hereditario. La Constitución de Bav ona exi- gía 20,000 |)esos fuertes, no obstante el ser electiva la dignidad de Grande de Cortes. Verdad es que desde aquella época han menguado las rentas. pero esto á lo mas signiiica qne el numero de irrnndes tjuc reuniesen dicha circunslancia sería menor, perp no que sea menos necesario sostener su rango con el esplendor correspondiente, ni (juc sean suficientes 200,000 reales para lograr este objeto. La Consétarion de 4837 exige para los senadores 40 años de tátA;' en esto es mas juiciosa que el Estatuto, por- que es preciso tener presente que la riqueza prócer se presentará al Estamento abatido y numillado. cubierto de lodo como hombre a quien se ha sacado á duras penas de un ter- reno pantanoso en que se hundiera basta la boca.
Preciso es confesar que hay en esta parte una indisculpable imprevisión, si es (|uc no i hubo una-escesiva previsión. Ambos eslre-! mos son sensibles Aos espücarcmos. Sabido es que en i 834 la complicación de las cues- ' tiones política y dinástica traia los ánimos muy divididos é inquietos; añadiéndose á esto el aspecto alarmante que comenzaban á presentar los negocios religiosos, era na- tural que se temiese, ú no encontrar el nn- niíTi) suficiente de Obispos que se prestasen á entrar en el Eslamculo de Prócere^, ó no hallarlos bastante flexibles para obtener un Toto fiivorable en loa trascendentales proveo- ■ tos que en diversos sentido^; si' meaitaftan. Tal vez la previsión de este obstáculo indujo i rnlrodocir en el articulo 4* una modifica- isi(Mi tan notable del 3." Si fue asi, tendría- mos un nuevo motivo de deplorar el planteo de leyes sobre punios muy importantes: en circunstanéias escepcionales y apremiadoras, dificilmcnte so sobrepone el legislador ala in- fluencia de eUas, y suele sacrificar al interés ser ie;j:isia(lor. smo » nmo un \ú///o que hacft presumir buena educación, inslniccion re- gular, indei)endencia y sosiego cu el juicio. Por lo cual, aunque se tome por base la ri- queza, es indispensable no olvidar otr i^^ í mi diciones, cuando estas son por lo común indispensables para lograr el objeto que se desea.
Lo propio que de los grandes puede de- cirse oe los títulos de Castilla, á quienes solo se exigen 25 anos y 80,000 reales de renta: bien que en cuanto á estos media la circunstancia de ser electivos, y por lo mis- mo no es ¡»robable que el rey los eleve á tan alta dignidad hásia qne se hayan selfa» lado muy ventajosamente en sus respectivas carreras, ó inspiren por su edad gran con- fianza de que poseen juicio y madurez. Sin embargo; ya que j^ra ser procuradtfr de reino se evÍL'nn "ío riño*; eunijiüiifK, pa- rece que no ávlm ser lueuor la edad de los proceres, pues (jue hasta con respecto á los electivos es conveniente que las facultades de la corona tengan un límite aconsejado por la prudencia. La Constitución de 1837, tan lata y democrática, no reparó en prescribir alñ< puebloselde V) años; porque esev^den- te que esta disposición no puede producir ningDD mal, pero si iaipcdirtos muy graves. £1 iw^Dveniente que podría resultar seria ct un joven muy altas v precoces cua- lidades no entrase en el tístamenfn; pero casos semejantes sun siempre muy raros, y ademas, no es entre jos práceres 'donde de- be prestar mas servicios uu hombre de estas dotes. Abundan los elevados puestos eo que puede servir ai £stado; sus linces, si tan estraordünarías fuesen, llegarían también hasta los próccn s nnn cuando nn ftiora uno de ellos: y señalándose por firmeza de ca- rácter, elevación de miras e índole activa y eaiprendedora, tal vez sería malograrle las- timosamente, el enterrarle en el ilustre panteón.
El ser vitalicia la dignidad de procer es UD elemento de estabilidad que no debe desecharse en la foriuarlon de la alta cáma- ra; sin embargo, con las bases asentadas en el Estatuto, semejante disposición podia acarrear niuchos iiuoiiM-nicnlcs. Sej^un el párrafo i° del articulo 3." debían formar parte del Estauieato de Proceres un número mdeterminado de espefioles, elevados en dignidad é ilustres por sus servicios en tas varias carreras; y que sean ó hayan sido se- cretarios del despacho, procuradores del reino, consejeros de Estado, embajadores ó ministros picnipntpnciarios,;r<MHM :il<'S :il<'S mar u de tierra, o miiiislros de los liiUuaaleb SQpremos; y fácilniente se echa de ver ({ue estas categorías abrazan muchísimos ¡iidiví- dúos, mayormente en los titíinpns prospnles ea que se han prod¡¿;ado de tal modo los grados y empleos. Por manera que un mi- nisterio (jiie hubiese hecho (nn mala iiilcn- ciun lo que suele llamarse una iiormidn de proceres, (wdia comprometer el porvenir del país, pu< > ({iif con la cualidad de pitalidos nos proveía del ilustre género para medio El efecto natural del párrafo precedente era llenar de empleados el Estamento de Proceres. y es!o es faldear por sii basa la re- presentación. Lamenoais ha dicho, que el ffobíemo representativo era larepeeaentacion de un iíobimio; y cit- l lámenle que tal como está uioiil.vdo eu Francia, \ se va montando eatre nosotros, vendría al lin a reducirse á una lucha parlamentaria de empicados, der- ribándose allernalivainonte unos á otros, ha- ciendo pagar al pueblo, de quien se apelli- dan representantes, los gastoa de la fnnctop y pÍBgtto stt^Uoi píua Um actores. Sí él gO"- bierno representativo no ha de ser otra cos^ que los gobernantes constituidos en reprc- ^i>l]tacíon nacional, entonces no se los d<'|)<<|, llamar con este noinl)re: difrase que el fío- biemo, necesitando engañar a los pueblos» toña la máscara de representante de ellos, y en nombre de los mismos da con una ma- ño las coQtribttcioiBS que él propio recibe con la otra.
Si bten se oliserva, de la irrupción de los empleados en los cucrjws Ihiniafius represr ii - talrvos se descubre, la causa cu la eslrcma movilidad y latitud que se ha dado á esas formas de* gobierno, pues que siendo tan prei)Onderante el influjo de la> asambleas, sn ha conocido (|ue no era posible gobernar, a 00 ser que estas se compusieran en gran parte de los misnms dependientes del gobíei^ no. Con formas mucho menos latas, en que no fuera taú decisiva la iulluencia de los cuerpos representativos, no serta tan peli- firoso eliminar á todos ó casi todos los em- pleados; V los pueblos re[K)rlarian m.is ven- tajas positivas, mayonnenle en lo itiativo a la economía de los presupuestos.
Los revolucionarios de todos los ])a¡ses suelen declamar contra la admisión de los empleados en los cuerpos colegisladores^ tomando esto como uu medio de ensanchar tos líniiles de la libertad política y enflaque- ccr el poder ejecutivo, ha nuestro concepta las cosas son al revés de lo <rae ellos las pre- sentan: solo se podrá establecer que no se admitan empleados cuando el poder central sea muy fuerte, y las asambleas no tengan influencia predcMninante; de lo contrario un» inevitable necesidad ronducirá á falsear el sistema, y la latitud de las formas se com- pensará con el auxilio de los dependientes del gobierno. Las naciones mal constituidas son como las personas de salud enfermiza 6- delicada; han menester andar siempre con mucho cuidado, obaervar un régimen muy severo, no permitirse ningún esceso, y bas> ta guardarse de ejercicios ó trabajos á que los robustos se entregan sin correr peligro alguno, antes disfrutando gran placer y acrerentando sus fuerzas. En el antifruo ré- gimen era mucha la laxitud de nuestra ad- ministración; esto era un mal. pero indica- ba un irran bien, á saber, lo fuertemente aue la nación se hallaba constituida sobro br eligion y la monarquía. 'Por los párrafos 5." y 6.* del mismo artí- 'Culo 3.* debe taaifaieii compooene el BsU- Digltized by Google mentó de PrtKMTcs de los [impíetarios terri- I gjf fl¡m JJJ ^ OOlSBWOftM tonales ó dtXM'ios f|p f;ihricas, numuCacturas ' * ó t'stabk'finiicntos niercanlilcs, que aunan á sn mérilD p6n»onal y á sus-dpcnnstancias nMín.intós. el jinsi-er" una rontn nnii;i1 de. sesenta nnl rs., y el haber sido anterionncn- ta procuradores del reino; y ademas, de los ijue en la enseñanza piibliea, ó niltivando las cif'nrias ó las letras, hayan adquirido gran renombre y celebridad, con tal que dis- fhiten ufiá renta anual de sesenta mil rs., ya provenfia de bienes propios, ya de sncido cobrado del Y.Timn. Mérilo personal y cir- cniistancias relevan íes, son palabras de sig- nifieadon tan elástica que bíea se podrian nndeje en c\ m;ireo coiiki una esperie de rauo. Noqtieda, pues, en limpio otra ¿;ü¡an- tia que ta de ios sesenta mil rs., Jo que cier- tamente rs drninsindo poro pnra tan alta dignidad. Añádase a esto que en la renta ailuál no sabemos si se pudieran contar los .sueldos. pues en la ley no se espresa « y re- sultara la prenda tan esca«?» que no merecía Qu párrafo aparte. La limitación de haber sido procnraaor del reino sip:niiica también mny píjco, mayormente ruándose iba intro- duciendo la costumbre de nn andar con mu- cho escrúpulo en el examen de las actas. Nadie ha olvidado que el Sr. ArgOcllrs con- fesó on <'! llii^■Illí) Eslanientode ¡>rnriirndorrs que linliia entrado por IramiKi. Tocante a lo del gran renombre y celebridad en el cultivo de tas ciencias ó letras. vale á corta diferen- cia lo nnsmo qne h del níérito persftn.i! y circunstancias relevantes. £1 gran renombre cuando en realidad es ^ande, es mas evf«- denle qtio la luz del día, y á él se puede aplicar nnweUo de Napoleón: el «n! para ser sol no necesita del reconocimiento de nadie; peroeuando la palabra no se toma con tanto ripor. entran en la heneniéritn cl;i>e de los íirandemente renombrados modesUsimas me- dianías, que para nada hacen falta en el alto cuerpo, pues que en ellas no tiene liiirar la enérgica ospresion de Mirabeau: «El silen- cio de Sicyes es una calamidad pública.»
A^IICLLO VI.
En la rápida ojeada que dimos sobre el Estamento de IVóceres, tal conin In habla formado el Estatuio, indicamos varios dc- íbclos de que en nuestro concepto adolecía' ' en esta parte aiiuella ley, y procuramos combatir la opinión de lo? qne juzírasen con- veniente sn restablecimiento, fundándonos á mas dé las razones génerales en otras ahorrar, tí ni) ser (jiu> por buen gustó se las | particulares, (iiir Iiíu ian MMisiblcs los daños que nos pudieran traer. Fieles al sistema tjue en nuestros artículos hemos seguido, de manifestar la opinión propia después de comlíafiiln la n^rnn, esjnmdremns nuestras ideas sobre el modo con (|uc se podría cons- tituir en Espafia un alto cueipo, que cou este ó aquel nombre llenase el objeto i que se le destina.
Cuando en las constituciones modernas se ha querido establecer la cámara alta* se ha recordado el ejemplo de la de Inglaterra, pero la práctica no hn cnrresprindido á In teoría. En aquella nación la támara de los lores tiene una influencia poderosa y prcdo- niinaiitr; y en las iinitncinni-s. el aflo cuer- po no ha sido mas que un consejo nmy nu- meroso. En las leyes fundamentales están escritos sus derechos iguales á los del oucrpo popular: mas en realidad su voto es de esc4isa importancia comparado cou el de csle. Se ha querido crear un cuerpo legis- lativo, y no ha resultado mas que consul- tivo; se intentaba formar un poder, y se ha establecido un consejo.
I^a razón de tamaña anomidia está en que so ha ])rolenil¡do a|)licar á esta materia el erróneo principio, mejor diremos la vana presunción que tantos males está producien- do desde lincs del pasado siglo: la omnipo- tencia de la voluntad del hombre. No se ha refle3Üottado que nuestra voluntad no tiene ñierza creadora, que no nos basta decir qne queremos formar una institución fi:< [!t> y* rodeada de prestigio, si en la sociedad no hay los elementos de donde sacar esc pres- tigio y esa fuerza; Abora én -In^aterra, y antiguament(> on casi todas las naciones dé Europa, se han visto altos cuerpos, uno o uiiib, con poderosa iofluenda en el gubier-^ no. y prestando grairie^ servicios á!a carisn ' )ul)líca. «Formémosle tanihicn nosotros,] tan tiicho los aticinnados a lubricar consli- tiiciooes, y nuestra cániara hará el mismo efecto que la de los fnn-s la firnii Hrola- íM, V que los eslados u brazos de nobles y ecleSásticosde los diados anteriores:» El abatimiento en (|iie vive la nveva ins- titución cslá hurlando h'* eeyiemnrn^: lláadasc la razón de ellu, en que a^i en in-> Aterra como en ta antigua Euro|>a los altos ' cuerpos son la espresion de clases suma- mente pndcmsas en si mismas, independien- temente de toda organización política. Por aiSDera que al verlas formando ana céma- ra ó un Ijraro. no f!rl)tMiio«; considerar la institución política sino como una especie de rcgniarizacion de lo que ya existe, no una creación del simple pensaMiít iito del hombre. Ademas, es pn'n>fi:ii!vt>rlir que aun esa niisnia regularizaciun lia sido obra de la lenta acción del tiempo, v (pie ningún hombre puede ¡íloriarsc de haÍHTscla dado. | Estas verdades siMinn i^MíIido de \ista en la lbriuaci(ni de las constituciones njo- demas, por m\o motiTo estamos presen* ciando la nulid.ul á que están reducidos los altos cuerpos. ¿Qué sip;niiica en Fnincia la cámara de los pares, á pesar de todos los artículos de la Carta? ¿Qaereis saberlo? Suponed que se halla en ojHJsicion con la de los diputados en un punto de alguna im- Mrtancia; aauclla sucumbe y esta tríonra. Se podrá apelar i la disotacion, cierto; pero si la nueva elección es en el mismo sentido uue la anterior, la cámara de los pares leñ- aré qoe someterse y disfrazar del mejor mo- do ¡wsibleln Iiiniiiliantc retirada. Y esto, ¿porqué? Porque la camra alta representa uaa especie de privilegio, y en Francia no le hay; porque h cámara alta debe con- tener en STi seno clases distiiimiidas, y en Francia el nivel ha pasado sobre todas las cabezas; norqUe sí encierra respetables in- dividuos (le la clase media, de estos se ba- ilan muchos en la enmara popular; ponpie &i aquella cuenta nolabilidaaespor su saber ó riqueza, riqueza y saber cuenta también la otra; y enlin, porcjue los mismos elementos \w darian fuerza a la cámara f lectiva snn sn- mauicnle débiles en la vitalicia, a causa de que th el oriiren de la una se ve la sorobta del privilegio y la voluntad del soberano, y en la otra se ve el símbolo de la isnialdnrl y de fa ioi>eraoia popular r que Un hondamente se lian grabado ett ét húiíwftt' ét h'socñdAd' írancesa.
La Kspafia se halla ciertamente en un es* tade muy diferente; pero no deja- también de ofrecer gravf«;ima« dificnltadcs para qnc en este sentido sea dable establecer al^'o que pueda echar raices en nuestro suelo v pro- ducir buen fruto. Entre nosotros no liaT el espíritu democrático francés. que encierra ' algo de la irreligiosidad de Voltaire, déla fi^a arrogancia de Rousseau y de la inde-' pendencia individual ilimitada, bija del des- arroMí> de la industria v comercio; pero en cambio tenemos esos hábitos de igualdad, que ^sea dicho con perdón de ios que se " horrorizan de nuestro anfiiruo despotismo) se anduvieron formando durante los tres úl- timos sifílos, desde que reducida la aristo-' cracia á los salones de la córte se vió nive- lada con las demás clases, y oMiirrí'l'i no pecas veces ¿prestar borne nagc á ministros \ privados salidos de humilde ama. Bl único gtnten, por decirlo a.si, que mantenía unida y conqiacta esta -^nciednd. era el principio re- iígiosu, pues que la misma monarauia hu- biera perdido sií fuerza cuando le nubiesé faltado el an\ilio de la rcüpinn. Por lo de- mas, ttslá di'sciiYiiello entre nosotros el espíritu de ¡¿iualdad de una manera estraor-* diñaría; espíritu que se manitiesta en toda^ las relaciones sociales, y quellepa á cansar estrañeza á bs que nos visitan por primera ve2 viniendo' de países aristomitícos. Es preciso no olvidar esta observación: de la (pie resulta que si se llejra á debilitar mncho la religión en España, no habrá nación mas ^ difícil de gobernar.
Como (juiera, examinemos hasla (pié punto será dable formar un alto cuei|)o, de suerte que sea algo mas que un nond)re es- crito, ó una reunión que tenga todoS los' iiK finvenientes de una cámara y de un con- sejo. y no ofrezca ninguna de las ventajas de a»p¡clla ni de este.
A la primera ojeada se echa de ver que • linn de entrar en In cámara alta los Arzobis-^ pus V (ibispos..\si se ha reconocido en In- glaterra, a!ii se halla esiableeido en las'an- liguas Cortes, bien que formando en estas un cneq)o sejjarndo, Vai todos los países donde las Cunslilut iones no han nacido de una revolución súbita y preñada de elemen- tos disolventes. la reli.i:ion representada por sus ministros, ejerce una poaerosa iolluen- cia; y en Francia, donde esto no BeV€tilÍ-' Dlgitized by Gooale ca, 6^ lamenlaa Ue laioaña falla los hombres de estado. Véase lo que decía Mr. (iuizol en la sesku de Ja cámara de los pares de?! tic mayo. «Yo no soy de aquellos que quisieran reuucir y disniiouir la influencia social del clero; él debe ocupar en Ja «ocie» dad el puesto que le corresponde, y lejos de negarle una parle le^tima de innucncia estoy profundamente convencido de (jue si ea el CoQsejo real hubiese un eclesiaslíco, y en esta cátnara un banco de Obispos, la mayor parle áv los embarazos con que ahora nos encoiUrainü^ no existirían. Establecié- rase entonces una saludable alianza entre la inJluencia religiosa y la íufluencía política; una fu$ion, una avenencia do que se apro- vecharían igualmente la Iglesia y el Estado. Porque no creo yo que el Estado salga ga- nancioso aislándose del clero; y t»n mi con- cepto, todo lo pudiera hacer cesar este aidamiealo sería condúceme al bien públi- co y al i>roí;rpso de la educación moral y religiosa. Pito, señores, hay en ciertas épo- cas necesidades que es preciso reconocer y sufrir, aun sin resignarse á ellas; hay cir- cunstanrias h ijo niyo yugo es menester in- clinarse por de pronto, trabajando empero OOQ ardor para corregir en lo venidero ios errores que actualmente sufrimos.»
Esto dice un protestante, y con respecto á una nación como la i*rancia, donde ia re- ligión ba recibido heridas tan anchas y pro- fundas; ¿(jué será, pues, sí hablamos de España, (i(»n(le el catolicismo se conserva arraigado en el corazuii de los pueiilos; don- de el pestilente aliento de las doctrinas irre- ligiosas solo ba llegado á iiilicionar á un círculo muy reducido; donde los prelados son objeto de la mayor veneración, donde la noticia del alzamienU) del destierro de los Obispos produjo \m alborozo universal; don- de ios ilustres proscritos al regresar á sus sillas son obsequiados y vitoreados con un entusiasmo de que sin verlo no es posible formarse idea? La ncecsiílafl. pues, de un banco de Obispos un la cámara alta es en España de una necesidad indisputable: si en este cuerpo se ha de reunir lo mas respeta- ble é inílnyenic del país, seria una ceguera inesplíeable el no dar cabida á los Obispos.
La dificultad está en lograr que una ins- titución tan provechosa no se falsee, llegan- do d banco de los Obispos á ser un caput wwUatm, como se ha dicho,del de loglala sociedad ¡ostitucioiieg cscelenles; lo que falta es su desarrollo genuino; porque la flaqueza y la maldad del hombre abusan de lo mejor, inulili/an las cosas mas fecundas y convierten en nocivas las mas provecho- sas. El problema con respeeio al objeto que nos ocupa es: cómo se puede fograr que el banco de los Obispos no sea un nombre va • no, y que siendo provechoso bajo muchos aspectos á la iglesia y al Estado, no dále cQ ningún sentido ni al Estado ni á la Iglesia En el numeru anterior dijimos lo sulicieute pra evidenciar lo perjudicial ifiie podia ser la admisión df electos, y por fo mismo nos abstendremos de insistir a(|ui sobre la necesidad de que los Obispos ({ue asistan á las C<)rtes sean veidaderas Otnspos, es de- cir, confirmados y cnnsai;rados.
En este supuesto, queda la duda de cuán- tos han de acudir y quién los ba de desig- nar. Según el Estatuto real, el nombramien- to de los Obispos proceres quedaba á volun- tad del rey, asi en cuanto a la elección de los individuos como á su líúmero. Obraba en esto la mira de ascgurT-:i1 trono una in- Huencia sobre el Estamculu, pues en éi podia introducir á las pei-sonas ^ue fnescft de su agrado.. Ademas, se aplicaba álos Oliispos!a misma regla que á las otríis cla- ses, de ia.s cuales podia el rey escoger los individuos que 1c pareciesen mas á propó- sito para que la máquina de los poderes pú- blicos ejerciese sus funciones de una nume- ra provechosa.
A primera vista no so cree ría que hubiese mucho que oponer á este modo de mirarlos objetos; y antes parece que se procura coo- j. ciliar el respeto debido á la clase con el li~ I hre y desembarazado ejercicio de las prc- rogativas de la corona. Siendo el alto cuerpo una institución moderadora, conviniendo so- bremanera que el monarca pueda prevenir los choques, buscaiido elementos armóni- cos, ¿qué inconveniente hay en que se deje a la discreción del rey la elección de ios Obispos V el númeio de los que han de con- currir? Muchos y muy graves.. Vamos á probarlo.
En primer lu^ar, con semejante sistema se introducen pnvilegios y distinciones en favor de personas de una misma clase, lo aue siempre es un mal, |K>fque manifestaa- o predfleccion por parte del qu«.elis«ipuede Digltized by Google favorecidos; v acarreando á los agraci adM I lH>nor II otras ventajas, seria posible que hubiese rivalidad entre los candidatos. Cuan- do una clase es muy numerosa, por ejemplo la de los nobles, <'ntonces no se siente tanto la ditérencia; pero ¿como dejará de hacerse muy notable no siendo el numero de los ele- gibitw mas que treinta 6 cuarenta? I'or el fnismo Estatuto son proceres natos todos los standes que reúnen las condiciones que alli se prescriben. que son únicamente las que se han considerado necesarias para ase- gurar la independencia y dignidad del ran- go: si siendo pocos los urandes que reúnen laseondiciones espresadas, se hubiese dejado • la vtiluntad del rey el elegir de entre ellos an Dúmero deiermiñado, los no agraciados imbieran crrido (|ue sutrian una especie de (tesaire. Pan-renos que en «'I caso presente iiiihla lu iiiÍMna ra/on, pues (|uc á lodo Obis- po por el solo hecho de serlo, se ha de su- ¡«ncrque reúne las circunstancias precisas para ocupar un puesto en la cámara alta.
Dejando la elección al rey sin sujeción á I regla, probablemente sucedería que ¡ ^ i/iiispos nombrados luesen los amigos pi'rsoüales de este o aquel ministro, loscjue luvioran muchas relaciones en la corle, los atkioQados á vivir en ella, y <juc por lo mismo pusiesen en movimiento los conve- nientes resortes para alcanzar la gracia de- i^'ada. De esta suerte resultaría que unas ciianlas iglesias quedarían privadas por lar- años de sus pastores, y estos corritTan Ul vez el peligro de aflojar un tanto en aifuel elevado teiiiple, (]ue si bien se hermana ad- mirablemente con la circunspetcion y la prudencia, es uno di* los caracteres en que ínas del>en sobresalir los que sirven de mu- ro al pueblo de Israel.
Direaios Irancamenle nuestra opinión: diez ó doce Obispos nombrados pniceres vi- lalícios, y por consiguiente no relevables, nos parecen mal; pon|ue vemos diez 6 doce ijiieiias condenadas á no ver nunca 6 muy wiavcz á su prelado; porque vemos el ani- biente malcHco de los salones de la corle obrando de continuo sobre personajes que, ¡"ít su elevada dignidad, no dejan de estar CiipoestQS á. las miserias humanas; porque Vemos que el gobierno |)odria muy bien sa- crificar la causa de la Iglesia y del Estado á sus designios |>arliculares, nombrando, no i kw mas sabios y virtuosos sino á los mas flexibles.
Hasta por lo tocante á la independencia de la Iglesia no dejaría semejante sistema de acarrearalgunosinconvenientes. El banco de los Obispos, formado de hombres (|ue obtu- viesen su puesto de una manera inadmisible, produciría naturalmente el «pie pocos Obis- pos, siempre los mismos, adcjuiriesen mu- cha influencia en los negocios eclesiáslicos; y es menester no olvidar que esos Obispos estarían en circunstancias muy diferentes de las del resto de sus hermanos. La historia, maestra de la verdad, deposito de lo pasado y presagiadora dal porvenir, nos enseña que en circunstancias críticas para la Igle- sia, algunos Obispos débiles ó malos, han causado grandes desgracias, y contribuido a sumir á los pueblos en los horrores del cisma. También se ha vislo otras veces, que no llegándose á una abierta ruptura de la unidad de la Iglesia, ciertos Obis[)os han to- lerado, ó consentido, ó fomentado, nue la potestad temporal eslendicse sus racultadcs mas alia de lo justo; que entrase en el mis- mo sanluarío; que alli dominase como seño- ra: embelesados con los encantos de la cor- le, nadando en la opulencia, abrumados de distinciones, se adormecían al hechicero lenguaje de la lisonja, v no advertían que entretanto la jwtcslad civil les arrebataba el cayado y demás augustas Insignias de su cargo pastoral.
En un hombre acostumbrado á la muelle vida de la corle, apegado ya á los honores y consideraciones, envuelto en una red de relaciones alias v lisonjeras, hallan muchos mas flancos débiles el engaño y la seducción (pie en quien vive entre las sombras del san- tuario, dirígíendo con frecuencia palabras graves y severas á los Heles, snjelo á un te- nor de vida que le esl.i recordando de con- tinuo la altura de su misión y la estrechez de sus deberes.. Esto contríbíiyc á formar aquel carácler austero para sí mismo. suave para los demás, pero del todo ¡nflexíble cuando está de por medio la causa de la Ue- ligion, y se llega al caso de optar entre la obediencia á Dios y la obediencia á los hom- bres. ¡Puede lanío una insinuación vana y lisonjera de un alto funcionario con quien.se > tienen intimas relaciones, de quien se reci- ben lodos los días finísimos obsequios!...".' ¡ Puede tanto una proposición (pie lleva por delante largo preámbulo de lisonja, en (jue se ensalza la prudencia, la ihuslrada piedad del personaje á quien se tantea, en que se Google ttdMH ciiAltM la voluntad. dfi wm altas rogioncs, y lo complacencia con (jiie seria nii- ndo lodo io ({uo contribuyese a allannr dili- q^iUides; en que ul propio tíenipu (|uc se pralesta la mas pcofundk veneración á los ránonos de la Ijílcsia, se hacen resaltar las pr<^rogativais de la corona, que eu un caso estremo, los goberaanles sabrían defender con divinidad; es tanto el embarazo y con- flicto de quiiMi tal ve/, tiene pendiente una pretensión de ascenso propio, o de un pa- riente ó aini^o, quien lat vez acaba do re- cibir del alto fMn¡)leado iiDB solicitud despa- chada favoral)leuienlc, y que mira en sus manos el papel. Tragante testimonio del viu- | calo de gratitud que le somete al míame á quien deüiera dar la nef?ativa!...£1 cuerpo del Episcopado apoyado en la cátedra de Pedro es la verdadera garantía de la independencia de la Iglesia: y los gobier- nos i\iv' ]){)v satisfacer un capricho, una pa- sión ó un interés pasajero, buscan auxiliares en este ó aquel prelimo á quien hayan logra- do alucinar ó corromper, creen haber obteni- do un triunfo que robustece su fuerza y es- tíende el Umite de sus facultades, cuando en realidad solo alcanzan debilitar la inlluencia de la Religión sobre el ánimo de los pueblos y suscitarse embarazos. Quizas se llevan las cosas á puntos estreñios, de loa cuales no es