SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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saben hablar lic la buena (lis¡>i)Mt-ion en que se hallan los negocios de Hoina sin que nña- rian espn'siont's ofensivas a los que ellos lla- man njio.'iióliros, seengat'ian mucho si creen qae en Kspana se dará un escándalo en caso 2ne se ohten;:;in de Roma las concesiones e^e se nos habla. La Iglesia de España 9e Mstrara lo (|ue es: fiel a sus deberes, tiraje en su fe, sumisa y obediente á la ca- bm del orbe católico. Durante laspersecu- ] aÍMe:» ha sabido sufrir; cuando ha llegado et4lM Dcresario ha sabido hablar: testigos i llt innumerables procesos (]ue durante la í dffminncion de Espartero y mucho antes se formaron al clero y a los prelados. Los que, han dicho lo contrario, los que se han atre- vido n alirmar que el clero solo hablaba aho- ra y <{ue antes callaba, se olvidan sin duda de tantas causas cwno se formaron en é|K)- cas lejanas, y centra las que alguno de los órganos de lá situación actual reclamó con voz elocuente. I*ues bien, ese clero que supo protestar, que su|>o sufrir, que sabe tmn mismo resignarse á toda clase de pri- vaciones, ese clero sabrá callar cuando el Ponldice hable. sabrá someterse de corazón; sabrá hacer un sacrificio, quizas todavía mas costoso, el sacrificio de soportar con pacien- cia y calma la irritante sonrisa de la injusti- cia triunfante.

El articulo que publicamos en el número anterior ha llamado la atención del Heraldo, qie considerándole peligroso >e propone apKcarle el o[M)rtuno correctivo. Desempeña el Heraldo su tarea en lérminosmny mesu- rados y corteses, que no podemos menos de agradecer; pero des])ues de una atenta lec- tura de su contestación, no hemos acertado á convencernos de que destruyese nada de lo que habíamos asentado. El Heraldo se li- mita á unas breves reflexiones sobre dos puntos de nuestro artículo, i Los confeso- res que no absuelven á los compradores de los bienes de la Iglesia. í." La tendencia política de España. Tocante á lo primero, el Heraldo nos ha hecho un favor al inser- tar algunos de los párrafos en que manifes- tábamos nue-iira opinión. Nada tenemos que añadir. El Heraldo no combate las razones en que nos apoyanM)s, y en vez de una res- puesta nos dirige una pregunta. No le nh> plicaremos nosotros con otra pregunta, sino con la mas csplícita respuesta.

Nos pregunta el y/errt/r/o: «qué califica- ción merecerán los infinitos sacerdotes que siguiendo una conducta opuesta a la única «pie cree justa y legitima el Pensamiento de la Nación, han ahsuelto en el tribunal de la penitencia á personas que les constaba es- lar iiK'ursas en los anatemas del concilio?» Le negamos redondamenti; al Heraldo lo que dice, que la iinneivia mayoría del clero español ha obrado en el sentido que él indi- ca; estamos seguros dé que la inmensa ma- yoría del clero español o|)ina en contra de semejante conducta. En esta inmensa ma- yoría incluimos á casi lodos los obispos. No ños atreveríamos á alirmarlo de lodos, pe- ro si que en caso de haber alguna escrp- cion. es muí/ rara. Los obispos no nos des- mentirán; no lo dude el Heraldo.

Pretende el citado |K'riodico que con nuestra doctrina «se ofenden los derechos y las prerogalivas del |)oder temporal en el ejercicio de sus mas altas atribuciones.») ¿Y orqué? Los mas acérrimos regalistas ¿han echo llegar las prerogativas de la Corona hasta los secretos del tribunal de la peni- tencia? No lo dude el Heraldo, el meuio de tranquilizar los intereses creados no es in- tentar procesos contra los confesores no ab- solventes; con esto no se hace mas que embellecer la causa de la verdad con la au- reola de la persecución..No puede decir el Heraldo que tratamos de alarmar; hace lar- go tiempo que no habíamos locado estas cuestiones, pero las acusaciones contra el clero han sim» tantas que no hemos |)odido menos de levantar la voz. en su favor. El clero usaba de un derecho y cumplía con un deb(>r; así lo pensamos y asi lo hemos dicho. Cuantos hayan leido nuestro artículo se habrán convencido de esta verdad: los penitentes apelantes son, sobre injustos, ri- dículos.

El pasage relativo á las tendencias políti- cas de España le parece mal al Heraldo, bien que ha tenido la imparcialidad de in- sertar sus principales párrafos: esto nos basta. Lo (lue allí consignamos son hechos, nada mas. Estos hechos.son recientes; ¿te- nemos nosotros la culpa de (|ue hayan exis- tido? Hemos prescindido de la intención de los hombres; nos hemos referido umca- » fél*CMB8;y esMMMlflhl Tiosntros no heuM» heoto.oMS qie MlaMis ooa el dodo.

El Htraldo die» qm nos hacemM ilusio- na»: tea en buen béra. Añade que no nos del órdeii uus ulcgumius, pero lo ( reíamos ywaílile á mentir cost». Ni tasveníajm obk- nidíUi, ni el renriainvífo d e la reeolncion: r;íhn!mcnle copia ei párrafo ea qao COBSigütilwiuos lo contrario.

». Si hubiéramos dicho qu<í los gobernantes no habían hecho nui i, cj y/prníaío se habría quejado; decimos u ue bva retrocedido, y ímmmm » queja. ¿Qué diremofi pues? Esto m otoflicto.

5m> lamenta el Heraldo de que defenda- ntos ía aioaarauia absoluta; se babrá olvi- dado de kM eetio arlienlof sebre la refoma de la ('onsti'nrifin. Verdad es que el (Uoho (lijo no ha nmcbo licnipo, que las corles une üosolroi» deseábamos eran uaa especie éemoiedad eeonémíca; quiera deeii* «pie le pnr rrn ticmnsindo nansas: no es eslrario que (>u>nse asi el ér/ato, acostumbrado al impciu y brío de laa enríes aeinales. El GUh i» w> probó lo que dijo, nada tenemos pues que replicarle: na (Úoho pioaate no es nn «igoqiento.

-;<Se ¡equivoca el Faraldoenando nos atri- buye deseo de retroceder á tiempos que pir- sairon^ Uevaodo la Espaúa a un sistema que la escluya de la Europa calla y la rele¿i;ue al'4/itMS. ¿Giee el Heraldo qm no hay me- dio entre el «sistema de la silvncinn y el del «nporador de. Marruecos? Nosotros no muimi tímidos; ereenos que faera del sis- tema leelual 4 bay muchos otros no africanos. Todavía «ns; parccenos que el sistema de la situación actual no tiene semejante en SnrofM. Dejemos á nn lado la Europa ente- ra escepto la In::!aterra y la Francia; el sis- tema de estas dos naciones., ¿es el sistema aotual de España? ¿Hav allí la teoría de los hambre» - necesarios? itomiMe neeesario es sinónimo de situación fába y por lamo débil.

Be Inglalerra no hay nadie necesario, incluso el monarca; lo que es necesario ai la monarquía. nn el monarca. En Francia se cree ({ue hay uc bombre necesario, y esto ya es signo *de flaqueza, no obstrále que este hambre es el Rey. La situación actual Ueuti por necesario a un hombre, y este eénn general. ElMeraldo no podfi en la neral.

Entre el UerMo y nosotros hay «na di- ¡ ferencia en juzgar de la stosmon; el iV*> iiil'ííi i!¡i r:-l;i -.itnncion esun maguifico edi- 'ticio;» nosotros decimos: «es une éebd tienda de campaña.» Al partido que está en la situarion, como si dijeramoa neaiioéi la tienda, le deslumhran lof? ricos nvit»H!es v soberbias colgaduras con que la coaiempia adornada; pero los parCides qn» «alan Am- ra, á la inclemencia del aire. no lo veo de este modo. Tiempo ha que esos partifbs cansados ya de la intcimperie, hubieran ar- remetido *á la tienda y lnhiiaB plegadav enviandoia sohrr> un bagage, oamtno deles- Irangero, si el.borabre necesario no estn* viese atravesado á la puerta poniendo tsn mala cara. ¿Góno adquiere que tomenMS Jn tiendri yM>r un magniíico cdihcio, cuando es- tamos viendo que el hombre que la giuréa levanta sobre eUa toda la oabean? O in qn vemos no es un pnlMb« é fir ser un coloso.

AL CLAMOR PUSUflO.

HUrU M 4i aba a» tM.

El Clamor Público insertó h;ice alíruno? I días un artículo titulado stíuackon ¡f ei Mriimo, cea el epígrafe, tnUrdiMi íiíifin tei gmdet.í) Aunque muy breve^ y eo nuestro concepto poco cottcluyente, en- cierra uu obsiaultí algunas indicaciones qne im podemos dejar sin coniestacioo, porque en ello se interesan los principios q|ie.sus- tentamos. Comien/a el Clamor Público por maniicsLar uue cu la polémica cntablaiiaiMt- tre el Heraldo y el Pmuamiento d» 4aJtt^ cion, el se ffivir rtc y goza. Esto no nos es- tratia, el k'mammiíiílo de ía ¿\§cton esla penoa^ de la verdad dn k» qnn ditinnl C'Jsmar Público, y tiene muy tranquila su conrií'ncia, no solo con respecto á la diver- sión y gozo del penudicu pru¿$|resÍ2»la, que este eo si inqmriaria muy paaa, aino lan»- l»¡eu con relación a todas las conseciienrias que n ese^ozo y diversión pudieinu&q^MixáC. Uacc mucho líeuipo que estaqw? lemifisdo qpw IH'^midt eondnetR dl94iPlvÉtlNej ée^\ respvesta nos habipi dirigido una pregunta: nosotros en vez^ de replinr con olni ^w^oa- MtDieion ha de traer (x-ciici^ nada gozosas ni flivprliMns pnta todos los qtü^ (Ics^nn la cooservacioii dci orden público^ reílexio- ÜM ÉMliiiJ'ilM faneMlM <f«MIIIMMr<tfaeiuia revolución nos traeri-a por necesidad. El Petiftamietifo de la j\ ación ha insistido ta le dimos una respuesta terniinanie.

Ei PensamémU) de la i\aeio^\ o sea el periédioo«'«lllr»iiiQslamK;^ioné^f el (lamor Púhüco, discurre en la región de los |)rincipios, es cierto; y esto le da una mas de una vez sobre estos |)eligros: si | ^ran ventaja, asi como el Herakio y otros Wmi iM'MiiflwnMofel SMMMIi4le la gituacio» | qo6^4Nn^4leÍbndido ta litiNRion, se eacuen* actual con len;ru¡!;t' linnf. se hn iriinnlastn Irnii en tin;t línvifion por hal)er (lohlc- siemjire deja exageración v de la desteñí- |t ¿^do los principios obii^uuüolos á acumudar- jéima: lejos de concitar 'fffi pasiones ha | se-« ios nechos. Ningún partido fMiede vivtr^ fkocurado calmarlas; lejos df* romeilar'hi | de solos intereses; su^vuUraeoesita prinet-*) disronün lin iiidi.'ado nuNlios p:ira la reron- ' píos, pm-qne no ln\ \ ida sin verdad, y los ctliaeion; lejos de acou&ejar reacciones vio- i; pnoi^ios diguo^e este nombré no son sino. h)Mi»tia>ilefett(]íll Í|i|ifaiKina que w WP>to^pgWuiliL#liÉwto miki* á propósito para evitarlas. ílna que otra' vez principios, pero hay consecuencia, y la tínlos mismos órganos de la situación nn han godido menos de hacerle jusUcta en alguno IMMMioa pnillM^*>p«m -en -^itraértí' Se han nnijieñnclo en ver unf\ íucna encarnizada «ionde quiera que no han oído el acento de ceri'iail y el valor ncre^arios jwra sacar las deddccionui) ^uveuientes y conl'urmarse con ollas, haV'^lMtalM'algoque mipl» un tanlai la verdad. que es la c<in>-f'cnencia. Paro cuando no hav ni consecuencia ni verdad la lisonja. Ki I'emUtUitnit&dti la Anaou pues ¿qné es lo que resta? ¿Cual puede, seii^l «má completamente tranquilo con respecté I elwmiíio de vklváeian fMrtidéiv^ a ta divpr<i'm v «d gozo del Clamor Píihlirn: | tremo se reduzca á si propio? quiera Dios q(it> este gozov «liversiou oopa* | £tqM|rtido dek situación no ha co^^en- mM^^Io ^les, y que ^pWllPMfflA^étriíM^flÜ RV jp dl(É9^MÍ9lÍMlMÍHP'^^MMttBP(Í9MÉI|^Él!ÉIPBfll^f* hfímhres que gobiernan las nendas del esta- i cándese con respecto á los cosas eclesiásti- do, ó que por una ú otra causa influyen en cas en un posicinu tan ¡i\i jcrta cotuo la que los negocios públicos, no hayamos de ia- i ahora ocupa. Dos cainioo&tepiaD delante: ios MenHir nuevas catástrofes. ' ' réil%ll<w<fc»><NliÉiÉ^I fiaMiiUiliSüi Imí>ii Previa esfa salvedad, nos haremos cario ' i'i otro. En ambos emonlraba un terreno lia* del escrito del Clanwr /Hí6Neo. doutiesa es- j no y de.sembarazado; pero ba preferido lo-^ tft fieriddico qne «en la potémiea apareée el | mar'una vereda sumamente escabrosa por HHMtmimto dt la Nación mucho mas cons- | en medio de mil {MMilpleíos, precipieiaúdcl Utncional, mucho mas tolerante qtie el lío- \ que él mi^mn nn< c<lá hablando sin cesar. raido, y añade «la razón de esta que pareca | ¿Cuáles eran eso^ c^uiíhos'/ iklos aquí. Prif co ultramontano discurre en la región de los principios, el servidor del gabinete Narvaez qniere razonar sin ellos.» Agradecemos la ^ticia ({ue en esta parte nos hace el €Iq^ mor Piibticn; justicia; repelimos, y no favor, porque estamos seguros de haber demostra- do hasta la última evidencia que los prooe- diÉftiéatos de la autoridad civil, contra los confesores no absolvente<. á mas de ser un ultraje hecho á la religión^ son insosie- %l IWffeifO &t IWBlWBrtIfc ' y" Üe «la Los argumentos cim que apoyamos pMniiy leja-^ clero. que negó írtad >tra opinión en el articulo que ba dado a la i>oleinica, no han sido todavía ^ados; el fféftiM& rtias bio0iWWtNIÓ que nn!as refutó; ya observamn»; en el núin0K¡8»^iiit«nor^»^ffDi» en vez de darnos jiM< l^l«M>gió glnitúsoa l«uie^s. euya henaoiii» na defendió los bi* n del a la potestad civil el d ncho de privar á la Iglesia de sus propiedades, que sostuvo la necesidad de*aleaniar fMM>la espropiaciw el beneplácito del sumo pontífice, que pon*« deró los males sociales |tobticos y económicos que hriMCitfi4jHii«volucionaria habia de acar^ rear, que combatió con tanta firroeza, oalot y denuedo al gobierno progresista cuando perseguía á los eclesiásticos, por moiivos lugar á la preseaüfe polémica. que se opnso con tanta energía tesón a las arbitrariedades de K<ipnrtn-o contra la Iglesia, ipilitando por la causa do la MrgMmMPÉM^^ la Cderaiéia y la llliertad, este partido (pie á la sazón tenia (leíanle de si un medio, y era, decir ahora lo (jue decia aiiles, cumplir loque ofreció; y supuesto que aiiopUiba unos prin- cipios, aplicarlos hnsla en sus últimas Cod- seruencias. Esln confluíala era fraucñ, era nohic; coa ella no i>e suicidaba el {jarUUo, cobraba por «I contrarío nueva vida, ae granjeaba el apoyo nacional, y hasta cierto punto adquiría un derecho a seguir por lar- §0 tiempo dirigiendo ios nejjocios públicos, agando. El partido que al defeider las es- presadas doctrinas se hallaba on la oposi- ción, ahora liabi» subido al poder, y por lo mismo su situación era muy diferente. Si después de los acontacíniietrios de la época revolnrinn;iria creia qui* 1'' ora impo'^ihíe deshacer los beobos consumados, y por con- sigaieote aplicar sus prineipioaJiaala las úl- timas consecuencias, podia hablar de esta manera. «Yo he defendida estas doctrinas, es verdad; pero U>da doctrina para ser apli- oada exige das condiciones indispensables: la de ser |>ü>iblc su renliy.acion, y la de no acarrear mas daño (jue provecho. Mirando las cosas desde la altura del gobierno veo que esta posibilidad no existe; y que aun ftinnrln existiera, d nrovceho que resultase »eriu menor que el daño. Lo que voy a ba- eer desdé este primer instamie ea que me andera de las riendas del mando « es atajar el curso del mal. no consentir por ninü;un motivo ni pretesioque progrese mas; locau- te i lo pisado, haré las reparaciones>püsir- bles tan pronto romo sea dable Ayudadme en esta obra que la emprendo con leait^td y dceísioo.» Este len^uoje podia estribar en haehos mes ó menos exaelos; peco también ©ra franco, peneroso, eonsccucele: In^ hoittbves iifooárquicos y religiosos ^oáxm en tal «aae-dtSQBtír mas ó menos sobre la con-- taniañeia:y pasibilidad de ciertas medidas; el fiartidc que las resintiera podia ser tacha- do de error, mas no acusado de inconse- cuaneia. Peto eato.aoisft liiao.: lo que se bi- 70 fue vender rapidísimainenle las Mncasdel clero. Hrinndoque trascurriesen ^iele meses desde la caida de Oiouiga hasta la suspeq- aidade la venlai;:lo^q«e ae hito Cue apoyar por hrrgo tiempo con calor y con ticrilnd la conveniencia ae consumar ios hechos que la revehuten empezara; lo queae.hi¥ofqere~ ohüasrdaÉdellóaanieiile, cuando no con ia- dÍ!?Tí?>einn, á los que redamaron que sfi suspeiuiie&e la venta; lo que se hizo fue io^, aidiar en la fHenaa al-pmiii ¡Éanérgutae» desencadenarse contra él durante las eleo^ clones y conlinuar después hablando sin ce- sar de cou!M)i raciones caritslas que el tiem-' po ba- «enidb á deaaMntir.

Por esí <';if(sas; por tío hnlícr compren- dido el partido moderado su verdadera posi- ción, ee halk en aituaeion sumamente deaW ventajosa, Inaoatenible en la discusión á iat Iu7. de los principios, ioso ir nible en los hor chos sin el uu&iiio de las bayonelas»i nníMMiSi Paro volvanMfi al Clamor fMea. este periódico: «la controversia ^íra sobr» el derecho espiritual de absolver a los peca- dores, euandu estos se presenten cantrtr' tos ante el cuntesor jues «legado del tnkm* nal de la penitencia, para n ilimir con esta \m transgi-eeiones cometida» contra, ios nanm damíentos del Jtecélofeo.» <■> / mmi «««itiiMr «Falta saber si los compradoces de biiiat> nacionales bnn infringido, comprándolos, la ley de Dios. £»ta base estableceria la com^, peteneia del confesor, y no etelante, ni el Heraldo ni el Peu.samienlo, hacen mérito de tan iiidis[ie usable circunstancia.» V.oii estas j)alabras se propone el Clamor J'úbiico acla- rar la diiicullaa su)ioniendo que el Heraldo y ei Pensamimlo se han desentendido de una > circunstancia indispensable para ade- lantar la sejucion. Permilaiies este periódiooi que le digamos no ser. exacto lo que alirimut Los confesónos en el tribunal de la peniten- cia aaahsuelven solamente las traos^resianee^ comelídaa ceñirá loa mandanñentoeilel De-t cálo^ío. sino también centra las leyes de la lifiesia, y en ^^enernl toda falta contra un deber, sea o no inmediaumeate contra los mandaoMontoa deliJDecéloge. Y decimos in- mcdialamenle « porque en último resultado toda inlraccion de uoa obUgacion cualquiera paede, decirse también una Iranagresion de> diohes. mandamjentas; la nhUgaciOB ansí imponen!n leves luimnnns rndiea en la ley eterna, y en e^ie sentido el infringirlas es infringir la ley deí Diios, Lo que pues bltabt- saber, era <i los compradores de bienes na- cionales bnhiau ir frtM; ' 'os mandamientos de la l^ie^ia, y por cuusií^uiente también ia ley de Dios; de e.sta base no se ha deatnn tendido el Pensamiento de la A'acion f La couipeienüta del confesor la hemos es* taMecido en esle;rsciociBio por cierto muy cuQchiyente. £1 eonínMM^i?p ministro de 1» iglesia católica. y por consiguiente está so^ metido á las leyes de esta iglesia; el pea««> teote es católico como lo manifiesta con el hecho (ie someterse al Irihunal dn la peni- tencia. Si no es oaloliro, cuando se acerca al confesor va a Inirlarse del sacramento, y si lo es, está obligado á observar Ij»s leves sor en puntos á% conciencia, f se halla pre- visto y es justiciable por el derecho público de to(Í(iK tns nnriones, inclusa la desventura- da lispafia." Farecenos que se es|)resa con demasiada generalidad este perio<liro al alirde la ifílesia católica. Si no cnn* haber pe- i mar (jue el caso que ha promovido la polécado con la compra de los bienes ¿por que ge acusa? acusándose se declara culpable, y por tanto sujeto a las consecuencias de síi calpa.

El Clamor Público se entromete en la quercll;!, seí:un dice, provwada |>orel Pen- samieulo de la Aacion, á quien se complace «n diriíiir repelidas veces los diñados de ultramoulano y de carlista. Alguna esplira- cion puíliernmos pedirle s(»hre el particular; pero no somos tan susce[)tiblos ni cavilosos. I?l Clamor l'nhlifo repflirá cuanto quiera lo <le carlismo y uKramontanismo. sin cambiar la naturaleza de las cosas, sin lograr que el Penunmimlo de la Aacim sea (»tra cosa de lo que es: amigo de la Nerdad en todo.

Supone el Clamor (pie le hemos provoca- do» la polémica hablando de lo mal ipie el liberalismo español conipretidia una rueslion que;i mas de ser religiosa era tand>ien de toleranria y libertad. No distingniamos en nuestro articulo entre proirrcsistas y mode- rados, y de eslo parece resentirse el Clamor Público. Con>plácenos el qu»' este pcrioilico aplauda la leona del Pensamiento de la Na- ción: pero no comprendemos como puede coQciliarse con este aplauso el que á renglón teguido paiexca mclinarse á las doctrinas del periódico de la situación. que según el Clamor impiiirnó nuestro articulo dehil y malamente. Nosotros delendiamos:i los con- fesores, el Heraldo censuraba su conducta; el Clamor Público conviene en que el /*«í- samienlo de la.\acion ha (-oniprendido me- jor que el Heraldo las doctrinas de toleran- cia V libertad. ¿Como es pues qoe comen- zando por apoyarno"!. acaba por combatirnos? Principia diciendo que la razón esta de nues- tra parte bajo el aspecto de la libertad y de la toleranria, y termina di-fendiendo las doc- trinas del Heraldo á pesar de ta tolerancia y de la libertad.

Como el ( lamor Publico en la impug- nación de nuestra doctrina está algo mas preciso que el Heraldo. y formula cliferen- tes cargos, es menester contestarle con al- guna detención. «El caso, dice c\ Clamor Público, que ha promovido la polémica es de abiuo de autoridad y juriüdiccion del confumica es justiciable pcir el derecho publico de todas las naciones; nosotros creemos al contrario que el caso presente es inaudito en easi las demás naciones, inclusa la des- venturada Kspaña, sise esceptiia estaúllima época en que hemos acabado por trastornar los nombres y las ideas.

Pero des<M*ndamos á los casos que lija el Clamor Público. Se calitican de caxos de abuso en todos los paises civilizados del mundo, sin eseluir la Inglaterra ni los Esla- dos-l'nidos de America: ' « I.° La usurpación y escesos de la po- testad eclesiástica.

cí.» La contravención de las leyes y re-, glanienlos del pais.

i.i." \a\ infracción de los cánones reci-^ bidos en ol. ^ ti." Kl atentado contm los usos de la Iglesia y sus franquicias.

ír6.* Toda tentativa de parte de los sa- cerdotes ó ministros del culto que pudiera deshonrar íí\ penitente, turbar o %n<¡utetar arbitrariamente su conciencia, o degene- rar contra él en opresión, injuria o cscaa-.. dalo.»

Prescindiremos de las varias cuestiones de derecho civil v canónico á que estos puntos pudieran dar fugar, cifiéndonos únicamente al que es objeto de este articulo.

\ El confesor que no absuelve al peni- tente en el caso en cuestión, no se hace cul- pable de usurpación y escesos. No se usurpa a otro lo que no posee; la facultad de absol- ver solo pertenece á la potestad eclesiásti- ca, y por consiguiente esta potestad dando o negan<lo la absolución, nada usurpa á la civil! El confesor noabsolvente tampoco co- mete esceso; no hace masque observar los cánones de los concilios, y en particular del de Trente, admitido y vigente en Ks-^ paiki.

' r Puede el confesor obrar de otra mane- ra? No cierlamonle. ¿Puede exigir el go- bierno otra cosa? No \m cierto. Ya que de cánones de la Iglesia hablamos, haremos observar á los periódicos de la situación que combalen nuestras doctrinas, la oposición en que se hallan con la espresa voluntad de la i i Dote babel ovando qaíerea oU»- | habnaa de castigar gar á los confesores á que dejeu de observar las leyes de la Iglesia. £d la sota pasada con fecba ^Í0 de marzo, por el Sr. CótUlh -y Affenta al etrdenal ^cretario de Estado, se leen las siguientes palabras: «S. M. está coQTeactda de que dicha Conslilucion ya Tefonnada no puede fvrodueir tales angus- 4ías, tantu mas cuanlo que la sonta Religión católica, apostólica y romana se proíesa en fus dominios con esclusion absoluta de cual- i|aier otro caito; »in embargo, para (nnquili/nr pliMinnifinte dicbas cnnrimcias rnmn Heina que se gloría del hoarusisiuio Ululo de católica, y como amanUsinia que es del bien eapifitual v de la tranquilidad interior de sus fíelos súb(í¡tos, se hn (iianmli) mandar al in- frascrito su minislro plenipotenciario, uuc declare sdeomeineate en s» real nombre que al exifíirse de los funcionarios públicos y demás subditos el mencionado juramento, no se entiende que por él queden los mis- naa ebligados á cosa al^na contraría á las leves di^ Dios v de la santa kdesia.» Este argumcQlo, no rooy fuerte contra los pro- gresistas, es poderoso contra los órganos de la sitaacion, y esnoluyente de todo punto contra p1 L'pliierno y sus subalternos <;i In- tentasen perseguir a algún confesor por ha- ber llegado la absolución ¿ eomprt<roees de fes bienes del clero.

2." El confesor no absolventc no con- traviene a las leyes v reglamentos del país.

'Bn primer lugar, pórqoe va hemos probado en otros lugares lo que valen estas leyes de despojo, fundándonos en \as mismas doctri- nas de los hombres de la ^tuacion; y en aegundo lugar, porque esas leyes, aun su- poniéndolas valederas, no se ontieiiu'ten en arreglar el tribunal de lapcnitencta. Según eüa» el coaifMrador podia «omprar y dejar de coin[)rar: era libre de seguir la conducta cjiif bien le parecieíte K'^tfi^ 1'^ ves nada ten- unan que ver con un se^j^iar, ijue dijese: ' «yoao quiere comprar de esos bienes « por- ■ que no TI ir!n pi rmit mi conciencia,» y por lo mismo aada tienen que ver tampoco con el confesor que diga al penitente: ayo no 'leabsvelTO á V., porque mi conciencia no me lo permite.» ¿Tendrá el penitente la conciencia libre, y no la tendrá «l-confesor? Sí'ia doctrina -de nmwtrbs' advenarioa ae. si- guiese rigurosamente, sería el penítentejos- ticiabie á los ojos de la ley lomÑsmo que el absuelto, y -il iniente porque se ha acusa- do. La consecuencia rigurosa de priacipiag tan peregrinos es, que cmindo ae nciewaBe á los pies del confesor un penitenle dicien- do: 1 padre, me acuso de haber comprHflo bienes de ia «Iglesias, el confesof deiMina contestarle; tbermano, m «alo no habéis cometido |iecado ninguno; pero lo estáis co- metiendo nliora, pues que suponiéndoos culpable, os ponéis en contradicción con las leyes civiles; acusaos pues de la acuoaeion, (U tvhad el escni])til(), y alegraos de qtie yo este obligado al sigilo, pues siaél seriáis justiciable ¿ los ojos de la ley.»

a." El confesor no absolVenle lanpaoo infriniíe los. cánones recibidos en Fspafta; por ei contrario, absolviendo los infringida; de lo que resulta, que si hay algnooa esA- fesores culpables de abuso, son los que ha- yan a!)siie!'f). Muiso.dice e\ Clamor PnbU- blico que uav, cuaiido se ínfríngen ios cáno- nes recibidos en el país; el concilio de Trente eslá recibido en Espafla: lue-o los confesores que han absuelto « se han iiecbo culpables de abuso.

i." £1 confesor no absolvente, tOBlpOOO atenta contra (n-^ ii'-'ns de b l^'lcsia y «os franquicias, antes bieudeiiende io& derechos de la Iglesia, sus franquima, y ae co^w- ma con sus ussos. La ley del despojo fue acaso \ina íranquícia de la Iglesia? Estas señan líaiKjuicias de un nuevo género, lo- cante u usos, ¿de cuando acá serían usos de la Iglesia el perder sus bienes, infríngir los cánones y alísolver á los que luenospre' cían sos leyes?

fiicn concoia el Alamor Públkit que-los rnatro primeros artículos no le eran miiv fa- vocaiiles; asi es que se ciñe al o." y uiliuio, diekuido:««pregontlioenM»abora 6 nnealios cólegas disputantes, ¿se halla el caso de ab- solución o no absolución a los compradores dü bienes nacionales com^endido en el i>.* de los qoe- dejinoe aaanladoaf Kaaotios creemos que si»; pues nosotros creemos lo- do lo contrario, y lo vamos á demostrar.

Si el penitente puede quejarse de que.ae le desboOFa al negaríe la absolución por ha- ber comprado los bienes de la íízJt'sb. primer cargo se le. debe hacer a si propo. ¿ Notemli deahoBrame comprando, y t«aae deshonrarse con no ser absuelto? Si en esto cabe deshonra, esta fue cftnsntla por la confesor; pormaner^queiostribunalesciviles J compra, no por la ne^jaiiva üu la aÍJ6oiu