SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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mas bion en oí principio político representa- .do por lüs (lersunas, que eti el íiiilo acorüa- (k) de Felipe V, ó la pragmática sanción de VltfMMrio Vil. fleMos dicho qne la cuestión e\istia mas ó mrno.f niodifinida: porque ios stice6i>s, y soUriUodoel resultado dclagucr- m%'t» han podido menos de alterar las con- didones á que iiíibiaii subordinado su polítí> liea las potencias del Norte; poro -i pesar twtá moditicacion, claro es que el coude Hontemolin siempre ta tener simpa- Hiwwi'áíebos gabinetes; ya qm en se interesa, cuando no otra oosa,sii consecuen- cia y su amor propio..

•i^M es- éamr hasta •¡ue punl9<Mnja- rán por dicho enlace las potencias del Norte; <'sto (lepondc de las dreunstancias. y ade- mas la mayor narte del lrat>ajo quedara se- fMUado ^por aignR Uiüfi éi'ili Ittühlifiw diplt'iniitií r,s; ¡««ro desde Ineiro se puede rdiiu'tiirui que dictias potencias no se apre- surantu a reanudar;»us relaciones cuu el go- bierno de b) Kdnag ihitflUiwiiiW ^ÉNilil» ' liduinbrc sobre ufin ri'sohifuni tnn importan- te.. Sea como lucre I » eierto es que este ffacpnooiipieotio se m> ha anunciado innu- imíMIIkMÉlimimm próximo á realizarse, y que nunca se n'iili/;i- ¿r^fo qué prueba? ^prueba que las potencias no consideran leroúaadM los ne|(ooios de= Bs^ pafa; <|tte aguardan el desenlace por el acontecimiento mas erave que es el uiatri- mouio de la Reina, y que entre tanto prelie- re^ápantenerse «n éspeotatfttf^ tlv im^fléso de que no pudieran retroceder.

Muchas conjeturas se han hecho con mo- tivo del viaje del eiupctudor de Uusia, y los aUiígof ida ootroias obú^ <ll9aiiilado como es natural castillos en el aire; unos suponiendo qne las visitas de (ienova eran ^rolpcs deci- sivos, otros imaginándose que allí se habia «pMVaehado la ocasión de dar el iMliMUides- eni;año á la familia de 1). Carlos por medio de estudiada frialdad. Aunque no conside- ramos ni aun digna de respuesta la segunda 'interpreiaci<»., iparéaenoS' iaiDlÑAD; que mo conviene alener8t'-é;ia primera con dema- siada conliuuza; y mas Í)icn nos inglinartt- iMa^á^creer que el viaje inUuirá poUtiMia^ en el curso del ue;;oc¡o. <l<^ íDc estas materias mas bien debe jnzsarse fot reglas lijas, que i)or Aoticias pasageras: iha oarabiado la sitaaoioB*é» ^paAaT'fliaii' variad 4e política las f)oteneias del Norte?

I 3uiere apreciar en so ftisto valdr tá natícHá el reconocimiento, ó conjeturar sobre Iss simpalias de las ¡Potencias en favor de un flllMMMe una personé %í Iteii^y vagar perdiendo lastímosauienle eliíenjKílK dispul;i< que a nada conducen.

Juzj.'audo por estos principios parece que no andan daiataMados los que creen <|oe Metlernich, de acuerdn ron In Rusia y^la fruíala, esta decididamente en favor del IM^- trimonio de conciliación, y que por taaÉ^oa prestan ateneioa siquiera á na d a d e cuanto se dice sohn» aquiescencia del Austtte Y demás po^ucias con respecto á otr(M'4M^ Bala* opinión adauiere mas consisteActt, si se considera que los documentos de Baui^ ges han creado uua [/osiciou aatemjWüe nueva, y cómMNmib <l«jadti # á las iníluencias diplomáticas para tar las pretensiones 4a loa rivales ^ de Monteniolm. • • ' cion. ó el conde de Mouíettiolin se hubiese atenido estriclamenle al si-^tema político per- sOQÜic^do en su padre, habria sido posible qiSipÉtondo las potencias del Norteada esperanza, hiil)ie>ie!\ tnilado de ratnhiar de política del modo mas honroso jwsible, re- anudando sus relaciones ton el gobierntf'-ile Madrid. Pero habiend(^Mi(jaaparectdoi Uta (Lirios de la arena politic», y manifestadíH^t' coude de Montemolui disposiciones concilla-' áélRtt^^^ÉaltoMf^a'IM'sifiij^ hi^' yan reanimado, y que nó se crea T^' tíéáth sario abandonar a una fanulia qne'^síñ ésÉs circunstaucias,^ conia inminente peligro de quedar pÉMMMa'fMfN'Éiennpré. A'- tío halieéie' realizado dichas modificaciones, no tenían las potencias del Norte otro medio de. favo- recerlo, que ayudar a encender de nuevo la guerra civil, pil^lilifréJ||ÍiMiM^ estar poco disptiestas, ya por el mal resultado de la anterior, ya también porque la diploma- cia europea va a()a4'lándose cada diu niasáet' aaffAfetfia fuerza. La cuestión no está terreno de las anm^ <mo de las ne^iÉla- ciones; y ^to es cabalmente lo qneen toAos' loa itiMStoé 4mf»ñ los i^binfeftes euixipeos Por estas consideraemies se puede jeturar con fundamento qne las potenrtas del Norte piensan de nuevo seriamcule en *C*rtos; rnéc: procuraiau pét ^lééM Ids> medios dipwr.

randidntoTTi del rondo d(í Monlemolin. Asi, now creihlomie harn una palahra verdad pn ( iianfo se na dicho sobre t\w un príncipe Cobiiriío no enrontríiha oposición en los ga- binetes del Norte, (linroes que muchas me- nos simpjilfas ha de tener aun el conde de Tnipnni. «ine no rcnreíentaria mas qne in- llai'ncias poro agnírlnhlrs á aquellos gabi- netes.

Resulta de esto, que el ronde de Monte- molin, cuya raiisa quieren dar aletmos por enteramenle perdida asi en lo interior como en lo e<lcrior. cuenta probablemente con el apoyo diplomático de mas de la mitad de Eurof)a: apoyo qu!», si bien por de pronto no ¡Miedo dar un resultado definitivo, podría dM el tiempo influir sobremanern, ó impri- mir al curso di*l ní»írocio la dirección conve- niente. Kn la artimlidad ya no es poro lo ífue se resiente el preslisio y la fuer/a mo- ral del fíobierno español, ron verse privado lie un reronocimienlo tpie por mas que se íüga. es de mucha importnueia; importan- dki que reconocen ios mismos que de vez en cuando se muestran desdeñosos, piws qtae 0tm tanto júbilo se apre«<uran á comunicar noticias favorables. auncfue no sean mas <|oe remolos indicios de obtener el deseado reronocimienlo.

Pero donde se muestra mas visible el da- fio es en lo tocante á la corte de Homa. Kl gobierno hará todos los alardes que bien le parezcan; i)ero él conoce mejor q^ue nadie ía convenicncia. la necesidad de alcanzar el reconocimiento de Roma, y el arreglo defi- nilÍYo de los neprocios eclesiásticos. Cuando no hubiesi» de por medio otras cuestiones, hay la de los bienes <l('l clero regular v se- cular, cuyos compradores ponii'ndose en coíitTudiccion consiiro niísinofi, esperan con increiblc ansiedad la intervención del poder Cípiritual. á pesar de que no la consideraron necesaria al hacer las ad(|uisiciones; v como en K«ípaña casi toda la revolución está con- centrada en lo»! intereses, yde estos la |)rin- cipal pártese halla en los* bienes del clero, resulta qne hasta que se alcance la indulgen- cia del Sumo l*ontflire, la revolución liem- Wa, y el gobierno que la defiende está in- quieto y mal seguro.

No despreciéis. pues, con tan desdeñosa altanería al conde de Montemoliii. yaque a pesor de sn destierro y prisión os susci- ta tamafios embara7os, sin que él \wr su parte teng?» necesidad de hacer ningún esfuerzo, ni aun de pensar enque •§ iossu'^rtta. Vn representante de un principio. es al-ro mas que un simple proscrito; esto no Id \y\- ÍM'is (jtieridn reconocer, y el tiempo se en- cargará de enseñároslo. Ya le sea la suerte favorable ó contraria, sea qne llevéis n cftix» otra combinación 'matrimonial, o que aplacéis por largo tiempo el enlace de la Reina. las dificultades subsisten; nacen de las entrañas mismas del negocio, y tarde *• temprano, de un modo o de otro, se harífn sentir, l'na cuestión nue para la Esparta no es cuestión de partido sino nacional; una cuestión que no solo se ro/a con los intere- ses de determinadas potencias, sino que afecta prolundamenle á la jMilitica europea. : en vano queréis reducirla á los limites de un negocio común de gobierno, ó de afeccione» de familia; á medida que se irá acercando la veréis crecer; y por grande <jue sea vues- tra audacia, al encontraros cara á cara con ella, difícilmente os atreveréis á mirarla de frente.

La posición del conde de Monleniolin con respecto á la diplomacia europea no debe ser considerada únicamente en sus relacio- nes con Roma y los gabinetes del Norte: es necesario at<'nderá la Francia y a la Ingla- terra, cuyo voto en estas materias es ])or lo menos dé tanto peso como el del resto de Europa. De esto nos ocuparemos en otro ar- ticulo.'í^'"» f EL GABINETE FRANCES Vamos a examinar un punto crrioso r de- licado: cuáles S(m ahora, cuáles p;te(ienr deben ser en adelante la opinión y volimlaíl del gabinete francés sobre el mnlnm<»nio de la Reina ron el conde de Monlem'»'!n. La importancia de dicho examen no la descono- cerá quien reflexione, que si han de mediar en este negocio influencias diplomáticas, no cabe prescindir de la Francia. Dilirilmenle se podría hacer nada sin ella; v es i)oco me- nos que imposible el hacer nada contra ella; 9 Google La ciirslion de España no es la cuesiion de | tW'icnle; aquí el interés es mas cerc^mo, mas i vivo; y los modiosde arción, tanto indipT- l08 como directos, son mas numerosos, mas eficaces, y sobre todo mas fáciles. Mucho dudamos que en este negocio el gabinete francés se mostrase tan irresoluto como en otros. La Francia por si sola no pucíie diri- ' rair la cuestión, ni aun en terreno diploma- ' tico; pero su voto es de tal peso, que no se puede ni despreciar ni ol\ i(íar; y en cuanto al conde de Slonlemolin, apenas cabe duda de que si la Francia lle'.M con el tiem|>o á ' apoyarle, la cuestión esta resuella en su fa- vor; nada resisliria al peso de la opinión na- cional, secundada por la diplomacia europea; y la diplomacia europea estaria toda por el conde de Montemolin, si este pudiera obte- ner el voto de la Francia. No escepluamos ni aun a la Inglaterra. 1 , Se asegura que estas verdades no se ha- bían escapado á la sagacidad del joven priu- | cipe; y que hace largo tiempo era de opinión que no le convenia á su familia indisponerse <x)n Luis Felipe. Üesde que ocupa el lugar de su padre parece (pie ha cuidado de aco- modar a estos principios su condu«ta; moti- vo ñor el cual, la cx)rte de las Tullerias no se ha mostrado dura con él en cuanto lo ha consentido la falsa actitud en que la política ha colocado al gobierno francés. No le ha | dado libertad, es cierto; pero hay otros me- I dios de manifestar que él sistema es menos ¡ riguroso; y ademas, todavía no se sabe si ¡ esta libertad ha sido reclamada. Como quie- ra, Qo es poco que se hayan evitado dis- gustos personales, que inlluyen en la política mas de lo que se cree. Los negocios no de- ten ser mirados en abstracto, sinoeo su rea- lidad; V la Francia actual no es la Francia donde lian reinado los líorbones con autori- dad absoluta; no es la Francia como la pue- de desear uo legitimisla; sino que es la Francia tal como ha salido de manos de la revolución, y gobernada por la dinastía de Orleans. Mucho raziman los partidos sobre la posición de dicha dinastía con resf>ecto á ta Francia, y basta (|ue punto se hermanan ó contrarían los intereses de esta con los de a(|uella; ]>ero semejante discusión de nada sirve para los cslrangcros en un caso prác- tico, y de resolución inminente; cpiien go- bierna la Francia, quien intluye en Kjiropa, no es el duque de Hurdeos, sino Luis Felipe. • Quizas no seria aventurado decir que el • monarca de julio, no ol>slante su previsión y sagacidad, no ha llegado todavía á conocer bien cuáles son sus verdaderos intereses en la ciicslioii espíiñola. Luis Felipe terae para su |)ais dos estreñios; la revolución y los Ic- gitimistas; y se inclina mas á un lado ó á otro, según la necesidad de contrapesar al larlijH) cuya preponderancia le inquieta. A os progresistas españoles los consi.iera con razón amigos naturales de la revolución en Francia; jvor esto es él su enemigo natural: á los carlistas los mira como aliados de ios- legitimistas franceses; por esto los trata con dureza. Hastnria que un candidato fuese muy acepto a los progresistas, para que en- contrase oposición en el gabinete de las Tu- llerias; y si el conde de Monteniolin no ha tenido el ajwyo de Luis Felipe, es porqve teme, anrupie sin fundamento, que la c^rts de Madrid se convirtiese en un foco de in- trigas legitimistas.

A mas de las razones espresadas, que en cierto modo son para la Francia de |K)lilica interior, pues se reliercn inmediatamente á la conservación del orden de c^osas cxislen- les asi en lo tocante a formas [Militicas como á la dinastía, hay en la cuestión del matri- monio de la Reina de España otra conside- ración muy grave, cual es la necesidad d« impedir qne ni el.\uslria ni la Inglaterra adquieran en la Península una intluencia proponderante. Lo que se llama la obra de Luis XIV podrá ser mas ó menos sabia des- de el punto de vista de la [xilitica francesa; fiero siempre es indudable que seria una ca- aroidad para la Francia el que se sentase al lado del trono español un príncipe represen- tant<<: de la influencia austríaca ó inglesa. Con esta previsión la Francia ha declarado que no consentiría que obtuviese la mano de la Reina un príncipe no Borbon.

La Kiiropa por su parle tampoco perroi— tiria que fuese rey de España un vásta^ de la casa de Orleans; y asi el circulo de It elección ha quedado tan reducido. (|ue solo liguran como candidatos los hijos del infante 1)011 Frauci.sco, el conde de Trápani, y el de Monlemolin. Y aqui es menester confesar (|ue el gabinete francés ha cometido una fal- ta. Es poco menos que cierto el int«^res que ha manifestado por el conde de Trapani, es decir, por el principe mas impo[mtar en Es- paña; lo (|ue solo puede esplicarsi» suponien- do que ha sido pésimamenle informado. Es imposible que si aquel gobierno supiese oó- Googl mo es recibido ea Es|)aria semejante provee- ij lo, le apoyase, ni auu <|uisiese Uíner en el í BÍogunti participación; es imposible qnc cre- yeaerobusli i crsu inlliieocia en España, ase-; garaadosc la ilcpcndencia <le dos ó tres per- sonas; es imposil)li* que no previera cuan ina- I los resultados pudiera tener en el porvenir ¡ ra la misma inlluencia f rancesa, el que se atribuyese lialn'r realizado loque r.'ípugna ' tan vivamente, no diremos á la mayoría, si- no a la totalidad de la nación española. Sépa- lo el ííobienm trances; cuando se ha Ira- i lado del conde de Trápani, los partidos han estado acordes en mostrar antipatía: carlis- tas, moderados, progresistas. todos, y por cuantos medios tienen en su mano, han nia- uifestjido ymaniliestan la mas viva oposición. Para ad(|uirir inlluencia en un pais, ¿es prudente comenzar haciéndose impopular en tan alto irrado? Creemos <pie no; y en £spaita llu•^o^ (pie en otras parles. El orgu- llo na< ioiial, ol espíritu de liera independen- cia, la tiMiacidad <le carácter, todo contribu- ye a que semejantes heridas sean entre nos- otros de mas dilicil curación. .» Tal vez haya sido ya mejor informado el f^binete de las Tullerias. y á esto se deba el aue,.se;^nn se dice, alloj'e algún tanto en su (lesacertado enjpeño; pero sin embargo de esta noticia que ha circulado últimamen- te, bueno sera estar preveni(l(»s y no dejar que se duerma en lalsa seiruridad la opinión nacional. Hay en España determinados in-: lereses que se creerían favorecidos con la combinación del principe napolitano; no e-s probable que cejen iacilinenle en el mal ca mino por donde se dirifícn; y no fuera es-; Iraño que. para captarse el apoyo eslranjíe- ro, pintasen la situación del pais bajo un 1 pnnlo de vista equivocado. De lodos modos, ¡ es de esperar que el ^'obierno francés no se dejará en^^añar tan fácilmente, y que no se resolverá, sin examinarlo con mas madurez, á cargar con la responsabilidad de un suce- so que dilicilmenle pudieran olvidar en ma- chos años los corazones españoles.

Estando en los intereses de la Francia el que el trono de España no salga de la fami- ¡ ha de los Rorbones, y no conviniéndole lampoco (pie la Península viva entregada á, continuas inipiietiides, claro es que la corte de las Tüllerias estarla por el conde de Mon- temolin, si no temiese (pie con este princi- pe seria Madrid un centro de intrigas Icgi- timislas. Esle es el fantasma que habrán procurado agrandar y ennegrecer los diplo- máticos cspafíoles adversarios del prisionero de Bourges.

¿Qué interés tendría el conde de Monle- moíin en unir su causa con la del duqwc de Burdeos? Ninguno. ¿Seria tan insensato que creyese poder atacar directa ni indi- rectamente lo que resfKíta la Europa? Es cicrlo «pie no, A nies de las relaciones que encontraría eslablecidas entre el gobierno de Madrid y el de las Tullerías; a nuis de (|ue |)or el* modo conciliador con que eu- Iraría en España le sería preciso confor- marse con lo existente; a mas de que su posición adquirida pnr el matrimonio seria diferente de olra conciuislada con la fuerza de las armas; á mas de une para lograr es- ta posición le habria siuo útil el a|)oyo de la misma Francia, el conde de Montemo- lin conocería lo (juc salta á los ojos del mas miope, á saber, que el gobierno de Madrid, sean cuales fueren sus opiniones particula- res, cometerla una gravísima imprudencia n>ezclaudose en asuntos que no le pertene- cen, y haciéndose el protector de causas demasiado alwitidas para que con tan flaco Roxilio se puedan levantar; c(moceria tiuo cnanto se hiciese en este sentido no proda- ciria otro efecto que complicaciones peli- grosas en las relaciones con una potencia de primer orden, que por razón de vecindad y otras circunstancias, no conviene tener por enemiga. Esto conocería el conde da Montemolm; y por grande que se tinja su inlluencia en el gobierno, por preocupado, [H»r imprevisor <|uc se le quiera sujwner, jamás la política del gabinete español iria mas alia con respecto á la Francia. de la línea de conducta seguida en los últimos años de Fernando Vil. Esto es para nos- otros evidente; y no concebimos que otra cosa sea ni aun posible.

Los peligros, pues, para la Francia y para la misma dinastía de Orleans, no están en el matrimonio de la Reina con el conde de Monlemulin; se; hallan mas bien en la parto opuesta: en las eventualidades de los dis- turbios qne pueden con el tiempo promover los pretendientes á la corona. Aqui es donde debieran lijar la ati^-ncion los hombres de estado del vecino reino: con una minoría inminente, con profunda división en los partidos, con «na inquietud social nacida del estado de las ideas y de las costumbres, con la rivalidad de Inglaterra, con el deavkxle lai poleuciasdel iNorte, con las diti- cultades do Ar^^el, con las complicaciones (|ue amenazan surgir en Oriente y Occiden- te, ¿ le puede convenir a la Francia que su vecina la España esle espucsla a caer de nuevo en la guerra civil? ¿I.e puede con- venir el (|ue la lufíialerra y las potencias del Norte leudan ti la niano el arrojar sobre el territorio español un pretendiente que la al>orreceria por considerarla como la causa priacipal de su destierro y de (lue se haya desgraciado la conciliación que (leseaba? ¿Le puede convenir que la revolución no en- cuentre un freno en una monarquía fuer- te? ¿Le puede convenir que las facciones lurbuient^is abriguen siempre esperanzas fundadas en la eventualidad de nuevos trastable por su augusta prosopia sus virtudes, que solo la i>pdia para reíTi se á un clima mas templado, en la luodeali oscuridad de la vida privada? ¿Qué esfem la Francia de aliados tan luedroioe, tan dé- biles?

Si ta dinastía de Orleans ba de correr graves peligros, no nacerán estos del parti- do legilimisla: si la Frovidcncia la tuviese destinada á perecer, no liay indicios de que la destine á morir á manos de los legitimis- tas. Lo poderoso, lo temible en Francia, para el caso de un trastorno, no es el parlé- do del duque de liunleos. es la revolncion; aquel ilustre proscrito tiene por ahora esca- sas esperanzas de recon((uistar el trono que perdiera su infortunado abuelo; y ^ tornos? ¿Le puede convenir que un jwrlido ' esperanzas pudieran tener jamás ra/oü.nji tan numeroso como el carlista esté, no solo '>ceparado del trono, sino en oposición con el , trono? Mucho dmlamos que tales contingen- cias puedan ser provechosas á la Francia; mucho es de temer que algunas de ellas le -"«carrearan graves conilictos.

El enlace de la Reina con el conde de Montcmoliu acaba de una vez con estos pe- .' ligros. La pretensión dinástica deja de cxis- •4ir; el trono se robustece con el apoyo de un partido numeroso; la rcvulucion pierde sus esperanzas; y la España, trau(|uiia y segu- ra, no es un vecino peligroso |>ara nadie. i£n todas las complicaciones que puedan so- f brevenir á la Europa, la España no |>udrá iitener Ínteres en indisponerse con la Francia; lo único (|ue pudiera hacer serui guardar ^«stricla neutralidad, absteniéndose de mez- ftclarsc en negocios (lue no le interesan. El yteimple buen sentido hasta para conocer que testa es la política que le. convendría al gc- '-bierno español; y esta neutralidad, digna- ^■lente sostenida, seria mas útil á la Francia que todas las demás alianzas que puede con- stracr con intereses pasageros, alianzas que so- rbre ser efímeras y de ningún provecho, po- edrian con el tiempo serle costosas. ¿Qué es- rrpera la Francia de aliados tan débiles (|ue la obligan á un papel tan triste, tan pncoconve- nicnlc á una nación grande, como es el guar- . dar prisionero a un prmci|>e tan cercano pa- -rienle de su rey? Esle hecho, por sisólo, ¿no dice mas qué todos los discursos? Uace po- co tiempo, ¿no tuvo que apelar a sus senti- mientos de dignidad e independencia, para r desentenderse de las rciiamacioncs que se undamento, seria desjnies de profundas re- voluciones, después de un largo periodo de agitación, después de un cansancio que con- dujese á la Francia al estado de postración en que se hallaba en ISf i. De los dos peli- gros temidos por la corte de las Tulierías, el uno es leve, el otro grave; el uno remóla, el otro inminente; el uno pn<'de llegar pw SI solo, el otro solo puede venir a remolqve del otro. No exageramos, pintamos las co- sas tales como son. Nuestros principios, bian conocidos, nos ponen á cubierto de las aáh- pechas de simpatías por las revoluciones; pero ¿de qué.sirve fomcnlnr ihi-ioii' s irrea- lizables? l\cs|)elamos profundamente los grandes infortunios; respetamos l.is ronvic- citmes y la adhesión de homlut - v!ii,,.tnv; fiero insistimos en que la cans í di- l i lonn- iacion en F^paña es muy diferente de la It - gilimisla francesa; que no es ¡Múdente unir- la ni mezclarla con elia; y tenemos ademas por seguro, en cuanto se puede calcular en semejantes materias, que si el conde de Montemolin pudiese sentarse un dia ni lado de la Reina IsalKíl, su conducta en este ne- gocio seria guiada por lo <|iie de suyo acon- sejan los intereses de España. v reclama la situa<-ion de la Francia y d«» la Europa. Pa- saron los licm|>os caballerescos; el |X)sitivis- mo ha llegado hasta los palacios reales.

El peso de estas consideraciones no se ha- brá ocultado del todo al gabinete de las Tu- llenas, aunque algunas veces las haya per- dido de vista, o no las haya apreciado en su justo valor. Inducennos a pensarlo asi dos becbos: primero, que en las esclusiones de oponiaD á la libertad de un principe respe- " princi|)es para la mano de lsal)el, no ba comr fMlüdo DUQcaai conde de Mnnlcmolin: se- ^n)iwlo. (|uc CQ é|)ooa no muy I ' hiiu'lt" frnii • • ^fnso t frivor df nwtnio. V III ciertos; v ' cual mas MumiiraLivos. Ni las ivmintsccn- cias del Iralado <1p la t ujidnipla alianza. ni la anlipatíR a D. Carlos, han podido haror 3ue el ííabinolc francés esclnyese al conde e Mod! ••ii il n. ni impedir que en la época indicad. I iucitiase su m; trifiionio con In Rei- na Isabel. Khlo ¿(jue prueha? Prueba que las diliciiltadrs que a los ojus de la Francia te of>oneu al malrimonio de conciliación, no solo no son insufHMaliles. sino que son de poca entidad, pufs lia habido época en que se las daba por allanadas: prueba que In Francia, si bien lia apoyado otra candida- tura, no ha querido arrostrar compromisos que la libasen en el porvenir: prueba (|ue la opinión de aquella corte no e.slá bien bia en esle neirocio. que vacila, (jue de[)endc de las circunstancias, y que se^'un como estas 86 presenten, la Francia no está dispuesta á reñir cim nadie. |K)r motivo de un matriuu)- nio que ni ofende su amor propio ni perju- dica sus intereses.

R-ta templan/a maniíiesta (pie el frabine- \n lran« i's no desconoce las ventajas del ma- trimonio con el íonde de Monleniolin en el mismo ten ( lio diplon)áli<'o. En efcdo: el pensamiento dominante de aquel f?al>'nt'l<* es y debe ser en esle nepocio, el impedir á toda costa la preponderancia nuslriaca, y liasta se ast!í:ura (pie este es el punto en que un auiíusto personaje se ha espresado con mas en<M -::a. en el supuesto de (|ue se inlcnlasc iiaci a España un principe ale- mán, que en nin;;un sentido representa.se la influencia de la corte de Viena. Desde el punto de vista español, á nadie reconocemos el dereclio de coarlar la libertad de la Reina con determinadas esclusiones: pero es prc- «60 confesar (|ue si hay nljnina susceptibi- Hdad respetable en este punto, es la que ha maiiiri'>t;i(lo el;íaliiuete francés, en lodo lo que pudiera rehabilitar ó recordar los tiem- pos de nuestra dinastía nuslriaca. Con el matrimonio del conde de Montemolin, la Francia satisface á poca costa los deseos del Austria, sin men^ciia de la divinidad nacional, y sin desviarse de la |X)litica de Luis XIV, Las simpatías del Au.'^lrin por el conde de .Montemolin. no son dinásticas, sino políti- cas; no tieneo por objeto intereses de fami- lia, $ÍDO la paz eurofiea; no vienen del ioi- )erio de Carlos V, sino de ^Bfll^^'^ por principios y por intereses es eneniiícn la ludas las sus<.i.'plibil¡da- des de la corle de la Tullurias, ya como fraii cesa, ya tomo borbónica; y reduce bnla la dilicultad a la siguiente pregunta: «¿Hasta (lue punto le conviene al ^aliiiiele du las Tullerias favorecer o contrariar las miras conservadoras y pacíTicas du la política de .Mctlernirh?»

T(K-anle á las diliculladcs que el oialri- nxmiu de conciliación podria ofrecer cod resfieclu á la [)olitíca interior de España, es posible también (pie se equivoque el gabi- nete francés á causa de considerar al parti- do carlista españ(d bajo el mi.smo as|>ccto i|ue mira al le<;ilimisla francés. Este es uo error j,;rave, ^ravíHmu: estos dos partidos tienen escasísimos pimíos de semejanza, á pesar de (|ue en la bandera de ambos estén escritas palabras semejantes. No eulraremos eo una discusión que nos llevaría demasiado lejos, y que no es de este lu^ar; mayor- mente cuando bastan á nuestro jiroposilo las rellexiones siguientes, capaces de impedir toda e(piivocacion. Señalaremos diferencias palpables. No se trata de un triunfo, sino de una avenencia conciliadora: esta es posible en Es|iaña por la edad y el sexo; v es im- posible en Francia. El partido le^illmista no cuenta con la ftier/a de que ha dispuesto el carlista. En Francia las masas son mas bien revolucionarias que monar(|u¡cas; en Es- paña por el coulrario, con mas ó menos modilicaciones, evislcn todavía las masas de ISÜ8. 1814, 1823; de e<la causa nacie- ron durante la ¿uerra las dilicultadcs de la causa de Isabel; ahí están los gobiernos que lo han confesado; ahí los hombres di> estado