SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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3. a Hay un rasgo característico de los autógrafos de San Juan de la Cruz en la unión de la r con otra letra, mediante un trazo que arranca diagonalmente hacia arriba desde el extremo bajero de la r, y que no es otro que el rasgo inicial de la letra siguiente. No siempre 432 APENDICES la r se enlaza con la letra que le sigue; y cuando acaece que está desligada, unas veces tiene en su extremo bajero un rasgo angular ha- cia la derecha, parecido al de la p y la q, y otras no tiene nada. Pues bien, en las notas del Cántico se advierte lo mismo; cuando la r se une a la letra siguiente, es con rasgo idéntico al de los autógrafos, y cuando queda suelta, unas veces lleva trazo angular y otras no. Sólo hay diferencia en el tamaño.

HA Otro carácter digno de advertencia en la escritura sanjua- nista. aunque no sea peculiar suya ni mucho menos, es la unión de la / con otras letras, no por el trazo inferior, sino por el travesaño medio, el cual, en San Juan de la Cruz (y esto ya es más peculiar), unas veces parte de abajo arriba, desde la / a la otra letra, en subida levemente oblicua, y otras veces es casi horizontal; pero nunca toma la dirección plenamente horizontal, ni mucho menos de arriba abajo, como en otras escrituras coetáneas. Pues esos caracteres son enteramente comunes a las cartas autógrafas y a las notas discutidas.

5. a En las sílabas inversas as, es, is, os. us, no solamente el en- lace, sino el trazado de la s terminal, con ojo abierto o cerrado en la parte superior al volver sobre el enlace y cruzarle, y con un rasgo curvo desvanecido espontáneamente en la inferior, denuncian una mano común para las notas del Cántico y las cartas autógrafas.

6. a La mayor o menor inclinación de la / y de la d, y el tener trazo seguido o cortado con la letra anterior, y si se trata de la d, con el rasgo curvo inicial de la misma letra, son notas inconstantes lo mismo en las cartas que en las correcciones del Cántico; no pueden por tanto prestar argumento. Y menos la inclinación que tanto depende en un mismo escritor de la libertad en el trazado, y por lo mismo del espacio disponible para la escritura.

De estas puntuales observaciones lógicamente habría de inferir un perito gráfico que cartas y notas son fruto de una misma mano, y que esa mano es la cien veces bendecida de nuestro insigne místico cas- tellano San Juan de la Cruz.

No sé, mi querido P. Silverio, si habré acertado a cumplir su encargo a satisfacción. Para mí, técnico en el reconocimiento de le- tras, antiguas o modernas, salva mi pequenez, la negación del P. Che- valier no presenta fundamento apreciable; es inquietud de carácter y no inquisición seria merecedora de estudio. Ni creo que tenga se- guidores.

Que todo, contradicción y defensa, ceda en mayor gloria de Dios, mediante la de San Juan de la Cruz.— Suyo affrao. a. q. b. s. ra., Matías Martínez Burgos».

APENDICES Desde que hace bastantes años vi y examiné el Códice de Sanlú- car, nunca he dudado de la procedencia de sus notas. Mi persuasión es tan firme, que si se llega a dudar de ellas y de la firma del Santo que viene al frente, no veo razón, como dice muy bien el señor Mar- tínez Burgos, de por qué hemos de creer en la legitimidad de las cartas que se tienen por autógrafas del Santo. Todos estos docu- mentos deben correr en esto la misma suerte.

Manteniendo esta opinión, que se funda en tan firmes cimien- tos, no extrañará ei Padre Chevallier que para la impresión de la redacción primera del Cántico me haya valido de un manuscrito que tiene valor de autógrafo, y que la prefiera a todas las disquisiciones que se han hecho y hagan acerca del verdadero texto de dicho tra- tado en su primera redacción. Es cosa verdaderamente curiosa lo que ocurre con esta primera redacción: se abandona o desdeña el texto de segura procedencia sanjuanista, por enredarse en una intrincada selva de conjeturas en materias dificilísimas, por no decir imposibles, de crítica texlua!, que a lo sumo hubieran podido pasar, como mal menor, en el caso de no haber existido manuscritos autorizados de ia primera redacción del Cántico. En el caso, existe una. nada menos que con notas del Santo, que suponen lectura y corrección del dicho manuscrito. ¿Qué más queremos para adoptarla sin titubeos?

Estamos fatigados de aparatos críticos, que, por lo demás, ya no asustan como en otros tiempos. La sutileza no puede ni debe su- plantar a la razón. La cuestión del Cántico Espiritual es muy clara, para que nos dejemos arrastrar a lo desconocido por embrollos de crí- tica. Tan clara la han visto los editores de las obras del Santo, que des- de que el P. Andrés de jesús María publicó la suya, con aplauso de toda la Descalcez— la mejor prueba de ello es que en lo sucesivo todos la re- produjeron—, nadie ha echado por otro camino hasta el P. Chevallier. La edición que publicamos, no sólo está en el mismo puesto que la del P. Gerardo, sino que hay que retrotraerla a la de Sevilla de 1703. Los Carmelitas todos hemos estado conformes en la aceptación del Cántico de Jaén, una vez pesadas las razones de autenticidad que abonan en su favor. El progreso— o no progreso— que se haya verifi- cado en las ediciones hasta nuestros días, se refiere a cosas secun- darias. Desearía que esta unanimidad, manifestada en la Orden en dos siglos largos, se fundase en la verdad, que no varía con el correr de los tiempos. Así lo creo sinceramente.

Todo esto tiene aplicación a la redacción segunda del mismo tratado, puesto que, por dicha de la Reforma, sus hijos y sus hijas han 28 APENDICES guardado con devoción filial copias antiguas de la tal redacción, al- guna entregada por el propio Santo a una carmelita dirigida suya.

El caso de los editores respecto del Cántico Espiritual en su doble redacción parece clara. El Santo escribió el Cántico. Esto no lo ha negado nadie. El Santo retocó el Cántico. Aquí no están todos conformes. Sin embargo, existe el Códice de Barrameda con nume- rosas modificaciones de puño y letra del Doctor místico. Existe, pues el retoque. Además, en el márgen inferior de la portada de este mis- mo manuscrito se lee esta nota, de puño también del Santo: Este libro es el borrador de ge ya se sacó en limpio. Fr. Ju.Q de la - -. Estas palabras, o no dicen nada, o significan con grande claridad que el Santo sacó o mandó sacar en limpio, con las modificaciones que introduce y con la amplitud que bien le pareció, un manuscrito de este manuscrito. Existe, por lo tanto, copia limpia de los retoques de San Juan de la Cruz, puesto que él mismo lo afirma.

Tenemos, pues, del Cántico un manuscrito leído y retocado por el Santo, y la afirmación rotunda de que sirvió de borrador para el ejemplar que ya se sacó en limpio. Existen hasta nueve ejemplares que recogen estas notas (1), y uno, que es el manuscrito de Jaén, que se sabe ciertamente que le entregó el Santo a la venerable Ana de Jesús, ésta a la M. Isabel de la Encarnación, carmelita que estaba con ella en Granada, y la M. Isabel, poco antes de morir, en Jaén, donde fué Priora, a la M. Clara de la Cruz, religiosa de esta co- munidad. La M. Clara, antes de pasar a mejor vida, dió testimonio de estas entregas al P. Salvador de la Cruz, carmelita descalzo, que providencialmente, como si previera lo que con el tiempo iba a su- ceder, con fecha 3 de febrero de 1670, levantó acta de esto y de al- gunas cosas más, que puede leerse en las hojas que añadió al dicho Manuscrito, con el titulo de «Noticia cierta de quién escribió este li- bro, y veneración que por ello se le debe, con algunas adverten- cias» (2). El párrafo que atañe a esta cuestión, dice a la letra: 1 Tomo III. págs. XXXIX-LIII.

2 Publicó esta "Noticia" casi en su totalidad el Sr. Martínez Burgos en la edi- ción del Cántico según el Códice de Jaén que dió a luz (1924) en Clásicos Castella- nos. Nosotros hemos compulsado esta impresión con el original y podemos asegurar que está bien transcrito, salvo alguna que otra equivocación sin interés, una de ellas en el título, que es como aquí se publica. Por su importancia, queremos que este precioso testimonio quede archivado en esta edición, y así lo publicamos íntegro a continuación de este estudio nuestro sobre la condición apócrifa del segundo Cánti- co. En el Post-Scriptum de Le Cantique spirituel, pág. 3. dice el P. Chevallier que yo no he probado (tomo III, págs. 489-493), que San Juan de la Cruz conociese nin- gún ejemplar del grupo del Manuscrito de Jaén, ni que lo diese a la M. Ana de Jesús, y ésta a la M. Isabel de la Encarnación. Naturalmente, yo no lo pruebo, porque ya lo había probado en forma clara y solemne el P. Salvador de la Cruz. El testimo- APENDICES 435 «Crece a mayores colmos de estimación el aprecio y estimación venerable que se debe a este libro, por ser escrito desde la primera letra hasta la última (esto es, desde el JHS - MAR con que co- mienza el título, hasta el debetur soli gloria vera Dco, con que acaba, de mano, pluma y letra propia de nuestro Venerable Padre frai Juan de la Cruz, de que no se debe ni puede dudar. Así porque cotejada la letra de este libro con otros escritos de su propia mano, se conoce ser la letra una misma sin alguna diferencia; como porque lo certi- ficó así la Venerable A\adre Ana de Jesús Lobera a la Venerable Madre Isabel de la Encarnación, Priora que fué del Convento de nuestras Religiosas descalzas Carmelitas de la ciudad de Jaén, a quien, siendo novicia en el Convento de nuestras Religiosas de Granada y Priora de él la Venerable Madre Ana de Jesús, le dió la misma Venerable Madre Ana de Jesús este libro en cuadernos sueltos, certi- ficándole eran escritos de mano y letra propia de nuestro Venerable pa- dre frai Juan de la Cruz de quien lo avía recebido. Y la misma Vene- rable Madre Isabel de la Encarnación, siendo Priora del Convento de nuestras Religiosas descalzas de Jaén, estando para morir, dió estos quadernos ya unidos y enquadernados como están a la Madre Clara de la Cruz, Religiosa en el mismo Convento de Jaén y Priora que después ha sido de él, certificándole lo mismo» (1). El P. Salvador añade a continuación: «Nadie, pues, podrá dudar con razón de esta verdad sin incurrir en la nota de temerario, hallándose acreditada con la autoridad de tres testigos tan calificados de verídicos por su gran- de virtud y santidad».

Así lo creemos también nosotros, pues de la virtud de estas re- ligiosas nos han quedado inmejorables referencias para que podamos tenerles por embusteras, y en la simple afirmación de la entrega de un manuscrito de tanta importancia para ellas no cabe equivocación: o se miente, o se dice la verdad (2).

nio es terminante en la entrega personal del ejemplar de Jaén por el Santo a la M. Ana de jesús. Quien no esté conforme con este testimonio es el que debe invalidarlo. Yo lo que hago en las páginas aludidas es probar cómo las circuns- tancias de lugar y tiempo abonan el testimonio dicho. El hecho de la entrega ocurre en Granada, donde vivieron a la vez el Santo y la V. Ana (Lobera); ésta lo entrega a la M. Isabel, novicia de Granada y priora de Jaén y pruebo cómo fué, efectivamente, dicha religiosa novicia en Granada siendo priora la M. Ana. Se dice, por fin, que la M. Isabel lo entregó a la M. Clara en Jaén, y también pruebo cómo las dos vivieron a la vez en las Descalzas de este convento. No parece hay resquicio por donde la du- da pueda penetrar. Si este testimonio tan terminante no se acepta, no sé lo que po- dremos aceptar en este mundo. Si alguno cree que no es cierto, debe probarlo; y si no lo prueba, no tiene derecho ninguno a impedir que los demás le demos pleno asenso.

1 Véase el documento integro en el apéndice que sigue.

2 En esta cuestión lo fundamental es la entrega del Santo a la V. Ana, de ésta 436 APENDICES Existen, por consiguiente, de la primera redacción del Cántico un manuscrito de indudable autoridad, por estar apostillado del Santo; de la segunda, otro que ciertamente (lo afirma una venerable carme- lita descalza, de quien no nos consta fuese una mentirosa, sino todo lo contrario) el Santo entregó a la M. Ana de Jesús (lo dice ella) y ésta ciertamente a la A\. Isabel de la Encarnación, novicia suya, (lo dice ella también), y ésta a la M. Clara, monja con ella en las Descal- zas de Jaén (tambiéki es ella quien lo afirma). El ejemplar a que esta religiosa se refiere se ha guardado siempre en esta Comunidad con la veneración que su procedencia merece. Por otra parte, no creo haya perito caligráfico que se atreva a negar que el Manuscrito de Jaén no puede ser contemporáneo del Santo.

Parece, según esto, no sólo lógico, sino obligado que el editor eche mano para la publicación de la redacción segunda, retocada por el Santo, de un ejemplar que el propio Santo tuvo en su poder y que él mismo entregó a su hija espiritual, M. Ana, como ella afirmó luego. Así procedió el P. Andrés de Jesús María en la edición hispalense, así los editores sucesivos de este tratado en el siglo XVIII y XIX, así el P. Gerardo, así Martínez Burgos, y así se procedo en la presente edi- ción. La Orden, en dos siglos largos que se viene editando el Có- dice de Jaén, nunca ha protestado contra ello ni puesto e! menor reparo, ni en los tiempos antiguos ni modernos. Si entre los comenta- rios de los dos Cánticos hay la oposición y contradicción que supone el P. Chevallier— commentaires conti adictoires los califica en el Posí- scriptum citado— y la segunda redacción es tan indigna del Santo, ¿co- mo no lo vieron los censores de la Orden que aprobaron la edición de Sevilla? ¿Cómo no lo vió el P. General de la Descalcez, Fr. Pe- dro de Jesús María? ¿Cómo no lo notaron los doctos varones que dieron su aprobación a la edición dicha y que ésta publica al fren- te de los tratados? Porque se comprende que los censores y aprobadores no reparasen en achaques de crítica textual, pero en errores de tanto bulto como suponen les commentaires contradictoires de am- bos Cánticos, no parece fácil de explicar (1).

a la M. Isabel, y de la M. Isabel a la M. Clara, y que el ejemplar de estas sucesivas entregas sea precisamente el de las Descalzas de Jaén. En esto no puede caber duda, ni creo ha dudado de ella ningún carmelita. Que luego haya discrepancias en el tiempo en que pudieron ser hechas tales entregas y en otras cosas secundarias, no prejuzga nada la cuestión fundamental. No se olvide que la declaración que el Padre Salvador tomó a la M. Clara es de 1670, casi un siglo posterior a la entrega del San- to a la V. Ana y de ésta a la M. Isabel, y que no tiene nada de particular que en al- gún pormenor no esté tan exacta. Para mi, como ya dije en el tomo III, p. XLII, si la M. Isabel, como ella dice, recibió personalmente de la M. Ana el ejemplar jienense, fué antes de que ésta saliera para la fundación de Madrid en el verano de 1 586. 1 Este achaque de Dom Chevallier en ver contradicciones entre los dos Cánti- APENDICES 437 Y ya que a éstos se Ies pasasen por alto semejantes contradic- ciones, ¿cómo no cayeron en la cuenta tantos lectores doctos como es- tas obras han tenido, dentro y fuera de la Descalcez, tantos profe- sores Descalzos como de Mística teología tuvo la Reforma de Santa Teresa en sus Colegios de España, donde con tanta atención y dete- nimiento se estudiaba y discutía la doctrina de los tratados del Santo? Y los muchos escritores que se han valido para autorizar sus doctrinas de esta segunda redacción, ¿cómo no repararon en que ponían enfrente a un San Juan de la Cruz con otro San Juan de la Cruz? Sobre todo al gran autor del Cursus Theologiae Mistico-Scholasticae, Fr. José del Espíritu Santo, a quien parece que algo se le alcanzaba de ciencia mística, que conoció y leyó las edi- ciones anteriores a la de 1703, en su juventud descalza ¡ y conoció y leyó ésta también, porque se hizo cuando era ya muy espigado en edad, ¿cómo no vió las diferencias, oposiciones y contradicciones de ambos Cánticos y las razones evidentes que hacen al segundo Cántico apócrifo sin pizca de duda? No solamente no vió estas diferencias el gran escritor de la Descalcez, sino que califica de insigne a la edi- ción de Sevilla [insigni hispalcnsi impressione) (1) en el msmo párrafo que reconoce la discrepancia que había en las dos redacciones en cuanto a la colocación de las canciones del tratado y la adición de una más en la segunda, y, con todo, la sigue y cita en sus pro- fundos comentarios.

eos es antiguo. Ya el malogrado P. Gerardo de San Juan de la Cruz hubo de contes- tar con estas palabras, secas y terminantes, a una supuesta contradicción que éste veía en los dos Cánticos que acababa de publicar: "No veo ni asomo de tal contradic- ción." (Cfr. Mensajero de San Juan, 15 de Febrero de 1924, pág. 413). Es la respues- ta que hasta el presente ha habido que dar a las supuestas contradicciones. Además, si como el mismo Santo dice los dichos del amor de Dios hay que entenderlos y ex- plicarlos con amplitud, y en el Prólogo de la primera redacción del Cántico escribe: "No pienso yo ahora declarar toda la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellas lleva", ¿qué tiene de extraño que el Santo amplíe o dé nuevas explica- ciones de este amor, cuando tan fecundo era en ellas?

El P. Florencio del Niño Jesús, al reproducir la carta citada del P. Gerardo, es- cribía con razón: "Hay en este segundo Cántico la explanación de muchos pensa- mientos y conceptos apuntados ligeramente en el primero; y, desde luego, estudián- dolo intrinsecamente. se observa la misma celestial doctrina, la misma manera de ex- plicarla y la misma unción al exponerla: igual estilo, idéntico lenguaje, las mismas fi- ligranas, de todo en todo, propias y características de San Juan de la Cruz." Así se han expresado hasta el presente cuantos carmelitas han hablado de la segunda redac- ción del Cánfico. Creo podemos recordar al P. Chevallier unas palabras del P. Gerar- do en la carta mencionada: "Alabo la máxima labor de usted en estudiar el asunto con tanto empeño: pero siento al mismo tiempo que haya trabajado por una causa perdida."

1 Véase la edición que del Cursus acaba de publicar el P. Anastasio de San Pa- blo, t. í, p. 7.

APFND1CES Pues si hombres de ciencia tan probada no han tenido ningún es- crúpulo doctrinal en adoptar para sus estudios luminosísimos tal re- dacción, tampoco nosotros lo tenemos en reproducirla una vez más en las ediciones de los escritos del Santo. Me es muy grata la com- pañía de mis hermanos de hábito, y más no acertando a ver razón alguna de crítica textual externa o interna, para separarme de ellos. Así que la labor del editor, a mi juicio, respecto del Cántico es clara y se halla bien definida: para la primera redacción, ajustar la edición al Códice de Sanlúcar; para la segunda, al de Jaén. Las demás copias deben servir de auxiliares para casos de errores evidentes de copia, o alguna omisión que pudieran tener.

Los que no están conformes con tal modo de ver esta cuestión, y se inclinan por combinaciones más o menos complicadas y laboriosas, deben probar: i." Que las notas y firma del Santo que se leen en el Códice de Sanlúcar no son del Doctor Místico.

Esto en cuanto a la primera redacción.

En cuanto a los que tienen por apócrifa la segunda, deben asi- mismo: l.o Invalidar el testimonio de la M. Ana de jesús de haberlo recibido del Santo; el de la M. Isabel de haberlo recibido de la \\. Ana, y el de la M. Clara de haberlo recibido de la M. Isabel.

2.1-1 Invalidar las demás copias antiguas que traen las cuarenta Canciones, algunas de las cuales, como la de Segovia, dice expresa- mente Colmenares que se la dió el Santo a una persona de la misma ciudad (1).

3.o Explicar el por qué se recogen en estos manuscritos la ma- yor parte de las notas del Códice de Sanlúcar.

4.Q Sin los dichos manuscritos ¿qué significación pueden tener las frases de los testigos de los procesos de Beatificación del Santo y del P. Alonso de la Madre de Dios (el Asturicense), que habla también in terminis de las cuarenta canciones.

1 (Cfr. t. III, págs. XLVII-LIII). Da la apreciable casualidad que dichas copias se han guardado en comunidades tan antiguas y venerables como las de Jaén, Avila (Madres), Segovia (Padres), Alba de Tormes (Padres), Baeza y Burgos. ¡Pobres co- munidades! ¡No sabían que guardaban escritos que lejos de ser depositarios fieles de la doctrina del Santo, la adulteraban y contradecían! La existencia de estas copias antiguas es de un valor incalculable, aunque no se pueda tejer de muchas de ellas un historial tan completo como quisiéramos. Tenemos un ejemplo elocuente en el trasla- do de la Subida del Monte Carmelo, hecho por el P. Juan Evangelista (t. I, pp. 285- 289). En ninguno de los varios documentos y declaraciones canónicas que hemos vis- to de su letra, aun hablando de los escritos del Santo, hace referencia a este traslado, y, sin embargo, el traslado existe para bien de las obras del místico Doctor.

APENDICES 439 Y a propósito de las cuarenta canciones, queremos escribir dos palabras.

Aparte de lo que el P. Luis de la Trinidad dijo ya (Revue de Sciences philosophiques et thcoloziqu.es, Abril de 1927. págs. 165-187), acerca de los testigos que en los Procesos del Santo hablan de las Cuarenta canciones, debemos recordar que de la M. Isabel de Jesús, carmelita descalza de Segovia, existe su Dicho original en el Ms. 19.107, folio 15, y que publicamos en el tomo V de esta edición, página 225. En la pregunta treinta y cinco declara textualmente: «Que sabe que el dicho santo padre fray Juan de la Cruz dejó escritos unos libros es- pirituales, de los cuales el santo Padre le dió a esta testigo las cua- renta canciones de su letra» (subrayo yo).

El P. Alonso de la M. de Dios habla dos veces, que yo sepa, de las cuarenta canciones en la Vida que nos dejó escrita del Santo después de haber intervenido en la mayor parte de los Procesos de su Beatificación, y que se conserva de su letra en el Manuscrito 13.160 de la Biblioteca Nacional de Madrid. En el capítulo VIII de la segunda parte se lee: «...Escribió nuestro Padre un libro que contiene la explicación de cuarenta canciones». ¿Está claro, P. Che- vallier? Pues por si acaso fué un lapsus, en el mismo capítulo, nume- rando los tratados que había del Santo, escribe: Por aquí verá el P. Chevallier el valor de su afirmación en sus «Notes historiques», p. xxxi, nota 2. a su edición del Cántico, donde dice que este religioso no habla más que de las treinta y nueve es- trofas. También habla de éstas, como era lógico, puesto que de unas y de otras existían ejemplares, y él, y muchos testigos de los Procesos del Santo, conocieron ambas redacciones.

Sin embargo, el P. Chevallier no se arredra ante los que hablan de cuarenta estrofas, porque según él, donde dicen cuarenta hay que leer treinta y nueve; la palabra cuarenta no tiene en estos casos otro significado que el de redondear el número. (N'a q' une valeur de chitfre rond) (1). Así pronto se resuelven las cuestiones. Lo que hace 1 Le Cantique Spirituel, p. XXXI. Habla de las cuarenta canciones que por tres veces menciona la M. María de Jesús en la Declaración hecha en Ubeda el 3 de marzo de 1628, y dice el P. Chevallier: "on est fondé a croir que, sur les lévres de Maria de la Cruz, la triple périphrase aquellas (on las) cuarenta canciones n' a q' une valeur de chiffre rond et répond au francais ceffe (ou la) quarantaine de strophes. Su- Cuarenta Canciones Subida del Monte Carmelo Noche Obscura Llama de amor viva libro 1. lib. 3. lib. 2. lib. 1.

APENDICES falta que los demás estén conformes con estas interpretaciones tan pere- grinas. Además, aunque no hubiera hablado de las cuarenta canciones ni uno solo, el caso sería el mismo. ¿Dejarían de existir Nuestra Se- ñora de París y El Escorial, aunque nadie hubiera hablado de ellos? Pues ahi está una porción de venerables copias de las Cuarenta Can- ciones, a guisa de antiguos monumentos arqueológicos, dando testimo- nio perenne de su existencia.

No se han aducido todavía— no creo puedan aducirse nunca— ra- zones de crítica externa para invalidar la autenticidad de estos ma- nuscritos. Sólo una discrepancia u oposición irreductibles a las doc- trinas del Santo podrían conseguir la dicha invalidación; pero tam- poco se ha probado hasta ahora semejante oposición, ni la han visto los centenares de Carmelitas Descalzos que han leído y leen estas pongo que análoga exégesis aplicará a los demás testimonios, puesto que un poco más abajo, en la misma nota, dice que lo de cuarenta estrofas es una especie de fórmula corriente e imprecisa que se halla en la M. Isabel de Jesús en Segovia. Supongo tam- bién que esta interpretación no convencerá a nadie. Yo creo que donde se escribe treinta y nueve no debe leerse cuarenfa, y menos en casos como éste, cuando existen códices ya de treinta y nueve, ya de cuarenta canciones, que exigen precisión en el número para evitar confusiones. Esto tiene aplicación especial al P. Alonso, que co- noció los dos Cánticos. Pero hay más todavía. Con evidente oportunidad, el P. Luis de la Trinidad, en el trabajo antes citado, pp. 184-186. reproduce parte de la decla- ración que Francisca de Jesús, prima hermana de la B. Ana de San Bartolomé, hizo el 6 de diciembre de 1 614 en Medina, donde dice, entre otras cosas, en la pregunta treinta y cinco: "...y esta testigo ha tenido y tiene tan gran consuelo cuando oye al- gunas cosas de los escriptos del dicho venerable Padre que le causaban grandísima ternura y gozo en su alma, en especial cuando se le ofrece a la memoria y refiere al- go de las canciones que compuso del trato del alma con Dios, como desta que se sigue que compuso, entre las demás, el dicho venerable Padre, que esta testigo sabe de me- moria y es en esta manera: