SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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Y habiéndolo leído me ratifico en lo dicho que es así verdad como en ello se contiene. Que es fecho en Bujalance y en nuestro dicho Convento de Nuestra Señora del Carmen de Descalzos, a quince días del mes de noviembre de mil seiscientos tres años. — Fr. Diego de la Concepción.

De nuestro Padre fray Juan de la Cruz, que fué el que dijo la primera misa en Duruelo y el primero que fundó aquel santo con- vento, y por esta y otras muchas razones se le debe el título de fundador de esta sagrada Religión, porque aquel convento de Duruelo, APENDICES 355 aunque después se deshizo, fué el primer convento que hubo en nues- tra sagrada Religión (ahora me dicen que lo han tornado a poblar de frailes, y con mucha razón), lo que sé es que era el dicho padre fray Juan de la Cruz muy grande contemplativo y de muy alta ora- ción; y esto sé porque siendo él prior en Granada fui yo su novicio y fui también mucho tiempo su subdito; y cuando fué vicario provin- cial de estas dos Provincias de Sevilla y Granada, porque entonces no había provinciales, fui yo su compañero mucho tiempo y le traté y comuniqué.

Era también el dicho padre nuestro fray Juan de la Cruz, el santo, hombre de grande paciencia y deseoso de padecer por Dios; y sé esto, porque cuando le persiguieron algunos frailes de nuestra sagrada Religión y lo enviaron a La Peñuela era yo a la sazón conventual de aquel santo convento, y en todo aquel tiempo que estu- vimos juntos no le oí decir mal de ninguno de sus perseguidores, ni se había de murmurar ni decir mal de otro delante de él, y si alguno se descuidaba en alguna palabra, le decía que callase.

Estando en La Peñueia ie dió el mal de la muerte y le llevó a curar a Ubeda, donde era prior el P. fray Francisco Crisóstomo a la sazón; y habiéndolo purgado y sangrado, se le quitaron las calentu- ras y recogiósele el humor a un pie y se le hinchó, y al cabo de algunos días, estando yo presente, se le abrió una boca encima del peine del pie y le saldría medio cuartillo, poco más o menos, de ma- teria, tanto que se espantó e! médico de ver tanta materia. Después se le fueron haciendo otras cuatro llagas; dos de un cabo del peine, y otras dos de otro, que por todas eran cinco. Era grande la oración que tenía tomando por motivo aquellas llagas, dando gracias a Nues- tro Señor y diciendo: «muchas gracias os doy, Señor mío Jesucristo, que las cinco llagas que Vuestra Majestad tuvo en pies, manos y cos- tado, me las ha querido dar Vuestra Majestad en este solo pie: ¿dón- de merecí yo tan grande merced?; y con ser los dolores tan grandes como se puede imaginar, no se quejaba sino que todo lo llevaba con grande paciencia.

Después de muerto, le enterraron en la iglesia, y una noche de disciplina mandó el prior matar la lámpara como es uso y costumbre, y después de haberla apagado, estaba la iglesia muy clara, y vieron los religiosos cómo aquella claridad salía de la sepultura del santo padre fray Juan de la Cruz.

Iten, he oído decir que los pañitos que se ponían en las llagas han hecho muchos milagros, como lo podrán certificar los religiosos que se hallaron entonces en Ubeda.

Iten, yendo yo a Córdoba, fui a dar cierto recaudo a la madre Priora de nuestras monjas carmelitas descalzas, y me dijo la madre Priora si tenía alguna cosa de los vestidos del santo padre fray Juan de la Cruz. Yo le dije que no tenía sino era su sombrero, que!e estimaba yo en mucho. Di jome: pues, por caridad, que me lo preste, porque está una monja con un grandísimo dolor de cabeza; y se lo presté, y en poniéndoselo a la monja en la cabeza, luego se le quitó el dolor; y viendo este milagro tan grande no me quisieron volver el sombrero, sino que hoy en día se lo tienen allá para cuando le duele 356 APENDICES la cabeza a alguna monja, que luego en poniéndoselo en la cabeza se le quita el dolor (1).

Y habiéndolo leído, me ratifico en lo dicho. Todo lo cual es ver- dad in verbo sacerdolis, que es fecho en nuestro convento de nuestra Señora del Carmen de Bujalance, a 15 de noviembre de mil seiscientos tres años. — Fray Diego de lu Concepción.— Fr. Bernardo de Santa María, Prior. — Fr. Juan de San Pedro, Secretario.

1 Hoy no poseen las Descalzas esta venerable prenda.

APENDICES 357 IV RELACION DE FRAY LUCAS DE SAN JOSE. (SEGOVIA, 20 DE AGOSTO DE 1604) (1).

Jesús María.

En cumplimiento de un precepto de nuestro Padre General, en que manda digamos lo que supiéremos acerca de las virtudes y loables vidas de los difuntos y cosas maravillosas que Dios ha obrado en ellos, y por ellos, digo: que conocí en este convento de Segovia al Padre fray Juan de la Cruz cuando era definidor, por espacio de tres años. Vi en él una vida inculpable y llena de muchas virtudes; tenía en particular grande presencia de Nuestro Señor, que se echaba bien de ver por sus hablas y conversaciones que tenía, no solamente' a los religiosos, sino también con los seglares con quien hablaba; porque luego trababa la plática a tratar de cosas de Nuestro Señor, que en esto tenía tan singular gracia, porque hablaba de Nuestro Señor lo mejor que he visto a hablar a nadie.

Tenía también gran don de gobierno, porque no perdiendo nada de su suavidad y mansedumbre, que la tenía grande, a su tiempo sabía reprender con severidad y corregir las faltas de sus subditos. En particular sucedió en este convento un caso notable en que mostró su gran valor y paz de su corazón, pues no la perdió con tal oca- sión, y fué que en uno de los dias de Pascua de Flores, estando echado sermón y tañídose a él, y habiendo harta gente grave en la iglesia, así los fundadores, como otras personas, estando este santo Padre en el coro cantando la misa con los demás religiosos, acercán- dose ya el tiempo del sermón, me envió a mí le fuese a avisar al Padre que había de predicar, que era hora. Respondió el padre pre- dicador que no podía predicar, y viniendo dos veces con este recaudo al dicho padre fray Juan de la Cruz, me envió tercera vez con mu- cha paz a que le dijese, que mirase la falta que hacía, y con palabras muy compuestas, y sin turbación alguna, le decía que no hiciese aque- lla falta. Y el Padre que había de predicar, estando en sus trece, nunca quiso se venir, diciendo que no estaba para predicar. Y sabiendo el bendito que no lo hacía por estar enfermo, sino de tema y por no estar de temple, nunca se descompasó, ni mostró turbación alguna, ni salió del coro a decirle nada, sino que le dejó y mandó avisar al preste que fuese la misa adelante. Y con esta paz y quietud pasó con él algunos quince días sin decirle palabra alguna en este caso. Y en este tiempo, cuando venían a buscarle a este religioso o pre- guntar por él, decía el santo Padre, que estaba indispuesto, que no podía bajar; y con éste le fué disponiendo hasta que en refectorio le (1) Ms. 12.738, fol. 841. Está firmada por el propio hermano Lucas de San José.

358 APENDICES afeó su culpa y reprendió, aunque con palabras muy significativas, muy compuestas.

Todo este tiempo dejó pasar, porque según el sujeto era colérico, no fuera de provecho la reprensión, sino de grande daño; y con esta espera, y habiéndolo encomendado a Dios, estaba sazonado para re- cibir después la corrección con humildad, y aun hacer su penitencia según el caso pedia, con edificación nuestra. Y a este mismo Padre oí después, entre las alabanzas que decía de este santo Padre, una de ellas fué ésta.

Entre otras virtudes que tenia grandes, era muy humilde; por ningúr. modo consentía que le dijesen era fundador o de los dos primitivos, y tocando esta materia, luego decía: ¡dejen eso! De muy buena gana dejaba el trato de gente granada y mayor, por tenerle con los pequeñuelos, con los hermanos, a los cuales trataba con mu- cha afabilidad, buscando siempre ocasión de decirles de Nuestro Se- ñor y de cómo habían de tener oración.

Tenía grande respeto a los religiosos, cualesquiera que fuesen, y a las cosas eclesiásticas, y no consentía que en su presencia se pusiese boca en ellos, sino para alabarlos; y si podía, lo reprendía muy bien. Era muy amigo de la limpieza en el culto divino, y aun él mismo iba a ayudar a componer en la iglesia lo que se había de hacer, etc.

Dormía muy poco; de noche dos horas poco más o menos; y en este tiempo escribía y se ocupaba en la vigilia y santa oración.

Después de muerto, cuando le trajeron de Ubeda a esta casa, hubo grande concurso de gente* a sus honras, sin que fuesen llamados del convento; y aunque se pudo avisar por parte de los fundadores, vino tanta y de manera que io tuvimos por maravilla. Era tan grande la devoción de la gente, que no se puede encarecer; cada cual procuraba llevar algo, y el que alcanzaba algunas hojas de na- ranjo en que venía el cuerpo envuelto, iba harto contento; y después decían que se hallaban bien los enfermos con ellas.

Murió, como digo, en Ubeda, adonde estuvo enterrado por espacio de nueve meses; a cabo de los cuales envió Doña Ana de Peñalosa con orden del padre General, nuestro padre fray Nicolás de Jesús María, un alguacil para que le trajese; y halláronle tan fresco, que le tornaron a enterrar y llenar de ca! la sepultura, para que se comiese bien; y de ahí a otro tanto tiempo, poco más o menos, tornó a enviar esta señora y le hallaron entero, y con la mucha cal estaba tan pe- gado a ella, que para limpiarle era menester raerle con cuchillos y otros instrumentos de hierro; y con todo eso vino entero, si no fué la pierna que se le había podrido en vida (1) y las orejas y punta de la nariz. De esta manera vino aquí entero, con la carne muy enjuta y seca. Olía bien, y habiéndole quitado un religioso de otra Orden, por la fama que de él tenía, una costilla, quedó abierto por allí, u le metía uo la mano y otros en las entrañas e intes- tinos y no olía mal, antes tenía buen olor. De esta manera se con- servó más de cinco años.

1 Entre líneas, de otra letra: "Esta quedó en Ubeda."

ArE.\-DICES 359 Después le pasamos a la iglesia nueva, a un lugar muy húmedo; y con esta humedad se empezó por las espaldas a deshacer el cuero y alguna cosa de la carne.

De su hábito, que quedó aquí viejo, hice algunos escapularios por mandado del prelado, y se dieron a algunas personas devotas y los llevaban con grande devorión; y decían que se hallaban bien con ellos, y sanaban de sus enfermedades. En particular en Aguila- fuente acaeció una cosa notable, que yendo allí a predicar un reli- gioso y llevando uno de estos escapularios, le dió a una doncella que estaba muy mala, al cabo, y se le echó, y el día siguiente, se halló buena y sanó; y así se tuvo este negocio por cosa milagrosa, y así lo dijeron el médico que la curaba y las personas que vivían con ella, y otras que supieron el caso.

Estando muy malo aquí en Segovia Don Francisco de Mercado, le envió su tía la señora Doña Ana una manga que tenía de una tú- nica suya, que se la había enviado un religioso desde Ubeda donde murió, que era su enfermero; y poniéndola, le faltó luego la ter- ciana y se halló bueno y sano de la enfermedad.

Estando un mercader de esta ciudad, que se llamaba Hernando de Carrión, en su tinte, se soltó la llave del tinte, y estando así hir- viendo la tinta se abrasó una pierna; y como él tenía devoción con este bendito Padre, porque se solía confesar con él, envió luego que enviasen alguna cosa suya para ponérsela en la pierna, y le llevé con otro religioso la dicha manga de la túnica, y en poniéndosela dejó de labrar el fuego siendo el...y luego sanó; y así dijo el que le curaba que había sido milagrosa cosa, y en reconocimiento trajo al convento unos velos de tafetán para que se pusiesen adonde estaba el cuerpo.

A una mujer que se encomendó a este bendito Padre, que era sorda, sanó, y fué que supo que estaba aquí el cuerpo de este Padre en un lado de la iglesia vieja. Tuvo una novena y se encomendó mucho al Padre, y al cabo se confesó y declaró a su confesor, que al cabo de los nueve días había alcanzado el oir, y estaba tan sorda, que aunque pasase una carreta por junto de ella no oía.

Estaba en este convento un religioso muy perseguido de tentacio- nes y sueños malos y deshonestos. Supo de una manta suya vieja que había en el convento; púsola en la cama, y mientras la tuvo, no padeció más aquel trabajo.

Esto es lo que ahora se me acuerda de este bendito Padre, y lo que digo es todo verdad, y así lo firmó en Segovia, en 20 de Agosto de 1604.

A este mismo Padre oí decir un día estando todos los religiosos presentes, que cuando se acordaba de los disparates que había hecho en materia de gobierno para con sus súbditos, le venían colores al rostro, y esto con grande edificación de los que presentes estábamos; porque siempre tuvo don de gobierno, como lo notaron aigunos Padres de los más ancianos.—/7/-. Lucas de San José (1).

1 A continuación se lee: El H.° Fr. Lucas de S. José se ratificó en su dicho y lo firmó habiéndolo jurado primero. Fecha ut supra.—Fr. Jorge de la Madre de Dios.

360 APENDICES V CARTA Dt BEATRIZ DE JESUS. (OCAÑA, 13 DE NOVIEMBRE DE 1607) (1).

Jesús María sean con V. R. En lo que me manda que diga del santo fray Juan de la Cruz (que asi le llamo porque nuestra Santa Madre le tenia por tal y todas las personas que le trataban), yo, como descui- dada de tan altos misterios como él trataba, sabré decir poco. Estando con nuestra Santa Madre en el recibimiento de la Encarnación, y yo delante, le dio un ímpetu de oración que se levantó de la silla en pie. Preguntándole nuestra Santa Madre si era oración, respondió con llaneza: creo que sí.

Llevando el Santísimo Sacramento a las religiosas, las que lo miraban decían que le resplandecía el rostro como un ángel. De los trabajos que allí padeció, que fueron muy grandes, no digo a V. R., que entiendo que todo lo sabe.

En Granada le acaeció uno, que saliendo de su convento llegó una mujer a él con un muchacho en los brazos, diciéndole que era suyo, que le diese para sustentarle, y él, echándola de sí, no quería irse, afirmando que era suyo. De allí se fué al convento de las Madres, y con mucha risa lo contó a la Madre Priora. Era tan recatado en estas cosas de oración, que si no era con nuestra Santa AVadre o con la madre Ana de Jesús, con quien trataba mucho, no las comunicaba.

A mí me dijo, que entrando en un monasterio de hartas monjas, que el número no me acuerdo, todas de muy buen parecer, y algunas vi yo era para sacar tres legiones de demonios, que tenía una monja, decíame que las demás llegaban a él con grandísima familiaridad, y me dijo que no sentía más que si no fuera hombre.

De los trabajos que padeció, así en la cárcel, como en la Encar- nación, ya V. R. sabrá, y así no lo digo, aunque pudiera; y si ha de ser ae algún provecho V. R. me lo mande, que aunque estoy tal que no me levanto de la cama, diré lo que me acordare a V. R., a quien Nuestro Señor guarde con aumento de su gracia. De S. José de Ocaña y noviembre 13 de 1907.— Beatriz de Jesús.

[sobrescrito]: Al Padre fray José de Jesús María en Madrid.

1 Ms. 12.738, fol. 985. Beatriz de Jesús, (Cepeda y Ocampo), prima hermana de la Santa, que después de haber estado en varios conventos de la Reforma, murió en las Descalzas de Ocaña, donde escribió esta carta. Nos parece que lo hizo a petición del P. José de Jesús María (Quiroga), que andaba allegando noticias acerca de la vida del Santo que luego escribió. Probablemente, le preguntaría con interés lo que sabia de la famosa suspensión en uno de los locutorios de la Encarnación de Avila, que ella había presenciado. Por aquí comienza la respuesta.

361 VI CARTA DE ISABEL DE S. JERONIMO Y DE LAS RELIGIOSAS DE CUERVñ ACERC3. DE LA SALIDA DEL SANTO DE LA CARCEL (1).

Relación breve de lo que sabe de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz una religiosa de este Convento de Carmelitas Descalzas de Cuerva, llamada Isabel de San Jerónimo, que le co- noció y trató algunas veces.

Primeramente, digo yo, Isabel de San Jerónimo, que de las veces que hablé y traté a nuestro padre fray Juan de la Cruz, conocí en él muy grandes y admirables virtudes que en él resplandecían; muy grande paciencia en los trabajos, que los padeció grandísimos al prin- cipio de la reformación de nuestra sagrada Religión, que le tuvieron preso muchos días en el convento de los Carmelitas Calzados de To- ledo, adonde padeció muchísimo; y tanto, que llegó a tal extremo, que ya parecía estaba para expirar. Y viéndose de esta manera, se des- colgó por una ventana que tenía la pieza donde estaba, la cual es tan en extremo alta, que sólo mirarla desde el suelo parece desva- nece la cabeza, y así fué su salida de allí más milagrosa que natural, porque cayó en una parte que estaba cercada de suerte, que de nin- guna manera podía salir; y viéndose de esta manera afligido, sin saber qué poder hacer, se qued" dormido un poco, y cuando despertó se halló en la calle, de suerte que pudo llegar a nuestro convento de Carmelitas Descalzas de Toledo; y con ser el camino desde su con- vento al nuestro, adonde hay siempre mucha gente, y ser de día cuando vino, le libró Nuestro Señor de suerte que, como he dicho, pudo venir a nuestro convento, y yo misma le hablé al torno cuando llegó, que parecía estaba para morir, y pidió que le favoreciésemos (2).

Estaba a este tiempo enferma la madre Ana de la Madre de Dios, 1 Ms. 12.738, fol. 819. Isabel de San Jerónimo profesó para lega en las Descal- zas de Toledo el año 1571. Tampoco carecen de interés las noticias que añaden las religiosas de Cuerva, donde la hermana Isabel se hallaba desde el 1585, en que se hizo aquella fundación de Descalzas. Las firmas son autógrafas. La mayor parte de las cartas que publicamos en estos Apéndices, responden al mandato e instruccio- nes que en 14 de marzo de 1614 publicó el P. General de ios Descalzos acerca de las informaciones que debían hacerse sobre!a vida del Santo. (Cfr. t. I, páginas. 313- 318).

2 Como veremos en el siguiente tomo, era tornera de oficio cuando el Santo se escapó de la cárcel la H.a Leonor de Jesús, lo cual no quita que no estuviera alli también en aquellos momentos la H.a Isabel de San Jerónimo. Esta recibió mandato de la M. Priora de que se encargase ella del torno hasta nueva orden, porque temia de la sencillez de la H.a Leonor no la sorprendiesen en algo los Calzados con motivo de la huida de la cárcel del Santo. Algo se dijo de esto en el tomo I de esta edición, página 84.

362 APENDICES 362 APENDICES religiosa de aquel convento, y sabiendo estaba allí nuestro padre fray Juan de la Cruz, dijo que se había menester confesar, que le entrasen luego; y así se hizo, y confesóla, pero estaba tan acabado y malo, que fué forzoso tenerle dentro del convento e Iglesia, por guardarle de los Padres calzados que no le cogiesen, desde la mañana, que fué cuando vino, hasta la tarde del mismo día.

Y con ser tan grandes los trabajos que había padecido que le habían llegado "a tal extremo, fué tan grande su paciencia, que no le oímos jamás palabra de queja ni murmuración, sino que resplandecía en él grandísima humildad, que en esta virtud y la de la paciencia fué varón admirable y de grande ejemplo.

La madre priora de aquel convento, que era la madre Ana de los Angeles, vista la grande necesidad que este Santo tenía de que le ayudasen y regalasen, envió a llamar a Don Pedro González de Mendoza, tío del señor Conde de los Arcos, y canónigo de la santa iglesia de Toledo, muy siervo "de Dios y conocido nuestro, y pidióle le llevase a su casa; y así lo hizo y le tuvo algunos días en ella. Y en estando para caminar, le envió con un criado de su casa a un convento de los Padres descalzos de nuestra Orden lejos de Toledo; y el criado que le llevó, vino muy admirado, diciendo, que no sabía quién era aquel padre que olía mucho.

Esto es lo que yo puedo decir de este santo con toda verdad, y por serlo, lo firmo de mi nombre.— Isabel de S. Jerónimo.

Todo esto que la hermana Isabel de S. Jerónimo ha dicho de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, lo hemos oído casi todas las Religiosas de este convento a la misma, y a otras Religiosas, en particular a la Madre Ana de los Angeles y la Madre Ana de la Madre de Dios que nos lo decían algunas veces; a las cuales oímos siempre grandes alabanzas suyas y hablar de él como de persona muy santa y de muy grandes virtudes, de lo cual tenían buena noticia, porque le trataron y conocieron; y a todas las demás personas que oímos hablar de él es con mucho crédito y opinión de santo y que de esto tiene muy común voz y fama, y en todas las religiosas de este convento la tiene muy grande, porque siempre de él hemos oído que fué varón muy santo y de muy grandes virtudes, y en particular muy grande paciencia en los muchos trabajos que padeció; y porque en este convento no le conocemos muy en particular sino de sola una vez que vino muy al principio de esta fundación que había muy pocas religiosas, no podemos decir cosa en particular más de que las que hablaron, dicen que sus palabras les hacía grande efecto y operación en sus almas que parecía les pegaba fervor y amor de Dios, y lo mismo experimentamos las que no le conocimos con sus escritos, que es grande el efecto y operación que hace en algunas cuando los leen, y no sólo en nosotras, sino también hemos sabido hace lo mismo en otra persona de fuera de la Religión cuando los lee. Esto es lo que en común sabemos de este santo, y por ser verdad lo firmamos al- gunas de nuestros nombres.— Mariana de Jesús. — Francisca de la Ma- dre de Dios— Mariana de S. Angel.— Isabel de Jesús.— Luisa del Na- cimiento.—Francisca de S. Elíseo.— Inés de Jesús. — Mariana de S. Al- berto.— Teresa de Jesús María. — María de Jesús.

APENDICES 363 VII CARTA DE LA M. CONSTANZA DE LA CRUZ Jesús Alaria.

Para cumplir con el precepto que V. R. me manda, digo que la mañana que salió el Santo de la prisión, o le sacó Dios, por mejor decir, yo estaDa novicia en Toledo. Víle tan desfigurado, que parecía estaba más para la otra vida que para ésta.

Andando la madre Ana de los Angeles con grande cuidado, porque nuestra santa Madre Teresa de Jesús, que hiciese alguna diligencia porque en aque! convento de los Calzados de Toledo creía que está preso, una mañana, estando en oración, llamaron a la puerta, digo, a la portera; que dijese a la M. Priora cómo era el P. Fr. Juan de la Cruz. La A\adrc, como era tan recatada, abrióle luego la puerta a título que confesase una enferma. Hizo muy grande compasión a todas de verle venía con una sotanilla negra muy vieja, y tan acabado, que no se atrevieron a darle nada de comer, sino unas peras asadas con canela.

Sacáronle, en diciendo misa, a la iglesia por la puerta que en- tonces teníamos para aderezarla. Tomó tan grande fervor en em- pezando a hablar de Dios y contar de sus grandes trabajos, que era cosa particular de oirle. Dijo cómo había estado nueve meses preso, bien apretado de todas maneras; porque no tenía otra luz sino una saeterilla muy pequeña, cuanto pudiese rezar el oficio divino, y no podía estar sentado por la poca luz que tenía; que cada viernes le sacaban al refectorio a darle una disciplina, y muy rigurosa; que un viernes que faltaron de sacarlo, le dijo al que tenía cuidado de lle- verlo: ¡hermano!, ¿por qué me ha privado de este merecimiento?, y que se edificó tanto, que desde entonces le hacía alguna caridad.

Entre otras fece que le llevó una túnica limpia, que en este par- ticular no me acuerdo bien si dijo que no se había mudado sino aquella vez en todos nueve meses.

El librarse de la prisión fué de esta manera, según el difamen que se tuvo. Díjole al carcelero, que pues le había dado túnica limpia, que le trajese recaudo para remendarse. Como se vido con tijeras y hilo, según lo que Su A\ajestad le tenía ordenado, tomo la ropa de la cama que debía de ser harto pobre, hízola tiras, y muy bien cosida una con otra, sin el Santo saber lo alto que tenían los corre- dores, fué bastante para librarse con ello. Aquella noche que había 1 Ms. 12.738, fol. 823. Constanza de la Cruz (Garcés), profesó en las Descalzas de Toledo en 1579, y de aquí pasó de fundadora a Villanueva de la Jara (1580), donde escribió esta carta.

APENDICES APENDICES de salir de la prisión, como le cerraban el cay nado (sic) con llave todas las noches, Dios le inspiró que cuando le cerraban, que pusiese el dedo y así quedó en vago. En fin, todo era traza de Nuestro Señor para librarlo. Encomendóse a Su Majestad, y ya que estaban todos reposando después de maitines, salió con este hatillo por delante de una pieza adonde dormía el Tostado, aquel tan severo prelado, y el pr.Q. Con tener lámpara encendida, le fué la bondad de Dios tan fa- vorable, que ni despertaron ni lo sintieron. Echo un nudo en las tiras para irse asiendo de ellos para bajar, y ya que Nuestro Señor le llegó a bajar, se vió en la mayor aflicción que nunca se había visto por hallarse en un corral de un convento de monjas. Decía que se quería dar a la misericordia por no hallar otro remedio, tj ser muy alta "la cerca, y las tapias lisas; a que dice que la Madre de Dios, a quien se encomendó con grande ansia, le parecía que lo había levantado y puéstolo encima la cerca. Después al bajar a la calle también le ayudó Su Majestad. De esto no me acuerdo cómo lo hizo; mas quien había hecho lo más, haría lo que faltaba. Ahora me parece que no sé si era huerta o corral de monjas, que por solo ello decían tenía pena de muerte.

Tornando a lo que dije de la entrada en nuestro convento de Toledo, llegaron los calzados con toda su discreción a preguntar si estaba allí un padre de la Orden que se llamaba fray Juan de la Cruz. La portera, que lo era harto más que no ellos, les respondió con muy buen término, sin decir mentira, deslumhrándolos de que por maravilla veían a ningún religioso. Esta es a quien V. R. bien conoce, que es la hermana San Jerónimo, que la Madre Ana de los Angeles llevó a Cuerva y es de velo blanco. Todo aquel día andu- vieron los Calzados; anduvieron alrededor del convento nuestro.