SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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Estando en Ubeda oí decir a don Bartolomé de Ortega y a su mujer doña Felipa de Carvajal, que había hecho un milagro muy gran- de la reliquia del santo fray Juan de la Cruz. Que estando un hijo suyo muerto y amortajado, le habían puesto el pie del santo fray Juan, y que luego había estado bueno, y esto es público en Ubeda; y también oí decir al cirujano que lo curó de la enfermedad que murió, que las vendas que había llevado de las llagas del padre fray Juan las tenía en tanto, que no las daría por ningún dinero, porque había visto grandes milagros hechos por ellas, y entendía que le hacía Nuestro Señor grandes mercedes por tenerlas en su casa.

El padre fray Juan de la Cruz era tan humilde y tan amigo de la pobreza, que le vi yo algunas veces ir a la ropería siendo pre- lado y tomar la ropa más rota que había en la ropería, y decirme a mi que le diese la suya a quien se la quitaba la vieja; y era tan ji pendí cas 425 ji pendí cas 425 humilde, que cuando estaban en el refectorio, siendo prelado, se le- vantaba e iba al pulpito y leía con mucha humildad, y siempre pedía oración por los que le perseguían; y decía que no lo hacía sino porque no hiciesen ofensas a Dios, que él todo lo que dijesen cabía en él, y esto se lo oí decir hartas veces; y esto es lo que sé acerca de lo que se pide, y lo firmé de mi nombre, fecho en Baeza, a 26 de abril de 1611.— Fr. Martín de la Asunción.

APENDICES CAITA AUTOGRAFA DE CATALIXA DF S. 1LBERTO ACERCA DEL 9INTO (1).

Jesús, María, José.

Por haberme mandado esto por un precepto de nuestro P. Pro- vincial, que ya otras dos veces lo tengo escrito, mis padres trataron muy familiarmente con nuestro santo padre fray Juan de la Cruz, y estando en este Convento desta ciudad enfermo, se lavaba en casa la ropa y paños, todos los que fueron necesarios para su enfermedad, que los traían como si los hubieran entrado en una fuente de materia; y estos paños traían un olor celestial, que con ser de suyo las ma- terias asquerosas, daban nuevo aliento en lavarlos yo, ni mi madre no los fiaba sino de sus hijas; y en este mismo tiempo se ¡e hizo a un religioso una posterna en las espaldas y juntaron los paños con los de nuestro santo padre fray Juan de Va Cruz, y así como los vido una hermana mía, dijo: o nuestro Padre se quiere morir, o estos paños no son suyos, por la diferencia que hacían en el mal olor, como en lo demás. Y fué a misa al convento, y se informó de quiéíi eran los paños que se diferenciaban en el mal olor, y se espantaron nuestros religiosos que se hubiesen conocido entre los de nuestro Pa- dre, que eran muchos.

A mi padre le dio una isípula (2) en el brazo izquierdo, que dijo el médico que si lo apretaba un poco más muriera de ella, y con solas las vendas y paños que se pusieron de nuestro padre fray Juan de la Cruz, sanó; y a otras muchas personas que dió mi madre estos paños y vendas sanaban de dolores; y una mujer que había tres años que tenía dolor de cabeza y a la fama que había en este lugar de la salud que daban los paños de nuestro santo Padre, fu¿ esta mujer a pedir, y la enviaron a casa de mi padre, y le dió mi madre una almohadica y una venda de las que servían en su santo pie, y pidiéndole con encarecimiento que lo volviera, vino después de quince días y dijo que ya estaba buena, mas que por amor de Dios se los dejasen. Una señora amiga mía, que al presente reside en Jaén, que se llama D.a Ana de Ceballos, tenía mucho dolor de muelas, que no podía reposar en toda la noche; y acordándose que tenía una escofieta que le había dado el padre fray Mateo del Santísimo Sacramento, me dijo otro día que estaba sin ningún dolor. Y así, en razón de los 1 Ms. 8.568, p. 271. Es autógrafa. De esta religiosa dice el P. Fernando en su Dicho de Ubeda (1627), en la pregunta veintitrés, hablando del buen olor que despe- dían las vendas del Santo: "lo dijeron y publicaron infinitas veces Maria de Molina, mujer de Fernando Díaz, y sus dos hijas Catalina de San Alberto, monja carmelita descalza, e Inés de Salazar, religiosa beata, las cuales por la devoción grande que te- nían al Santo, por su grande virtud y santidad, le lavaban las vendas con mucho cuidado y devoción." (Cfr. B M C, t. H. p. 337).

2 Erisipela.

APENDICES 423 paños y vendas se vieron muchos milagros que si se miraran con curiosidad se pudiera escribir muy mucho. Una niña se quebró un brazo y se lo adobaron, criada de la señora D.a Hierónima Carvajal, que con la devoción que tenia al Santo, le puso un paño, y dentro de tres días estuvo buena la niña, A mi me sucedió siendo novicia, que se me hizo en el estómago una postema y queriéndola ocultar de mi maestra, me apretó un dia mucho que me obligó a decírselo»; y ro- gándole yo que no lo dijese a nuestra madre Priora, que yo pasaría mi mal lo mejor que pudiese, y mi maestra lo dijo luego para que me curasen a excusas de mí; y aquella noche fué nuestra madre Ana de la Encarnación, que era la priora, al noviciado y me mandó acostar, que no tuve poca mortificación para mí de que se hubiese descubierto lo que yo tan bien guardaba; y me pidió una escofieta que yo tenia de nuestro santo Padre y con ella me hizo la señal de la Cruz y me la puso, y se me quitó luego sin otro medicamento ninguno; y otras muchas cosas que me sucedieron, que no son para ponerlas aquí. Sien- do seglar, había muchos días que traía calentura, y llegándome un día a su sepulcro, como lo tenía de costumbre todas las veces que iba a nuestro convento a misa, se me quitó la calentura y quedé buena; y como Nuestro Señor me dió deseos de ser monja, y no se me con- certaba, le envié a decir con una persona devota que hasta cuándo me había yo de estar sin ser monja, que por qué no se lo pedía su Reverencia a Nuestro Señor; y me respondió: que de cuanto Nues- tro Señor me había esperado a mí que no era mucho que esperase yo a Nuestro Señor tres años; y fué cierto que se cumplió asi como lo dijo el Santo, y la persona que me trajo esta respuesta es ahora religioso nuestro, y se llama fray Pedro de San losé, quien sabe muchas cosas de Nuestro santo Padre. Este mismo religioso y mi padre le llevaron unos niños músicos que cantaban bien para que le dieran un rato de recreación, y así como empezaron a cantar, hizo llamar al enfermero que les diese de merendar, y preguntado por ios mismos que los había llevado, por qué los despedía Su Reverencia tan presto, respondió: Porque Nuestro Señor no diga que con cosas de la tierra quiero olvidar los dolores que Su A\ajestad me da, y así que- daron muy edificados los que le llevaron la música.

Muchos religiosos me dijeron que tenía espíritu de profecía, que viniendo a La Peñuela quedaba muy desconsolada doña Ana de Pe- ñalosa, que era su hija, y le dijo: No tenga pena, que Vuestra A\erced me traerá, y asi se cumplió, que dos veces envió por su santo cuerpo: la primera, siendo el padre fray Francisco Crisóstomo prior, después de ocho meses que estaba el santo cuerpo enterrado, y me dijeron que después de media noche, cuando el convento estaba recogido, ha- bía hecho el P. Prior desenterrarlo al padre fray Mateo del Santí- simo Sacramento y al padre fray Miguel de Jesús, que entonces era hermano lego y sacristán de esta casa, y me dijeron que cuando sacaron el santo cuerpo, que se estaba tan fresco, que les causó mucha alegría y novedad; que el P. Prior le cortó el dedo con que escribía, y le salió sangre, y me dieron un pañito manchado de la sangre que!e salió y me dijeron que de las llagas había salido tanta materia y sangre como cuando estaba vivo; y el P. Prior, viendo estas maravillas, le 436 APENDICES mandó volver luego a la sepultura, y el día siguiente hizo que se pro- curasen dos fanegas de cal y se las echó al santo cuerpo, y esto se hizo con muy gran secreto, pareciéndole al P. Prior que con el dedo que daba se contentaría nuestro P. General, y que las reliquias que- daban seguras en esta ciudad. En la noche que murió se vieron mu- chas cosas, donde se verificó bien el ser santo, que leyéndole el pa- dre Prior la recomendación del alma, dijo: Dígame, Padre, de los Cantares, que eso no es menester. Y a las once preguntó qué hora era y qué día es mañana; y como le dijeron que era sábado, respondió: «Dichoso día para mí, que a rezar maitines con la Virgen tengo de ir». Y un cuarto de hora antes que se muriera, le tenía mi padre la vela, y como le besó las manos, respondió el Santo: «Si tan caro me había de costar no pidiera esta caridad». Un hermano donado que estaba allí, vido una luz tan grande que era como una grande luna, que con haber en la celda muchas velas y candiles que traían los religiosos, era más en grandeza y hermosura la luz que aquella luna de sí daba. El lunes siguiente a su muerte, saliendo los religiosos a la iglesia para tomar la disciplina, vido este mismo hermano y el padre fray Francisco Indigno y el hermano fray Diego de jesús una claridad tan grande que salió de la sepultura, que se vido muy clara la iglesia y el altar y dijo el hermano: «Milagro es éste». Y luego se quitó la luz. Díjolo allá dentro en el Convento lo que había visto, y afirmó el padre fray Francisco Indigno que vio las imágenes que es- taban en el altar con la luz que salió de la sepultura de nuestro Santo Padre, y el padre Maestro de novicios, que era el padre fray Alonso de la Madre de Dios, le dijo: Calle, hermano, no digan que queremos nosotros hacer milagros, que Dios los descubrirá a su tiempo.

Mi madre dio unos paños a un religioso de San Francisco y se hincó de rodillas para recibirlos, reverenciando la santidad de nuestro santo Padre, y otro día al hermano Roque, el ermitaño, y los recibió también de rodillas, porque conocía su santidad, y el que yo tenía manchado de su sangre, dilo a un religioso nuestro que pasó a las Indias, fray Francisco de San José. El hermano donado está agora seglar y casado en este lugar. Se le puede preguntar todo lo que sabe. Llámase Francisco García.— Catalina de San Alberto.

SOBRE LA CONDICIÓN APÓCRIFA DEL SEGUNDO «CÁNTICO» (1).

(cokclusion).

Procuraremos ser breves, porque nos desagrada muchísimo escri- bir de estas cosas. En nota de la página 516 del tomo III de esta edición dijimos: «Cuando íbamos a meter en máquina este pliego, un amigo me ha remitida dos números de La Vie spiri fuelle, corres- pondientes a los meses de enero y febrero del año que corre, en que insiste en su tema el P. Chevallier en dos sendos trabajos». Tanta pena me dio al leerlos, que ni siquiera indique el argumento de que principalmente trataban por no dársela también al Carmelo español, que aun ignorase el nuevo flaco servicio que el Padre le estaba ha- ciendo, lanzando a la publicidad la duda de que las notas del célebre Códice de Barrameda fueran del Santo. La mejor joya del Doctor místico, que todc el Carmelo apreciaba y veneraba por las dichas notas, venía a resultar una piedra falsa.

Un amable y anónimo corresponsal en España del P. Chevallier lo decía asi, y el escritor francés no tuvo reparo en darle asenso y publicar lo que le trasmitía el dicho corresponsal. El corresponsal había hecho cotejo de las notas con la carta autógrafa del Santo que se venera en las Carmelitas Descalzas de Sta. Ana de Madrid y hallado que la letra de la segunda es más tirada, más movida, de trazos más largos y finos de pluma por cima y por debajo de la línea escrita; la de las notas, más apretada y densa y menos ligada, con otros reparos a este tenor. La opinión del corresponsal venía bien para las disquisiciones que hace años el P. Chevallier se trae con el texto del Cántico Espiritual, y a pesar de haber tenido las dichas notas como del Santo en otros escritos suyos, aceptó la dicha opi- nión sin oponerle la menor dificultad. Una tradición secular de la Re- forma Carmelitana venía al suelo en un santiamén por obra y gracia del anónimo corresponsal mencionado (2).

1 Véase el t. III. págs. 453-516.

2 Desde el P. Andrés de la Encarnación hasta nuestros días nadie, que separaos, había dudado de que tales notas eran de puño y letra del Santo. Lo dejó bien pro- APENDICES A nosotros las diferencias apuntadas por el corresponsal, nos confirmaron en la procedencia única de la letra, porque San Juan de la Cruz escribiendo no procedía de modo diferente a como procedemos los demás, y al escribir en interlineados y pequeños espacios margi- nales no habia de tener letra tan espaciada como en las cartas de grandes pliegos, en que siempre las escribió. Baste decir, tomando co- mo ejemplo la citada de Madrid, que sus líneas miden— milímetro más o menos— 170, y tienen por término medio cuarenta letras; mientras que en las notas, líneas de ochenta y cinco milímetros cuentan hasta cuarenta y cinco y cincuenta letras (1). En cuanto a las líneas e in- terlineados, mientras que en una nota marginal en ciento veinticuatro milímetros de largo escribe treinta y seis lineas, en el mismo espacio de la carta sólo se cuentan trece (2). Esto explicará por qué la letra en ¡as notas es más apretada y no hay trazos o rasgos tan sueltos en las notas como en las cartas, de no estropear las líneas de la copia y hacerlas ilegibles con la superposición de palabras. A primera vista se observa el cuidado que tuvo el Santo en que la letra, aunque menuda, fuera legible y no invadiese el espacio ocupado por la copia en que escribía. Así procedió el Santo y así creo hubiéramos proce- dido todos en su caso. Todas las diferencias que cita el corresponsal se explicar, satisfactoriamente teniendo en cuenta estas observaciones.

Dispuesto estaba a irlas estudiando una por una, pero he preferido ir por otro camino. Lo que yo opino de estas notas, ya lo expuse en el tomo III al hablar del Códice de Sanlúcar. No tengo por qué modificar un ápice de lo allí dicho. Sin embargo, como yo, a pesar bado el dicho P. Andrés y después no se habia escrito palabra en contrario. Recien- temente, afirmó lo mismo el P. Gerardo de San Juan de la Cruz en su edición de las obras del Santo, tomo II. página 488. Lo mismo siente el P. Florencio del Niño Jesús, que en uno de sus artículos titulado "Reparos a la critica de un crítico" (Mensajero de Santa Teresa. Enero de 1924), donde escribe: "Existe un importantísimo Manus- crito de la primera redacción del Cánfico, cuyas estrofas están colocadas por el mis- mo orden que tienen en la edición de Fr. Jerónimo de S. José, si bien le falta la undé- cima. Las variantes son más bien de palabras que de conceptos...En una palabra, se echa de ver a las primeras ojeadas que fué el autor mismo del Cántico el que retocó su obra tal como aparece en este Manuscrito...Todo esto se encuentra en el Manuscri- to de Sanlúcar. escrito en 1584, corregido, anotado e ilustrado con notas entre ren- glones marginales y al pie del texto por la pluma de San Juan de la Cruz, cuya firma aparece en la misma portada, otorgando a este Manuscrito la misma fe que merecen los autógrafos." El mismo P. Bruno de Jesús María, laureado autor de la obra Saint Jean de la Croix. entusiasmado en su viaje a España del Códice de Saulúcar, fué uno de los que más me animaron a reproducirlo por la fotografía cuando me vió vacilante por el costo. No sé qué dirá al presente dicho religioso ante la nueva postura adop- tada por Dom Chevallier.

) Cfr. mi edición fototipográfica, t. I, págs. 91, 225 y otras, y las Cartas que en tamaño natural se reproducen fotográficamente al fin de este tomo.

APENDICES 429 de coincidir con tan buena autoridad como el P. Andrés de la Encarnación y de cuantos hasta el presente han hablado del Códice sanluqueño, no me creo con autoridad ninguna, y además soy parte en este pleito suscitado a última hora, acudí a los peritos en la ma- teria, es decir, a los cultos oficiales del benemérito Cuerpo de Ar- chivos, Bibliotecas y Museos del Estado, y que con toda imparcia- lidad me manifestasen su opinión después de estudiar el asunto con detenimiento y medios necesarios. El resumen de sus opiniones se halla en estas líneas, que transcribo a la letra, de la copia que guardo en mi poder: «De las letras que figuran en las glosas [del Códice de Barrameda vienen hablando |, es evidente la identidad con la letra del Santo, aunque a primera vista su menor tamaño, debido al pro- pósito de aprovechar el espacio interlineal, o de márgenes que deja libre el texto, pudiera argüir desemejanza» (1). El docto escritor, don Matías Martínez Burgos, también del Cuerpo facultativo dicho, con- sultado asimismo acerca del caso, se ha dignado contestarme con la siguiente carta, que de corazón le agradezco: «Burgos, 2 de marzo de 1931.— Rdo. P. Silverio de Santa Teresa.— Mi querido Padre: No sé si debemos tomar tan a pechos las inaca- bables suspicacias del P. Chevallier, O. S. B., sobre el Cántico Espi- ritual de nuestro baqueteado, y por eso mismo más querido, San Juan de la Cruz. Algunas se quiebran solas de puro sutiles, y otras que en su justo medio podrían servir de observaciones atendibles, al extenderlas como las extiende para que lleguen a todo trance al hito fijado de antemano, pierden su resistencia.

Hablando particularmente en esta carta de la autografía de la suscripción y notas marginales del Ms. de Sanlúcar, lo primero que se me ocurre advertir es la decisión de lanzar dudas tan graves como las del P. Chevallier, apoyándose en un Benedictino anónimo, por conocedor que nos le afirme de letras y escrituras, y en un ojo peri- tísimo a quien rinde homenaje de gratitud y admiración. ¿Por qué no se destapan esos enmascarados y arrostran la responsabilidad de sus afirmaciones, dudas o sugerencias? ¡El P. Chevallier, que todo es sospechas para San Juan de la Cruz, piensa robustecerse con anó- nimos!

Además causa extrañeza que un entendimiento hecho a filosofar, como hay que suponerle en el P. Chevallier, no haya visto que aun dando por ciertas las diferencias señaladas por el Benedictino anó- 1 Así se expresa D. Pedro Longás, resumiendo el parecer de los tres consulta- dos, ocupados actualmente en la Sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid.

430 APENDICES nimo entre la escritura de las cartas autógrafas y las notas margi- nales, o entre líneas, del Cántico, está fuera de toda lógica la con- clusión por él arrancada, siquiera sea en hábito de duda, falsamente modesta, a lo moderno. Tiene razón el Benedictino en que la letra de las cartas recibidas por autógrafas (¿no llegará día en que también las rechace?) es más inclinada, más ligada, más movida, de trazos más grandes hasta salir por encima y por debajo de la línea, de ras- gos más finos y más sueltos en los remates bajeros de la p y de la q, con distinción de gruesos y de perfiles...y que en las notas del Cántico se advierte lo contrario. Pero ¿se atrevería ni el P. Chevallier, ni el mejor perito gráfico, a deducir de semejantes diferencias, explicables por varios caminos, que la razón de ellas tiene que ser cabalmente la de haber salido de distinta mano la una y la otra letra? Es la es- critura fruto movedizo de muchedumbre de causas y circunstancias, unas duraderas, y otras movedizas también y alterables. Porque si bien la psicología de la persona y la primera enseñanza escolar, desarrollada con el continuado ejercicio, dan a la letra de cada cual un aire per- manente, que la deja reconocer en todo evento, pero ese aire permanente es vago, inconcreto, adaptable, escondido siempre, como la sus- tancia de las cosas, debajo de accidentes vagos y mudables. En lo permanente de ese aire no puede entrar de ninguna manera el tamaño de la letra; y aunque tiene algo más parte el movimiento y la dis- tinción entre gruesos y perfiles, y aun más el ligado y la inclinación, con tal de no medirla por micrones, la verdadera permanencia la da el trazado general, que no es sino la figura de cada letra desde el punto de arranque al de término con la dirección habitual entre uno y otro. A la luz de esta instrucción ya se ve que el P. Chevallier, ha inferido lo sustancial de lo accesorio, o sea, que ha ido más lejos en la conclusión que en las premisas. En disputa escolástica tendríamos que conceder su antecedente, y negar ef consiguiente y la consecuencia. Para asegurar estas verdades, basta que razone cada cual con su pro- pia letra; es manifiesto que la encontrará de varios tamaños, de dis- tinto ligado, de diferente soltura, de dispar inclinación; y que a pesar de eso correrá por sus trazos un aire de familia que no dejará duda de su paternidad común; argüir, pues, de aquellas diferencias contra esta identidad no es razonable.

¿Qué decir por tanto, y ya en concreto, de las cartas de San Juan de la Cruz y sus notas al Cántico Espiritual? Pero yo pregunto por delante al P. Chevallier: ¿tampoco la nota de la portada, aquella que dice: «Este es el borrador de que ya se sacó en limpio. Fr. Juan de la Cruz», tampoco es autógrafa? Al responder que no, con estar firmada y todo, hay que decirlo: ¿entonces por qué son autógrafas APENDICES 431 las cartas? Firma y tradición en éstas, firma y tradición en aquélla; a igual razón igual aseveración; ¿no es así? Pues si lo es, no podrá menos de reconocer el P. Chevallier la autografía de la nota de la portada. Pero en ella, más aún que en las esparcidas por el texto, se dan sus famosas observaciones de tamaño, ligazón, inclinación, movimiento, etc.; como que es de letra esmeradísima, sobre todo en la firma. Y si para ella no tienen valor, porque se le desvanece la propia firma del Santo, ¿cómo lo van a tener para las otras que, cotejadas con ésta, aparecen tan conformes que ningún perito se atre- vería a separarlas, quitado aquel ojo experto, y expertamente encis- mados que le ha desquiciado al P. Chevallier, y que le ha hecho ver, a través de unas fotocopias, hasta diferente tinta en la firma que en la nota? Sin embargo, como el P. Chevallier, guiado siempre por el ojo experto, niega la filiación de la nota y de la firma misma a San Juan de la Cruz, porque no supo, o no se paró a medir justa- mente el espacio donde iba a escribir, ni distribuyó estéticamente y a gusto del ojo experto la firma y la nota en aquel espacio, vamos a cotejar todas las notas con las cartas recibidas como autógrafas por el P. Chevallier, y a buscar su filiación común o separada; y en tal terreno un perito gráfico haría las siguientes observaciones: 1. a Es idéntico el trazado general de las letras en las cartas y en las notas; y fuera del tamaño, aun ofrecen más diferencias en- tre sí las mismas letras de las cartas, y hasta de cada carta, que las que ofrecen con sus omónimas de las notas. Ejemplos: la a, la e, la o, la r, la s, la y, entre otras.

2. a La p y la q, de que el P. Chevallier hace mención particular, lo mismo en las cartas que en las notas, tienen idéntico el trazo curvo. Es verdad que el rasgo vertical lleva siempre remate bajero anguloso en las cartas, y no siempre lo lleva en las notas; y que cuando lo lleva, es más largo y más suelto en las cartas que en las notas; pero da razonable explicación de tan corta diferencia el que, en las márgenes del libro o entre líneas, no podía el escritor, por falta de espacio dejar correr libre y espontánea la pluma, como podía dejarla en las cartas. El P. Chevallier habrá corregido galeradas de imprenta muchas veces; ¿a que no ha hecho allí su letra ni tan es- pontánea, ni tan movida, ni tan ligada, ni con la misma inclinación que en papel libre? (Permítame el Padre que le brinde con empeño esta reflexión, que da mucha luz).