tan naluralmcnic los pueblos, qué es lo que ganan sufriendo a un tiempo los males de la monarquía y de la democracia, o de la oli- garquía, sin disfrutar ninguno de sus beu«> Google Ick». Kslo mina lenlimente, pero atina cou profirodidad; ¿y qutéii es capas dé decir Díala dónda se puede, minar el editicio si a peligro de sn ruin!)?
adopta oiro iibleuia: á los reyes caidos ao üc los loata, ae tes dá pasaporte. £i ejem- plo ya lo díó la laglaierrn con los Estnardos; por de pronto no lo imitó la Francia: ¿Tcmcis la república? iios dirán sonríen-,j pero lo adoptó después la Succia, y se conétm loa qne TWcn tranqvilos sobre los ter- renos volcan izados; no por cierto; no teme- mos todavía la república, ponjiic todavía c^nse^vamos el sentido conmn; pero icme- am otras eoaas- q«e eacoentran los pueblos en sa camino inncbo nnles di" llep;ar;í la re- EúMica. ¿Queréis saber qué cosas son estas? élas aquí. Las rerolaOHnes antea de des- truir -loa Irvmsv candnan las^iustRocioncs que rodean a! trono; si entonces la inonar- ^¡aia no llena tampoco su olñeto, se culpa á na persoaas, yaa^tanibh^de^inastla; y si ni aun asi se logra lo que se deseaba, el trono es arrumbado como mueble inútil, 6 becho astillas comu dafioso.
Difíeil csconjetorarcuál será el desenlace de los minalcs sucesos de Portugal; pero formó con esta ¡mictica la revoU]ci<Ni dé julio. Posteriormente hemos visto á Doa Pedro, después de haber cedido á su hijo el trono del Brasil, espulsar á Don Miguel; y ahora ya se habla seriamente deqM^WMIS María de la Gloria ahilique en favor de' su hijo Dou Pedro V, niño de diez aíios. £n cuanto á la España todos sabíamos qoe el conde de Itoilemolin se aprestaba para en- cender la guerra dinástica; pero el Iféraldo en su número del 24 de este mes, nos.ba dicho que no fUtaBá qaieir había peitMtf en una cosa todavía mas dura que la alP dicacion de Doña María. nada menos qne una revolución de juKo en favor del infante 1). Enrique. He aquí las palabras del /Taivtf^ do. «No liircmos fiiiiénes calumnian á csltf aun en el caso mas favorable á Doña 3íaria íj principe, si los que soñaban con su coopera- de la Gloria, siempre será un suceso formi- i cion y su nombre para realizar en KspafiaiMi dable para esta prmcesa, el que haya bullí- [ yeea&ukm d$)ulio, if el Espectadoi^'<rfei«-*Ml« do en algunas cabezas la idea de su deslitu-:| ber qm este pensamiento se ngifabaen algv- eion, que si se quiere llamarcraosabdicacion. ^ nos ^bezas tudteules de su partido...nVi&H Hay eOsas enya diflealtad esti en eoocebirlas | cindiendo de la mayor é menor eicaolibdfdé como posibles siquiera, y en proponerlas por la primera vez.- lo demás es obra del tiempo y ae las circun!»laQcias. Al comenzar las rcfolttciones, los sneesos ae desenvuelven con sota concepción es ya de sayo una inflnnan algona indecisión. porque saliendo los pue- blos de un estado de sumisión y de legalidad, no conciben ni la posibilidad de ciertas me- didas; pero tan pronto como arredandola tempestad, se presentan hombres mas osa- dos,; sueltan la palabra fatal, todas las barreras vienen al sneio, y no bay diques bastantes para teniener la' oleada popular. Cuándo principió la revolución inglesa, na- die pensaba que el infortunado Carlos hubie- se ét morir en on cadalso; y la asamblea constituyente, en su vértiiio demagógico, no preveía tampoco lacnlástrofcde Luis XVI.
as noticias del Heraldo, ello es que la idee e ha concebido, ó se ha creído en su con- cepción; y lo repetimos, bay ideas cuya calamidad.
En países agitados por la revolución es muy peligroso el que lleguen á ctreulat pensamientos de tal naturaleza: el ai^hir de Ins pasiones hace fermentar todo lo ma- lo, y mucho roas si conduce por un <;aBiid no nías corto al fin que desean los* perturWw dores, y les dá mayores garantías de dona- ción en el mando. Las revoluciones acep~ tan á las personas reales como instrumen^ tos revolocíonaríos; desde el momenió-'ií^ que se convencen plenamente de que cliníi truniento no sirve u obsta, le hacen peda-^' La misma revolución de julio, considerada R zos. Gn España hemos palpado un ejemploi en globo, y prescindiendo de manejes par- j de esta verdad. Cuanda después de li> tieifieres dé estas ó aquellas personas, no 1 muerte de Fernando, la RcMna Madre 'se se proponía por objeto dcierroioado el cambio il prestó á seguir la corriente de las inoofami^ de dinestia, pero mb cosas se eaipeff aren 4e^ | nes, la revolución aceptó non mncho <%mii^ ansiado, «i pensamiento se desenvolvió, 7 | nn apoyo tan poderoso: adelantando eütini- esyeron al suelo /m (jennacionea de reijes. 1 po se fue perdiendo la confianza recíproca, .'MlAimavidad de conlumbres se va mani- P hasta que al ün en vez de cambios de mi- fHliÉMámbieilfen lis revolocioites: aflte R niateríos y d^fiatenas, eoBa» en:.<Í89ft jri Mrto loi reyes eran decnpiledea > aftaan a» ' Mt^V m-Mifló pA»4MidiMa áa.fe||eMii¡^ y DuQa Mana Crbtiua iH» «aibarcó para Francia. N erdad es quo mas ó meóos embo- zadamente, se alegaban razones distintas de la polilica, que ^1 tiempo ha manifestado uo ser inl'uudadas; pero también es verdad que el lundameulü de eslas razones era el mis- mo desde iíi'M, y sin embargo nadie (¡uiso reparar en ello basta IHiO, Esto prueba qoo con los escrúpulos de legalidad se combina- ban miras políticas, y que á estas se debió principalmente el estrepitoso rompiuíicDlo.
Pero volvamos á Porlufral. Lns aparion- pias indican que la ultima reacciun de Lisboa es obra do inlluencias contrarias á la In- glaterra, siendo quizás este uno de los pa- sos que se babian de dar para la liga conli- nenttil de que nos hablaba no ha mucho un periódico de la situación. Esto, si fuese verdad, iuduciria á creer que la revolución de Uporto y Coimbra, podrá contar con el apoyo de la Grao Bretaña; en cuyo caso po- cas esperanzas debiera tener Doña Mana de la («loria de que su Iriuníb^si es que pueda alcanzarlo, fuese muy duradero. Es preci- so no hacerse ilusiones: en tal estado se halla Portugal, que es inútil pensar en (|ue f)ueda conservarse un orden de cosas que a Inglaterra se empeñase en derribar: y menos que nadie podría lisonjearse con se- mejantes esperanzas, esa débil obra de don Pedro, planteada á duras penas, sin embar- go de coalar con el auxilio de la Francia, Inglaterra y España, y nue tan azarosa exis- tencia ha ¡do llevando desde, su fundación. A. los setcmbristas y miguelislas y á la In- glaterra no les resiste el gobierno de Lis- boa, siquiera tenga á su frente á Costa Ca- bral y Saldaña. y esté apoyado por la Es- paña y la Francia!
Es probable, y asi lo indican las gestio- nes del gabinete de Lisboa, que los parti- darios de la última reacción cuentan con las simpatías de los gobiernos de Madrid y París: ¿en qué se convertirán e.stas simpa- tías? Nosotros creemos que ó no pasarán de puras simpatías, o si se espresau con he- chos mas signilícativos, podrían muy bien acarrear una catástrofe en Portugal y en otras partes. Examinemos este punto, que bien lo merece jwrsu gravedad.
Es indudable que si el gobierno español quiere, pone en un coníliclo á los revolu- narios portugueses en menos de ocho días. Las tropas acantonadas en la raya, penetran- de en el vecino vecino, se apoderarían de las poblaciones mas importantes y darían logar a que se desenvolviesen todos los elemen- tos favorables al sistema de Costa Cabral. ' Todas esas juntas que hacen largas procla- , mas y que desaliarán, sí es menester, al , orbe entero, no resistirían á un ejército bien organizado que fuese dirigido con mediana 11 inteligencia, y es probable que los fragmen- jj tos del ejército portugués disuclto por la I! revolución, se apresurarían á reunirse para l| formar un núcleo respetable. Todo esto es ■ evidente; y si en el problema no entrasen mas datos, el gobierno español se podria reír muy bien de las baladronadas ac las jun- tas y de los a<huUmt rtvlores de los conr^jos.
Desgraciadamente el problema no es tan sencillo, y es preciso contar con que el ejército español podria muy bien hallorsft contrariado por la Inglaterra, que probable- mente está ya preparada á todo evento; y si no lo estuviese, no necesita quince días para trocaren crueles amarguras los goces de nuestro gobierno en los primeros mo- mentos de la campana. — Ei ejército español I seguiría su camino no obstante toda la opo- 1 sicion de de Inglaterra. — Esta respuesta no sentaría mal en boca de una junta; pero un 1 gobierno, sin dejar de ser lirme y enérgico, I debe guardarse de ser baladren. Pues bien; I nosotros preguntamos, no a los hombres de I estado, no á los políticos inteligentes, sino i al mero sentido común: ¿qué Sucedería si j las escuadras de la Inglaterra se presentasen en las aguas de los puntos mas importantes de Portugal, apoyando decididamente a la revolución, so preteslo de defender la inde- pendencia del país contra la invasión es- irangera? ¿Qué sucedería si la Inglaterra descmbarca.se algunas tropas en Oporto ú otro punto cualquiera de Portugal, para qoe ' sirviesen de núcleo á las fuerzas setembns- tas y mígueli.^tasque se organizasen para re- sistir á los españoles? ¿Qué suc;'dcna si la ¡ Inglaterra no se contentase con operar sobre las costas portuguesas é hiciese tentativas sobre las españolas en el Mediterráneo y en j el Océano?
¡ Dejemos aparte esas.\nlillas, joya precio- sa por cuya suerte temblamos desde el roa- Irímonio Montpensier; dejemos aparte las demás colonias, todas importantes, v que con harta difiínltad resistirían á un golpe de mano de la Inglaterra: ¿qué campo no se le 1 ofrece á la venganza británica en la Penfn- ' sula é islas adyacentes?
Hé «qoi algunos de ellos, aun sin contar ' con que la Inglaterra quiera comprometerse ett una guerra formal, y qao prehera el me- dio de ser veagaéa por espnívalM. Uni-es- cttadm inglesa recorriendo los puertos de to iiftMtfM; ¿emrtiBiM i (¡je lo dijesea W*t generales que han mandaao en ^'ofe, ó co- mo subalternos, en Ara^oo, Cataiuúa, ÍSa- varra y provincias Va¡>coDgadas duraujtfija guerra civil. ^f^¿ Es verdad que en estos cálculos no hemoji turada que fuese en sns níativ;< Kraria jHantear cuando meno8 media docena oer-joiiM -con 9a cmisigfiteiile Riuiiliesto, su programa, 'su llamamiento á lasinnas, su-i jlnnu'íri.M,t!<'- -ii lr-'-.tt»n de Riego v to- do lo demás a ia usanza de la tierra. £sto por si solo, y máít9» 'iHMnteemm^Wi iiiera Ac mucha importnncia, lo seria por ia iitaacioa del país y por el apoyo de una itM^poderosa; 8ÍQaiAlá'<^^ go- IÉNÍ»'' dv'Hartrid á •enWar esiraoidiiiMmAi p«ra rjn#» el ci' -- I ''^^nfíñol (if jase en paz, <ii conde Das Antas y \iQÍese a oponerse a kM amigos de Espartero. BMIr ya serta nii. apuro mas que mediano, y bastaría por«8i sokv para acibarar los primeros rMMllidhM de ia iulervoncion en l'orluiral.
naos poder demostrar que el gohicrno proce- dería con discreción, si autus üu arrojarse á empresa taa atrevida-, c«iiáte (tucamente con sus proj)ios recursos. La Francia tendría dos medios de apoyar al goi)icrno de Madríd: romper decididamente con la Inglaterra, ha- oicnilo r;iii>a suy.i la causa ospañola^ ó afh» xiluir a I ( Uciua de España, conlra (i*n- lalivas de lu:» carlistas y de Í04 ru\ulucion%i. riofi, orillndo un rompimteoto abiertol ■ -np Desde l^iego salta a los ojos, que en la, situación en que se halla el ^rohieino de Luis Felipe, este ujouarca io pensaría inuciiA 4Dr. tas de 'insolveito á tnosirar iMiaf|jiii^> cuyas I li ii' i i ia- ti j ve ¡njcden prever. No olvideciios (jue Ja corle <ii )as iullerias tiene delaute de si lo siguicule Ar^el. — •♦^Itero lo peor del negocio está en que con i Un pretendieate á la írontera. — ^La frialdad^ semejantes medidn^! 1 Inglaterra 1 habría echado mano todavía de la mas {wderosa y. terrfUa y fticil de sus venganzas. Si Cabre- ra, Blie, Zaratíegui y oUtM g^les cariistns hun de nhttrdar a las playas ••-i "'. ',11,1!- gun barco cuotrabandisla con escasos recur- M8' pstturiarMS, sfai nnit AMnasKioé an af~ rojo personal, sin mas esperanza que las sim{Mtins del;sm-; iImih!.» pelenroii en la otra guerra, es muy peligroso que caigan á ma- nos de algún defitacamenlo de tropas ó guar- dia civil y nue la noticia de su desembaito liegne el mismo dia ([ue 1 1 de su fusilamien- to. Sí esto no sucede, se Terán precisados ¿"itodar errantes por el país dorante largos meses, osrHTiiulo que los pronunciamientos j^ogresistas u otras circunstancias mejoren m'ftSMoñ y lea dejes tiempo y lugar para organizar sus faenas y comenzar operacio- nes. Pero snponganios'^qne la Inglaterra de* seaudo vengarse del ciiasco del matrimonio, agravado por la interreiekNi >'e»i|iortugal, ofrece al ronde de Montemotin armas ) di- nero en abundancia y sus buques de i:uerra pana conducir gente \ pertrechos y ahuyen- tar de ^so algunos ' harcoa eapalilea ^ue pudieran hallarse en las costas; ¿qué suce- dería? Lo que sucedefta no4|aerenios deeircuando no la mala voluuu.J, '!c las poten- cias del Norte. — Los poderosos eiement^, con que la vavalnooB cuenta en FraMÍA.»mi UntiBgeida inmineate»*-^ ifwi]ripiBQÍiM|, ' es mas que probable, es cierto, que LuSli Felipe procuraría evitar una;;uerra por toiti doa los medios imaginables, } <jue se nés^} nana á los mayores sac ríñcios aatesde afú- turarse á un trance tnti e.slremo.
£1 auxiliar á ia Heina de Kspaüa, ^in romper abiertamente con la Inglateám^ p&*m (Iria hacerse dedos modos: indirectamente, proporcionando armas, dinero, cerrando las fronteras y empleando otros aiedios se- mejantes; é directamente, t'üvíando suai ejércitos y es<'undras. Los incdiO"» indirectos serian insulicientes para hacer lí enle a ta- mafla borrasca, levantada y sóslenidu por i» Inglaterra; y ka directos,* no podrían em- plearse sin provocar desdo lueiro nn rompi- miento. Suponed que una escuadra inglesa protege un desembaico en las costas de Vü^ lencia n de Guipúzcoa: ¿qué baoci laescua- dra íraneesa? Si no trata de impedirlo, ¿de qu»' sirve? Y si quiere impedirlo, ¿cómo eviUir un choque con la escuadra inglesa?
La entrada de un ejército francé^ n'> r!i~ ría logar a ua conflicto matef ial iiunadM^ Digltized by Google «iHi las fumas 4t Jfingtaterra; |iero falla saber hnjo qué punto de vista mirarían la intcrvcncioa las potencias del iNorte. Si es- tas prolcslasen « ó hiciesen siquiera uo ama- go de armameDlo, ¿se avenUtrarta -tuis Fe- lipe a las ( nnsocuencias de una guerra eu- ropea? Es uiuy probable que no.
Quizás no luin (hitado •doladores que ha- }wlieoho creer al gabinete de las Tull(3rías populnridad del matrimonio del iliii|ue <^tioiUpcnsier; y que en aquel caso irata- üén tambieo de persuadirle que produciría un creció maravilloso la entrada uel marido de la inl'anla á la cabez.a de los batallones francof^cs. Si los príncipes no hubiesen inen la^ formado mejor ¿ sñ angtisto padre por loqoe { han |)0(liil(i nolnr ron.<iis propios ojos, el desengaño seria cruel: jay de los franceses, fliléviélÉi^^ lachar con nn levanlanieBto del país! ¡ay de loa frann st^s si penetrasen en el corazón de esc país donde hay pocos para gol)ernar tranquilo, maniobrando diesf trámenle entre las ambicione» Ue una doce- na de abogados, no entusiasma tanto a un pueble generaBO, cono las bazaiias de wk^ héroe, que snr^e de entre la multitud comei una aparicioa misteriosa, que domina laiert volvaeo deieamoada, y con '€Íea.betaUie < gigantescas humilla á los monarcas mepefir dcrosos, y sojuzga el continente.
llai>iaulc aaugre UauueM U^ixaiua en Argel; bastantes hijos de4%ftMwapei«ceib en aquel clima funesto: por un caprícbede' la ( ítrlí^ no se ba de verter mas san^^re fran- cesa; que si se vertiera, no seria la corle quien saliese ganaoeiesa. La Francia, si^4« aizilan las pasiones revolucioniii ia<. [m"de hacer un esiuer%o. cylosal ^ y íycer tftptolar á los [ iibínnrfi dul fontinmln pnipin^pp pasiones no las desencadenará Luis Felipi^ porque hirn sabe (|ue consimiirán a la ílina«- hombres de cincuenta años, que no se ha- | lia de Orlciins, como el luego consume ue ydílílMlid<M»n'frenceM en la gnerre de la | puñado de estopa. ^