SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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secuencias erao ini-alculablcs: volcado el trono de San Lols, las cundiciones polilicas y diploinálicas eslal)lecidas por la Santa Alianza, resultaron cambiadas radicalmente: el mal eondia con rapidez, viniendo en se- guida la re?o]iidoii de Béldea, la de Poto- nía, las insurrecciones en Brunswick, Dres- POUTICA ESTRANOiM.

La situación de Europa es mnv critica: los peligros son graves, y alííutios hay innii-, nenies. No fuera imposible que deíilro de I de, Cassel, Golinga v la sublevación de pociw anos, ó el dn menos pensado, sobre- | Bolonia y otras le|iciones en los Estados viniese un conflicto general; pero es prcci- I' PoDiiíicids. Para que nada faltase á lo som- 80 guardarse de pronosticarlo con demasía da seguridad. Cnnitémonos á conjeturas; abstengámonos de profecías: no nosdeiemos alocinar por las doclnninrlnnos: rocornemos ^oe en £uropa, tiay una prensa que, seme- iaaie á las cien bocas de la filma, difntode Ins sucesos verdaderos, los recar^ia, los exagera, y que con harta frecuencia lince; recordemos que j)or esta prensa se desaho- gan loe que qaisieran eonservar lo presente; los que dcsf'on restaurar lo pnsnflo, y los que inlenlan destruirlo todo: y asi no estra- llaremos que á un tiempo se oigan fatídicos y pavorosas acentos, cánticos de esperanza, aseveraciones de afectada senrurídat' brío del cuadro, 1). Pedro de Portuíial me- ditaba un ataque contra su hermano don Miguel, lo cual trata ooiisigo«Da levdatíoa en el reino lusitano; y mientras los emif;rados españoles hacían tentativas en la roñtera, la pramátíca sanción pubKoadá por Fernand^'TiI, tenia pendientes Sobit España, la guerra dinástica y la revolución, como espada prendida con Kilo muy frágil, la vida aelRey. Este conjunto éraí por ciéK rnl- obrevenido. Catástrofes parciales hemos presen- ciado, si, y entre estas ocupa el primer In- par la de nuestra Península; pero la paz aunque consultemos los escritos, 'como me- ij general se ha conservado. Esta es una lec- «los de adquirir noticias, procuraremos es- cion para no pronosticar con demasiada se- tudíar las cosas en ellas mismas, y no en I gurioad. Hay ahora una circunstancia agra- Jos papeles. Ks aventurado, peligroso el vanic, cuafcs la ancianidad de Luis Fe- juzgar por impresiones de momento; con lipc, quien ha contribuido mucho I á la eemejanle método hay una hora de aparen- conservación de la paz; pero considérese te razón para todas las opiniones, ¿cuál de que asi como en 1830 no se podía prever estas no se ha visto triunfante nipun din por I hn<la (pié punto querría, ó pooria, ó sabría nsi.

lo algo mas terrible que el actual; y sm bargo la conflagración europea no ha sol un ííolpe de correo? ¿v cuál no se ha vi>to -confundida por otro goípe? Objetos que por su naturaleza llenan una grande esfension de espacio y liemjpo, no pueden ser apre- ciados con exacUlod, cuando se los <|uiere mirar en un estrecho recinto, y en un pla- zo breve. Asi resultan juicios contradictorios y hasta ridiculos, según el punto que cada observador escoge.

Dos cuestiones graves agitan en la actua- lidad á la Europa, y amenazan provocar un CObSícIo? la de Suiza y la de Italia; mas, para no alamarse demasiado, conviene re- cordar que en época no muy lejana, el con- flicto general parecía mas inminente aun, y ■éñ embai^ no ha sobrevenido. Después de la revolución francesa de 1830, la Euro- pa se hallo pn situación harto mas crítica que la actual. I^s acoolecimientos de julio ponían en combusliott, no é naciones come Ñapóles, sino á la Francia, que pocos aAos antes liabia trastornado el mundo. Las eon- Luis Fcime conducir la Francia por cami- nos pacíficos, tampoco podemos prever aho- ra, si su vida se prolongará mas de lo re- gular, ni tampoco si en Francia ó en Eu- ropa surgirán otros hechos que eviten 6 atenúen los males. La previsión de) hombre es muy flaca: recordemos que en el año 42 la fogosidad de un caballo cambió la faz de los líegocios en Francia, con la muerte del do- que de Orleais. Estos son acontecimientos eslraordinarios; es cierto, pero la Providencia mezcla lauto de imprevisto en la marcha del nundoí La agitación de Suiza no turbará la paz general, por poco juicio que supongamos á las grandes potencias. La Francia se ha unido con los pabinetesdel Norte; y estode- ja a la Suiza bloqueada: la íniilaterra di- siente, es verdad; pero la acción inglesa es débil tratándose de un pueblo que está en^ clavado entre grandes potencias conlinenta* les; y ademas, ¿es cierto que la IngUlerra I I haya de llevar las cosas u tal e.slremu, (}ue por la cueslíon suiza provoqae ana guer- ra europea? no lo parece. El radu'alismo suizo, con sus atentados consigue inquie- tar á la Europa; pero á quien daQa mas, es ¿ la Suiza misma, no solo |»or lo que la destroza, sino laiubien porque |)one en peligro su iudependiMicia. Ya na producido que dle OQ dia a otro s4í pueda ver la SUi-^ sa sometida á va protoéolo: en cuyo caso una nación pierde su dignidad. V.sW es el resultado uatuial de esa libertad a palos, El.\uslria mí prepara coa su.'- ejércitos eniíf' reino Lombardo Veaelo, pero no desevid» los iuimIíos diplomálicos: la Francia j>odria ser un poderoso obstáculo cu osle negocioj, y MellernÍ4;h, que ve á M. Ouhtrtmtiy eon^ placiente, le corresponde bien, y procnra estrechar los vínculos de los dos ffa!)ineles. La inintulii¿;ible itolUica de lord Falmcrslou pudiera cGmp)icaN#íMlM^lii en Suiza; pera las miras deM|lpBt('>n) ru este punto, no se han manifcstádo aun con bástanle claridad. ¿Es tan cierto como algu> qne qniéreB introducirlos radicales, aeesa I nos suponen, que la Inglaterra desee una indepeii(l"ii( ia mentida que hacen consis- tit |Ji que la Suiza se convierta cu servil 'wMpmto de la propaganda de Parfs. Ha- le seis años que ocupándome de la Suiza, emitia la opinión (¡ue vera el lector en la página oi de este volumcu: nada tengo que añadir: el espíritu irreligioso y anárquico de los radicales suizos, continúa haciendo cuanto puede para malar la iKjeionaliilad de la Suiza. Los que pierdeu el juicio necesi- tan curadores.

La agitación de Italia e-; nn hecho mas peliirro.so que la de Suiza. En el opúsculo titulado l'io IX, be manifestado mi opinión: nada tengo que afiadir ni quitar. Cuando lo escribí linbinii ocurrido ya repetidas veces disturbios deplorables; los posteriores nada nuevo ensenan. Los acontecimientos de Ná- polcs fortifican mis opiniones; el rey se ha- bia puesto en tal situación, que no podia ceder sin bumillarse: si en vez de una re- instencia absoluta hubiese inrititáoi 4 ^Vos soberanos, siguiendo el movimient^^iviw^- so por l*io IX., no se veria en los conflittos aclualcs. En cuanto á los peiif,Tus que este y otros sucesos pueden acarrear, señalados eslan en mi opúsculo: (piien lo liaya leido lo sabe. Repetiré sin embargo, que con tal que no sobrevenga una revolución en Fran- cia, el fuego de Italia se puede dominar. El Austria, por mas disgiist ) (pie esperiinente ^pr<^seuciar lo que acoutece. cu Italia, no mmfft(t[ ser tan poe0'¿éléf>dii que no vea la conveniencia, la necesidad, de enlazar la fir- meza con la prudencia, y que no seria lo subversión general en la península italiana? No se ve que haya datos bastantes para ele- var.á certeza semejante eoa^clura; y ademas tampoco se alcanza bien míe esta subvttpf si(m iieneral hubiese de favorecer á ia Ift^*^ glalerra.

Todas las naciones tíenea grande interés en que jÁo haVa ^mejanlef oooftagraciou: hace diez y ocho años que todas se esfuer- zan cuanto pueden por conservar la paz: las razones que las han movidO' hiita ahora, son de cada dia mas poderosas. Las mismas potencias del Norte han dado pruebas de una modejacíoo en ciertos casos, bien bobier^^iodido llamarse timidez: siete aftos estuvo convertida la península española en uu vulcan revolucionario, entre torrantes de sangre; y aquellas potencias lo contempia-^ ron, si no del todo indiferentes, al menos con harta l'rialdíul: en el decurso de los últi- mos años se han presentado varias ocasiones pará neutralizar la polilica de la Francia é lni;lntcrra; pero ellas sieni()re frías: atentas siempre á la conservación de la paz general, evitan todo conflictO|j hasta todo pasó qaé pudíéi)r«an|iíraiil|tiei^ y se contentan con mantenerse apa riadas y es[MTar. Mas entre lauto la t>ov7^dád aajü!|^ua de la l'uuinsuta ha ido porecklino á' matibs de la revoluciaiik, progresista ó moderada; y si trascurraspl- gunos afios mas, ¿qué es lo que restáis de De eslft teSttllMittfrHllo^ prove- chosa para la práctica, y es. que los fíohicr- nos deben procurar desenvolver en sus resuiejur para el gabinete de Viena el (jue todo [ pectivos países las luerzas propias, lomea- se hubiese de hacer con bayonetas a ustria- ji tanda kis aanot* principioey^ fuodatdo ^ bps. Los soberanos italianos, al emprender i estos un si-^tema de bien entendidas reforreformas, no han tenido, con respecto miras de halago, pero tampoco : su objeto es ef bien de Italia, lo mas y legitimo pro!,'reso; pues qM'Si so li- jan en la resistencia absoluta contando con la protección de altas potencias, corren pe- — lorio pienseo. Ea Suiza no se trataba por cierto I pulitica garaolida por íoatítiinoiies, que aun de resistencias absolutas, ni de nada seme- jante; ¿y qué han hecho las grandes poten- cias? Añora, cuaadu lus radicales hau cuiisu- mafk» 80 obra 4e perseeucioa, devastación y- despojo, ahora tratan las potencias de aplicar el remedio: ¿reinte^írarán en sus de- rechos a las vicliuias? couleuleuionos cuu desearlo vivamente; pero giiardéuióiios de esperarlo con demasiada confianza..

Ut'ilevionando sobre esa impasibilidad de algunas potencias, se descubre uu objeto fijo, y es, el de^o de conservar la paz ge- oeral. Ksle nace de la posición en (|ue se que restringidas, no dejan de pertenecer al sistema represenlalivo. En cuanto á la l'rusia, sabido es que ha dado en los úUi- ttios tiempos un paso de bastante consldera- cioD, uo por lu que es en si, sino por lo que. indica y por las consecuencias que puede acarrear, l'ero iu poUlica del Norte ha suje- tado sus condescendencias á una regla fija y constante, cual es el conservar la fucr/a del poder supremo; por manara que aun en esa Cootederacion (ierraanica, agregado de cuerpos tan heterogéneos, ha buscado un principio de unidad que sirviese de regulahallau y de las cucuusiancias caractensliuas í dor, <^uu en uiomcoios pfiúc^s pudiese mdn- de la época. Se sabe Jo que ba. pmdiioido la j tener en sus respectivas mtas á los ef ta^iji^ j. -. j_i que formaban parte de Ui confederación * f evitase los aliusos que resultaran de la li- bei lad puliUca que cou mas ó menos cestóf^r clones se disfruta en algunos de ellos: éste principio regulador es la Dieta general.

El interés que tienen todas liis potencias europeas en la conservación de la paz, cal- marla mucho ios temores que inspira el por» venir, si en los últimos tiempos no hubiese surgido uoa cuestión que si bien en la ac* tualidad parece un turnio adormecida, es la mas grave, la mas dilieíl, la mas complieafr da, la (jue mas amenaza turbar la tranqui- lidad de ia^uropa;. hablo d.e la «J^saveueucia de la Inglaterra y'la ^mnf;¡a pioiii^i^^specto á la sucesión á la corona 4^ i^9pl0||¿ El señor marqués de Miraflorcs publ'oó á finos del año pasado uu escrito notable titulado Juicio in^rcial ék Ut mmtion de sucesión á la ah roña de España susi ilai'íi por hi Inglaterra y la Francia con molivo del casamiento de la Serma. Sra. Infanta rfe Es¡inña Doña María Luisa Fernanda con el Serum. Se- ñor Duque de Moutpensicr. VA noble Mar- ques coa uua iuoduraciuu (^ue le houra, se propone demostrar que es mcontestabJe el política de Lilia Felipe, tai.eoii8er«aQtOB dd ,stalu fjiio, pero se ignora lo que |K)dria re- sultar de un coutlicto europeo. La guerra exalta las ideas, enardece las pasiones, po- ne en apuro á los gobiernos haciéndolos mas indulgentes, aun con los malos instintos ocultos en el foudo de la sociedad, con tal queestoslos ayuden á conseguir la victoria. ¿Y quién es caoaz de pronosticar lo (pie hn- biera sucedido si la Francia en vez de estar sometida á un gobierno regular, hubiera si- do lanzada á la revolución por un poder co- locado en la allernaliva de perecer á manos de la alianza del Norte, o de pouerse á la cabeza de la propaganda revolucionaria?

Ademas de estas consideraciones políticas, hay otras de iuterés material, pero que aíeclaii profundamente el corazón de la so- 'Ciedad. El positivismo, como se dice ahora, ó sea el desarrollo de los intereses materia- les, es uno d(; los objetos predilectos de la jCivilizaclon moderna: cuanto mas se adelau- 4a en este camino, mas temida es la guerra, porque es mayor el cínnulo de intereses 3ae de ella se podrían reseutir. l^is potencias el Norte han adelantado mucho en este catado ejercienao sobre sus pu iado de compensarla cou los beuclicios ma- teriales, en h> enalban dejado muy atrás á la Francia. \i tampoco es exacto que aquellas potencias hayan apoyado siempre el sistema de resistencia absoluta: la iiubia mino; la compresión que en política han es- derecho de la Duquesa de Montpensicr á la 'blos, hau Ira- j coronado España, v que la Inglaterra pana, y que la Inglaterra no tiene razón eu sus pretunsiones. Haciendo justicia á las buenas intenciones del marqués de Miraflorcs, séame permitido observar que no ha colocado la cuotion en su verdadero terreno que es el de la política y diplomacia: y el Austria que en política lo han adoptado ' no se trata de saber si la Duquesa de Mont- C ra sus respectivos dominios, han sido re- pensier tiene ó no un derecho cspcdito a la madoraseo materias de administración; I sucesión á la corona: la cuestión para el y en la «üerior no se han opuesto á que eu ()orv'enír de España y de Europa uo es He, Alemania, sobre k cual ejercen tanta in- i derecho sino de hecho; esto es, si la tnghM- fluenda, se haya cenoedidó cierta libertad | térra se apartará de la situación en que se I I ha colocado, y si tiene ó no medios para lle- var á cabo sus proyectos: esta es la cuestión; lo dernas, aunque sea mucha verdad, aun- 3ue fuera una verdad mas clara que la luz el dia, es, cuando menos, inconducen- te. Pues bien; esla desavenencia entre la Francia y la In^^laterra, repito, es la ijue encierra mas peligros para la tranquilidad de Europa.

En las cuestiones de Suiza y de Italia po- drian ponerse de acuerdo todas las íírandes potencias, sin í|ue niniíuna de ellas hubiera de sufrir humillación ni perjudicase sus in- tereses; pero en la de España. si se deja tal conío está, es imposible un desenlace pací- fico. La Inglaterra ha dicho un jamás, y lo ha repetido muchas veces: ¿y cómo se con- serva la paz general el dia enque un suceso infausto, quiero decir, el fallecimiento de la augusta j)rincesa que ocupa el trono de las Españas. dejase á la Inglaterra y á la Fran- cia encaradas, no en un negocio de porve- nir, sino de actualidad? ■ Se dirá que no está bien claro cuál seria la conducta que scguirian en tamaña crisis las potencias del Norte: esta réplica da lugar á varias consideraciones que espondré con toda imparcialidad. Es evidente íjue el gcfe de la dinastía de Orleans está haciendo es- fuerzos estraordinarios por granjearse la buena voluntad de las potencias del Norte: en Suiza se liga intimamente con ellas; y en Italia, si bien por consideraciones á la opi- nión pública de su propio pais. no puede oponerse á la política reformadora de algu- nos soberanos, procura manifestarse alta- mente contrario al espíritu de revolución, consolando en cuanto puede al gabinete de Vicna, ya que no le es posible tran(|uilizarle del lodo. Ku los últimos años de su vida pa- rece que el anciano monarca repite con mas insistencia, si no con sus palabras, al menos con sus obras, el discurso que hace diez y ocho años está dirigiendo á los soberanos del Norte: «Mi trono se ha levantado sobre las ruinas de otro en medio de una revolución, pero yo rae encargo de dirigirla. de enfre- narla poco á poco, y no desespero de poder llevar las cosas al mismo punto que vosotros deseabais bajo la rama primogénita: si ha- céis el sacnlicio de admitirme en vuestra comunión, si os resignáis á no suscitar di- licullados á mi dinastía, habréis conseguido <{uc la revoluci m de 1830 haya sido poco mas que un cambio de personas: mirado bien; el proscripto que tiene pretensiones á mi trono, no seria mas condescendiente que yo: ¿qué adelantáis, pues, con provocar un conflicto general?» No se puede negar que este lenguaje es seductor; sin comprometer- se demasiado no dejan las potencias del Nor- te de prestarle atento oído, y aun de dar algunas muestras de agrado y complacencia. Si las cosas hubieran continuado como hasta <846, si no se hubiese suscitado la desave- nencia entre la Francia y la Inglaterra, qui- zás quizás las potencias del Norte, precisa- das á optar entre las aventuras de nna res- tauración. Con f>eligros de una conflagración revolucionaria, y c\slntH(¡u(i baj(» la dinastía de Orleans. hubieran elegido lo ultimo, con- tentándose con dolerse de la suerte del du(|ue de Burdeos, y aceptando sin cortapisas el hecho consumado. Desgraciadamente para el gabinete de las Tullerías, el casamiento cs|)añol ha venido á complicar las cosas; el discurso de Luis Felipe a las |M>tcncias del Norte no puede limitarse á las clausulas que se acaban de leer; debe ponérsele un apén- dice, y este apéndice es de mucha conside- ración, lié aqui, lo que se debe añadirle: «\ mas de lo tocante á mi dinastía en Fran- cia, tengo que hablaros de los asuntos de España. La reina no tiene sucesión. mi hijo está enlazado con la sucesora inmediata; de un hilo tan frágil como es siempre la vida de una sola persona pende el que mi hijo se lla- me rev consorte, v mis nietos sean revés de España. ¿Por qué no podríais uniros también conmigo en este negocio? Es verdad que no habéis reconocido einuevo orden de sucesión establecido por Fernando VII; pernal Un lo (|ue os proponíais evitar en la |>enínsula es ya inevitable: la revolución está hecha; ¿qué puede hacer en España un rey. sino seguir una política conservadora que se oponga ¿ la propaganda revolucionaria? Esta es la política que seguiría precisamente mi hijo; ¿por ((uien os interesáis.' ¿por conde de .Montemolin? pues bien ¿no veis que en sus manilíestos y discursos, no solo se ha des- viado de la política de resistencia absoluta, sino que se ha manifestado amigo sincero de instituciones representativas. enemigo de reacciones, en una palabra, se ha colocado en un punto del cual no pasaría ciertamente la política de mí dinastía? Es cierto que está en contra de mi la lni,'Iaterra; pero qué po- Se os opo- Italia con su I deis esperar de aquella potencia? nc en Suiza, los disgusta en Ital Dlgitized by Googlc política misteriosa y probablemente revolu- cionaria: ¿00 os ttímiltle que, si en un casO estremo apoyase al conde de Moatemolin, le empujaría por vías peli^Tosas y que le lucie- ra mucho mas liberal que los princijies de mí dinastía? ¿Vor que oo podríais pues, de- cidiros en mí (avor, ó cuando menos cerrar los ojos para no ver lo (jue ai onlezca en Es- Eaña, y (uei^o aceptar los bechos que se- luí- íesen consumado?»

También es preciso confesar (^ue este len- guaje tiene algo de seductor. ¿Seducirá sin embargo alas potencias del Norte? ¿(louse- guirá su objeto, que es separarlas comple- tamente de la Inglaterra? Vamos á exami- narlo esponiendo las conaideracipnes que lo baccQ increible.

Hé aquí las reflexiones que habían debi- do ocurrir i loa gabinetes del Norte. «(Nos- otros no tenemos fírande interés en una res- tauración de la rama caída en Fraocia, con tal que logreiBOB nuestros fines poUticoa. Si la revolución de 1830 podemos reducirla á tan eslreclios Iniiiles que sea poco mas que uu cambio de personas, seriamos poco pru- dentes lanzánaonos ó peligrosas aventuras, 3ue si saliesen desgraciadas, no sabemos hasta onde nos podrían llevar. Asi es, que con respecto á la Francia no hay iaconveniente en mantener buenas relaciones con Luis Fe- lipe; y después de la muerte de este moestablecida en Francia v Espafia, no pudie- ra pensar en el ensancibc de esas fronteras señaladas por ta Santa Alianza y buscar en los principados cercanos nuevas colocacio- nes páralos miembros de su faniilia? ¿\opo- dna pensar en las orillas del libia, CerdcAa y yarios puntos de Italiat ^ra quien dbmi- fiase en Francia, en Espafia y en Argel, ¿no habría tentaciones continuas de ensanchar el imuerío? Esta es la lecciuu constante, iufa- lible, con respecto á todas las casas que se bao hecho muy poderosas La de Órleaos es conservadora en la actualidad; pero ¿quién nos asegura de que en lo venidero no podrá ponerse á la cabeza de la propagandia^.si0T ta es favorable á sus designios? No podemos olvidar que el padre del actual rey de los franceses, fue uno de los caudillos de aque- lla revolución que llevó al cadalso á su ín* fortunado jiarienle Luis XVI. No podemos olvidar que el trono de Luis Felipe es obra de una revolución que derribó á tres gene- raciones de sus parientes inmediatos. Ño podemos olvidar (pie ese gabinete de las Tu- llcrias, ahora tan conservador, fue durante cierto tiempo algo propagandista; apoyó, si- no promovió la revolución belga; ahora nos deja lomar Cracovia, pero vio con mucho gusto la revolución polaca; ahora se hace coosenrador en Espafia * pero en 1830 dej4¿ ha que los emigrados se armasen en la fronnarcá, lo que debemos hacer es hallarnos i tera y peaelrasen en aquel reino para dcr- preparádos para Jos acontecimientos, y obrar I rocar ei sistema de* Femando VII; ahora se según ellos aconsejen. pero siempre dejan- | muestra circunspecto en Italia, pero en 1 831 dolos venir, guardándonos de provocarlos, derribó las puertas de Ancnna, se apoderó Mas en lo locante á la cuestión española se i de aquella plaza, la conservo a pesar de las oCrecen nuevas dificultades. Lo que se nos I protestas de Gre^río XVI, enaroolando allf pide es nada menos (lue abandonar nuestra Eolítica tradicional, fie la que hemos estado acíendo alarde durante catorce años; esto es sensible al amor propio y pudiera pare- cer un tanto ofensivo á nuestra dignidad: siu embargo, oo habría inconveniente en hacer este sacrilicío si los resultados lo compcnsasea; pero ¿lo compensan? El que nos da esperanzas de una política anti-revo- lucionaria en Fraucia y da España, es un nonarca anciano que cuenta ya 74afios. ¿Quién nos asegura de que después de su muerte las cosas han de seguir el curso que él nos está pronietiendo? Si cedemos, lo que resulla de cierto es que conlríbuimos al en- grandecimiento de la casa de Orleans; ¿y quién nos garantiza contra la ulterior ambi- ción de la misma casa? ¿después de hallarse nrot la bandera tricolor como una amenaza per- manente, de (|ue si se le provocase, suble- varía las legaciones. Es cierto que la Ingla- terra sigue ahora una política inconcebible; pero no olvidemos que esa Inglaterra tiene una fuerte aristocracia que le dará por largo tiempo instintos anti-revolucionarios; que su constitución y su dinastía no sdii de ayer como las francesas; qiie sus cnsliim- bres y su lengua no son tan á propósito para propagandistas, como las de Francia; v sobre todo recordemos que esa misma loglaterni, y precisamente apoyada en esa misma Es- paña, salvó á la Europa de manos de Napo- león; sin esa Inglaterra, el emperador, la personificación militar de la revolución fran- cesa, no hubiera ido primero á la isla de Elba y enseguida á Santa Elena. ¿Qué ne^ eeaidad tenemos nósplros dé NiOcfiar el sis- lema continental en que se nos quiere com- prometer sin mns compensación que al- gunas esperanzas 4iriciles de cumplir? Ademas ¿que será del equilibrio europeo, qué de la paz general, el dia cnquc haya un rompimiento entre las potencias del conti- neale v la Gran Urclana? Guardémonos, pues, de pasos indiscretos, esperemos el curso de los acontccimientns como hemos hecho hasta aqai; aceptemos el apoyo de la Francia en las cuestiones actuales: en cuan- to á la española, dejemos que las cosas mis> mas nos v;iy;tn indicando la conducta que debemos seguir.»

Estas reflexiones serán mas ó menos fun- dadas,.pero no puede nep;arsc que son las I dientes: 3.** provocar en'EspaRa tales acón sacien de mala fe. ÜÉ éÉta situación, ¿co^ mo impide la Inglaterra el que venga á Es- pana el duque de Montpensier? ¿cómo evita el que este principe adquiera aquí muchas relaciones y aHane un tanto las diKcultades para el caso de subir al trono su esposa la infanta? Asi no es estrafio que la Inülalerra haya escogitado diferentes medios para sa- lirde esta pomeion incierta, qoe indudable- mente puede conlrariiir miieho su política.

Tres caminos se le ofrecian al gabinete inglés para colocarse en una posición dcs- enibaraaadav y conseguir so objeto sin fol- iar á sus tratados y eoniprninisos: i la re- nuncia de la duquesa de Montpensier al trono de Esjnfta para si y para sus deseenmas naturales, atendida la situación en que se hallan las potencias del Norte; y á juzgar por SQ conduela aun desput>s de los casa- mientos, parei c (|iic á cst is repelas han con- formndo sil poliiira. La situación tie la In- glaterra es menos desembarazada; ella lo conoce, y asi es que se está preparando con fírniidcs armamonlos para hacer frente á to- do linage de evcntualida les. No teme pro- bablemente, que las potencias del Norte se declaren nuiK a > nutra ella y se unab i la Francia en la cueslion espnfiola; pero prevé tecímientos que facilitasen la rennion de unas corles capaces de escluir directemtenU á la duquesa de^MontpenSier tfi^ta 'sucesión á la corona: 3." disponer las cosas en Es- paña y en Europa (le tal modo, que por medios legales se obtuviese una esclusion indireda. Examinemos las ventajas y los inconvenientes que cada ano de los tres me- dios ofrecia á la Inglaterra. [\ V r El primero, ó sea la renuncia de lidi^ 3uesa de Montpensier, para si y para sas escendientes, parece fue el que ocurrió la posibilidad de iiac llegado el coullicto se i desde luego al gabinete inglés en los motraran indiferentes; se arma como en las grandes guerras del imperio, para el caso estremo cnquc ahora, como entonces, se encontrase sola; mas ahora, como entonces, no relrncederia; ahora, como entonces, to- mando por punto de apoyo la Peninsula, lu- charía contra la Francia con su perseveran- eia y tenacidad características. Como quiera, es preciso convenir en que su posición ac- tual es desventajosa: ligada con tratados solemnes y compromisos de toda especie, no puede combatir el trono de Isabel II, y entre tanto está condenada á tolerar que la Francia se prepare para el caso de morir la i augusta princesa que ocupa el trono de Es- paña. DÍL'ase lo que sc quiera sobre la pora escrupulosidad del gabinete inglés, no cabe duda en que los tratados enervan su acción. Sucede entre las naciones lo mismo que en- tre los individuos, quienes por poco delica- dos que sean en cumplir lo pactado, se ven mentes de sa' cólera y despeoho: reoor*^ dará el lector qoe luego despu^ de los ma- trimonios sc habló mucho sobre el particu- lar. Nada tengo que aAadir á lo que dije entoncesyqne se halla eoelarticuloanterior. La renuncia era imposible y lo es toda\ia: los gohÍLMnos de Francia y España no po- drían consentirlo, so pena de caer en la mayor humillación. "., • En cnanto á la esclusion directa, es de- cir, una ley (¡ue incapacitase á la duquesa de Montpensier y a sos descendientes « co^ I mo la de 1 834 incapacitó á la rama de don Carlos, no tenia Inconvenientes para el l]o- nor de la Francia, pero si para el gobierno de Bspafta. La coite de las Tullerias, elevan da á un trono en hombros de la revolución y a consecuencia de la esclusion fulminada por las cámaras contra la rama prímogénita, a corte de las Tullerias que habia aceptada a esclusion de la rama de D. Carlos por una ley hecha en cortes, no tenia nada que obprecisados á ejecutar cosas que no quisieran, jetar á una ley en que se hubiese esekride o á dejar de hacer otras que desearían, por de la corona a la duquesa de Montpensier: no arrofiítrar con demasiado descaro la «eo- I podía sentirlo, pero sin abjttMr so propi*.

SfEi lo coooiia eUa misma, pues que hay ¿íaves fundamentos para creer que tól era