SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Page 25 of 137

Se ha creído en Europa (pie la España no era capaz de un gobierno semejante al que I mejauxa ron los pueblos asiáticos, preciso le seria optar entre el despotismo oriental ó la anarijuia peqiétua, prque en tan triste alternativa está colocada la sociedad, cuan- do la falla de nn |>eiLsainiento grandioso y común a todas las clases, no le iiermite al- canzar la verdadera nacionalidad, basa in- dispensable para establecer un gobierno dig- no de tal nombre.

Cuando una sociedad carece de razón pú- blica, es decir, cuando no hay un conjunto de hombresrespelablesporsu número, inleligen- ciay posií'ion social, (pie tengan ideas claras y lijas sobre los intereses nacionales, y la ma- nera con que eslos del>en ser cousenados, jirotegidos y fomentados, entonces la socie- dad no posee ningún pen.saniiento de gobier- no, y asi se halla preci.sada á resignarse, ó bien á la disolución, ó bien al despotismo mas com|>l(>lo. En no doniiiiando la razón, prevalece la voluntad; y la voluntad sin ra- zón, constituye el despotismo. En tal caso, si por una ú otra causa es dable reunir las fuerzas individuales formando una fuerza pú- blica, y colocar esta en manos de un solo hombre ó de una clase, resulta el despotis- mo asiático y el dominio de las castas; cuan- do no, la sociedad se fracciona en tribus, ó se desconijione en hordas y bandas, lo que al (in viene ñ parar á otro despotismo mas terrible y estéril, cual es el ejercido por los gefcs de familia, ó los individuos mas astu- tos y fuertes.

Bien claro es que en semejante estado no puede encontrarse la España, cuya civiliza- ción y cultura llevan largos siglos de dura- ción; ni la F^iropa nos hace la injusticia de mirarnos como pueblos africanos, por mas que el prurito de zaherir se esiire.se á veces con intolerable exageración y ^al^edad, aíir- mando que do termina la Europa en Gibral- lar sino en los Pirineos. Sin embargo, como la escala en que pueden distribuirse los pue- blos según los grados de su inteligencia y actividad, es muy estensa, y el principio sobajo diferentes formas disfnitan las demás ' cial (pie hemos establecido se verilicará en Daciones civilizadas, y esto.se ha atribuí do á varias caus:is. Suponen algunos (lue en nuestro país no hay vida intelectual ni moral; que este pueblo vegeta en la inac- ción V en la estupidez; que adolece de una eapecie de iiiar;ismo social y político; v que por lo mismo no es ¡xisible (pie biolc de su seoo un gtdiicrno que reúna la inteligencia y la fuerza. Si asi fuese, teniendo cierta scproporcion á la mayor ó menor alliira en (pie se hallen colocados en la misma, veamos has- ta qué ])unto merece la España las inculpa- ciones (pie se le dirigen, esplícando al pro- pio tiempo la requlariiiml de las anomalías, que han [Mulido indccir á que se formasea sobre nuestra situación opiniones desmentid das por la razón y la esperiencia. Desde luego salla á los ojos la eslrañeRa 17 (|p rjiif» pnodn faltar on Kspafia un |>onsa- micnlo firandioso virtMU'ral a lodaslas clases, cliMiicnto do vorda(lora nacionalidad y l)n>a dft \in ífohiornn justo, ilustrado v cst^ihU" tiorra sus ojos do llama. El Rry carece do sucosion, y oí iuiuodiato hiMvdoro de In vo- roíia os roiíooido por su proluuila aversiou a todo lina;;(> do inuovui iouos poli^'rosas. L05 l'n puoblíMjuo nM'onr[uislii su indopondonria liijos del principe son on crooido numero. ia peleando por es|)acio de cwho siglos bajo 1 minoi ia ex impusihle. Kl heredero es un vauna misma enseña; un pueblo «pie reconsti- tuye su unidad, inaujrurándola con el dcs- < ubrimionlo do un Nuevo Mundo. con im- portantes adquisii iones en Europa y en to- dos los paises del globo, y con un si^lo tan brillante en ciencias, lilefatura y bellas ar- los; un pueblo (pie pudo hacer fíenlo á la Kuropa entera, y aspirar á la inonanniia universal; un pueblo que, después de far- pa lennK)rada de abatimiento y postración, se levanta al atrito de la ¡íatria como el sol- dado que sorj>rendido por el enemi¿io, des- pierta á la voz de alarma y emnuña el fusil ron brio v valentía, esto pueblo no puede carecer de ideas «raudos, eenerales, ((UO sirvan de lazo á todas las clases, que for- men la verdadera nacionalidad, y sean á prop()s¡to para servir de basa al estableci- miento de un pobienio.

I'or desgracia es demasiado evidente que de mucho tiempo á esta parte no han preva- lecido en la esfera política los elementos <pie donunan en la social, y que ha resultado do aqui nn4i falta do armonía, de donde han di- manado nuestros males. Mas esto no prueba íjue la verdadera sociedad espafiola carezca íío lo nooesaiío para cimentar y solidar un buen sistema político; y andón muy equivo- cados los que achacan á ignorancia y estu- pidez, lo (pu' solo debo a'ribuirse á circuns- tancias escej)cionales, en las que se ha rom- binado lodo lo mas funesto ipie imaginarse pueda para trastornar á las naciones.

Minoría, guerra desitresion 1/ rernhtt iou, .son causas de las rúales basta una sola para conmover y dislocar un pais: ¿(pié habia de aconleoer en Kspaña, donde hem(»s tenido reunidas las tres, y complicadas do un mo- do inestricable?; hWinidables son los cami- nos del Todopoderoso cuando se propone derramar sobre los reyes y los pueblos la copa de su indignaciím! La revolución estaba uíordiendo el freno (pie le impusiera en Ks- paAa la irresistible pujanza de los dos prin- cljíios religioso y monárquico; nada puede contra la mano que pesa sobro ella, y for- zada á comprimir su voz y hasta su aliento, se mantiene silenciosa y (piiota. sin atrever- se á mirar á (|uien la sojuzga, lijos sobre la ron. sus hijos son vanmos también; nocaln* pues protesto para di.spularlos sus títulos de íogilimidad; Ai (jiicrra de sucesión es iinftosi- ble. lil orden esta asegurado sobre tirmes cimientos, el poderse hace cada dia mas fuerte, regularizando su acción y acostum- brándose mas y mas los pueblos al yugo <lo la obediencia; la revolución es \n\ posible. ¡Vanos pensamientos! Amalia niuen?, el monarca se enlaza c(»u Cristina, nace una Princesa, y la minoría, la guerra d<' suce- I siou, la revoluci(m, ya no son imposibles ' sino muy probables: él Rey enferma, y la inuMisibilidad se ha trocado en inminente IM'ligro; el UeV muere, y lo (pn; em im|K)- siblo se ha hecho inevitable. ¡(Cuantas ini|K>- I sibilidades á los ojos de la flaca humanidad, serán realidades a los ojos de aipiel (jue tic- no patentes a su vista los arcanos del porve- nir! ¿.No recordáis lo (pie sucediera en un reino vecino? Dejad á los ]K)hti<x>s de Fran- cia y do Kuropa ()uo so abismen en combi- naciones profundas; un momento después el Principe real, el heredero de la corona, el gallardo mozo (¡ue promete á k» Francia un largo reinado, yace on el polvo, sin sentido, exanime: pasan bix'ves huras, el diupie de Orleans ha muerto...el cscesivo brio de un caballo ha cambiado la situación, deslniyendo ^conjoiuras, frustrando esperanzas, ofreciendíí un i>orvoiiir oscuro y tempes- tuoso...

Kn octubre de INX3,no babia mas que un medio \v\x'a ahorrar a la nación torrentes de sangre y calamidades sin ciionlo: ahogar en su origen la cuestión dinástica creando una regencia sobre el supuesto de un futuro enlace. Entonces desaparecía la guerra de sucesión, no existia de hecho la miñona, y con esto se quitaban a la revolución el [rá- bulo y Síísten. Ni aun en ese caso nos li.son- jeamos con la idea de (jue se hubieran evi- tado los disturbios; |H>ro siempn' habrian si- do de menor gravedad y trascendcíncia. No alcanzamos como no se vieron á ia sazón los j)odoro.sos motivos, las altas consideraciones de ioterós de la nación y de la Real familia, que aconsejaban un arreglo aiuisto.<o; mal decimos, lo alcanzamos muy bien cuando di -de el rustico mas necio hasta la elevada eategoria de los cnníífljcros de revés.

i'.on el comieiuu de la guerra civil coiüci- dró el desarrollo de la revolnelon, rrita á tmiy reducido amhitn, que jamás aféelo á la masn del [nieblo espafird. que si d«^plegó mas fuerza que en épocas antcria- Cárlos III, y se buscaba apoyu en lus con-^ cilios de Toledo, ha revolución era dueña del fí(d)ierno, y ccliaha mano de la astucíar esto iudica que no se seiUi^ cuu Tuerza.

Deseamos que mediten sobro estas refle- xiones los homlues^uc tanto se admiran de que no nos linya sido po;>il)le liasla aliora consolidar uu ¿ubieruo i lus que se adelunm fie poftfoe se cobijaba á la sombra del I tan á discurrir sobre nuestro estado social y truno, porque oliraba en su nombre, porque ' se aventuran á infundadas aserciones, ate- una (Kirfe <le los españoles la dejaban cam- ' niéndose únicamente alo que de si arroja el turbulento e6|>ecláculo de la ultima década. ¿Pues qué? ¿No habéis íeido la historia? ¿Tan lacilnuMite habéis ohidado sus leccio- nes? ¿Tan ligcramenle baljeis examinado la situación de España, que uo hayáis akaii/.u- do á distinguir entre loregühur y lo cscepcio- nal. entro lo permanente y lo Iraiisiforio, cutre el fuudo y la superiicie, cutre la realir dad y las apariencias? Duélenos que tan>a- ñas eijiúvocaciones se ha\an cstendido.epp los países estrangeros; pero tud.ivía nos pesa mucbo mas cuando las \cmos u¿)oyadas por españoles; cuando notamos esa p(»irawin desesperante en que han cuido jiersonas res- petables por sus conocimientos, cuando las oimos decir con énfasis: «eso no tiene reme- dio, no hay que es{ierar nada.» T tienen razón basta ( ierlo punto; no hay que espe- rar nada mientras el troi>*, mientras las instituciones, mientras la suciedad hayan de ser consideradas con la mezquindad de mi- ras qu(^ alf;tMios lle\an; mientras no se ensa- yen otros sistemas que los que ellos cono- cen; mientras una unción du quince millones haya de ser ei patrimonio de dos mil perso- nas; mientras se baya (b? continuar en esa costuud)re de emplear uu len¿|¡uaje de meu- tiras, que casi dejan de serio por lo recono- cidas y confesadas; mientras no se diga con libertad y llaneza todo lo que se piensa, todo lo que se mauilieslau unos a otros basta lus If hombres de diferentes opiniones y partidos, cuando bablan en conversación particular sobre las causas y carácter de nuestros males, Mar, opinando que no era menester coni- Mlirla de otra manera sino apoyando el triunfo del principe á quien creian 'legítimo, mirándole al propio tiempo como emblema de la Relif^iiiBtt y de la monarqnia. De aqoi f' Sidtó una posieioii sumamente falsa: el trono llamaba en su auxilio á la revolución, es decir, á su enemigo natural y necesario; « ensayaban sistemas apellidados de mayo- rias. y una masa inmensa no reconocia otras ornas que los cañones; se hablaba de resla- Werimicnto de las leyes antiguas, cuando , hK^AtefnaniM estaban en una rápida pen- dienlfeqoe los cnnducia á innovar; se bacian impotentes esfuerzos para crear una es|M?cie deifigtacfacia, cuando los elementos en que se apoyaba el tnmo lendian al dosbooamien« iDite la democracia en lo (pie tiene de mas anárquico y esclusivo. ¿Que debia resultar # desemejante oompliearion? La nación mas bil constituida, ¿seria capa i de resistiré pruebas tan duras?.No hay pues mí)ti\'i pa- ra estrañar el desgobierno y la anarquía que iM han afligido darmte loa tHtímea diez afkos; lo que si debenms admhfar es que las catástrofes no hayan -^id!) mavnres. I,os de-^ sastres de la revolución española no alcan- m li eott mocho d los que ofrecieran en las «ivas la Fn irla térra y la Fram-ia, y no obstante, alii no hubo iii nunon'a ni guerra de sttttsion. ¿Cual es la causa de que con uuv yores elementos en el órden poMieo, la re- Tohcion haya sido enfiT imsntros mucho MCBOS terrible? La dil'ereiuia del estado •KÍSl. Ea aquellos paises la revolución era limte por ai misma, entre nosotras necesi- taba mendiirnr el anvilio ageno; alli se de- claraba abiertamente contra d trono, aqui t9eseadaba ea» él; alH se proclamaba sin fAoaa la ruina de la Igh^in, de toda socie> d|^wligi<Wa; aqui, hasta en los tif^mpos y el remedio que con\ iene aplicarles.

Come quiera, repetimos que la situaeimi de Hspaña dista mueho (!r ser tan Ij'iste co- mo creen algunos; insisliuios en que impor- ta no entregarse al desmayo; en que se re- flexione (pu3 el daflo no nace del estado so^ cial, sino de la compticaeiondo las ctreuos^ IOS, se hablaba de reformas, se | tancias políticas, 'ím Mpécríla respeto' i* las fradícto- 1 la ninoria ha tenmnado; el derecho é fa iM'lái%m»i; urnreiiovib» bmemoriade I «oroaa Ta no es d^>ulado en el. oampo 4e Digilized by Cqpgle flauta el curso de los aoontecimientos, y ma nifíesta altamente sus temores de perrlíT sns conquistas y botin. ¿Cuál es la situación que resulta de este conjunto de circttnstan- rias? ¿Qué necesidades se han de satisfacer? ¿Qué comliinnciones f<e hnn de tnntenr para llevar á puerto seguro la nave del Estado? Ésto es lo eme vamos á examinar en lo su- cesivo, analizando por separado los elemen- tns que entran en la nueva siiuncion. mal es su respectiva fuerza, cuál el lugar y la influencia que les debe caber para (pie, su* bdrdinados á la unidad, vivan en paz y ar- monía, sin porder nada de cuanto entrañen de justo, de útil y de bello. Fíeles á nuestro propósito, trabajaremos en presentar el pen- vamienio de la inician hnrii niífi notar lo que en él hay de claro, indicando lo que por ra- zón de las circunstancias está oscuro, for- mulando y fijando con la posilde )>recision lo que anda disperso por la sociedad, revuelto con cien cosas incoherentes é inconexas, perdiendo asi el concierto y anidad que las ideas nacionales han menester para erigirse én gobierno.

1^ nueva sKoacioo que ha sido el resullado de la o<|)tds¡on de Espartero, y las frra- ves complicaciones que han sobrevenido después, natural era que llamasen séria- mente la atención de Eurooa, y que diesen lugar a quv ocupasen de nuestras cosas nsi los gobiernos como la prensa y la tri- buna.

¿Qué piensan sobre la cuestión espafiofó los irabini tes del Norte? Difícil es deternü- nario, por(|uc la diplomacia no está entre ellos scnnctida'á la disensión pública, ni se ven sus hombres de estado en ia precisión de dar esplicaciones que los lleven á reve- laciones ünprudeules. Su sistema actual pa- rece serla contmuacion del anterior: la neu- tralidad y la espectativa. No obstante, la mayoría de Isabel y la aproximación do su enlace cscilarán la'actividad de aquellos ga- binetes; porque no es posible que se man no se Íes puede ocultar.

El recooocimiento por parte del golnemo de Nápoles hadado lugar a variasconjeturas, espAicándose en diferentes sentidos la mi- sión de su rcpresenlanl.* on Madrid..\l ade- lantarse a este paso, ¿anduvo el rey de las Dos Sicílias de acuenfo con los deaus gabi- netes? ¿Decidióse al reconocimiento con la esperrur/a de alcanzar para un príncipe de su lamilla la mano de nuestra Reina? Sí así Tuese es meaeater confesar que sus oonie-^ jeros no procedieron ron mm ho tiiio; y si es verdad que la influencia francesa mediase en el negocio, tendríamos una nncva pw*- ba de lo incierto y vacihinte de la poUtica de las Tullerias. ¿Se ha examinado bastante á fondo la cuestión del casamiento? ¿Se ha esplorado la voluntad del país nara saber hasta qué punto seria bien acogido un prín- cipe napolitano? Según parc< o sr ha pen- sado muy |K)co en eso; y ciertamente que seria mengua del pueblo español que, «i un neceeio de tamaña importancia, todo se consultase, escepto sus mtereses y su vo- luntad.

¿Qué represtentaria en Espafiaun priu'- cipe napolitano? Nada, ab<ohirnnifMi(o nada: y creemos que no fallan combinaciones eo que el marido de la Reina podría repreaen- iar mucho. Si esta considera( ion es ó no de algún valor, medítenlo los bonil»res' |>ensa- dorcs. ¿Tan robusto es el poder en España que se pueda dejar á un hdo como €o8a de poca importancia lo que sea á propósito para darle el apoyo de grandes principios é i»- te re se s?

Las antiguas simpaiiat de la Francia pa- rece que se van trocando en cariñosa sulici (ufJ: si la solicitnd cariílosa se dirige a la augusta Isabel de Borbon, sea enhorabue*- na, este es un sentimiento de fimilia; pero si se reliere á la Reina de España. se in- teresa en el negocio ia nación española, nación altiva y briosa, que recibe los aga- sajos con aquella dignidad que.la cartde- riza. A ípie no petmitf que nadie se tnmc con ella el aire de protector. V iven todavía los héroes de Bailen.

Lo confcsaremoa ingénuamente: tembla- mos todas las veces que el gobierno francés muestra intención de ingerirse en nuestros asuntos: dejando aparte las intenciones de la Francia, nos asusta la escasez de conocílenga» pasivos cuando se éoerea el mooMBlo i miento de que adolece aquel paia en cuanto di^rusioiv's dt sw cámaras son cosa curiosa para ludo esp^tol. M. Jukb de Lasteyrie te tcviMlw estos úlUmos días «i dar i Ji. Gnizot lecciones de política con respecto iKspafia; y el honornltlo (lípiilado, que sc- parece creia comprender á fondo mies- msilincioii, «e espreaiba eHtérnMM m muy á proposito para convencemos de que asiera en realidad. M. Jules de Lasteyrie iosisUa mucho sobre ios fueros, preteiidteu- éoqoe cMe era el espíritu dómnante en E^Iiafin, y fo que impedía una ceiitraliza- ciüQ seniejconle á la francesa. Convenimos Mo dicho señor en que el viicaino no se parece al catalán, ni el valeiciaao ai arago- nés; pero la diferencia de tinos provincia- les Qo es prueba de que viva la causa de los Cree el seior dtpelado qw \m dis* torbios que se sqscílan en Aragón son por dí'fender lo que se halla en las obras de Blaocas y Zurita?¿Ni que los trastornos de Gatahilla ae parasoan áleade 44»40? Qaí- ú< otro día nos ocuoemos de esc provincia- lismo, que es el tema de tantas vulgarida- des cuando se quiere seúalar la causa que Mpennie i la Bspafla él eslablecinMeBlo >éB un íiobiemo; por ahora nos conten tarc- Ms con dos reflexiones que en Due&tro coq^ capto no tienen replica. Primera: ai es el espmta de los antiguos fueros lo que trac li^-íiNn-iCLTaflftcl pnis. >cr;i jiiciicvd'r ipie los itKtvtuiieulos de cada provmcia ofrezcan un cBficlerorigiBal: esto no sneede asi; cuando l<Í»;pfnaiinaiiMifintn revolucionaria, el anl« y seña vienen <lc Madrid, y se nota en todos los puntos una conformidad abso- tila. SegiinMtdniindose de' defender los iiiíiííiios fuelos, debieran figurar en primera luiea los hombres n)as adictos a las ideas y costumbres antiguas; y esto no se \erilica, antes al eontraiii^álí cabe» del movímien í ' hallan siempre los mas conocidos ¡wr ^us opiniones Innovadoras, por sii desapego a lo provincial, por su adhesión a los prin- cipios revoluciiMüita,;tales como los en- tu ndiMi fasr 4iennaMi»<Mle todos ios demás é^er»- mié sabrán de nuratca sociedad, lilNflia^ne de interior y recóndito, esos í^traníreros que tan ignorantes están de lo que se prei>cnta mas de bulto?, «Muestro IfMmo, decía M. Gamier Paftes en la se- Wl iel 19 de enero nlliino, no debe perder la ley aauai proteig^ eipccial- Las ¡ mente á los comerciantes francéaes, fmet casi lodos los fuhricunles estalfleciilos en Ca- I laluña son frúncese». » No sabemos de donde L habrá sacado el diputado francés idea tan peregrina: o no ha «rtado jamás en Cata- luña, ó no habló sino con algtmos fabrican- tes franceses, que le dirían como aquellos tres firmantes: Aos k» fabritmkl» ae Ca- fa ¡uña.

El discurso de.M. (iui/.ot es notable bajo muchos aspectos: el ministro de Negocios estrangeros, acosado en tqdas direcciones, se hn (pierido defender de una manera sa- tisfactoria y brillante, como suele decirse; y en el decurso de su peroración, ^ue nca guardaremos de llamar improvisación, se ha dejado llevar a declaraciones importantes.

£n el discurso de la corona se bal>ia di- cho que la sincera amistad entre.el rey. de. los franceses v la soberana de la Gran SreT • taña, v la cordial inteligencia establecida en- tre sus gobiernos, iulundiau lisonjeras cs- peraataa eoo raspéete al desenlace de los negocios de Kspaña y Grecia; y M. («uizol comicn/a su apología ccii ima oslenlosa re- seña de los buenos resultados de la política del gabinete francés. Herir debiera el pun- donor de todos los españoles el que los mi- nistros estrangeros emparejen la España^ con la Grecia á manera de naciones de lu mismo órden. ¡ La monanpiia de Felipe II y la mo- nar(}nía del rey (Uhonl...Sond)ras del Es- corial, dormid en pa/; no levantéis vuestras cabezas; no wem toéstros ojos lo que ee ha hecho de vuestra monarquía...!

Pinta M. tlnizot el cand>io <ali>^fii(ior¡o que se bu \erilicado en l^spaíia; hi mejora es cierta, pero ¿le debemos nada por eso á la política de las Tullerias? Si M. tiui/ol ha tpierido indicarh», nosotros lo ncgauíos re- , 1 sueltamente, >in vacilar: ahí están los he- - I chos que abonan nuestro jnicio. Cite el mi- nistro un solo hecho (pie ajmye el siivo: no lobaru, ponpie no existe; v guajtlt^se de apelar á los hechos porque.eiHV, atestiguan la timidez y la esterilidad ie í« poutioa francesa.

«liemos aceptado, dicc^la posición e iu- Qoencia qne se nos devoWian.» ¿Quién os ha otorgado esa influencia? Si á tanto hnbies»' prestado el iniiii>lrrio, saluid (¿m* esíi política no se la insoiia la iiacioii., Llegamos á una dedwracion impor^ilue, de (pie tomamos acta, v que dudamos niu- Dlgitized by Google «llpinos dklio al jíoliiorno in^lést^ /« incha cnhr los dos países ha atusado In destjraria (le Kspaiia, y esta hustilidiid <*s larnhicn fii- npsla á (los naciones if;ii:ilnu>n((* fuertes. Nuestro primer |)ensnniieiilo ha sido ver (luc era |>osil)le que eesasc esa fiinesla rivalidad i en la península, apelando al juicio y honra- dez imlitiea del ^'aliineic inglés.» ¡.Qué res- pondería la Francia cuando la échenlos en cara el haher causado nuestras dcsfrracias, ' puesto ípie su iniuistro de Negocios eslran- peros lo confiesa sin rodeos ú la faz del! mundo? Dudamos que Peel ratilitpie la c^in- i fesion, aceptando la frrave res|H>nsahilidad que le echa encima M. (luizot. Si este se, hubiese limitado á decir míe no era conve- niente el desacuerdo de los dos gabinetes, que con él salian perjudicados sus intereses ^ propios, se hubiera mantenido en los lí- I mites debidos; pero reconocer con tanta llaneza (pie las desavenencias entre Francia e Iniílaterra babian causado la des/iracia de Kspaña, es declaración (pie nadie se debia prometer de un hombre de estado. Ilav co- sas que, por evidentes que sean, no deben confesarse con tanta ingenuidad. Ademas, que si bien es venlad que esa desavenencia nos ha dañado, no creemos que de ella di- manen muchos de nuestros males: la naciim estaba enferma, y los médicos (pie sin ser llamados se entrometían en la curación,! agravaban el daño con su imprudencia ó su malicia.

filemos apelado, dice M. (¡uizot, á Ja ' benevolencia v honradez política del minis- terio ingles: beinos jiregiintado si la lucha permanente de los partidos en Kspana no era efecto de la rutina, del hábito y de las ' preocupaciones; y en L()ndres como en Pa- rís se ha convenido que los partidos no tie- nen en España mas interés (pie el de que i se afiancen el (irden, la paz y la monarquía ' constitucional.» Ks decir, (jiic asi el niinis- ' terio ingh's como el francés no han coin- S rendido hasta ahora cual era la política que ebian observar con respecto á España; no han conijiieiidido hasta fines del añude f 8*3, después de largas rivalidades, (pie su interés era el mismo, y esto lo sabemos oficialmente ' nada menos que de boca del ministro de Negocios estrangeros, en el momento solem- ne de esponer á las Cámaras la política del gabinete. A pesar de semejante declaración, todavia nos queda alguna duda de (pie sea (an cordial la buena inteligencia ci>tre lo>' dos gobiernos; todavia creemos que tiene la Inglaterra en España intereses opuestos á los de la Francia: y en las palabra.s de M. (iiiizot encontramos una buena parte de cumplimientos diploniátic(3S, pues no pode- mos persuadirnos (pie a tanto llegue su can- didez, (lue deposite entera cuiiliauza en la cordialidad de la polliiea inglesa (t).