SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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La noche que murió estuvo con gran cuidado preguntando qué hora era, y cuando dijeron que las once, dijo: ¡ea!, que a las doce iremos a cantar maitines al cielo. Después de muerto le cortaron un dedo y me lo enviaron a Granada, al cual no hice otra cosa más que en- volverlo en un tafetán, y lo truje en el pecho seis o siete años sin muestra de corrupción, sino con buen olor; y a cabo de más de tres años que era muerto, me pidió el P. Fr. Cristóbal de San Alberto le diese un poco del dedo del Santo; y partiendo, así como partí el hueso, vimos el tuétano tan fresco como si acabara de morir entonces, el cual tenía muy lindo olor. Este me le pidió fray Diego de Yepes, y se lo dió al Rey viejo (2). En Ubeda he oído decir que después de muerto hizo muchos milagros, como los dirán los que los vieron. Yo doy fe que le di un poco de reliquia a mi hermano, del Santo, y me dijo que cuando él o su mujer estaban malos, se la ponían y luego tenían salud. Cuando murió, me dicen vinieron a su entierro toda la gente noble de Ubeda y las Religiones sin avisarlas, y todos a 1 Iznatoraf.

2 Felipe II.

APENDICES 389 boca llena le llamaban el Santo, y le hicieron pedazos el hábito para reliquias.

Un criado de doña Ana de Peñalosa que llevó su cuerpo a Sego- via, me dijo que pasando con él por medio de Sierra.Worena, en lo alto de un monte, vio un pastor que le daba voces y le decía: ¿dónat llevas el cuerpo del santo?, llevándolo encubierto en una maleta, sin que pudiera haber sospecha de lo que iba allí.

Era honestísimo por extremo. Contóme una vez que una doncella le anduvo solicitando y persiguiendo algún tiempo (que estaba él por confesor de las monjas de Avila) (1), y viendo que no había orden con él, se le entró una noche por un corral que alindaba con el suyo de la casa donde estaba y se fué donde él estaba, convidándole y ins- tándole con su persona; y ayudóle Nuestro Señor de suerte que la echó de casa, quedando con victoria. Y me decía muchas veces, que jamás se había visto en ocasión más urgente, porque era ella moza y de buen parecer y otras buenas cualidades que circunstancian la oca- sión.

Tenía este Santo un exterior muy mortificado y muy compuesto, tanto que mirarle daba y hacía espíritu, a los que le miraban; parecía que siempre andaba en oración. Otras muchas virtudes conocí en este Santo, que por el mucho tiempo que ha que murió y pasaron, no me cuerdo. Algunas cosas dijo una señora de Granada, que se llama doña Juana de Pedraza; y doña Ana de Peñalosa puede decir mucho, y en Ubeda hay muchos seglares que dirán muchas cosas de él, y en par- ticular el licenciado Villarreal, que le curó, y otros muchos. Esta es la verdad de lo que sé y lo firmé de mi nombre.— Fr. Juan Evangelista.

1 En la Encarnación.

390 APENDICES XVII DECLARACIONES DE FR. Jl'AN EVANGELISTA ACERCA DEL SANTO (1).

Lo que el P. Fr. Juan Evangelista sabe acerca de la vida del Santo fray Juan de la Cruz es lo siguiente: 1. Primeramente, oyó decir muchas veces que siendo seglar y re- ligioso el dicho padre fray Juan de la Cruz habia sido muy virtuo- so, compuesto y recogido.

2. Item, que oyó decir al santo fray Juan de la Cruz que siendo niño y jugando con otros, cayó en un pozo de mucha agua, y que habiéndose hundido hasta el suelo dos o tres veces, y vuelto a subir arriba, le sacaron sin lesión alguna. También le oyó decir este religioso cómo había estado en aquella prisión tan larga y lo mucho que había padecido, y que en el modo de contarla se echaba de ver el haberse librado milagrosamente, aunque por su humildad no decía él que había sido milagrosa, ni que le había ayudado Nuestra Señora en ésta ni otras ocasiones, porque era muy recatado en estas cosas.

Acerca de las virtudes teologales dice este testigo, que en muchas ocasiones conoció en este Santo estar en grado muy levantado. En particular de la virtud de la fe, dice que conoció esmerarse mucho en ella, así por experiencias que vio en él, como por palabra, por- que lo más que enseñaba era el vivir en fe y desarrimo de todo lo criado, de manera que jamás quería admitir experiencias que parece le pudieran ayudar, como se vió en la monja de las llagas de Por- tugal, que celebrándose en Lisboa Capítulo de esta sagrada Religión, fué allá el dicho padre, que era prior de Granada, y habiendo ido todos los gremiales a ver las llagas, jamás se pudo acabar con él que fuese, diciendo que no tenía necesidad de ver aquellas llagas, porque estimaba en más quedar en fe de las llagas de Jesucristo que todas las cosas creadas, y que para esto no tenía necesidad de ver en nadie las llagas.

Acerca de la virtud de la esperanza, dice que conoció resplan- decer mucho en este Santo, porque en ocho o nueve años que es- te testigo vivió con el dicho Santo, siempre le conoció que vivía en ella, y que ésta le sustentaba; y de esto vió muchos casos, en particular siendo este testigo procurador del Convento de Granada, donde el Santo era prior, una vez que, entre otras, hubo necesidad en el convento, y yendo este testigo al Santo a pedirle licencia para 1 Ms. 12.738, fol. 981. Debe de ser algo asi como borrador de alguna Declara- ción que preparaba para los Procesos y que no terminó. En el siguiente tomo publi- caremos alguna de este venerable. Como todo lo que escribió este religioso de San Juan de la Cruz es tan interesante, publicamos también este escrito, aunque algunas cosas quedan ya dichas en el apéndice anterior.

APENDICES 391 salir a procurar lo que faltaba, le dijo: fíe de Dios, que no haya miedo que le falte. Con esto quietóse, y pasando algún rato, viendo que se hacía tarde, volvió al Santo y le dijo que era tarde y había enfermos que tenían necesidad, que le diese licencia para traer lo necesario. Respondióle el Santo: Vayase a su celda y pídale a Dios que le envíe lo que ha menester, y confie en él y verá cómo se lo envía. Fuese con esto, y como vido que no se remediaba, volvió al Santo y le dijo: Padre, esto es tentar a Dios, déme V. R. licencia y iré a hacer diligencia, que es muy tarde. Entonces dijo él: Vaya y verá cómo le confunde Dios en esa poca fe y esperanza que tiene. Salió este testigo de la puerta y junto a la de la iglesia encontró al relator Bravo, y preguntándole que dónde iba, respondió que a bus- car de comer y con qué comprarlo. Entonces el relator le dijo: Aquí traigo una suma que ha aplicado la Audiencia, y dióle doce escudos de eso. Tomólos y compró lo necesario, y volviendo con harta vergüenza al Santo le dijo: Cuánto mejor le hubiera sido haber confiado en Dios y que le hubiera enviado a la celda lo que tenía necesidad. A este tono vido este testigo otras cosas, como entrar en el refectorio y bendecir la mesa, y no habiendo que comer, salir con la confianza que el Santo tenía, y dentro de poco espacio traer muy bien de comer. Por esta confianza que tenía en Dios no consintió que en las casas que él estaba saliesen a pedir limosna de trigo ni otras cosas.

Item, sabe que lo que se dice en la 16 pregunta estaba en ei Santo, y que le trató este testigo muchos años y siempre en casa, en caminos, en recreaciones y otras ocasiones siempre hablaba de Dios, y así le vido hacer muenas pláticas espirituales, de repente y sin es- tudio, de cosas levantadísimas, y nunca le vido en su celda sino la Biblia y un tomo de S. Agustín y el Flos Sanctorum, porque fué devotísimo de leer vidas de Santos.

Item, que conoció eáte testigo en el Santo una grande pureza de alma y cuerpo, y entre otras cosas que supo, fué una que estando en cierto lugar por confesor de unas monjas tenía una casilla cerca del convento, y una doncella de muy buenas partes se aficionó del Santo; y para conseguir su intento, tomó todos los medios posibles, y no aprovechándole nada, se determinó a una cosa bien contra su honra y estado. Y fué que una noche saltó unas tapias, y vino a un corralillo de la dicha casa, y de ahí al aposento del Santo, donde estaba solo cenando. El se asombró cuando la vido y decía que entendió era el demonio. El con su acostumbrada paciencia supo decirle tales cosas, que la redujo a conocimiento de su culpa y del mal que hacía; y volviendo por do había entrado, se fué a su casa. Esto supo este testigo de boca del mismo Santo, porque trataba con él con mucha llaneza (1).

Item, sabe que resplandecía en el Santo lo que se dice en la \9 pregunta, fuera de lo que es acordar al penitente los pecados ocultos, que de esto no sé.

Item, que resplandeció en el Santo una fortaleza grande, y supe- 1 Este caso le ocurrió en la casita que vivía el Santo siendo confesor de Avila.

392 APENDICES rioridad y señorío sobre los demonios como se dice en \la] pre- gunta 20.

Item, que era común voz y fama en vida del Santo que resplan- decía en él lo que se dice en la pregunta 21, 22, 23, 24.

Item, que con ser enfermo, hacía la penitencia que podía. Yendo este testigo camino con el Santo, le encontró en una venta unos cal- zones de nudos de tomica que llevaba escondidos; y diciéndole que cómo hacía aquella crueldad estando tan enfermo, respondió: calle, hijo, que harto regalo es ir a caballo; no ha de ser todo descanso.

Item, que lo que se dice y pregunta desde la pregunta 27 hasta la 35, fué en su tiempo opinión común en los que le trataban, y lo vió este testigo en el Santo, fuera de lo que dicen le habló el Cristo en Segovia, que esto no lo supo.

Item, que ha oído decir todo lo que se pregunta, desde la pre- gunta 36 hasta el fin del Interrogatorio a personas fidedignas.

Item, dice este testigo que cuando el Santo murió un religioso que se halló presente a su muerte, le cortó el dedo mergallite, y se lo envió a este testigo, sabiendo que el Santo era muy padre suyo; y este testigo, sin hacer con él prevención ninguna, le envolvió en un tafetán y lo puso en el pecho y lo llevó consigo seis años, sin que hubiese género de corrupción, con que el calor del pecho bas- taba para que se corrompiera; y este dedo lo enseñó esle testigo al P. Diego de Yepes, siendo confesor del Rey D. Felipe II, el cual sé lo pidió para que lo viese el dicho Rey, el cual pareciéndole cosa mi- lagrosa, se quedó con él y no quiso volverlo».

APENDICES 393 XVIII CARTA DE FRAY ELISEO 1>E S. ILDEFONSO. ( ALCALA, 30 DE OCTUBRE DE 1611) (1) Jesús María.

En cumplimiento del precepto que nuestro padre Provincial, fray Alonso de Jesús A\aria, ha puesto a los religiosos de Alcalá, digo lo siguiente: En lo que toca a decir lo que siento y sé del padre fray Juan de la Cruz que esté en gloria, es lo siguiente.

El padre fray Juan de la Cruz fué un religioso muy espiritual, muy dado a la oración; siempre le vi tratar de cosas de perfección y de mortificación y resignación.

Fué muy caritativo y prudente, siendo perlado fué muy amigo de asistir en el coro y que fuesen despacio; decía misa con mucha devoción; tuvo siempre opinión de varón muy espiritual; hacía plá- ticas espirituales admirables, y sus pláticas reformaban los monas- terios doquiera que estaba. He oído decir que murió cómo santo y que ha hecho muchos milagros.— Fecha en Alcalá, a 30 de octubre de 1611.— Fray Elíseo de San Ildefonso.

1 Ms. 12.738, folio 853. Es Autógrafa.

394 APENDICES XIX UNA RELACION DE FR. BARTOLOME DE SAN BASILIO (1).

t Estando en Ubeda el mismo año que el padre fray Juan de la Cruz murió en aquella casa, supe estaba en la Peñuela conventual, don- de oí decir había sucedido un milagro, el cual fué que habiendo pues- to fuego en los rastrojos, como tienen de costumbre, se vino a em- prender en las bardas de las cercas, las cuales son de támaras y ramas de encina; y para apagar este fuego, salió toda la gente de casa, que era en cantidad, porque no viniese al convento, los cuales con toda su diligencia no lo pudieron atajar. Dijeron había salido el padre fray Juan de la Cruz, y les dijo lo dejasen, y se puso de rodillas delante de las llamas, y no pasó de él.

En el mismo convento le dieron unas calenturas, las cuales le quitaron la gana de comer; sólo le dió deseo de comer unos espá- rragos, los cuales no se pudieron haber por ser tiempo incómodo, que era fin de agosto; yéndose a curar a Ubeda, llegó a Guadali- mar en mitad del día, y quísose ir a reposar un rato debajo de la puente nueva, y vió dentro del río, encima de una peña un ma- nojo de espárragos. Diciéndole al hermano donado mirase si se le habían quedado a alguno que los andaba cogiendo, respondió: Padre, este es milagro, porque no es tiempo de ellos, ni parece en toda esta tierra nadie. Entonces le mandó le tomase y pusiese el valor de el en el mismo lugar, que fué un cuarto, los cuales vi porque se los aderecé/ Esta misma noche se le hizo una seca en la tabla del muslo, y a la mañana la vino a hallar en el empeine del pie derecho. El mé- dico le comenzó a curar diciendo era erisipela, y él se reía de la cura diciendo que le...lo que era. De aquí se le vinieron a hacer en la misma pierna tres o cuatro bocas, que alguna era de cerca de un jeme; y para haberlas de curar no era necesario más de quitarle las vendas, y sacaban toda la materia que querían; y a todo esto, mirándolo él, asiéndose de unas sogas que del techo tenía asidas, con grande admiración del médico y de todos los que le veían, porque me parecía tenía grande contento cuando se veían sus llagas.

Siempre estaba en la cama que parecía dormía, y de rato en rato se le oian aquestas palabras: Haec requies mea in saeculum saeculi, y aquesto se le oía repetir muchas veces estando en lo más recio de sus dolores.

1 Ms. 12.738, fol. 869. Autógrafa. Está dirigida al P. José de Jesús María, que a la sazón se hallaba en Granada haciendo algunas investigaciones históricas.

APENDICES 395 Fué de grande consuelo estar él en aquella ocasión en aquel con- vento, por ser el prior poco prudente en el gobierno; y así para él como para los demás lo fué, porque a él le enseñaba a gobernar y a nosotros a obedecer, y algunas veces le vi salir con lágrimas de su celda de lo que le decía; y tengo para mí que uno de los martirios que padeció en esta vida este Santo fué para acabar de purgar sus pecados o para merecer más gloria, traerle nuestro Señor al fin de sus días a tratar con este hombre; porque si me hubiera de poner a tratarlo por menudo, sería nunca acabar. Sólo digo padeció más y sentía más sus cosas que lo que él padecía en el cuerpo.

Y pienso que muchos días antes de su muerte sabía él la hora, por algunas precauciones que le veía hacer, entre las cuales fué: dos días antes de su muerte pidió todas las cartas que tenía debajo de su cabecera, que eran en cantidad, y las quemó todas. El murió viernes en la noche, a la primera campanada que el reloj dió las doce; empero a la una del mismo día nos declaró su muerte dicién- donos que aquella noche iba al cielo a maitines.

ñ la hora de su muerte dijeron allí algunos habían visto sobre su cabeza una grande lumbre del tamaño de un harnero, la cual des- pués la veían de noche sobre la sepultura; yo no merecí ver aquesta visión.

Estando enfermo, le trajimos unos músicos, pensando le seria algún alivio en tan grandes dolores. Dijoles callasen, porque le es- torbaban otra mucho mejor que oía allá dentro; y esto pienso lo hacía por no olvidar los dolores.

En toda su enfermedad— que no falté de con él—, le vi tres veces impaciente y...la primera, diciéndole un religioso que la llaga del empeine era la del clavo, le reprendió ásperamente, aunque sm per- der su modestia; la segunda estando el padre fray Antonio de Jesús delante, le pedimos nos dijese cómo habían sido sus principios. Res- pondió no tratásemos de tal cosa, porque en sus dias no se tenía.., ver. Entonces el provincial quiso decirnos alguna cosa, lo cual él llevó muy mal: la tercera fué que llegó un día el Provincial y le dijo que ya Nuestro Señor le quería premiar sus trabajos; tampoco esto pudo llevar.

Eran sus materias de tan buen olor, que con ser tantas, jamás a ninguno hicieron hastio ni enfado, y aqueste buen olor a la hora que expiró, se vino a aumentar de tal manera que en toda la casa se sentía. Unas personas religiosas que le lavaban sus pa- ños, tenían tanto consuelo co.: ellos, que el día que no los llevaban se quejaban, y un día que llevaron otros trapos, entre ellos de otra llaga de un religioso, ¡os conocieron.

Con todo cuanto padecía, era tan mirado, que a trueco de no dar un poco de pesadumbre, le veía padecer grandes necesidades, las cuales después de pasadas lo manifestaba; fué de grandísimo con- suelo y provecho para todos los religiosos de aquel convento tenerle allí enfermo.

Los milagros que después de su muerte Nuestro Señor obró por medio de sus reliquias, de algunos que soy testigo de vista los pon- dré aquí. Estando tañendo a maitines a la hora que expiró, vino un 396 APENDICES hombre dando voces a la portería diciendo que por aquel santo que había muerto le había Dios librado de un peligro en que estaba de muerte en aquella hora, y mientras más le acallábamos, más voces daba; y esto sin haberle visto, ni saber si estaba allí o no el Santo.

Yo fui a ayudar a bien morir a una mujer de un mercader, la cual estaba muy al canto de otra recia enfermedad, que tenia la garganta de manera que no le daba más de tres o cuatro horas de vida: Hícele traer un bonetillo con que el santo dormía y ponérselo. Vióse milagrosamente la mejoría, que decía haber despertado de un grandísimo sueño; después decía a grandes voces que por aquel Santo tenía vida.

Un paño que él solía traer en el estómago le dieron a una persona, que había muchos años tenia mal de ijada, la cual supe que jamás le tornó.

Todos sus vestidos, hasta los paños con que le curaban, los vi repartir con grandísima devoción de las gentes, teniendo a grandí- sima dicha alcanzar alguna cosa por pequeña que fuera.— Fr. Bartolomé de S. Basilio (1).

[sobrescrito]: A mi Padre fray José Jesús María, Carmelita Descal- zo en los santos Mártires. Granada.

1 Hasta aquí lo relativo al Santo. El P. Bartolomé continúa hablando de otros venerables de la Descalcez.

APENDICES 397 XX RELACION DE LA M. SNA DE SAN ALBERTO (1).

En 26 del dicho notifiqué el precepto a la Madre Ana de S. Al- berto, la cual dijo que había conocido y tratado mucho al padre fray Juan de la Cruz, el cual era natural de Ontiveros y murió en Ubeda, y su cuerpo está en Segovia.

Fué rector de Baeza, dos veces prior de Granada, vicario provin- cial destas Provincias y definidor mayor de la primera Consulta. Siem- pre oyó decir que había ejercitado estos oficios santísimamente y con gran perfección y provecho de los religiosos.

La Santa Madre Teresa de Jesús decía muchas veces que era este Santo una de las almas más santas y puras que tenía Dios en su Iglesia, y que le había Su Majestad infundido sabiduría del cielo. Tuvo don de conocer y tratar espíritus y unas palabras tan vivas y eficaces, que hacía en las almas todo lo que quería. Estaba una vez en este convento una religiosa que padecía un trabajo muy grande de espíritu, y este testigo dice que se lo escribió a la Santa Madre y ella le respondió: Ahí va ahora mi padre fray Juan de la Cruz; trate con él ese trabajo, que con su mucha santidad y prudencia fío de Nuestro Señor la dejará buena: Y así fué, que sintió luego pro- vecho, y hasta que murió decía que sentía el bien que había hecho en su alma.

Siendo rector de Baeza vino a esta tierra, y dice este testigo (que era priora entonces), que le dijo el Santo: Madre Priora: ¿por qué no trata de que haya aquí un convento de frailes?

Sonrióse este testigo pareciéndole que era imposible por la poca comodidad que había. Díjole: Anímese y trate de ello, que es voluntad de Dios, y se ha de servir mucho con él; mire que sin falta saldrá con ello. Procure que no falte en el coro conmemoración de Nuestra Señora cada día, no espere que haya mucho de lo temporal, que Dios lo irá dando; y así sucedió como él lo dijo. Di jome que le había dicho Nuestro Señor que se había de servir con este convento y que le dió a entender lo hiciese.

Dice este testigo que estando el Santo diciendo misa en la iglesia de las monjas, le vió que del rostro le salía como un sol muy resplandeciente. Esto fué en acabando de alzar la hostia postrera. Detúvose gran rato en consumir; de encima de los corporales sa- lían como unos rayos hermosísimos y de gran consuelo. Acabada la misa, se sentó en una silla en el confesonario donde llegó la misma.

1 Ms. 12.738, fol. 565. La relación es de letra del P. Juan Evangelista y la fir- ma la Madre Ana. Ya es sabido que la M. Ana fué una de las más aprovechadas del Santo, que le confesó y trató mucho en Caravaca y por correspondencia epistolar.

398 APENDICES Preguntóle qué había sido aquéllo. El dijo: ¿qué ha visto hija?, y como que estaba absorto que no podía hablar. Le replicó: lo que íe nan daao a V. R. quería saber, que lo menos debe de ser lo que yo he visto. Esíuvo un rato como suspenso, y cuando volvió, dijo. Grandes bienes ha comunicado Dios a este pecador; con tanta ma- jestad se ha comunicado Dios a mi alma, que no podía acabar la misa y por esta causa algunas veces temo de ponerme a decir misa; y pues ella sola lo ha visto, mire que no lo ha de decir a nadie; sírvale para su aprovechamiento, y mire qué hace Dios en un gusa- nillo como yo.

Díjole una vez a esta testigo, que de tal manera comunicaba Dios su alma acerca del misterio de la Santísima Trinidad, que si no le acudiese Nuestro Señor con particular auxilio del cielo, sería im- posible vivir, y así tenía muy acabado el natural.

Dice este testigo que una vez, hablando con ella, le dijo cosas que pasaban en su alma, las cuales ella no le había dicho. Otra vez, estando en Granada, que era allí prior, le escribió algunas cosas de ias que le pasaban diciéndole así: pues ella no me dice, yo le digo que no sea boba, ni ande con temores que acobardan al alma; dele a Dios lo que le ha dado, y le da cada día, que parece quiere ella medir a Dios a la medida de su capacidad; pues no ha de ser así; aparéjese, que le quiere Dios hacer una gran merced y así fué. Y dice que estando con cuidado por no tener persona cierta con quien poderle escribir lo que Dios le había hecho merced, dice que se lo escribió él mejor y con más claridad que ella lo podía dar a en- tender.

Estaba una vez este testigo con grandísimos escrúpulos que le ator- mentaban mucho, y dice que le parecía que sólo tendría alivio con comunicarlos con él, y escribióle una carta el Santo a la medida de su deseo diciendo: «¿hasta cuándo piensa, hija, que ha de andar en brazos ágenos? Ya deseo verla con una grande desnudez y desarrimo de criaturas, que todo el infierno no bastase a turbarla. ¿Qué lágrimas tan impertinentes son esas que derrama estos días? ¿cuánto tiempo bueno piensa que ha perdido con esos escrúpulos? Si desea comunicar conmigo sus trabajos, váyase a aquel espejo sin mancilla del Eterno Padre, que allí miro yo su alma cada día, y sin duda saldrá con- solada y no tendrá necesidad de mendigar a puertas de gente pobre.»

Siendo vicario provincial dice que que vino a visitar este con- vento, y había dicho que había de estar ocho días, y vino una mañana muy de prisa diciendo se había de partir otro día. Persuadiéronle to- das que se detuviese el tiempo que había dicho. Dijo que era muy a prisa su ida y no podía ser menos, que había en Beas grande ne- cesidad, y aunque más nevase, que nevaba entonces, había de ir. Dí- jole a este testigo, viendo que le importunaban tanto: verá hija, si me detengo, cómo vienen por mí. Este mismo día llegó un men- sajero, que era muerta la madre priora de Beas, que era la madre Catalina de Jesús. Dijo a este testigo: porque lo sabía, me quería partir.

Dice este testigo que una vez escribió al Santo desde aquí unas cartas a doña Ana de Peñalosa, las cuales vió ella que se las dió APENDICES 399 que las cerrase, en las cuales le trataba de algunos negocios y de otras cosas tocantes a su alma y consolándola; y después vino un propio de Granada (adonde estaba doña Ana), que traía unas cartas para el Santo, y como si antes las hubiera leído, así le escribió en las primeras como respondiendo a todo lo que ella le preguntaba; porque este testigo da fe que leyó las unas y las otras; y riéndose este testigo de ver que le había respondido antes que recibiese las cartas, le dijo: ¿de qué se ríe, boba? ¿No valía más que escribiese yo aquellas cartas anoche cuando había de dormir, y que ahora nos estemos tratando cosas de Dios?, como de ordinario lo hacía, porque siempre trataba de desnudez de espíritu, de mortificación, de soledad y como se había de unir el alma con Dios, y tenían tanta fuerza sus palabras que parece se pegaban en el alma.

Item, que le tuvieron preso en la carcelilla de Toledo, donde pa- deció muchos trabajos e ignominias. Diéronle muchas disciplinas y pan y agua, y otros malos tratamientos le hicieron; y queriéndole llevar por bien otras veces para reducirle. Así, dice, le hicieron grandes ofertas, en particular dos de los más graves; y, entre otras cosas, le dieron unas piezas de oro, y él les respondió: «El que busca a Cristo desnudo, no ha menester joyas de oro». Sabe que pasó grandes tra- bajos y con muy particular paciencia.

Un hombre de Avila sospechó del Santo (siendo allí confesor) que le era estorbo para conseguir cierta cosa que pretendía, y aguar- dólo una noche que salía de confesar las monjas de la Encarnación y dióle de palos y maltratólo muy mal; y aunque le conoció, no quiso descubrir a nadie, sino que los recibió con sumo consuelo, y le dijo a este testigo que jamás le había sido cosa de tanto consuelo como padecer aquello por amor de Dios.