crisis violenta, queda toda\ia en la sociedad una lucha entre lo nuevo y lo antiguo, que aunque continua, viva y hasta peligrosa pa- ra el porvenir, no a|)remia al legislador con un riesgo inminente. La Inglaterra en fa é|)oca de su revolución no hubiera podido seguir sin mucha dilicullad la liuea de con- ducta ({ue sigue aboni, procurando conciliar las ideas opuestas y h)s intereses encontra- dos. Ilay en la vida de las sociedades mo- mentos terribles, en que los homiires andan arreliiilados por la corriente de las cosas,, y en que para contener el torrente de las ca- lamidades y catástrofes es necesario poro menos ({ue un milagro del Todopoderoso. Pero estos momentos pasan: son las convul- siones y el delirio de un enfermo: llegan tiempos menos agitados, en que si la razón no recobra del lodo el imperio perdido, ul menos logra hacerse escuchar, y ejerce al- guna iníluencia en la dirección ue los nego- cios. Entonces es cuando tieiu) lugar la com- binación, el pulso del verdadero hombre de estado; entonces cuando si bien no hay com- pleta claridad, tampo<-o hay una i>olvareda tan den.sa como antes, entonces puede un ojo penetrante manifestar su íucr/a para en- contrar la verdadera línea de ccmducta que preserve de recaer en la.s pasadas desgra- cias, y repare cuanto sea posible las desastrosas ceusecuencias de los trastornos.
l'n error en la elección puede acarrear males de inmensa tra.scendoucia. En Espa- ña han pasado los momentos de frenesí, y se abre una época nueva: ¿acertaremos en el verdadero punto? Ya hemos manifestado cuan peligrosa seria la ilusión de que se puede prescindir enteramente de la España nueva; |>ero en cambio advertiremos que el error fuera todavía mas grave y mas fu- nesto, si se creyese en la conveniencia, ni aou en lu posibilidad, de prescindir entera^ mente de la España antigua. Esta brilla me- nos que su antagonista, pero puede mas; no habla lauto, [tero venido el caso, sabe hacer mas; no se agita, no bulle tanto, pero tíejie mas vida, mas robustez, mas elementos de duración; entiende menos cu el arte de der- ribar gobiernos, pero entra/ia mas elemen- tos para rodearlos de fuer/a y estabilidad. La Es|)afia nueva se encamina a sustituir la incredulidad a la fé, el goce á la moral, la teorui á la It adición» el iulerés privado á los antiguos vmculos sociales, el espiritu de re- si.steQcia á los hábitos de sumisión. El [mX" irenír de fanacton, ipvfiéé MMgtné Mchh sivamcnle á semejnnlcs olernonfos?
Eíípatia miova se divido on dos frac- ciones; unos quieren anarquía cu las ¡deas y nnarqiifa eolos hechos; otros anarqoía en las ideas, despotismo legal solfrc los hechos: qiif también a la sombra de las leyes y por nuulio de ellas puede establecerte él despo- tismo mas doro. Se ha observado qne no hay absurdo aue no!o haya dirhn alsrnn fi- iósoXo; y pudiera añadirse que no hay al»- sardo, no hay iniquidad. qaé la historia no nos presente con la sanrion dr- ali-Mina ley.
Ambas frai cioncs empero convtf non en quitar loiiii wiJluencia a la España.lalifrua, solo qne la una la qoiere lomar a su servi- cio, la otra la quiere oprimir sin k ¡ «os. Pe- ro ya sea con unos, ya sea con otros, es e vi- dente para todo hcímbrc observador qne « tiende á trasformar enteramente la España: unos predican en los articuloí\ de fondo lo que los otros en el folletín. ¿Dóode hay mas peHp;ro?
Los españoles que sin desronocer el espí- ritu do ta época, aman sin embargo de ve- ras la rcligiou de nuestros padres y la mo- narquía, es necesario qne mediten profan- darniMilc sobre esta sitmí^idn de las cosas, y que procuren liacer j)rcvalecer las doclri- ñas verdaderamente conservadoiaí, guar- dándose empero de toda exageración que pudiera comprometerlas. Por el contrario, el mejor medio para solircponerse á sus ri- vales, 6 cuando menos colocarse ét igual altura que ellos, es adelanfarse á proponer, á ejecutar, cuando les sea dable, todo lo men. no solo pa^a figurar con hrilFo en bl parada, sino también para sostener ventajo- samente la pelea. lian Irnnsrnrridfi tres si- glos de poz, pero la hora de la guerra ha sonado: vano sería el desahogarse en quejas estériles, en recriminaciones; la Providen- cia ha dicho: ha^^ta de pa/, habrá guerra;» es necesario someterse a sus decretos.
¿V (|iiicn sabe si en los inescrutables ar- taiios del Eterno, no está destinada esta guerra para producir biiMies incalculables? El infortunio prueba, punlita y agranda las alnias, desenvuelve y vigoriza ios sentimien- tos, da á los rarnrtéres temple y energía. En la lucha se forman los atletas;*en las épocas de choqne de loi principios han figurado en la iglesia los príaien» sabios. Al frente de Arrio e.«itá S. Atanasio; de Pelagio S. Aítus- tin; de Abelardo S. Bernardo; de Lulero, de Calvíno, de Beza, de Junen, Cano, Be* laniiino, Petavio, "Ro^^siiel. Cuando se tra- ban en el seno de la humanidad esas luchas colosales, en que se dislocan las montañas, y se imponen unas sobre otras, la Providen- cia ^i¡<. ¡ta gigantes. En todas las épocas de la historia los vemos aparecer de liet»pü en tiempo, ó como genios del mal que vienen á asolar la tierra, ó comó celestes menragm^, (juc ahuyentan á ios monstruos con espa& (íc fuego.
¿Por qué no le estarían reservados tam- bién á nuestra patria dias grandes y esplen- dentes? ¿Por qué de ese choque mismo que lamentamos no podrian surgir torrentes de luz y de vida? No caigamos pues en des- aliento, ni nos entreguemos á csQesiva conbueno que encerrarse pueda en el sistema i iiaaia. Para todos los grandes triunfos hay de sus adversarios. Cuando una cosa esté ^.m condición necesaria que ningún hombre puede declinar: el trabajo. Cuenten poco las en abierta oposición con las necc'^idndes ó intereses de España, no conviene empeñar- se en sostenerla; cuando una cosa es evi- dentemente útil, no obstinarse en combiMhr- la. Es necesario maniobrar diestramente para tomar la delantera, para quitar lo (pie (lañe é embarace, ó para estalrfeeer lo que sea provechoso: es necesario llegar al punto deseado antes que ellos, haciéndose el ór- gano y el apoyo de todo lo bueno; en esta noble carrera, lejos de eaponerse á la ver- 117.a de una derrota, es preoiso ambido- tencía. nar el lauro de la victoria.
Pasó la época en qoe ciertas ideas no te- trian eu España otro trabajo que dominar, de boy en adelantf^ e«tríTi destinadas á com- batir; es necesario que ios iiombres se for- > buenas ideas con el apoyo de los gobiernos; y cuenten mucho con la fuerza propia. Au- méntenla y empléenla con tino, peré con fir- meza, con constancia;" (pie larde ó teni|)ra- no el triunfo será para ellas..\o esperen mudanzas imprevistas, ni golpes niágic<^ que en un momento inauguren el siglo de oro: para ediílear se necesita largo tiempo, y restaurar es cdiíicar. Kl decir «hágase» ^ quedar hecho, solo lo puede Ia^Omnipo> DO€t MEATOS DI*: BOtllüKS.
y i>ittiiiaMÍv ta Midríii D. Carlos iiu desaparecidu de la csceDa, y en su lu^iar se ha culwado su hijo; osle es uu aconleriuiiento in)|torlaiite. El luani- üeslo (jue ha se^'uido á la renuncia indica un uuUihIc cuinhio eii la polilica; esto es todavía nías importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas fíeneral y mas bien sentada de honor, de reliijiosidad. de sin- ceridad, de convicciones, de deseo del bien público que D. Carlos; pero si como hom- hre obtiene el aprecio y Tes|)Cto universal, tampoco puede negarse que como princifw era objeto de prevenciones tau fuertes, (jue nada hubiera sido bástanle ü disipar. Fue- ran justas ó injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que exislian, tratamos única- nienlc del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de í). Carlos, un hecho semejante no uuede ser desatendido; quien no cuenta c<m lH^u material, ¿á qué queda reducido si le falta hi moral? Y esta fuerza moral i>n un principe es njuy diferente de su buena re- putación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inúlil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1K.'{2 la fuerza mo- ral de D. Carlos, como pnncipe, era muy grande; los errores, las desjAracias, y el mismo curso de los años la han consuníido.
-Vuu entre muchos de sus mismos |>artida- ri06, el primitivo entusiasmóse habia redu- cido á simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y á su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil elsacriticiodelamor propio', si amor propio haber pudiera en conservar una posición que debia serle tan aflictiva.
Al retirarse este princi|)c á la vida priva- da, si ha echado una mirada á sus años an- teriores, no debe haberse alejirado ce ha- ber nacido en re¿;ia t'una. Dilicil era que en iiiia condición menos alta encontrase tan di- latada serie de sinsabores é infortunios. Pa- sa sus primeros años a la vista de (iodoy, lonipartiendo con su hermano el dolor que «uusarle debiera un espectáculo semejante; carn'k ius dt'.Ncipoleou; vuelto a su patria, cae en breve coa toda la familia real en poder de los demaf'o^'os, hasta que los li-^ nerta en Cádiz el ejercito francés; y des- pués de |)ocos años de bonanza, no todos nien sosegados y satisfactorios, tiene la des^Taciade indispcnierse con su hermano», no puede hallarsejuntoa su lecho al exhalar el último suspiro, y declarándose luego en guerra con su augusta sobrina, proclamada reina de España, sufre las inavores vicisi-' ludes, y al liu sucumbe, para ir á ser en-, cerrado de nuevo en una prisión, también en pais cstrangero. Fiaos en las grandezas, humanas y en la elevación del nacimiento, l'esíires doniéslicos, prisiones, insultos, es- pectáculos de torrentes de sangre, lUrá vez prisiones: lié aquí lo (|ue encuentra en su vida un hombre que \H)r largos años ha vis- ' to una corona tan cercana á sus sienes; y, en el último tercio de su carrera, proscrito' de su patria, ignora si sus cenizas podrán un dia descansar en el j)anteon donde repo- san sus ilustres antepasados. Puedan losdias, del anciano conde de Molina ser menos ¡n- loriiiuados de lo que fueron los del jóven in- fante, y del que años después numerosos y aguerridos batallones aclamaran re\ en Na*- vana, Aragón y Cataluña, paseando sus banderas por todos los ángulos de España.
Pagado este homenage de respeto al ¡n- • fortuiiio de un hijo de Recaredo, de San; Feruíindo y de Felipe II, vamos á emitir al- gunas reflexiones sobre los notables docu- mentos que han visto la luz pública.
.Nada tenemos que observar ni sobre la renuncia, ni sobre las comunicaciones que. han mediado entre padre é hijo: este es uu asunto de familia y de convicciones particu- culares. En los documentos se habla de de- rechos, porque sus autoix's han creído le- ' nerlos; si esto no creyeran no cstarian en liourges. Nada tenemos que decir sobre es- te punto: solo haremos notar, que si algu- nos fuesen tan susceptibles que ni aun eslc, * lenguaje quisieran sufrir, les preguntare- mos si era de esperar que ó D. Carlos se." presentas(> al mundo diciendo que.se habia • engañado, ó bien que su hijo al reempla- zarle declarase eslc engaño, v rechazase ' todas las pretensiones de su padre. Sea co- mo fuere, repetimos que natía leñemos que decir sobre el particular: en nuestro cents luego conducido al cstrangero para per- i cepto, todo lo que sea remover en un arlí uiaaeccr durante seis años entregado a ios ■ culo la cuestión dinástica considerándola en blico y noinno. seria desviarse del objeto ¿ que'dcbcQ dirigirse tas miras de quiea de- see sinceramente ahogar toda la semHta de discoriüa y prevenir sus n -uli ulos para lo venidero. Ksffi es In rondiuta (jne seíjui- mos al escribir lus ocho artículos sobre el enlace de la Reina; esta misma conducta pensarnos so;;u¡r en adelanlo. No está la Fs- pafia en el caso de debatir cuestiones histó- ricas y legales, sino de resolver con acier- to un problema á que está vinculado su por- venir. Poro importa el (jiie el jóven principe represente ó no un derecho; lo cierto es que representa un grande hecho. Este hecho es la creencia en (pie han estado muchos espa- fioles de que el derecho evistia. lo que por desgracia ha dado origen á una guerra de siete aflos. Aquí está el verdadero punto de vista para los que se precian de hombres de estado: lodo lo domas es inoportuno, y liar- la pudiera ser dañoso. Los unos defendien- do con razones y con testos al hijo de don r;i:!(i<. y los otros á Isabel, espresarian opiniones particulares, convicciones que por sinceras y profundas que fuesen no dejarían de tener en contra otras opiniones, otras convirciones diametralmente opuestas. El hecho ^)ucs de la existencia de la cuestión quedaría intacto. El hombre de estado debe atender á los hechos cudndoson graves,.sea cual fuere la opiiiioii que sobre ellos abri- ífue; hombre practico, eminentemente po- sitlTo, no debe aferrarse á un argumento ó un testo para dirigir su conduela. sino pro- curar conciliar los hechos que á su pesar existen, y evitar por medies justos y razona- •bles el que la sociedad sea víctima' de cho- ques violentos. Lo demás es indigno de un Jiombrc de estado: es propio única- mente de un disputador, que al salir de lá disputa se vuelve á sus lluros, sin la in- mensa responsabilidad de la suerte presente y venidera de catorce millones de compa- El mnniÍH sto del prínripe que reemplo'/a á D. Carlos producirá en Españp y en Kuro- pa' una impresión profunda En él hay dig- iiidadsin altanería, blandura sin humillación, indicneiones grave*: sin manifestaciones in- oportunas e impropias. En breves palabras, sencillas comoá tan alto ran^o cumplen, sentidas como las inspira el infortunio, es- tan torados eslremos tan sumamente delica- dos de una manera que ni rebajan al que habla, hieren la i&s($eflÉilfkl^ guno de los que escuchan. A las diíicnllades relativas a la persona se contesta; á las que se refieren á las cosas se deja entiBver |v contestación. Un principe qUe hiciese el ma- nifiesto con la mano en el puño de la espada, seria rechazado con espadas; un príncipe qUe hablara en actítnd suplicante poéslo w rodillas, seria despreciado. Entre el ruego y la amenaza había un medio: y este medio io ha encontrado el ilustre proscrito.
Recorramos los principales nuótoft del maniliesto. El hijo (le D. Carlos nablando á los españoles podia ser considerado por al- gunos como provocador de la guerra civih' sus primeras palabras son una praiesta ditff i paz. protesta que nplauflimos sinceramente,' asi bajo el punto de vista de la humanidad como de la política. Los borrores de la AM ma guerra son muy recientes, han sido d«sí masiados, para que nadie pueda abrigar síd estremecerse la idea de encenderla de nue- vo. ¡Ay de los tronos qáe se levanten etP medio de un lago dé sangre! La cansa de la humanidad tiene un vengador en el cielo. .\o basta el decir: «yo reclamaba derecfaoíl| que creí me pertenecian; la sangre se Im' vertido: yo no soy responsable de ella:« es I necesario saber si se han agotado todos los medios pacíficos, si se han necho todos sacrificios que tienén derecho á exigir, b6; diremos la vida de millares de hombres, si-' no la de uno solo. Esto no debe jamás pe^^ derlo de vista un principe, y mucho menélf un principe cristiano: la misma vietnria no , escusa una catástrofe; las victimas de la an)bicion ó de la imprudencia turban el sne* I ño del vencedor y emponzoflan diclÉi' I No se han hecho los pueblos para los reyes; I los reyes son para los pueblos, lina dinastía I np es una familia propielariá que puede ái§¡^ I poner de una nación como de un rebaño: es una familia consagrada á la felicidad de los pueblos: la sangre que se vierta por sucul- pa, la mancha horribieMent^*. La Prnviden- «'ia tiene reservadas grandes espiacioncs á las familias reales que pierdan de vista es- tas máximas: habia en Francia un TeV'jiíP ■ deroso -, ctíyosólio brillaba con tanto il^^ÉIH- dor (pie stis pueblos deslumhrados caian de ; rodillas, y sus vecinos se admiraban y tem« blalAd: mijo este reinado se veri lé nmclti^ sangre; el nieto de este rey pereció en un cadalso, y el último vastago de esta ra/a anda errante por tierra estrangera, miranbigltized by Google bigltized by Google do de cerca tina patria cuyo suelo bo puede [ )isar. V<'rd.i(les lorrihies, jíero ver<1afl<*s; no as desoirían los miembros de la real íamilia,; ni los que se hallan en Rourges proscritos y ' prisioneros. ni los (|uc hala^íjidos [M)r la for- ' tuna viven entre ma^nilicencia y poderlo en su alcázar de Madrid.
Si, dice bien el Manillesto, basta de san- §te y de lágrimas; si, basta: la nación es- pañola tiene derecho a ello. Esta nación, que con sus tesoros y su sangiv rescató á la familia real prisionera del vencedor del mun- do; esta nación (|ue recogió del suelo una I diadema <iue nn uxuiarci débil habia dejado ettti y que la guardó como una reliquia nmidfl. para noiiersela de nuevo sobre la ¡ cabeza al salir (le su cautiverio; esta nación (|ue cu a(|uolla lucha gif^antesca se mostró tan prande, líin leal, tan generosa como sus aseendienles de ílovadonga al levantar so- bre sus escudos a I'claNo en la cúspide de un monte cercado de cimitarras, esta nación tiene derecho, si, á que baste de sangre y de lágrimas. Todos los miembros de la real familia tienen obligaciím de contribuir a que no se derrame mas sangre, cuando no fuera por otro motivo, por una deuda de gratitud, i Cuando el genio de las discordias quiso; lanzar entre nosotros su íorniidablc tea, no \ Je dirigió a los pueblos, sino al répo alca- I zar. Allí comenzó la división, v de allí salió ' elincendiít. con)0 la lav.i ardiente que se derrama de una altura y «levasta las comar- i Cts vecinas. Una escena desagradaWe co- ■iraza en el Escorial: ¿sabéis que drama Irsi^ie? I,a dilatada cadena de desastres j que principia con el levantamiento del í de i mavo V acaba en la batalla de Tolosa. Otra;. división trabaja los salones del regio alcázar, en los últimos años de Fcrnaudo: ¿sabéis sus consecuencias? Levantad con la imagi- nación innumerables piras, de base inmen- sa, de altura colosal; arrojad en ellas los lísoros. las preciosidades de la nación, el fruto de los sudores de familias sin cuento; haced que ardan en todos los puntos de Es- pana; abrid en torno de ellas anchurosos lagos y llenadlos de sangre; amontonad ca- dáveres en toílas nartes; contemplad inter- minables hileras (le valientes tendidos en el polvo, y cnando la imaginación hava hecho tan horribles esfuerzos, todavía os habrá es- cedido la realidad.
Los pueblos no lo han olvidado, y por es- to aohelao ardientemente una reconciliación (jue apague para siempre la tea de la discor- dia; no desean (jue se dipute sobre quitan luvo la cul|)a; desean, si, (pie nadie la ten- ga en adelante. Y por esto harán tan buen efecto en la opinión general unas palabras de paz, como lo hubieran hecho malo unas palabras de guerra. Con razón habrían podi- do esclamar: «¿todavía mas? ¿no son to- davía bastantes los (pie gimen en la miseria victimas de alguna catástrofe? ¿no s(m bas- tantes todavía los que lloran sobre una tum- ba, que encierra su amor ó sus esperanzas?»)
Los sentimientos pacílicos del hijo de don Carlos encontraran eco en el corazón de lo- dos los españoles, se-a cual fuere la opinión á que pertenezcan y la bandera dinástica que hayan defendido: todos liaran justicia á esa voz de reconciliación, la primera (|ue oye el piiblicó de la boca de un individuo de la real familia después de la muerte de Fer- nai>do. Es de creer que estos sentimientos se hayan abrigado en bis pechos de los que han lidiado durante tan largos años; pero hasta ahora no los habían oido los pueblos de una manera tan et-plícila y solemne; siendo de notar que esta reconciliación se csliendc a lodo. a las personas de todas clases, a las cosas de lodos géneros.
"'Antes de hablarse en el Manilieslo de la reconciliación de la familia real, se rechaza cftn nolilera y dignidad la inculpación, la simpleí sospecha de deseos de venganza. Esta es e) arma con que combaten al princi- pe los (pie se proponen cerrarle para siem- pre las pu( lias de Espafia; esta armadebia queliraiilarse nnte> que lodo, l na lan dila- tada ^^Mlí ur (;ii;i-tr(>fes deja profunda im- presión en los hombres que recuerdan sus eompromif-os; en taU^s casos, conviene dar completa seguridad de ipie no se volverá la vista airas, y cumplirla promesa con severo rigor. Prdceder de (.ira suerte es perpetuar las calamidades ¡inblicas, y prepararse las propias, l'na nación no puede estar dividida en vencedores y vencidos, en leales y trai-* dores. en beles y sospechosos; los gobier- nos «pie fundan su sistema cu clasilicariítnes semejantes, al lin las encuentran realizadas en la sociedad; (píicn se empeña en versos- )echosos. al lin los hace: quien se empeO» en ver traidores, al fin los ve, ponjue los encuentra. Kn un pais no debe haber aias clasificación (pie la de hombres que obser- van las lev.'s, y hombres que las infrinírrn Cuoudolos le^culimieatos particulares ¿ubeu á la regiion dcifiodei', lecercsn de mm atmós- fera espesa y malii(;aa, queucabapurpruiiucir una tempestad. Y en ia época aoUiat, los ti*- nos tienen un piiriicular interés enconsen'ar el cielo ^reno; lastortiieutas!>onde una nue- va especie; los rayos que descienden so^re los pueblos., aeipenteai «n raomftiilB «lie- dedor de lov mooaicas, y calQioan.aiis tros y diademas.
Aquellas consoladoras palabras de m A»- brá paríülos, no habrá mas que españoles, espresan algo mas que un sentimientu de generosidad: encierran un sistema político. En todos los partidos hay «lementos que puediMi servir: quien rechace imprudenle- mente esos elementos, perpetuara ios par- tidos; quien los auroveche con cordura, aca- bará por diaolver los partidos coníuiuliendo- los en un sistema nacional, £n todos los partidos hay un caudal de fuerza; esas nenas estaá ahora en oposioioa, y su lucha produce el caos; annonizadlas, y de su ar- monía resultará una vida lozana y fecunda.
NinguoQ de los partidos actuales encierra las condiciones necesarias, no solo para ha- cer la felicidad púhlica, mas ni aun para I sostener ia tranquilidad por iargo tiempo, porque ninguno de ellos encierra toda la vi- da ia la sociedad espaítoia. Si os atenéis énicamente a lo anti^'uo, os <hs!;)¡s del mo- vimiento general (le la civilización europea, teaeis nn vivienle en medio de la atmosfe- ra, y no queréis que respire el aire que le circuodii. Si,T!?íiTit!oTinis lodo lo anticuo y os entregáis sin reserva a lo nuevo, va)S acor- rer tormentosos azares, para eslrallaras al fin 1.;^ srílnd de las sociedades, como la de los individuos, no se conserva bien en situa- ciones violentas. Ni el ambieate húmedo y frió de las tumbas, oi el polvo -secaBie y abrasador de la plaza pública.
Esta grande obra de r^ncüiaciop le es imposible al poder acUial; no es toda la cul- pa de los hombres; el obstáculo está en el tomk) de las rosas. Desde que se suscitó en España la cuestton diuasitca, el poder sialió enervado: aoneobrará ali fuetu has- ta (jue esta cuestión se ahr^i^nf. Sí esto no se obtiene con un avenimiento, io&afios se en- aargafén de la tarea; mas en tal easo, es Beeeaaríoiiiala presente generación renun- cie á Irt e^penn / i do alfiaDiar días de ^tanion; el público habrá juzgado si la fundÍH- bamos en palabras u eu hechos. Itoolamese cuanto se <)uiera contra la amhicí(« de nu familia, cenim la iucorregibilidad y terque- dad de los que han simpatizado con eita: ias declamaciones no destruyen los. hechos: los hechos esiaa aU. Loa banhraa m ae oan- vencen de esta manera; es preciso emplear otnfe medios. A un argumento oponett otro argumenlo; i ua desoen otro desden; i «a recuerdo otro recuerdo; á una realidad una esperanza. Si los discursos hubieran bastado a mudar la naturaleza de las cosas, tiempo há que habrían cambiado: y sin eaibu^ peruianei eu las mismas. Los que se empe- íian eu ocultar la verdad dicen siempre a los pueblos: la^ tempestades pasaron para no volver; el cielo esté sereno, radiante de lus; mas los pueblos, al levantar los ojfis. srffa- lan con. él dedo las üegras nubes peudienles sobre so cabeza.
Tiempo ha que estamos oyendo: «todoae acabó; no mas reacciones, no mas revoln- ciones; ialbriciuAl que se inaugura una épo- ( a de paz y felicidad: ya se termiaóia re- volución, ya cayó exánime la reacción: aia» has carecen de vida, ios objetos que les ser- vían de pábulo están reducidos á la nada;» y después de. tanto repetir lo misaM, encontramos con (¡uf» las dos fírandes cues- tiones que euceudieion ia guerra civil, la cuestión religiosa y la dinástica, compare- cen otra vez en la escena, en estos mismos dias» con sus dimensiones enlósales. En es- tos mismos dias la opinión pui)lica se remue- ve profundamente en diferentes seatidos cou las noticias de Roma y los documentos lii- Bourges. ¿H\isten estos hechos? ¿si u no? Pues si existen, abandónea»e esas declama- ciooea que ya no éngaftau siiio á niy payia» La esperanza de que {H>r los medios seL'ui- dos hasta ahora se pueda alcanzar la tran- quilidad, se ha perdido cotnplelinwnic; ea* te es un milagro que la «|Milíoil páblida 1* creerá cuaudo lo vea.
Pero se nos dirá: usi todos los hombres de bien se uniesen sinceramente al gobiea^ no: todos le ayudnvrn; si abandonasen para siempre sus' pretensiones particulares, accjptando de corazón el sistema y las cok dicmales que les ofrecemos; sí^nadie traba- jase en contra de nosotros. veríais romo el bili4ad y iumauiía. poder se robustece y el orden j^e consolida. » No- hace nmoho tienpo uue espusimos Sea «el en kiM bun; pero eslo.e^vnle á lai; nqtwaa émiartBn npíK *• deoir que ai np lmbí«ae.k divieícNa^ Man» friiiamof? los rosultndos de ella: lo qiip no i tnmporo se riorra la pncrta á nada. Iaís pi- es mucho desctihri miento. La diliniilnd oslá jj labras de honor, de dignidad, de concien- cn que la división exisle, y (|m' no se la re- media con palabras, sino con herhos; no con |)alialivos que anieniíflen la apariencia de un smtonia, sino llcirando a la rai/ dol mal, y haciendo desaparecer sti causa. La diticullad esta en «pie hace larííos años lo*; (Mrtidos dicen alternativamente: «yo repre- seaio á la nación: yo soy el único (pie ((mcto derecho á gobernar; quien nie cómbale es un rebelde;» y en que los demás partidos no quieren convenir en ello, y dicen que también ellos existen en la nación, v son