SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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ma, sino como cuestión del gobierno de Madrid; y antes de sostener que era conve- niente la devolución, decíamos queem pa:ii- hle, queriéndola el gobienft. No ea «Iho»t so recordar ahora las razones en que nos apovábamos; escritas están. Ni tampoco las traemos á la BMOMkria ó» olft obieto qm el de aclararelseniido de las palofana.dol Tiempo, rectificándolas en lo que tuvieren de inexacto, y maniícslando también que no nos avergonzamos de lo gne á la saaaA derendiamos. tn nuestra opinión si el go- bierno hubiese querido podia, y pudicndo era justo y conveniente luicerlo: ei ((obiei- no no ba querido, sea por el motivo qw lucre, y por tanto no hay el supuesto en que estribábamos. Resuelva Su Saolidad, y el negocio está coáclmdo; nuestra suuiaioa ser» comfteta. £1 Túnupo uueba nueslia modo de pit>ceder;en adelante procurai©- inos no desvianikOS de la misma.>enda. Áü- tes que honibres de opiaiooes políticas mos hombrea d0:Creencias reigiosas y de principios morales; sea cual fueic!a ». uii t- diccioucpie en política sulriüjjeiu9>, ^éokmm- otros son superiores á hl,^Hl»iÍtl|ii|jatiiÍM y la moral. No es necesario contestar al Tiempo sobre si cspcrabaiuf^ o no seniejaar te resultado: el tiempo nsievee mvy. bik los de BOtidii. Sea enbofihnnwi; ^tm^m hubiésemos osperadi' " no poco importa, la convicción que nos Uuuuiia se hubiera so- brepuesto tamMea á un golpe inesperada- Con respecto á las indicaciones |)oliticas fpe hace el TInnpo sobre el enlace de la Reina, nada tenemos que responder; nuet^lm o^- ninn es oonooiaa; 'aai como hemos repetido varias V(>('es no Mihordinarianos jamás la religión a la política. ' ^ mv.

Atol lunadamente, la pequeña poiémiea que acabamos de sostener con el Tiempo ha tenido otro carácter muy dilerenle de ia que han sosleaulo otros periódicos; el tetua- «iM/o dfio JKaeíMiMno ba sufrido los alih quesque ellos, y aun podriadecirset{ue no ha sufrido nin.^unó, á no i»er que por tal se e|frr tienda las caitbcaciuuos generales de pariÉi diooa^oMiilMKaiy aipotlélim. Ríob pudi»* ra suceder ipie en íiLuiim de esas condena- ciones en globo hubiese andado envueUo el PensamentQ deda jimo»,.m}iVtK»l» 4||iaD(lo si mal do recurdainus, quejándose un diario del Católico, hablaba tambico de lüs (lemas periódicos absuliilislas: y no ha- biendo mas ({(le tres en.Madrid y necesitán- dose para el plural, crcinios que al¿,'o oos lle.uaba.

Como (iuiera, no ha sido el Pensamien- to de Ui AacioH blanco de acriminaciones como la Esperanza, y mucho menos como el Católico. Esle es punió que merece exa- aiinarse.

$ Tocante á la Esperanza no alcansiamos á ver ese destemplado tono contra el cual se ha declamado, ni mucho menos (|ue se des- cubra en nin;:;uuo de sus escritos ni aun asomo de encono contra el l'adre común de los heles, couío se ha (juerido suponer. Lue- go de recibida la noticia, contesLnndo en muy breves palabras á una insinua('ion del JJeraldo, por cierto algo |)un/.aulc, no ha- blo de otra cosa que de fe y de sumisión: y po>leriurmeule, si bien ha maniteslado mas 6 menos desconiianza con respecto á las no- ticias recibidas de Roma, no se ha permiti- do ninguna espresion ofensiva al Ponliíice ni á la corte romana, moslnuidose siempre pronta á someterse á lo que el Papa deter- minase. Si a los periódicos de ciertas opi- JÜones no les ha de ser licito ni aun suscitar ptas cuestiones de critica, entonces seria iMjor cerrar el campo de la di.scusion. En Cko hablamos con tanta mas imparcialidad, auto i]ue nosotros nos hemos abstenido de suscitar esta cuestión; pero la Esperanza es- taha en su derecho al manifesl^ir sus dudas, y no hemos acertado a ver en sus escritos esa (lo>l<'inplanza de ({ue se la acusa. La Es- peranza ha hecho muy mal en no recordar que un articulo de oposición, ({ue seria mi- rado como un modelo de templanza si se hallase en periódicos de otro color, es una cosa exexrable puesto en las columnas de un periódico monárquico. ¿Tan pronto se ha olvidado la Esperanza de la pena del ilo- tismo con que se ha conminado reciente- mente á los monár({uicos? ¿Es acaso poco Mra los ilotas el que se acepten sus alai>an- pis? U alabe pues ó enmudezca. ¿.V donde iríamos á parar si los carlistas comenzasen á levantar deiiiiisíado alio su voz? Esto es ya demasiado, y al iin sera preciso ponerle un término; sera necesario realizar la amenaza. Arrepiéntase á tiempo la Esperanza, que el ilotismo esta pendiente de un hilo sobre la cabeza de los contumaces.

El debate verdaderamente ruidoso ha sl-^ do el del Católico-y el hecho es grave; no ha sido infundada la alarma; pues según pare-, ce, ha habido.serios temores de que el 6'ü- ^>/ico llegase á escomulgar al i'apa. En es- te supuesto los periódicos de la situación han salido como era natural, á la defensa de la Saflta Sede, para evitar á la cristiandad un grande escándalo y al Papa un disgus- to. Escusado es decir (jue los compradores de bienes de la Iglesia se habrán también llenado de santa indignación contra el Cató" lico, aprovechando la ocasión d(! mostrarse agradecidos, pues cuando el Pontilice co- mienza á pensar en librarlos á ellos de esco- muniones, ellos.se han adelantado en sal- varle a (ú de la (|ue iba á recibir del Católi- co. So se los podra llamar inijraloü.

Lo que tiene una medida oportuna...Con sola la noticia de las buenas disposiciones de Roma se habrán hecho iillramontanos mu- chos hombres que antes estaban muy lejos de serlo: el día en que se publique oiicial- mente el reconocimiento de las ventas, el entusiasmo por la Silla Ajtostólica llegará á su colmo. Esto es una felicidad que convie- ne no echar á perder: y por lo mismo Ro- ma debiera andarse con mucho tiento en no mostrarse demasiado exigente: porque si bien están ahora de su parte los nuevos con- vertidos, es temible que estos reúnan el fervor y la instabilidad de los neófitos. Mu- cho recelamos que por poco que el Papa se mantenga lirme en algún punto de grave- dad se trocarán los papeles, y el Católico ha- brá de salir á la defensa de la Santa.Sede. Por esto desearíamos, que si este periódico está efectivamente resuelto á escomulgar al Papa, no lo hiciese por ahora, y se conten- tase con una admonición. Entretanto se ve^ rá si los neótitos se consolidan en su pro^ pósito, y si es cierto ó no que de hov ca adelanle'el Católico haya de encargar tleli- nitivamente la defensa de la Silla Apostóli- ca á los compradores de los bienes de la Iglesia.

Esle asunto del Católico tiene algunos antecedentes que conviene recordar. Hace mucho tiempo que el citado periódico estaba in(|uietando á los compradores de los bie-» nes del clero, á pesar de cuanto se estaba diciendo sobre el progreso de las negocia- ciones del Sr. Castillo v A.vensa. Cubierto hasta la frente con el parapeto de los caño- nes de la Iglesia, y mnv en parliculac. del CMNflbélTKiito,doiidt^ieraque veía I se fwt privades át \» tMackiaflirll asomar una cabeza de comprador de Ijícucs fanatismo clerical, vaiiéodonos de la espre- de la Iglesia, le disparaba un tira; y si este { sioa ümpbaila ^aU» úUídmm dias. Como todavía no henaa keeho gnmdeawlMrtat tm la carrrcra palriolica, á pesar de que ahora ya no hay en nuestro periódico aquello de i). Carlos, y los frailes, y la inquisición, y si úaicameBte el absolutismo n/Qrmédo^ loqua no es poco, no hemos podido llegar á com- preader el liberalismo ile ciertos periódicos V de una que otra autoridad al hacer carga» a los confesores no absolventes, cuanáo ai* fervor de los no absuellos clama al cielo ve»^ gauui, como la sangre de Abel coülmai mlricída CaÍD...i ^«««k < i'^j^^ ITé aqui cómo consideramos nosotros la presente cuestión. El catolicismo debe de ser eu £spaíia, cuando no la religión.dei Estado, al bmhos una religión tolenia. li decir, (]iie no se halla en peor condición que bajo los gobiernos protestantes. Ahora bien, supongamos que en Inglaterra óet loa Salados-Ünidos ni foailtBte á quien m ha negado la absolución se queja ante el ma- gistrado y pide el castigo del confesor, ¿qaé ae le eofilMlaié? «Balo na ea 4e ni iiemia bencia, dirá cuerdariieiUe el magistrado; V. como católico se sujeta al tribunal del con- fesor; y el confesor como ministro de la fte- ligioD Católica procede de la maaera ^m> cree conveniente. Si V. no (juiere confesar- se, el confesor no le fuerza a ello; si V. de- aea baacar oCro aaeerdole tfot le absuelva.

comprador era por acaso de los petUtmtm t^kMtti le ese(^eteaba oon mas viveza, como para librar al confesor no absolvente de los procedimientos de un juez de prime- ra inatancia, de las medidas gobeniati^de nn gefe político, ó de un golpe ab ínlo de omnipotencia ministerial.

Cuando ios famosos procesos de los ser- mones alannanles qie aiMiiazaroo provocar uaa conflagración en el Congreso y en otras partes, el Católico tuvo la osadía de mani- festarse partidario de los predicadores, no embargante que los escesos de estos habian llegado hasta el punto de tomar en boca al Jvdio Errante; cou lo cual el Católico infun- día sospechas de pertenecer á la esenela de Rodin ó de Faringea. Esto era horrible y cabalmente coincidía con la locura de Vi- llemain, causada como es claro por los anó- nimos jesuíticos, y la agitacloB ántijesuitica de esos bravos patriotas que acaban de cu- brirse de gloria en los campes de Lucerna.

Asi las cosas, y llenada ya la medida del sufKmienlo de las victimas, llegáronlas no- ticias del Sr. Castillo; y los periódicos de la situación al anunciarlas, no se olvidaron de Ihf oreeer i sos adversarios con niia sonrisa huilona. El Católico se enfadó, meDCSlercs confesarlo; y antes de abandonar su parape- to diria para st: pues si el fuego ha de ce-. sar pronto, vcry al menos á desahogarme I el confesor no se lo impide: este ea, antes no llegue la orden; y cargó hasta la | asunto de mera conciencia; las leyes no me boca, V disparó con un estruendo horroroso. \ autorizan {>ara mezclarme en el, y el huen Los defensores déla aituacion, que se vie- I sentido me ensella que nada tengo que ver tÍÉ «¿mqxndidiia con lai galanas albii- I con semejante desavenencia.» cías, no pudieron eontcnerse mas, arreme- í'areci.mos <|ue esta respuesta del magi»- tieron ÓJMMO de carga como en otro tiempo t^cado era muy justa sin dejar de ser muy li Mñfwi bienes del clero, según espre- beral; pero ya vamos entcndiendn que no sion del Sr. £gaña,y rompiéndolas lilas de los apostólicos han hecho en ellos, lo que se llama una carnicerfai.

Discisti justttiam moniti et non temnere ' IjKiiébmgIbnidad del dera, «bsthndi todavía en no preferir al Concilio de Trento las leyes de Mendizabal, ni á las alocucio- nes del Papa los artículos de los periódicos, habrá recibido una buena leoeion; y es pro- bable que en adelante no suceda que los compradores de bienes del clero, de suyo tan amigos de ^ftecne^^de áacranentos, debe de sor;isi cuando lo comprende de otra manera el liberalismo espa&ol. Sin em- bargo, á los que de esta soerte opinan ana atrevemos á dirigirles algunas preguntas pnf* ra esclarecer la dificultad. Un sacerdote sen- tado en el tribunal de la penitencia, ¿puede obrar-contra loa cánones de la igiosin? ¿fli ó Bo? ¿ Puede prescindir de los decretos de los concilios, aun de los generales, aun del de Trento, admitido y vigente en España? ¿Si o no? Estos conciliaa, y en especialii de Trento, ¿sujetan á escomunion á losqM se hallan en el case de que tratamos? ¿Si ó no? Un safierdote ¿pOMS dar por deioga- Dlgitlzed by Google 'TnDmni con •ti» hillMriiediado una ley eivíl en contra- dicción con ellos? ¿Si ó no? Si piies el sa- cerdote no puede obrar contra los cánones tener con las negociaciones de Roma resul- tados de tanta trascendencia, seria sm duda mucho mas acertado que en vez de irritar 4» la Iglesia, el saeenlale al obrar conforme loa iamos se proearase calmarlos, v siqaieá ellos procede como debe, y manto se ha- ga contra él es un atropellamionto, un aten- lado contra esa misma libertad (^uc tanto se B08' encarece.

El sacerdote no va á busrnr al penitente, este ea (juien basca al sacerdote; al compra- «ésHe bienes de la l^^lesta nadie te va á in- iqrielar ensu ( u m á requerirle para que «e vava á confesar. La Kspañn de ahora no esia fespafia de otros tiempos; ahora nadie ra por interés propio no suscitasen íos hom- bres de la situación cuestiones espinosas, <iue no podrian menos de acarrear dificulta- des y conflictos. No es probable qné ladaa los asuntos eclesiásticos se desenmaraflen instantáneamente,, antes es creíble ({ue las negocíncidlied dui'»>tii iaiga tíanipo, y que en el curso de ellas se tropezará con alf;unos obstáculos. ¿Qué nccesidiíd li.iy do auínen- tarlos i ¿l'uede ser provcebüM> al buen éxifanaráporciertoenintenlarcaDSas á los que | 16 de las'naffoeiaeiones el jqoe se persiga ¿ no reciban los sacramentos ni cumplan con los sacerdotes por haber m'ü.ido la absíduios demás preceptos de la lelcsia. De in tu) hay una verdadera libertad de conci ík 1 1, y tan lata como puede haberla en los Estados- Unidos; ¿quién no ve, pues, la sinra/nn de ua confesor porque se ha ne^sado á á m penitente? Esto seriaincreiblc si no lo estuviéramos viendo con nuestros ojos. ¿ Y todavía se nos habla de libertad Clon, y el (|iie la poleunca sobre los asun- tos eclesiadilcus sea apa^iioaada y vimleotáf r BniHr qne«l. alero, que laaiMi^s, que cuantos han rntopndecido siueenuneiite,i l is victinuisüelUebpojo. uo solo se soutelausiao que déíi mnesimdealcgria, dyáHniiüniit porque está próxima i estinguirse la es|>e- ranza de recobrar lo iierdulo, es exijíir dey de tolerancia? ¿ Y esto delienden y pro- i masiado; es empeñarse cu violeutar los sen periódicos que se llanian libérale^ | tlmientoa mas netvrales; e8<<|neferlMratr^l No hay aqui solo cuestión reli^osa, hay cuestión de libertad: y es e^ítraño que a aanbre de esa misma libertad se aconsejen 4MMAas desafueros.

El no recibir el penitente la absolución nn le priva de ningún derecho civd, ni le espo corazón humano á que deje de ser lo quej ¿No basta la sumisión? ¿Hxiuira mas el * mo Pontiíice? ¿Necesitan algo mas los c pradores de bienes de la Iglesia? Y si á (te- sar de todo. á nin^ del triunf'> consepoido se insulta a los despojados, y se les prodim é ■oteatias de ninguna clase; ari cono I gaa apodos, y rtüras y sareaaaMai^tiMié ii absohwion qne tedíese por faena el confe- { estrañoqne no todios tengan paciencia ba»* «orno bastaría para tfanqtiÍ7arle en su concicn- i tante para abstenerse de contestaciones du*« ras? Era de esperar que los desengaños y los eacatmieatoB, y sobré todo el cansancio da his discordias civiles, inspirarían difi renta conducta. l)e<_r;u i i ljuienle no son solos los anarquistas los que conservan aOcion al himno de Riego y átes tradioiaoeadel if gala. Por lo demás, asi como comprende- mos el disgusto de uaos, tampoco quere- mos ¡nenlpar te étmfmét «ünaranihdB^a»- sas son muy naturales: hace ya largos años que alternativamente, nnicnlras los unos es* tan aüigidos los otros echan las campauas á Tutío reata es la suerte de los paisas dottda campea la discordia. Los hombres juiciosos deben hacerse cargo de lo (pie consigo traen semejantes vicisitudes, y ni participar del enojo de los caidos, ni tomar parle ente burla con qne se solazan los que trinnffln; asi al menos no se atiza el fuego, que por caá. Si no quiere someterse a los resultados del Mtede* aquel tribunal, que no Heve á él su causa; en ella no hay mas actor ni mas testigos que él mismo; ¿ (|ué derecho pues 4iMá (Quejarse si sale condenado? Esta candeiacion> |te acarreará ñor ventura al- gnn perjuicio en sn fortuna r ¿No está ade- mas el confesor obligado al mas riguroso si- <g|Baf 81 pnes antes de presentarse al tribu» ■al de la penitencia nadie le fuerza á ello, y después de presentado, la negativa de la al>- seluciun no tiene ningún resultado civil,. -'l^fN apelar á Jos tribunales ciritest ¿ Es I inocente ó es culpable? Si es inocente, tan- to peor para el confesor; si es culpable, i qélén na pensado jamás en ser absucito porÜKrza? Esto, sobre injnsto, ef dema- síido ridiculo. Ka ique al parecer, según las noticias del * dRgncia arde ya demasiado, v no queda e' Tcmnrdimirntn (e haber contriDuido á p\;is~ perar los parltdes y agravar por consiguien- te los nnles de esta nación infortunada. Sigan, pues, enlioralMiena su earso las negocíacione*! con Roma: nosotros tenemos contianza en el espíritu de paz y en la pru- denetar del Pontífice. Con el espirita ee paz hnrá las concosiones que considere necesa- sarias ó convenientes, y con la prudencia no dejará de obtener en couipeusaciuu alf^unas repaiaeiones pera la Iglesia de España. En Roma se sabencoufItK ir hien las ncgociacio- 11 na nneva üf. tte eomenzó por pnbIHuih lev de inipr''n(n di» (rfínTHlf / Rrnhn, v acaba por despojar el jurado del carácter de institaelon constitneiomil. Se eomenM por suspender la venta de los bienes del oler», y se acaba por devolver lo no vendido. Se comenzó por quitar algunos empleados pro- gresistas, y al fin se toa in qniliid^á todos; Se C(iiii:'ii/i) p'iT pifiíTr rnnl n-'ñn a!^^■ qiiese ■ levaulabau; primero tiul)o capiUiiaciones, pero luego han seguido los fusilamientos ^ia piedad. Estas cosas no le son mny 'saMa- bles á la revolución, y sin embargo se han nes: la presente et» diiicil, va lo sabemos, | ido haciendo, mas bien |>or la fuerza de las fdo otras se han resaelto feiimente en Ro- sncesos que por la Toluntad y los planee de ma (pie lo eran mas. No cabe dw!a, que el gobierno español saldrá ganancioso en pro- vecho de los compradores de los bienes de 'In Iglesia, pero lampooo es de pensar que un sacriíieío se akanse sin algún otro sa- critício.

Aun bajo el aspecto político quizás puedan •naolter oe esto algunos bienes. Todo lo que sea qnitíir de en medio cuestiones Ir- rilMtes, todo io que sea desvanecer inccr- tidnoibiea que llevan agitada la sociedad, to- do lo que sea aumentarlss influencias legiti- mas y anti-revolncionarias, todo puede con- tribuir a dar a la política mejor dirección, y é dar fin á la revolución, que cada día va dftíaycndo.

No todo lo (^ue hacen unos hombres es en provecho del sistemaá que ellos pertenecen: es bien seguro que cuando la coalición con- tra Espartero no pensaban los progresistas trabajar en beneGcio de sus adversarios, y -sjn embargo lo hicieron; y lo cierto es que ahora de un modo y después de otro, aho- ra invocando unos principios y después otros, desde la caida ae Espartero ha sufri- do la revolución tan recios golpes que la ban dejado mal parada.

Las cosas llevan irresistiblemente un cur- so contrario á la revolución; y si estaño poede eoBieguir muy. finmtt un estallido» lo que es mny dilicil, es probable que no se detengan las cosas en el punto en que es- 1 >ten. sis comenzó por desarmar algunos Üt" | tallones de milicia, y se acabó |)or desarmar- los todos, y por í]uilar ademas la milicia del código fundamental. Se comcn/.ó por disol- ver ns Cortes de la coalición, y se acabó por echar abajo la Coustitucion <fc 1837. Se comenzó por mudar algún ayuntamiento, v ee aeita por mudarlos todos y siyelarlos a los hombres. Ni muchoe pensaban en desar- mar en masa la milicia nacional, ni en echar de los empleos a todos los progresis- tas, ni en reformar la GonstiUcion de Ifitf, ni en devolver al clero los bienes no vendi- dos; v es bien seguro que si á muchos de ioe> que han contribuido á ello se les hubiese dicho todo de antemano, se hubienn eni' tado de tanta osadía. Y sin embargo se ha hecho; y por indeclinable necesidad se ha- rán todavn muchas* otras -oQBon. Bn ÜW nos hallábamos en el periodo ascendente; hemos doblado la cumbre y estanms ya en el descendente: unos quieren bajar uiat» de prisa, otroa mas despacio; unce «o quieran bajar hasta el fondo, otros sí; pero lo cierto es que á pesar de todas las resistencias, se baja.

Los periódicos progresistas tienen nm corando clainrin fjiie la libertad peligra; ellos cuUeudeu a su iiu)do libertad, y en este sen- tido la Khertad pelíi.'ra: no vat.desomnÍMH dos. Y á esto contribuye cada cual por su parle. Los progresistas CNin esa oiKisicioii tremenda y uno que otro ensavode pronun- ciamientos, van empujando ales hombres de la situación hacia el sistema monárquico; y como tampoco los monárqnieos pienien iodo el tiempo, á cada paso que dan bAoía ellos küde la aitMdonactoal les dan- un tirón, y en vef de un paso les hacen andar dos. verdad que ellos vienen de espal- das, como que mu de dar hi cara é mfn gresistas; vienen también murmurando con- tra los que los arrastran hacia atrás: sea como fuere ellos retroceden. El Sr. Martí- nez de la Rosa es en política un escelente infíeniero de puentes y calzadas sin que él se lo imagine. En 1834,!>io quererlo, ooa&- truyó el puente por donde UegamoBttl tin de la Granja y al prommciamiento de selienibre; pureccuqs que ahora esla cons- truyendo olro, y <|ue por él hemos de lle- gar a cusas <|uc K. no cree ni desea.

(jOo oI arre;¿lo de las cosas eclesiásticas hará el Papa sacrilicios, de esto no duda- mos; pero repetimos que no vemos las cosas tan negras que ni en lo religioso ni en lo político ya no nos quede ninguna esperan- za de que la España pueda reportar venta- jas. £1 estado de la sociedad española no es •éde la francesa; aqui el principio reli^ióso • líeae todavía una luer/a incalculahie; es un MMIe que no han quebrantado los ímpetus de la revolución, ni i^astado los surríinien- tos: el (lia en que este principio vuelva á ejercer sus funciones con al¿;una libertad, hará sentir sus efectos en todas partes, in- 4ÍHt la |)olilica. Porque el influir en la po- Mjft^ no de|>en(le tan solo de que los eclc- lüalicos puedan o no puedan ser diputados, ñique los obispos se sienten en mayor ó me- nor numero en los escaños del alto cuerpo cole^islador; hay influenciasindircctas, sua- ves, continuas, <|ue se ejercen sobre la socie- dad, y que tarde ó temprano llegan hasta la política, con tanta mas eficacia cuanto me- nos se han dirigido a ella. 0* Tomemos |)or ejemplo la coniirmacion de losobis|)os, que probablemente será uno de los primeros re>uUados del arreglo con Ro- ma. Prescindiendo del mayor ó menor dis- cernimiento que hasta ahora haya habido ó en adelante hubiere en la elección por parte del gobierno, nosotros estamos persuadidos de c^uc este será uno de los puntos en que mas se hjara la atención y el celo de Su Santi- dad, para no colocar al frente de las muchas iglesias vacaiilos sino hombres de sanas «bctrinns, sabios y virtuosos, cual los de- manda en todos tiempos la dignidad epi.sco- pal, y muy (Kirticularmente en el presente, cuando sera tan necesaria la mano del Pas- tor para curar los males de que encontrará plagadas sus ovejas. Ahora bien: si hay es- te acierto, que debemos esperar, se hará ientír saludable y poderosamente la influen- ñi del cuerpo episcopal. Tocante á los asuntos espirituales no es necesario probar- lo; y por lo relativo á los temporales, tam- bién creemos que no puede menos de ha- cerse sentir de una manera muy provechosa la nueva aparición de un elemento social tan res|>etable, que tanto ha representado siempre un España, y que ahora los años y I los padecimientos tienen poco tnenos qne ¡ estinguido. Volved la vista en todas direc- clones, V solo se os ofrecerán iglesias viu* das; si algunas no han perdido susprelados^. estos con pocas esi epriones, se hallan ago-*. biados de años y de achaques.

Encaso de amena/.arun trastorno poli tico^ de una complicación, de una crisis, que por tantos motivos puede sobrevenir, ¿sería poco para evitar catástrofes el contar en to- dos los puntos de la península con hombres , revestidos de tan elevada dignidad, cuyas órdenes obedece todo el clero, y cuya pala- bra reciben con acatamiento los pueblos? n I Una de las causas mas {irofundas de nuesr tro malestar es la falla de instituciones só» lidas é influyentes: la revolución destruyó las antiguas, no ha habido tiempo do reetn* Í lazarlas con otras, con lo cual se halla España pulverizada por decirlo asi, sin nada (|ue ligue sus diferentes partes, sin mas prendas de estabilidad que la fuerza del pot der publico. Una de esas instituciones es sin duda el episcopado; y en un país tan religioso como el nuestro, bien puede ase- gurarse (jue esta es la primera y mas salu- dable de las instituciones sociales.

La presencia del Nuncio de su Santidad en Madrid tampoco podrá menos de ser pror vechosa, y si los asuntos eclesiásticos se han de arreglar, lejos de considerar convenien- te la tardanza de su venida, desearíamos que estuviese en España antes de que se procediera á una resolución delinitiva en gravísimos puntos, de que es dilieil infor- marse exactamente á no estar en el mismo. pais de que se trata.

Después de verificado el arreglo, tnmbien podría pesar mucho su voto en negocios graves, contribuyendo con su influencia á traer al gobierno á buen camino cuando se apartase de él, y dar al clero saludables consejos cuando los hiciera necesarios lo crítico de las circunstancias. No ignoramos (|ue un desmán de un gobierno obliga tam- bién á los Nuncios á ausentarse; y tenemos demasiado cerca sucesos deplorables que nos manilicstan la posibilidad de otros paro- ' cidos: sin embargo, es preciso observar que , ciertas cosas no son nara repetidas con fre- I cuencia, y que cuanuo no la buena inten- i cion, al menos el interés propio v el temor Íde provocar resultados funestos oliligan fre- cuentemente a pnaeder con alguna cautela.- Ademas es necesario también llevar en cud&ta )a diferencia de los tiempos; lo que 11 se hace con facilidad al priiict|>io de una re- I volacion se convierte en imposible ó muy! difícil cuando ia revolucioa va locando i su \ ténnino. ¡ Sea como Aiere, cnanto mas meditamos sobre este negocio nins nos confirmamos en la opinión manifestada en el número ante- rior. Sin haccrnoh ilusiones sobre la vcrdadc- M sílnidon de las cosas, sin desconocer tampoco las ideas y las tendencias de los hombres, sin entregarnos á vanas esperan- sas sobre la suerte que ha de caber al cIcro> nos lirametemns tadavta mucho del celo I apoRtófiro y di» la consumada prudencia de ' la Santa Sede. Si hay concesiones no las hibii sin alguna compensación; repelimos que en Roma se sahe negociar, y que no fuera cí?traño que en el curso de las* negocia- j Clones enlabiadas se viese la prensa religio- it en la necesidad de salir á la defensa de loquf*:i[ir'!lifl ira sin duda nmhiriosas prc- l temwtm de la curia romana. De todos mo- dos, asistamos con calma y dignidad al cur- to de tos acontecimientos, recibiendo con entern snrnision cuanto decidiere el vicario de Jesucristo.

Por nin^n tftulo, bajo ningún protesto es lícito debilitar el ascendiente de la réli- gion; y estése dehilila con cualquier resis- tencia que se ofrezca a ias disposiciones de la Santa Sede. N^o darán, no, tan funesto escándalo en Dspnfia ni el clero ni el pnohlo; {>or mas í[tie mí diga, ha habida suintsitm y j a habrá en adelante; noa muestra de des- ' agrado dista mucho de la resistencia; bi aflicción causada por la pr rdida de una es- peranza no, es el encono contra el Papa, y ma palabra de indiji;nac¡on contra los com- I pradores de los bienes de la Iglesia no es | una insurrección contra la autoridad Pnnfi-, ticia. K>a resistencia ni ese encono nu han existido ni existirán. En vano se ha tomado acta de palabras pronunciadas en el calor de los primeros momentos por personas de pro- bada buena fe, de rectitud de intenciones, de sanas doctrinas; en vano se ha tomado arlr», osla acta no servirá de nada: porque, sea cual t'uci% el sentido que á primera vis- la pudieran ofirecer las palabras que tanto se han comentado, tenemos por seguro que su atrtnr no les daba signilicado que de nutgun mudo pudiese ofender la autoridad de la San- ta Sede. Asi lo creímos al leerhis, asi lo be- mm víalo coulinwdo en sos esplicaciones sucesivas: el acento do la indicación p(0> vocada no es la esprcsion de disposicienso amenazadoras.

Siempre hal)iamos dicho que en hablando el Ponliücc el clero se »>meieria; y repeti- mos lo misuM ahora, deapoesde haber «Inw> vado lo que está sucediendo tan pronto co- mo han llei'sdo esas noticias, de las cuales solo una pane sabemos por coodui^lo oüciai. Una cosa desearíamos es este asunto, y es que el gobierno y los. hombres ¡nfluyeules de la situación imitasen en lo que les corres- ponda la conducta del clero: es probable que entonces no lendriauies «(oeeenaiiesao carn iní'onsticucncias en que much» tenM*- mus que lucurriraa. ti clero s>í$ue esta. con- ducta honrosa, y no la abaudoneri en ad^ lante; los que mas elevados se hallen en categoría serán los [trímeros en dar i«l hnon ejemplo. I^slc es un hecho de que nos lie- mos asegurado. Hombres distingoidef per su saber y sus virtudes, liomhi rsquc nocare- óian de motivos de reseulauicolo por haber sufrido re|»etidas persecuciones, estos boBi- brcs son los orí me ros en balar Ja cebeae f esparcir por oonde quierapaJabiis de ps f sumisión.

¿ ¥ qué diremos del Episcopado? ¿ Oaéie por ventura que en esta circunstancia critica desmentirán los obíS|M)s aquella firmeza apostólica que ba resistido á todos los cntbtt- tes de la revolución, que no se ha quebra»- lado con los procesos, los deslio rrf>s. las corceles v todo linage de padecimientos? ¿No los hemos visto recientemente á algu^ nos de ellos renunciar generosamente á istr- cargarse de la administración de ciertos producios, solo porque creían que con eÜo se moBcillaba su conciencia? Sea cmd fuere la opinión que sobre aquel particular síi pro- fese. ¿ no fue edificante el ver que n!t:irnos prelados, al ofrecerles el gobierno ia admi- nistración, Bo se afanaban por tomarla. ce* mo lo hubieran hecbo sin duda si li s guia- ran miras terrenas? Lo primero que se uro- cura en el mundo es poseer de^ un maoo é de otro, porque con la poseiiwi ae líoMi adelantado para lo demás, y '^in embaríro, esos d^nos prelados dijeron; «uo querea^os una posesión que en auceUo otncofrto eoo mancilla; la conciencia antes que m peoduclos.r» Los que Uencn la generosidad de aüadir aOiceion al «fligido; losquepaieflaugnimee en insuliar áloe deapqíndw; las ^ w