SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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l.a acusación de perfidia se dirige muy particularmente á los (|ue proponen la cun- ciliuciou; pues que los enemigos de otra clase lio guardan mas sistema que andar á balazos cuando la ocasión se ofrece; ser fu- silados si- sucuudteu, y fusilar sí vencen. Entre los dos partidos que se llaman estre- ñios hay esta diferencia: los unos dtcea «transijamos;» los otros uvictoria 6 muer^ te.» £1 un eslremo trata de acercarse al me- dio, y ni aun amenaza ul otro estremo; este {Kir el contrario, rechaza al medio, y abomi- na de su antagonista. Aquel pide participa- ción, este exige esclusivismo.

La actitud de los dos partidos es consi- guiente á su objeto: los revolucionarios ape- lan á la guerra, los mouár(|uicos á la paz; aquellos quieren forzar ul curso de las cusas, estos las dejan andar por si mismas; aque- llos no tienen paciencia para esperar el re- sultado lento de la influencia de las doctri- nas, estos no cuentan con mas armas que la discusión, y apelan al ¡)aciiico fallo de la opinión publica. La diferencia en el modo de conducirse produce resultados muy diferen- tes también: mientras los unos pierden coa- tinuamente en la opinión, los otros adelaa^ tan; mientras los unos se cnagenan cada dia voluntades, y no se grangean ni una so- la, los otros no sufren ninguna defección, y se hallan i menudo con nuevos partidarios. Nada importa que de vez en cuando se de- clame y se calumnie Ungiendo conspiracio- nes que no existen: bastan pocos días para desvanecer la acusación; y la opinión pu- blica hace la justicia tanto mas cumplida, cuanto se ha visto juguete de indignos amaños.

^0 es verdad que lodos los partidos cons- piren; |)ero silo es ((ue todos combaten al gobierno, v á la pequeña fracción que en sus alrededores se agrupa: ios que se im- pacientan por este hecho debieran reflexio- nar sobre la imposibilidad de que suceda otra cosa. Los partidos ambicionan cl po- der, todos con mas ó menos esperanzas; ¿y quién no las puede tener en medio de tañ asombrosa instabilidad?

Esta situación tan Uucluante se ve com- batida por dos partidos llamados estr* y es natural que asi sea: en lomo d>. no enfermos de peligro se agitan los herederos. Xadic sabe de cierto lo ipie vendrá; ha) dis- cordancia sobre lo que debe reemplazar lo actual; pero lodos convienen en que Ja.sí- Google tuacioD es transitoria, y en la imposibilidad de que se prolongue por larjío fi(*mpo. l)c un lado está la revolurion, de otro la monar- quía; y los partidos (pif* representan estos principios se liallan enfrente de la situación para combatirla cada cual á su modo. Por la fuerza de los acontecimientos y las modifi- caciones que consigo traen la variedad de circunstancias, y sobre todo los desen^^afins, Vfc presentan los dos partidos combatientes Hi actitud algo distinta de la que guardaron en épocas anteriores. Pero hay en esta di- ferencia un carácter notabilísimo, y es oí diverso sentido en que se ha berho*la mo- dificación: los revolucionarios se han hecho mas exagerados, los monárquicos mas con- ciliadores: aquellos se han apartado mas y mas de los otros partidos; estos se acercan, no abdicando sus principios, sino templán- dolos en su aplicación. Los revolucionarios creen que el mejor medio de reparar los des- calabros sufridos y conquistar el poder, es, llevar sus doctrinas hasta las últimas conse- cuencilas, en la región de las teorías como j en la práctica: los monárquicos opinan, por i el contrario, qiu» el porvenir para ellos está en conservarse firmes en sus principios, sin empellarse en luchar con la irresistible fuer- ' 78 de las co<as. Cada cual pretende fundar ' la razón de su conducta en las lecciones de la esperiencia: los unos dicen que se han desengañado, que para hacer triunfar la re- volución es menester hacerla completa, y acabar de una vez con lo que obsta ó daña*; los otros han aprendido que esta irapetuosi- <lad arrolladora sirve para derribar, pero que las niinas pueden costar caras al mismo i «pie las amontona. No parece sino que los revolucionarios se imagman que á fuerza de energía anonadarán á sus adversarios, im- pidiendo para siempre que ni monárfpiiros ni moderados piensen de nuevo en disputar- les el poder; ni mas ni menos que en 1823 se hacían muchos realistas la ilusión de que con rigor se podia acabar con el liberalismo. í En este contraste que salta á los ojos de todo observador, ¿de qué parle se encuen- tra el verdadero progreso? ¿(Juién compren- de mejor su posición respectiva? ¿Quién j prepara á las dificultades actuales una solu- ción mas útil, mas pacifica, mas duradera?

Las acusaciones y recriminaciones que se dirigen en la actualidad los partidos de la situación, bien que no muy edificantes para | eonsolidar su reputación algo descabalada. || son sin embargo muy curiosas como cstadis tica de sus incesantes variaciones. Los unos llaman á los otros apóstalas, e.r-niodcrafhs, y los (pie en tiempos no muy remotos for- mulábamos el mismo cargo, no sin herir susceptibilidades delicadas en demasía, noá hallamos ahora ])lenamente relevados de prueba por la confesión de la parle. El mis- I mo periódico y los ministros tpie manco- munados rechazaban nuestrás inculpaciones, ahora se las dirigen entre si; entonces se ayudaban alternativamente abogando los nnos por los otros, ahora se acusan de lo mismo de que se defendian. No cabe espec- táculo mas satisfactorio (jue el alcanzar el triunfo sin necesidad de combale: quería- mos atacar al campo enemigo, y la gritería que en el resuena nos indica que se ha tra- bado pelea de hermanos contra hermanos.

Con las divisiones y subdivisiones del partido moderado ya no sabe uno á (pié juin to asestar los tiros; si beris al ministerio, los tres periódicos os dirán que habéis heri- do un retrógrado que está mas bien en vues- tras filas que en las moderadas; si el tiro da en la ojiosicion moderada, el ministerio os dirá que esta es semi-progresista. La si- tuación no será pues una embarcación; será un conjunto de góndolas flotantes á merced de los \ientos; cuando se quiera combatir ul partido moderado, será necesario fijar una fracción pequeñísima. quizás una persona, y aun esta aprovechando el tiempo, el instan- te indivisible en que.se halla en un punto dado. Si asi no se hace, habrá pasado ya; es menester apuntar bien, matar al vuelo."

Este es otro arbitrio para hacerse invulne- rable, y otra dificultad ¡tara los que deben hacer una o|)osicion de principios; pero en cambio es por si solo una prueba evidente de que las ponderadas doctrinas de nuestros doctrinarios se reducen á nada. Todos los partidos cuyo fondo doctrinal es una nega- ción, ofrecen esta dificultad para ser comba- lidos; en tal caso, lo que conviene no es combatir los pormenores que al tocarlos se desvanecen y toman otra forma, sino señalar el vicio radical, decir a los pueblos: mirad cuan liíiero es, los vientos se lo llevan, hav mucho volumen, pero está vacío.

Para convencerse de cuan poca realidad encierran las doctrinas de los moderados, basta examinar sus opiniones sobre los pun- tos policicos mas importantes: tomemos el primero que se ofrece, y preguntémosles <|ui¿n es ei depositario de la soberania. ¿Ks | el Rey? No; porque la soberanía encierra la! facultad legislativa, y el Rey por sí solo no ' puede legislar. Lt doctrina de la soberanía del Rey no la admiltMi los moderados; la re- chazan sobre los absolutistas á quienes per- tenece. ¿Es el pueblo? Tam|>oco; esto es anárquico; los niodorados no lo admiten; esta doctrina es propiedad de los progresis- tas. ¿Quién sera pues? El conjunto de los tres poderes, es decir, el Rey con las Cor- tes. Esta respuesta en sí no tiene nada de estraño en teoría, ni de nuevo en la prácti- ca: veamos empero cómo la entienden nues- tros moderados, y descubriremos fácilmen- te que con los comentarios de su conducta ^estan muy lejos de coniirmar su doctrina.

Los potleres en cuya reunión se encuen- tra la soberanía, son el Rey y los dos cuer- pos colegisladorcs: luego ni el Rey sin las Cortes, ni las Cortes sin el Rey, pueden ejercer un acto soberano. Esta consecuencia tan obvia, nue mas bien es una simple aplicación del principio, la rechazan los mo- derados: en el brevísimo tiempo que llevan de mando, dos ministerios han.legislado por si y ante si; por donde se echa de ver que la sob(!rania absoluta del rey conibatidaen teo- ría, es adoptada en la practica. De esto re- sulta que no domina ni el principio del po- der absoluto, ni el del poder limitado; que amlM)s se ponen en acción segua las circuns- tancias, y que sin dislrutar las ventajas de ninguno de ellos, se sufren los inconvenien- tes de auíbos. La nioderacion, pues, en este caso no signiíica templanza en la aplicación de un principio, sino falsiiicacionde los dos: no es hmitar una consecuencia de la teoría con arreglo á las exigencias de la práctica sino ponerla práctica en contradicción abiert;i con la teoría.

La obediencia á los poderes constituidos es también una doctrina muy inculcada i)or el partido moderado; hasta aqui nada hay Suc reprender; pero examinemos el uso que e ella se hace. y encontraremos la misma contradicción. ¿Se trata de los poderes anti- guos? Los moderados autorizan la revolución, y no tienen escrúpulo en asociarse con los revolucionarios: la monanpiia absoluta no pereció tan solo á manos de los progresistas; la hbtoria de la formación del primer minis- terio liberal y de sus curiosos antecedentes, es demasiado conocida para que sea necesa- rio recordarla. ¿Se trata de los poderes nuevos? Entonces es preciso distinguir; si los ({ue mandan son moderados, la insurrección y todo lo que no sea oposición rigorosamca- te legal, es un crimen; si son progresistas, la insurrección no es crimen, í^iuo beroisroo. Un dia de posesión basta para la prescripción en favor del partido moderado; para la pres- cri|)ciou progresista no bastan dos años. Testigo Espartero.

La alianza ó coalición de los partidos es también otro punto en que resalla la líjeza de doctrinas. Si el moderado está fuera del poder, la libertad es muy lata; es licito co- ligarse todos los partidos contra el enemigo común; si está en el mando, la alianza de sus enemigos es un sacrilegio.

Este sistema es ptíor que el de los hechos consumados. El legitimar nn poder por solo el hecho de existir, es ciertamente una doc- trina errónea y de fatales consecuencias; pe- ro tiende al menos a proporcionar á la socie- dad algunos momentos de re|)oso, ofrecien- do al vencedor el homenage de ios pueblos; mas esta doctrina no es la de los moderados; para estos no basta que el hecho sea consu- mado para que sea legitimo, es preciso que les sea favorable á ellos. En siéndoles con- trario, no hay b'gitinudad ni justicia en el hecho, ni un siglo bastaría para causar pres- cripción. Por manera que no parece sino que este partido se considera como una piec^ de toque para distinguir lo justo de lo injus- to, y que toda la moralidad política solo de- be estribar en su propia conveniencia.

Tenemos de esta versatilidad una prueba concluyeute en lo sucedido con las obras de la revolución. Lo que esta ha hecho en eJ sentido que agrada, se ha defendido con eJ escudo de bronce de los heclios consumados; pero este escudo se ha vuelto de papel para salvar lo que podía comprometer al partido dominante. Hecho consumado cracierlamen- le la Constitución de 1837, y sin embargo se la ha destruido; hechos consumados eran la milicia nacional y el jurado en la impren- ta, y no obstante han dejado de existir. ¿Dón- de está la diferencia? ¿Hay tosa mas ltiv en política que la variación de la ley i mental? Si la razón de hecho consumado no, vale en un punto, ¿cómo se quiere que val- ga en otro.

Uno de los temas favoritos de la opinión moderada en tiempo de Espartero era el in- culpar al partido progresista por iiaberbc aliado con un poder militar: el puritanismo del partido de la situación sobre este parti- cular DO es necesario ponderarle; á la vista teuemos los hechos; ahí esta el lenguaje de los periódicos mas autorizados por su anti- ' gUedad y relaciones. Uno hay que desde un principio se ha negado á esta alianza, y que, por lo común la ha combatido con notable | vigor: es el Tiempo; pero sus doctrinas no. han sido escuchadas ni por el gobierno ni I por las Cortes, y desde luego le decimos j (|ue no lo serán en adelante.

Hecha justicia al puritanismo del Tiempo, diremos dos palabras sobre la fracción que representa. Si no hemos comprendido mal Iw artículos de este |>eriodico, su [>ensa- nÜMilo politice consiste en la formación de un poder constitucional puramente civil, sin liga del militar, eliminando todas las in- fluencias que no pertenezcan al orden par- lamentario. Realizado este sistema, ningún general, ¡wr elevada que fuese su categoría, seria presidente necesario, ni aun ministro: lodos los hombres públicos se colocarían en una misma lila, sin mas preferencia que la •e&ull.iníe de sus méritos personales y de mi importancia civil. El ejército no seria BMS que el brazo del gobierno; ningún mili- lar seria un poder, y sí solo un instrumento de la suprema voluntad constituí ional.

Necesario es confesar, que si las teorías coBslilucionales signiiican algo, es preciso daríes la sign ideación que les ha dado el Tiempo; i>ero á este periódico que mas de una vez nos ha llainauo ilusos, iiien nos se- rá permitido hacerle notar su ilusión. El sis- tema (lue él proclama no se ha realizado ni se realizará porquo es imposible; y si no fuera por las malas consecuencias que en nuestro concepto resultariau, lendhamos curiosidad de ver en el gobierno á hombres empeñados en llevarle á cabo. El partido de la situación aliado ton un poder militar, aun- «uc sea contradicción teórica, es una reali- <lad práctica, una realidad (|iie bien ó mal se sostiene, y (pie fusila a cuantos enemigos se levantan contra ella; pero desearíamos saber cómo gobierna ni se sostiene un gobierno combatido fK)r los progresistas, por los mo- ' nárquicos, por una fracción considerable del partido moderado y \m el resentimiento del poder militar; para nosotros es un enigma mas indescifrable que el del Eslinge el saber de donde sacaria la fuerza un gobierno como este; no alcanzamos a concebir por (|ué me- dios podría lograr que necesitando á cada paso del ejército f>ara sujetar á todos los partidos, ningún general auquiriese prepon** derancia decisiva.

Las convicciones no bastan para el IriunM fo: una cal>eza sin brazo es una mera tcoríaj Ademas ¿donde están las convicciones [mlili- cas con que podrían contar los hombros del Tiempo'í ¿ En el partido moderado? Si no es- tuvieran a la vista los hechos, de los cuales hemos enumerado algunos en el articulo iresente, recordaríamos las sentidas pala- )ras con que el mismo Tiempo se ha lamcot* lado mas de una vez del abandono de todos los principios, de la falla de convicciones del |>arlido moderado. Si aislado se encuen- tra el gobierno actual, mas aislados se en<^ contrarían los hombres del Tiempo; los hom- bres de la situación.se conocen débiles, y a.si dicen al poder militar, umandanie, pero ayú- dame;» ¿cómo se pediría el auxilio á quien se le despojase del mando?

Si el Tiempo nos contestase (|ue sus can- didalos gobernarían en nombre de la Cons- titución y de la Reina, y que esto Irasla pa<«' ra obtener obediencia, no sabríamos qué re- plicarle; invocaríamos desde ahora al buen sentido politico, y apelaríamos para en ade- lante al testimonio de los hechos. En la si- tuación actual y en cuantas se le parezcan, no hay sistema posible, si no entra como uno de los elementos prínci|>ales el \todcT militar: quien se aparte de esta regla ate- niéndose eslríctamenle á las exigencias del sistema representativo, abrirá la puerta á la revolución, y perecerá.

Si deseáramos que sucumbiera la sitúa-: cion, sin escrupulizar en los medios, no po- dríamos emplearlos mejores (jiie empujarla hacia los hombres del Tiempo. Contra su intención sin duda, pero jtor inevitable ne- cesidad, serian la transición a un gobierno revolucionario. Nosotros no lo desdamos: y asi es que si bien el gobierno actual esta nniy lejos de contarnos entre sus amigos, no quisiéramos verle ceder su puesto a hom- bres cuyo sistema habría de acarrear mayo- res males. Que si los amigos del Tiempo hubiesen de modilicar sus opiniones luego de elevados al poder, é imitar la conduela de sus antecesores, en tal caso ¿qué ntícc- sidad hay de una variación de personas? >t\ Hemos hablado de los hombres del Tiem*t po sin animo de hacer ninguna alusión per* sonal, y solo lomando este periódico como el genuino representante de lo que ahora se llama puritanismo {iiÍ||ipDtario. Al exa- minar la descomposición' íél partido de la situación y scfuilar su iiupott'iicia fíuherna- tiva, nos ha parecido oportuno decir dos palabras sobre esta fracción (¡ue se ofrece romo talila en el naufraírio, y que en nues- tro fonceplo seria la in-rdida deliniliva del >arlido moderado, v un anuncio de nuevos trastornos. La revolución no está terminada todavía; falla un gobierno que acometa esta grande empresa; y preciso es convenir en que la razón y la historia nos manilicstan de consuno, que tamañas empresas no son pa- ra Iracciones políticas tan pe(|uenas y des- coloridas como la que entre nosotros se ape- llida puritana. Insistiremos en lo que hemos dicho ya: aunque los principios fuesen bue- nos, ¿de qué pueden servir cuando falla la fe política? Aun(|uc la dirección fuera esce- leiile, ¿qué se puede hacer cuando no hay fuerza impulsiva? La situación actual es un periodo de postración de la revolución espa- fiula; lo (|ue áeste suceda no puede ser otra cosa que un fuerte retroceso hacia los bue- nos principios ó una escilacion que nos atraiga de nuevo las convulsiones revolu- cionarias.

EL MATRIMONIO DE LA REINA La cuestión del matrimonio de la Reina absorbe de nuevo la atención pública y ocu- a un lugar preíerenle en las discusiones de a prensa periódica. Los dias pasan, el mo- mento se apro.Kima, y tr>dos los ánimos es- tan suspensos c inquietos en la espcctativa de una solución que va á decidir para mu- chos años de la suerte de España. y que no puede menos de traer en pos <le sí aconte- cimientos de la mayor trascendencia. ¿Cuál es el candidato acepto al ministerio? No se sabe de cierto. ¿Cual es el preferido por la prensa? La progresista calla; la de la situa- ción vacila, y solo de vez en cuando, y co- mo para no ({uedarse sin señalar uno, indica al infante D, Enrique; pero esto sin ardor, con escaso interés, v solirc lo<io sin unanimidad, ¡ít Español ha estado larjro liem-. po por un príncipe portugués; el Casfellano parece que du»la; la Posdata no maniliesta su opinión; el Tiempo acepta al infante Don Enriípie, es decir, no le rechaza; pero al parecer no estaría dispuesto a romper lanzas por esta candidatura, y venido el caso le sustituiría otr.i sin mucha repugnancia. Su )ensamiento es mas bien negativo q«ie po- sitivo: ni Trapani, ni Mont4>molin; por lo de- mas no muestra grande empefio en favor de * nadie. El Heraldo mismo, «pie algunos me- ses atrás sostuvo con harto calor al infante Don Enrique, como que anda ahora un tan- to flojo y remiso, dejándose conjeturar auc tampoco consideraría la espresada candida- tura como condición indispensable para so sistema. /:/ Católico y la Eaperanza conii- mían defendiendo al conde de Montemniin; V últimamente han recibido un refuerzo con las indicaciones nada ambiguas que ha es- tampado el Conciliador. Tocante al Pensa- miento DE i.A Nación, dicho se está que in- siste en las ideas antiguas; y para volverá corroborarlas solo esperaba concluir con el plan de estudios, (¡ue le ha ocupado durante seis semanas, las que por cierto era de de- sear que hubiesen sido algunas mas. siquie- ra para no entrar de nuevo en esa arena de pasiones, que se apellida discusiones politicas. No se dirá que nos hemos apresurado á tomar parle en el debate, pues hace mu- cho tiempo que lo sostienen los periódicos do todos colores, y hasta ahora el Ff"ssamie>to i>E LA.Nación lia callado, como para indem- nizarse de lo mucho que habló al suscitar la cuestión sobre el hijo de D. Carlos, y no dar^ motivo á que se dijera qiie trataba de impo-€ ner á S. M. los deseos de un partido. Perej toda vez que la cuestión se ha agitado de nue- vo vtan vivamente, que por este motivo el pe- riódico ministerial reprendió con severidad á toda la prensa, necesario es entrar de nuevo en la discusión, no fuera caso que alguien sosjwchára que consideramos desahuciado al conde de Montemolin.

Tan lejos estamos de semejante desalien- to, que en nuestro juicio las probabilidades en favor del proscrito de Bourges han aumen- tado en los últimos meses: el matrimonio de conciliación se maniliesla cada día n cesario; y lo necesario se hace, á no > i ^ ' haya <piien se emiK*ne en Inchar con la ne- cesiilad, lo que, usando de la espresion mas templada, calificaremos de poco prudente.

Google \ mas de csla necesidad, que bien puc li llamarse inlriaseca, (Kinpie radica en la iiiis- nia rialiiulezíi de las cosas, hay en favor del cunde de Munlcinoliu uiuclius y fuertes apo- yos en lü iuluxior.. V como quiera queeu es- tos últimos dia¿> se baya hablado con varié- ¡ d^d sobre la situación de este nef!;ocio con | respecto á la opinión de las potencias euro- peas, haremos una ligera reseña sobre el particular, sin mas pretcnsión cu lo (|ue di- gamos, que el valor de las conjeturas a que ücoe derecho lodo individuo, como parte iu- fmilésima de la opinión púbbca.

¿Qué piensan probablemente losíjabine- tcs de Europa sobre el enlace de la Reina coa el conde de Monte.molin? ¿Qué desean? ¿Que pueden hacer? ¿Que luirau?

EmiHíceuios por Roma. Decir que Roma vería con mucho placer el matrimonio de conciliación, es anunciar una verdad clara | romo la luz. del dia; poner en duda esta ver- dad, seria desconocer la historia de los úl- timos aüos desde la muerte 4; Fernando: seria suponer que Roma esta epteramente á i oscuras sobre la situación de Es*|)aña. No se-! ra, pues, avenlujado el conjeturar que la corle de Roma considera muy conveniente dicho enlace, y que desea vivamente su realizaciou. ¿Qué puede liaccr? directamen- te nada; indweclanu'ute mucho. Veamoslo. i 8i eu Roma se opina que el matrimonio de (Xinciliacion es el único conveniente,, claro j es que se consideran los demás, cuando me- nos, como no convenientes; y en tal caso, ¿quién puede disputarle el derecho de con- ducirse de modo que en el caso de necesitar- se uua dispensa, esta no venga á correo ti- rado? Ni cabe decir que esto seria subordi- nar Jo espiritual á lo temporal; toda dispensa .se funda en un motivo; si este molivo no existe, y antes bien los hay muy graves en contra, la dispensa se puede muy bien dife- rir, ^ eu caso eslremo negarse redoodameu- le. Jbsla es una jurisprudencia á la cual nada se puede objclar bajo el aspecto político ni eclesiástico. Precisamente el candidato mas favorecido en ciertas regiones, aunque uo muy predilecto del publico español, ha me- nester d¡speu^a: y he aquí como la corle de Roma podria inler|M>aer indirectamente un vcU) uias decisivo que la voluntad de todas las potencias de Europa. Que en esto no cabea las bravatas de (juc se pasará ade- lante sin el papa y contra el papa: no, a esto nadie se atreve; nadie se atreve coniia la inocencia y la dignidad de la Reina..

Todavía se puede mas en Roma. Sabido es que el gobierno español desea ardieote- menle ver sancionadas |>or el papa las ven* tas de los bienes del clero; y coiuu acceso^* rias de esta, lleva entre manos otros cues- tiones cuya solución favorable le causarla uo poca satisfacción: para lograr sus line».. necesita que Roma se preste, y con estar. mira procura persuadirle que el gobierno de España puede cumplir todo lo (]ue prometa, * ya para asegurar al clero una subsistencia decorosa é independiente, ya para poner y conservar las co.sas en el estado que se de- termine en el nuevo arreglo. Es claro que eu la conducta de la corte de Roma puede influir mucho la opinión que tenga sobre el valor de estas garantías, y que probable- mente el arreglo se aplazará hasta <|ue se¡ [ haya llegado al convencimiento de que hay en realidad algo mas que vanas palaliras. Si pues en Roma se cree que solo es conve- niente el matrimonio del conde de Monte-' molm, y que los demás suscitarían grave» dilicullades, ¿seria eslraño que el arreglo se aplazase basta que se viera el giro (|ua toma la cuestión del malrímonio, y los re-*, sultados ({ue da el intentar o ejecutar una - combinación distinta de la de Bourges? EslO' se puede en Roma; y esto es mucho poder;- es un 00 leve embara/o para el gobierno es^ pañol, y que andando el tiempo ejercería no poca iullueocia.

Decir que se puede una cosa, no es decir que se hará; esta es cuestión muy diferenté, en que las conjeturas son mas difíciles, aun- que no imposibles. Para hacerlas con pro-» habilidad de acierto conviene atender a la posición de la corte de Roma con respecto á I las grandes potencias europeas; no por(|ue> ¡ se haya de creer (|ue la [>olilica de estas se» ^ la norma de la política de Roma, sino por-w que es uiuy verosímil que la corte romanaf no prescindirá en sus resoluciones de ra-», zones graves a que es justo y prudente» alender eu esta clase de negocios. 'i- En la cuestión del casamiento de la Rei- pa, se presentan desde luego las opiniones y los intereses de lo.^ gabinetes del Norte. Sías ó menos modilicada, lu)y aqui todavía* la cuestión de principios que* dividió a las* potencias durante la guerra civil. Ks de crecij^ que ni unos ni otros examinaron muy a fons do las razones en que las partes fundahanr su pretensión á la corona, y que se Hjarnitf