Nada se nos ocurre objetar a estas observaciones, que nos parecen muy discretas. Un poco difícil parece ver al Santo entretenido en bo- rrar sistemáticamente el número considerable de protocolos (hasta trein- ta y siete) en las doce primeras estrofas, para luego repetirlos has- ta el fastidio. A lo que se nos alcanza, algún copista antiguo, fino humorista, o con el buen fin de evitar cierta fastidiosa monotonía que los dichos protocolos causan al lector y ahorrar traslado de palabras que ni quitan ni ponen sentido al texto, comenzó a omitirlos, y luego cambió de opinión y los trasladó casi todos. El texto no pierde nada en ello, y ya se ve que la intención fué buena, aunque según la criterio- logia textual de ahora no es digna de alabanza (1). Sin embargo, no lo demos más importancia de la que tiene. El P. Jerónimo, que se sirvió para su edición de uno de los manuscritos del grupo A', le siguió tam- bién en esto, añadiéndole las autoridades latinas de la Sagrada Escri- tura que le faltaban, como ya lo viraos practicado por él en los tra- tados anteriores, y, con todo, prescindió de esos famosos protocolos, que el P. Chevallier vincula, no sin razón, a los textos latinos como para servir de puente a los mismos textos romanceados o glosados.
Sinceramente creemos que la omisión de los protocolos no significa más que el capricho de un copista y de ninguna manera la labor de un trabajo apócrifo. Ni santos ni no santos suelen incurrir en tales 1 Cabe también que la discrepancia en la traslación u omisión de protocolos proceda de haber sido varios los amanuenses del manuscrito que díó luego margen a tal variedad de métodos en las copias que de él se sacaron.
31 482 APENDICES descuidos, y menos los que laboran trabajos apócrifos, que en el caso serían verdaderos falsarios, puesto que se los cargan al Santo.
También B es apócrifo (p. 150).— El Cántico B copia de A' las aos primeras estrofas, que están interpoladas, y lo confirman, tanto los proto- colos como el cotejo de ambos Cánticos, de suerte que si A' es apócrifo, con mayor razón lo es B. ¿De dónde saca el P. Chevallier que c) Cántico B copia las dos primeras estrofas de A'? Sobre que hay muchas lecturas distintas en ambas redacciones, ¿dónde se leen en el grupo A' los comentarios larguísimos al verso A dónde re escondiste, más que el doble de extensos en B? También en la segunda canción hay numerosas variantes de lectura entre los dos grupos.
Tres formas distintas de citar la Sagrada Escritura se advierten en el Cántico B; en las dos primeras estrofas no hay textos latinos; en la 111, IV, VII, XII, XIII, XIV, XV, los textos en la lengua de Lacio son tan frecuentes como la materia lo pide; ya desde la XVI, son muy raros los que se leen. Ahora bien, ningún comentario de los catorce primeros protocolos se halla en B, porque los comentarios de las dos están tomados de A', que no los traslada. Un cuadro comparativo de frases tomadas del tercer verso de la estrofa II de los grupos a, A, A' y B, ponen fuera de toda disputa la anterior afirmación (páginas 150-151).
En cuanto a las tres maneras de citar los textos latinos de la se- gunda escritura que el P. Chevallier sorprende en el Cántico B, como advirtiendo cierta inconsecuencia de método en tal manera o procedimien- to, tenemos que decir que, inconsecuencia por inconsecuencia, mayor es la que se advierte en el Códice de Barrameda, donde el Santo puso tantas veces su mano. Si al final del prólogo de dicho Códice dice que primero pondrá las sentencias de la Sagrada Escritura de su latín, ¿por qué comenzó en la primera canción por escribir en latín nada me- nos que siete autoridades escriturísticas y otras siete en la segunda? ¿Por qué al corregir el Códice sanluqueño no las borró para acomodar en esto el comentario a lo que dice en el prólogo? Pues lo que es de este manuscrito no es posible dudar que lo vió y revio el Santo, y, sin embargo, no lo hizo. Esto nos lleva como por la mano a recordar lo que dijimos en el párrafo XIII del tomo I, páginas 199-201. Es un caso parecido a los que allí adujimos. Por consiguiente, este omitir textos latinos de la Sagrada Escritura, más parece razón en abono de la autenticidad de B que de su condición apócrifa. Por lo demás, no hay que alarmarse, porque ni el Cántico de Barrameda trae gran número de autoridades de la Escritura en latín, salvo las tres primeras estrofas, la XIII que cuenta hasta doce, y la XVI y la XVII. Las de- más, no pasan de tres (hay cuatro con cuatro y una con cinco), algunas traen uno solamente, y no faltan otras sin ninguno.
El Códice B está compuesto de golpes y contragolpes (coups et con- trecoups) (p. 152) (1). El Códice de Jaén, tan apreciado, parece fruto 1 Bien sabido es que en la lengua francesa esta palabra tiene más acepciones que la española. Recuérdese cuanto se ha censurado, condenándola, la frase golpe de vista, y otras similares corrientes allende el Pirineo.
APENDICES 483 de las más peregrinas alternativas. Toma el Prólogo de A, las dos can- ciones primeras de A', y para las restantes, la undécima exceptuada, vuelve otra vez a A. ¿Quién se atreverá a declarar autor de estas mez- colanzas a San Juan de la Cruz?
Con razón el Cántico B infundió desde un principio grande des- confianza. No se publicó en las ediciones romana y madrileña, con haber incorporado una estrofa con su comentario, tomada del Cántico B. ¿Cómo explicar en buena sicología esta pequeña extracción e igual agregación? Lo corriente y natural parece que si a un editor 1c ofre- cen dos grupos distintos de un tratado, uno más extenso que el otro, con igual reputación, o quizá mayor la del más extenso, arreglado por el mismo autor, es adoptar el texto más largo como definitivo del autor de él; con tanta más razón, cuanto que ésle trae una estrofa nueva comentada, que hay interés en publicar. En el siglo XVII procedieron con método del todo opuesto. Se adoptó el Cántico más breve, agre- gándole la estrofa XI del más extenso. Tal conducta parece significar la desconfianza del Cántico B, y se procedió a la publicación del otro Cántico como más seguro, aun con el pequeño inconveniente de copiar de B la dicha estrofa. Si, como muchos quieren, el P. Jeró- nimo es el editor responsable de la edición de 1630, con toda su autoridad, que no es poca, ratifica la elección del texto publicado en la romana de 1627.
Copiar primero de un manuscrito dos estrofas y las restantes de otro harlo distinto, no parece propio del Santo. Tampoco tenemos tes- timonio escrito que afirme semejante cosa o autógrafo sanjuanísta que dé fe de ello. No es incomprensible, con todo, que un amanuense co- menzase a copiar de un manuscrito determinado las dos primeras canciones, y luego se le ofreciese otro más autorizado por el que co- piara las restantes. No ocurrió esto con el de Jaén, pero pudo haber ocurrido. Ya dimos una nota bastante extensa en la Introducción acerca de las diferencias entre el Cántico A y el Cántico B, que son mas ex- tensas de lo que aquí supone el P. Chevallier. El lector puede com- probarlo por sí mismo. No hay tales golpes ni contragolpes. El Santo pudo hacer lo que le vino en voluntad en el arreglo del Cántico B. Lo único que puede inferirse de lo dicho, es que acaso el Doctor místico hizo los arreglos en un manuscrito más semejante al grupo A' que a) A. En cuyo caso, a este segundo grupo le dió no pequeña autoridad. En cuanto al prólogo no es cierto que lo tomase del Códice de Ba- rrameda; pudo tomarlo del Manuscrito de Granada, con el que con- forma más aún que él primero (1). Vea el P. Chevallier cómo esa serie de golpes y contragolpes que han labrado el Códice de Jaén, como se labraban antiguamente las hermosas rejas de catedrales y pa- lacios, se reducen a un solo golpe, y, por dicha, no muy fuerte.
Si el Cántico B, según nos ha dicho diversas veces Dom Ph. Che- 1 El Códice de Jaén se conforma en todo, por lo que hace al prólogo, con el de Granada, excepto en la palabra declararlos (p. 161, linea 12, — cito la edición del P. Gerardo como lo hace Dom Ph. Chevallier), que en el de Granada y en todos se lee dejarlos, y la frase de adentro del seno, línea 30, de la dicha pág. 161, que Jaén lee adentro al seno. Barrameda lee la frase como Granada.
m APENDICES vallicr, no fué conocido hasta muy entrado el siglo XVII, mal pudo in- fundir desconfianza a nadie: de lo que se desconoce no se confia ni desconfía. Pero como yo concedo casi igual antigüedad al Cántico B que al Cántico A, es muy razonable que en las ediciones se hubiera es- cogido el segundo, como más completo y que contenía los últimos arre- glos del autor. No se hizo así, y es preciso explicar esta chocante ano- malía. El P. Chevallier (pág. 312 del Bull. hisp.) nos da como cosa corriente que el Santo, de escribir el segundo Cántico (B), ampliando el primero, habría dado algún ejemplar a la M. Ana de Jesús. Así lo creo yo también, pues era muy justo que la que había sido causa oca- sional de la composición de dicho tratado le conociera en todas las modificaciones y modalidades que plugo al venerable autor introducir en él. Es más; sostengo, como trataré de probar más adelante, que tuvo un ejemplar de la segunda redacción. Pero tal vez porque estaba acos- tumbrada ya a lectura del primer Cántico, se despojó del segundo, dándole a una hija de hábito muy querida suya, y ella se quedó con otro de la primera redacción, cuya lectura le era familiar, que luego —ya dijimos que lo teníamos como probable— sirvió para la edición de 1627 en Bruselas, y cinco antes para la versión francesa publicada en París (1).
De la edición de Bruselas, hecha en castellano, según tantas veces se ha repetido, pues para España se hizo— como ocurría entonces con frecuencia con otras obras en la misma lengua, que se editaban en Flan- des por el grande crédito de sus imprentas—, entraron en la Península la mayor parte de sus ejemplares, de los cuales, afortunadamente, aun quedan algunos, además del que poseo. Probablemente, hasta 1670 en que el P. Salvador de la Cruz llegó a comprender, aunque imperfecta- mente, la importancia del Códice de Jaén, nadie se percató de ella; y los más avisados, como fray Jerónimo de San José, creyeron de bue- na fe que la diferencia se limitaba a la añadidura de una estrofa, y al trastrueque de algunas de éstas, pero sin sospechar, por falta de co- tejo, la variación y aumento que había habido en el comentario, acre- cido en una cuarta parte. Cabe también suponer que lo conociera, y no lo otorgase la suficiente importancia para darle preferencia sobre la edición de Bruselas, conocida y leída en los conventos españoles de la Descalcez. Entonces no se acostumbraba dar cuenta detallada de los preparativos de una edición. Se hacía— cuando se hacía— de una manera tan sucinta, que nos dejan los editores a obscuras en una infinidad de 1 En este caso, el P. Chevallier no debe hablar en la hipótesis de haber escrito nueva redacción del Cántico, sino en la tesis cierta de que lo escribió. Tenemos la inscripción de la portada del Códice de Barrameda, donde el Santo afirma haberse sacado de este borrador copia limpia: si el Padre y algún otro critico no quieren en tender las palabras dichas como aqui las han entendido todos, quedan en pie las nu- merosas acotaciones del Santo a este Manuscrito, que algo añaden y algo mudan. Luego, si hemos de llevar las cosas en todo su rigor, es forzoso decir que la venera- ble Ana debía haber llevado a Francia y Bélgica, si no ya un manuscrito tan comple- to como el de Jaén, al menos uno igual al de Barrameda, que contenía algo que no se leía en el que sirvió a la edición de Bruselas. No es que llevemos las cosas a estos extremos, pero si entendemos que debe llevarlas el P. Chevallier. La explicación más obvia de por qué no se llevó la Venerable algún ejemplar del grupo B, nos parece la que damos en el texto.
APENDICES 185 detalles que la insaciable curiosidad presente desearía saber en for- ma cumplida.
Autorizan las dos precedentes suposiciones el modo de obrar del P. Jerónimo, que es de suponer estaría en armonía con su modo de pensar. El citado religioso remitió a Roma para su traducción al ita- liano la primera redacción del Cántico mas una estrofa con su co- mentario, que tomó de la redacción segunda; conducta que reiteró en 1630, cuando hizo la de Madrid. No se olvide que transcurrieron mu- chos años entre la escritura de estos Cánticos y la publicación de ellos. Es fácil que aun en vida del Santo se diese poca importancia a las di- ferencias que distinguen a ambos, puesto que los leían personas devo- tas y no críticas; y las primeras quedaban suficientemente satisfechas con la doctrina que cada uno de ellos contenía, sin advertir las citadas diferencias y adiciones, como no se habrían advertido más tarde si no fuera por los adelantos de la crítica. El Santo no anunciaba a público pregón sus trabajos literarios; éstos, sobre todo al principio, ni se leían en mucho número de copias, ni por personas dedicadas a la pro- paganda de lecturas, salvo acaso entre las de gustos análogos de su íntima amistad. Por mucho aprecio que de un libro genial publicado hace siglos hicieran sus contemporáneos, nunca podrá compararse con el que se le otorga cuando varias generaciones le han proclamado cons- tantemente como incomparable fruto de la inteligencia humana en cual- quier sector de su actividad. Por algo se dijo hace ya muchos siglos, aquello de habent sua fata libelli. Cosas que nos parecen anómalas juz- gadas a la luz del tiempo que vivimos, son muy normales y corrientes en el tiempo que sucedieron.
La aurora de la crítica moderna no llegó para los escritos de San juan de la Cruz hasta mediados del siglo XVIII con el P. Andrés de la Encarnación. La no despreciable valía de Fray Jerónimo de San José y de otros carmelitas que trataron de los escritos del Santo debe estimarse en relación con su tiempo. Ni por resultar tal critica defi- ciente desmerecen nada, ni son inferiores a los que en ella precisa- mente les superan, como no es superior cualquier estudiante moderno de ciencias astronómicas, porque sepa más de ellas, y con más certi- tud, que Galileo, Kepler o Copérnico.
Sí, como antes vimos, tan fáciles y tolerantes fueron para inter- polar, suprimir y añadir textos a obras de grande mérito, y esto acae- cía no más allá del siglo XVII —podríamos aproximar más la fecha al nuestro—, ¿cómo vamos a exigir a nadie la puntillosa crítica textual que hoy priva, acaso con exceso? Digo todo esto, para manifestar mi opinión, contraria a la del P. Chevallier, que afirma haber sido en el siglo XVII el Cántico B objeto o blanco de desconfianza. En el sentido que hablamos de sus diferencias notables con el Cántico A, ni el Códice de Jaén ni los de su grupo fueron conocidos. En esta época no fueron apreciadas tales diferencias; mal podían infundir sospechas de fide- lidad textual.
La inscripción de Sanlúcar no hizo ningún servicio a B (p. 153). Se ha dicho recientemente que el Cántico B no es más que la glosa de) Códice sanluqueño. Este es «el niño, y aquél el hombre perfecto y bar- 486 APENDICES bado, en pleno ser y en colmada virtud natural» (1). Por consiguiente, quien condena al Cántico B, condena también al de Sanlúcar. Preciso es convenir que éste es el borrador y el Cántico B la obra en limpio.
Bien sabido es que el Códice de Sanlúcar lleva esta célebre inscrip- ción en la primera hoja: Este libro es el borrador de q ya se sacó en limpio. Justamente, los protocolos se sienten audaces acerca del sentido de la palabra borrador. ¿Nos preparan una nueva fechoría? —continua hablando el P. Chevallier. Más bien es consejo de consumada pruden- cia el que nos proporcionan: lo indefinido es inútil, y la palabra bo- rrador es algo indefinido, a juzgar por los protocolos. Antes de la muerte del Santo no fué impreso el Cántico Espiritual. La palabra bo- rrador era muy a propósito para soñar en dos estados sucesivos ma- nuscritos de la obra. Como en 1912 la edición de Toledo dividió en dos grupos los manuscritos del Cántico, la inscripción tomó en seguida una significación determinada. Parece que el mismo Santo nos decia: el AVanuscrito de Sanlúcar, del primer grupo, no os da más que un borrador, llevado a la perfección o pleno desenvolvimiento por el Cán- tico de los manuscritos del segundo grupo, o sea el Cántico puesto en limpio, acabado, definitivo. Cuantas razones de critica interna y externa se aducen para dudar de la autenticidad del Cántico B, la citada ins- cripción sanluqueña, denunciando la existencia de otro Cántico más perfecto, las deshace o inutiliza.
En otra parte hablamos de la autenticidad de la inscripción al pie d^ la portada del Códice de Sanlúcar a que alude aquí el P. Chevallier. Ya el P. Gerardo consideró con mucha razón como uno de los argumentos de más peso para probar la relación y dependencia de estos dos Cánticos la inscripción dicha, asi como el haber copiado el Manuscrito de Jaén mu- chas de las adiciones puestas por S. Juan de la Cruz en el de Sanlúcar, único en que se leen entre los manuscritos que conocemos, y, por consiguiente, la doble redacción del Cántico por el Santo. Pero otra vez el P. Chevallier saca a la calle la batería de sus célebres proto- colos para derribar el artilugio armado con las dos redacciones dichas, y en esta ocasión se sienten asaz audaces contra la palabra borrador de la inscripción sanjuanista («justement, les protocoles se sentent assez d' audace pour donner leur avis sur le terme borrador»). La audacia consiste en aconsejar prudentemente, que lo indefinido es inútil y la palabra borrador es indefinida. La afirmación la había hecho Baru- zi (2). Luego, ya nos ha dicho Chevallier cómo esta palabra borrador se blindaba admirablemente para afirmar la existencia de dos estados sucesivos del Cántico, que la edición de Toledo se apresuró a recoger para su división favorita en dos grupos de todos los manuscritos del Cántico Espiritual.
Siglo y medio antes que la edición de Toledo saliese de las prensas, habia escrito el P. Andrés estas discretas y exactas palabras acerca de la inteligencia del hoy tan discutido vocablo. Habla de la inscripción y de las notas del Santo al Códice de Sanlúcar y dice: «Llamó el Santo borra- 1 Alude el P. Chevallier a las palabras de Martínez Burgos en el prólogo a la edición del Cántico Espiritual.
2 Op. cit., Les textes, p. 22.
APENDICES dor a este escrito, ya actuado de sus nuevas adiciones, con grande propie- dad, pues fué éste el que tuvo presente, el que le recordó los nuevos pensamientos, y, finalmente, el que trasladó, acreciéndole más, cuando segunda vez trabajó esta célebre explicación. En ella muchas veces añade; otras, quita, o por lo menos ciñe; otras escribe de otro modo lo anteriormente escrito...» Unas líneas más arriba, había dicho: «Por la nota ya expresada del Santo [la inscrición de la portada] y por el desenlace que se ve en las más adiciones que allí nos da, se deja conocer que habiendo el santo Padre escrito esta excelentísima obra la primera vez, se le ofrecieron nuevos sentidos sobre sus misteriosos versos, tan preciosos en su sentir, que determinó para encuadernarlos en su explicación repetir segunda vez su escritura. Para este fin, puso en este traslado de su obra unas apuntaciones y memorias del concep- to que cuando le iba leyendo se le ofrecía; y son éstas a veces tan con- cisas, que muchas es sólo un texto de Escritura sin enlace alguno con el cuerpo del antecedente escrito; otras son algunas breves palabras, que sólo al Santo, que estaba en el concepto, le podían servir; y así, parece las puso allí para recuerdo que le excitase el pensamiento nuevamente ocurrido. De estas apuntaciones, unas le sirvieron y otras no, pues en la escritura segunda no se ven» (1).
Magníficamente escrito. Creo no puede decirse nada más exacto ni que mejor interprete el sentido de la inscripción y de las apostillas del Santo. Harto se ve en ello el talento crítico y el estudio profundo que fray Andrés había hecho del Doctor Místico. Si ei sentido es obvio, o, por lo menos, no difícil ni sibilítico para quien sin prevenciones es- tudia la frase, ¿a qué retocarlo y desnaturalizarlo, hasta sacar a esce- na ese ejército de títeres o meninos literarios, que Dom Chevallier llama protocolos, que en este caso ni aconsejan nada, ni dicen nada? ¿Pero vamos a llegar a tales violencias de exégesis por salvar la única re- dacción del Cántico Espiritual, o, lo que es lo mismo, la condición apócrifa de B? ¿Acaso el Santo no sabía lo que significaba la pala- bra borrador, ni lo han sabido cuantos diccionarios de la lengua es- pañola se han publicado hasta nuestros días?
Razonablemente hablando, no puede decirse del sentido de dicho vo- cablo en el caso presente, «que es indefinido, y lo indefinido es inútil». La palabra borrador está muy bien definida en cuanto significa que eJ manuscrito de Barrameda sirvió de copia para hacer un traslado lim- pio, es decir, con las adiciones y notas marginales e interlineales, so- litarias y desarticuladas, que el Santo le puso, colocadas ya en su lu- gar y en la forma que le plugo. No lo está tanto en lo que hace a la transcripción literal o ampliación de las apostillas sanjuanistas. Al- gunas de ellas no hacen más que iniciar un pensamiento— el espacio mar- ginal del Códice no daba lugar a más— las cuales a voz en grito están pidiendo desarrollo y complemento (2). Por poco que San Juan de la 2 ¿No sería insensato suponer que el Santo escribió por escribir estas notas, que, aisladas como están, no dicen nada? Las puso el Santo como las pone en tantas ocasiones todo escritor que relee su obra y la quiere ampliar en algunos extremos. Ejemplo reciente de un caso análogo, lo tenemos en las notas que Menéndez y Pela- yo dejó en uno de los ejemplares de la primera edición de sus Heteredoxos, inservi- 488 APENDICES 488 APENDICES Cruz quisiera extenderse, no podía hacerlo en el mismo manuscrito san- luquense. Las notas puestas eran sólo indicador, guión o recordatorio de ulterior desenvolvimiento doctrinal.
Esto no tiene nada de violento, sino que es la cosa más natural. Y esto es precisamente lo que el Santo realizó. Que ciertas notas las ampliara luego y otras las dejara igual, o las suprimiera, tampoco tiene nada de extraño. El autor hizo lo que mejor entonces le pareció, y no podemos exigirle cuentas de ello. El hecho de que la mayor parte de las notas de puño y letra del Santo en el Códice de Sanlúcar pasaron a la segunda redacción, ya literalmente, ya en glosas más o menos extensas, del Cántico es innegable, y por consiguiente ellas son una de las pruebas más sólidas del sentido que hemos de dar a la palabra borrador (1), bien concreto y definido en cuanto significa, se- gún es dicho, transcripción limpia del manuscrito de Barrameda a otro; y concreto y definido también en cuanto a lo que el Santo hizo de sus notas indicadoras, por lo que hallamos hecho respecto de ellas en c! Cántico B. Por esto, ni el Códice de Sanlúcar, ni ningún otro en caso análogo, pierde la condición de borrador (2).
Lo que pudiera quedar más indefinido, más al aire, es si el manus- crito de Jaén es cabalmente el ejemplar que se puso en limpio, al tenor de la consabida nota sanjuanista del Códice de Sanlúcar. Y hasta en esto goza el manuscrito jienense de grandes probabilidades Es decir, que no sólo tenemos por cierto que el manuscrito de Jaén es un ejemplar de la segunda redacción del Cántico, sino verosímilmente el ejemplar al que se hace referencia en las palabras del Santo «de que ya se sacó en limpio».
Por dicha— como si hubiera adivinado lo que en el correr de los tiempos se iba a decir y escribir del manuscrito de Jaén— el P. Salva- dor de la Cruz nos ha dejado un testimonio interesante acerca de su bles muchas, porque no hacen otra cosa que indicar una idea que el gran polígrafo tuvo intención de explanar y no lo ejecutó.
1 El P. Chevallier (p. 70), trae esta nota: "El Manuscrito de Sanlúcar, en razón de su inscripción denominada borrador, presenta 27 notas marginales y 25 interlinea- les. De las 52 notas, 41 están representadas en el Cántico B. y 1 1 se omiten. De las 41 representadas, 20 se insertaron tal cuai estaban, y 21 se glosan con más o menos extensión. Muchas más pasaron al Cántico B, pero bastarían las que el Padre señala, para que mereciera incontestablemente el titulo de borrador. Hasta el presente no se han hallado copias de los escritos del Santo que las recojan, fuera del grupo B. Cuan- do en el grupo A se halla alguna, es porque el Santo corrige algún yerro material de Sanlúcar u omisión en que aquellos no incurrieron.