SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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1 Relación de Ana de San Alberto, pág. 399 de este tomo.

AL EPISTOLARIO LXXV donde la tal visita se realizó en algunos conventos, que la mayor parte de ellas se apresuraron a destruir cuantos originales guarda- ban del Santo Doctor.

Así lo afirma también un historiador casi contemporáneo de los sucesos— conoció a muchos que fueron testigos de ellos— Fr. Jerónimo de San José por estos términos, hablando de la tristemente célebre visita del P. Diego Evangelista: «Con estos asomos de indignación de los prelados, que el demonio publicaba y persuadía contra el ve- nerable Padre, estaban los religiosos tan atemorizados, que los que en otro tiempo se habían preciado de hijos y aficionados suyos, no se te- nían en éste por seguros, temiendo que, como a sus amigos, los habían también de perseguir, y así se abstenían de su comunicación, con lo cual vino a quedar en sus trabajos solo...Tanto fomentó el demonio este temor de frailes y monjas, que cualquiera que con el Santo Padre había tenido alguna comunicación espiritual, les parecía correrles pe- ligro sólo el hallarse su nombre escrito en su poder; y con esto, todas las cartas que tenían suyas, muy guardadas, por ser de excelente doctrina y de maestro tan santo, las quemaban; y lo mismo hacían de algunos retratos suyos, que personas devotas habían hecho copiar de uno que se sacó en Granada estando él arrobado. Esta tragedia de las cartas fué una muy grande pérdida para la Religión y aprovechamiento de las almas, y una de las mayores granjerias que el demonio sacó de esta tormenta; porque como el venerable Varón las había escrito respondiendo a dudas de materia de espíritu en que co- municaba la mucha luz que de esto le había dado Nuestro Señor, per- dióse mucho en perderse estos papeles» (1).

Sin embargo, ni en la misma Andalucía, donde el peligro de po- seer correspondencia del Santo llegó a ser tan grave, se destruyeron todas las cartas. En los Procesos de Beatificación y Canonización allí hechos, se hallan a veces testigos que declaran haber tenido alguna carta del Santo, o que aun la conservaban. No son muchas las re- ferencias de este género, pero son algunas (2). El encargado por la Orden de hacer este Proceso, P. Alonso de la Madre de Dios, en la Vida manuscrita del Santo que aún se conserva, y hemos citado mu- chas veces en esta edición, hace mérito de varias cartas que éJ vió 2 Así, v. gr., la M. Ana de San Alberto en las Informaciones hechas en Cara- vaca, donde ella era priora de las Descalzas, en 30 de junio de 1615, declara a la pregunta XV: "...y también, porque muchas veces esta testigo recibió cartas del di- cho venerable padre fray Juan de la Cruz, siendo priora." (B M C, t. 14, pág. 198). En otro documento (Memorias Historiales. C, 9) dice la misma religiosa: "Yo tenía mu- chas cartas suyas [del Santo], porque las estimaba y guardaba como reliquias. Des- pués que murió las he ido dando a religiosos que con devoción me las pedían."

LXXVI INTRODUCCION originales, 9 que ya no poseemos. Lástima que al mencionarlas no las transcribiese. Entre otras, cita dos a don Pedro González de Men- doza y otra a las Descalzas de Toledo, escritas a raíz de haber salido de esta ciudad y establecídose en El Calvario; dos más desde Beas (8 y 11 de septiembre de 1581) a María de Soto e Isabel de Soria, personas muy piadosas de Baeza, que se quejaban al Santo de su ausencia de aquella ciudad, y él les consuela diciendo que a la sazón era más necesaria su presencia en Beas, y les exhorta a la piedad y frecuencia de sacramentos. A la primera de estas personas volvió a escribir al año siguiente desde Granada, así como a otra dirigida suya de la misma ciudad de Baeza. En el año mismo de su muerte, al escoger provisionalmente por retiro La Peñuela, en Sierra Morena, escribió dos cartas muy edificantes al P. Provincial de Anda- lucía, que lo era su antiguo compañero de Duruelo, Fr. Antonio de Jesús (Heredia), para que dentro de ella le señalase convento, porque no había vuelto otra vez a aquella Provincia para hacer su voluntad, sino la del superior. Unicamente le significaba que sentía vivos de- seos de soledad y retiro. Algunas otras cartas escribió desde las soledades de La Peñuela, manifestando lo complacido y a gusto que allí se hallaba. Fuera de Andalucía, ningún peligro hubo que acon- sejara deshacerse de las cartas del Santo. No tuvo el autor del Cán- tico la fortuna de contar con amigos tan fieles como la Santa Madre, que cuidasen de su correspondencia: un Jerónimo Gracián y una María de San José, colecciones qua guardan lo más fino y delicado del epis- tolario de la Reformadora.

Tampoco, creo, se extremaron las diligencias después de la muerte del Santo en allegar cartas suyas (1). La primera labor metódica que en este extremo vemos, fué debida al P. Jerónimo de San José, que en su Historia del Venerable Padre, traslada en los lugares que estimó oportunos hasta dieciséis cartas (de dos sólo fragmentos, pues no se conservaba de ellas otra cosa), que han servido de base para el Epistolario del Santo. Desgraciadamente, ha medrado harto poco desde 1641 en que publicó su obra el célebre literato aragonés. De las dieciséis cartas publicadas por el P. Jerónimo, sólo nueve tuvieron cabida en la edición de las obras del Santo, hecha en Madrid en 1691 (2), número que continuó reproduciéndose en las siguientes edi- 1 El mismo P. Andrés de la Encarnación (Ms. 3.180, Adiciones E, núms. 13 y 14) lamenta la poca atención que se puso al principio en coleccionar cartas del San- to. En mamotretos que se comenzaron a formar a fines del siglo XVI y principios del siguiente, se copiaron algunas, como en su lugar se dirá, pero muy pocas.

2 Las publica al principio del tomo, en hojas sin paginar, después de las "Apro- baciones" de los escritos y antes de los Avisos.

AL EPISTOLARIO LXXVIl ciones de los escritos del Santo hasta la de 1703, que volvió a reedi- tar todas las de Fr. Jerónimo. Estas mismas continuaron publicándose sin aumentos hasta la edición de Toledo que, según es dicho, hace subir el número a veinticinco; exiguo, en verdad, y que nosotros tampoco podemos aumentar apenas. Además, el benemérito P. Ge- rardo, a continuación de los Avisos de Andújar que publicó en su edición fotolitográfica (Toledo, 1913), por idéntico procedimiento edi- tó también ocho cartas, de las que pudo adquirir copia autográfica. Unas cuantas más poseemos nosotros.

Al publicar cada una de estas cartas, daremos más pormenores de ellas, para que queden suficientemente ilustradas, como procuramos hacerlo con las de Santa Teresa.

A continuación de las Cartas se insertan otros documentos es- critos o firmados por el Santo cuando fué vicario provincial de Anda- lucía, algunos de ellos conocidos ya, otros inéditos hasta el presente. Extendió el Santo en Beas y Granada algunas profesiones en los li- bros respectivos de estos conventos, algunas de las cuales fueron publi- cadas ya por el P. Gerardo. Como no tienen nada de particular, pues el Santo en su redacción se ajusta a las fórmulas tradicional.::, no las reproducimos. Advertimos únicamente, que ni todas las que hay en dichos libros de letra del Santo están en la edición de Toledo, ni al- gunas de las que aquí se copian son del Doctor místico.

Tampoco publicamos la oración a la Santísima Virgen que se lee en un papelito pegado en una de las hojas del Libro primitivo de Elecciones y Profesiones de Beas, el cual se creía del Santo, y por tal le tuvo el P. Andrés de la Encarnación (1). El P. Gerardo también ¡a incluyó en sus Autógrafos del Santo, página 88. Aunque la letra en la finura de ciertos rasgos y en el trazado de otros se parece a la del Doctor místico, sin embargo, una comparación diligente mani- fiesta que la letra es de Francisca del Espíritu Santo, que en el mis- mo libro extiende algunas profesiones, por ejemplo, la de Catalina Evangelista. Compárese la letra de estas profesiones con la de la ora- ción dicha y se verá que procede de la misma pluma. Con esto no quiero decir que la oración no sea del Santo, sino que no es de su letra.

En el mismo error han incurrido muchos al atribuir al Santo 1 La oración dice: "Santísima María, Virgen de Vírgenes, sagrario de la Santí- sima Trinidad, Espejo de los Angeles, Refugio seguro de los pecadores: apiádate de nuestros trabajos, recibe con clemencia nuestros suspiros y aplaca la ira de tu Hijo santísimo." Esta oración puede componerla cualquiera que tenga un poco de cultura religiosa y de devoción a la Santísima Virgen. Tal vez sea de la citada M. Francisca.

LUVIU INTRODUCCION unas lincas que se leen al margen de la profesión de la M. Catali- na de Jesús (Godínez y Sandoval) que dicen: «Murió la M. Catalina de Jesús a veinte y tres de febrero del año de mil y quinientos y ochenta y seis siendo perlada deste conbento q ella misma fun- dó dando para ello seis mil ducados y las casas que haora bivimos». Harto indica la última frase que la nota es de una religiosa de la comunidad. Examinada la letra, resulta de la misma M. Francisca.

A LAS POESIAS LZZIX POESIAS Gustó San Juan de la Cruz, como todo místico que lo es de raíz y pura cepa, de rimar amores divinos, y un poema que los abarca y canta todos es la primera composición que de su pluma poseemos: el poema del Cántico Espiritual. Se ha dicho que la Mística es la poesía de la Religión, y tal vez nunca nos parezca esta afirmación tan verdadera y completa como después de leer al Cisne de Fonti- veros. De él podemos decir lo que de Virgilio dijo el Dante: Onorate l'altissimo poeta.

Nada más a propósito para hacer pulsar la lira que los arrebatos y encendimientos del amor. Y si el amor profano ha inspirado composi- ciones bellas, de las que con razón se enorgullecen casi todas las li- teraturas de los pueblos cultos, provocando mayores incendios en el corazón el amor divino, forzosamente ha de ser causa de más honda y sublime inspiración poética, como atizada por superior aliento. Ver- dadera ufanía nos causa la lectura de los poemas de San Juan de la Cruz, que toleran parangón, aun en primores accidentales y secundarios de forma, con los poetas más encumbrados del Parnaso, y se halla muy por cima de todos en la cuerda que él pulsa con inspiración única: la mística, entendida en el sentido más restricto y apropiado. Versificaba el Santo cuando el pensamiento nacional, en sus más va- rias manifestaciones, había llegado a plena madurez cristiana, y sus estrofas de ardiente lava, que, sin embargo, salen de su pecho con mansa fluidez y regalada dulcedumbre, forman con otros contados ingenios de su época, algo así como el ático o remate espléndido que corona el edificio que la civilización hispana acababa de levantar al Redentor del género humano en el momento de doblarle sus do- minios con un mundo nuevo.

Cronológicamente hablando, su primera composición poética— que es también la más bella — es el poema conocido con el nombre de Cántico Espiritual, que en un principio constó de diecisiete canciones, y luego le fué añadiendo otras hasta llegar a cuarenta. Bebiendo inspiración en el Cantar de los Cantares, y bajo las figuras de Esposo (Dios) y esposa (el alma), que se corresponden y requiebran, en alegoría magnífica y continuada va recorriendo todas las etapas del amor divino envuelto en opulencias salomónicas: que también Fray LXXX INTRODUCCION Juan de la Cruz tuvo su tanto de alma hebrea. Desnuda el Santo, por decirlo así, a todas las criaturas de la tierra de sus galas más vistosas, para tejer al Amor del Cielo la más fina tela poética que pudieron fabricar jamás las musas de Grecia y Roma ¿Qué vate ex- presó nunca tan bella y enérgicamente el deseo de transformarse en Dios por amor como el Santo en estas dos estrofas de fuego?: «Descubre tu presencia, Y máteme tu vista y hermosura; Mira que la dolencia de amor que no se cura sinc con la presencia y la figura».

«Oh, cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados».

¿Y cuándo las criaturas dieron contestación más dulce y poética, a requerimientos de su Hacedor, para manifestarle su gratitud por la hermosura que había dejado en ellas, que esta otra en que cantan: «Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura?»

Según vimos en los Preliminares, las diecisiete primeras estrofas de este Poema, las compuso estando en el Convento de los Carme- litas Calzados de Toledo. Es fácil que las hiciese para propio con- suelo y solaz, porque además de corresponder el Cántico a las necesidades de su alma mística, algunas estrofas— las primeras— tienen un airecillo de oportunidad y circunstancias locales, sin perder ápice de su universalidad y transcendencia, que nada tendría de particular que las hubiese compuesto para alivio de su alma en aquella forzosa soledad carcelaria de ocho meses, largos de talle (1).

Ni parece que tuvo el Santo intención de glosarlas, cuando obser- vamos que lo hizo más tarde a importunidades y ruegos de almas 1 En la cárcel toledana compuso, además, los romances y las poesías que comien- zan Que bien se yo la fonte...y Encima de las corrientes...En Granada el poema de la Llama, y en Toledo, o quizá en el Calvario, el de la Noche Oscura, según se dijo en el t. I, páginas 130-136.

A LAS POESIAS uní dirigidas por él, que le habían cobrado mucho amor y confianza. Toda la ciencia mística contenida en las tres vías clásicas: purgativa, ilumi- nativa y unitiva, veía con intuición genial el Santo en sus cancio- nes; pero fué providencia bienhechora que le arrancasen el secreto de su hermoso simbolismo, y lo diese a la luz en soberanos comen- tarios, admirados por todas las inteligencias cultivadas, y saboreados con delectación por todas las almas heridas de amores divinos.

A bellísimos poemas se deben también sus tres restantes tratados: Subida del Monte, Noche Oscura y Llama de amor viva. Esta última la compuso a orillas del Darro y del Genil. Las tres son hijas de ins- piración sublime y están llenas de hondo significado ascético y mís- tico, como lo manifiestan los comentarios que les puso. La última de las tres, parece que fué compuesta cuando el Santo se hallaba en estado especialísimo de inspiración; porque si para comentarla, es- peró—como él dice— el momento propicio en que Dios le «abriese la noticia» y «diese algún calor», mucho más hubo de propiciar el aire tenue de las celestes almenas para la construcción de estas estrofas maravillosas, donde hay menos ropajes humanos que en el comento que puedan disimular la falta de inspiración y calor divinos.

Parecida inspiración poética se advierte en otras composiciones suyas, y aunque sólo se oye la cuerda mística, suena siempre bien al oído, como tocada por artista hábil y experimentado. Hermoso, de- licado y sugeridor, por ejemplo, y muy conforme con la doctrina que nos ha expuesto en sus tratados, es el poema en que celebra el alma su conocimiento de Dios por fe, bajo el símbolo, favorito suyo, de la noche oscura: «Que bien sé yo la fonte tjue mana y corre, Aunque es de noche.

Véase qué linda y delicadamente habla de la Sagrada Eucaristía vista al través de los blancos cendales de la fe divina: «Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida aunque es de noche.

•Aquí se está llamando a las criaturas, y desta agua se hartan aunque a escuras, porque es de noche.

»Aquesta viva fuente, que deseo, en este pan de vida yo la veo aunque de noche».

6 lxxxh INTRODUCCION También metrificó ci Santo en ese género, tan popular en España en otros tiempos, que se llama romance, del cual hay numerosas composiciones en nuestro Parnaso, y preferido acaso del pueblo por su agilidad y por lo bien que se pega al oído. Glosando el Evangelio que comienza: In principio erat Verbum, habla profunda y poéticamente de la Santísima Trinidad, de la creación, de los deseos de los santos padres que en el Antiguo Testamento esperaban al Redentor del gé- nero humano, de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento, y, por fin, en el mismo metro y en dieciséis estrofas impregnadas de dulce y bíblica melancolía, glosa el salmo Super flumina Babylonis (1).

Estas son las principales flores del jardín poético del Doctor místico, más exquisitas que abundantes, ciertamente, pero no escasas tampoco y ricas todas de fino aroma, grata frescura y frágil mor- bidez, y realzadas por una profundidad y trascendencia alegórica sin igual en la mística rimada. Los autores de crítica literaria, aunque pres- cindan del soberano valor místico de estas poesías, las citan y enco- mian con aplauso y colocan a su autor entre los primeros líricos de nuestra lengua. Ha sido una fortuna para el Santo, y mayor aún para las patrias Letras, que nuestro primer crítico literario y maes- tro acatado de todos, nos dejase una página bellísima que encierra juicio definitivo de las poesías del Reformador carmelita. La cita es un poco larga y muy conocida, pero no se puede omitir en esta edi- ción, porque nadie ha sintetizado mejor que él las excelencias poéticas del vate fontiverino. Acababa de hacer un estudio estupendo de fray Luis de León, digno ciertamente del autor de la Noche Serena (2), en su 1 No se halla en los Romances la sublime entonación que en las poesías líricas, sobre todo las que dieron ocasión a sus tratados místicos, ni el género lo pedía tam- poco; pero se admira en ellas, como siempre, al teólogo profundo, al místico enamo- rado, al poeta fácil, fluido y delicado. Si hay alguna disonancia, acháquese a a mis- ma facilidad con que versificaba, y al ningún cuidado que puso en limar asperezas y corregir acentos. No escribía para hacer alardes de pulcritud de forma, sino para sa- tisfacer devociones hondas, y ambas cosas logra sin esfuerzo casi siempre.

2 Creemos que el insuperado crítico, no sólo estudió y enjuició como nadie lo ha hecho hasta ahora a los dos vates insignes, reyes indiscutibles de nuestra lírica reli- giosa; sino que al mismo tiempo dió pauta y modelo muy dignos de ser tomados en consideración, siempre que se intente compararlos entre sí por quien se sienta capaz de ello para evitar desdichados paralelos, que rara vez dejan de ser apasionados y odiosos. Ambos, dentro de la lírica, son reyes en cierto campo, distinto uno de otro, sin que en estas diversas zonas puedan ejercer indistintamente autoridad soberana. Ambos gozan de propia y recia personalidad. No creo que aquellos espíritus excelsos habrían tenido el menor inconveniente en rendirse mutuo vasallaje, sin abdicar de sus respectivas soberanías. Tan exagerado es afirmar que San Juan de la Cruz iguala a fray Luis en cierta dulzura mansa, serenidad helénica y corrección horaciana, como que éste le da alcance en sus encendidas ascensiones por el simbólico monte de la mística cristiana. En el Cántico espiritual hay esencias purísimas exclusivas del Cis- ne de Fontiveros, como en la oda a la "Vida retirada" las hay de la elaboración pro- A LAS POESIAS LXXXIII Discurso de entrada en la Española (1881); y pasando inmediatamente a estudiar al Santo, dice: «Pero aun hay una poesía más angélica, celestial y divina, que ya no parece de este mundo, ni es posible me- dirla con criterios literarios, y eso que es más ardiente de pasión que ninguna poesía profana, y tan elegante y exquisita en la forma, y tan plástica y figurativa como los más sabrosos frutos del Renacimien- to. Son las Canciones espirituales de San Juan de la Cruz, la Subida del Monte Carmelo, la Noche Oscura del alma. Confieso que me infunden religioso terror al tocarlas. Por allí ha pasado el espíritu de Dios, hermoseándolo y santificándolo todo: «Mil gracias derramando, Pasó por estos sotos con presura, Y yéndolos mirando, con sola su figura Vestidos los dejó de hermosura».

«Juzgar tales arrobamientos, no ya con el criterio retórico y mez- quino de los rebuscadores de ápices, sino con la admiración respetuosa con que analizamos una oda de Píndaro o de Horacio, parece irre- verencia y profanación. Y sin embargo, el autor era tan artista, aun mirado con los ojos de la carne, y tan sublime y perfecto en su arte, que tolera y resiste este análisis, y nos convida a exponer y desarrollar su sistema literario, vestidura riquísima de su extático pensamiento.

»La materia de sus canciones es toda de la más ardorosa devoción y de la más profunda teología mística. En ellas se canta la dichosa ventura que tuvo el alma en pasar por la obscura noche de la fe, en desnudez y purificación suya, a la unión del Amado; la perfecta unión de amor con Dios, cual se puede en esta vida, y las propie- dades admirables de que el alma se reviste cuando llega a esta pía del vate del Tormes. El.A dónde te escondiste. Amado, semeja el eco vibrante y logrado de las almas puras y embriagadas de amor santo, desde la Magdalena a la Beata Sacramento, en vuelo ya para la eternidad, sin cuidarse de otro ropaje que el necesario para celebrar las bodas con el Esposo: el deseo que entraña la sublime composición ¡Qué descansada vida!, parece el anhelo de los espíritus nobles que as- piran a la posesión de Dios en tranquilidad dulce y resignada, que aprovechan las divinas dilaciones y aparentes despegos en vestirse con las galas más refinadas y de impecable gusto estético, para sugestionar más al Amado y obligarle a acelerar la par- tida para unirse a El en dulce y perdurable encuentro.

Admiremos sin limitación a los dos egregios poetas, y dejémosles tranquilos en sus pedestales de oro, que en vida se quisieron bien, y ahora en aquellas regiones "De oro y luz labradas de espíritus dichosos habitadas." no van a alterar la inefable armonía en que continúan viviendo en fruición beatifica- LXXXTV INTRODUCCION unión, y los varios y tiernos afectos que engendra la interior comuni- cación con Dios. Y todo esto se desarrolla, no en forma dialéctica, ni aún en la pura forma lírica de arranques y efusiones, sino en metá- fora del amor terreno, y con velos y alegorías tomados de aquel di- vino epitalamio en que Salomón prefiguró los místicos desposorios de Cristo y su Iglesia. Poesía misteriosa y solemne, y sin embargo, lo- zana y pródiga y llena de color y de vida; ascética, pero calentada por el sol meridional; poesía que envuelve las abstracciones y los conceptos puros en lluvia de perlas y de flores y que, en vez de abis- marse en el centro del alma, pide imágenes a todo lo sensible, para reproducir, aunque en sombras y lejos, la inefable hermosura del Ama- do. Poesía espiritual, contemplativa e idealista, y que con todo eso nos comunica el sentido más arcano y la más penetrante impresión de la naturaleza, en el silencio y en los miedos veladores de aquella noche, amable más que la alborada, en el ventalle de cedros, y el aire de la almena que orea los cabellos del Esposo...»

Aquí reproduce el autor muchas estrofas del Cántico en confir- mación de lo que acaba de decir, y prosigue: «Por toda esta poesía oriental, trasplantada de la cumbre del Carmelo y de los floridos va- lles de Siona, corre una llama de afectos y un encendimiento amoroso capaz de derretir el mármol. Hielo parecen las ternezas de los poe- tas profanos al lado de esta vehemencia de deseos y de este fervor en la posesión, que siente el alma después que bebió el vino de la bodega del Esposo: «Apaga mis enojos, Pues que ninguno basta a deshacellos Y véante mis ojos Pues eres lumbre de ellos Y sólo para ti quiero tenellos.

Quedéme y olvidéme, El rostro recliné sobre el Amado, Cesó todo y dejéme, Dejando mi cuidado Entre las azucenas olvidado».

»Y aquel otro rasgo, que no está en el Cantar de los Cantares, y que, no obstante, es admirable de verdad y de sentimiento: «Cuando tú me mirabas, Tu gracia en mí tus ojos imprimían» (1).

1 Recientemente ha escrito capítulos muy notables sobre las poesías del Santo A LAS POESIAS LXXIV Las bellezas soberanas que se admiran en el vate de Fontiveros, son hijas asi de su ingenio nativo y profunda inspiración mística como de su cultura teológica, estética y literaria. Esta es mucho más difícil de precisar que la teológica y filosófica del Doctor de la A^ística, porque nos quedan menos noticias y, además, muy imprecisas. Casi todo lo que de esto sabemos es debido a lo que Francisco de Yepes, nos dejó en sus relaciones de su santo hermano. No cabe duda que de la cátedra del P. Bonifacio en Medina salió muy bien impuesto en Latín y Humanidades, y que estos conocimientos se agrandaron y tomaron altos vuelos en el ambiente universitario salmantino, donde brillaban humanistas como el Brócense y fray Luis de León.

Conocida la instrucción que ya por este tiempo se daba en los colegios de la Compañía, salió el Santo de las aulas medinenses do- minando la técnica del metro latino, y no dejaría de adquirir cono- cimientos de la métrica española, así de la antigua y ya arcaica de la época medieval, como de las formas nuevas que con aceptación uni- versal importaron de la bella Italia Boscán y Garcilaso. No existe ninguna razón para que no conociese, siquiera en términos generales, las corrientes y formas literarias más en boga de su tiempo, prin- cipalmente haciendo, como hizo, los estudios humanísticos en edad más adelantada que la hoy usual, y poseyendo un ingenio tan brillante y tan inclinado a la belleza en sus más variadas manifestaciones. Pro- fundo reflejo de belleza sigue invariablemente a su pluma como la luz al astro rey. De él, como de Goldsmith. puede decirse que nikib tetigit quod non ornavit. La belleza serena y perenne emerge de la entraña misma del asunto que trata, como los orientes brotan de lo más íntimo de esas piedras preciosas sin oquedades ni puntos muer- tos. El empeño del Santo de no significarse en nada, ni dar ni por descuido un dato autobiográfico cualquiera, hace siempre difícil la investigación de los elementos que contribuyeron a su formación cien- tífica y literaria. Sin embargo, una cita, caída como al desgaire, que el Santo puso al fin del poema de la Llama de amor viva, nos da la certeza de haber leído clásicos españoles, que sin ella no habría pasado de fundada conjetura el hecho cierto. Allí dice que compone las ¡iras de Llama al modo de las que en Boscán están vueltas a lo divino, y copia tres versos de una de las estrofas (1). No parece debamos abrigar la menor duda de que el Santo leyó a Boscán y a su inse- parable amigo Garcilaso de la Vega, que juntos corrían entonces en leel P. Crisógono en el t. II de su importante obra San Juan de ¡a Cruz, su obra cien- tífica y literaria.

1 Cfr. págs. 6 y 7.

LXXXV1 INTRODUCCION tras de molde y se leían por todos los que sentían amor y afición a las buenas letras. Como en los conventos se sentía también este amor con más aguda comezón que en ningún otro centro— ahí están sus pro- ducciones literarias que no me harán mentiroso—, ¿quién puede po- ner en tela de juicio que en ellos abundaban los ejemplares de nues- tros más excelsos poetas y que fray Juan de Santo Matía hallaba ocios y vagares para leerlos, después de sus estudios intensos de fi- losofía o teología? Era aquélla época harto más poética que la nuestra, y hasta las monjitas divertían y sazonaban las principales fiestas y novedades de la comunidad versificando con más abundan- cia, por lo regular, que inspiración. Al fin, conseguían su objeto. ¿Qué más podían apetecer? Nos parece cierto que San Juan de la Cruz fué muy versado en la lectura de los poetas latinos y naciona- les más nombrados, y que dominó la técnica de ambas lenguas, aun- que de la segunda no nos quede muestra.