Item, tuvo este santo gracia particular de echar demonios. Avila, en cierto convento, había una religiosa endemoniada, y estándola con- jurándola dijo: que no se cansasen, que no temía a otro sino a un frailecillo que se llamaba fray Juan de la Cruz. Llamáronle para conjurarla, y comenzó a decirle la endemoniada mil males y hacer bramuras, que decía el Santo que parecía hablaban dentro cien mil demonios según la diversidad que sonaba de lenguas, y fué Dios ser- vido que la sacó. Iban de noche los demonios y le daban muchos gol- pes al Santo, con la rabia y coraje que tenían.
Siendo vicario provincial vino a esta casa a hacer elección de priora; púsose a decir misa del Espíritu Santo, y una religiosa por una reja le vió metido en una grande luz que salía del sagrario, y él muy resplandeciente; púsose a otra reja la religiosa por ver si se le antojaba, y vióle de la misma manera. Acabó la misa, y sentán- dose a la reja, mientras hizo la plática, estaba echando rayos de luz que entraban por la reja que la parecía daban luz al coro. Acabada la elección, dijo: Dios se lo pague, hijas, y yo se lo agradezco, que han hecho lo que era voluntad de Dios.— Ana de S. Alberto. — Fr. Juan Evangelista.
400 APENDICES XXI CARTA DE LA M. ANA DE SAN ALBERTO. (CARAVACA, 4 DE NOVIEMBRE DE 1614) (1).
En cumplimiento del precepto que Vuestra Reverencia envió a este convento, el cual se notificó a 27 de Octubre de 1614, digo que co- nocí a nuestro P. Fr. Juan de la Cruz, primero de oídas y por cartas que nuestra Santa Madre escribía, diciendo que le había dado Nuestro Señor un religioso para principio de lo que pretendía, que aunque mozo, era de gran virtud, muy penitente, hombre de grande oración y de ordinario trato con Dios, tal cual ella le deseaba para principio de obra tan alta. Estas son palabras de nuestra Santa Madre.
Era hombre de muy pocas palabras, y ésas de mucho provecho; cchábasele de ver en su modestia ser espiritual y contemplativo, como verdaderamente lo era su ejercicio, y la doctrina que enseñaba era unirse las almas con Dios por el camino de la propia negación. Oírle hablar en esta materia era de gran gusto, porque hablaba con espí- ritu divino, y esto dirán todos los que le trataron y conocieron. Y para que esto se eche de ver, léase un papel que yo envié al P. Fr. José de Jesüs María, que le llamaba nuestro P. Fr. Juan de la Cruz Subida del Monte Carmelo y allí se verá la doctrina que él enseñaba y cuán desasido y descalzo era de las cosas de este suelo.
Este Montecillo daba él a las Descalzas y deseaba que lo enten- diesen y ejercitasen. Era muy apacible y compasivo, juntamente con ser muy recatado y naturalmente encogido. Decíame algunas veces: «Válame Dios, hija, y qué tormento es para mí haber de acudir a tratar con seglares. Cuando camino, o estoy en soledad, es mi gloria; algunas veces el ímpetu del espíritu me hace dar algunos gemidos o voces sin poderme resistir». Como por gracia, decía: «¡Oh, qué gran mo- ledor es Nuestro Señor! ¡cómo se sabe apoderar de esta bestezuela cuando él es servido!
Particular gracia tenía en encaminar almas a Dios, porque sus palabras pegaban espíritu y daban luz. A almas afligidas y escrupulosas consolaba y animaba con grande gracia y las dejaba alentadas y con ánimo para padecer por Cristo. Guiaba con humildad y con esto daba lugar a tratarle con llaneza cualquier cosa del alma.
Una religiosa de esta casa padecía un trabajo de su alma. Yo le escribí sobre ello a nuestra Santa Madre. Después de escribirme su parecer, me dijo estas palabras: «Hija mía, yo procuraré que el P. Fr. Juan de la Cruz vaya por allá; haga cuenta que soy yo; trátenle con llaneza sus almas; consuélense con él, que es alma a quien Dios comunica su espíritu».
1 Ms. 12.738, fol. 997. Autógrafa.
APENDICES 401 A este tiempo era Rector de Baeza; estuvo aquí algunos días, con los cuales hizo gran servicio a Nuestro Señor. Entonces me contó los trabajos que padeció cuando le llevaron preso los Calzados estan- do por confesor de las monjas de la Encarnación de Avila, cuando fué allí nuestra santa Madre. Los Calzados estaban muy mal con él; cuando saliese de la Encarnación maniatáronle, y poniéndole en buen macho, lleváronle a Toledo, sin entrar con él en poblado. Me- tiéronle en una cárcel pequeña y oscura, que no tenía sino una saetera junto al techo, de suerte que para rezar lo que no tenía de memoria se subía sobre una piedra. Llamábala el Santo mi carcelilla. De allí le llevaban a refectorio, y muchas veces le daban disciplina, y en el suelo pan y agua, reprendiéndole el haber mudado el hábito. Lla- mábanle lima sorda, porque no respondía palabra; decíanle que por mandar y ser tenido por sanio. Dábanle muy mal de comer; no tenía que mudarse, y así le daban mucho tormento los piojos. El suelo desnudo era la cama.
Visto que con rigor no se ablandaba, visitábanle los más graves y a darle consejos y avisos, y a ofrecerle muy buena celda y librería; otro le daba una cruz de oro, muy rica. Ninguna cosa recibía. Pe- díanle se fornase a calzar.
Visto que nada bastaba ya, le dieron un poco de más libertad para andar por el convento. El echó ojo a unas paredes, y por allí se salió una noche con harto trabajo y cuidado si le habían de tornar a coger. Anduvo gran parte de la noche sin hallar quién le encaminase a las Descalzas. Quiso Dios que al amanecer halló una casa abierta, y un mozo que le encaminó a las Descalzas, las cuales le recibieron con harto gusto, porque no se había sabido de él; y estaba Nuestra Santa A\adre y los Descalzos con la pena que se puede imaginar.
Yo le pregunté algunas cosas de las que allí le había dado Nues- tro Señor. Díjome: «Yo le digo, hija, que a ratos me desconsolaba pensar qué dirán de mi que me he ido volviendo las espaldas a lo comenzado; sentía la pena de la Santa Madre». «Dios me quiso probar, mas su misericordia no me desamparó. Allí hice aquella canciones que comienzan: «A dónde te escondiste», y también la otra canción, que comienza: «Por cima de las corrientes que en Babilonia hallaba».
Todas estas canciones están en los libricos que yo envié al P. Fr. José de Jesús María.
Díjome que con estas canciones se entretenía y las guardaba en la memoria para escribirlas, y que Nuestro Señor hartas veces le vi- sitaba y consolaba y animaba y disponía para otros trabajos que había de padecer, y le daba esperanzas del aumento de la Religión, y que ya iba viendo lo que Nuestro Señor le había prometido. Díjome: «Hija Ana, una sola merced de las que Dios allí me hizo, no se puede pagar con muchos años de carcelilla. Ojalá que ahora me en- cerraran "donde no tratara sino a solas con Dios».
Yo deseaba ver en Caravaca un convento de nuestros Descalzos. Pedíasele yo algunas veces, que era entonces Provincial, y siempre lo dificultaba. Prometióme que lo encomendaría a Nuestro Señor, que así lo hiciésemos todas. Fuése a decir misa, la cual oyó todo el conven- to. Estándola diciendo, le cercó una grande luz, como que salía del «02 APENDICES Sagrario; cuando comenzó el primer memento era muy mayor y cre- cía más y más. Estúvose mucho en consumir el Santísimo Sacramento, y, a mi parecer, le resplandecía el rostro y se le caían unas lágrimas muy serenas. Esto no lo vio más de sólo una, y es cierto que no fué antojo.
Acabada la misa, que duró más de lo que solía otras veces, yo llegué al confesonario de la sacristía. Halléle sentado en la silla. Preguntéle: ¿qué ha sido esto que tan larga ha sido esta misa? Dijo: ¿cuánto me habré detenido? Yo le dije: Para gozar bienes del cielo mucho tiempo es corto. Pedíle me dijese lo que le había pasado. Di jome: «Hija, Nuestro Señor me ha dicho: Dile a la Priora que procure se haga aquí un convento de frailes, que me tengo de servir mucho en él. que yo le ayudaré. Por eso, hija mía, ponga de su parte lo que pudiere, que Nuestro Señor no le faltará».
Preguntóme si había visto algo. Yo le dije lo que había visto. Díjome que con fe procurase las provisiones del Consejo y el bene- plácito de la villa. Todo se hizo bien y con brevedad. Díjome hartas buenas cosas y mercedes que Nuestro Señor le había hecho aquel día y otros muchos, las cuales yo no tengo memoria ni discurso para saberlas decir; mas digo con toda verdad que era una alma muy endiosada que no se le podía notar una palabra impertinente. Algunas veces me decía; «Traeme Nuestro Señor de manera que no lo puede sufrir este flaco natural, y así anda el asnillo muy molido».
Hablando los dos un día de este trato de Dios y el alma, me dijo: «Yo, hija, traigo siempre mi alma dentro de la Santísima Tri- nidad, y allí quiere mi Señor Jesucristo que yo la traiga».
Otras cosas muchas y buenas me decía mi santo P. Fr. Juan de la Cruz. Cuando los trabajos del P. Gracián, ya se sabe que nuestro santo Padre Fr. Juan de la Cruz participaba de ellos, que le cabía buena parte. Escribióme desde La Peñuela una carta breve, en que decía: «Ya sabe, hija, los trabajos que ahora se padecen, Dios lo permite para prueba de sus escogidos. En silencio y esperanza será nuestra fortaleza. Dios la guarde y haga santa. Encomiéndeme a Dios».
Un día, saliendo a priesa, le preguntaron dónde iba. Dijo: voy a estorbar la profesión de una monja que ha de ser causa de in- quietar la Religión, y de que llegó, había profesado; y porque V. R. conoce el sujeto, y cómo es verdad lo que el Santo dijo, no nombró quién es, porque vive.
El Padre Agustín de los Royes, siendo provincial de esta pro- vincia, dijo que los paños de materia que le quitaban del pie hacían milagros, y los llevaban por reliquias, y que a hombre tan santo le hacían proceso, que no sabía qué decir de tal cosa. También he oído decir a algunos religiosos que el pie que tienen en el convento de Ubeda ha hecho muchos milagros. En este convento tenemos un poquito de carne de este santo pie, y tiene olor de santo, y en esa veneración le tenemos.
El padre fray Bernardo de la Concepción, siendo provincial de esta provincia, nos mostró un pedacito de un dedo que traía y con toda veneración nos lo puso sobre las cabezas y tenía un olor del fcielo; y dijo que esta misma reliquia la puso a una monja de Málaga APENDICES '103 que estaba enferma y había sanado. No me acuerdo el nombre de la monja.
Yo tenía muchas cartas suyas, porque las estimaba y guardaba como reliquias. Después que murió las lie ido dando a religiosos que con devoción me las pedían. El padre fray Martín de San José, que fué aquí prior, le había yo dado una, y no ha mucho que me envió a pedir con encarecimiento le diese otra, porque la había dado. La mostró a un caballero y no se la quiso volver a dar, porque la estimaba y traía por reliquia.
Cuando la monja de Portugal estaba en su punto que todos la iban a ver, le dijeron al padre fray Juan de la Cruz, que a la sazón estaban todos los Padres en el Capítulo que se hizo en Lis- boa: vamos a ver la monja de las llagas. Nuestro Santo dijo no iría por ninguna cosa. Di jóle el Padre Mariano: ¡Anda acá!, ¡vamos, que la quieren encerrar sus prelados! Respondió él: ya la habían de haber encerrado, que mejor fuera antes; y a mí me contó nuestro Pa- dre lo propio, diciendo que siempre lo había tenido por lo que fué. Dios nos tenga de su mano y nos junte en el cielo.
En otra información que se hizo de nuestro padre fray Juan de la Cruz por mandado de los prelados, notificó el precepto el padre fray Juan Evangelista, que era aquí prior, y escribió lo que cada una decía (1). Yo dije entonces lo que se me acordó, y ahora por ven- tura se me olvidará lo que entonces dije. Hase de entender que én la demasía ni en la falta no hay malicia sino descuido y falta de memoria. V. R., como padre, enmiende las faltas. Yo quisiera haber excusado algo de lo que ahí va, si el precepto diere lugar.
De Caravaca y noviembre, 4, de 1614.— Ana de San Alberto.
[sobrescrito]: A nuestro Padre fray Alonso de Jesús María, Provin- cial de los Descalzos Carmelitas de esta Provincia del Espíritu Santo. Adonde estuviere.
1 Es la que viene en el número anterior.
APENDICES XXII CARTA DE CATALINA DE CRISTO (1).
Jesús María.
Lo que se me ofrece que decir de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz es lo que en AVedina del Campo oí a un hermano suyo también gran santo varón, aunque seglar, de admirables virtudes y de altísima contemplación y grandes mercedes de Dios. Este santo, que así le llamaban todos, me contó algunas cosas de nuestro Padre que había algunos años era muerto y decían estar su cuerpo incorrupto y le llamaban santo. Como yo era de poca edad no me acuerdo de más que lo que aquí diré.
Contóme, como digo, esta santo hermano de nuestro Padre que yendo él acompañando una reliquia del cuerpo del santo que la lle- vaban de una parte a otra, en los puertos de Segovia se levantó una gran tempestad de manera que llevó en el aire con grande os- curidad a este hermano de nuestro santo más de un gran cuarto de legua y le puso en peligro de muerte, en el cual dió voces al santo pidiéndole, pues lo era, le librase; y díjome que milagrosamente amansó la tempestad y él se halló en parte donde pudo proseguir su camino y por milagro manifiesto de esta santa reliquia le contaba a todos.
Este hermano del Santo tenía en su poder un relicario pequeño que nuestro Padre traía consigo y se le dió a él. Este ponían a algu- nos enfermos de calenturas y otros males con fe de que era de varón tan santo, y oí "decir haber sanado muchos enfermos, y este tuve yo muchos días conmigo estando con grandes males de cabeza y opila- ciones y otros males peligrosos, que decían me iba secando; y aunque es verdad sané con una cura que entonces me hicieron, piadosamente me parece puedo atribuir esta salud al tener conmigo este relicario del Santo pues la enfermedad de que sané era tal que si no es por mi- lagro no podía sanar con sola medicina humana aunque a esta lla- me yo milagro entonces por no tener la fe que ahora tengo en los merecimientos de nuestro venerable Padre, a quien tengo por santo, y de quien he oído decir ha hecho muchas mercedes a una persona con la celestial doctrina de sus libros; aunque lee más de diez y seis años, en cada día dice verse mejorada en el ejercicio de la oración y deseos de alcanzar las virtudes para lo cual halla nuevo aliento y fervor de amor de Dios cada vez que los lee; cuya doctrina dice la ilustra el entendimiento y abrasa la voluntad, como lo experimentamos con la de los libros de nuestra A\adre Santa Teresa.
1 Ms. 12.738, fol. 1011. Autógrafa. Trató mucho esta religiosa al hermano del Santo, Francisco de Yepes, en Medina del Campo.
APENDICES 405 He oído grandes alabanzas a personas muy espirituales de la doctrina de los libros de nuestro venerable Padre, que dicen es de gran fruto para las almas, particularmente oí grandes alabanzas de ella a un santo varón de altísima contemplación y santidad, llamado Cristóbal Caro, de la Compañía de Jesús, en Medina del Campo, a quien todos llamaban santo y decían tener el más alto don de co- nocer espíritus que había en aquellos tiempos. Este llamaba a los libros de nuestro Santo doctrina divina y celestial y aconsejaba a las almas que trataba la siguiesen a las que él veía iban por aquel camino. Yo quisiera fuera el mío de un grande amor de Dios para saber decir de un varón en quien moró tan copiosamente la luz del Espíritu Santo y yo estimo en tanto. — Catalina de Cristo.
406 APENDICES XXIII CARTA DE ALGUNAS RELIGIOSAS DF S. JOSF DE AVILA (1).
Jesús.
Entre los trabajos que nuestra Santa Madre padeció en sus prin- cipios en las fundaciones primeras, no fué el menor el que los Pa- dres Calzados dieron a nuestros primeros Padres Descalzos, alcanzán- dole la mayor parte al padre fray Juan de la Cruz, que le prendieron los Padres Calzados, porque entonces estábamos sujetas a ellos; tu- viéronle preso nueve meses, sin saber nadie de él, en una celdilla muy estrecha, que apenas se podía revolver; la cama y comida era como de delincuente, que el no morir parecía milagro, que él mismo decia haber estado muy malo, y con tan gran flaqueza que había tenido la vida puesta en un hilo; que lo poco que le daban algunos días no lo podía comer, que era todo un pedazo de pan y una sardina, y algunos días no más de media, estando con accidente y calentura en los calores de Toledo, que allí le tenían preso. Tenía en este aposento una vasija para lo que s^ le ofreciese de necesidad, ha- ciendo que él por sí mismo safiese a limpiarle, siempre con guardas, volviéndole luego a encarcelar, que de esto no se descuidaban.
Al cabo de nueve meses, decía el Santo que le había dado mucha priesa Nuestra Señora que se fuese, pasando algunos días, que no sabía por dónde; mas, al fin, con la priesa que le daba su espí- ritu, se aventuró a echarse por una ventanilla, una noche, bien alta y estrecha, que decía fué mucho no se matar o quedar muy mal he- rido. Hallóse muy afligido, que cayó en un corral de unas monjas; tenia las paredes tan altas, que no sabía por dónde salir. Vióse en grande aflicción pensando le habían de coger allí; mas volviendo los ojos de aquí a un rato, vió un portillo por donde pudo salir.
Fuése al convento de nuestras Aladres de la misma ciudad; pasó por la plaza, que no pudo menos, donde las vendedoras estaban con sus luces y le baldonaron con malas palabras, hasta que le perdieron de vista. Iba sin capilla y roto, como quien había estado tanto tiem- po sin amparo de nadie. Llegó al convento dicho; estaba cerrado; vió un hombre a la puerta de su casa; pidióle le recogiese; hízolo, aunque de harta mala gana. Eran las ocho de la mañana, y no había abierto la puerta. Estaba con mucha pena, temiendo no le cogiesen sus ene- migos. Al fin, abrió y se fué al monasterio.
1 Ms. 12.738. fol. 919. Esta relación es de letra de Isabel Bautista, y las firmas son autógrafas. La más antigua de todas las firmantes es Petronila Bautista (Orejón), religiosa de mucho espíritu, natural de Avila, donde profesó en 1 568. Murió en San José, a la edad de ochenta y ocho años, el 2 de abril de 1619.
APENDICES mi Halló que la portera daba priesa que viniesen a confesar a una hermana que estaba muy mala, y a esta sazón llegó el Padre y abriéronle. Causóles admiración, porque le tenían por muerto; y vién- dole tan maltratado, se confirmaron en lo que había padecido. Fué necesario darle de comer para que pudiese confesar la enferma. Ape- nas huvo entrado en el convento, cuando le vinieron a buscar dos padres de los Calzados. Pidieron las llaves del locutorio y de la igle- sia y que les llamasen a la madre priora; y habiéndolo mirado todo, se fueron sin hablar a nadie.
La madre Ana de los Angeles, que era priora, envió a llamar un canónigo que era bienhechor de la Orden, llamado Pero González de Mendoza; pidióle le llevase a su casa, que temía se le había de morir allí. El lo hizo y le socorrió, hasta que estuvo para ponerse en camino, y en una carroza le envió a Almodóvar del Campo, a nuestro convento del Calvario, hasta que se sosegó la persecución.
Decía él que en los trabajos de su prisión no 'había sentido cosa tanto como oirías decir que esta Reforma se deshacía, que de propó- sito lo andaban diciendo donde él lo pudiese oir para desanimarle más. En todos los nueve meses no se quitó una túnica hasta que se le payó a pedazos.
Esto es lo que en esta casa se sabe por relación cierta de la madre Ana de San Bartolomé, que lo dejó escrito de su propia letra. Ella y la madre Ana de Jesús que están en Flandes son las que podrán decir muchas cosas de este Padre, que le trataron y anduvo con ellas. Lo que yo sé decir es que nuestra santa Madre Teresa de Jesús le estimaba como a varón santo de grandes virtudes y muy particular en espíritu.
Cuando nuestra Santa Madre fué por priora a la Encarnación, después de haber hecho algunas fundaciones, pidió al padre fray Juan de la Cruz y a otro religioso, que ya eran descalzos, para que la ayudasen al consuelo y aprovechamiento de las religiosas, y así decía la Santa que en particular el Padre Fray Juan de la Cruz la había ayudado mucho en todas las cosas de perfección, porque la tenía muy grande, y las traía muy consoladas y alentadas y con par- ticular aprovechamiento. En acabando nuestra santa Madre su oficio, se vino a este convento de San José y los dejó por confesores.
Otras muchas cosas hemos oído en orden a los muchos trabajos y persecuciones que padeció, mas por no estar enteradas en sus prin- cipios y medios no se dicen aquí.— Inés de Jesús.-— Isabel Bautista. — Pe- tronila Bautista.— Ana de los Angeles. — Ana de S. José.
408 APENDICES XXIV CARTA DE JUANA DE LA CRUZ Y LEONOR DE LA MISERICORDIA. (PAMPLONA, 14 DE ABRIL DE 1614) (1).
Jesús María y José.
Cumpliendo con el precepto que nuestro P. Provincial, fray Luis de la Madre de Dios, ha enviado por mandado de nuestro reverendí- simo padre general, fray José de Jesús A\aría, para que digamos las religiosas de este convento de San José de Pamplona lo que sabemos o habernos oído acerca de la vida y santidad de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, nosotras dos, que nos firmaremos en este papel, hemos renovado la memoria de las cosas que oímos de su loable vida, porque nos hizo Dios merced de gozar más tiempo que las hermanas de la compañía de nuestra bendita Madre Catalina de Cristo, la cual, por haber tomado el hábito de nuestra sagrada Reli- gión el año de mil y quinientos y setenta y dos en el convento de Medina del Campo y haber estado en él diez años, tuvo ocasión en aquella casa de hablar muchas veces a nuestro padre fray Juan de la Cruz, de cuya santidad le oímos decir que era una alma señalada y desengañada de las cosas de esta vida, muy mortificado y deseoso de padecer, que había pasado muchos trabajos con los Padres Calzados.
No nos acordamos si decía nuestra madre Catalina de Cristo que fué año o años los que estuvo preso muy apretadamente, y que muchas veces le sacaban a darle rigurosas disciplinas, vituperándole con pa- labras; y alabábale mucho nuestra madre santa, Catalina de Cristo, que todas estas contradicciones las pasó con mucha paz de alma, y que le aumentaban el amor y caridad para con aquellos Padres; y decía ella: y pagábaselo Dios tan bien, que le hacía muy señaladas merce- des en los mismos tiempos de sus trabajos; y así quedó su alma tan llena de amor de Dios, q'ie su~. palabras eran fuego encendido y se pegaba a los que le trataban. Y de ordinario, las veces que le oímos hablar de él, decía: es hombre santo y un serafín encendido. A la postre de su vida, estando nuestra A\adre muy enferma y renovando la memoria de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, dijo: El se irá a gozar del premio de sus trabajos y nuestra Religión es la que perderá una gran columna.
Una hermana, que se llamaba Catalina del Espíritu Santo, natural de Avila, hija de hábito y profesión de aquella santa casa, que tomó el hábito año de mil y quinientos y setenta y cinco, a quien nuestra santa madre fundadora Teresa de Jesús tuvo por alma santa, y se hol- 1 Ms. 12.738, fol. 927. Es de letra de la M. Juana de la Cruz.
APENDICES 409 gaba de que le ayudase a rezar el oficio divino, y decía que siempre que la tenia al lado le parecía tenía un ángel, esta religiosa llevó con las demás a la fundación de Soria, donde dejó por priora a nues- tra bendita madre Catalina de Cristo, y ella la trujo a esta fundación de Pamplona, y después la llevó a la de Barcelona, donde ahora está; es gran sierva de Dios, y particularmente resplandece en la humildad; y que esta hermana trató a nuestro padre fray Juan de la Cruz, y la oímos contar muchas veces de su loable y santa vida; y que de las muchas disciplinas que le dieron en el tiempo que le tuvieron preso, oyó decir que se le habían ulcerado o llagado las espaldas, y que con todo eso deseaba que llegasen los días u horas en que se la habían de dar. También contaba del mucho fervor que mostraba en sus pláticas.
Estando nosotras en Barcelona, estuvo allí, habrá doce años, poco más o menos, el padre fray Angel, que es muy antiguo en nuestra sagrada Religión, y el primer sacerdote de ella (ahora dicen que está en Toledo). Acudía a nuestro convento a predicar y confesarnos. A este padre le oímos decir que hacía Dios Nuestro Señor milagros por el padre fray Juan de la Cruz y que en vida los había hecho con cosas suyas; que una beata que por su devoción limpiaba los paños que le ponían en las llagas que tenía en la rodilla, solía tomar de aque- llos paños, sin lavarlos, sino como los quitaban de la llaga del Santo y los ponía a enfermos, que curaron con sólo esto, y, a lo que nos parece, fué esto en el lugar donde murió nuestro padre fray Juan de la Cruz.
En diferentes veces nos han contado nuestros Padres cosas de mucha edificación de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, y entre ellas la gran paciencia que tuvo en su enfermedad, que fué muy rigurosa, y que padeció en ella muchas descomodidades y tra- bajos.
También hemos oído a los mismos Padres de nuestra Orden, que hace Dios Nuestro Señor milagros por nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, y entre ellos lo dijo aquí el padre fray Juan de San José, natural de Viana, que era entonces prior en Manzanar; y no nombramos los otros, porque no se nos acuerda, y son muchos a los que hemos oído tienen en estimación de santo a este bendito Padre, quien ruegue por nosotras en el acatamiento de Dios.
Hase escrito esto hoy, en este convento de Pamplona, a \1 de Abril, año de 1614.— Juana de la Cruz (1).
1 A continuación se lee: "La madre Juana de la Cruz, que ha escrito esta Rela- ción, tiene cuarenta y se:s años de ecad y veinte y ocho de hábito, yo tengo sesenta y dos y treinta y dos de hábito.— Leonor de la Misericordia.
410 APENDICES XXV CARTA DE MARIA DE JESUS. (LERMA, 11 DE ABRIL DE 1614) (1).
Jesús María.
Lo que me acuerdo haber oído decir de nuestro padre fray Juan de la Cruz, paréceme lo oí a la Madre Ana de Jesús, que ahora está en Flandes y le trató mucho; es que siendo de muy poca edad tuvo llamamiento para ser religioso, y en el elegir en cuál religión lo sería, dudaba, porque deseaba serlo en la que estuviese más relajada, para hacer cuanto pudiese para reformarla, que en esto le parecía haría gran servicio a Nuestro Señor, y así andaba tratando en unos y otros conventos para ver cuál lo estaba más; y como en el pueblo donde él estaba se fundó en aquella sazón un convento del Carmen, y con ocasión de no estar aún bien asentado debía ver algunos desconciertos, le pareció que aquello era lo que buscaba, y allí tomó el hábito; aun- que después, o por ver que no podía contrastar aquello, o por no haberle dado Nuestro Señor luz de cómo se había de reformar ya cuando nuestra Santa Madre Teresa de Jesús tuvo noticia de él, tra- taba de pasarse a los Cartujos. Comenzó una vida de gran penitencia y mucha oración y gran rectitud en la observancia de la regla, y así, aunque era de tan poca edad, aun los más antiguos le respetaban y se guardaban de hacer faltas delante de él, y si estaban hablando unos con otros cuando no era lícito, en viéndole de lejos, decían: que viene fray Juan, y se iban, Tenía una celda que tenía una ven- tanilla a la iglesia donde pasaba gran parte de las noches en ora- ción y por esta ventana tuvo indicios de que se trataba de hacer una ofensa grave a Nuestro Señor, y fuese al religioso que era sa- bedor de esto; y con ser él muy mozo y el otro religioso de edad y que tenía oficio de confianza en el convento, le reprendió con im- perio y le dijo que luego allí delante de él quitase la ocasión, si no que lo iría a decir al prior; y así se hizo, que luego el otro la quitó. Entre otros trabajos que padeció cuando se trataDa de la separación de la provincia de los Descalzos le tuvieron los Padres Calzados mucho tiempo— paréceme que fué ocho meses— en una cárcel muy estrecha, donde padecía grandes penalidades, y muy a menudo le sacaban al refectorio para darle disciplinas, no me acuerdo bien si cada tercer..., o poco más o menos; y la comida y lodo lo demás con gran aspereza. Tuvo un religioso lástima de él, y dió traza de que quedase una noche abierta la cárcel y se...se el salió, y co- menzó a andar por unos tejados...de uno en otro bajar a la calle.
1 Ms. 12.738, fot. 911. Autógrafa de la M. María de Jesús, carmelita de Lenna.
APENDICES 411 y, como era noche, no vio bien adonde bajaba y echóse en un corral o huerta de unas monjas; y como en habiendo alguna luz reconoció donde estaba, fué grande su aflicción; y púsose en oración, y asi como estaba, sin saber cómo, se halló en la calle.
Yendo un camino de noche, cayó de un alto despeñadero, y sin- tió que en el aire le tuvieron de manera que pudo él, asiéndose a algunas matas, volver arriba. Aquella misma hora esta'ba la madre Ana de Jesús en oración, y de improviso se le representó que estaba el padre fray Juan de la Cruz en un gran peligro, y con mucho afecto le encomendó a Dios. Llegó el Padre de ahí a pocos días donde ella estaba y le preguntó cómo le había ido en aquel camino; si se había visto en algún trabajo o peligro. El respondió: ¿por qué lo dice? Dijole ella lo que se le había ofrecido en la oración, y el dia y la hora que era. El dijo: ¿luego ella era la que me tuvo?, y contóle lo que le había pasado, y esto lo oyó a la misma madre Ana de Jesús.
También oí decir, y no me acuerdo a quién, que tratando el di- cho Padre del aprovechamiento espiritual de una religiosa de otra Orden, iba algunas veces a confesarla, y queriendo el demonio me- ter aquí su cizaña, tomó la figura y hábito del padre fray Juan, y fué al convento a preguntar por la religiosa y se la llamaron; y es tando con ella en el confesonario o locutorio, vino el oadre fray Juan a pedir que se la llamasen; y como la portera le dijese ¿cuán- to ha que V. R. vino a que la llame, y ella fué al locutorio? El entendió el caso y entró y halló al demonio hablando con ella; y tengo tan mala memoria que no me acuerdo bien lo demás que pasó. Paréceme que le mandó dijese quién era, porque la religiosa no creyese lo que le hubiese dicho (1).
También oi decir que cuando escribió un libro en que declara al- gunos lugares de los Cantares, trataba con tanta reverencia de aque- lla materia, que todo lo escribió de rodillas.