Con el ■wlrimonio del infante don Pran- cisrn no se estalilecía aíjuí'nde íos Pirineos uaiQliueacia hostil a la Francia; quedaba pues logrado el primero y principal objeto: ¿t-qué, pues, hacer el oMlirimonío del du- que de Monfponsier con h in mediata suce- aara ála corona, ucoroproun i iMuIose de- metiada en los negocios de Ksp ma por uno de esos /<i:ú$ cjuc estrechan demasiado á las familias y a las naciones?» ¿Cabe contra- dicción mas patente? ¿Mo es enlroraelerse deaMsiadoen los negocios, y ligarse con ono de esos lazos, el casamiento cnn In inmcdiaauMsora, sin esperar ijue la Reina tuviese sdresion, sin querer diferirlo ni un mu- mentó, á pesar de las protestas de la Ingla- terra' HahlrtTido de nnn mnnern v obrando de olra, se ha corres{>oudido luuv mal á la kmtraánpoMka^ del galiiaeie inglés, tan encomiada por M. Guizot.
Va en la época a que nos roforimos la sa- gacidad y previsión de la Inglaterra alean- sasea dMs allá que H. Goiaot. ei discurso de la corona, aunque fino con la Francia, estuvo muy reservado; y sir Roberto Peel no se nestíró tan abierto* como el ministro francés. Peel convino en que era necesario desechar la política de rivalidad: pero evi- tó el concretar demasiado a la cuestioo es- pañiria esta buena ínieligencia; y dándole un fin elevado y humanitario, declaró que m la nueva armonía entre laa dos naaienea DO había ningún nmleno; que no se propo- nían hacer nada oaulfo; que no afmtltAa ' DÍratvii interé.^ europeo; que no tenia porob- jclü chd omcterse en lo que no les correspon- diera: ¿presentiría el ministro ingles que la Inglaterra tal vez un día debiera acercar- se á las potencias del Morle para poner di- Iquea á la ambición francesa? En este caso NI ban puesto los úhinios aconteciniienlos* y de un modo mas apremiante de lo que pu- diera prever Roberto Peel: las f^esliones de i lord Palmerston con las potencias del Norte habrán podido encontrar apoyo en las de- claraciones del ministro tory. «Nuestra In- tención, habrá dicho la Inglaterra, no ha sido nunca el romper el equilibrio euro- peo en la cuestión eepafiola; de lo que bn sucedido no I(mh'oio<í nosotros la culpa; no había en nuestra conducta ningún vHsUrio't no ^ríanos baeernada octiíto, bien lo sabéis: hace mucho tiempo que lo hemos declarado; no queríamos a feriar vueslros intereses: ¿y por que, pues, esos iuleieses no podrían aben oonoiliarse €on les nues- tros?»
No han fallado hombres candidos que se han consolado con la idea de<iue esta rup- tura podia rcn)ediarse sacrificando áM. Gui* zot, y rfcmplaziiudole con Thiers ó cori Mole. Preciso es confesar que hacen muy tonto al fselbkTtM inglés los que tales co- sas suponen. ¿Qué representa nn hombro, por notable qno sc^ ruándose trato de nc- Igocios de (amana iuq)ortancia, y de una nación como la Inglaterra? Tanto valdría decir qur -^í ri posible detener ¡i una colo- sal ballena, arrojando a sos fauces un pece- cillo. Hay aquí uoa equivocación, que es preciso desftnecer radicalmente. I Los que se han entregado á suposiciones tan aventuradas recordaban tal vez ios su- I cesos de 1840: asi se juzga en oMiobos ne^ gocios, en que se discurre por paridad; se ve lo m-A'i rár-il (fue es la semejanza; no se nota lo mas üilicil, que e$ la diferencia. I M. Thiers había heabo tomar i la Francia I onn m ritud belicosa que amenazaba h pnz I europea: Luis Felipe, nada inclinado a em- u presas (an arriesgadas, sacrilicó tranquila- I mente á M. Thiers, v con la paz armada de i.M <¡nÍ7.oltodo í¡ueí('> arre^::lado. ¿Por qué [ no podría suceder ahora lo mismo? La dis- I imndad salla i loa ojos: entonces la Francia j había sufrido una humillación, Thiers apa- * rentaba qoerer vengarla, y para que la ü^utopa no se inqaitlase bastaba que la Fraocía abandonase su actitud linviii. lo cu.-)! s<> conseguía con un catubio de nnuistei iu. Puro •hora se traía de un matrimonio, y un ma- I trimonio no se puede deshacer. Por mas mi- | nistros que se cambiasen, la ¡ufanía de Es- | Safia, inmediaUi sucesora á la corona, no i ejaría de ser espora del duque de Montíien- I sier, hijo del rey de los frauccses; y como I esto es precisanienle lo que trae desasose- gada u Iu lii^lulerra, resulla que esta uaeiou I no se daria por satisfecha coa ningún cam- bio (le niini>lciio. Si Luis Felipi' tuviese á \i mano medios lan sencillos para evitar las ¡ oonsecueccias de pasos errados, seria ul mo- j Barca mas afortunado y poderoso del mundo; | por(|ue pudiera acometer cuanto bien le pa- j recicsc en España, en Inglaterra, en Ale- j masía y en todos ios puntos dd globo, y luego, cuando las demás naciones.se conju- rasen contra él, las desarmaría COB uoa sola palabra: cambio el ministerio.
La renuncia de la duquesa de Mbnlpen- sier á sus derechos á la corona para si y j)a- ra sus hijos, es el medio que ucurre como mas eficaz para terminar tamaña desavenen- cia. Sin embargo, esle medio ofrece todavía muchas y muy jíiaves dilicullades. quedan- do ademas veitcmenles dudas sobre ia segu- ridad de su resultado.
La primera dilicultad (|ue so presento ea el que la corle de las Tullcrias no aconseja- | rá semejante renuncia, ui la de Madrid la eonsenlirá. Después de lo que ha mediado, i la humillación ue semejante paso seria tan | j^raude, tan vergonzosa, que, lo decimos iof^énnamente, no podemos persuadirnos <|ue se abrigue tal proyeoio ea París ni en I Madrid. Si oslas cortes cediosiMi basta tal; Kuuto, bien podría exij^irlcs cualquiera cosa i I Inglaterra: ai la ftema de España, des- j pues de autoriuurel casamiento de su angas- 1| ta hermana pudiere consentir á que esta per- diese por el malrmionio los dercctios a la ctfona; si el rey de los franeesea, después | (le haber solicitado de la mano de la augusta Princesa pura su hijo, pudiese, después de logrado su intento, consentir en c{ue \wr aato- mismo enlace perdiese la Infanta sus derechos Á la sucesión; si esto pudiese ha- cerse tratándose de una niña de catorce aftas, no sabemos quó es to que debiera i asombrarnos es ndelante: esto no puede ser; hay hinnillacione> que e(|ui\alen a una ali- dicauion: nosotros uo podiiamos creerlo ' basto qué- la viésemos con nuestros ojm Algunos periódicos han hecho la obser- vación de que la renuncia necesitaría la aprobación de las cortes, y manifestado la esperaua de que estas no la consenttitei. Ingenuos en todo, lo seremos también tm este punto: si por graves razones pudiesi decidirse S. li.,laa eortoanosanaa unob»^ táculo invencible, con tal que se adoptara una teoría reciente. La teoría sentada por algunos en la cuestión de los casamientos, es fecunda, sencilla, y sobra todo omiv p«- citica. Kn hiles negocios se prescinde del fondo de la cuestión, y se trata únk;amento de rendir bomcnage ála voluntad de ta Reina. Cuando S. M. propone una resolu- ción de estas á las cortes, solo les toca aca- tarla. £s cierto que S. M. al decir que^ba tomado una. reaolucíou, no podiaMpntü de recibir con benignidad las observaciones que con el debido acatamiento le dirigieran los hombres honrados y leales; pero es mejor no hacer ninguna; •es mejor aaalv calhmdo, resignarse sosegadamente á las consecuencias de lo que se baga. Asi. es de suponer, que si bien los progresistas qui/.ás pronunciarían algunos; dmanéteav contra, y tal vez también los conservadores, la mayoría del Congreso acataría lo pro^ puesto por S. M., y al Senada, cuerpo pun cUieo por su indoley eodumbres, no baria una revolución para impedir la renuncia.
Eslo upiuamos; y con nosotros opinara el lector. " '"iÉb Permítasenos observar, que nosolros| aunque también muy monárquicos, no ad- mitiríamos jamás semejante tooria^ Cuando S. M. en tales casos se dirige é las cortes, se entiende (|ue las consulta; y no se daria uunta ^r oiendída con las respetuosas coMt^ sideracionea que se dírigienm á su a]ln |Nlb netracíon. Nosotros creemos que en ciertas posiciones, no solo hay el derecho, sino también la obUyactón ngurosa de espoaer las coBsidaracioiias oonreBieniee, núeatnpi S. M., aunque haya lomado una resolución, no se ha dignado ejecutarla. Kl espintu nKK narquico nosotros lo creemos compatible al9 el derecho de demr á los principes loda Iv verdad y sirmpre; el espíritu monárquico, lejos de contrariar esto derecho, lo impone coafw u& daéar. inio»iiiul Como quiera, y aun suponiendlft ymdbq das tañías diiicultades. todavía croemos que la renuncia no sena bastauto para apaoigaar eoiuptebuneote á la higlaterra. Es preciso notar que la ruptura de la cuádruple alian- za no na'procoaido únicamrntc il(! tikUi i- monio Montpensier, sino de la imnera con qoe Sé le ha llevado á nabo. Sabido es que la nación in^deaa anafaa mn lecelo el pro- yectado enlace, ron inl ífTic se diliríesc has- ta que la Heina luviese sucesMm; asi parece loe oe habie aoofdado eo laa eonferencras e Eu, las que divulf^das en Inírlalerra, no hablan hecho mdh eti la opinión púbh- ca. Aquí media algo mus que una cuestión piriitica, hay una cueatieede amor propio, de dignidad nacional: trátase dr s iIkm- si la Fraocia, sin la Inglaterra, v á pesar de Ins proteo taa de^la f ngialerra, debia ejecutar uu proi'eelO-de tanta trascendencia, en un ne- gocio que puede afectar el cquiIi!)rio euroguajc guajc reciprocamente obsequioso (iuranlo largo ticm|io, Imhian llegado á crear, si no la realidad, al menos la aparicnria de nna ialeligcncia cordial, y la basa de esta era la confianza reciproca de que no se daria ninguafMso de importancia sin preceder negociaciones. Esta eonlianza era general en Inglaterra: la noticia de estar resuello el matrimonio Montpensier fne una verdadera síirpresa para la narion y el gaMnele de la Gran Bretaña: el grito agudo que en el momeuto de saberla de cierto, se levautó por los órganos de todas las opiniones, nuh nife^tnln ron claridad 'que el golpe que se acaba l)a de recibir era inesperado. Una de las quejas aue con mas acnlud se repi-* tieroUf foe el qne se había faltado á u .compromiso, que se hahia burlado la conueo; y mayormente en fispaM ^ ligada con I lianza, que se hahia abusado úb la hue- la Inglaterra por la coádraple alianza, y || na fe de la Inglat«rra; nna de las pro- testas mas acerbas y mas re ¡¡elidas, fue el cuvo trono, durante la guerra civil, recibió del gobierno inglés auxilios tan poflrrosos. Por manera que, á mas de la iiupoiiaucia rntrlnsecadel matrimonio oon relaotonié< los tratados, y soi)re lodo á ta preponderancia que asegura desde luego á ia inlluencia francesa, hay para la Inglaterra el amor pro- póo beríck), hay la dignidad nacional que se cree vulnerada, hav la alia razón de e^nindo 3ue jamás se restablecería la cooüanza per- ida, el que jumas se contaría con la aiuísr tady las promesas del gobierno de julio. T á la verdad, es preciso confesar que los ingleses no estaban tan iaitos de ra^on en semejantes quejas; y las hubieran podido fundar todavía nelor, si hubiesen ffafldrdii'i do (lo que no sabemos que hiciesen) las nat- 4|oe Ao permite jamás ^ una poteuciu de 1 labras deM. (iuizol, copiadas mas arriuai primer ánten el conKolir qoe otros arre- I Bn boca del hombre que ha llevadlo á cabo glen sin ella y contra ella los negocios euro- f el matrimonio Montpensier, aquellas pala- bras solemnes de apelar á la honradez polí- tica del gobieruo ingles, pudieran tomarse por una burla sangrienta.
Cuando la Inglaterra obtuviese la rr[irira- cion que exige, luiraria con ínsultaulc des- den á su humillada rival, y le diría; «Has retrocedido por miedo, no pw buena volun-r lad. Burlaste mi confianza, porque creisle que me contentaría con vanas protestas;^ y peos. Las naciones, como los individuos, no suu respetadas si uo se hacen- respetar: y el tribonai adonde llevan sas agravios, son sos fuerris y demás medios para dañar á las potencias ofensoras. Cuando se ha llegado á generalizar ia conviccioo de que la indig- nación de una potencia solo se exhala en pa- líihríis estériles sin peligro de resultado, no bay quienno selc atreva, r^o causan miedo a,,.. * Badte lasamenacas del gobierno francés des- I solo le moestras arrepentida porque has vio- • de 18.10, porque todas sus venganzas se re- | to mi mano levantada para herir. Acepto tu o ducen a discursos elocuentes: las notas de i salisfacf ion pero no te otorgo mi conliao- NafH>leou no serian tan sabias v eruditas, pero ii za; en udeiante procederé como me parezca lineianma9elíBeto;y,1asnota8ae la Inglaterra 1 conveoienle, pero en intelígeneía ooidial se parecen algo mns á lasdeNapoleon qnelas í contigo, jamás.
del gobierno de julio Qtra coQsideracíon. Todas las satisfaccio- Los que hablan de la i*enuncía de la du- quesa de Montpensier como de una cosa nos imaginables, inclusa la renuncia» no i muy sencilla, no han reflexionado cietta*» serían capaces de restablecer una cosa que la Inglaterra ha perdido para siempre; la confianu en el gobierno de las Tollerlas.
Las mutuas vistas, las continuas deferenmente solire un aspert i il >!n coe«;lion, que da lugar a gravísimas cousideracioues. Sor' puesta la renuncia, si la Reina Isabel faHnf cíese sin sucesión, se añadirían á las comcias de la ftanoa, la costumbre de un lent- " plioaciMies.dinéaiiGnaafiiHatee, oteas, de k mayor traseeodeacia. LlaaMnos sobre etfe punto la atencioa de lector.
Con la prajsniática' sanción de FernantemoUa y la segunda hija de Fernando, sino entre el conde de Montemolín y el infante D. Francisco de Paula; y hé Jiqfií otro de doVIIseasegurai)a la sucesión á«us augustas los inconvenientes de una resoiucioa preci- hijas, |iero en defecta de las dos princesas \ pitada, OMnifestado eon elaridad en^la era llamada perlas leyes la rama do D. Cár- los. Posteriormente, las corles de I834cs- ciuyeron a este príocipe con lodos sus des- eendienles de la sucesión a la corona, lla- mando á In del infante ü. Fram isco do Paula. Así, ia rama de D. Francisco de Paula no sucede á la corona con preferencia á la de 1). (darlos por leyes antiguas, sino í|ue funda únicamente su derecho en la decisión de las oortes, de 1S34. £s evidente aue.en taitcáso-ift iimilia deD. Garios noae|aria ée prevalerse de este argumento; y que recl^tmnrin la corona no solo por las razones c^oe ahora alega, sino también y muy par- tieutannenle, naciendo objeciones á la ley de esclusion de IHM. No cabe duda tara- poco en que ias potencias que no quisieron reconocer la pragmática sanción de Fernan- do VI!, mucho menos rceonoierian la ley hecha en rnrtes bajo la regencia de Doña Marm Crisima; ^ los que en España no a|Mro- ^ran esta eseinsioQ apoyarían en lo inte- rior la opinión do las |)olencias estrangeras. Por manera que, llegado a(|nel caso, la fa- milia de D. Francisco no podria alegar oomo Isabel 11 la pragnétiea sanckni y el testamento de un rey iiniver^idmente reco- nocido; y el con! » li' Mr nf:vitrilin reclatna- ria la corona cou arí^umenios tuudados en la legislación antigua y moderna, y que solo tendrían contra sí la ley de 1K3V Este es uno dé los resultados que se aproximarían con la renvneia, y qne en snestra opinión es de gravísima trascMdCBCit.
Se nos objetara tal ver que «ri conflicto semejante puede lanibien ocurrir sin la re- mincíar pues que oponMndose la Inglaterra á que HMii - rn Kspaña la esposa del duque de Moulpensier, es claro que aquella nación obrarla consecuente á sus protestas si llega- Be el caso de fallecer sin sucesión Doia ba- bel II La observación es fundada; pero no destruye la nuestra; y únicamente prueba qoe el conflicto puede venir sin la renuncia | y con la renuncia; solo que con esta se le reconocería desde, luego por parte de los in- teresados; pues que entonces qucdaria sen- tado ya que en caso de Uritecerla Reina sin hijos, las cur^tinnrs- que pudieran surgir ha- me bian de debatirse, no entre el conde de Iloa- * ia ( ma observación que se nos objeta. En efec- to, no puede negarse que U Intrlalcrra haria un casus belU de ia sucesión de ia duquesa de Montpensier á la corona, y foe sos ea^ cuadras se prnsrntariau desde luego en los puertos de España con las mas terminante declaraciones de la Gran Bretaña, y quixas tamliien de las potencias dei Norte. Todo esto se hubier » evitado con no hacer el nifi- trimonio Moulucu^ier y lo que enlouccs era m caso sencillo bajo «liaapéclodiiflMBil»-. co, podria producir ahora un conflicto gra- vísimo en España y en Europa. Los que tengan por exageradas semejantes observa-, cienes, se convencerán íácilnieaMi'iinian verdad y exactitud si se imaginan por on niomenlu que un dia se difundiese la in- fausla noticia del fallecimiento de la aogns^ ta princesa que ocupa el tronQi:}tjp vean sí aun antes de reíleMniinr, su coraron no se conmueve con la inuunencia y gravedad del La Inglaterra, fuerte en lo interior y en lo esterior, iuibia caido en la manía de con- traer alianza con los débiles. Déitil era la dinaslii deOrleans, ameBaiada por la volucion, amenazada por un prclcndii nte, amenazada por la Europa; buscó apovo en la alianza inglesa y leeucontró. Débil ertei trono die Isabel II, amenazado poT'iJftmnb- lucion, combatido por don Carlos, y contrariado por la mala voluntad de las poteo- cias del Norfe; buscó apoyo es la Inglatan* y lo encontró. Débil era la causa de dofta María de la Gloria; buscó apoyo en la In- glaterra y lo encontró. Por manera que ia Gran Bretafta, olvidando sos tradiciones antiguas, continuadas hasta 4845, se babia separado de las demás potencias europej^, para formar una liga meridional, cuyo nú- cleo era la Francia de 4830; j el sucesor de Luis XIV y de XapolcDn fnconfraha su principal apoyo eu los sucesores de aquellos mismos ingleses qoe en todoe tiempos y paí- ses, en la diplomacia, como en el campo de batalla, habían combatido sin tregM ni des- canso la influencia francesa. J « No es difieil adivinar el objeto que en se- ante rambio se propusiera la pntiiica de Gran Bretafta. La pñmeca rama de ios Boitmnes no obteoia por varias eattas las | Rimj)at¡as de la Inglaterra. Con ios aconte- ciaaenU»de 1615, y posteriorux'ate con 1m de Ñipóles, Piamonte y España, des- de 1820 ha>ta 1823, la Santa Alianza había alcan/.adu preponderancia cu los negocios cuiupcos, cuuiu lo indica el haberse llevado á cabo la inlervcncion Traacesa en I con- tra las proti'stas de Wcliiníjton y Cauninfr. La conquista de Argel, hecha por el gobier- no de la Restauración, habia también alar- mado á la política inglesa, la cual temía prohablctni-nti! (\{n\ dt^^foinuida su prepon- derancia en el Couliaenle, se cercenase mucho sa poder en el Mediterráneo, con- virtiéndose, coQio se ha dicho, en un \di'¿o francés. La Francia, haciendo parte de la Santa Alianza, como no podia menos de ha- cerla bajo el imperio dé la Restauración, podia contrümir considerablemente á dis- luiuuir ta influencia inglesa, resultando de este conjunto, que el esfuerzo de la Ingla- terra para derrdiar á Napoleón y restable- cer el equilibrio eurojK'o, hal)ia cedido en beúeücio de la Santa Alianza, dommada por la infinenda de la Rdsiá. Asi se esphea, por qué la loj^laterra vió sin disgusto, ya que no con placer, la caida de la primera rama de ios Korboncs, porque se apresuro á ofrecer su apoyo i la oioaslía de urieans, y porque en hn, aco;íió íro/osa cl cambio ejecutado por la pra.iíuialica sanción de Fer- nando VII, y trabajó en España y eu Por- tugal por establecer nn órdea de cosas que separase á la Peninsula de la política de la Santa Alianza..
No puede negarse que este cambio de pohtica tenia en su abono apare itlc::; moti- vos de conveniencia inglesa. Las dinastías y los sistemas que babian recibido el apoyo dé la Inglatenu en oposición á la mala volun- tad (K' \n< |)nteMrias del Norte, debiaii per- manecer naturalineute bajo la influencia de la nación protectora, lográndose asi abun- dantes concesiones, ya en cambio de los fa- vores prestados, ya con la esperan7a de otros que pudieran recibirse. Pero la Gran Bre- taffa no debió olvidar que una vez libre de los primeros peligros la dinastía de Orleans, intentaría continuar en España la política de Luis XIV y de Napoleón; política que po- Pronto se manifestó la intención déla eofte de las Tullcrirí-^, con lo cual comenzó la lucha eolrc (las indueocias francesa é iu* gicsa; y la Gran BrelaAa, que no podia su- frir este inconveniente de su nueva política, trató de condialirlo poniéndose de parte de la revolución en mi mavor ímpetu y desar- rollo, cual estaba representada en el partido progresista Siguieron los acontecimientos en suerte varia, bien que preponderando la inlluencia francesa sobre la inglesa, siem- pre que los negocios jiodian ser dirigidos por la libre vninnhil li I;i forte de Madrid. Esta circunstanciu coiilrd)uyo sin duda á que el gobierno inglés viese con gusto y apoyase con su inÜuencia cl encumbra- miento de Espartero,, desterrando asi' de la Península la inlluencia frauce>>a. Tres años oónsiimíó la política inglesa en el goce de una preponderancia.|iie, aunque por lo esclusiva lisonjeara su amor propio, no le producía ningún resultado que ofreciese ga- rantías de duración. Todos cuantos cone- cian la verdadera situación de España con alguna mayor exactitud que el embajador ingles, estiiban previendo una crisis en que había de sucumbir Espartero, verificándose entonces una reacción en sentido favorable a la inlluencia francesa. Asi sucedió cu efec^ lo, y el ministro de negocios estrangeros de Francia no tuvo inconveniente en reltcitarsc del triunfo logrado en España por el partido francés. Esta palabra, muy indis- creta por cierto en boca de un ministro, era una lección muy provechosa para la Ingla- terra, y desde entonces puao prever esta naeioik le tuerte que le esperaba en los ne- gocios de la península. Tres años han tras- currido, durante los males cl embajador in- glés ha tenido que limitarse a ser simple es- pectador de lo que sucedía en Espafta; y cuando ha llegado el momento decisivo, el gabinete de las Tullerias ha dado cl golpe que leuia premeditado mucho tiempo untes, continuando eon la mayor fidelidad, y tam- bién ron no pora osadía, la política de Luis XtV y de Napoleón. Luis XIV colocó en el tremo de E^fta á Felipe V, y dijo: «Ya no bay Piríneoe » Napoleón estableció á í ti hermano José en el trono de Fernan- do Vil; Luis Felipe ha colocado á su biioen dría llamarse de absorción, porque se dirige las gradas del mismo trono. Para que el dná convertir la España en una provincia fran- que de Montpensier se titule rey, comomá- rcsa, bien que bajo las apariencias de na- i ndo de de España, solo falta que cioo independíente. I se r<Hnpa uu lulo lau débil como lo es sieoi' Oigitized by pre la tkk de liBt lola peraoM. Bl telégrafo I pe ca Africa et titulo que que llevase á Lóudresla ioíausta noticia del | Sultán de Conslantinopln; por f»sto, en fin, po- j obsequia con las mus disuuguidas cooside- también de que ha salido en raciones al príncipe fugado de la prisieii de ■ Bonrgos, quien no olvidará tan fácilmente el tnitainíeuto que él, su familia y sus edifr* los, han recibido de Luis Felipe.
UcniQfi querido tratar con al|;aBa ei>leii> sion el asunto de la política inglesa, porque creemos quií representará un gran papel en los acoalecimicnlos (juc se preparan en Es- paña y ^.Europa; y creemos haberlo he* cho con cumplida imparcialidad, aleniéodo* nos úaicameule á los hechos.
V.
fallecimiento de nna augusta princesa dría llevársela püsUi para Madrid el duque de Montpensicr para tooiar posesioo de la herencia de su esposa.
Este peligro, unido á la preponderancia que el matrimonio ya por sí solo, asegura á la influencia francesa, es lo que tiene alar- mada a la Inglaterra; y estos motivos gra- ves de por sí, cslan ademas exaspera- dos, por el modo con que se ha ejecutado el proyecto de la hn l i. Asi se comprende lo que signiüca ei cambio de la política inglesa; asi se comprende por qué la Inglaterra co- noce ahora, que asi como antes con el 'mh- puje contra Napoleón, habia fortalecido la influencia del Norte, asi ahora cqu el empu- je contra el Norte, ha estcndido la influen- cia dp la Francia sobre la península; asi se comprcude por qué se ha manifestado tibia en el asunto de Cracovia, y recuerda que el tratado de Útrech, que antes olvidara, valia mas en estas circunstancias que el tra- tado de Yiena; así se comprende poraué ahora conoce que la alianza francesa produ- cía naturalmente en último resultado, la de- bilidad ó la nulidad de la influencia inglesa e& la península, y por que recuerda también que la Francia que tiene escelentes puertos en el Océano v el Mediterráneo, y es dueña de la costa de' Aírica, es algo mas temible para la reina de los mares, que el Austria y la misma Rusia, si pudiese consolidar su preponderancia en el territorio de la nenínsula. Por esto la Inglaterra llama ahora á las potencias del Norte sus aftehiotoí alia- das ^ por esto protesta contra lo de Cracovia por pura formalidad, negiuidosc empero á unir su protesta con la de Francia, y tran- qnilísando de una parte á Iss potencias del Norte con la seiíuridad de que este no es caso de guerra. declara por el conducto de sus periódicos mas autorizados, que e| su- ceso de Cracovia no exime á la Francia de las ñlili - ii inDcs contraídas en los tratados de Vicna; por esto aprovecha una cuestión de etiqueta, para herir la susceptibilidad de la Francia, indicándole que la nación que posee Gibrnltnr v Multa no puede olvidarse de la costa de Aírica, y que en caso necesario flibfi coligerse con las potencias de Norte, como en 4840, para sostener la s.bc rania 4e Ofieale, é impedir que tome Luis Feli- Por la reseña que precede se habrá podi- do comprender, qu3 no sin razón preguntá- bamos al principio del articulo: ¿por dónde se sale? Én efecto: las diíicultades de la si- tuación actual de Espafla son de tanta gra- vedad, que nuestro corlo alcance uo les encuentra salida. Es de creer que no se ha- llan en el mismo caso los hombres encarga- dos de conducir la nave del estado ¿ puerto de salvación: nosotros nos complaceremos en asistir como especladures á las maniobras en ([ue se despliegue valor y habilidad. Am- bas dotes son menester paVa llevar á cabo tan difícil empresa; mayormente si se con- sidera que en la reseña hemos tocado iioi— cemente lo mas principal, dejando aparte dificultades que liien se podrían considerar en la misma línea, como por ejemplo, e! sistema tributario, y cuanto cunoierne al mal parado ramo de hacienda. Es probable que las inmediatas discusiones de las Corles, vendrán bien pronto á poner nuevos colores en el cuadro.
Por nuestra parte, habiendo manifeslade por espacio de Ires años lo que ppnsáhamo» sobre las cuestiones mas importantes, con el fin de 1846 ponemos fin también á nues- tra tarea periódica, agradeciendo á los lec- tores las simpatías con que aos baa íávo- recido.