SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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parte de la nación, y para nrobar su exis- teacia, cuentan en alta voz los individuos y las clases «pie les pertenecen, cuando no es- < 02en otra prueba roas peligrosa, [)ero mas decisiva.

Ed este conflicto m» hay otro remedio que un poder (jue ejicerrando todos los títulos de iegitímidad, verdaderos ó imaginarios, atrai- fé y asegure alrededor de si á toda la na- cioa; un poder que lodos hayan de aceptar, porque lucra de el no encuentren punto de a|K)yo. Cuando los partidos se digan a si propios: «es preciso resignarse a lo (|ue hay, ó BMnhiar la dinastía de Borbon, ó estable- cer la república". enlímres las conspiracio- nes no encontraran elementos sino entre unos pocos díscolos; podrá haber conjura- cini is no revoluciones.

hi ptiiu r que resulte de esta alian/a es el único (pie alcanzará la fuer/a necesaria para fundirá los partidos: esta es la situación ac- tual de Kspafia; esta sera durante muy lar- gos años. Ks preciso* no hacerse ilusiones- las desmentidas basta ahora pudieran cierrnlc bastar para desvanecer las venide- í)e todo esto se deduce que el objeto tes deseado de que no haya mas que espa- ñoles, no puede realizarse sino con la com- bioacion indicada.

Tocante a los hechos de la revolución, encontramos en el.Maniliesto el lenguaje que corresponde á las circunstancias de quien habla: cj (pie acaba de colocarse en el lugar de D. Carlos no podía por cierto ha- ( crla apología de lo que se ha hecho, com- liatiéndolo su padre; pero tampoco debía le- vantar un grito que le presentase como des- conocedor de la siluaciou de las cosas y de la fuerza de los acontecimientos. Iáí propio opinamos de lo relativo á la cuestión dinas- I tica. No hay compromiso para nada; pero t « i:). de interés de la familia, no hieren nin- ,:^iina sus<'eptibili(lad: estos son sentimientof que respetan siempre aun los adversarios mismos.

"Kste Maiiilleslo, se nos dirá, podrá con- tener lo <pie se quiera, pero tiene la desgra- cia do salir de la cabeza de una familia ya' olvidada; todo lo que en favor de ella se pondere, son exageraciones: su voz no es la de concihacion, sino de la impotencia.» A esta respuesta opondremos una réplica muy sencilla, un hecho. Si esta fan)ilia no puede nada, si sus palabras no significan nada, si su vida política ha terminado para siempre, ¿por que se la retiene pr1si(mera en Bour- ges? ¿Por qué dan tanla importancia á esta retención, asi el gobierno francés como el español? Si en la cárcel no hay nada vivo; si no hay nías (pie un (adáver, ábranse las puertas, déjesele al aire libre; que el rayo de luz que alumbrará su rostro, mostrará las infalibles señales de la muerte; y bien ])ronto el viento llevará el fwlvo del fantas-' ma que poco antes hacia miedo.

MAS SOBBF. LOS DOOlUE'VTOH DE BOrBGES.

EktíIo «n Tirii ti í Jf junin d» t»ii W IH de niismo.

y publicado en Htárii La renuncia de D. Carlos y el Manifiesto de su hijo han producido eii el publico la profunda impresión que era de esperar. Al escribir estas líneas no podemos hablar de la que habrán causado en España, sino por conjeturas; («íro si conocemos la (lue han causado en l'aris. Todos los |)eri()dicos de lodos los colores han convenido en la alta im|>ortancia de estos documentos, y en que la linea de conducta (|ue ha comenzado coa el Maniliesto, no puede menos de favorecer los designios del principe (|ue en el habla. La opinión j)ublica esta de acuerdo con la prensa: si hubiese (|uien se empeñara en mirar estos suceíos con soberano desden, no viendo en ellos mas que insignilicantes pópelas, aplaudimos su serenidad y admira- mos su penetración.

Antes de ahora, no se podia hacer ningu- na indicación en favor de la familia prisioncra en Bourges, sin am ét&ét liiego se oyera •Haairitf la pMdttioiai Mbre AfiéoH'hmoí ahinnniilc grito de que se Iralalm de eü- trunt^ar a L). Carlos e:»uul!>audo u babel LI. hn oons han cambiaoo; D. Carlos se- ha retirado esponláDCiiineiUe de lodos los ne- gocios piibliros; nnitque sus parlidarios qui- siesen y pudiesen colocarle en lu^nr de Isa- bel, esto no se verilicariav:por(|ue él ha jpe- nuncindo. loilo lo (pie pueda decir^^e de ' {H-etensiones de U. Carlos no se reÜMe.ya, 1 'ni referirse pnede é su persoM: I>. Cáms I no pretende ya n:ula para si; él uisino se ha colocado en la clase de un principe que no ambiciona el cetro, sino que desea (>at»ar tranqvikuDMle el mío de bus. ¿m en- el retiro de la vida privada: hn dejado el nom- bre de Carlos V, y Inniado el niodestlo lilulo de conde de Molina. En este j^unto pues no 4ia|r euestion de níostM clase; las declama- ciones han de cesar, carecen hasta de pre- tesU). Cuanto se reliere a iutenciiMes, á ideas, á earécler personal ét 0i Gidos, es ieoporluno, á nada coudiioe, sinoes á )»atis- facer el encono de los que no quieran res- petar ni ia regia alcurnia, ni las viitudes particulares, ni el inrorluníot wm defpues de iiaber pedido nsilo en la oscuridad del hogar doiuesticu..\o podemos j)ersuadirnos que sigan semejante conducta ios que tan elocuentemente comlnitieron á Jos que se atrevían cnnlrn ntru iiiforliinl" pnrciorlo no na voluntad, el sincero deseo del bien de la Estis diicuHadie »> m üb. oériMPii neganu^ que aisrunas son jíraves, que en el curso de ona negociación podran ofrecer tro- piezos; pero lo que conviene considerar es si el trabajo q«e 8e4ngt.|Mr vencerlas, y los sEirrilicios que se arrostren para ditrlcs una solución satisfactoria, no se couipeasa- ri» ftbundanlenMBte con los bieaw icmIIí> dos. Si el ncgociu no fuera graVe' y ditieíl, claro es (jue no llamarÍH tan vivamente la atención de la l^>aña y de la Eurojia.^.^ • Orase comidero el puntó diaéMiei,^1Ihi el político. saltan á la vista los ohstácsios que se han de encontrar en el (-aniino de la conciliación; por lo mismo estanius lejos de I creer que el negocio esté adelantado. La re- nuncia y el Manilicsto no bastan; sin el Ma- nifiesto y la renuncia no se podía tiacer na- da; esle «t «n pato índispeiisable, seht dndo ya; pero es necesario no hacerse ilo- siones. creyendo que todas las dificultades están ya superadas. Por mas que se bable del motivo del viaje de la reiM, de eaíM- dencias de fechas y otras cosas por este te- nor, no podemos resolvernos a dar impor- tancia é rumorescuyo fundamento se igaora. fil temor, le «aperaue, ^ prarite de lewn- tar castillos en el aire, v machas veces la tan gcaude ni tan duradero. Vixra dos ob^jetus | mala fé, inventan aduurabiemente una serie políticos no debe baber dos' corazones. ' ' ide noliaiM y combÉUMioMt estupendas, i^oe El haber desaparecido este motivo ó pre- •M.-e9|^san niiguiMl realidad. « ^wt testo, allana niurlins dilicniliKlcs. No todos Si esta reconciliación se ha de veriíicn', penetran lo (|ue hay en el tondo de una de- i dudiuiios mucho que las negociaciones se «lamaeion, por iniabflistelDteifde seA, euan- | anticipen al^ impidan de le epinoii; I» do ven en ella la enunciación de «n hecho qne no se puede negar v que el declamador comenta á su manera. ItfieBlras 'O. Garlos no había abdicado, no existia ningún acto Kúblico y espliciio que demoslrnííe la posi- ílidad de una transacción: en intenciones, en desees; en hechos mkB'á kieéo» «Biii cativos, podía' ñtndarsi> la (Conjetura de<qae la trnn'í.iccion era realizable; p<^ro las cosas estaban mtactas, se hallaban tales como a taUnwvto'dehivy: & todo 6 nadej^lHirque en efecto, mientras 1), (liirios tm di>sap;ire- ciese de la escena, no había mas me<lio que Di CárlOsfiikk Isabel, ó isabél sOa IJi. eárlos. YAesto el hijo en lagar del padre ^ ya'Vo'lMy esa alternativa; el camino qneda abierto para una reconciliación; las dilicultadesque ofrcz- j| i drW'lMIMitMtá iMiÉiilNlll iBMHilo*/'débíuÉB * (le la opinión, |)or el contrario, eslaqitt ha de producir las negociaciones. A la sp^ nion se dirige el Manifiesto, y en estola ecba de ver que el principe ba «ividtf tan- bien que la opinión habia de ser para él un auxiliar poderoso. La opinión pública tau niiítee en recbaiar.oira» c^ndMMoittes que con mas 6 menOs fundamento se kan considerado como deseadas en eiertas re- giones; uor ahora no hoy ningún oaodMialo I <|ne pueda reaUmale oeMareM pirtidaños, sino el hijo de I). Carlos. Tiene adversarios sin duda, pero tiene amigos; todos ios de- mas caadioatos tienen adversario» también, y'OOtíaMiMiingun amigo. EstoeftttMliB- laja inmensa. ¿Otic se dfhe hacer para qne sea decisiva? Procurar convencer -a ks ad- fcnarios4|uft lafiaaii<de bMM fe, tMeida mas y mas á los que haya de mala fe; ga- nar terrcQo cu la o|>inion por Unios los me- dios legales, haslii los rcMiilenles se hallen en una zona tan estrecha (|ue nn puedan sostenerse en pie.

Kste leiTenü de la opinión dehe ¿ganarse asi cu España como fuera; ponpie la opinión es como el aire, no reconoce fronteras; está continuamente en flujo y reflujo, y por las leyes del cquilihrio se precipita sobre una parte, la inunda, cuando la sohreahundancia en la otra ha levantado muy alto el desnivel. Eüte terreno de la opinión dehe compiistarsc en toílas las clasi's, en todas las regiones, al- tas o bajas, anchurosas 6 estrechas; porque MU hay nada que no influya á su mudo, no hay nada (|ue no participe de la influencia de lo que lo rodea. En la civilización de las sociedades modernas no se conoce la imper- meabilidad.: Ur Hace al^'un tiempo que no se hubiera po- dido siquiera hablar de una conduuacion se- mejante, j)or prevalecer sobre la opinión verdadera la o|)inion ficticia, de tal suerte que ella sola se hacia oir en Europa, ella solo tenia la palabra para dilucidar estas cnesliones, ella sola era competente para Ular en la causa. Las cosas han cambiado, j cambiarán todavía mas: este es asunto de tiempo: con la dilación se vence. Según parece, •v'a la opinión se va formando de una manera respetable: ya no son solo los carlistas los que abrigan semejantes ideas: 00 lodos tienen el valor necesario para de- cirlo en publico, ni lo tendrán probablemen- te muchos hasta que vean roas probabilida- des de realización; pero es lo cierto que de los que asi piensan cada caal lo dice á su modo, resultando de esto que la cosa no se presenta ya como un absurdo. En el estran- gerose nota una modilicacion algo parecida; el Maniliesto no ha llamado solo la atención de los legitimistas, haciéndoles concebir cs- {ieranzas de un bpcn resultado para el prin- cipe de Bourges, sino (pie también oíros diarios nada aifeclos á la familia de 1). Carlos, se han espresado en un tono, (¡ue dejaba bien entender no se trataba ya de imposi- Wes, sino de cosas muy hacederas. i • Damos tanta importancia á la sucesiva desaparición de las ideas de imposd)ilidad, ]H)rque en ellas se estribaba cuando no se podía negar la conveniencia. Mas de una ver SI" oye á ciertos homiircs: «si, es -VíirdihJ, t. la alían/a fuera muy convenien- ¡ le; no hay otra que ofrezci iguales ven- tajas; este seria un medio' sepuro para acabar las discordias, consolidar un gobierr , no y prevenir íicsasli-es |»ara el porvenir; I mas |mr desgracia' esto es imposible.» Si ¡ hubiese en efecto una verdadera imposlbili- I dad, ya no habiia la conveniencia, (loando una cosa es imposible en un pais, es por- I (|uc está en necesaria contradicción con al- gún hecho que necesariamente domina en la sociedad, y que por lo mismo el comba- tirle no hace mas (juc provocar catástrofes (|ue no producen ningún bien. Mas entonces I no hay solo im|K)sihilidad de la cosa que se - quiere iutrodiicir: esta» cosa, por buena que sea, si no hace mas qu«; dañar, ya no es buena |)ara las circunstancias en que daña. Entonces ya no es posible ni conveniente. I ¿Y cuál es el hecho necesariamente domi-" nantecn España, con el cual esté el matri- monio del hijo de I). Carlos en contradicción necesaria? Ninguno.

No es verda(l que ¡wr prestarse á una con- ciliación sea necesario destruir el trono de I.sal)el; no es verdad (|ue el resultado de la I entrada del hijo de D- tiáiios en España ha- I ya de producir una reacción violenta; no es verdad que la presencia de este principe haya de acarrear la ruina de todo lo que se haya hecho durante los úlfimos años; no es verdad que con ella sean incompatibles ios hombres que han sostenido á la reina; nada de esto es verdad. Examinémoslo.

El trono de Isabel, lejos de arruinarse, se alirmaria recibiendo un auxUio tan pode- ro.so como lo es el partido carlista, y aho- gándose para siempre la cuestión dinástica j con el arreglo que se creyera conveniente. ' El trono de Isabel, (jue desde la muerte de i Fernando ha flotado siempre entre el esco- lio de la revolución y el triunfo de la cau- I sa de I). Carlos, cesarla de estar espuesto ' á ambos peligros; pues que fortalecido el poder real con la alian/.a, se baria imposi- i ble [Kir una parte el buen éxito de las ten- tativas revolucionarias, y por otra se lermi- I narian toilas las pretensiones que han divi- dido á los miembros de la real famdia. No se veria el trono en los duros Irances en que i se ha visto hasta ahora, y en que es de te- I mer se vea todavía en adelante. No le for/a- > rian á mudar de {M)litíca con tanta frecuencia las facciones y los partidos. No se cncontra- ría en la triste conaiciou de buscar el apoyo de este o atpiel parlii ular, que sean quienes Fueren, siempre deben estar á larga distan- '! cerse el cambio polUito por medio de las ar-. ( ia de )a altura dei niouarca, sí no se quiere { mas, y en la conflagración de las pasiones, que los pueblos pierdan hasta la idea de la:. hubiese comenzado por el éxito de una ne^^ monarquía. 'No, no perderla nada ea poder || gocíacion pacilica? Cuando el raíaos ieni4 Isnhel fí; |»orque el poder (It; los reyes no li/.nrn, no se habr: i ji.i>I¡Jn pronirar qiielft ha de ser nomiaal, ha de ser efectivo; no ¿ precediese el arreglo do las cuesuones que ha de estar escrito solameate en el artfevlo I mas ocasioii pudieran dar i ini oonflielo? ^l^ de un código, sino que ha de cici cerse ver- daderamente sobre la r 'iedad; no hade cifrarse en las insignias di en los títulos, si- no i|iie debe hacerse sentir de una manera positiva rn!a formarinn y ejecución de las leyes. El poder de un trono no es su esplen- dor, no es su raagniticencia; niagni licencia y esplendor puede haber, sin que el poder exista, y el poder ha existido muchas veces sin esplendor ni magniticencia. £stas son cosas nray distintas; estas son cosas que ja- más los rcms deben confundir. Napoleón tenia ya im pie en las gradas del trono de Carlomagno, y todavía no desplegaba mas brillo qoe laS bayonetas de sus granaderos; Luis XVI veía aún en torno de sí la esplén- dida corte de Yersalics » cuando ya no era mas que un prisionero.

Los qoe aconsejan pues el robusterimien- to del trono, no por medio de palabras, no ¡Mt medio de esas vulgaridades que apenas debiera ya nadie osar proferir, tantéese! descrédito que sobre ellas ha caido merced á esperanzas frustradas por milésima vez, si- no los que desean robustecerle con un paso altamente político v de resultados infalibles, no son contrarios (fe I^nhol 11, son sus ver- daderos amigos, no le preparan desgracias, tratan si de poner término á las que ha su- frido hasta aqiif, y de etitar las qoe leaaae- nazan en lo Ténidero.

La reacción violenta que tanto se aparen- la lenNir es también un nntasma vano. Es- las reacciones siguen naturalmente á los triunfos militares, mas no á nnn ventaja conseguida por una negociación. Ea lus pri- jnapástionKDtos el negociador se encuentra fleteniflo por la misma fuerza de las cosas, y por ia iuüuencia de las personas de distin- tos partidos que han tomado parte en la imauBtíM; m los primems momentos es poco menos que imposible arrojarse á los I estrNoosque algunos indican como temibles: y eabaNnente-en OHrteria de reaoeíones, los primeros momentos son los que presentan riesgo. El ímpetu de la reacción del año este airei^ no seria mas sólido, y por con- siguiente mas provechoso á los que saliesen beneticiados, si se hiciera con previsión y á las inmediacioDes de la cumplida terminan cion de la cuestión dinástica?

¿Qué es lu que peligraría en política? ¿La Constitución? ¿La tenemos ahora? Ayer se deroga una porque no^ puede observar, jk, hoy se infringe la que se acíiba de siisii- tuiV. Pónganse de buena le los hombres de todos los partidos; no se satisfagan de vana» palabras; digan si lo que reina en £spaikft. desde la muerte de Fernando, es un sisten ma digno del nombre de representativo. De. la anarquía al despotismo militar, del dei|^ potismo militar á la anarquía; héaqui nues- tra historia desde 4833. ¿£s esto verdad? ¿si o no? ¿Están los hechos á nuestra vis ¿s( 6 no? Si esto pues es verdad, si los I chos (*s(nn drlnnte de nuestros ojos, ¿á(_ esas declamaciunes iK>r los peligros de fibertad? Por mas' enemigo que suponganoi de las libertades públicas al prisionero de Bourges, lo será mas de lo que lo han sido otros? £1 por lo menos no tendria instintos de barfaane y ferocidad; él por lo meaos at« se veria j)recisa lo á estar en continua zozor- bra sobre la duración de su poder, elevado como estaría a un punto al cual no llega nin? gun gofa de partido; él por lo menos no 8i atormentaría á sí mismo, y á sus adversarios, y á la nación entera con esas precaucioiiea suspicaces, esas OMdidss estraordiMutei' esas deportaciunes y fusilamientos á que recurren «i'^Tíipre los poderes débiles, pasaje- ros, que presiutieuoo su lio se entieg^Q vio- lentos á las conTolsiones 4é nwSfliOMiia doif lirantf': el por lo menos, seguro de su tortuna, no cndieiaria rique;^.as, no escanrr dalizaria a, los pueblos acummlándobis en pooo Úm^i él por io menosModo en fé^ gia cwm. y pronndo ademas por un largo infortunio, no seotiria desvanecida» su cahe*- za por hallarse oblocadó en grandes allwaái y no Irataria á los hombres con el irritante desden que se permiten mas de una vez los de iHi^ se fue disminuyendo con eliiempo; j poderes improvisados. Si con estas circuiis~ lyé bwWara ucedidopqeo aienyeiA ha- 1 laaeías ganarían 4 paiMan las libeHadqi ^Mcts, las venladens Kbwtaites públicas, ]úz£riielo!a nación. Para nosotros es eviden- te que la libertad tan ponderada que tcneen el pape!; pero desmentida por los hechos: nil?eces lo nemos dicho, mil veces lo heyes respeto y obediencia. £1 Manifiesto contesta espresamente á la Bosde algunos afios á esta parte, no ha sí- \ vulgaridad de que se trataría de volver t0'> ' 1; se la ha visto escrita das las cosas al primitivo estado, de que ~ destruiría todo lo (fue se ha levantado, y se levantaría todo lo que &é ha destruido, li no s; y por fo mismo no po- j solo cofitesta, sisa que séllala la razón: pnde admirarnos que se nos ¡ mero, porque esto es ' demos menos baUe seriamente de temores de despotis- mo, fie pérdida de libertad. No se pierde feUiithUau tiene: y la libertad no consis- te ni en el tumulto de las calles, ni en la dictadura de un sable, sino en el imperio de la ley.

Se ha querido suponer que el hijo de don Carlos establecería el írobierno absoluto, sin \ ninguna clase, y adoptando tica semejante á la del tiempo Vn: no creemos que asi lo hi- ciera; y por cierto que si tal desease para la consolidación de su poder, conocería muy i foeo la verdadera situación del pais. Unas I cortes bien formadas, en las cuales entra- sen los debidos elementos, y que sobre todo.

imposible; segundo, imposible; segundo, p!orqMP amaine fuera ¡>osíd1c, no es este el mejor medio de evitar las revolucioDes para en adelante. Por manera que Dosofo el prin- cipe indica cuál es la fuerza de las cosas y de los acontecimientos por si misma, sino que señala ademas la política que aun en la esfera de lo posible conviene seguir: M violencia, sino conciliación. «Se engañan, dice el Manitiesto, los que me consideran ignorante de la verdadera situadon de las cosas y con designios de intentar lo tn^Msí- ble. Se muy bien que el mejor medio de evi- tar la repetición de las revoluciones, no e« empeñarse en destruir cuanto eUas han le- vantado, ni en levantar todo lo que ellas han destruido. Justicia sin violencias, repaen lo que tuviesen de electivo, fuesen el li ración sin reacciones, prudente y equitativa producto de un voto emitido con enlera /i- " ' Mrtad, no embarazarían en nádala marcha del gobierno, mucho menos contrariarían «a mua al jpriilcipe con resistencias é anti- ^ttí»» denmguna dase. El partido que du- nme la puerra civil ofrecía á D. Carlos.sol- dNAp-Dor todas parles, daría por cierto cre- cnrUBeto de votos el día que dejase de ser considerado como raza de ilotas. (Cuando al acercarse á las urnas no se le pudiese de- nostar con el nombre de carlista, cuando no se le pudiese llamar conspirador, por el simjile conato de usar de un derecho que le concede la ley, entonces veríamos por pritransaccion entre todos los intenses, apfovechar lo mucho bueno que nos legaroa: nuestros mayores, sin ( uutrarestar el Qsfiln- tu de la época en lo ijue eneienre de saluda- ble: hé aqui mi política.» No caben espre- siones mas terminantes para lechazar la idea de reacciones violentas. r, Tocante ó la incompatibilidad de los hom- bres ((ue han defendido á Isabel, también nos parece que hay otra confusión de ideas, aplicándose á una transacción lo que habría sucedido en caso de una victoria. Es preci-' so atender que la persona no es la misma, ,, ni son las mismas las circunstancias. No es vea una mejor espresion de la -voluntad P el padre, sino el Ujo; no se arruina el tiuio aacional, y no estarían reducidaslascortes á 'i de Isabel, sino que se le fortalece con una representar un solo partido adversario de los {! alianza. Desaparece pues la incompatibilidad carlistas, y que con mucha frecuencia divi- j¡ que nacer pudiera de la persona, y la que ^doea dos ó mas Tracciones esclusivas,vie- i; podría originarse de las cosas. Cánoa ne á parar á una cosa insinnificante con respecto á la generalidad de lauacion. Has- ta que esta condición se cumpla, seguire- ■aa,aocon gobierno representativo, sino con una ficción de él; estos ó aquellos hombres se llamarán á si mismos alternati- vamente los representantes del país; pero tü pais sabrá muy bien que no es así, y por tanto carecerán de aquel ascendiente triunfante no hubiera echado mano de los hombres que le habían combatido, y esto por la sencillisima razón de que habría temi- do que le destronasen. Este temor no lo len- dria el hijo; porque no mirarla á Isabel co- mo rival, sino como compañera. £n la série de articules que no ha m^nho hemos publi- cado sobre es|a cuestión, desvanecimos coml áue jj pletamente las diíicultades que algunos hm menester para dar fuerza al trono, nr- * proponen, alegando la posibilidad de que la< ilisconlia rcoaciésc en el palaciu inisniü, yl provocase una ru{>lura. Hay cosas aac no I son de este siglo: hay violencias (¡no (;i sua- 1 vidad de cosiumbreá V el csiiirilu de ta épo- ca ham hecho imposiÚes. Con suposiciones absurdas todo se puede probar, y todo se puede combatir. >i suponemos <¡iie el hijo de D. Cárloses un imbécil, un pérfido, un iMiielf un hombre que se cmpiM'ia ea deseo- 1 nocer lo (jue inijwrU» ¡i la nai ion v á sí pro- ' pió; si suponemos que solo se rodea de con- sejeros de las mismas circunstancias, enton- ces resultará denoslrada la probabilidad y hasta la certeza de tmios los conflictos ima- ginables. Mas no se examinan asi las cues- tiones, no se calcvlm asi las eventualidades del porvenir. No se comienza calumniando la intención y los sentimientos, sino mando se quiere adelantar una calumnia contra las obras venideras.

Considerar este negocio al través del ne- gro prisma formado por las preoeupai iones ' y las pasiones de la guerra civil, es Iraslor- nar laatÓHMaDMnte tos ideas; es formarse im fantasma vano, un cneniif;o imaginario para tener el gusto de combatirle, ^o negaremos que algunos de ios que hablan con arreglo á estas ilusiones, procedan de buena fé; pero tampoco deja de haber algunos que procederían con mas franque7.a si dije^sen: «So queremos una reconciliación, porque á nosotros nos va l)i¡^n rnn la (liscf)rdia; porque de esta suerte [jodenios ejíMcer me- jar un monopolio en todo; porque de cs- il' suerte tenemos un escelente medio pa- la poner tarhn á hombres respetables, llamándolos carli^stus; por(|ue de esta suer- te disirttiamos la inapreciable ventaja de clamar unas cuantas veces ai afio ¡cons- piración! ¡planes carli.slnx!;inf entonas rnr- lisías! ¡invasiones de enuyimios aa- Usías! clamores que no dejan deservirnos, auncpie la espcricíiria lus linva desmentido mil ve- ces; poique de estíi suerte no se llega á constiUiir un poder robusto, cosa que no nos conviene, pues en tal caso no podríamos ju- gar con él. y emplearle p ira instrumento en la reali'¿acion de uuesUos designios.» Mas I francamente, reiratimos, que hablarían al- gunos si asi se espresasen; bien que no es necesario que lo esprrsen, ponpü' esta es una verdad que oslan \ leudo « uanlos no es- tan ciegos.