iiíterés propio, de conducirlas á tamaña es- trcmidad. l,o que so hnria puos en último resoltado luera hablar un poco mas, y dejar ' esp malestar que la atormentan. y M"pos^ blos no sentirian ningún alivio cn'sus males, T la modllloaoíon é modanfea ininlfMrifl i»^ lo produciría un cambio de nombre» yJa sa- tisfacción de algunos ambiciosos. Estamos seguros que pensanin con nesrlas cosas como se están, salvas algunas nne* I otros todos kn hombres de boenjailfortl''^ vn*- complicaciones ípio un lormunjo doina- siado altanero pudiera muy hien acarrear. Todas las cneslioncs eclesiásticas quedarían en pie, algunas tal Vez se embrollarían; de todos modos es cierto que los hombres nue- vos no alcanzarían á resolver el problema de h'dotacfoB del-clero, ni obtendrían tan fácil- mente como se figuran, el reconocimiento de^Isabel, ni la ratificación de las ventas, ni la ooolirmacion de los obispos. ¿Qué habría- imm adelantado pues en las negoiMones con Roma? Nada. ¿Kn qnc se bahrian mejo- rad'» n^mitov eclesiásticos? Bn nada.
La mudanza ministerial, dentro de la es- tera del partido moderado; 'Ho iefi# menos estéril en politira.;.Se procuraría nna alian- zft eon el partid»» jiiogresista? Sí oslo se hi- ciera,'bieh se podía pronosticar que en bre- ^ino tiempo los firogresistás ocuparían de ■nevo el poder. La fracción moderada que biciese semejante alianza, se saldría por el i^^aíJ jiecho de tos ' flhs de su partido, se iH^^#fblif)rQ|nMjlA'" KMiiifzando latdes dos los que no se dejen alncinnr con vanis palabras. l,o quo acabamos de decir no son meras conjeturas, son pronósticos tanseff»- roscomo el deqie naoaoa saldré el sol^ Si los que desean el cambio ministerial alcanzasen la caida del general Narvaez, los resultados serian de aias tvmaño, y qniós podrían <<d)revcntrsifeesos de ifo«leata ffi* vedad 1 un ohsorvncion lo< haromo<; á Ift» que combaten al ministerio, v es, que si su objeto («ese opoder líM'aiiiMetoné otra bicion, una espada á otra espada; si espera-*' son fundar nn írobíerno basado en una riva-" lidad militar, su obra sería tan poco duradei r» eaiBí4 ttifíis ttUMK tBl^fWMMMos. M suponiendo en t'ulo-; los per-^nnages del'dfí- i'i'i -!i!tio dcs|M'i'n(!iiiiiciito, hondea lealtad,- moderación en la loriuna, o resiimaeion^ la de^gl^eli V HJWiitlums un poder míllNr. apovüdo on una ji^oinM" ívimn IVnccion pal*^ tica, V por coiisi<^uK'iiio lus misoMM^ules;' los mismos peligros que abori'.t»*v'íBMP'>- AwRnauinMRV'^wMiiivp'piiinipiOT^v iiaccn iims qiuí f^auar Icrreuo cuu esas divi- | iiones ({uc inaailieslaa a todas luces la iiu- polencia ^uberuativa que mil veces hemos iieclio nolar. No, no su fundara un gobierno por ninguno de los medios empleados hasta aquí. Cada dia se irán convenciendo mas y; nn"- <! • '^la verdad los hombres pen:»adores, ú >, luya algunos que no lo cslen ya. Puede hal>er discordancia sobre el camino que se haya de seguir; |)ero es preciso con- fesar (|ue este camino no es el «lue se sigue. i\o pretendemos imponer á nadie nuestras opiniones; si oíros creen que se pueden tan- tear otros sistemas, tantéenlos en buen ho- ra; pero abrigamos la profunda convicción de que al üq les será preciso venir al punto i|ue hemos señalado. ¿Se quieren tüÑdavia nuevos espcrimentos? ¿Puede haberlos mas decisivos que los (|ue se han hecho, que los que se están haciendo? ¿Se quiere esponer al |)ais ó la indelinida prolongación de sus males, ya que no á grandes catástrofes? Asi parece; todavía se intenta aparentar que no se ha recorride por entero el circulo fatal, cuando hace largo tiempo que lo hemos re- corrido muchas veces; todavía hay nuevas ambiciones por salislacer, y en pos de ellas ae preparan otras que demandarán á su vez ser satisfechas. La nación contempla con desden semejantes miserias, y se indigna al ver que asi se juega con ella; esperamos que algún dia la voz de la verdadera opi- pion pública subirá basta las regiones del trono, y que sin necesidad de nuevas revo- luciones, se romperá para siempre esa cade- na de infortunios.
LA IIEVOLCCIOX Y EL GOBIERNO.
Ctrrlh» en Nrit m Jl ir tgmto ét Mi( jr publiratio tn Mailrkl Todavía mas trastornos! todavía mas san- gre! Triste condición la de España, ama- necer siempre con la duda de si el día que empieza se manchara con nuevos horrores; triste posición la de todo español, esperar las noticias de su pais siempre con la zozo- bra de que el correo esperado sea portador de nuevas desgracias!...^Cuándo se pon- drá fin á esta situación? ¿Cuándo acabarán nuestros males? ¿Cuándo acabarán los desaciertos que han hecho! Le el reinado de la angusta ¿ inocente Isabel? Su cuna ea ntecida entre el estruendo del cañón, que diezma a los hijos de una mi>ma patria; y. apenas sentada en el trono de sus mayores, ve que la di.>cordia sigue, y con ella la lu- cha de hermanos con hermanos, y el supli- cio de muchos españoles. Citando los años hayan aumentado su rellexiou y madurado su juicio, preciso es que al recordar la his- toria de su reinado, al considerar la sangre las lágrimas que en sosten de su trono se an vertido, diga para sí: «grandes son mis deberes para con ese pueblo; grandes son mis delieres; los que me lo bubian ense- ñado en mi infancia no me lo hablan hecln» conqirender aun hasta el punto que lo com- prendo ahora; sobre los deberes de Reina me ligan los deberes de gratitud.»
Deberes, si, deberes; que los hay y muy grandes para los reyes; dichosos si lle- gan á conocerlos al través del esplendor y de la lisonja que por todas partes los ro- dean. La voz austera de la verdad resuena muy rara vez en los artesones de los regios alcázares; y |>or esto los males de los pue* blos se prolongan y se agravan. Cuando los males han llegado á la ultima eslreniidad. cuando lo que antes era un sordo rumor qui* no se dejaba penetrar hasta la regia mora- da, es el bramar del huracán que viene aso- lando la tierra, entonces los monarcas se asoman y preguntan: «(pié hay,» asombra- dos de novedad tan espantosa, en un pais que poco antes se les pintara dormido en los brazos de la calma y de la dicha. ¿\ (luiéii nos dirigimos con estas |>alabras? Al gobier- no y á cuant^is )>ersonas tienen ascemliente sobre el ánimo de S. M.; al gobierno y a cuantos pueden iníluir en los destinos del pais, á todos nos dirigimos, para que vean si la España puede proseguir asi, para (]ue consideren si hemos de cooliouar en ese esr lado de febril convulsión, y si cumplen ó iw con su deber, no discurriendo sobre los me- dios positivos, eíicaces, que pudieran sacar- nos de un estado tan deplorable.
El gobierno ha vencido hoy, es verdad, como venció ayer, como quizás vencerá ma- ñana; pero el (d)jeto de un gobierno uo es la victoria, porque gobernar no es pelear. Cuando en un pais se veritica un fenómeno como el que presenciamos en el nuestro, señal es que se halla bajo condiciones im- posibles; asi al ponerse en un problema una 69 condidin absurda, el calculador es conduci- do á una cantidad imaginaría; y la imagi- naria en materia de gobierno son el despo- tismo 6 la anarquía: la fuerza reunida en una mauo ó dejfiarniMdi por la sociedad; aiem- pre la fuerza.
Dos hechos resaltan en la situación ac- totl de EsfMfta: la impoleiicia de la levolu- cíoD, y la impopularidad del gobierno. Este es un contraste; pero hay otro todavía mas aiagular: la revolucimi ño desiste de sm leatativas á 'pesar de m inipoteBeia proba- da; el gobierno no sucumbe á pesar de su impopularidad evidente. \i la impotencia de la revoluctou es efecto de la fuerza del gu- bierao, ni la victoria del gobienoes hija de su popularidad. La revolución no desiste porijue conoce que el fíobierno es débil; el gobierno triunfa porque la revolución es bierno.
Se ha dicbo, y creeiaos coa verdad, qa^ en las iuttaales oaimiiaiaiieiia el tfÍHi»<de la revolución aerU íirmidabta; eilelia pMducido el terror; y »! terror que es á ve- ces buen medio de opresión, es maiísiiM» para ta víeloria. GiiaMo loa <pio ataaii m* criben en su bandera \Ay de los veneidosl aa aseguran una resistencia desesperada. Con esta torpes» ios perturbadores han espattia~ do qiiiM» á aa poaoa que babm ffiia aaa (:om[)lices inocentes, y los arrojan al lado del ííobierno en el momento del peliííro. Ved como 2»e ban apiñado en torno de él los periédioes de la oposición nraderada, lai pr' nt i rntnn la tranquilidad se ha visto ame- nazada en Madrid. Los progresistas son aho- ra una especie de ejército intratable que débil y mas impopular todavía: hé aquí recibe á loa daoortores del campa por qué la revnhirion rppite sus tentativas á pesar de bus escarmientos, y por qué el go- MonMi vence á pesar de m flaqueza.
La lucha entre e! gobíeiBO y la revolu- cien presenta otros caracteres notables. El gi^Merao no se conduce como quien aguar- da á na adversario al '«nal no léase, sino como nn adalid osado y resuelto que aguar- da á pie tírme á otro adalid poco menos fuerte que él: tiene la esperanza de la vic- toria, Bo la seguridad. No es «a gobienio nacional, sólido y fuerte, que sofoca un mo- tin y le castiga; es un gobierno gele depar- tido que se bate con otro partido en estado de aaiurreccion. Asi los actos preventivos ofrecen el carácter de las disposiciones en aue un general despliega sus fuerzas antes e la batalla; no de una autoridad que, se- gura de an Irmofo, trata de evitar desgra- cias; a"?! los actos que sií^iien á la victoria ao son tampoco los de un poder que coa aafana y tritSM aatrega loa eriniiiales al iiilio de un tribuaal, aiao las de na vaaeedor irritado que maltrata á los prisioneros. Asi atin(]ue los vea separarse de] cuerpo y ha- cerles algunas seAas, bo les respoode iuio a balazos. Ño lo baciaa así los asaiaíadea m su tiODapo: en la oposicioa tos progrenM son mas osados, los moderados mas hábiles y menos escrupulosos. Si Espartero hubiese feHido é on lieaipo ean la rsvoMaa, oas el Papa y con el sultán, paladines babia en el partido moderado para sostener el Cortan, los sagrados cañones, y la declaración de los defeanea del boaabie, y que coa igmá gar*» bo y desenvoltura hubieran llevado el toa* bante, el bonete y el gorro encai nado Los hombres que no se han aiUmdo á niagon partido, 4anbia« aoatBaapiaB esa espanto las escenas que la revolución nos prepara; quisieran un remedio á los males del pais; pero si este remedio ha de ser un bafio de sangre, prefieren la proloagacioa de la dolencia, y e^rar en las buenas dis- posiciones de la complexión del eoienao, ayudada con el tieiapo, y oes la aceioA da específicos suaves. Paraiieaira paile ipr»- bamos este modo de pensar: para derribar El momento de la crisis revolucionaria ofrece ademas otra particularidad. Un nio- rneuLo antes, parece que el gobierno lia de ücimbír; lal es el éeseonteato que reioa, tal el rumor que contra él se levanta l.n ( r¡- sis liega, y la revolución se encuentra sola. ¿Por qué? Por(^ue ese descontento no basta para que ae olvide lo que la revalaoíoa ba Mcbo, la ^ baña ai trioa^; y en las asonadas parecen batallas, y la jwticia | al gobierno, no deseamos la revolución; ai mateatar babiau de saoederlaa eoavolaíeÍMa del frenesí, á los desaciertos los horrores; nosotros preferimos á los horrores k» dea- aciertos, al (renes! el malestar.
8i bies se abeerva ealve los adversarios del gobierno, hay una especie de It^nltad 2ue no han podido hacer vacilar las repetí- as noticias de las alianzas monstruosas. Lov progresistas y los BMiaiifaíooa < taiaigpbiem»;att' Digrtized by Google de acelerar la ruina del ¡uhorsino comua; pero esta uuion nu ha existido ni existe. Por el conlrario, los proi^resistas rechazan cons- tantemente á los monárrjuiros, y los monár- quicos a su vez reclia/.an a los profíresist^is cou no menor constancia. Estos partidos dis- tan demasiado para darse la mano, lié aqni las ventajas délos partidos medios; con \w- coque se ladeen.se ponen en contacto con los partidos estremos; se hacen monárqui- cos ó revolucionarios. Si el (pie está arriba M bastante incauto para dejarse estrechar la ■ano cediendo a caricias y protestas, es fácil darle un tirón. derribarle, y colocarse con presteza en su luf¡ar.
I.a revolución ha olvidado que jamás ha sido fuerte en España, jamas ha podido triunfar sino cuando se ha escudado con el trono. En 1832 estaba muerta; los tonseje- ros de la reina Cristina la hicieron resucitar: sin el auxilio de una mano entonces tan po- derosa, la revolución yacería en la misma inmovilidad en que la tenia la autoridad del difunto monarca. Esta alianza ha cesado en parte; lo que se apoya ahora en el trono no es la revolución de las calles, sino la de los intereses creados; esta última vive y aque- lla perece. Durante la guerra civil triunfaba la revolución de las calles, ponpie se le de- cía eo nombre del trono: «obra como bien te parezca, pero ayúdame contra I). darlos;» uias tan pronto como terminada la guerra civil, ba habido autoridades que han queri- do de veras sofwar las insurrecciones, las han sofocado. Falta saln-r hasta qué pun- to se puede prolonjíar una situación que tiene contra si la revolución de las calles, no alcanza á re()arar el daño de los intere- ses antiguos, ni acierta a consolidar los nue- vos; y que cuenta en la prensa cou una oposición pro^'resisla, una oposición monár- <|u¡ca, y otra del mismo sonó del partido moderado. Hay la lealtad del ejercito, es ver- dad; pero esto es liar una inmensa ciuda<i a discreción de un centinela. Ku tiempo de pjerra puede obrarse asi porque no es po- sible otra cosa: pero en tiempo de paz una ciudad no descansa en un centinela, sino en la benéfica vigilancia de las autoridades y en las disposiciones paclücas de los ciuda- danos.
Kas repetidas derrotas de la revolución maniüestan otra verdad que tampoco honra mucho la previsión de nuestros liberales. y es, que la institución de la milicia, que, como recordarán nuestros lectores, fue con- siderada como un complemento necesario del sistema representativo, y que en conse- cuencia había lle^'ado á lifruVar en los arti- cjjIos de la ley fundamental, era una cau- I sa permanente de disturbios y trastornos. I Desde que la milicia no existe', el gobier- no no solo sofoca las insurrecciones sino que lo hace con suma facilidad. En general su estallido es débil, y se enflaquecen al día siguiente por si mismas, aun antes de ser I atacadas, en lugar de estenderse rápida-r I mente como lo hacian T?notro tiempo. Fál- tales el pábulo para el incendio y el vchicu- I lo para la propagación. Este hecho sugiere : una consideración importante que sirve no I poco para conocer el verdadero espíHlu de España.
En tiempo de Fernando VII habla los voluntarios raalistas, que eran como si dijé- I ramos la milicia nacional del absolutismo. I Una y otra milicia tenían, no un objeto ci- vil, sino puramente político; asi los naclo- I nales como los realistas empuñaban las ar- ; mas para sostener un sistema político: estos habían sido creados para defender al ab- solutismo contra los liberales, aquellos lo fueron para defender al liberalismo contra los absolutistas. La semejanza de origen y de objeto no ha sido bastante para producir .semejanza de resultados; el absolutismo pu- do vivir hasta su última hora en medio de 1; los realistas; el liberalismo no ha podido vi- I vir sino desarmando á las nacionales. Una y otra Institución producían inconvenientes por la exageración del mismo principio en que se fundaban: los realistas querían algu- nas veces ser mas realistas que el rey y los nacionales pretendían llevar su líberalisnK) I mas allá que los fundadores de la libertad; J pero la diferencia está en que el gobierno I del rey pudo salvar los inconvenientes, sin I matar la iiistilucion, y el gobierno liberal no ba podido preservarse de la ananpiía sin abolir la milicia que era su obra. El año 27 basto la presencia del monarca en (Cataluña para que mas de treinta mil hombres rindicsí'n las armas sin disparar un tiro. Des- de 1 830 se podía prever muy bien que el fiartido realista corría peligro de ser derri- lado del mando; v desde 18.32 lo fue va en efecto aun en vida del monarca. Las masas del partido estaban armadas, desde la capi- pital hasta la ultima aldea ¿se sublevaron? " No: ki insurrección no estalló hasta que se V supo ia muerte de Fcrnaudo. ¿Kslo qué prueba? Prueba que en el coraron de aqoel partido tan calumniado, habia un principio poderoso que le obligaba á la obediencia, aun á costa de su ruina; prueba (pie entre las masas realistas y las liberales hay una diferencia profunda cuyo conocimiento ar- roja mucha luz para formarse una idea ca- bal de la verdadera situación de Esparta: prueba que acjuel gobierno tan motejado te- nia una fuerza inmensa, juies que alcan- zaba á triunfar del mayor peligro que se ofrece á todo gobierno, cual es la exagera- ción del principio en que se funda. Toda es- ta Hu-rza no la conoció á veces el mismo gobierno que la poseia; esto le hizo no po- co daño. Se creía con mas peligros de los que existian en realidad; podia vivir muy bien sin tantos sostenedores armados; y no fue tan suave como dcbia, por([ue secon- s¡der6 menos fnerte de lo que era.
Kl partido liberal, para disminuir el ru- bor del mal éxito de su ensavo, nos dirá que jamás consideró la milicia sino como arma de guerra, v que solo la instituyó pa- ra hacer frente á 1). Carlos; pero entonces resulta que el liberalismo de Espafia no tie- ne otros medios de defenderse sino el de apelar á la anarquía; preciosa confesión ñor cierto. La consecuencia es necesaria, inde- clinable. Si no tuvisteis otro medio de sal- vación que la milicia, v esta milicia decís vosotros mismos que es incompatible con el orden, esta milicia es por confesión vuestra la ananjuía organizada. Y ¿ qué resultaria de este hecho para fallar sobre los princi- pios? La deducción es óbvia; en tal caso el princ ipio liberal, tal cómo lo han entendido nuestros novadores, eslaria en profundo desacuerdo con las ideas, los sentimientos, los hábitos, los intereses y las necesidades del verdadero pais; en tal caso (»l principio lil)eral no podria dominar en España sino a titulo de conquista, por lo que baria muy bien en ajmyarse alternativamente en los motines de las calles y en el despotismo mi- litar.
Nosotros no hacemos mas que sacar con- secuencias de vuestras mismas palabras, de vuestros hechos, aplicar la lógica á los mis- mos dalos que vosotros nosofn'ccis; conde- nando la milicia nacional, os condenáis á vosotros mismos.
Bien sabemos que no faltará cpiien ivs- ponda que el mal no estaba en ia iuslitucion. sino en el modo con que se la Ikibia organizado; mas entonces, ¿porqué ñola reformábais en vez de destruirla? l*cro no, el mal no estaba en el modo sino en la esen- cia de la cosa; el mal estaba en que por el estado actual de España, una fuerza popo- lar en apoyo del liberalismo es por necesi- dad un elemento de anarquía. Cuando en un pais hay realmente grandes masas en apoyo de una causa, se puede elegir y to- mar solo lo que convenga; pero cuando no. cuando por el contrario las mas;is están del lado opuesto, entonces es preciso tomar lo que hay, es preciso hacer entrar en la ins- titución elementos que conlra()esen la fuer- za enemiga, elementos que al lin acaloran por fermentar y producir una resistencia al mismo gobierno que los emplea.
Es esto tan claro que es bien seguro no hay un solo hombre de gobierno en Espíifia que piense en el restablecimiento de la mi- licia ni aun reformada: el dia en que se dis- tribuyesen las armas, por mas precauciones que se lomasen, aquel dia se asegurara el triunfo de la revolución: para conocer esto no se necesita previsión política, basta el sentido común.
Las consideraciones que preceden no son estériles, conducen á un resultado impor- tante, cual es la evidente necesidad de que el sistema representativo, si ha de continuar, se nacionalice por decirio asi, andando en busca de nuevos elementos que hasta ahora ó ha combatido abiertamente, ó desdeñado en demasía. Eíla es para él una condición no solo de mejora, si no de %nda; sino hay on ingerto bien entendido, el árbol no proda- cirá nada: y dia vendrá en que los pueblos cansados de esperar y de sufrir, le arranca- rán de cuajo y le echarán al fuego. No bas- ta que figuren en la lista del Senado nom- bres altamente respetables; no basta que asi se tribute un homenage al triple con- junto de la dignidad, de la virtud, y del sa- ber, y que se maniliesten deseos de bascar la fuerza y el apoyo en los puntos donde m hallen; es necesario aplicar este sistema n ' mayor escala; es necesario que de la latitud del Senado participe también el Congreso; es necesario que participen todas las insfl^^ tuciones hasta sus últimas dependencias; es' necesario que no hayados Españas, una que manda y otra que obedece, una que pacra y otra (jue cobra; es necesario (|ue no liayu mas (¡uc una Kspana liajo un solo gobierno: Coogle Coogle que este no vuelva la visla oirás, y(|iiel)a- jo drstintas denominaciones no continíie la fUstmrion del año áO entre Hiherales y ser- viles, insultando asi las convicciones mas sincfras v los scntiiinruto-i mas noblo \ genrrosos. Los gobiernos liberales deben habor»;c ronvencido de (\i\c no pueden vivir COR ios solos elenieiitos del liberalismo. Es- tos por si solos no engendrarán mas ({uc la dKKordia, ycon la discordia la anarquía. Pa- radividirse y sulnlividirse. para chocar entre SI é inflamarse, no han menester (pie los monárquicos les hagan. la guerra; ellos se bastan y sobran para destruirse reciproca- n>ente y derribar todo gobierno que los lo- me por base esclusiva.
'«No es la guerra de los absolutistas lo que ha dividido á los liberales; por el contrario, esta guerra es lo (pie les ha dado. no la unidad, sino la unión que por breves intervalos han disfrutado. Éste partido es CMio las repúblicas antiguas, que para te- paz en lo interior necesitaban guerra en lo esterior. Loque en el liberalismo español entraña mas actividad y vida, ó es abierta- mente revolucionario, o propende fuerte- mente á la revolución; lo que en el partido liberal se halla fuera de este circulo. se lla- ma malamente liberal; es un matiz, del color de la mayoría de los españoles, (jue «olo han podido unirá la masa liberal circunstancias pasageras y violentas. Tan pronto como se na terminado la guerra civil, los instintos de unos y de otros han tomado la dirección cor- respondiente: asombrados se preguntan mu- chos: ¿porqué nos habianios separado?
Cada paso que el gobierno da en este sentido hace un bien al pais y se lo baria á si propio, si sus insignes desaciertos no se lo impidieran, y si estos pasos no los diese como de mala gana, forjado por las circuns- tancias y siempre á medias..Xlortunada- roente las circunstancias apremian, y es preciso seguir adelante, dada dia que tras- curre se abre un nuevo abismo entre el go- bierno y el partido de la revolución; el go- bierno no puede pararse, se trata de ser 6 no ser. Los instintos revolucionarios nue se abrigan en no pequeño número en el seno del partido dominante se alarman de vez en cuando, y levantan gritos y protestas; es- fuerzos vanos: o morir en manos de la revo- lución, ó seguir la dirección opuesta. Desarme de la milicia, reforma de la Constitución, su- presión del jurado, devolución al clero de los I bienes no vendidos, son como los jalones I del camino que vais siguiendo. ¿Qué hay ' en la estrcmidad? (pié ha de halier, nuestro sistema. ¿Hasta allí no queréis llegar? ya lo sallemos; pero la revolución os empuja; nosotros no necesitamos mas esfuerzo íiue quitarobslaculos: l.is cosas os llevaran. Sidos años atrás se os hubiese dicho que un mi- nisterio liberal os habia de conducir al pun- I lo en que os halláis, no lo hubierais creido. Ahora lo creéis (xinpie lo veis: también creeréis lo demás cuando vendrá. No podéis impedirlo sin suicidaros, entregándoos á la revolución; velsuicidio no lo cometeréis.
SISTEIVIA TRIBUTARIO.
r.vríle ea Piri* el • de MÜmbre itt. y ruUii-Mlu <ru Maálria ra 17 <M miuao.
I Si á los mas encarnizados enemigos del ü ministerio se les hubiese dado á escoger en- tre las cuestiones mas espinosas, y que mas probabilidades ofrecicriMi de acarrear la per- turbación del orden público, dilicilmentc babrian acertado á suscitarlas con la habili- \ dad (pie el gobierno.se las ha suscitado á si propio: en Cataluña las quintas; en las pro- I vincias Vascongadas los fueros; en toda la j nación el sistema tributario. Esto es lo qnc ' se llama ser valiente: y luego dirán los ha- bladores que el gbbierno es tímido; por el ¡ contrario, no parece sino que ha tratado de hacer alarde de audacia. de ostentar sus fuerzas y su brio, de manifestar la concieu- cia de su robustez y la pujanza de su impe- I rio sobre todos los motines.
I /iVr/o ubi commota fervel p¡el)ecula hile I Ftrt animus eaüHtp fecisse silenlia iurba Majestate manua.
Si CQ agitada plebe sordo rumor estalla, levanto yo la mano : y amedrentada c^lla.
A pesar de tamaña seguridad, algo aven- turaría por cierto quien saliese liador de ({ue todas las empresas serán llevadas á buen término; y de seguro ninguna es tan ardua como la que ha cargado sobre suk este pniito no hay pitolMalinno, te trata do In nación pnt«'r;); nn híiv partidos, pues en todos ellos hay cuiilnlmyentes; no hay ^teorfts iliBlraelas, está de pv riMdío sna cosa muy positiva, el dinero; no hay un hfrho de circunstancias, sino un sistema permanente; no hay una cuestión ditícil de Mi#»' timpiiiliMa, hay la cosa mas eenoHla - del mundo, se trata de saber si qiiion pnu^a- bn cuatro, ha de pasar seis, u ncho, o diez ó lo que sea, según le haya cabido peor suer- - le en las amevas tarifas/ No cabe encontrar asunto en que pueda haber mas unanimidad en la reprobación, ni que mas vivamente eaeite el descontento desde el palacio del magnate hasta la choza del aldeano.