SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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a blasfemo e impío que con el hombre, entre el Est UA 1 O no pudiera existir. UNIWMERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA 5 En el primer capítulo de este libro demuestra Donoso que la facultad de escoger entre el. DEPTO. DÉ BIBLIOTE CAS bien y el mal no es de esencia de la libertad, pues Dios, y los ángeles y santos unidos a Él en la BIBLIOTECA “EFE” GOMEZ gloria, no por estar exentos de aquella flaqueza carecen de libre albedrío ni dejan de gozar de una libertad perfecta. Aquí afirma Donoso que el hombre no sería libre si no pudiera escoger entre el bien y el mal.

Ya hemos notado de escoger entre el bien y el mal. Esto se ve tan que para ningún lector imparcial y atento puede ser obscuro.

antes de ahora que por facultad de escoger entiende Donoso la facultad claro en los muchos pasajes citados anteriormente, CAPÍTULO QUINTO SECRETAS ANALOGÍAS ENTRE LAS PERTURBACIONES FÍSICAS Y LAS MORALES, DERIVADAS TODAS DE LA LIBERTAD HUMANA SUMARIO. -1. El pecado introdujo en el mundo el desorden moral (que consiste en la ignorancia, la concupiscencia) y el físico (que consiste en la enfermedad, la muerte). -2. Toda la creación sintió la perturbación causa- da por el pecado. -3. Cristo, juntamente sanaba los cuerpos y perdonaba las culpas. Para satisfacer por el pecado se abrazó con el dolor y la muerte. -4, El género humano proclama el secreto enlace entre los males físicos y el pecado. -5. Dos ejemplos: el diluvio, la muerte de Cristo.

1. Hasta dónde hayan ido a parar los estragos de la culpa, y hasta qué punto se haya cambiado el semblante todo de la creación con tan noble Wesvarío, es cosa substraída a las humanas investigaciones; pero lo que está puesto fuera de toda duda, es que padecieron degradación juntamente en dán su espíritu y su carne, por orgullosq aquél y ésta por concupiscente. Siendo una misma la causa de la degradación física y de la moral, en- trambas ofrecen portentosas analogías y equivalencias en sus varias magi: Testaciones. ) Ya dijimos que el pecado, causa primitiva de toda degradación, no fue Mtra cosa sino un desorden; y como consistiese el orden en el perfecto equi- librio de todas las cosas criadas, y ese equilibrio en la subordinación jerár uica que mantiene unas con otras, y en la absoluta que todas mantenían con su Criador, síguese de aquí que el pecado o el desorden, que es una fosa misma, no consistió en otra cosa sino en la relajación de esas subordi- 106 JUAN DONOSO CORTÉS naciones jerárquicas que tenían las cosas entre sí, y de la absoluta en que estaban respecto del Ser Supremo; o lo que es lo mismo, en el quebranil miento de aquel perfecto equilibrio y de aquella maravillosa trabazón en que fueron puestas todas las cosas. Y como quiera que los efectos son siem- pre análogos a sus causas, todos los efectos de la culpa vinieron a ser, hasta cierto punto, lo que ellas: un desorden, una desunión, un desequilibrio. El pecado fue la desunión del hombre y de Dios. El pecado produjo un desor-: den moral y un desorden físico. El desorden moral consistió en la ignoran- cia del entendimiento y en la flaqueza de la voluntad; la ignorancia del entendimiento no fue otra cosa sino su desunión del entendimiento divino; la flaqueza de la voluntad estuvo en su desunión de la voluntad suprema, El desorden físico producido por el pecado consistió en la enfermedad y en la muerte. Ahora bien; la enfermedad no es otra cosa sino el desorden, la desunión, el desequilibrio de las partes constitutivas de nuestro cuerpo; la muerte no es otra cosa sino esa misma desunión, ese mismo desorden, ese mismo desequilibrio, llevado hasta el último punto. Luego el desorden físico y moral, la ignorancia y la flaqueza de la voluntad, por una parte, y la enfermedad y la muerte, por otra, son una Cosa Misma.

Esto se verá más claro todavía, sólo con considerar que todos estos des- órdenes, así físicos como morales, toman una misma denominación en el punto en donde nacen. ” La concupiscencia de la carne y el orgullo del espíritu se llaman por un mismo nombre, el pecado; la desunión definitiva del alma y de Dios, y la del cuerpo y del alma, se llaman con un mismo nombre, la muerte.

Por donde se ve que el vínculo entre lo físico y lo moral es tan estre- cho, que sólo en el medio puede observarse su Aerea, viniendo a ser una misma cosa en su fin y en su principio. ¿Y cómo había de ser de otra manera, si así lo físico como lo moral viene de Dios y acaba en Dios; si Dios está antes del pecado y después de la muerte? as 9. Por lo demás, esta estrechísima conexión entre lo moral y lo físico podría ser ignorada de la tierra, que es puramente COrpúrea, y de los ánge- les, que son espíritus puros; pero ¿cómo ese misterio ha de ser una cosa escondida para el hombre, compuesto de un alma inmortal y de una 2 ria corpórea, y que está puesto por Dios en la confluencia de dos mundos: Ni paró aquí aquella gran perturbación producida por el pecado; como quiera que no sólo Adán quedó sujeto a la enfermedad y a la muerte, sino que también la tierra fue maldecida a causa de él y en su nombre. | Por lo que hace a esta tremenda y hasta cierto punto incomprensible maldición, sin que sea visto que osemos penetrar en tan oscuros arcanos, y ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 107 ePconociendo, como reconocemos, que los juicios de Dios son tan secretos.

mo maravillosas sus obras, parécenos, sin embargo, que una vez confesa- la en la teórica la relación misteriosa que ha puesto Dios entre lo moral y lo físico, y una vez confesada en la práctica, por ser, si bien en cierta mane- ti inexplicable, hasta cierto punto visible en el hombre, todo lo demás es menos en este misterio profundo; como quiera que el misterio está en esa ley de relación, más bien que en las aplicaciones que de ella puedan hacer- he por vía de consecuencia.

Conviene notar aquí, para el esclarecimiento de esta materia escabro- 1, y en comprobación de cuanto llevamos dicho, que las cosas físicas no pueden considerarse como dotadas de una existencia independiente, como existiendo en sí, por sí y para sí, sino más bien como manifestaciones de las cosas espirituales, que son las únicas que tienen en sí mismas la razón de su existencia!. Siendo Dios espíritu puro y principio y fin de todas las cosas, es claro que todas las cosas en su principio y en su fin son espiritua- les: siendo esto así, o las cosas físicas son vanas apariencias y no existen, o si existen, existen por Dios y para Dios, lo cual quiere decir que existen por el espíritu y para el espíritu, de donde se infiere que siempre que haya tina perturbación, cualquiera que ella sea, en las regiones espirituales, ha dde haber forzosamente otra análoga en las regiones corpóreas; no pudien- do concebirse que estén quietas las cosas mismas, cuando hay una pertur- bación en lo que es principio y fin de todas las cosas.

La perturbación, pues, producida por el pecado fue y debió de ser ge- neral, fue y debió de ser común a las regiones altas y a las bajas, a las de lodos los espíritus y a la de todos los cuerpos. El rostro de Dios, plácido antes y sereno, se conturbó con la ira; sus serafines mudaron de semblante, litierra se cuajó de espinas y de abrojos, y se secaron sus plantas, y envejecieron sus árboles, y se agostaron sus hierbas, y dejaron de destilar licor suavísimo sus fuentes; y fue fertilísima en ponzoñas, y se vistió de bosques oscuros, impenetrables, pavorosos, y ser coronó de montes bravos, y hubo una zona tórrida y otra frigidísima, y fue onsumida por el fuego y abrasa- (dla por la escarcha y se levantaron en todos sus horizontes torbellinos im- petuosos, y sus ámbitos fueron henchidos con el estruendo de los huraca- nes.

* El autor se refiere, sin duda, según añade luego, a sólo Dios; fuera de Dios, en efecto, no hay substancia alguna espiritual que tenga en sí la razón de su existencia.

108 JUAN DONOSO CORT | 'AYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 109 Puesto el hombre como en el centro de este desorden universal, a: tiempo obra suya y su castigo; desordenado él mismo más honda y radic mente que el resto de la creación, quedó expuesto, sin otra ayuda que de la misericordia divina, a la impetuosa corriente de todos los dolores ff cos y de todas las congojas morales, su vida fue toda tentación y bata ignorancia su sabiduría, su voluntad toda flaqueza, toda corrupción su ne. Cada una de sus acciones estuvo acompañada de un arrepentimient cada uno de sus placeres fue seguido de un dejo amargo o de un doli agudísimo; cuantos fueron sus deseos, tantos fueron sus pesares; cuani sus esperanzas, otras tantas sus ilusiones; y cuantas sus ilusiones, otros tos sus desengaños. Su memoria le sirvió de torcedor, su previsión de to mento; su imaginación no le sirvió de otra cosa sino de echar franjas ( púrpura y de oro sobre su desnudez y miseria *. Enamorado del bien par el que había nacido, echó por la senda del mal por donde había entrada necesitado de un Dios, cayó en los insondables abismos de todas las supe ticiones; condenado a padecer, ¿quién será capaz de hacer el recuento d sus infortunios? Condenado a trabajar con fatiga, ¿quién sabe el guarismé de sus trabajos? Condenada su frente a perpetuo sudor, ¿quién llevará l, cuenta de las gotas de sudor que han caído de su frente?

Pon al hombre tan alto como sea posible, o tan bajo como quieras; er ninguna parte estará exento de aquella pena que nos vino de nuestro co mún pecado. Si al que está en lo alto no le alcanza la injuria, le alcanza la envidia; si al que está bajo no le alcanza la envidia, le alcanza la injuria ¿Dónde está la carne que no haya padecido dolor, y el espíritu que no haya padecido congojas? ¿Quién estuvo tan alto que no temiera caer? ¿Quién creyó tan firmemente en la constancia de la fortuna que no temiera sus; reveses? Los hombres, en el nacer, en el vivir, en el morir, todos somos unos, porque todos somos culpables y todos somos penados.

Bi el nacimiento, si la vida y si la muerte no son una pena, ¿en qué liste que no nacemos, vivimos y morimos como todo lo demás que nace, y muere? ¿Por qué morimos llenos de terrores? ¿Por qué vivimos llede congojas? Y ¿por qué cuando nacemos venimos al mundo con los 205 cruzados en el pecho en postura penitente? Y ¿por qué al abrir los a 1 la luz los abrimos al llanto y nuestro primer saludo es un gemido?

3, Los hechos históricos vienen a confirmar los dogmas que acabamos exponer y todas sus misteriosas consonancias. El Salvador del mundo, edificación y pavor profundísimo de los pocos justos que le seguían y im escándalo de los doctores, borraba los pecados curando las enfermeles, y curaba las enfermedades absolviendo de los pecados, suprimiendo is veces la causa por medio de la supresión de los efectos y borrando ras los efectos por medio de la supresión de su causa. Como un paralítise hubiese puesto en su presencia en ocasión en que se hallaba rodeado ¿muchedumbre de doctores y fariseos, alzó la voz y le dijo: «Confía, hijo lo, Yo te remito tus pecados». Escandalizáronse en su corazón los que es- ban allí presentes, pareciéndoles, por una parte, que la potestad de ab- alver era en el Nazareno orgullo y locura, y por otra, que intentar sanar Ñ enfermedades absolviendo de los pecados era una extravagancia; y como Señor viese nacer en los corazones de aquellas gentes aquellos pensa- ientos culpables, añadió luego en seguida: «Y para que a todos sea noto- bp que el Hijo del Hombre tiene en la tierra la potestad de remitir los pe- idos, levántate, yo te lo ordeno; lleva contigo tu lecho y vuelve a tu casa». así fue hecho como lo dijo, con lo cual vino a demostrar que la potestad E curar y la de absolver son una potestad misma, y que el pecado y la en- “medad son una misma cosa.

Antes de pasar adelante será bueno notar aquí, en confirmación de anto vamos diciendo, dos cosas dignas de memoria: la primera, que el nor, antes de poner sus hombros al grave peso de los delitos del mundo, tuvo exento de toda enfermedad * y aun de todo achaque, porque estaba ? El sentido de todas esas frases es el mismo que el de otras análogas de los teólogos y ixento de pecado; la segunda, que cuando puso en su cabeza los pecados santos Padres y escritores ascéticos y aun de las Sagradas Escrituras. Véase, entre otros, el si- He todas las gentes, aceptando voluntariamente los efectos así como acepguiente pasaje de Bossuet: «¿Qué es nuestra vida -dice- sino un continuo extravío? ¿Qué nues» taba las causas, y las consecuencias, así como aceptaba los principios, acep- tras Opiniones sino otros tantos errores? ¿Y qué son nuestros caminos sino ignorancia?...Nun- ca me puedo fiar de sólo mi razón humana, pues siendo tan variable y tan insegura, y cayen- do tantas veces como cae en error, no puedo tomarla por único guía sin exponerme a peli- gros manifiestos. Cuando considero en mí este mar turbulento, si así me es lícito llamar a la razón y a las opiniones humanas, imposible me es en espacio tan dilatado hallar asilo tan se- guro ni retiro tan sosegado que no se haya hecho memorable por el sufragio de algún nave- gante famoso». (Sermón para el domingo de Quincuagésima).

* «Salvo las muestras generales de pasabilidad que Nuestro Señor quiso dar en algunas prasiones», dice aquí entre paréntesis la traducción italiana.

110 JUAN DONOSO CORTÉS tó el dolor, mirando en él al compañero inseparable del pecado, y sudó Sangre en el Huerto, y sintió dolor con la bofetada en el Pretorio, y desfa- lleció con el peso de la Cruz, y padeció sed en el Calvario, y una tremenda agonía en el afrentoso madero, y vio venir la muerte con pavor, y gimió honda y dolorosamente al enviar su espíritu a su santísimo Padre.

4. Por lo que hace a aquella admirable consonancia de que hablamos entre los desórdenes del mundo moral y los del físico, el género humano la proclama a una voz sin comprenderla, como si un poder sobrenatural e invencible le obligara a dar testimonio al gran Misterio: la voz de todas las tradiciones, todas las voces populares, todos los vagos rumores esparcidos por los vientos, todos los ecos del mundo, nos hablan misteriosamente de un gran desorden físico y moral, acaecido en los tiempos anteriores al cre- púsculo de la historia y aun al crepúsculo de la fábula, a consecuencia de una culpa primitiva, cuya grandeza fue tanta, que ni puede ser comprendi- da por entendimiento ni expresada con vocablos. Aun hoy día es, y si por ventura se desordenan los elementos, y hay mudanzas extrañas en las esfe- ras celestes, y vienen sobre las naciones grandes castigos de discordias, de pestilencias, de hambres; si las estaciones alteran el curso sosegado de su armónica rotación, y se confunden y traban entre sí una a manera de bata- lla; si el suelo viene a padecer sacudidas y temblores, y si los vientos, libres de las riendas que refrenan sus ímpetus, se tornan huracanes, luego al punto se levanta de las entrañas de los pueblos, guardadoras de la tremenda tra- dición, una voz pertinaz y temerosa, que busca la causa de la insólita per- turbación en un delito poderoso para enojar a Dios y para atraer sobre la tierra las maldiciones del cielo.

Que esos vagos rumores * son a las veces infundados, y que suelen ser hijos de la ignorancia de las leyes que presiden al curso de los fenómenos naturales, es una cosa evidente; pero no es menos evidente a nuestros ojos que el error? está solamente en la aplicación y no en la idea, en la conse- * Muy acertadamente usa aquí el autor la expresión de vagos rumores, restringiendo de la manera en un sentido conveniente la consideración de que puedan a veces ser infunda- les rumores y que procedan de ignorar el curso de los fenómenos naturales; pues por lo hás, enta voz de los pueblos, que busca la razón del mal físico en el mal moral, aunque Aa yes pueda ser vaga e infundada, está siempre de acuerdo con la enseñanza divina y Farzón natural.

Cu ido lo haya.

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 170 cuencia y no en el principio, en la práctica y no en la teórica. La tradición queda en pie, dando perpetuo testimonio a la verdad, a pesar de todas sus falsas aplicaciones. Las muchedumbres pueden errar, y yerran frecuente- mente, cuando afirman que tal pecado es causa de tal desorden; pero ni yerran ni pueden errar cuando aseguran que el desorden es hijo del peca- do; y cabalmente porque la tradición, considerada en su generalidad, es la manifestación y la forma visible de una verdad absoluta, es por lo que es una cosa difícil, o casi de todo punto imposible, sacar a los pueblos de los errores concretos que cometen en sus aplicaciones especiales. Lo que la tradición tiene de verdadero, de consistencia a lo que la aplicación tiene de falso; y el error concreto vive y crece debajo del amparo de la verdad absoluta.

5. Ni carece la historia de ejemplos insignes que vienen en apoyo de esta tradición universal, que ha ido transmitiéndose de padres a hijos, de familia a familia, de raza a raza, de pueblo a pueblo y de región a región, por todo el linaje humano, hasta los remates de la tierra; porque siempre que los delitos han subido sobre cierto nivel y han llenado cierta medida, luego al punto han venido sobre las gentes catástrofes tremendas, y sobre el mundo ásperos vaivenes y rudos sacudimientos. Sucedió primero aque- lla universal perversión de que nos hablan las Santas Escrituras, cuando, Juntos en una misma apostasía y en un mismo olvido de Dios todos los hom- bres en la época antediluviana, vivieron sin otro Dios y sin otra ley que sus criminales antojos y frenéticas pasiones; y entonces, llenas ya las copas de las iras divinas, vino sobre la tierra aquel gran conflicto y aquella portento- sa Inundación de las aguas que todo lo arrastró en el universal estrago y en la común ruina, y que igualó los montes con los valles. Llegados después los tiempos a la mitad de su carrera, sucedió que vino al mundo, en cum- plimiento de las antiguas promesas y de las antiguas profecías, el Deseado de las naciones: fue la época de su venida nombrada entre todas por la per- versidad y malicia de los hombres y por la corrupción universal de las cos- tumbres. Añadióse a esto que en un día de triste y de llorosa memoria, el más lloroso y el más triste de cuantos iban corridos desde la creación, un pueblo ciego e insensato, como si estuviera tomado del vino, se levantó, descompuesto su rostro con el frenesí de la cólera, tomó a su Dios con su mano y le hizo asunto de sus ludibrios, y acumuló sobre él todas sus afren- las, y cargó sus mansísimos hombros con todas las ignominias, y le puso en lo alto, y le dio muerte de Cruz en medio de dos ladrones. Entonces tam- bién se vio rebosar la copa de los divinos enojos y el sol retrajo sus rayos, y 112 JUAN DONOSO CORTÉS el velo del Templo dio un temeroso crujido, y se abrieron grietas en las ro cas, y la tierra toda padeció desmayos y temblores.

Otros y otros ejemplos pudieran traerse aquí, en confirmación de la misteriosas armonías que se observan entre las perturbaciones físicas y ma rales, y en abono de la universal tradición, que en todas partes las consigna y las proclama; pero la sobriedad que nos hemos propuesto, por una parte, y por otra, la grandeza de los que dejamos consignados, nos inclinan a dar por terminado este asunto, CAPÍTULO SEXTO DE LA PREVARICACIÓN ANGÉLICA Y LA HUMANA. GRANDEZA Y ENORMIDAD DEL PECADO SUMARIO. -1. Superioridad de la doctrina católica sobre el origen del mal: grandiosidad de los hechos en que se funda. -2. El ángel: magnificencias de su creación, ascensión de los seres hasta la divinidad, orden universal. - 3. El único desorden: el pecado, pecado de Luzbel. -4. Del odio Luzbel se origina la caída del mundo: tentación de Eva, caída, conturbación del uni- verso. -5. Indecible gravedad del pecado: sólo él contraria a la bondad di- vina. Las grandes catástrofes, no. Magnífica descripción del diluvio, del in- fierno. El infierno es el supremo mal, causa de todos los males, llanto de la Humanidad, llanto del Hombre-Dios.

1. Hasta aquí he expuesto la teoría católica acerca del mal, hijo del pecado, y acerca del pecado que nos vino de la libertad humana, la cual se mueve anchamente en sus limitadas esferas, a la vista y con el consentimiento de aquel soberano Señor que, haciéndolo todo con peso, número y medi- da, dispuso las cosas con un consejo tan alto, que ni su providencia opri- miese el libre albedrío del hombre, ni los estragos de este libre albedrío, siendo grandes y portentosos como son, lo fueran con menoscabo de su gloria. Antes, empero, de pasar adelante, me ha parecido cosa digna de la majestad de este asunto hacer aquí una relación seguida de aquella prodi- piosa tragedia que comenzó en el cielo y acabó en el paraíso, dejando a un lado los reparos y las objeciones que quedaron desvanecidas en otro lugar y que de ninguna otra cosa servirían sino de oscurecer la belleza, a un mis- 114 JUAN DONOSO CORTÉS mo tiempo sencilla e imponente, de esta lamentable historia. Antes vimos de qué manera la teoría católica se aventaja a las demás por la altísima conve: niencia de todas sus soluciones; ahora veremos de qué manera los hechos en que se funda, considerados en sí mismos, aventajan a todas las historias primitivas, por lo que tienen de grandes y de dramáticos. Antes sacamos su belleza por comparaciones y deducciones; ahora admiraremos en ellos mis+ mos, sin apartar los ojos a otros objetos, su incomparable belleza.

2. Antes que el hombre, y en tiempos sustraídos a las investigaciones humanas, había criado Dios a los ángeles, criaturas felicísimas y perfectísimas, a quienes fue dado mirar de hito en hito los clarísimos ress plandores de su faz *, anegados en un piélago de inenarrables deleites sumergidos perpetuamente en su perpetuo acatamiento. Eran los ángeles espíritus puros, y las excelencias de su naturaleza mayores que las de la na turaleza del hombre, compuesto de un alma inmortal y del barro de la tie- rra. Por su naturaleza simplicísima dábase el ángel la mano con Dios, mien- tras que por su inteligencia, por su libertad y por su sabiduría limitada ha= bía sido hecho para darse la mano con el hombre; así como el hombre, por lo que tuvo de espiritual, estuvo en comercio con el ángel, y por lo que tuvo de corporal, con la naturaleza física, puesta toda al servicio de su vo= luntad y en la obediencia de su palabra. Y todas las criaturas nacieron con la inclinación y la potestad de transformarse y subir por la escala inmensa que, comenzando en los seres más bajos, iba a acabar en aquel Ser altísimo que es sobre todo ser, y, a quien los cielos y la tierra, los hombres y los án= geles conocen con un nombre que es sobre todo nombre. La naturaleza física anhelaba por subir, hasta espiritualizarse, en cierta manera, a seme- janza del hombre; y el hombre hasta espiritualizarse más, a semejanza del ángel; y el ángel a semejarse más a aquel Ser perfectísimo, fuente de toda vida, criador de toda criatura, cuya alteza ninguna medida mide, y cuya in= mensidad ningún cerco comprende. Todo había nacido de Dios, y subien- do debía volver a Dios, que era su principio y su origen; y porque todo ha- bía nacido de Él y había de volver a Él, no había nada que no contuviese en sí una centella más o menos resplandeciente de su hermosura.

De esta manera la variedad infinita estaba reducida de suyo a aquella amplísima unidad que crió todas las cosas, que puso en ellas un concierto * No se entienda por aquí que los ángeles vieran naturalmente, es decir, con las solas fuerzas de su entendimiento criado, la esencia de Dios.

FINSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO TS pasmoso y una trabazón admirable, apartando todas las que estaban confu- kas y recogiendo las que estaban derramadas. Por donde se ve que el acto tle la creación fue complejo y que se compuso de dos actos diferentes, con- viene a saber: de aquel por medio del cual dio Dios la existencia a lo que ántes no la tenía, y de aquel otro por medio del cual ordenó todo aquello a que había dado la existencia. Con el primero de estos actos reveló su po- lestad de crear todas las sustancias que sustentan todas las formas; con el segundo, la que tenía de crear todas las formas que embellecen a todas las vustancias. Y de la misma manera que no hay otras sustancias fuera de las creadas por Dios, no hay tampoco otra belleza fuera de la que El puso en las cosas. Por eso el universo, que es la palabra con que se significa todo lo criado por Dios, es el conjunto de todas las sustancias; y el orden, que es la palabra con que se significa la forma que Dios puso en las cosas, es el conjunto de todas las bellezas. Fuera de Dios no hay criador; fuera del orden no hay belleza; fuera del universo no hay criatura.

Si en el orden establecido por Dios en el principio consiste toda belle- za; y sí la belleza, la justicia y la bondad son una misma cosa mirada por aspectos diferentes, síguese de aquí que fuera del orden establecido por dios no hay bondad, ni belleza, ni justicia; y como estas tres cosas constitu- yen el supremo bien, el orden que a todas las contiene es el bien supre- mo?.

No habiendo ninguna especie de bien fuera del orden, no hay nada fuera del orden que no sea un mal, ni mal ninguno que no consista en po- herse fuera del orden; por esta razón, así como el orden es el bien supre- mo, el desorden es el mal por excelencia; fuera del desorden no hay nin- gún mal, como fuera del orden no hay bien ninguno.

De lo dicho se infiere que el orden, o lo que es lo mismo, el bien su- premo, consiste en que todas las cosas conserven aquella trabazón que Dios puso en ellas cuando las sacó de la nada; y que el desorden, o lo que es lo mismo, el mal por excelencia, consiste en romper aquella admirable traba- ¿on y aquel sublime concierto.

3. No pudiendo ser rota aquella trabazón, ni este concierto quebranta- do sino por quien tenga una voluntad y un poder, hasta cierto punto y en * Entiéndase aquí la palabra supremo en sentido relativo, porque el bien supremo, abso- hitamente considerado, el verdadero bien supremo es Dios.

116 JUAN DONOSO CORTÉS IINSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 117 los desórdenes que habían de venir sobre la creación, y en particular sobre el humano linaje, en los tiempos subsiguientes.

Porque como el ángel caído, sin hermosura ya y sin luz, viese al hom- bre y a la mujer en el paraíso, tan limpios, resplandecientes y hermosos con los resplandores de la gracia, sintiendo en sí honda tristeza por el ajeno bien, formó el propósito de arrastrarlos en su condenación, ya que no le era dado igualarse con ellos en su gloria; y tomando la figura de la serpien- le, que en adelante había de ser símbolo del engaño y de la astucia, horror de la naturaleza humana y asunto de la cólera divina, entró por las puertas del paraíso terrenal, y deslizándose por sus hierbas frescas y olorosas, cir- cundó a la mujer con aquellas sutilísimas redes en que cayó su inocencia, con pérdida de su ventura.

Nada hay que iguale a la sublime sencillez con que resplandece la rela- ción mosaica de esta solemne tragedia, cuyo teatro era el paraíso terrenal, cuyo testigo era Dios, cuyos actores eran, por una parte, el Rey y Señor de los abismos; por otra, los Reyes y señores de la tierra, cuya víctima había de ser el género humano, y cuyo desenlace triste y lloroso habían de lamentar la tierra en sus movimientos, los cielos en sus cursos, los ángeles en sus tro- nos y los desventurados hijos de aquellos padres desventurados en estos huestros valles sin luz, con perpetuas lamentaciones.

«¿Por qué os ha prohibido Dios comer el fruto, de todos los árboles ilel paraíso?». De esta manera comenzó su plática la serpiente; y luego al punto sintió la mujer despertarse en su corazón aquella vana curiosidad, causa primera de su culpa. Desde este momento, su entendimiento y su vo- huntad, acometidos no sé de qué desmayo suave, comenzaron a apartarse de la voluntad de Dios y del entendimiento divino.

«El día en que de este fruto comáis, se abrirán vuestros ojos y seréis a manera de dioses, conocedores del bien y del mal». Bajo la influencia maléfica de esa palabra, sintió la mujer en su corazón los primeros vértigos del orgullo; poniendo los ojos en sí con complacencia, la faz de Dios se le veló en aquel punto. Orgullosa y vana, puso los ojos en el árbol de las ilusiones infernales y dle las amenazas divinas, y vio que era hermoso a la vista, y adivinó que ha- bía de ser sabroso al paladar, y sintió abrasarse sus sentidos con el hasta entonces desconocido incendio de corrosivos deleites; y la curiosidad de los ojos, y el deleite de la carne, y el orgullo del espíritu, juntos en uno, acabaron con la inocencia de la primera mujer, y luego con la inocencia dlel primer hombre, y las esperanzas atesoradas para su descendencia se tor- haron en humo desvanecido en el ambiente.

la manera que esto es posible, independientes de la voluntad de Dios, nin- guna criatura fue poderosa para tanto, sino los ángeles y los hombres, úni- cas entre todas hechas a imagen y semejanza de su Hacedor, es decir, inteli- gentes y libres. De donde se sigue que sólo los ángeles y los hombres, pu-. dieron ser causadores del desorden, o lo que es lo mismo, del mal por ex- celencia. i Los ángeles y los hombres no pudieron alterar el orden del universo sino rebelándose contra su Hacedor; de donde se infiere que para explicar el mal y el desorden, es necesario suponer la existencia de ángeles y de hom- 1 bres rebeldes.

Siendo toda desobediencia y toda rebeldía contra Dios lo que se llama un pecado, y siendo todo pecado una rebeldía y una desobediencia, síguese de aquí que ni puede concebirse el desorden en la creación, ni el mal en el mundo, sin suponer la existencia del pecado.

Si el pecado no es otra cosa sino la desobediencia y la rebeldía, ni la desobediencia ni la rebeldía sino el desorden, ni el desorden sino el mal, síguese de aquí que el mal, el desorden, la rebeldía, la desobediencia y el pecado, son cosas en que la razón encuentra una identidad absoluta; así como el bien, el orden, la sumisión y la obediencia, son cosas en que en- cuentra la razón una completa semejanza. De donde se viene a concluir que la sumisión a la voluntad divina es el bien sumo, y el pecado el mal por excelencia.

Cuando todas las criaturas angélicas estaban obedientes a la voz de su Hacedor, mirándose en su rostro, anegándose en sus resplandores * y mo- viéndose sin tropiezo y con una concertada armonía al compás de su pala- bra, sucedió que entre los ángeles el más hermoso apartó los ojos de su Dios para ponerlos en sí mismo, quedando como arrebatado en su propia adoración, y como extático en presencia de su hermosura. Considerándose E0mo subsistente por sí y como el último fin de sí propio, quebrantó aque- ¡ley universal e inviolable, según la cual lo que es diverso tiene su fin y su icipio en lo que es uno, que, comprendiéndolo todo y no siendo com- dido por nada, es el continente universal de todas las cosas, así como el potentísimo Criador de todas las criaturas.

+ Aquella rebeldía del ángel fue el primer desorden, el primer mal y mer pecado, raíz de todos los pecados, de todos los males y de todos " CIN base la nota de la pág. 30.

M e 118 JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 119 Y luego se conturbó el universo todo cuan grande es; y el desorden, por el azote de la peste, por la servidumbre y por el hambre; y su rostro ha comenzado en lo más alto de la escala de los seres creados fue comunicán- permanecido sereno e impasible, porque Él es el que hace y deshace como dose de unos en otros, hasta no dejar ninguna cosa en el lugar y punto en vanos juguetes los Imperios del mundo; Él es el que pone el hierro en la que había sido puesta por su Hacedor soberano. Aquel anhelo ingénito en diestra de los conquistadores, Él es el que envía los tiranos a los pueblos toda criatura por subir y remontarse hasta el Trono de Dios, se trocó en culpables, y el que oprime a las naciones descreídas con el hambre y con la anhelo por bajar hasta no sé qué abismo sin nombre; como quiera que apar- peste, cuando así cumple a su justicia soberana. tar los ojos de Dios, era como buscar la muerte y despedirse de la vida. Hay un lugar pavoroso, asunto de todos los horrores y de todos los es- Por mucho que ahonde el hombre en el abismo sin fin de la sabiduría, pantos y de todos los tormentos, en donde hay sed insaciable sin ninguna por alto que se remonte en la investigación de los más recónditos Miste- fuente, hambre perpetua sin género de hartura, en donde los ojos no ven rios, ni se remontará tanto, ni ahondará tanto que sea poderoso para ro- hunca ningún rayo de luz, ni los oídos oyen ningún sonido apacible; en dear con sus ojos el grande estrago de aquella primera culpa, en la que llonde todo es agitación sin reposo, llanto sin intermisión, pesar sin con- todas las siguientes estaban cerradas como en su fertilísima semilla. huelo. Todas son allí puertas de entrada, ninguna de salida. En su dintel