SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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Pero se nos dirá: en compensación de iMtas ventajas, ¿no hay también ííravísimos mronvcnienlf's ¿Podéis olvidar lo (|iie ha sncedi<jo, \ no llevar en cuenta lo (|ue pu- diera suceder? ¿(Ireeis que esos proyector tan f.v la independencia nacional, a la \n< >..u. < ontra las disensiones intes- tinas, no trai gan en sn seno nuevos elemen- IM de discordia, (|uc la enciendan y aviven en lucrar de ai)airarla? ¿No es temible que el matrimonio de la Keinn con el hijo de Don CmilR, produjese una reacción violenta? fUlUnios qne no, y que hay medio de evi- liHá y de hacerla poco menos que imposi- ble. En <(ué se lunda nuestra opinifin vena- les sean esos medios lo cspliciii i iiK*^ en el articnlo sisiiienlc.

1 Aiitu ilü 6 " No (Iikíébos que todos los hombres de s<ina razón y buen juicio habrán mirado co- mo no despreciables las consideraciones que en los articulüs anteriores hemos prcs«'n la- do', y los que á pesar dccllns no se h;i\;iii eonvencido de la convt'nieniia de dicho ( ii- lacjc, estarán detenidos seju:uramente jK)r una diiicultad, en cuyo evamen vamos a entrar con toda fraiujuc/a.

Parecenos oir a estos hombres baldar de la muñera siiruientc: «No ne^'aniosquelas ra/o- ale-.i(l.is en favor del enlace de la Reina lel bi|o(jtíD. Carlos sean de mucho peso: dtjamu» de ver que si fuese posible realizarle sin i*ierl4>s inconvenientes, la posición de España sena mas fuerte en lo esterior. la lran(|uilidad estaría mas cimentada en lo iit> lerior; que el porvenir sena mas se;?uro, y estaría mas i cid)ierto de eventualidades funestas; que apovado cl írobieno en la in- mensa niayoria de la nación, asentado S(d)n' una Iwsa tan firme como ancluímsa, se rom- per ia esa cadena de insurrecciones milii de asonadas, de pronunciamientos, de r.im lMt»^ (le política, de destituciones en masa, de persecuciones y venganzas que de alpi- nos años acá trastornan el pais y «escandali- zan a la Europa; do si^' nos oculta que es una ventaja inmensa el borrar esa linea di^ visoria que impide la formación de una ver- dadera nacionalidad, y el no tener qne en- cargar a la lentísima acción del tiempo el eslirpar el germen de discordia qne de otra suerte corroerá las entrañas de la nación, por espacio de medio siglo; tand)ien desea- ríamos concurrir ul grande espectácnlo de un pueblo que, desames de bal>er pelendo con guerra a muerte dividido en encarniza- dos bandos, se nbra/.a alrededor del trono en que se recoiK-ilia la Real familia; pero ¿es posible bncer esto sin gravísimos incon- venientes? ¿Es posible vcrilicar el enlace sin <|iie resulte uno reacción? ) He aquí la diiicultad mas grave, mejor diremos, la única; resolvedla, y el |irob!ema esta resuello. •* Estamos seguros de haber prescnt.ido con iidelísiina e\aclitud las ideas y sentimientos de machos hombres comprometidos por el trono de Isabel li: nosotros convenimos con ellos en que esta es la mas grave, o mejor diremos la Unica diiicultad: en esto les da- mos una prueba de que procedemos de bue- na fe; y quisiéramos que se ion venciesen ttrofuudameQle de esta verdad tí»dos los cár- ¡stas, si algunos hay que no estén conven- cidos de ella, pani que en ella tuviesen siempre lija su vista. y en consecuencia de ella arreglaran su conducta.

Si nosotros hubidsemos querido dcslum- brar: si nos hubiésemos propuesto tratar es- ta cuestión solo atendiendo al inlen*s de un partido, y no al interés nacional; si hubie- ra sido nuestro ánimo seducir en vez de<coíih vencer, hubiéramos procurado dísimiiMr esta diiicultad, ó {Misado sobre ella muy m)- iiK iMiiicitle, ohalinainos dirlio qne \mhí\h venir el hijo de D. Carlos cual otro prim-ipc ('ual(|uiera, v abstenerse de influir en Ms iiL-gocios pul)licos; que fie ebta manera se asegural)a el nim oo bubiesa rfacvioo, y otras vulfí«iridaues |M>r eslcloiiur; pero uos- olros hemos (|ueridi) ser traucos; no beuos ueriilo amaiios indignos; donde hav una idcuKad, beuios confesado une ia liabia. Reconocemos con nuestros adversarios (¡ue 5»¡ viniese el bijo de 1). Ciarlos tendria una influencia nuiy positiva en el gobierno; y do .solo lo reconocemos, sino que llevamos ya manifestada la conveniencia, la necesidad de que fuera asi. pura robustecer el trono y amparar la debilidad de la augusta Huérfa- na, ijue en edad tan tenjprana empuña en sus deliradas nuinos las riendas de tan vasta y trabajada monan|uía. Cuando entramos pues á examinar si es posible evitar la te- mida reacción lo hacemos admitiendo la dis- cusión en el mismo terreno en (pie la han colocado los adversarios: esto es. supo- niendo í\{io aipiel princ¡[)c tuviese una ver- dadera influencia en los negocios del gobier- no. No podemos ser mas esplicitos. <y. Para mayor claridad comenzaremos por lijar el.-ientido de la palabra reacción; lo que es tanto mas necesario, cuanto que esta es una de a<piellas palabras que empleadas uuas veces con indiscreción, otras con ma- licia y casi siempre con poca exactitud, ofrecen al espíritu una idea vaga de desjK)- jos,de persecuciones, de horrores, muy a propósito para embrollar la cuestión enga- ñando á los incautos, aterrando á los tími- dos, y alarmando á los suspicaces. ' Hay en esta materia fuertes prevenciones, formadas durante la guerra civil, y que al- gunos aplican sin la siilitiente discn>cion á las circunstancias actuales. Kslos hombres consideran el matrimonio de la Reina con el hijo de D. Carlos como el triunfo del mismo D. Carlos. Sin duda que solo en esle sentido lia podido iM'rmitirse el Eco del ('nniviriu la libertad de decir «pie el Peiisamienlo de ¡a JS'acinn proclamaba á IJ. Carlos; pues de otra manera deberíamos contestarle, que 6 no ha procedido con bastante buena fe, ó no se ha tomado la molestia de leer nues- tros artículos. Cabalmente hemos estado tan lejos de decir lo que nos achaca el 7;fO ' del Comercio, que en el primero de los ar- tículos sobre el matrimonio de la Reina con «1 hijo de D. Ciarlos, manifestamos terminan- ilemenle, <|ue escepluando uno de aquellos sin « >()s estraordinarios que no alcanra el hoinbr)' á prever, el subir I). Carlos al trono de España era tfiif)03Í6ir. ' i ICoroo quiera, cuo esta confusión de idea» y circunstancias se estravia ia opiaioa át muchos iucaulus, haciéndoles ver las cous de una manera muy diversa de lo que son en realidad.

Si el año 37 cuando se presentó D. Car- los con su ejército á las puertas de Madrid, hubiese tenido en su favor la suerte de las armas, claro es que la reacción se habái veriticado. Ni aun entonces hubiera sido tan fácil como algunos se imaginan el reponer todas las cosas en el estado en que se halla- ban á la muerte del rey, porque la revolu- ción había cam|)eado demasiado tiempo cou sobrada libertau para que pudiera repararse lodo lo que ella babia destruido. Sin euiiiar- Igo, menester es confesar (jue atendidas las ideas religiosas y políticas de algunos de los I consejeros de D. (.arlos, se hubiera intenta- do mucho para borrar la huella de la revo- I lucion, ya que no se hubiese podido ejecu- I tarlo. No es fácil decir hasta qué punto habrían llegado las cosas, {)ero desde luego '."íe jiucde asegurar que hubieran ido muy lejos. Es verdad <|ue ya desde entonces ba- bia en el campo de D. Carlos hombres que opinaban |)or una Iransaicion, creyendo que babia llegado el caso de ceder en algo p||^ no esponerse a jHírderlo todo: pero a laÉI^ i 7.on estos hombres habrían sido arrastrados I por la fuerza de las cosas, y al menos en la primera temporada, su opinión no hubieni prevalecido, i'ero las circunstancias son esencialmente diferentes: el confundirlas es olvidar lo pasado, es no atender a lo que te- nemos a la vista. La reacción que se teme debería ser con- j tra las personas ó contra las cosas, ó contra uno y otro, es decir, que del matrimonio debería resultar cambio en las cosas, o desaires y persecuciones á las |KM-nnii-. Examinaremos con detención ambos piiuto>.

Las cx)sas ipie mas ocasión prestarían a mudanzas serian los asuntos religiosos. ¿Que j temerían sobre ellas algunos de h» jm' -.: ' oponen a dicho matrimonio? La dcslnm iun I de los hechos consuvuidus y la restauractOH \ de lo aníiyuo. En ta destrucción de los lie- , chos consumados esta la ruina de lus iate* reses creados por la revolución, la devolu- ción de todos sus bienes á la Igiefria; en la restauración de lo antiguo está el poner las cosas eclesiásticas en el estado en que se hallaban a la muerte del y<-\ í'ieemo> haber csprcsado ii«liucjil& \úü >u.<> de Iw?

Digiíized by Google 4 qnc temen la reacción en cslc punto, sin ornllar, ni disminuir, ni alterar nada.

Rp])Otidas veces hemos insistido sobre la fuer/a que en España conserva e! elemento religioso, y asi mal podríamos desconocer la importancia de cuanto tiene relación con él. Todavía mas: en el número;» del Pensa- miento de ia IS firion { I ) hicimos observar que ese elemento. por razón de sus costumbres V ha/añas antiiriias y modernas, era de suyo í)elicoso, é inclinado pnr consiguiente a sa- lir del terreno de la discusión apelando á las armas K)V lo mismo convenimos en que aun ahora, si no se tomase ninguna precau- ción, y el resorte á duras penas romprimido se soltara de repente, podrían muy bien ve- nir al suelo los hechos consumados, é inlen- tnrse una restauración de lo antiguo, si no completa, porque esto lo consideramos impo- sible, al menos aproximada. Concebimos pues lo fundado de los temores de los interesados en ciertos hechos; temores fundados, repeti- mos, porque nacen del sentimientode la debi- lidad intrínseca de los hechos mismos y de su evidente oposición con las ideasy sentimientos (le la inmensa mayoría del pueblo español. ¿Qn^ remedio hay á eso? Vanms á esplicarlo.

S ibido es que" hemos hecho la guerra á los hechos Consumados; (¡uc ni los hemos admitido ni consentido: y hemos dicho una v otra ver qiie nos mantendrenms en la mis- ma linea de conducta hasta que intervensa la autoridad que á nosotros y á todos los ca- tólicos nos imjKmdria silencio. Pues bien; sea cual fuere el resultado que estos nego- cios hayan de tener, sea cual fuere la suer- te que haya de caber a los hcrhos consuma- dés, ora s"e havan de conservar como están, ora se hayan ^ de destruir, ora se hayan de modilicár, creemos fjue el medio de evi- tar trastornos, de evitar el que el hijo de D. Carlos luego de entrar en España se viese estrechado en sentidos opuestos, y precaver que se resuelva por las vias de he- cho lo que se ha de resolver por el conducta justo, legítimo, pacífico y suave de la auto- ridad competente. sería que antes de entrar diclw principe en España se hallasen resuel- los en todas sus partes estos gravísimos y delicados negocios: que de fijo s\ipiese el clero. su¡)iesen los compradores de bienes de la Iglesia á qué deben atenerse. Enton- ces, si H principe se viese apremiado \wt exigencias de unos ó de otros, tendria siem-í [>re á mano una respuesta muy sencilla y ' satisfactoria: r.jlan mediado antes de un' ve-» nina estipulaciones solemnes á que el go- bierno no puede faltar; la suprema autori-* dad de la Iglesia ha intervenido en ello; yo I no he entrado aqui para infringir las leyes y 1 romper pactos augustos, sino para procuran^ • ' en cuanto esté de mi parte que las leyes sé , olvserven y los pactos se cumplan. » ' ' Este arreglo previo lo consideramos nece^ sario. si no se «piiere que el hijo de D. Car* los, luego de haber entrado en España, sea acusado por los unos de flojo y por los otros de duro. De otra suerte la culpa de lodo lo que se hiciera se baria recaer sobre él,|^' habria nuiclio peligro de que no pudiendo contentar plenamente á lodos, los unos dije- ' sen que era ingrato y los abandonaba, otros clamasen que se inauguraba una era dé ' reacción, de p<'rseciiciones y venganzas. \ * Mediten sobre la importancia de estas ver-* I dades todos los hombres pensadores, todos los que desean un desenlace pacífico de nues- I tra complicada situación. Proceder de otra manera sería provocar \m conflicto que pu- ¡ diera comprometerla reconciliación deseada.

Esta medida pn«via la rerlamaii el interéis I del trono, el interés del mismo Príncipe, el in- ' ' terés de kis ideas monárquicas y rehgiosas, i que no conviene se desacrediten con exag(*-i» raciones y violencias: la reclama el interés de la paz y tranquilidad déla nación. En las " circonstanoins actuales, con la éxasneracion de los ánimos sostenida y fomentatía por la ' lucha y la incertidumbre de grandes intere-^ ses, sería suuiamente dificil evitar un con- I flicto, que podría llegar á ser muy grave pot [ ' poco que se llegase a! terreno de la violen-^ j cia. No deseamos esto.pormie no deseamos ; que se perturbe la tranqtiilidad j)ública, por- que no aconsejninos el enlace como un me- ' (lio de llevar acabo reacciones violentas, si- ' no como una reconciliación de lodos los es- pañoles, inaugurada y asegurada con la ' reconciliación de la Real familia. ' ' ' No falta quien impula al clero la indigna idea de subordinar lo espiritual á lo temporal, de sostener lo primero como medio de lograr lo ^ ' ^ segundo, y de no retroceder ante el horri-» i ble espectáculo de una nueva guerra civil con ' tal que la Iglesia pudiese recobrar los bic- Ines j>crdidft*i. ¿Que pruebas hay para acusa- ción semejante? ¿Qué ha resultado de lo* * procesos y espí'dienfes que se han instruid^ ' Digitizc para avprignar lo qiic h.iy do verdad sobre íus usiirebioucs (|ue se suponen liabcrsi' pru- ferido eo el pulpito contra los cumpradores de bienes esclcsiaslicos? ¿ Donde están esas tentativas de |M^rtnrbarion universal contra Uii que lantu se ha declamado? ¿Que ha dicho la prensa n^ligiosa? vi Jli conciencia, ha re- petido una y otra vez, no me j>eruMle reco- nocer como legítimo un hecho contrario al derecho natural, á los sagrados cañones, a las leyes civiles, á la misma Constitución del Estado. Este hecho e.s á mis ojos como á los vuestros un des|K>jo; vosotros lo bnheis dicho: pero hay un nu»dio de atajar reclanja- pioncs y de asc^'urnr un su posesión a los compradores; impetrad la indulgencia del Sumo Pontili( e, y para nosotros la causa es- tá terminada.» ¿Podría hablar de otra suerte la prensa religiosa sin íaititr á sus deberes mas sagrados, sin desmentirse á si misma? ¿ Qué calilicaciot» merecería una prensa (¡na sea{)ellida católica, y despreciare los pres- cripciones de tantos concilios incluso el de Trentü? Sin embargo, ni estose ha querido oir, procediendo según nos i^arece con ik»- ra habilidad los que han lomado el partido de alarmar y exasperar, (loando están pen- dientes las negociaciones con Uuma, no es prudente irritar los ánimos y dar una triste ideade la situación del gobierno, 4cíendién- dolé c^n calor, al paso que se prodigaban al clero las calilicaciones mas duras e iosullan- Ics. ^ío. no es prudente semejante conducta, y á tales amigos bien pudiera el ministerio preferir sus adversarios.

Como quii>ra. consideramos la presente incertidumbre como un poileroso elemento <le discordia, con»o una semilla de incesante agitación. E.sos nuevos intereses que tienen 4a coLcieucia de,su propia debilidad, se alar- man por el menor asomo de peligro; aun <;uandoel peligro no exista piensím de conti- nuo en el, y temen del clejo, temen del pueblo. temen del (iobieriu), temon de otras regiones, se espantan de su propia sombra. Por eso alarman, y gritan. y culpan, y exi- gen continuas seguridades, declaraciones «spliciias del ministerio, como si las pala- bras de un hombre mudaran la naturaleza <le las cosas. l*ero lo repetimos, esos compra- dores y los que los delienden han tomado » mal caoüuo, muy malo..Nadie mas intere- sado que ellos eu que todo se termine por uua negociación, por vias nacUicas, con |a poner ¡«ilenrloá los católicos. No les convie- ne suscitar embarazos a las negociacioi^u llamando la atención de Roma con violeiite invectivas contra el clero, y maniiesiando^pp I hay peligro de que reproduzcan las es- cenas de los primeros años de la rcvulucion; la palabra (juerra, que ha sonado en ios la- bios de algunos compradores de bienes de la Iglesia, es sobre injusta, impolilicii. ¿yue pudiera iierder el clero en esa guerra? ¿Los bienes? Tienqm ha que los perdió. ¿La esperanza de recobrar lo poco no vendido? Esto no lorma uua sesta parle desu dotación. ¿No iHTCibir las asignaciones del Erario? Ocasión ha tenido de acostumbrarse á ello, j ¿Posición |>olilica? No disiruta ninguna. ¿Cou- li sideración social? La única (|uc le re^t:i I laque se funda en las creencias, y e l| se destruyen con un decreto. ¿Segundad Í personal? ¿V |w)r qué medio la perderia? : ¿PíH los tribunales? Uecordad lo sucedido eu ¡ tiempo de Espartero. ¿Por los molines?¡Ahl I Por ahora es bien cierto que no habrá quien se atreva a desencadenarlos. Cada cusa tiem* su época; y ademas, conviene no olvidar I qtK^ si un día se salpicaron de sangre los con- ventos, también murieron asesinados Canle- j rae, Hassa, tjuesada, SantJust, I>onnflín; Méndez Vigo, Sarslield, Escalera y E- y ()or tuas que algunos comprad' ue- chasen algeneral.Narvaez para que k.^ aojase I soltar por breves horas la tiera para destrn- I zar clérigos, estamos seguros ()ue no alcan- \ zaria otra repuesta sino: »> ¿creéis que rae he olvidado de los trabucazos «jue se me dispararon, y de la muerte dul infortuua- I do Baseli? » Dejémonos pues de llevar la resolución de I este negocio al terreno de la fuerza que pa- ra oada se necesita: ya que buy medios para ; resolverla pacilicamebte, aprovéchense por quien debe conocerlos; y si el Sumo Poiti- lice creyese (pie en consideración a los,'n tn- tecimientos pasados, y en obsequi i tranquilidad de la España, convai I cesen de una vez para siempre las re< - l ciones contra el despojo, y que ha IK ¿:.iiio I el caso de escudar con su autoridad -a los ac/7 ' tóales poseedores, el clero callara, dando un ejemplo de desinterés á los que [toseycndo ' los bienes que él |K>scia, le llaman codicioso. El clero manifestara á la faz del mando que. en su conducta no anda guiado |>or otra rc- I gla que por el deber. Pero hasta que dicha ' condición S4' cumpla, no habrá esclesiai^ico Google Google que pueda re^'nnoccrlo hecho: ruando no le fl mn dable pmloslar en alia voz, lo hará en su concieucÍA. V un verdadero calolico, un i católico que esté instruido de lo que pre»- | eñben sobre esto punto los cánones de la Iglesia, no podrá jamás condenar la C(m- dwta -de los escicsiasticos que asi procedan, ¡ por no fallar a una ohlioracion saiirada, por |i nr ' («r iiKMiosprociar cohío ministros de ^ la I.,1 lo que no solo ellos, sino todos los cri>liaiu>s del>en respetar. ^' n Ale;unns órganos de la situación parecen creer qut* se le suscitan al gobierno toda <-la<o de obslariilns para (pie no pueda lle- - ir a una n-coiinliacion con la Santa Sede; a cuantos defendemos las buenas doctrinas, á l uanlds s-osUmumuos hoy lo que sostenia- mns ayer, se nos trata como si deseáramn»; la ronlinuarion del estado actual de co^^ i- eclesiastif Ms para lener en la mano un m«'dio, de perturbar las c(mciencias, de alarmar los anunos, de preparar olra guerra civil; como ■i nos valiéramos de los motivos religiosos solo como de una palanca a propósito para producir un cambio político. Y lo mas sen- y «kie que en esto hay es, que el mismo po- hierno, (jue por su elevada posición deberla tivir sobre la atmósfera do las pasi<mes y no ' dejar salir de sus labios sino palabras muy modid iN. suele aprovechar las ocasiones que se le ofrecen para adoptar también el lenguaje de cierta parte de la jirensa, para hablar también de ingratitud, de espíritu reaccionario, y sobre lodo de conspiracio- ■M. Si estáis ( (mliiuiainento diciendo (pie se MMpira contra el gobierno en opuestos sen- IUm. ¿qué idea de vuestra situación daréis á la Europa? ¿ Qué conliaoza inspiraréis á Roma para tratar con vosotros, cuando pin-! tandule los peligros que decis os amenazan, le luiiiiftlHais el riesgo que hay de qne no podréis cumplir lo que le prometiereis? No, ío6 hombres religiosos no son ciegos como secmpenaii » ii decir vuestros amigos: si os es dable llegará un arci'glo con el 8umo Ponlilice, llcíiad enhorabuena; ])Pro si se atraviesan diíii iillailes nai idas de In misma gravedad y coinplicaeiou del negocio, no culpéis a los que e^lan inocentes; culpad s» á los f2 afios que llevamos de trastornos.! culpad a lo desgraciado de las circuiislan- 1 cías a que nos han traido una larga cadenn I de sucesos infaustos, y culpaos tal vez á vos-; olio*; mismos, que por una diplomr»cia mal || eaiendida habéis querido esperar, conser- J vando como prenda unos bienes que era mas prudente devolver por un acto espon- taneo de ju^li(ia que cedieudo auna exi- gencia. » C.omo quiera, en tratándose de la recon- ciliación con la Santa Si>de nos olvidamos enleramenle de las jie.rsonas que la realicen; solo j)ensaiiios en que se la lleve á término de la manera conveniente fiara bien de la Iglesia y del Estado. Y tocante ala necesidad y urgencia de llegar á esla reconciliación tan deseada, estamos profundamente convenci- I dos de que con la dilación sufre mii<*hisimo ' la Iglesia española. Porque no es el (|ue- I branto principal de la Iglesia la pérdida de ' sus bienes, no es el tener mas ó menos in- fluencia política; es si el estar privada de sus pastores, el estar por consiguiente muy descuidada la formación del clero; es el que van fallando los eclesiásticos distinguidos por su virtud y ciencia, sin (¡ue veamos de dónde se sacaran en lo sucesivo los que les hayan de reemplazar. Por estas y otras seini janles causas deseamos ardienlcmenle <|ue se verilique la reconciliación con la San- ta Sede; y por lo mismo sentimos ipie una política errada, que una desconfianza esce- siva. que el espíritu de partido susciten esos obstáculos (pie luego se achacan a otros, llamando agresores á los vejados, perturba- dores á los insultados.

He aquí como no deseamos el matrimonio de la Reina con el hijo de I). Carlos como un medio para llevar a cabo reacciones vio- lentas: muy al contrario, para evitar con- flictos al gobierno, y (luizás peligros á la tranquilidad pública,' (leseamos que antes de realizarse el enlace se veriliijuc el arre- glo cm la Santa Sede. Y esla opinión no la profesamos de nuevo; hace mucho tiempo que creemos muy conveniente separar en cuanto sea |)osible la cuestión religiosa de la política, trabajar en resolver a(piella aun cuando no sea dable resolver esla, v por medio del arreglo de los negocios religio- sos preparar un arreglo suave a los ne- gocios |M)lilicos. lin \Hi'-i publicamos en la Sociedak dos eslensos artículos sobre la ur- ijrnte mresidad ile un Vonrordalo, y en ellos desenvolvimos largamente las itleas que aqui no hemos hecho mas que n(>untar. * • Que no somos, no, sof^adoivs utopistas, que lo subordinemos todo á una sola idea, (pie nos propongamos encerrarlo todo en un sistema infleviWe, v remediar da goliH? lo- 54 ilu» los nialeíi, ó dejarlos lodos sin remedio En la coiuplicacioii á que baa lie{;i4o eu España los negocios (rablicoits «enater irlos desemnaraftando como se pueda, y aiNMiie sea dé uno en uno Con un fcolpc de estado se cambia una siluaciun, pero nofif plaalaa todo «a «atena, y nMcha laeiiaa se borran de repente las huellas de largos años üe trastornos. P(»r lo mismo no hemos per- tenecido jamas ú lus que dicen todo ó nada; juzgamos mas prudente otra mgb: «ai<iMi lodo, algo;» jamás tampoco hemos profesa- do el principio de las oposiciones ciegas que dicen: tde los adversarios, no qoercmos ni el bien; de los amigos i^iiaiidinios hasia el nial. « Nosotros consideramos eslas reglas como insensatas y sobre todo como inmo- rales; «i Itien lo aplaudiaios basta de les ad- versarios, el mal lo reprobamos hasta en los amigos. Si el minisleno actual ü otro cual- quiera pudiese llevara buen termiuo las ne- gociaciones con Roma en un sentido. ii^ora- ble a lii k'lesia y al Estado, nos alegraríamos sinceramente, aun cuando su triunfo que- brantase un tanto la fuerza de un principio polHico que nos mereciese mas simpatías. Sobre el interés de los partidos está el inte- rés de lu uaciou; sobre la política cslá la Religión; sobre las miras de moMenlo está el porvenir de los pueblos; sobre lo que pasa como un sueño esta lo que se liga con los grandes destinos de la humanidad eo la Aterra, y la suerte del houibre sMsallÉ del sepulcro.