SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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explica satisfactoriamente qué se entiende por esa noticia general y amorosa que tanto inculca San Juan de la Cruz a los que se dan a la oración, y otros puntos doctrinales del místico Doctor.

1 No intento con esto dar la exclusiva a la Descalcez carmelitana; pudo compo- ner la obrilla otro cualquiera de fuera. Fundamos la presunción por un carmelita en que como todavía los escritos del Santo no se habían publicado, y éstos, como es natural, se conocían principalmente en los conventos de su Reforma: y como el argu- mento de que el escrito en cuestión trata era muy del agrado de los descalzos primi- tivos, parece lógico que de ellos saliera el opúsculo.

2 Verbigracia: los famosos versículos del capítulo XIII del libro I de la Subida: "Para venir a gustar todo, no quieras tener gusto en nada", etc.

5 LXVI INTRODUCCION La copia más antigua de este tratado se halla en los Carmelitas Descalzos de Toledo, junto con otra de la Noche Oscura (1). El tras- lado se hizo en 1618, y perteneció al P. Pedro de San Angelo, natural de Valdepeñas (Ciudad Real), que hizo su profesión de carmelita reformado en Mancera (Avila), y murió en Toledo, año de 1623, día de la Ascensión a los setenta de edad y treinta y nueve de hábito religioso (2). El manuscrito se rotula: Tratado breve del conoci- miento obscuro de Dios, afirmativo y negativo y modo de unirse el alma con Dios por amor, compuesto por el gran Padre y ad- mirable varón Fr. Juan de la Cruz de la observantíssima religión del Carmen Descalzo (3). De otra letra a la que se emplea en casi todo el manuscrito toledano, se lee: «Este Cartapacio era del P. Fr. Pedro de Sn. Angelo que murió en este convento de Carmelitas Des- calzos» (4). El P. Andrés, fundándose en el título que da por autor del opúsculo al Santo, y el no haberlo borrado el P. Pedro— que de- bía haberlo hecho si no lo estimaba.exacto —, se inclina también a reconocer este origen. Y algunos años más tarde, al hacer la lista de los escritos que debían publicarse como del Santo en la edición que se preparaba, se reafirma en su opinión y le incluye entre los libros del místico Doctor (5). En este mismo lugar advierte, que no había tropezado con más copias que la de Toledo.

Aunque no tuviéramos la razón del estilo — en este caso decisiva— para negar esta obrilla al Doctor del Carmen, el frágil fundamento histórico en que se intenta apoyar la opinión contraria, nos confirma más en la negación. Si la copia se hizo hacia el 1618, como se dice textualmente del traslado de la Noche Oscura, lo restante del Códice, que es de la misma letra, procede también de la misma épo- ca, y por consiguiente, la posesión del P. Pedro de San Angelo era de muy pocos años antes de que muriese. El autor de la copia tenía muy poca autoridad en lo que afirma de ser de Fr. Juan de la Cruz, 2 Observa el P. Andrés de la Encarnación, en el manuscrito de Toledo, y repi- te en otro de Burgos, que "según esso, vino a profesar por los años 1585, siete años antes que muriese el Santo; y es assi, que en los libros de Mancera se halla la profe- sión de un Fr. Pedro de San Angelo por este tiempo."

3 Al final de la copia repite lo mismo: "Fin de este admirable Tratado de aquel singular varón y gran padre el santíssimo y religiosíssimo Fr. Juan de la Cruz, de la Observantíssima religión del Carmen Descalzo."

4 El P. Andrés de la Encarnación dejó una copia de este tratado y del resumen previo suyo, que ya publicó el P. Gerardo, y es el primero de los que forman el ma- nuscrito, forrado en pergamino, que poseen los Carmelitas Descalzos de Burgos. A continuación se trasladan los Coloquios de que antes hablamos.

5 Cfr. Ms. 3.653, Previo 4.° INTRODUCCION' LXVII puesto que lo mismo repite al trasladar la copia de un tratadito del Beato Susón, que forma parte del Manuscrito de Toledo, y lo atribuye al Doctor místico, aunque otra pluma posterior lo rectifica, restituyéndolo a su verdadero autor. Por otra parte, no sabemos cuánto calzaba en ápices críticos el P. Pedro. Es fácil que fuera muy devoto de los escritos del Santo, como para aquella fecha lo eran tantos Descalzos que los conocían en traslados; y como el Tratada breve del conocimiento oscuro está basado en la doctrina del santo Reformador, y en la portada se decía categóricamente ser suyo, no se preocupó de inquirir su procedencia y la dió por averiguada.

No sabemos tampoco cómo adquirió este manuscrito dicho reli- gioso. Sabemos únicamente que el autor de la transcripción no era carmelita descalzo; porque, a serlo, no habría escrito aquello del ró- tulo «compuesto por el gran padre y admirable varón Fr. Juan de la Cruz» etc., que está reñido con el protocolo aceptado indefec- tiblemente en estos casos por la Descalcez y demás familias reli- giosas. Pudiera significar esto que no fué ningún carmelita descalzo quien primitivamente atribuyó este tratado al Santo, sino alguno de fuera de la Orden, movido tal vez de la traslación de párrafos del mis- tico Doctor, que él conocía en manuscritos que corrían suyos en gran- de número. Cabalmente, el mismo año que se ejecutó la copia de Toledo, preparaba en la misma ciudad la primera edición de las obras del Santo el P. Diego de Jesús, quien de haber tenido noticia de este opúsculo como obra del Santo, no habría dejado de incluirla en dicha edición, o la habría puesto en cobro para las sucesivas. Ni- el P. Diego, ni el P. Jerónimo de San José, ni Alonso de la Madre de Dios mencionaron jamás tal escrito (1).

Otro tratadito titulado Breve compendio de la eminentísima per- fección cristiana, se atribuye en algunas copias antiguas a S. Juan de la Cruz, si bien otras lo adjudican a varios autores. El P. Andrés de la Encarnación cita varios manuscritos que obraban en conventos de la Orden que lo contenían, entre ellos, uno de Guadalajara (2).

1 El ilustre benedictino Fr. Antonio de Alvarado, predicador de San Benito el Real de Valladolid. en su importante obra Arte de bien vivir y guía de los caminos del cielo (1608), lo incluyó con algunas modificaciones y adiciones en el libro II (ca- pítulos 39-48), por encajar bien en el plan que se había propuesto. Nada se dice en ella concretamente de su procedencia. En general advierte que "lo que en todos cua- tro libros se contiene es sacado de autores muy graves, dignos de sumo crédito No solamente me aprovecho de la doctrina de los autores gravísimos que en el discur- so voy citando, pero algunas veces de las mismas palabras." En aquella época no sig- nificaban nada estos saqueos mutuos literarios, y con tal criterio hay que juzgarlos. Más severamente se juzgan hoy, y. sin embargo, se realizan a veces a ías barbas mis- mas de sus legítimos autores. ¡Si uno fuera a hacer inventario de estas picardihuelasl LXVtU INTRODUCCION De otro que se guardaba en el archivo de los Carmelitas Descalzos de Málaga, previene el mismo P. Andrés que en un códice todo de letra del venerable P. Nicolás de San José, escribió este religioso que el tal tratado de la Eminentísima perfección cristiana se atribuía al sacerdote Fernando de Mata, gran predicador y director de almas (1). En cambio, en el de Lerma se da por autor al P. Gregorio López. El Códice de las Carmelitas Descalzas de Córdoba que copia la primera redacción de la Llama, trae al fin, de otra letra, un cuadernillo con este tratado, bajo el título de: «Jhs. Ma. Joseph Catarina. Breve compendio de la eminentísima perfección xpiana. Que cosas presupone en un alma esta perfección antes que comienge a entrar en ella». Com- prende treinta y dos hojas, y después del Laus Deo, con que se remata el escrito, se lee: «Un predicador religioso carmelita descalzo escribió este tratado con pensión de que el siervo o sierva de Dios que usase dél, le ha de encomendar en Nuestro Señor, que le haga bueno».

Para adquirir la perfección cristiana supone con mucha razón el autor del tratado que se necesita deseo ardiente de poseerla y firme propósito de no cometer faltas veniales, tener bajo concepto de sí mismo y de las cosas criadas, y eminente y altísimo de su Criador. Divide la perfección cristiana en tres estados, los que a su vez com- prenden diversos grados (2).

No cabe duda que el autor había leído a San Juan de la Cruz antes de componer su obra. Ella es otra nueva demostración de la influencia universal del Santo en los tratadistas posteriores a él. Pero nada autoriza, leyendo esta obrilla, para darle importancia mayor, ni menos atribuirla a la pluma del Místico del Carmelo. ¡Qué más ha- bría querido su autor que ampararlo debajo del regio manto de tan grande maestro de espíritu! (3).

A la misma serie de obras inspiradas en el Santo relego yo la que se rotula: Comunicación del espíritu de Dios en su Iglesia, de que nos habla en estos términos el P. Andrés de la Encarnación: «Es un tomo en tiene libro primero y segundo, y el primero 82 capítulos, el segundo 37. Antes del capítulo primero se puso y se borró el nombre del autor. Acaso sería el Santo. Pone por fundamento de todo lo que ha de tratar en el primer capítulo, lo de Tobías, XII, 10: 1 Ib. También lo copia el Códice de Toledo, de que acabamos de hablar y los Mss. 2.201 y 6.895.

2 Véase el argumento in extenso en la edición de Toledo, 1. 1, págs. XXXV-XL.

3 El P. Gabriel López Navarro, de la Orden de San Francisco de Paula, lo in- cluyó en el último tratado de la Mística Teología que publicó en Madrid el año de 1641. (Cfr. P. Gerardo, t. I, págs. XL-XLI).

INTRODUCCION LXIX Sacramentum regís abscondere bonum est. Trata de las visiones cor- porales y espirituales, y sus afectos y modos de haberse en ellas, y excelentísimamente de las substanciales; del amor espiritual que a los directores [se puede tener?], de la meditación y contemplación; de los prudentes del siglo, latamente; de las propiedades del buen espíritu, latamente; de los soberbios, latamente. Todo esto en el li- bro primero. Todo esto con doctrina, estilo, uso de Escritura tan propio de nuestro Santo Padre, que se puede dudar sea de ningún otro. Las doctrinas son tan elevadas, que espíritu inferior no las pudo tratar. Hállanse a veces sus frases, sus sentencias, sus palabras, sin añadir ni quitar nada. En el libro segundo trata de las señales de los verdaderos milagros».

Por la suma que del contenido de este tratado nos hace el P. An- drés, parece claro que estamos delante de un autor espiritual, buen teólogo, que saqueó sin piedad a San Juan de la Cruz, según uso y tranquila costumbre de la época. No es fácil que el Santo, en tratados extensos, volviese sobre argumentos suficientemente explicados por él, ni que anduviese, en su propio coto, a caza de frases, palabras y sentencias para incrustarlas en nuevos escritos suyos, cuando tanta facilidad tenía para construirlas. Ya hemos insinuado que el P. Andrés (achaque harto general, que aún no se ha extirpado totalmente) te- nía marcada propensión a enriquecer el catálogo de las obras del Santo. El escrito de que aquí habla, no se ha podido hallar, y por eso es imposible hacer sobre él estudio ninguno fundamental. Creo que el inventario sanjuanista, al menos para los tratados de alguna extensión, está bien cerrado en los cuatro bien conocidos desde que los es- cribió, es a saber: Subida, Noche Oscura, Cántico y Llama de amor viva (1).

1 ¿A qué perder ciempo en averiguar el paradero de El secretario espiritual. que el mercedario Fr. Juan de la Fuente atribuyó al Santo en un sermón que predicó cuando las fiestas de su beatificación en Toledo? (Cfr. P. Gerardo: t. I, p. XXX). Hasta el título infunde vehementes sospechas para darle tal procedencia. No sería di- fícil discurrir sobre otras obrillas atribuidas al Santo sin fundamento alguno, pero no lo juzgo necesario. Ya nadie las tiene por suyas.

INTRODUCCION EPISTOLARIO DEL SANTO Escaso en demasía es el número de cartas que poseemos del Doc- tor místico en comparación con el no pequeño que razonablemente hu- bo de escribir durante su vida en la Reforma del Carmen. No es fácil que escribiese muchas de estudiante en Salamanca. Alguna di- rigiría a su madre, residente en A\edina, aunque no muchas, porque 13 comunicación entre Medina y Salamanca era fácil y frecuente, y tendría a menudo nuevas de ella en una época en que se vivía mucho mas en familia que ahora, y las personas que viajaban, por poca co- noicticia que tuvieran con otras de la población donde vivían, si al- gún pariente de ellas residía allí donde se encaminaba, siempre se llevaban afectos y recaudos, dados y recibidos en un ambiente popu- lar encantador, del que apen-is quedan frías reminiscencias.

Con la Santa hubo de cartearse bastante, sobre iodo en su pri- mera época de Descalzo, durante su estancia en Durueio, Maicera, Pastrana y Alcalá. Comenzaba con él la reforma entre;cs religiosos, y aunque ya hizo su especie de noviciado con la Santa en Medina y Valladolid, hasta que las cosas fueron tomando asiea-o y directrices fijas, forzosamente hubieron de cruzarse cartas entre á nbos reforma- dores; y más conociendo la veneración y respeto que A jivan y fer- voroso Descalzo sentía por la M. Reformadora. Al «taleguito» de Cartas de la Santa, que por los años de 1579 le •ñó quemar, camino del Calvario a Baeza, fray Jerónimo de la Cruz, en un acto de su- blime desprendimiento, correspondía otro «taleguito» del Santo a la Santa. No tenía ésta costumbre de guardar las cartas que recibía, ni le fué fácil tampoco, por sus continuos cambios de convento 9 por la índole de la correspondencia, que pedía las llamas o el brdí,ero, apenas enterada de su contenido, por el estado habitual de vigilan- cia y persecución a sus planes reformadores en que vivió. De haber conservado el Santo las cartas de su Madre «Reformadora, muchas noticias se habrían averiguado de éste, como se infiere de las es- casas referencias que hallamos en el Epistolario teresiano átañentes al Doctor místico. También la escribió durante su larga permanencia en Andalucía, después que de Toledo se dirigió al Calvario, como le escribirá más tarde desde Baeza y Granada, donde fray Juan de la Cruz vivía cuando la Santa murió. También debió de escribir bastan- tes a los padres Antonio de Jesús, Fr. Jerónimo Gracián y Nicolás Doria para asuntos de gobierno.

AL EPISTOLARIO LXXI A otros religiosos de la Reforma hubo de dirigir también algunas cartas, ga de gobierno, ya de espíritu, contándose entre estos últimos el P. Fr. Juan Evangelista, Juan de Sta. Ana y otros queridos hijos suyos de vida reformada y dirección espiritual (1). Pero en este se- gundo aspecto de la correspondencia sanjuanista, fué harto más abun- dante la dirigida a las Carmelitas Descalzas, que fueron muchas las que lograron la no pequeña dicha de tenerle por médico espiritual de sus almas, llevando la primacía los conventos de Beas, Granada y Segovia, y luego, ya en los últimos años, el de Córdoba. La corres- pondencia de Beas y Córdoba era quizá algo mayor que la de Gra- nada y Segovia; porque en estos dos puntos vivió algunos años de asiento, y la dirección, salvo algún billete, fué más bien oral que escrita.

El Santo tuvo mucha inclinación a dirigir Carmelitas descalzas desde que tomó el hábito. Ya en Medina y Valladolid ejerció con ellas este ministerio, como hemos visto, con grande fruto y no poco conten- tamiento de la A\. Fundadora, que vió en aquel estudiantino el sostén más sólido de la vida espiritual intensa y sacrificada que introdujo en las Descalzas, la cual vida, de no ser muy cuidada, habría de langui- decer, o quizá derivar a la larga por derroteros no convenientes. Así que, la M. Fundadora, lejos de arredrarle los pocos años de fray Juan, —la prudencia no está vinculada a las canas— viéndole a los veintiséis años en plena maduración de espíritu, tan concertado en todo, tan dis- creto, tan docto, con aquel don que la Madre tenía de conocer y apro- vechar las personas, desde aquellos momentos propuso en su ánimo, como más tarde se vió, hacerle algo así como director nato espiri- tual de sus monjas; y éste es el cargo que más o menos explícita- mente desempeñó de por vida por indicación, unas veces manifiesta, otras oculta, según las circunstancias aconsejaban, de la sagaz Re- formadora. Puede decirse que así como al P. Jerónimo Gracián es- cogió Santa Teresa para el gobierno de su Reforma de religiosos y monjas, por las condiciones excepcionales que en él vió para este difícil empeño, así para la dirección y formación espiritual de sus religiosas se fijó particularmente en el Santo.

1 Otra de las personas más favorecidas de cartas del Santo Doctor fué la espi- ritual y entrañable devota suya D.a Ana de Peñalosa. En una de sus Relaciones dice la M. Ana de San Alberto, priora de Caravaca: "Una vez escribió el Santo desde aquí [Caravaca] unas cartas a doña Ana de Peñalosa, las cuales vió ella, que se las dió que las cerrase, en las cuales le trataba de algunos negocios y de otras cosas to- cantes a su alma, y consolándola. Y después vino un propio de Granada, adonde es- taba doña Ana, que traía unas cartas para el Santo; y como si antes las hubiera leí- do, asi le escribió en las primeras." (Cfr. pág. 398 de este tomo).

LXXI!

INTRODUCCION Tan a pechos tomó el Santo este oficio, para el cual cierta- mente había nacido, que fué su única especialización, como hoy di- ríamos. Los demás cargos que desempeñó fueron secundarios en su áni- mo, aunque fueran por otro cabo, importantes y trascendentales. Resultó el Santo un técnico en achaques de espíritu, y sus conocimientos y re- cetas espirituales vienen aplicándose con positivos frutos a las almas hasta nuestros días, y promete continuarse la aplicación cada vez con más crédito y provecho.

De aquí se infiere la importancia inapreciable que tiene cuanto con la dirección espiritual del Santo se relaciona, y la pérdida im- ponderable que supone la destrucción de sus cartas de conciencia. Tan entregado estuvo el Santo a este útil menester, que hasta los libros que escribió responden a él, y gracias a tales tratados quedamos re- sarcidos en parte de la pérdida casi total de su correspondencia epis- tolar.

De este rico joyero sólo se conservan algunas piedras muy precio- sas, que aumentan el dolor de!a desaparición de las restantes. El Santo nunca se desmienie. Sus cartas son piezas arrancadas de los mismos yacimientos auríferos que sus tratados. En lengua corriente y sencilla, natural y espontánea como el género pide, expone los mis- mos sublimes pensamientos, la misma doctrina de desnudez y vacío de potencias. No recorre el Santo la variada gama de afectos que he- mos visto desfilar, en riqueza deslumbradora, en el Epistolario te- resiano. Son muy pocas las cartas del Solitario de Duruelo para que pueda igualar al rico caudal de la Reformadora del Carmen, y en ambos están muy acusadas y prominentes las calidades propias de cada uno de ellos. La movilidad nerviosa y encantadora, y aquel desen- fado genial y gracia retozona que hacen de la Santa algo incompara- blemente simpático, no se hallan en las cartas que poseemos de San Juan de la Cruz.

Dicen que la mujer es muy superior al hombre en el género epis- tolar, y así lo parece, sobre todo cuando el género se limita a la manifestación llana y natural de los afectos del corazón. Santa Teresa es un ejemplo ante el cual claudicarían todas las plumas masculinas. Claudica el mismo San Juan de la Cruz. Con todo, sus cartas son encanto del entendimiento y del corazón sanos y deseosos de per- fección espiritual. Su seriedad no es seriedad que repele. Yo la en- cuentro muy atractiva.

Salpicadas están sus epístolas de pensamientos que nada desmerecen al lado de los mejores de sus tratados principales: «Lima es el des- amparo, y para gran luz el padecer tinieblas», dice en una de ellas. En otra escribe: «Hacia el cielo se ha de abrir la boca del deseo, AL EPISTOLARIO LXXIII vacía de cualquier otra llenura; y para que, así la boca del apetito, no abreviada ni apretada con ningún bocado de otro gusto, la tenga bien vacía y abierta hacia aquel que dice: Abre y dilata tu boca y yo la henchiré*. «Los bienes inmensos de Dios— dice en otro lu- gar—«no caben ni caen sino en corazón vacío y solitario». En otra a la madre Priora y Descalzas de Córdoba, muy hijas de espíri- tu suyas leemos esta profunda máxima psicológica y ascética: «Sepan que no tendrán ni sentirán más necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón». A otra querida hija suya que se lamentaba amar- gamente porque le habían dejado sin cargo en un Capítulo provincial, le contesta estas palabras que, escritas pocos meses antes de morir, mani- fiestan la hermosura de su alma en aquel trance: «De no haber sucedido las cosas como ella deseaba, antes debe consolarse y dar muchas gracias a Dios, pues habiéndolo Su Majestad ordenádolo así, es lo que a todos más nos conviene. Sólo resta aplicar a ello la voluntad, para que así como es verdad, nos lo parezca; porque las cosas que no dan gusto, por buenas y convenientes que sean, parecen malas y adversas». ¡Qué pensamiento tan bello y profundo! Vale por todo un tratado de Psicología y Ascética! ¡A qué compenetración tan completa habían lle- gado en el Santo la teoría y la práctica de su sistema de perfección cristiana!

A esta profundidad y lógica y obligada severidad de concepto, unía el Santo una amabilidad y dulzura no menos ricas y profundas en su aparente sobriedad. El hombre del total vacío y desarrimo de criatura, era singularmente cariñoso con las cosas de Dios. Al través de los grose- ros engastes del cuerpo— como diría Sta. Teresa— veía rebrillar la her- mosura espiritual de muchas almas, donde se espejaba con fidelidad la Belleza increada; y el corazón desnudo de todo afecto sensible, se le escapaba tras de estas almas, que tan regaladas cosas le decían de su Dios.

No sólo el trato con las personas era en San Juan de la Cruz austero y cariñoso al mismo tiempo, sino en sus mismas cartas, con ser tan pocas, se hallan perfectos dechados de este cariño austero, que ya se entiende no consiste en frases dulzonas, empalagosas y de insufrible cursilería, aun dentro de los límites de la simple educa- ción social. Las personas que el Santo dirigió le amaron entrañable- mente, y con amor duradero e irrompible, como sucede siempre que se basa en sólidos pilares espirituales. No faltan en sus cartas fra. ses cariñosas que daban aliento y confianza para abrir los senos del alma en la comunicación de conciencia. En una a doña Juana de Pedraza, señora muy piadosa que residía en Granada y se quejaba respetuosamente de que el Santo, que vivía entonces en Segovia, LXXIV INTRODUCCION no se acordaba de ella, le contesta éste diciendo: «¡No me faltaba ahora más sino olvidarla! Mire cómo puede ser lo que está en el alma, como ella está. Como ella anda en esos vacíos y tinieblas de pobre- za espiritual, piensa que todos le faltan.» ¿A quién no agradan a la vez que edifican estas frases de verdadero y santo cariño?

Véase otra anétdota llena de ternura y amor paternal, sin dejar de ser sobriamente austera. Cuenta su aprovechada hija espiritual, Ana de San Alberto, priora de las Descalzas de Caravaca, en documento que lleva su firma, que en cierta ocasión, siendo el Santo vicario pro- vincial de Andalucía, fué a aquella ciudad. Entre otras cartas que el Santo escribía a diversas personas, dió a la M. Priora unas para doña Ana de Peñalosa, a fin de que las leyese y cerrase. Como en aquella misma sazón llegara desde Granada un propio con cartas de esta se- ñora a las cuales de antemano había contestado el venerable Padre, y como la Priora, cayéndole esto en gracia, se riese por ello, el San- to, le dijo: —«¿De qué se ríe, boba? ¿No valía más que escribiese yo aquellas cartas anoche, cuando había de dormir, y que ahora nos estemos tratando cosas de Dios?» (1).

El Epistolario del Santo es tan corto, que la edición más completa hasta el presente, que es la de Toledo, sólo cuenta veinticinco cartas, de las cuales la quinta parte no se componen más que de un fragmento. Ya se entiende que número tan reducido no puede constar de coleccio- nes de ningún género. Quizá antiguamente existió alguna, pero desa- pareció pronto. De las que tenían en Granada las Descalzas, la Madre Agustina de San José, que conoció al Santo en dicha ciudad, donde ella había tomado el hábito de carmelita descalza, y luego pasó a la fundación de Baeza, escribía a un religioso en 1614: «Cuando hablé a V. R., padre mío, no me acordé de decirle de cuando vino aquí vi- sitador contra el Santo, apretó mucho con sus descomuniones y pre- ceptos para que todas le dixeran de él, y algunas religiosas sin mi- rarlo mucho, aunque en todas había un mismo sentimiento; con las cuales se enfadaba el visitador, dando demostraciones de su enfado. Hiciéronme a mí guardiana de muchas cartas que tenían las monjas romo epístolas de San Pablo y cuadernos espirituales altísimos, una talega llena. Y como eran los preceptos tantos, me mandaron lo que- mara todo porque no fueran a manos deste visitador. Y retratos del Santo los abollaron y destruyeron» (2). Esta visita que giró contra el Santo pocos meses antes de morir éste en Ubeda, el P. Diego Evan- gelista, infundió tal terror en el ánimo de las Carmelitas de Andalucía,