iillÜginKn (le mal ostar! ¡Qué eventua- lidades en el |M)rven¡r! ¡ Qué compliracion Qo afiadc á las rtiestioiios sociales y políti- cas la pretensión dinástica! Si el hombre >revisor que ocupa el trono de Francia tu- viese a mano un medio tan espedito como nosotros, sin duda (|ue lo adoptaría sin va- cUtr. l*ero alli los hijos del rey son varones, y el rival es también varón. Mediten sobre estas relletiones los h<)nd)res de lodos los partidos; vean si en ellas hay algo que ¡Mi- se en el juicio de un hombre de estado; vean si desatenderlas no es comprometer nuestro irrandor é independencia hasta un muv lejano (xirvenir.
la cuestión dmastica se ahoga comple- tamente, la posición de KsfKifia ({ueda en el mayor desondia razo con respecto a las po- tencias estrangeras. Ya no tienen un resor- te para mover los partidos., ya no les queda el n'curso de vencer a los españoles por medio de españoles. Seremos mas o menos débiles, mas ó menos fuertes, pero no ten- dremos la debilidad que dimana de la divi- sión: tendremos la fuerza <|ue nace de la unión..Nada habremos de temer de una desavenencia con las potencias del Norte, •pie no pueden llevar sus ejércitos a la pe- nínsula por (ierra, que con mucha dtticullad podrían lioslili/.ar nuestros puertos, y jamas intentar el desembarco de una espcdicion psHH (>enetrar en lo inlerior del país sin la I sefttrídad de verla perecer.
La Inglaterra piMlra mas (jue nosotros en el mar, pero sus venUijas en los puertos de península v de las colonias habria de «'•inpra rías con sangre inglesa; yantes de iiH'nlurarse a internar un ejercito en el co- razón de España, no olvidaría las lecciones •pie a presencia <lc sus ejércitos recibieron li'S frani eses en la guerra de la iudcpen- dencia.
¥ no existiendo la división entre los es- palóles, ¿que podría intentar la Francia? Manida la España, y lran(|ueense cuan- do se quiera á los ejércitos franceses las .t-'argantas del l'iríneo. Ellos, que conservan Vivo el recuerdo de la invasión de Bonapar- te: Hlo», que han visto de cerca la lucha irra..\ragon y (Cataluña en los siete ■iii<.>,ic la guerni civil: ellos, que habrán «Hlido conocer de cuánto son capaces los españoles aon estando divididos, se guarda- rían muv bien de introducir un ejercito en carácter belicoso que distingue á esta na- ción; con los hábitos guerreros que han creado en España i (i años de coraluites que ya llevamos en este siglo, con a(juel temple enérgico (¡ue queda en los ánimos de los naturales de un pais después de haberse acostumbrado á vivir jwileando en guerra á muerte, la Francia, no.solo no se atreverla contra la España, sino que en caso de tener ella una guerra en el Rhin haría lodos los sa- crilicios imaginables. o («ra adquirír nues- tra alianza, o, si esto no le fuera posi- ble, para lograr que permanecié.semos neu- trales.
No nos cansaremos de repetirlo: mediten sobreestás reflexiones los hombres de esUido, los hombres de juicio, los sinceros amantes de su patria. Eslas suposiciones no son al>- surdas; son posibles, masque posibles In realización de ima ú otra de ellas es muv pro- bable. El slaíu quo de la Europa se baila su- jeto a mil azares: pueden sobrevenir, y es muy probable que sobrevengan. mil y mil complicaciones, mil y mil conflictos," v en cualquiera de estos casos la España se vería en los compromisos mas graves. Ved las mu- danzas, los trastornos (pie ha sufrido la Eu- ropa en medio siglo, y calculad las que pue- de siifrír, las que sin'duda sufrirá en lo ve- nidero.
¿Podéis olvidar la instabilidad de las co- sas humanas? ¿Podéis olvidar las lecciones de la hi.storia y de la esperienda de cada dia? Y en tal caso, ¿es ¡josible «pie desco- nozcáis lo grave, lo inminente de los peli- gros que acabamos de indicar? La previsión humana es ciertamente muy limitada, niuv raezipiina; pero aun asi ¿ no' están a la vista los hechos que hacen conjeturar las muchas tormentas (pie abríga el porvenir de Euro- pa? Cuáles serán esas, en qué sentido, con «jué resultado, no lo sabemos; jicro sabe- mos sí que si no se resuelve con acierto la (:uest¡on del enlace de la Reina, sean cuales fueren las vicisitudes europeas, sea cual fuere el sentido en que se realicen, sea cual fuere su resulUido, la España se ha de ver en grandes confliclos.
¿Queréis que se señalen algunos de esos hechos que entrañan la incertidumbre del porvenir? Ahi está la avanzada edad de Luis Felipe, de e.se hombre que tanto ha coutrí- buiíío á sostener la paz de Europa: cercano a descender al sepulcro, deja á la Francia la península si nos viesen unidos. Con el ■ una minoría y una regencia, quizás no sin . mvitt; de|».iiM' «^loaiiieA ditéilicfl que cuenta con siinpatias en las potencias del Norte; 4cja uua oacion eu cu^tts entrañas Üy<ilkig»n sociedades monairaflflM, r en tftfm venas oíiquIu Ia ¡rreUgíoa y el espí- ritu revolucionario. Ahí oslnn la rivalidad entre la Francia y la Gran firelaña; ahí es- tas las cuestiones sobre el tráfico de negros y el derecho de visita; nlii está la cuestión de Orlenle, <|ue yaeu IHiO puso en inmi- neule j>eiixro la paz europea; ahí está la anibicioo oe la Rnsia, con su inmenso po- derlo: y nosotros somos limítrofes <le la Francia; y a la Francia pertenece Argel, C|iie está é nuestra vista. y poseemos islas iraportanUsimas en el Mecuterránco, y en el Océano las Canarias, las Antillas y Fili- Sinas; y tenemos sin resolver el problema e la esclaviUid en las colonias; aM está Gibrallar ocupado por los iniilcses, y Portu- gal sometido a la inllucm ia de la ílran Bre- taña; abi cslan otras muchas circunstancias pueden envolvemos en las complicacio- ■es y conllictos que por eoalqiiier motivo aobreveugau en Europa. . Inconcebible se hace pues que no procu- aWMi|Mt todos los medios fortalecer nues- tra nacionalidad, borrar Ins huellas de la d(8C0itUavy estirpar los elementos que pu- dteran reproducir la guerra civil. No lo videmos: el állogar para siempre la coestion dinástica es una condición necesaria para adquirir uua posición íuerlc en Europa, y no ser juguete de las demás potendaa. Creemos haberlo demostrado hasta la evi- dencia; y |>or cierto, que los adversarios del enlace, de la Reina con el hijo de D. Car- iMio podiÉa daaqipieer la solidez délas razones con que hemos probado esta inipor- taaie verdad. Para sostener su opinión no eseogerán sin duda el terreno de la poUtíoa estraingera, sino el de la interior: puesbien, en 1(m1os admitiremos la lucha.
Mu descouüceiuos las urcocuuaciones que eeeureeen en esta parte la luz de la verdad, pero tampoco desconliamos de que llegue á abrirse puso. Couío quiera, en los artículos siguientes continuaremos ventilando la cues- ÜM bi^ todoelosaspeetoa.:. r. ivi *.
La& raooo^ laiegada^ con reiuecto ^ ia potitiflt aal¿OTgifa podrán servir aasCa^iar* tOfantonaiaM-interior, portfue no de otn manera nemos probado la debilidad de i nuestra posición en Europa eu |^asode jm verificarse ei «nlaoe^ a^m iiwifi'ntinii ú resorte que las deoias naciones tcndriaa á mano para trastornamos cuando bien le.s pareciese. Ese resorte era nuestra divisuMi intestina, la existencia do'Mi eleisenio d» discordia; y no merece el titulo de llbmfarc de gobierno, ni siquiera de recto juicio, I quien desconozoa que una de las primeraa niraa doiiM aann peUtsM.ialorior M-fH I procurar que desaparezcan los motivos ae Í discordia entre ios hijos de una nuáim l»a- tria'. JSin^mlnrgo, todavía ewamna pnaMi desenvolver mas el pensamiento; v con aalft mira continuaremos enumerando (as venta- jas que en la poUlica interior r^ltacian del enhoe ét la Seínt oa» el h^/i^é^tím Carlos.
I Ya hemos visto que con este ooatrinioaio I se ahogarla la cuestión dinástica, cuyaeus- tenanesniMipre peijndíei^ éttna 'uioQM- quía, y que por lo mismo nos evilíi el ocu- par con respecto á las demás potencias a«a I postcioii stunamente peligraaa. fctoa binÍMs sen ain duda da. alta inportancla; pee» buy ademas otro, sobre el cual llamntnos la atención de todos los hombres eneuH¿i;o& de trastornos y dMaona delraoaie^ y tranquil lidad de su patria.
El enlace de la Reina con el hijo de don • Carlos liace imposible el triuuto de la re- vohicion., í.os iíohiernos que hemos tenido desde la muerte de FcraaiMkybaA sidp'todus juü^' ^ hiles, por la aiaeiHajaaoftdenne no tenun I en su apoyo mas que una pequeña miaoiiiy conlan(lo por adversarios á íios de los tres jj partidos en que lia estado dividida U uauoa.
i Cunado han gobernado loa progresistas baa tenido contra si á los carlista.s y á loa mode- rados: cuando han golxM iiailo los uiodcradoa han tenido contra bi a lus carlistaia y á los progreaistas. Exagérese cnanto se quiera el I nnniiMO de una de las fracciones liberales^ I siem[)re resultara que ja otra sumada con c los carlistas forma üa. mayor!» deiiatDMHM^ Asi e> imposible, «bsoliitauicoto imposible qu«' III II (III gobierno boa fuerte, pori|iie si bien el sisleiuu de lus mayorías parlamenta- rias es Duicbas veces mi iiombiti vano con- siilerado como base «lo gobÍRriio, no es lo mifiaio con resf>ecto á las mayorías narioua- les. Ningún ^íobierno, sea republicano, re- presentativo o absoluto, que ten^a en cou- Ira de si la mayoría de la nación, pueUe hacer la felicidad del país, ni aun es c^ipa/ di' t ou>ervar por lar;L;o tiempo in Iranquili- (iad publica. Asi lo enseña la rozón, asi la historia, asi la es}M»riencia. J.os acobiernos viven de ia vida de la sociedad: <-iiando la sm'iedad está contra ellos, deja de comuni- r sa vida, y entonces perecen. Esin- diu i< ule (|ue mueran de mano airada o de consunción: de lodos modos perecen por uecesidad. por indeclinabb* necesidad.
Ki partido carlista mientras su> halle en el estado de vencido, mientras no vea en re- gio alcaiar otro emblema <|iie el de sus ad- vei-sarios, podra no conspirar, podrá man- leuersc pacilico, pero jamas;*erá amifto del trn'iir' HM: V el menor mal que le bara sera I. indiferente, y abandonarle cuando le vea coudtatido. ¿Oue hacia durante la rra civil aquplla parto de Jos carlistas ¡u. lo eran solo de opinión no habiendo t4>- naado las armas? Cuando el fíobierno de la Reina se veía atacado por la revolución, los carlistas di'cian para si: «á nosotros no nos quieren ui l<.s unos ni los otros; ambos nos llaman rebeldes: ambos nos vigilan; ambos nos miran como enemigos; dejémoslos que se combatan y se destruyan; retirémonos a nuestras cusas, y esperemos el dia del triunfo del principe á quien reconocemos.» Y en la posición de los carlistas este discur- so era Id^íco. ¿Qué hicieron en 1840. cuan- do Espartero derribo de la regencia á la Rei- aa Gobernadora? Lo mismo que antes. Don ^iigj^kxs y todos sus defensores acababan di dos y aun álos progresistas de la coalición, tomaron viva parte en el pronunciamiento, y el jironunciamiento fue verdadoramenle nacional: no hay ejemplo de otro movimien- to mas grande desdo 180S.
Derribado Kspartero y creada otra situ:i- cion, se comenzó por aííri;ir á los carlistas, recordando denominaciones (|ue comenzaban á ser olvidadas; se los alejó de las eleccio- nes; so les dijo á voz en grito que no abri- gasen esperanzas; que.solo se los admitiría renunciando á todos sus princioios, abju- rando sus doctrinas, abandonando todas sus pretensiones; (jue no se hirie.sen ilusiones con la perspectiva de una transacción; que no se meciesen en sueños inson.satos; y iwr añadidura se estuvo alarmando el público con noticias de conspiraciones, de proyec- tos de insurrección; noticias «juc la espe- riencia ha venido ú desmentir de la manera mas solcmuo,. Los carlistas se lian vengado de sus adversarios do una manerq eficaz con solo decirles: «os alargáliamos la mano en señal de reconciliación, y vosotros retiráis la vuestra con desdén; sea enhorabuena, no os combatiremos con las armas, pcio si en la opiQio^^ y en todo caso, ya que tan malos c inútiles souíos, va (|uc asi rechazáis una lran.sacciou, no contéis con nuestro apoyo, salid de vuestros apuros como mejor enten- dáis; por nuestra parte, retirados en el ho- gar doracsliiM) nos constituiremos en meros espectadores do los acontecimientos, con la firme esperanza do quo el tiempo nos hará justicia.»
¿ Y qué ha resultado? Que el gobierno se halla en la misma posición que sus prede- cesores desde H83;i; entre dos adversarios poderosos. Cuenta, es verdad, con la fuerza del ejercito; cuenta con los muchos medios de que siempre puede disponer un gobier- np establecido; pero ¿qué son esa fuerza, qué son esos medios para resistir á la acje$fWilsados; no era pueíi de esjHírar (|ue | cion lenta pero clicaz de la opinión de una el partido carlista se ofMisicse á que tocara la misma auarle a la princesa que uabia ser- vido de bandera a los enemigos de ese par- tido. ¿Que hicieron en 1S41? Lo mismo: la C4ie$tion era entre los moderados y los pro- gresistas; los carlistas nada teniaa que ver ni rlli» Pt'ro llego el añiule los (arlislas (n u 1 u Lwn mas o menos fundamfn- to que derribado el recente se ofrecería una comUnacion opurluna para una rccoucilia- cion, so i^ui^iou de. buuua fe a.lo^ niodecpinmensa mayoría. Los progresistas no reco- no("en al poder sino como un poder de fuer- za, a causa según dicen de sus actos anti- constitucionales; y b)S carlistas echan de menos en el mismo una representación do! principio en quien creyeron que estaba la legitimidad. ¿Que porveair le espera á una nación (|ue uo tiene un jioder sinceramente roTOUOcido V aceptado por la mayoría do los pueblos? liste es ua liccho pruclainadn t(*, dos los dias en la prensa, y <ju^.,ha ^'[*\^ no ; I rindo lamhicn rn lá tribuna: llRiiteSíí- to hcchü malo, iltífíitimo, lodo loque sequila- ra; péro es un hecho, que no se destruye con Invectivas, ni se desinoe con predicar á los partidos \ ' - irlc^ cir^'» ^ ' 'iln u idndí^s sobre la necesidad de agruparse alrech-dor del trono de Isabel U, y aceptar el sistema dominante, y esperar el trionfii legal, y e( día en que les lornra el turno dé entrar en el poder á me(lida que.vava dando vuelta lb|ir^édft parlamentaría. Todita estas perotra- fiiis si^rán muy buenas si se quiere, muy edifiranles, miiy saludables, pero la desgra- cia está eu que nadie las esciii ha. Lo mis- mo han diclio 'éte tádos tiempos los defen- ^ofej de los gol)¡ornn<: esfnbleridos des- de < 833, y sin eiiihargn el auditorio no se ha mostrado muy dócil. y mrts de Utaa vez ha / sucedido que el orador ha tenido sus- pender su picática á lo mejor, para cuidar de rosas que tocaban de cerca á su persona. ' IBf enlace de la Reina con el hijo de don Carlos curarla radicalmente este mal: des- de entonces se haliarian sinceramente adhe- ridos al trono todos los defensores de Isabel no interesados en noeTOStririonH», y ade- mas todo el partido carlista. Y cuancfo esto se hubiese IñLTndo, ¿quien era capa?, de derribíir el ^obii ino? ¿<Jue esperanzas le qé^ban á la revolución? ¿ Proclamaría á Isabel? Isabel estaría en el trono. ¿Se le- vanlaria contra el hijo de D. Carlos? £1 bi- ^ de D. Carlos estaría unido con ístíM cotí vlnéalo láÉsoluble. No sería posible echar al ^iiiOjMK,fichar al otro: la revolución habla de rcsífmree a reconocer el poder estable- cido, so pena *^ ^Vrojarsé' af tocé' élhpeño dé cambiar la dinastía, y '>n lup ina esto no es |)Osil)le; ahí estarinu para oponerse á ello lodos los que han defendido con lealtad el trono de Isabel II; ahí estarían todos los que han defendido á D. Caríos; y á estas fqerzas unidas nada resiste; con eílas nojpo- dm luchar la rebelión ni aun pot hfeWsimo Para hacer sentir mas y mas la faérza de estas verdades echaremos mano de dos su- pásidones i)ue evidencian la raeñni del' gobíetnoverihcado dicho enlace, y s<i debilidad faltando esta condición. Dcraos que Zurha- bubiesc logrado arrastrar á la insurla fwpueí?ta no es dudosa: Mí' bria muerto. Imagine monos que en ios paites favorables que rápidamente se su' cedieron, h«Ml8Í llegado á Midfié In iNU ticia de que o! c¡iM. ito habla hecho Hefw cion, y que un cuerpo de Í0,000 hombres avanzaba sobre te capital; era temible que no lasaran muebfti horas sin «tMiM^ vi movimiento, y sin que el f?obiemo se Tii»rt en el n>ayor" comproonso. Los realistas de Madrid y •iMdedmres {MtonnV «MMdl^ parte en contener, ni á los revolncionaríol de dentro, nj al ejército de fuera? No cier- tamente. En las provincias ei partido car- lista ¿se habría levantado pahi áeUMNler •I' iíobierno? No, ciertamente. Si el trastorno en (jue la nación se bulnera encontrado en- vuelta hubiese pro4ncldo vn alzaiftfesio, ei bien seguro nue no fuera en dcfcnM-éft,IP situación. ¿Y quién podra lisonjeará de que los carlistas se entusiasmaren de repeV' te porm Ardm'4ir<M8Men que pal«'Mdlt^ se contaba con etles, per wit süoeciea qn^ los rechazaba?
Pero supongamos que veríiícado el enlndÉ de la Reina con el hijo é^^. iSuñmWhwt^ general traidor que arrastra á ima rebelión un cuerpo del ejército proclamando á Es- partero n otra bandera mas ó menos revolu- cionaria. Contra el ejército insurgente «stmf el ejercito leal; y la lealtad sera invenciblé porque tendrá en su apovo lá inmensa ma- yoirfa de hi meieli'. figuraos >«i queréis ImM ia<; venttlis iaíagitaMeS en fieivclf de* beldes; suponed que en los primeros en- cuentros jrencen; ahí está ^esparramada por reccioD una gran parte del ejército, y one ;isi como este último contimió liel á sos de- beres, se hubiese pasado á las tilas enení-^ gas; ¿qué hubieraincediodT Pmi lüMbirM todo «I áMbil»-4e la pcotasota cai'UMi' mensa que constituye el partido reaKsti,' 3ue fomiaba el sostén de las espedicioneé e D. Carlos: el ejército revolucionarío en medio de sus trittobAlie hallará certiés M*^ municaciones inten eptadas, fáílo de vite res, luchando en todas partes con ei espirita del pais; tmpétíBti tm las diticultades oá^ qne mas 6 meoM' trope/abaá 4«MlPl|^ íTfierra dvi! los ejércitos d - la Reina; y Wáí dilicultades serán todavía mncho najM'^K. porque eontríliMfÍ4 léñettlnM'% «iÍMF de los ílcfonsores de T<iabel dOto'ltt^ de don Carlos. Kl ejercito n>volaéiM|^ J^mril ¿ pesar de sus victorias. ' Pero HevewOSlllÍiÍimit»tl«íllJi(iliaeÍlWÍ»' que los revolnrionirios <?e apoderan de!á misma capital, que las Iteaics Personas han tiWtáe'<qoe kftandonar su painrío y silvárse coD la fu^a. Ahí esUoias pruviociasdci Ñor» I ancburüba, cuaudb los rulxildes uo luviescn le, esas piuvincias que por si solas hicieruQ ' oiro porvenirquc iiu severo casliyo, cuando freulu durante seis años a ud ejército de 4ÜU,000 liouibrcs; alii está el reino de Va- lencia; ahí esta el bajo Aragón; abi están las montañas de (latuUiña, ({ue cou tal brio y tenacidad sostuvieron la guerra:;á que es- iH'midad se verá reducido en Madrid el go- bierno revolucionario, rodeado por todas partes de eneini^íos, tcniondo que halMÍrse- las enlcraineule solo, abandoaailo a si uiis- mo, cou adversarios á quien uo pudo ven- eer cuando se escudaba con el Irouo? ¿Qué podrá hacer cuaudo ese trono está contra él, y se han coníundido en un solo partido los que antes peleaban en caai(>os opuestos? ¿Que hará teniendo á sus ÍDUU>diacioni> Mancha, esas llanuras de Castilla donde oi au tantos los ()artidarios de D. Carlos, donde es- tallaba luego de la niuerlc de Fernando un movimiento colosal, que no hundió el trono de la Ueina porque I). Carlos uo se hallo en el lugar de la insurrección? Ue las manos se Íes caerían las armas aun á los mas denoda- dos, cuando viesen que habían de luchar con lautos y tan poderosos enemigos; cuan- do viesen que teuian contra si lodo lo que durante la guerra favorecía á D. Carlos, y casi todo lo i{ue sostenía a la Reina.
Todavía |)ermitiremos(pie se lleve mas allá la suposición; que no solo se apodereu los rebeldes de Madrid, sino también de las Reales Personas. ¿Que sucederá? Sí la re- volución se arroja a las ultimas eslremida- ^h^, perecerá en breve por sus propios es- 4baob; sus enemigos serán los mismos, y el 9dé de esos eneinif^o.s se hallara en el mis- nio palacio. Se im|X)ndrau lal vez condicio- nes, se harán amenazas, \wiro es en vano luchar con la fuer/a de las cosas; tanto Isa- bel como el hijo de D. Carlos volverán la viüla á sus leales servidores, reclamarán su auxilio |K)r uno u otro medio, y lo (¡ue ha- brá preparado la fuerza de la opinión lo con- sumara un golpe de mano.
No i>e dirá que uo hemos hecho todas las «posiciones favorables a los adversarios; pe- ro aun cou ellas sena imposible el triunfo de la revolución. Mas estas suposiciones uo 4IP convertirían en realidades, ()orque el ^n ito.si bien ha sidoarrastradoa lasiusur- ilcetoiit s, esto se ha debido a la.s circuns- tanciai», y sobre todo a la opinión de debili- dad en que se hallaba el gobierno. (Cuando est« ts^bierno estribase sobre una base tan porvenirqu^ „,.,v.^^ v-^v.^v sublevarse equivaliese á declararse enemi- go, no de un partido sino del mismo trono, es bien seguro que lo pensaría muchas ve- ces un militar antes de fnllarásus deberes, y el une á tanto se atreviese se vcria aban- donado por sus compañeros.
En pueba de lo <]ue decimos véase lo que ha sucedido en estos últimos tiempos. Des- graciadamente los militares han sufrido el funesto ejemplo deque el rebelarse contra el gobierno producía grados y condecoracio- nes; y no obslanle, cuando ha venido el I caso de prouunciai.M> han vacilado mucho, aun en la época de Espartero. Recuérdense los sucesos de octubre di; 1841; recuérdense los de Barcelona en noviembre de 1842; re- cuérdese la resistencia (|ue opuso el ejército en Barcelona en junio de 1843, no querien- do apartarse del gobierno á pe.sar de una esplosíou sin igual de la opiniou publica; recuérdense las numerosas fuerzas que si- guieron á /urbano y á Seoane hasta el iiUi- mo estremo, y los cuerpos que no abandona- ron á Espartero hasta el moiucuto de su fuga. ¿Qué indica esto? Que el ejcrcilo de suyo uo tiende á la defección, que no la ha- ce sin impulsarle á ello circunstancias muy favorables; y en conlirmacion de esto se puede notar que se ha mantenido sordo á las instigaciones de los revolucionarios, cuando los sucesos de Alicante v Cartagena y la ten- tativa de Zurbano en la Uioja.
Constituid un poder que tenga en su apo- yo la inmensa mayoría de la nación, y el ejército no le abandonara; pero si este po- der se apoya en una escasa minoría; si las siluacioucs se aiían/an en solo este ó a(|uel hombre; si el desi-ontento cunde; sí |)arti- düs numerosos se ven sin esperauza de ser atendidos en nada, entonces temed que los escándalos de los años autcriorcs no produz- can su resultado natural; temed que no bu- llan en diferentes cabezas proyectos de am-> bicion; temed que esa ambición no see.xalte con la rivalidad, con eiresenlimiento, quizas con la envidia; temed que algún día esa ambición uo dé en torno de sí una escudri- ñadora mirada para asegurarse de que el país no esta en faxor del gobierno, y que asegurada de ello, no tengamos que llorar lo males que tantas y tantas vecéis nos han aíligido.
Aun los mas Moveros acusadores del i>^>} tido carlista n<» podran iirgar que Hfjrifrabt en sn seno un {íran caudal de convicciones monárquicas y religiosas; que era por decir- lo asi el depositario del anli.mm espíritu na> cional. E! grito de Itei/ y fíeliffion í|ue reso- naba en el campo carlista podrá parecer ñ ciertos hombres fanático ó lo que se quiera; pero lo cierto es que esc mismo era el grito que se dio cu lien>po de la Coufítilucion', y í'se mismo era el grito que se oia en to<lo el and)ito de le península en la inniorlal lucba de la independencia. A los ojos de la faron y de la imparcialidad esto significa (pie lo que ha lucnado en Kspnfia en esta última guerra ha sido la suciedad antigua con la sociedad nueva; la sociedad de las creen- cias y costumbres religiosas, de los hábitos V sentimientos monánpiicos, con la sociedad üc las innovaciones, (b'l desarrollo de los in- tereses materiales, del espíritu comunicado á cierta parte de la nación por el aliento del i siglo. Siempre que en una sociedad se vcri- íica esta lucha, puede asegurarse que están | por lo antiguo un inmenso número de ele- mentos de honradez y de patriotismo; ele- i raenlos ver^aderumente conservadores y qnc no pueden despreciarse, que os ne- cesario hacer entrar en acción, si se qnicre ' un contrapeso contra las tendenciaí^ desor- ¡ ganizadoras de los elementos nuevos.
Basta haber reflexionado un momento so- ij bre la historia de E^^paíia, o hnber ati'Otlido I a los sucesos colosales que hemf)s presencia- |! do, para convencerse de que el elemento ¡ antiguo es en España muy podemso y esta muy arraigado; y (pie el gobierno que se ' halle en oposición con él se coiulei;a a una lucha mas ó menós violerita, pero sienq)re, muy viva, por espacio de largos años. I;a ¡ transformación de una sociedad \)0v muy ac- tivas que sean las causas ipie en ello inter- ¡ vengan, es obra de dilatado tiempo; ven; España lo será mucho mas, siendo tan es- casos los medios que existen para que lie- ^üc á sus entrañas el virus de incredulidad, é indiferencia (lue corroe A otras naciones {• de Europa. K'<n mayor de losyerros,es una ceguera inconcebible el empeñarse en lu- |¡ char con dicho elemento; es nm.strarse in- digno del titulo de hombre de estado el no couqin'uder toda la inq>ortancia, toda la ne- I cesidad de aproM'cliarse de él para dar fuer- i Ta al gobierno; el no pensar Seriamente en si hay algún medio de conciliar lo nuevo ^ con lo antiguo, de suerte que ni lo nno ni I lo otm perturk'n, que ni h uno ni 1o olNl» I tengan unaproponderanciaesrlusiva yopre*¿ ¡¡ sora, y cpir ambos se coudiinen de la mane- I ra' conveniente para que lo nuevo pueilii servir, por decirlo asi, de impolsador. raien- i tras lo Htitiguo sirva de moderador, estable- ciendo de c>la suerte un movimiento suave ¡¡ sin violencias ni sacudimientos, jj En nuestro concepto este resullado >«■ roiiseiriiiria con el casamiento indicado; de olía suerte no. Porque no basta df^cir ni par», tido carlista que se le quiere p;: e«la I protección sera inelicaz las mas \cces, y I siempre algo humillante como lo imlica el mismo nombre. Para oue un partido de* senvuelva en el seno de la socie-dad y en sosten del poder público los elementos de I vida que encierra, no basta llamarle, no basta exhortarle, es necesario que vea al- guna garantía positiva, que se satisfaga en al- gnn modo su amor propio, que no se vea precisado a entrar en la esfera política como por gracia é indulto, sino que se considere Igualado á los demás, reswtándose sus )rincipios, y dándoseles cabida en el circu- lo del gobierno. Esto no se verificará sin el casamiento; sin este paso resonaran con frecuencia los clamores contra los enemi*> -US de la Reina. contra los conspiradore» en favor de I). Carlos; será una lacha maso menos negra, pero muy visible, el haber.si- do carlista. Esto es un gérnien perpetuo de parcialidad y de desaire, y por consiguiente de resentimientos y de rencor. ¥a mo hay quien desconozca la conveniencia, 6 mejfiñ- tliremos. la necesidad de buscar el apoyo éf los principios monanpiicosy religiosoR: pwes bien, de esos una gran ])aHe estaban Iwjo la bandera de 1). Carlos, con la que se han unido con razón ó sin ella; y sera necesa- rio <pie la generación presente desaparezca pai-n que la acción del ti<'m|)o borre la me- moria de esta alianza. Con razón ó sin ella hemos dicho, pues w\\ú no tratamos de de- rechos sino de hechos, y si sobre los dere- chos cabe disputa, sobre los hechos no.
Es de todo punto imposible que el trono vea agrupados eo n'dedorde sí á todos los tiznóles en no realizándose un enlace sim- Ik>1o de la unión, de la lusictu de lodos los déredios v |>re(ensiones; enlace que sin hu- millar a ninguno de los partidos en que ha estallo dividida ta nación, permilieso á los hombres de todas las opiniones adherirse sincera y cordialmente al poder sin abjurar ift prmrijiio. 6in [)onei"se en coiiti nli - ron sus aiileccdi-nlcs. De esto im rnuia esa linca ipic divide todnvia i. >.iñi'|(.'s en diii;i>iiios y anlidinnstuns; (iacna ese muro de se[)arac¡on «pie los im- pide aferrarse. cnten<lerse, unirse para for- mariin:.'ol)ierno \xrdadrram<'Dlc nacional. >i i >ir iDt ilio no se ad^)la, sino ujiKiM'i lia- iii'> <■> I ancora <\\ui nos ha do|MH«do la Pro- vnl( iKia en medio de nnestroslnforlnnio»;, SI no compremleinos lodo lo que vale esa cirrunstancia de que la edad y la \-ariedad del sevo se presli'ii a nna transacción. Ilo- Wm» la España jmr lari^os años lu cefíuera de los encarados de dirigirla; y quiera Dios queen el p()rvenirno nos espere la're|)cticion de las horribles catástrofes qne hemos pre- senciado.