En nuestro convento de Segovia oí decir que había dicho a la madre Priora de aquel convento que tuviese cuidado con una reli- giosa, que vendría a faltarle el juicio, como en efecto fué; y esto debió de ser más de diez años antes que le faltase. No me acuerdo propiamente las palabras con que se lo dijo. También oí decir, que ya al cabo de su vida estaba muy enfermo, y entre otras enferme- dades que tenía, era unas llagas y el cirujano llevó alguna vez de los paños que quitaba de ellas y con ellos sanó a otros enfemos, po- niéndoselos. Comúnmente casi siempre que he oído hablar del Padre, ha sido con mucha estima de su gran virtud y religión, y 'tunca he oído de él cosa que desdiga de esto.
Y así lo firmo hoy, 11 de Abril de 1614, en este convento de la Madre de Dios de Lerma.— María de Jesús.
1 Este caso ocurrió en las Agustinas de Avila.
412 APENDICES XXVI CAUTA DE MARIA DEL SACRAMENTO. (CARAVACA, 7 DE NOVIEMBRE DE 1614) (1) Jesús María.
Para cumplir lo que V. R. manda en el precepto que nos es pues- to que digamos lo que supiéremos de las virtudes de nuestro padre fray Juan de la Cruz digo: que desde la primera vez que vino a esta tierra siendo rector de Baeza, que ha más de treinta y cuatro años, conocimos en él las demás y yo muy gran santidad, un espíritu muy levantado en cosas de Dios, con particular don de oración, que lo tenía también para encaminar las almas a ella.
Oíle decir entonces que algunos días dejaba de decir misa por evi- tar el peso de la devoción y que le salía este intento de otra manera de lo que él pensaba, porque entonces eran muy mayores las miseri- cordias que Dios le hacía, y dijo por donaire a este propósito: es Nuestro Señor un moledor, dando a entender cuán grandes son las mercedes que Su Majestad hace a quien se comunita.
Lo que se le ofreció padecer lo llevó con tanta paciencia y per- fección como verdadero santo, por haber sido el primero que se pasó de la Orden mitigada a la primitiva. Habiéndolo a la mano los Pa- dres Calzados, le hicieron muy malos tratamientos, metiéndolo en una mala carcelilla, adonde no alcanzaba luz para rezar el Oficio divino, sino estando en pie subido en una piedra. De allí le llevaban a re- tectorio para darle disciplinas, después que no lo pudieron reducir a su propósito con ningunos medios. Dejando la puerta de la cár- cel abierta, procuró volverse a los Descalzos con harto peligro de su vida, pasando por portillos y paredes. Díjonos que en aquella carcelilla había compuesto lo que escribió sobre el libro de los Cantares y de la Santísima Trinidad y el Salmo Super Ilumina Babi- lonis, sintiendo mucho los trabajos del P. Gracián, como era razón de que él también participaba de ellos.
Poco antes que le quitaran el hábito, escribió a la madre Ana de San Alberto, que vive en este convento diciendo: hija, estos tiempos ha permitido Dios para prueba de sus escogidos. En silencio y espe- ranza será nuestra fortaleza. Al Padre fray Agustín de los Reyes, que fué Provincial de Andalucía, que es ya muerto, le oí decir estas pa- labras: Admírame que los trapos que arrojaban de las materias con que curaban el pie al padre fray Juan de la Cruz hagan mila- gros, y por otra parte saber las persecuciones que le procuraban, que eran peores que las del Padre Gracián, porque las he visto yo. Estas son las mismas palabras del dicho Padre.
(1) Ms. 12.738, fol. 1.201. Autógrafa.
APENDICES 413 AI reverendo padre fray Gabriel de Cristo, que al presente es provincial de Andalucía, la otra vez que tuvo el mismo oficio le oí decir sobre la paciencia y obediencia de nuestro bendito Padre, que estando en Ubeda al principio de la enfermedad de que murió, no sintiéndose para poder ir al refectorio, envió a pedir licencia al Prior, y no se la quiso dar, y con rigor le envió a mandar que fuese, y él con toda humildad obedeció y fué, habiendo sido este Prior su subdito y recibido del bendito Padre harta caridad. Al mis- mo Padre Provincial oí decir que nuestro padre fray Juan había mostrado tener espíritu de profecía en una cosa que había dicho, que haciendo un camino de prisa le preguntaron la causa de ello, y res- pondió: que iba a estorbar la profesión de un sujeto que había de in- quietar la Religión. De que llegó estaba ya hecha la profesión, y la experiencia ha mostrado cuánta verdad dijo.
También oí decir a uno de nuestros religiosos, que me parece era el padre fray Cristóbal de San Alberto, que murió prior de Man- zanares, que estando nuestro Padre en Portugal cuando la monja de la Anunciada era tenida en tanta estimación por la opinión de santidad que de ella tenían todos, le dijeron algunos de los religiosos que la fuera a ver. El dijo que no quería. Replicó el Padre Mariano: ¡Anda, ve a verla, que la quieren encerrar sus prelados! Respondió el ben- dito Padre; ya la habían de haber encerrado, que Dios ha de descubrir estas bellaquerías, como se vió y sucedió así.
También oí a este mismo religioso, que la noche que murió, preguntando qué hora sería, y diciendo allí la que era, dijo él: los maitines al cielo los iremos a decir, y así expiró antes de las doce.
Estando aquí, siendo provincial, diciendo misa en nuestra iglesia, lo vió la dicha Ana de San Alberto cercado de una gran luz; y di- ciéndole ella después cómo se había detenido tanto en aquella misa, dijo él: ¿por qué lo dice, mi hija?; y dándole ella cuenta de lo que había pasado, dijo él: mucha merced me ha hecho Nuestro Señor, que si El no proveyera, no lo pudiera recibir. Díjome: dile a la priora que procure que se haga aquí un convento de frailes Descalzos, que me tengo yo de servir mucho de ello, que yo la ayudaré; y así lo cumplió Su Majestad, que luego movió a un santo clérigo que acudió con muy buena limosna para comprar el sitio; y en todo lo que podía los favoreció, y la Madre Ana de San Alberto, que era la priora, con las demás de este convento, les dieron doscientos ducados, aunque te- níamos mucho por obrar, que era harto necesario.
Y habiendo yo oído alguna palabra cómo era voluntad de Dios aquella fundación, persuadí a la dicha madre me ciijese en particular lo que en esto había habido y ella sabía, y me contó esto que va escrito.
Al muy reverendo padre fray Bernardo de la Concepción, que ha sido dos veces provincial de Andalucía, oí decir que en Málaga, en el convento de nuestras Descalzas, estaba con muy poca salud la her- mana Mencía de San Luis, y que tocándole una reliquia de la carne de nuestro padre fray Juan de la Cruz, que lleva su reverencia, ha- bía estado buena.
En la enfermedad de que nuestro Padre murió, prestó una señora APENDICES unas sábanas y pidió que no se las volviesen lavadas; y así sucias como se las llevaron, las cogió y alzó en su arca por reliquia, y des- pués había sanado con ellas a su marido estando enfermo. Esto oí decir a uno de nuestros religiosos, que entiendo era el padre fray Agustín de San José, que ha sido aquí dos veces prior. También es muy sabida la estima en que nuestra beata Madre Teresa de Jesús lo tenía. Como él, con aquella llaneza del cielo que tenía, a las pre- ladas que lo comunicaban y escribían las llamase hijas, y a nuestra Beata Madre escribiese con todo respeto, le escribió ella diciendo: Padre, y a mí ¿por qué no me llama hija?, mostrando que gustara ser tratada de él como tal.
Ahora se me acuerda una palabra de doctrina suya que le oí digna de tener siempre delante los ojos: Mal empleado el menor cuidado del alma fuera de Dios.
Su Majestad guarde a V. R. muchos años para que le haga se- mejantes servicios en procurar la honra de sus siervos, que también la merecen. De Caravaca, de este convento del glorioso San José de Carmelitas descalzas, 7 de noviembre de 1611.— María del Sacramento.
[sobrescrito]: A nuestro Padre fray Alonso de Jesús María, provin cial de los Carmelitas descalzos de la Provincia del Espíritu Santo, guarde Nuestro Señor APENDICES «15 XXVII CARTA DE FR. DIEGO DE LA ENCARNACION. (SECOVIA, 26 DE ABRIL DE 1614) (1).
Jesús María.
En cumplimiento del precepto que nuestro padre Provincial, fray Luis de la Madre de Dios, ha puesto para que declare lo que sé acerca de la virtud y santidad del padre íray Juan de la Cruz, el primero que tomó nuestro hábito de Descalzos, digo lo primero.
Que en treinta y seis años que ha que soy religioso, poco más o menos, siempre vi que el dicho Padre ha sido tenido y estimado en toda la Religión por uno de los religiosos más santos, ejemplares y virtuosos que en ella ha habido, y aunque dijera absolutamente por el más santo no me alargara. Fué un dechado muy acabado en todo género de virtudes, en especial en la virtud de la caridad para con los prójimos, acudiendo a todas las necesidades que se les ofre- cían, así espirituales como corporales, con toda solicitud y cuidado, según su estado y profesión le daba lugar a ello; y particularmente a las de sus súbditos, a quien de tal manera amaba y acudía á lodo lo que les convenía, que juntamente corregía y enmendaba sus faltas y animaba y persuadía a la mayor observancia de la ley de Dios y de los votos esenciales y de la Regla y Constituciones de la Religión; y con ser muy riguroso y menudo en esto, con todo eso era en extremo amado de sus súbditos, de tal manera que el que una vez gustaba de su compañía, siempre la procuraba.
Fué religioso de admirable oración y contemplación y creo la más alta y acendrada que en otro se ha visto en nuestros tiempos, como dan testimonio de elio algunos tratados de esta virtud que para nuestra edificación y doctrina dejó escritos, como es uno que se intitula Subida del Monte Carmelo, y otro que llaman la Noche Oscura del alma, etc., de los cuales se colige cómo llegó este siervo de Dios al más alto grado de oración y contemplación que un alma puede llegar en esta vida.
De estos tratados también se saca la grande mortificación, así exterior como interior que tuvo, y la gran aniquilación y desprecio de sí mismo, junto con la extremada pobreza de espíritu que al pa- recer no puede crecer más en un alma mientras vive en esta vida.
Sácase también cuán gran maestro fué de espíritu como tan ex- perimentado en él; y asi tuvo don de discernir espíritus y de dar luz y guiar almas que por aquí caminaban; y así 'acudían a él de muchas partes y se regían y gobernaban por su parecer, teniéndole 1 Ms. 12.738, fol. 889. Autógrafa.
416 APENDICES y estimándole como oráculo divino. Fué gran penítentte, no contentán- dose con hacer lo que acerca de esto manda nuestra Regla y Consti- tuciones, que es harto, sino con añadir otras muchas, etc.
Pero en lo que más resplandeció, fué en la virtud de la paciencia, padeciendo muchas y muy graves persecuciones inocentemente, lleván- dolas con mucha conformidad y resignación en la voluntad de Dios, sin volver por sí, ni disculparse, ni quejarse de los que le perse- guían, padeciendo también gravísimas enfermedades e incomodidades del cuerpo. Muy largo proceso haría si por menudo hubiera de re- ferir sus virtudes, lo cual dejo a otros.
No quiero callar una cosa, aunque harto menuda, por ser tes- tigo de vista y haberme edificado de ella harto. Siendo este Padre definidor de la Orden liego un día después de dichas completas a un convento donde yo estaba, y llegó harto cansado y necesitado de algún alivio y refrigerio, porque hacía también gran calor. Los re- ligiosos fueron a recibir de él la bendición, como padre de todos y superior en la Orden; al prior de aquel convento le dió escrúpulo de que se hablase con él dichas completas, y, algo alterado, comenzó a decir delante de él que no lo había de consentir, séase quien fuese el que había venido, etc. El padre fray Juan de la Cruz, sin hablarle palabra ni mostrar sentimiento alguno, antes ni después, se fué a recoger, siendo entonces él superior al prior, por ser definidor, y haciendo poco tiempo que el dicho prior había dejado de ser su novicio.
Después de haber sido el dicho Padre prelado en nuestro convento de Segovia, fui yo al mismo convento por prelado, donde hallé harto que imitar en lo que con su ejemplo y virtud dejó edificado en vir- tud y buenas costumbres, no sólo en el convento, sino también en los seglares que le habían tratado, porque no trataba con nadie que no quedase muy prendado de lo mucho bueno que en él se echaba de ver, y no quedase encendido en amor de Dios y deseo de servirle; mas que parece que este Padre era una hacha encendida que no so- lamente encendía los corazones con quien trataba, sino que también los disponía para que se abrasasen.
Vi en el dicho convento su cuerpo puesto en lugar eminente y con mucha decencia, y que no solamente eran reverenciadas de los religiosos de aquel convento, sino de los demás de la Religión, y aun de los seglares; los cuales con gran diligencia las procuraban para traerlas consigo en sus relicarios, teniendo al dicho Padre por santo, y como a tal se encomendaban a él en sus necesidades; y así por el cuerpo como por las reliquias de él ha hecho Nuestro Señor muchos milagros, de los cuales darán testimonio más en particular otros.
Todo lo dicho es notorio y pública voz y fama, no sólo en la Religión, sino también entre los seculares; y esto digo en cumplimien- to de este precepto, y lo firmé en 26 de Abril, 1611.— Fr, Diego de la Encamación.
APENDICES 417 XXVIII CARTA DEL PADRE ALONSO DE LA MADRE DE DIOS. (lIBEDA, 10 DE SEPTIEM- BRE DE 1615) (1).
Jesús María.
Padre mío: la de V. R. recibí y me huelgo se hagan estas di- ligencias por mi padre fray Juan de la Cruz, cuya vida y virtudes fué admirable. Sobre que yo he dicho ya dos o tres veces, y están los papeles en poder del padre fray José, el que imprimió el libro de la castidad, de adonde los podrá V. R., padre mío, sacar, que son muy buenos, porque no solamente atestiguan de la vida, que le traté algunos años, sino también de su buena muerte y de toda la enfer- medad que le precedió, porque a todo estuve presente; en que tam- bién van muchos milagros que Muestro Señor ha hecho por el Santo después de muerto, auténticos y probados por el vicario del Obispo y su notario, y otros por la justicia seglar.
Ahora tengo tres o cuatro menos, de que lo más breve que pu- diere se tomará testimonio, y los enviaré a V. R., a quien vuelvo a suplicar no se olvide pedir los que tiene el Padre José, porque son muchos y buenos. El que V. R. dice de la paloma, no sé, debe ser patraña; porque yo fui el que traje desde Pastrana a esta casa la parte del cuerpo que allí me entregaron del padre fray Juan de la Cruz, como a socio de la Provincia y prior que venía electo para aquí (2), y lo entregué con solemnidad, hallándose en forma a su recibi- miento, en que se hicieron tres solemnes autos: cuando notifiqué su llegada; otro cuando se abrieron las cajas y mostré los testimonios de que era él; y otro cuando habiendo hecho al lado del altar ma- yor en la pared la concavidad que fué menester para que cupiese una caja, que también de nuevo se hizo, en que se encerraron las reliquias con dos llaves. La una tiene este convento, y la otra la dicha ciudad; y delante de esta caja se puso una reja dorada, cerrada con otra llave, que también tiene este convento; y desde que aquí se encerró hasta ahora, que ha ocho años y medio, no he oído (ni antes lo ha- bía oído) este caso de la paloma, ni por acá hay noticia, con haberla muy grande de otros que allá hemos enviado y cada día va Nuestro Señor haciendo por medio de un pie del Santo que teníamos antes que 1 Ms. 12.738, folio 897. Es toda de letra del P. Alonso de la Madre de Dios, venerable religioso de la Provincia del Santo Angel, de Andalucía, que sostuvo bas- tante correspondencia con los padres José de Jesús María y Jerónimo de San José.
2 Fué electo prior de Ubeda en el capitulo general que se celebró en el mes de mayo de 1607, en la villa de Pastrana.
27 APENDICES nos trajeran lo que está en la dicha caja, que es un brazo y una pierna. Por este pie es aquí conocido el Santo, y todos los enfermos y las mujeres que quieren parir lo piden con mucha fe de que Dios les ha de hacer merced por él. Yo, como tengo dicho, enviaré a V. R. lo que hay ahora de nuevo. En el entretanto, suplico a V. R. se sirva de encomendarme a Nuestro Señor, el cual guarde a V. R. muchos años, para que se emplee en tan buenas obras.
Ubeda y Setiembre, 10 de 1615.— Fr. Alonso de la Madre de Dios.
APENDICES 419 XXIX CARTA DE PH. FERNANDO DE LA CRUZ (1).
Estando en Granada habrá doce años o trece, siendo prior del convento de los Santos Alártires el padre fray Juan de la Cruz, el santo, en año y medio no le vi hacer imperfección ni cosa alguna que desdijese de verdadero y perfecto siervo de Nuestro Señor. Un siervo de Dios, muy devoto y familiar suyo, lo hizo retratar sin que él supiese cosa alguna de esto; porque un día, estando en oración, le estuvo mirando el pinlor y así lo retrató después a solas, sin que nadie lo supiese sino el que se lo había mandado. Después el padre fray Juan supo por cosa cierta que estaba retratado y le pesó muy mu- cho y tuvo de ello grande sentimiento.
En este mismo tiempo vi unos calzones hecho de tomiza con gran- des nudos, que mirarlos ponía grima, y éstos llevaba puestos yendo camino; y el padre fray Juan Evangelista se los quitó algunas veces por grandes ruegos, y yo los tuve en mis manos muchas veces.
Estas cosas son las más particulares que yo del padre fray Juan de la Cruz sé...(2). — Fr. Fernando de la Cruz.
1 Ms. 12.738. fol. 987. Autógrafa.
2 Lo restante de esta carta no pertenece al Santo.
920 APENDICES XXX CARTA DE FR. BERNARDO DE LOS REYES. ( VELE Z-M ALAGA, 10 DE ABRIL DE 1614) (1).
Jesús.
Para cumplimiento de un precepto que nuestro padre fray Gabriel de Cristo, provincial de la Provincia de nuestro Padre San Angelo de Carmelitas Descalzos, puso para que cada religioso diga lo que supiere acerca de la vida y santidad del padre fray Juan de la Cruz, reli- gioso de la dicha Orden, digo que le conocí siendo yo seglar y des- pués de fraile mucho tiempo y fui subdito alguno de él, y en todo el discurso desde dicho tiempo oí siempre decir a todos mucho bien de su virtud y santidad, y en todas las ocasiones que se ha ofrecido hablar del dicho Padre no me acuerdo haber oído otra cosa que ala- banzas suyas de grandes virtudes conocidas, y esto así en su vida como después de muerto; y oí decir que sus reliquias hacen milagros, y he visto traer así huesos suyos como cosas de ropa por reliquias, ve- nerándolas como de hombre santo; y en el común, así de frailes como de seglares, sé que está estimado y venerado por tal.
Lo que yo vi en todo el tiempo que le traté, fué una santidad lla- na, lisa y sin melindres, un hablar de espíritu con tanta facilidad, que parecía se lo hallaba todo dicho; y para esto no había menester materia, sino de cualquier cósica y de una niñería las levantaba tanto de punto, que nos suspendía a todos, y le oíamos con tanto gusto que no acertaba ninguno a hablar mientras él hablaba. Esto hacía muchas veces en las recreaciones. No le conocí en todo el tiempo que le traté cosa que fuese digna de reprensión, ni le vi imperfección conocida; era grandemente caritativo y particularmente con los enfermos; era muy compasivo con todos; tenía una prudencia rara y un modo de gobernar suavísimo; tenía don de conocer espíritus. Estando en Lis- boa en un capítulo general, hallándome yo presente, vi ir a todos los religiosos en diversos días a ver la monja que tenía las llagas y hacer grandes diligencias, así por verla como por alcanzar algunas reliquias suyas; porque su fama era, así de letrados como de gente espiritual, muy grande; y al dicho Padre fray Juan de la Cruz no fué posible persuadirle la fuese a ver ni aprobar tal espíritu de mujer, antes le oí decir que no hacían bien los religiosos que de casa la iban a ver. He oído decir que al tiempo de nuestra fundación le persiguieron mucho los Padres Calzados, y entre nosotros sé que ha tenido grandes contradicciones, particularmente poco antes que muriese, y esto es lo que sé, y así lo firmo de mi nombre en Vélez, en 10 de Abril de 1614.— Fr. Bernardo de los Reyes.
1 Ms. 12.738, fol. 1.029. Autógrafa.
APENDICES 421 XXXI CARTA DE FR. MARTIN DE LA ASUNCION. (BAEZA, 26 DE ABRIL DE 1614) (1).
Habiéndome notificado un precepto de nuestro Padre Provincial, que mandaba a todos los religiosos que dijesen lo que supiesen acer- ca de la virtud y santidad del padre fray Juan de la Cruz, digo que yo le conocí y traté algunos días, y que era un religioso de mucha caridad y oración y muy afable, con mucha gravedad religiosa y muy observante de la guarda de nuestra santa Religión y muy amigo de que siempre se tratase cosas de Nuestro Señor, y que era de suerte que las horas de recreación que estaba salían los religiosos con tanto espíritu como de la oración, por las cosas que decía tan altas y "tan llenas de amor de Dios.
Era muy penitente con grande disimulo, y le vi muchas noches tener muy largas disciplinas trasordinarias con mucho rigor; y un día viniendo de Córdoba el padre fray Juan de la Cruz y un hermano, ;ue se llamaba fray Pedro de la Madre de Dios, donado de nuestra santa Religión, que andaba con el padre fray Juan de la Cruz, porque era en aquella ocasión vicario provincial de esta Provincia, llegando los tres a un rio que se llamaba el Salado, que está abajo de la villa de Porcuna, dió a correr el H.o Pedro una cuesta abajo, y co- rrido como iba se le quebró la pierna derecha y se cayó allí luego como muerto; y riyéndome yo de la caída, antes que llegásemos los dos me dijo el padre fray Juan: no se ría, que se ha hecho mucho mai nuestro hermano; y llegando donde estaba, nos apeamos y tenía ¡a pierna como una caña cascada, y salidos dos huesos, aunque no rompida la carne; y el padre fray Juan lo curó allí y le subimos en una de las cabalgaduras, y llegando a una venta que está cabe Los Villares, parando allí a comer, le dijo el padre fray Juan de la Cruz: aguarde, hermano, lo apearemos de esa cabalgadura, porque no se lastime; y respondió el hermano Pedro*: ya vengo bueno, que no me duele nada, y se apeó sano y bueno, como si no hubiera habido tal. Y diciendo yo, éste es milagro, me mandó a mí y al hermano Pedro que no lo dijésemos a nadie, en obediencia, y nos quería poner precepto para ello, diciendo que no eran cosas para decir en vida.
Y estando en esta ciudad de Baeza el dicho Padre, habiendo una en- fermedad muy grande, que moría mucha gente, habiendo en casa de mis padres dieciséis enfermos, los once oleados y los demás muy malos, fuimos los dos allá a casa de mis padres, y el padre fray Juan de la Cruz los fué visitando a todos, y viéndome a mí que estaba con pena me dijo: no tenga pena, que de todos los dieciséis que están 1 Ms. 12.738, fol. 1.047. Autógrafa.
¿122 APENDICES en la cama no ha de morir ninguno de esta enfermedad, porque asi me lo han dicho; e importunándole yo que quién se lo había dicho, me respondió: que quien lo podía hacer, y así fué que no murió nin- guno de ellos en aquellos seis años.
Estando en el convento de la Peñuela en tiempo de otoño, se armó un fuego muy grande en que se quemó todos aquellos valles; y es- tando ya tan cercados del fuego, pidieron los religiosos que allí es- taban, que los confesase y los diese el Santísimo Sacramento para morir, porque ya no sentían remedio ninguno, y así los confesó y comulgó; y pidiéndole los frailes que allí estaban que consumiese el Santísimo Sacramento, respondió: eso no haré yo, que El nos ha de librar; y llegando ya la lumbre a la barda de la casa, que pa- recía que ya ardía toda la casa, se puso de rodillas delante del Santísi- mo Sacramento, y dijo: Señor, ¿a qué esto?; y si son mis pecados, pa- gue yo y no estos siervos de Dios, y dió un suspiro muy grande, y nun- ca se vió más lumbre sino apartada de la casa, de que se admiraron to- dos los que en La Manchuela [estaban], y el hermano fray Cristóbal de San Alberto, que ya murió, y yo; de los demás que estaban allí no me acuerdo.
Viviendo yo en el convento de Ubeda, oí decir que había caído un niño de un caballero, que no me acuerdo cómo se decía, de un co- rredor muy alto, y vinieron al convento nuestro por un pie que había del padre fray Juan de la Cruz para ponérselo al niño, porque se había abierto la cabeza, y lo llevaron-, y luego que se lo pusieron quedó sano y bueno; y esto fué muy público en toda la ciudad de Ubeda, y otros muchos milagros se podrán averiguar en la ciudad de Ubeda.
Viviendo en el convento de La Manchuela, pasando un carro por una calle, atropello a un niño de ocho años y le hizo salir los sesos por un oído, y el padre fray Pedro de San Andrés, que era prior de aquella casa, tenía un dedo del padre fray Juan de la Cruz y lo llevó adonde estaba el niño y se lo puso y luego sanó, de lo cual se admiraron muchos, porque fué público; y otros muchos milagros que hizo en la villa de La Manchuela, porque lo llevaban a muchos enfermos, y no había parida ni enfermo que no viniesen luego por la reliquia del Santo.