SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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¿Oué es lo que da fucrra á un c:n!)ierno? ¿Soü acaso las Myonetas? No. Doscientas hambwsi iBÉ'' para España im ejérciiaí cscesivo, un ejército que solo en rnsis muy violentas puede tener en pie: y mii cinliar- go, ¿que serian doscientos mil liumhres pa- ra sujetar la Hspanat Nada. La fuerza la^SI can los fiobiernos de la mi^-ma sociedad go- bernada, y no la tienen nunca suficiente pura sujetar á la misma sociedad;tdi'>«M9 por lirevísimo tiempo.' 4«^^peiM^ llena de un L'nhierno consiste en el asrnfimiento de la sociedad á las ideas del gobierno, eo la adhesión de ki-aoaiedté- é tea wedidaa^iÉl gollieftoo. Gaaado'lejosMuAiér asentimien- to hav contradicción, en vez de adhc'^ion hay repugnancia, la lrau(^uilidad solida es Ónposmla. IN'liÉMin^vnBWiiMrpMP^pfééa^ cir desasosiego, el desasosiego se convierte en airitaeion. y la agitación araba en insur- rección abierta. AÍioguescla mil veces, se re pallri' otras mit; 4ia8l»^<fiienM i «alaUiMi la armonía cuya ausencia es la causa per- manente de todos los traxt(trnos. No os en- gaíjen uitervalos de urotundo sosiego: el en- l^rmo Iw saflido*maBlaa'«an«ttlsiones qnt le han rendido; pero su de^ran^n de algu- nos momentos no es el sosii'go de lu salm^ en cuanto haya reparado uu poco sus fuei*» MK, la convtiisiofi coneosacÉ «le nuevo. El cansancio no cura el enfermo, antes bien le empeorad- pues bien: el cansancio élfHbM nacionea' taiapoco cura sus enfermÉIÉiMR las postra quizás por algún liem|)o, pero vl mal queda mtacto: hasta que el mal de<;apa- rezca las convulsiones se repiten, como etec- Wl«i!atíesafioa.''5-*ii***» i*--, - ^ t n -rn El partido carlista, aun sin moverse, lufu- ha de continuo el sueño de los pnrtídos do- minantes: esto revela si^ iinporjijiaau:^ste eoffifiroM lo tjoawDolias 4<iNMHMMM§ de que en el seno de este partido, por tm conjunto de circunstancias que no es oportu- no esnlicar ahora, se hallan reunidos gran- des elementos de fueniftV y cfae érlAiMdá todo gobierno que en ve/ de aprovecharln«; los combate y se los hace enemigos. ci partido carlista hay la España antigua;«^*fite hacadMiaa íuneMiHIitflii la»^ se lison- jean de que la España njodcma por «¡i sola cuenta con bastantes elementos para consti- Dlgltized by Goc^Ie Dlgltized by Goc^Ie parado cq vez de uoirsc; se lian roiiihntido eii vez de auxiliarse. I'ur una circunstancia latal para nuestro desventurado pais, cada España ha tenido su bandera dinástica; y la exisleucía de esta bandera ha imposibiliiado m desarrollo, que si bien mas lento, habría sido mas provechoso y sef?uro; ha hecho que las revoluciones (K'upasen el lu^arde las re- formas; y hacen todavia que ni la Kspafia antigua pueda satisfacer sus necesidades mas legitimas y moderadas, ni la Espaíia moderna pueda consolidar ninguna de sus comjuistas. Estamos en un campo de bata- lla; los destrozos son muchos; el bolin es abundante; pero solo se aprovechan de las ricas preciosiiLides los que asisten al con>- bale, no con el fin de alcanzar victoria, sino con la mira de arrebatar una fiarte del botin á la sombra de la polvareda (|ue Icvanlaa los combatientes.

- Alguna vez se nos ha dicho al impugnar- nos, que la cuestión de España era mas bien de príncipios que de dinastía, y (|ue con resolver la segunda, nada se habia ade- lantado en la primera. Como si no hubiéra- mos reconocido esta verdad en casi todos nuestros escritos; como si no hubiéramos dicho muchas veces que la cuestión dinásti- ca habia sido poderosa, no por lo que en sí era, sino por lo que representaba. I'ero, al reconocer esta verdad, tamp(K'o hemos po- dido dejar en olvido otras verdades, cuales son el que sin la cuestión dinástica se habría resuello de otro modo la cuestión de prin- cipios, y que la existencia de pretensiones al trono era uu grande obstáculo para que se pudiese llegar á una solución detinitiva. Lo único que puede soportar la España en punto á organización social y a furnias polí- ticas, necesita otros elementos que los do- minantes en la actualidad. El trono, condi- ción indispensable no solo para el desarrollo de la prosperidad publica, sino también pa- ra la conservación del orden y hasta de la unidad nacional, no puede ser en España un nombre, ha de ser una realidad; ha de ejercer unainlluencia efectiva, independico- temcnte de los hombres y de los partidos. Se habla muchas veces de que es necesaria una Constitución- verdad, y mejor podria decirse que necesitamos un trono-verdad, -t. ¿ ¥ el trono de Doña Isabel II ha sido ja- más una verdad? Desde la muerte de Fer- nando VII ¿es el trono, ni quien li.i irober- uado, ni quien ha decidido las cm >Li(ines capitales, ni quien ha inspirado su rcsola- cion? Durante la menor edad de la au^^sta Huérfana, en tiempo de la regencia de su madre, ¿fué jamas una verdad el poder de la Reina Oistina? ¿Se ha olvidado nadie por ventura de las cosas que se han hecho decir a esta augusta Señora en las reales órde- nes, en los decretos, en los discursos de aperturas de Cortes, en los maniliestos? ¿Es una verdad el poder de quien firma el iiianitiesto de Cea ilermndez, promulga el EsUituto Real, resiste hasta la ultima eslre- midad con el conde Toreno, halaga la revo- lución con Mendizahal, intenta la rontra- revolucion cnn Isturiz, resiste otra vez has- ta el ultimo eslremo, manda luego jurar la Constitución de 4812, jura y manda jurarla de 4837, sigue á la mcrc«d de las intrí^ • y de las bayonetas, y acaba por embarcar- f se en Valencia, para ir á lamentarse en ^ .Marsella? ¿Fue una verdad el trono en I tiempo de Espartero, levantado en brazos de ^ la revolución, obligado á servida, y sufrien- do luego el ostracismo por haber disgusta- do á algunos de sus caudillos? Y desde la declaración de mayor edad, ¿quiéi ' «r- ^ na? ¿Es nadie mas que el í:t'iicral.\,i¡ s.t«;z? Pues bien: esto no puctli' x'guir asi; en España ningún hombre puedo elevarse á ft "f altura suficiente para reemplazar el trono: j hasta (pie el trono sea por si bastante fuer- te para llamar á gobernar á quien juzgue por conveniente, sin mas consideración á ningún particular que la que susieran á un monarca la aptitud del llamaáo, y la conveniencia juiblica, hasta entonces no tendremos la tranquilidad asegurada: hasta ti entonces viviremos en la misma zozobra A (pie ahora. Se sofocarán las insurreccio- 1 nes, pero estallaran otras. La institución i de la monarquía hereditaria no pi á los pueblos lodos los beneficios que üi- be, mienlras no les asegura la estabili- dad, cerrando la puerta á las ambiciones desmedidas. Si colocáis á un pais monár- quico en una situación tal, que las ain'iM > nes no satisfechas puedan aspirar al,. sunremo, indepenclientemenle de la volun- tad del monarca, inoculáis en la monarnufi» hereditaria todos los males, todo el flujo y reflujo de una monarquía electiva.

.Google l»FI.

um9 lema' por soAatior^^ liraba tales; y ahora siii» Mi- á rooléüar lo míemo; \ii-Tid á confesar qui Iki y posibilidad, que hay probabilít? id. M jmehav mucho peligro, pues qite con iaüU jMieDcui s@f||ifíÉMBj£i^d>r á «I, tomando um No fcftiNéB olvidado nuestras lectores co- mo dos meses atrás opinaban los órfíanos do ia fii&uaaon, que la cue^iiou del matrimo'- HOdft 6. M. «ra prematura, que todtdiaeu- •iao 8obn» ella en iiilMip!»i¡va, y qas pro- cediendo <*n c^nseow^ncia de esla opinión, atakstemau de eotiar en polémica, a pesar ^ 4b repetite nPiteioMft. U» oqms han | eantbiade complelan^Ale: lo que pocv antes era inoportuno y prematuro. es ahora Qpor> tanisiBi» y uri^ole: testigos los periódicos ^ MÍ b ilíw» CM wm flhiiidtd y fmmque- la iguales á la extremada reí^crva <juo en los meses anteriores habían guardado. ¿Cuál ha sido la causa de una mudanza tan repen- tiaa^ l Bs.olra par ♦fgahmJt «itaacion de España? ¿Es diferente la situación de Eu- ropa'/ La Reina Doña Isabel II ¿ha dejado dftser una nit^ de corta edad? ¿Cuál puci» Miil*.«WMi4e la nueva «ttiladdftalfiMms pníxHcfts? Necesario fuera estrrr cit^^o para no ver que la verdadera causa se halla en Jm deea meólos de Bourges; y que 1» opor^ iMÚdad |r«Ja BTgencia qM de lépente se ha presentado, no si^ifica mas qoc la 0{>orlii- ludad y la urgencia de destruir la próiiaiii- Kátd j h posiUiiid da vil aaiMa aaa el cmide de lioBteaioba^'AdiMnas, esta esplicacion no o«? una simple conjetura, el /fe- | de creer que profesan la misma opinión qué Llamamos la atención pública sobre esia conducta de nuestras adversarios: elloa nía» niüs han fallndri ni nricsiro' favor en la gran coulieoda que dos meses ha nos está oco- paado: nosotros éeotaoMs: el roatrimoaio es postl)Ie, y con el tiempo se hará proba- ble ellos contestaban: el matrimonio im- posible, es un sueño, un absurdo. Nosotros afirmaoNs ahora lo añaoMiiaa aotoary «Hai claman: tememos una resolución proa/a; hay pehgro en la tm-ihmn: «los que abop;an por la dilación del mainmomo, unos sin saber- lo y otraaá aabieadaas abogan parla carlista.» ¿De qué parte estaña la ¿De qué lado esta la consecuencia?

¿A quiéu lumen en este negocio lospe^ riódicos de la situación? ¿Temen por ^aaltí ra al fíobierno? No ciertamente, l n ninis- terio donde están Narvaez y Martínez de la Hosa no puede inspirar ningún recelo á loa adversarios del conde de Mootemalia. La cirrular (!el mioisterin fie h (¡tirrrn es una espresioQ harto si^oilicativa de la ciispnsicioii de ánimo del preeidenle dal^ensejo, los día- owiaay los adaa del aegaado, son una fu^ me garantía de que no transip:irá jamás. Kli una situación análoga se hallan los demás mniatroa; y ai biei ea vefdad q«e no tadai han caalraHio-coniiproBttsoa lan solemms, aa raido to ha dicho en su número del 42 de ola BMac cPnMMtíana en Maatro aémera de ayer dertiostrar: primero, (|ue eslnnios ahoírando hace dias por li pronta resolución de la cuestión del nKilrimuuio de S. M.; y segando, ane ladoa loa:qae abogan por la dilación del matrimonio, unos sin saberlo y otros á sabiendas. trabajan en la\ or de la causa carlista.» Asi se espiesa el Heraldo.

La prÍMi eaoaidaiacibn qne esta con- ducta nos supiere es, que los periódicos de la situación no andaban acertados cuando dada* que el matrimonio con el conde de Montemolin era imposible. Semejante con- docta^no -:oln mrrntliesfa «¡uehay posii)ilidad ei jgeoeral Nanaez y el ministro de Estadot. Tampoea es- psebaMe ifoe aa team- ta fluencia de una persona elevada, que natv-^ raímente la ba de rjerfcr mny f?r?inde en cl cora/.DU de la joven Rema. Ln unrner lugar') no hay aingnn dato en qoe pnoienui fmai*^ se semejantes sospechas, y no existiendo datos positivos, la presunción está en con- tra. Ademas, como se ha dicho qne el cnla- ee eoa-el eande de MoRtanaUii aeria alta^ mente funesto n! país, y que acnrrrnrin In ruina del trono de Isabel U; y como se ha sostenido qae esto es evidento; y que aolo dejan de vedo ioa oarUalaa^ íntenssados en manifestar que no lo v on, no es reíiolarqoe furohabdtdad, y que esta probabilidad J la augusta seftorade quien hablaiuos se in- — ^ a_ _^ noiolrea lo • cÜMaa á^urimalíMaian que Digrtized by Google midades alrajera sobre la España, y que echaría por tierra el irono de su csccisa hi- ja. O esto no es lan evidente como ha se que- rido suponer, o es necesario desechar todo témor, lodo recelo, toda sospecha de que la madre de la Reina pudiese jamas favore- cer el l'alal matrimonio. Todavía hay otra con- sideración: si los recelos los concibiesen los órganos del partido proirresisla, que según las apariencias no es en la actualidad muy entusiasta de la madre de la Keina, nadaha- bria de estraño; jM»ro esto es imposible en el partido moderado, (]ue asi en la dicha como en el infortunio no se ha separado jamás de la reina Cristina. Es necesario, pues, ron- cluir que cuando los periódicos de la situa- ción hablan de la urgencia de resolver la cuestión del matrimonio, sosteniendo que la dilación favorece al conde de Montemolin. no piensan ni jwr asomo en la madre de la Reina, y antes bien deben estar convencidos que esta augusta señora interpondría su podero- sa mediación para (pie en ningim caso se hi- ciera una alianza origen de tamañas catás- trofes.

Kscusado es decir que la Reina Isabel es- tá mucho mas nue nadie al abrigo de sc- niejaJUes sospecnas. Su corta edad, y los consejos que debe de recibir, son una' ga- rantía mas (|ue suiícicnte aun para los mas desconliados.

¿A quién temen, pues, en este negocio los periódicos de la situación? ¿Quien turba el sueño de los adversarios del enlace con el conde de Muntemolin? ¿ Sera tal vez el ga- binete de lasTullenas? Es imposible; cuan- do á estas horas quizás no habrá aUindona- do todavía a su candidato el conde de Trá- pani. ¿Sera la Inglaterra? Pero el gabinete inglés no se ha manifestado favorable a la te- mida combinación. ¿Serán las potencias del Norte? Pero estas [wlencias nada pueden ha- cer contra la Francia, la Inglaterra y la vo- luntad de España.

Buscando en otras partes el objeto del temor, se pue<lc preguntar si se temería tal ve/ una insurrección carlista en favor del matrimonio; pero á esta conjetura se opo- «en uuichas razones: i.* todas las noticias 4Íe levantamienlos que en [mm'o tiempo se iian repetido con tanta abundancia, se han 4Íesvanecido como el humo en presencia de la actitud |)rofun<lamente pacifica de los car- listas, ai través de los mas graNcs aconleci- niieulos; lo que naturalmente ha debido producir la convicción du que no se piensa en promoverla guerra civil. í.' Aun cuando los carlistas intenla.sen ajwlar á las armas, el gobierno nos asegura, y sus amigos lo conlírman, que tiene fuerza.Milir.mle para contener á los revoltosos; y añade, y por cierto en esta parle es digno de fe, que está , firmemente decidido á emplear sin conside- ración de ninguna clase, y sin (li>lin::uir categorías, el sistema ensayado en el iMaes- trazgo, en Alicante, en la Rioja. en Hecho y An.só, y últimamente en Barcelona. :K* Pues que se conviene en que la dilación es favorable á los carlistas, es evidente qoB*, estos no tienen ínteres en provocar sucesos ruidosos que les destruyesen los buenos efectos de la dilación, y obligasen al gobier- no á quitarles toda esperanza. tomando pw motivo o preleslo la insurrección misma.

La verdadera causa de los temores no es- tá pues ni en la Reina Isabel 11, ni en |a madre de la Reina, ni en el gobierno, ni en la Francia. ni en la Inglaterra, ni en las po- tencias del Norte, ni en las sublevíi«i«e8 carlistas; está en la fuerza mi.sma de las co- sas; está en el curso natural de los aconte- cimientos, en la elocuencia de los sucesos qiie forlalecerá en su convicción á los con- vencidos, que convencerá á los que dudan, que hará dudar á los que niegan. Aqoi está la verdadera causa de los temores; aqutM encuentra la razón de esa priesa se quiere llevar; aqui está la espiicacioa d« cómo ha podido trasformarse en urgencia • apremiadora, lo que poco antes era una co- sa prematura é inoportuna. • • Si en efecto el enlace con el conde do Montemolín es tan antipático á la opinioB pública como.se ha querido su|)oner, ¿por» qué no dejar que esta opinión.se desenvuel*' va cada día mas, y se fortalezca, hasta el punió de evidenciar á los ojos de los ilii"«ri« la vanidad de sus deseos y esperan/. i>? l-o que es verdaderamente nacional, ¿no st muestra mas nacional todavía, cuando MH pasado por el crisol de una discusión solem*; ne continuada por largo tiempo? ¿ Los ad*" versaríos del conde de Montemolin se hallan* por ventura en posición desventajosa para sostener la lucha? ¿.No son ellos dueños del K)der? ¿No dominan en las Cortes? ¿No tie- nen muchos órganos en la prensa? ¿No dis- ponen de todos los empleos del i- ' ¿No tienen bajo sus ordenes un numr, jer- cilo? ¿Qué temen pues? Si esta de su parte Google In mon, si ademas lienon hi hivr/.n. ¿qué | h's falla? ¡Ah! esa razón es la (jue les falla: V esa falta no esperan [Kxicr suplirla con la íucrra que les sobra.

Si bien dcriamos hace algún tiempo que habia lleudo la hora de ventilar la cuestión del matrimonio de S. M., anadiamos que en nuestro concepto aun no habia lleijado la de tomar una resolución delinitiva. C.uesliones cnmo ta actual se examinan lar^ramenle, se meditan con madurez y profundidad, antes de Uiinar un partido. I.a opinión publica ne- cesita formarse, en vista de las razones, y en presencia de \os sucesos. Cuando sé qeiere dar un paso de inmensa trascendcn- (••n y i)n>o tal que no consiente retroceder, (, >ario mirar una y mil veces en que sentido se da, mayormente si del acierto ó del verro están pendientes la felicidad ó la desfiicha de catorce millones de hombres. ¿Y lo han e\an)inado de esta manera los que altora aconsejan con instancias una rcsolu« ion tan pronta? ¿Podran jiersuadir al publico que en efecto hayan reflexionado deteniilamente sobre la resolución v sus consecucDci<is, cuando este mismo publico solo, el designarle es escluir á todos los prc esto sin diula. Pues bien: si no lo ha olvida- do, es menester «pie lo olvide; lodo esto no vale nada; estos principios ya no wn admi- sibles: antes eran verdades ineonrusas; ahora son escnq)ulns en que no conviene li- jar la atención: ahora no solo se puede es- cUiir á quien bien parezca, sino que se puede designar la persona, sin rodeos, sin ningim velo, con el nombre propio, presentarla á la Reina, al pais, provocar las manifestación* nes de la prensa. y decir: «este es, est» debe ser, este será.» I 1.0 confesan)Os francamente. esta serení-*' dad nos desconcierta, no la c^omprendemos. «No es de hombres de estado ni de bomlire«; de gobierno hacer en estos casos anticipa-- das esclusiones de personas.» Asi hablaba el Heraldo del 2 de julio. Penuitanos esla^ periódico que le preguntemos, si el desig-* nar en estos casos á ima persona como la mas conveniente, no os escluir á todas las otras; y sin embargo el Heraldo designa la persona del infante D. Enri(|ue de la mane- ra que se ha [wjdido ver en sus números. Cuando no puede hal>er mas que un elegi<ld los acaba de ver reservados, silenciosos o inciertos, y esta presenciando con sorpresa en transformación lan rápida, instantánea, sin que haya precedido ningún suceso capaz de justilicarla. sin que sea dable sospecnar otro origen que el acuerdo entre pocas per- sonas, si no la voluntad de una sola?

Htoe muy pocos dias que la iniciativa oorrespondia á S..M.; era necesario andar con sumo tiento en la esclusion como en la designación de personas; el celo de los que no se conformaban con estas reglas, era es- Iraviado: la Constitución. el decoro, la dig- nidad de la corona, lodo se combinaba para aconsejar cstremada reserva. La reunion- ÜKheco, que se atrevió a una esclusion, eMl un suceso muy desagradable, y (pie Imlliera sido digno de severas reconvencio- •M, á no tralarse de amigos, á no compo- nerse la reunión de jM'rsonas en quienes se habia de suponer cordial armonia en el lin, y escasa bien (pie deplorable divergencia en los medios de alcanzarle. El conde de Trá- ni. á pesar de su eslremada inqiopularidad, casi casi habia encontrado gracia en (nüo á todo cuanto pudiera atentar en lo mas mtni tendientes. Si se replica que con la designa- ción no se inlenta coarlar la libertad de la Reina, claro es que tampoco se intentaba semejante coartación en la reunión-Pacheco, ni la intenta nadie ipie respete, no diremos la magcstad del trono, sino los derechos de la naturaleza: claro es que todas las mani- feslaciímes que se hagan en este (\ aquel sentido han de andar acompafiadas siempre de protestas semejantes. y que ciianlos deseen inclinar el ánimo de S. M., no le han de baldar de otro modo, aun en el su- ¡luesto de que llevaseq muy allá la tenaci- dad en la exigencia. En este último caso m» se hallarán ciertamente los redactores del Heraldo; les hacemos esta justicia; y solo emitimos estas observaciones para manife**- lar que en esle negocio de nada valen ciepí las salvedades generales. que pueden con- siderarse como formula necesaria en todas las pretensiones.

persona recientemente fiivorecida por la prensa de la situación, nos merece un profundo re spelo como jirincipe, y e<rir;i nuestro interés como español; nada tencinns que decir contra el joven marino, á <(uien deseamos que pueda adquirir alto renombre (pie ha di^uj^uira por a4a dignidad del trono, a la libertad de la I en la mdde carrera (pie ha emprendido, y £1 publico no ha olvidado nada de ■ oo dudamos que scdi^uguirá por las bellas '^^Illi^ittii^^ <in cslos últimos días linn eoconiiado los periódicos; pero todas las prendas del joven infante no alteran en un ápice el estado de l« cuestión, que por des- gracia es independiente de las personas, y saca sus gravísimas dilicullades de la natu- raleza misma de las cosas. Admitiremos que el prmcipc fuese entendido, resuello, pru- dente, conciliador, ^jeneroso, valiente: ¿to- do esto destruye por ventura los partidos? ¿Les hace al)andonar las pnsicictncs (pie ocu- pan? ¿Les haré despojar de sus ideas y senti- mientos? ¿Les satisface en sus pretensiones? ¿Uace que los unos no se crean vencidos y los otros vencedores; los unos humillados, los otros ensalzados? ¿Se lK>rran los recuer- dos de la ííuerra de sucesión? ¿No se perpe- Uia la división en la real familia? Por distin- guidas, por brillantes, por eminentes que fueran las cualidades del princi|)c, dejarían de existir estos hechos?

Nada pues tenemos rpie objetar á la |>er- Süna del infante; le |>rofesamos el respeto cuya espresion le tributan l(»s pcri()dicos de la situación, aunque no manifestemos tan vivamente un entusiasmo improvisado; pero tenemos si (pie ol)j(!tar á una comhinaciou 3ac nada resuelve, que no deshace ninguna iticullad, que no es mas que un espediente arbilr.ido para eludirlas todas. Después del casamiento de Isabel con el infante 1). En- rique, el trono de la Reina no contarla con un solo ami.^o mas que las que tiene ahora; y por cousiiíuiente íiuedarian en pie todas las dilicultades que desde la nmerte de Fernan- do Vil trabajan las entrañas del pais, é im- pklcu el establecimiento de un poder sólido y fuerte.

. Una ventaja esperarían quizás algunos con el proyectado matrimonio, y seria la wion de las dos fracciones del partido li- l)€ral. Mas nosotros no alcanzamos a ver que semejante unión pudiera obtenerse con solo colocar al lado del trono al hijo del infante I). Francisco. O el principe permaneceria enteramente agcno á los nef^ocios, o no: si lo primero, tenias las cosas continuarían en el misoio estado que ahora; la unión de los partidos seria igualmente imposible: si lo se¿íundo, menester seria que se inclinase á la (H>litica moderada ó á la progresista, es decir, (pie convirtiese en enemigos persona- les ó á los progresistas ó á los moderados. Es preciso no hacerse ilusiones: el princi- pe representarla entonces á corta diferencia ( I mismo papel (|ue ahora la reina (^nirtiHl entonces como ahora se hablaria del poikr in fspo)i.sahlc, del jwiler muillo, del poésT usurpador de atribuciones, que le ni^w espresamente la Constiliicion; enlon mo ahora se hablaria contra las intrigas üe palacio y los manejos de la camarill«»«JUt l)artidos no son tan escrupulosos quoMip^ ten á ninguna persona, {)or alta que 8et« cuando les contraria en sus designios. Pan (|uicn les sirve tienen siempre prepafwkl un tesoro de entusiasmo y de lisonjas; pan (piien se les opone, un caudal de odio« des- precio é insultos. Lo que ha sucedido coo la reina Cristina es una lección y un escar- miento. J;imás la li.sonja ravo mas alto; jt- mas se prodigaron con mas profusión l©s epítetos de heroica, de celestial, de divi- na; jamás los oradores sintieron mas inspi- ración; jamás el |)ccho de los vates renfó con mas fuego sagrado: ¿qué se hiciereo aipiellas alaban/as, aquellas adulaciones, aquellos himnos? ¿En que se han trocado? ¿No se ha visto destrozada y arrojada poc el lodo la brillante aureola con que la re- volución ciñera las sienes de la esposa y de I la viuda del rey? ¿Que se ha hecho de laa- tos laureles? ¿En qué se han coaverlidu? ' En lo que se convierten siempre que la re- ' volucion alcanza jwner |)or un momento sobre la cabeza de un monarca el gorro en- carnado, y (|ue se deje aclamar por las tur- bas restaurador de la libertad. La historia de la re\olucion francesa es la historia de todas las revoluciones: la his- toria de Luis XVI es la historia de lodos ios reyes. La diferencia esta en el lAimlk/^ét los acontecimientos, en las modilicacMMa nacidas de particulares circunstancias, ea la variedad de cualidades de las |)ersonas; pero la esencia es la misma. Y aquí pre*- i cíndimos de los pretestos o motivos que se I toman para semejantes cambios; todos los motivos, aun los mas graves, no baaiaa i impedir que las revoluciones no decretan el apoteosis á (|uien las sirve; ningún mo- tivo es ca(>az de evitar uue condenen inexo- rablemente á quien se les opone. El duque de ürleans era un monstruo, y Luis XVI era un modelo de virtudes; y mientras Luis era insultado atrozmente, el duque de Or- leans era ensalzado |M>r los mismos que en su corazón le despreciaban y detestaban. ¡ Inagotable caudal de paciencia habrá me- " nester el infante I). Enri«|ue, condenado á Google no poder separarse jamás de los partidos li- berales: ó luchando continiianienle con uno de ellos. 6 halagando aiternativamenlc al uno y al otro. Al escribir estas lineas, no sabemos que la prensa progresista haya ma- nifestado todavía su opinión; pero de^(le luego se puede conjeturar que si el infante I>. Enrique alcanzase la mano de la Reina bajo la protección del general Narvaez y con el apoyo del [>artido moderado, los pro^ - i< mirarian el enlace, si no con ma- ii in -i.i repugnancia, con muestras de vivo desagrado. Desde el instante de su encum- bramiento se encontraría con adversarios resuellos, cuya oposición no desarmaría si- no otorgándoles el [wder: condición harto di- ficil de cumplir, y que no se cumpliría sin o0Mecuefu*ias muy trascendentales.

K1 Heraldo. al escilar al (ihho y demás periódicos á que se uniesen con el para pe- dir la pronta resolución de la cuestión del matrimonio, después de decir que no podia creer otra cosa de su buena fe, de su buen talento, y de sus buenos deseos por la feli- cidad del país y el triunfo de lo causa de la libertad y del órden, advertía que se enten- diesen bien sus palabras, que no se las die- se una intcqirelacion forzada, que no se tergiversasen ni envenenasen. «Cuando ha- blamos de pronta resolución, añadía, no queremos decir resolución precipitada, ni queremos decir que esta resolución se adop- te en la oscuridad del misterio ni de una in- triga camarillesca. Entre la precipitación y una dilación funesta hay un medio, y ese es el que nosotros pedímos. Que esta cues- ti promueva, que se ventile, y que se relucha lo mas pronto que sea posible en bien de la augusta [M'rsona que ocupa el tro- no, y en bien de la nación, esos son nues- tros ardientes deseos. Existe un nudo gor- diano: no queremos que se corte, sino que se desale pronta y hábilmente. » Estas palabras calman algún tanto la in- quietud que naturalmente inspiraban las vivas reclamaciones de una resolución pron- ta, y hacen (!S|)erar que si llegase el caso de una rexulurion precipitada adoptada en la " ' il del misterio o de intriga camari- li< ><<i, como la llama el Heraldo,- este pe- riiKllco combatiría semejante proceder, y se opondría con todas sos fuerzas a que los intrigantes alcanzasen su objeto. Dice muv bien el Heraldv, que hay aquí un nudo gor- diano que conviene desatar, mas no cortar: )€ro es bneno no perder de vista que la es- pada es mas á proposito para cortar que para desalar. Esto lo halla en sus instintos y has^ la en la historia del nudo gordiano.