5. No: no puede el hombre, no puede el pecador, ni concebir siquiera muere la esperanza, y se inmortaliza la memoria. Los términos de ese lu- la grandeza y la fealdad del pecado. Para entender cuán grande es y cuán pur, Dios sólo los conoce; la duración de esos tormentos es de una sola hora, terrible y cuán henchido está de desastres, era menester dejar de conside- f¡ue nunca se acaba. Pues bien: ese lugar maldito, con sus tormentos sin rarle desde el punto de vista humano, para considerarle desde el punto de nombre, no alteró el semblante de Dios, porque Él mismo le puso en don- vista divino, como quiera que siendo la Divinidad el bien, y el pecado el He está, con su mano omnipotente. Dios hizo el infierno para los réprobos, mal por excelencia; siendo la Divinidad el orden, y el pecado el desorden; pomo la tierra para los hombres, y el cielo para los ángeles y para los san- siendo la Divinidad una afirmación completa, y el pecado una negación ab» tos. El infierno denuncia su justicia, como la tierra su bondad, y el cielo su soluta; siendo la Divinidad la plenitud de la existencia, y el pecado su abso= Misericordia. Las guerras, las inundaciones, las pestes, las conquistas, las luto desfallecimiento; entre la Divinidad y el pecado, así como entre la air: hiimbres, el infierno mismo son un bien; como quiera que todas estas co- mación y la negación, y entre el orden y el desorden, y entre el bien y ell Rs se ordenan convenientemente entre sí con relación al fin último de la mal, y entre el ser y el no ser, hay una distancia inconmensurable, una con 'reación, y que todas ellas sirven de provechosos instrumentos de la justi- tradicción invencible, una repugnancia infinita. la divina.
Ninguna catástrofe es poderosa para poner turbación en la Divinidad Y porque todas son un bien, y porque han sido hechas por el autor de ni para alterar la quietud inefable de su rostro. Vino el diluvio universal bdo bien, ninguna de ellas puede alterar ni altera la inenarrable quietud y sobre las gentes, y vio Dios la tremenda inundación, considerada en sí mis l inefable reposo de Hacedor de las cosas. Nada le pone horror sino lo ma y separada de su causa, con sereno semblante; porque sus ángeles erar le Él no ha hecho; y como ha hecho todo lo que existe, nada le pone los que, obedientes a su mandato, abrían las cataratas del cielo, y porquí lorror sino la negación de lo que Él ha hecho; por eso le pone horror el su voz era la que mandaba a las aguas que encumbraran los montes y quí erorden, que es la negación del orden que Él puso en las cosas, y la des- rodearan todo el orbe de la tierra. Vienen de los puntos del horizonte nu hediencia, que es la negación de la obediencia que se le debe. blados que se juntan como un negro promontorio; y el rostro de Dios esti Esa desobediencia, ese desorden, son el supremo mal; como quiera que tranquilo, porque su voluntad es la que hace los nublados, su voz es la quí bn la negación del supremo bien, en lo cual consiste el mal supremo. Pero los llama, y ellos vienen; la que les manda que se junten, y ellos se junta a desobediencia y el desorden no son otra cosa sino el pecado; de donde Él es el que envía los vientos que los han de llevar sobre alguna ciudad pt sigue que el pecado, negación absoluta por parte del hombre de la afir- cadora, y el que, si así cumple a sus designios, prende y ata las aguas, y di tación absoluta por parte de Dios, es el mal por excelencia, y el único que tiene el.rayo en la nube, y con delgado soplo la va desvaneciendo por lo ne horror a Dios y a sus ángeles. aires. Sus ojos han visto levantarse y caer todos los Imperios; sus oídos hai 4 El pecado vistió al cielo de lutos, al infierno de llamas y a la tierra de escuchado las plegarias de naciones asoladas por el hierro de la conquist hrojos. El fue el que trajo la enfermedad y la peste, el hambre y la muerte 120 JUAN DONOSO CORTÑ Pa UNIVE sobre el mundo. Él el que cavó el sepulcro de las ciudades más ínclitas O EEE COLOMBIA llenas de gente. Él presidió a los funerales de Babilonia, la de los ostenté OTE EC O SECAS, sos jardines; de Nínive, la excelsa; de Persópolis, la hija del Sol; de Menfi la de los hondos misterios; de Sodoma, la impúdica; de Atenas, la cómica de Jerusalén, la ingrata; de Roma, la grande; porque aunque Dios quist todas estas cosas, no las quiso sino como castigo y remedio del pecado. El pecado saca todos los gemidos que salen de todos los pechos humanos, y todas las lágrimas que caen gota a gota de todos los ojos de los hombres; lo que es más todavía, y lo que ningún entendimiento puede concebir n ningún vocablo expresar: él ha sacado lágrimas de los sacratísimos ojos de CAPÍTULO SÉPTIMO Hijo de Dios, mansísimo Cordero, que subió a la Cruz cargado con los peca dos del mundo. Ni los cielos, ni la tierra, ni los hombres le vieron reír, y lo hombres y la tierra y los cielos le vieron llorar, y lloraba porque tenía pues tos sus ojos en el pecado. Lloró sobre el sepulcro de Lázaro, y en la muert de su amigo nada lloró sino la muerte del alma pecadora. Lloró sobre Jt rusalén, y a la causa de su llanto era el pecado abominable del pueble deicida. Sintió tristeza y turbación al poner los pies en el Huerto, y el hé rror del pecado era el que ponía en él aquella turbación insólita y aque dor su justicia y su misericordia. El ángel y el hombre no pueden huir de paño de tristeza. Su frente sudó sangre, y el espectro del pecado era el qu Dios: al apartarse de su gracia quedan sujetos a la acción de su justicia o hacía brotar en su frente aquellos extraños sudores. Fue enclavado en de su misericordia. -3. Así se armoniza la libertad humana y la soberanía madero, y el pecado le enclavó; el pecado le puso en agonía, y el pecado l divina. -4. Del desorden saca Dios nuevo resplandor del orden. En la culpa dio muerte. del ángel hace resplandecer su terrible justicia: en la del hombre su infini- ta misericordia. Gon esto el pecado del ángel y del hombre se convierten en elementos del orden universal. -5. Dios, autor del orden universal: uni- dad en la variedad: en la Trinidad: en la creación de la naturaleza: en la creación de los seres libres. -6. Resplandor de los divinos atributos en el mundo material y moral.
DE CÓMO DIOS SACA EL BIEN DE LA PREVARICACIÓN ANGÉLICA Y DE LA HUMANA SUMARIO, -1, La facultad de perturbar el orden no existiría en las criatu- ras si no existiese en Dios poder infinito para sacar bienes de los males. -2, El pecado brinda ocasión para que Dios manifieste con soberano resplan- , De todos los Misterios, el más pavoroso es este de la libertad que mstituye al hombre señor de sí mismo y le asocia a la Divinidad en la ges- Ómn y en el Gobierno de las cosas humanas. Consistiendo la libertad imperfecta dada a la criatura en la facultad iprema de escoger entre la obediencia y la rebeldía hacia su Dios, otorirle la libertad viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de alterar?
' Abusando, claro está, de esa libertad misma.
122 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 123 tad de Dios dejara de realizarse. Siendo necesarias la posibilidad del apar- limiento como testimonio de la libertad angélica y humana, y la unión como testimonio de la voluntad divina, la cuestión consiste en averiguar de qué manera pueden conciliarse la voluntad de Dios y la libertad de la criatura, la unión que el primero quiere, y el apartamiento que la segunda escoge, para que ni la criatura deje de ser libre ni Dios deje de ser soberano.
Para esto era menester que el apartamiento fuera: desde un punto de vista real; y desde otro punto de vista, aparente; es decir, que la criatura pudiera apartarse de Dios, pero de tal modo, que al apartarse de El fuera a tinirse con El de otra manera. Los seres inteligentes y libres nacieron uni- dos a Dios por un efecto de su gracia: por el pecado se apartaron realmente ile Dios, porque quebrantaron el vínculo de la gracia, real y verdaderamente, ton lo cual dieron testimonio de sí en calidad de criaturas inteligentes y libres; empero ese apartamiento no fue, si bien se mira, sino una nueva Inanera de unión; como quiera que al apartarse de Él por la renuncia vo- luntaria de su gracia, se acercaron a Él cayendo en las manos de su justicia, pH siendo asunto de su misericordia. De esta manera el apartamiento y la tinión, que a primera vista parecen cosas incompatibles, son en realidad rosas de todo punto conciliables; y de tal manera lo son, que todo aparta- miento viene a resolverse en una especial manera de unión, y toda unión en una manera especial de apartamiento. La criatura no estuvo unida a Dios JÉn cuanto es gracia, sino porque estuvo apartada de él en cuanto es miseri- rordia y justicia. La criatura que cae en las manos de El en cuanto es justi- pla, no cae en ellas sino porque está apartado de El en cuanto es gracia y Misericordia; así como la que es objeto de Dios en cuanto es misericordia, ho lo es sino porque de tal manera se apartó de Él cuanto es gracia, que quedó también apartada de Él en cuanto es justicia. La libertad de la cria- ura consiste, pues, en la facultad de designar el género de unión que pre- Here, por el apartamiento que escoge; así como la soberanía de Dios con- ste en que, cualquiera que sea el género de apartamiento escogido por la Eriatura, vaya a parar a la unión por todos los apartamientos y por todos timinos. La creación es a manera, de un círculo; Dios es, desde un punto de vista, su circunferencia; desde otro punto de vista, su centro, como cen- tro, la atrae; como circunferencia, la contiene. Nada está fuera de ese con- tinente universal, todo obedece a esa atracción irresistible.
3. La libertad de los seres inteligentes y libres está en huir de la circun- lerencia, que es Dios, para ir a dar en Dios, que es el centro; y en huir del entro, que es Dios, para ir a dar en Dios, que es la circunferencia. Nadie, empero, es poderoso para dilatarse más que la circunferencia, ni para rela inmaculada belleza de sus creaciones; y como quiera que en esa belleza inmaculada consiste el orden y la armonía del universo, otorgarle la facul- tad de alterarla viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de sustituir el orden con el desorden, la armonía con la perturbación, el bien con el mal.
Este derecho *, aun encerrado en los límites que dijimos, es tan exor- bitante, y esta facultad tan monstruosa que el mismo Dios no hubiera podi- do otorgarla si no hubiera estado cierto de convertirla en instrumento de sus fines y de atajar sus estragos con su poder infinito?.
La razón suprema de existir la facultad concedida a la criatura de con- vertir el orden en desorden, la armonía en perturbación, el bien en mal, está en la potestad que tiene Dios de convertir el desorden en orden, la perturbación en la armonía y el mal en bien. Suprimida esta altísima pote tad en Dios, sería lógicamente necesario, o suprimir aquella facultad en la criatura o negar a un mismo tiempo la divina inteligencia y la omnipoten- cia divina.
2. Si Dios permite el pecado, que es mal y el desorden por excelencia, consiste esto en que el pecado, lejos de impedir su misericordia y su justi- cia, sirve de ocasión para nuevas manifestaciones de su justicia y de su mi- sericordia. Suprimido el pecado rebelde, no por eso hubieran quedado su= primidas la divina misericordia y la justicia soberana; hubiera quedado, empero, suprimida una de sus manifestaciones especiales: aquella en vir- tud de la cual se aplican a los rebeldes pecadores.
Consistiendo el sumo bien de los seres inteligentes y libres en su unión con Dios, Dios en su bondad infinita, y por un acto libre de su misericordia inefable, determinó unirlos así, no sólo con los vínculos de la naturaleza, sino también con vínculos sobrenaturales; y como quiera que, por una par- te, esa voluntad podía dejar de ser cumplida por el desasimiento volunta- rio de los seres inteligentes y libres, y por otra, la libertad de la criatura no' podría concebirse sin la facultad de ese voluntario desasimiento, el gran problema consiste en conciliar estas cosas, hasta cierto punto contrarias, de tal manera que ni la libertad de la criatura dejara de existir, ni la volun= * Es decir, este poder de abusar. > Ateniéndose al Diccionario de la lengua castellana, donde la palabra derecho no sólo co- rresponde al jus latino, sino también a la palabra potestas. Por otra parte, se ve claro que el Sr, Donoso toma la palabra derecho en esta segunda acepción, facultad monstruosa.
124 JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 125 cogerse más que el centro. ¿Qué ángel hay tan potente, qué hombre tan fue apartamiento; Dios sacó el orden del desorden, transformando el apar- osado que se atreva a romper ese gran círculo que Dios trazó con su dedo? himiento momentáneo en unión indisoluble: el ángel no quiso estar unido ¿Cuál criatura presumirá tanto de sí que ose hacer contraste a esas leyes ¡1 Dios por el galardón, y se vio unido a Él eternamente por la pena; cerró matemáticamente inflexibles que puso eternamente en las cosas el enten- sus oídos al blando reclamo de su gracia, y sus oídos cerrados oyeron a su dimiento divino? ¿Qué viene a ser el centro de ese círculo inexorable, sino pesar el grande estruendo de su justicia; queriendo huir absolutamente de las cosas infinitamente recogidas en Dios? ¿Qué viene a ser esa circunferen- Dios, el ángel no consiguió otra cosa sino apartarse de Él por un concepto, cia circular, sino las mismas cosas dilatadas en Dios infinitamente? ¿Y qué uniéndose a Él de otra manera; se apartó del Dios clemente y se unió con dilatación hay mayor que la dilatación infinita? ¿Qué recogimiento mayor el Dios justo; se apartó de Él en la gloria y se unió con Él en el infierno. El que el infinito recogimiento? Por esta razón, atónito y como pasmado y fuera orden puesto en las cosas no consiste en que estén unidas a Dios de cierta de sí, viendo a todas las cosas en Dios y a Dios en todas las cosas, y al hom- manera, sino en que estén a Dios unidas; así como el verdadero desorden bre queriendo huir sin saber cómo, ahora del centro que le atrae, ahora de ho consiste en apartarse de Dios por un lado para unirse a Él por otro, sino la circunferencia que le envuelve; San Agustín, el más bello de los ingenios en apartarse de Dios absolutamente. De donde se sigue que el verdadero y el más grande de los doctores, hombre en quien tomó carne el Espíritu orden no deja nunca de existir, y que el verdadero desorden no existe. El de la Iglesia, el santo perdido de amor e inundado de las ondas fortificantes pecado es una negación tan radical, tan absoluta, que no sólo niega el or- de la gracia, arrancó del pecho, como un sollozo sublime, esta expresión: den, sino también el desorden, después de haber negado todas las afirma- Pobre mortal, ¿quieres huir de Dios? Arrójate en sus brazos. Jamás boca humana ciones, niega sus propias negaciones, y hasta se niega a sí propio. El pe- pronunció una expresión tan amorosamente sublime y tan sublimemente cado es negación de negación, sombra de sombra, apariencia de aparien- tierna. Dios es, pues, el que señala a todas las cosas su término; la criatura ia.
escoge la senda. Designando el término adonde van a parar todas las sen- Si Dios permitió la prevaricación del hombre, la cual, como antes diji- das. Dios es omnipotentemente soberano; así como escogiendo la senda por mos, fue menos radical y culpable que la prevaricación angélica, consistió donde ha de ir al término que se le señala, la criatura es inteligentemente esto en que Dios sabía de toda eternidad la manera altísima de conciliar libre. Y no se diga que es escasa aquella libertad que consiste sólo en esco- con el orden divino el desorden humano; así como el hombre supo sacar ger una de las mil sendas que van a parar a un término necesario, a no ser el desorden humano del orden divino. El hombre convirtió el orden en el que se considere como liviana aquella libertad e consiste en escoger en- desorden, apartando lo que juntó Dios con amorosa lazada. Dios sacó el tre ganarse o perderse; como quiera que esas mil sendas que van a parar a orden del desorden, volviendo a juntar lo que separó el hombre, con laza- Dios, tér mino necesar lo de las cosas, ad educen en dos: el infierno y el por da más blanda y amorosa todavía. El hombre no quiso estar unido a Dios raíso. Si la criatura no tiene bastante libertad con la facultad que le ha sido con el vínculo de la justicia original y de la gracia santificante, y se vio uni- otorgada de ir a Dios por el uno o por el otro, ¿con cuál libertad convertirá do a Él por el vínculo de su infinita misericordia. Si Dios permitió su preva- en hartura el hambre por ser libre? ricación, consistió esto en que guardaba como reserva al Salvador del mun- 4. Fuera de esta explicación, no hay conciliación posible entre cosas do, el que había de venir en la plenitud de los tiempos; aquel supremo mal que ni Imaginarse pueden, sino conciliadas de una manera absoluta. Por el era necesario para el bien supremo; y para esta gran ventura era necesaria contrario, una vez aceptada esta explicación, se nos descubren las causas aquella gran catástrofe. El hombre pecó porque Dios había determinado secretas de los Misterios ra profundos z de los Agnias más altos. Con hacerse hombre?*; y hecho hombre sin dejar de ser Dios, tenía bastante san- ella alcanzamos el por qué de la prevaricación angélica y de la humana, esos grandes testimonios de la libertad dejada al ángel y al hombre. 31 Dios permitió la prevaricación del ángel, consistió esto en que Dios sabía la maye e q ' eñi, DOES ES PA Ol IO EIA HA * No vaya a deducirse de esta frase que el Sr. Donoso hace a Dios autor del pecado de como el ángel supo sacar el desorden angélico del orden divino. El ángel: ) ' ' A be € Adán, pues la simple lectura del capítulo basta para comprender que no ha incurrido en error convirtió el orden en desorden, transformando lo que era unión en lo que tan grosero.
126 JUAN DONOSO CORÍ RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 127 Inte valle regado con nuestras lágrimas; sintió dolores en sus miembros, irque Dios podía quitarle sus dolores; padeció grandes infortunios, por- he Dios le tenía guardadas mayores recompensas; salió del Edén, se suje- la la muerte y se reclinó en el sepulcro, porque Dios tenía fuerza para gre en sus venas y sobrada virtud en su sangre para lavar el pecado. Vaci porque Dios tenía fuerza para sostener al vacilante; cayó, porque Dios nía fuerza para levantar al caído; lloró, porque el que tuvo poder para € jugar la tierra anegada con las aguas del diluvio, le tenía para enjugar Donoso comienza por asentar que el pecado viene del hombre, el cual ha sido y es pl Wlpa, quae talem et tantum meruit habere Redemptorem.! Por consiguiente, aunque la pregunta para namente libre haciendo el mal: después dice que Dios, al criar al hombre, vio en su prescie tada venga aquí al caso, pudiéramos, sin embargo, responder diciendo que el ángel ha sido cia qué uso había éste de hacer del libre albedrío; y proponiéndose entonces la cuestión col elo de la misma gracia que el hombre. El ángel, como el hombre, fue sometido a prueba; como sistente en averiguar por qué Dios ha creado al hombre libre, sabiendo que podía obrar € os hombres, así también los ángeles, unos se han condenado y otros se han salvado, y por mal, la resuelve, como San Agustín y Santo Tomás, respondiendo que Dios no habría permif Pristo, por el Verbo Encarnado, se han salvado los hombres y ángeles buenos; así como por do nunca el mal si no tuviera en su infinita sabiduría medios para sacar del mal el bien, ui rebelión contra Cristo se han perdido tanto los ángeles como los hombres malos. No hay hacer que la libertad sirviese para perfeccionar el conjunto armónico de toda la creación bra diferencia entre ángeles y hombres, sino que el ángel fue preservado, y el hombre liber- Dios tenía en su omnipotencia mil medios de hacer del pecado un instrumento para la pel lado del naufragio; pero unos y otros han sido salvados por el mismo Salvador. Con verdad, fección de su obra y para su mayor gloria; pero entre todos esos medios escogió la Encarn4 pues, podemos decir, tanto del ángel como del hombre, que si Dios los dejó libres de escoger ción del Verbo eterno y la Redención del hombre pecador por la Sangre de Cristo, Verbt el mal, fue porque Dios pudo y quiso, al salvarlos por la Encarnación del Verbo, servirse hasta encarnado. En efecto: Dios ha permitido la prevaricación del hombre en vista de la Encarna Hel pecado mismo para manifestación mayor de su gloria. Si se opusiese que no todos los án- ción y de la Redención, y Donoso lo dice en el siguiente pasaje: Si Dios permitió la prevaricación geles se han salvado, sería como decir que tampoco se han salvado todos los hombres. La del hombre, consistió esto en que Dios sabía de toda eternidad la manera altísima de conciliar con ell rondenación de aquellos ángeles que, a despecho de todas las gracias recibidas por la virtud orden divino el desorden humano. Estas palabras determinan el sentido de todo el período a que ile Cristo cayeron en el pecado, no prueba sino lo mismo que la de aquellos hombres que pertenecen; la frase que se lee más abajo: El hombre pecó porque Dios había determinado hace permanecen o caen en el pecado, no obstante las gracias recibidas por virtud de Cristo: en hombre, se ha de entender, según lo dicho anteriormente, de este modo: el hombre pecó por ambos casos la condenación atestigua que la criatura era realmente libre, así como la salvaque Dios le había dejado la libertad de pecar, y Dios permitió el pecado porque había resuel pión confirma que podía realmente salvarse y que sólo se pierde por su culpa; la condenación to hacerse hombre. Habría, pues, equívoco peligroso en la expresión aislada, pero no le hay pregona la infinita justicia de Dios, así como la salvación su infinita misericordia, la condena- en la misma frase acompañada de las aclaraciones con que todo el contexto la ilustra. Por la elón y la salvación juntas pregonan la grandeza de Cristo, que a todos sus fieles salva y a todos misma razón no se puede concluir el Verbo y la Redención fuesen objeto primero del designio divino, aus contrarios pierde; de Cristo, soberano juez de vivos y muertos. y el pecado del hombre el medio necesario para el cumplimiento del mismo designio, sino simplemente «Aquellas palabras del Salvador: Haec est vita aeterna ut cognoscant te solum verum Deum, el que, si Dios permitió el pecado, fue solamente en vista de que Cristo había de redimir al hom- quem misisti Jesum Christum, se aplican tanto a los ángeles como a los hombres, pues la gloria bre pecador. De aquí al error que hace a Dios autor del pecado hay mucha distancia; pues decir: dle Cristo es con esto mayor; fuera de que por Cristo han sido santificados ángeles y hombres, que Dios ha dejado al hombre libre y no le ha impedido pecar, equivale a decir que el pecado iunque para los primeros no hubo lugar a la Redención». (Suárez, De Angelis, libro V, cap. VI, viene del homBre y no de Dios. Cuanto a las palabras de Donoso: aquel supremo mal era necesa núm. 14).
Si el Hijo de Dios no hubiera determinado encarnarse, ¿hubiera sido imposible el pecado del hombre rio para el bien supremo, hay que considerar los tres conceptos que en ellas se encierran: prime- y aun el del ángel? ¿Hubiera podido Dios permitirlo? Fuera de la Encarnación, Dios tenía, sin duda, ro, que el pecado es el mal supremo; segundo, que la Encarnación ha sido para la naturaleza humana el mayor de los bienes, y tercero, que si el hombre no hubiese pecado, la Encarna- en su omnipotencia mil medios para sacar del pecado del hombre y del ángel bienes mayores ción no habría sido. Esta tercera opinión no pasa de ser una opinión. Otros teólogos sostie- que el mal causado por el mismo pecado. Pero Donoso se limita a decir, con San Agustín, que nen que la Encarnación se habría realizado de todos modos. Dios no permite el mal sino en vista de los bienes que se propone sacar de El y cuando añade Pero ¿por qué pecó el ángel que no debía ser objeto de la misma gracia? (la de la redención - que el medio escogido por Dios para esto ha sido la Encarnación, no se propone otra cosa por Jesucristo). A esto responde el Sr. Donoso, diciendo: Si Dios permitió la prevaricación del sino consagrar un mero hecho; confesando, sin embargo, con los santos doctores que en aquel ángel, consistió en que Dios sabía la manera secretísima de conciliar con el orden divino el desorden angé- medio es el más grandioso, magnífico y adecuado para manifestar refulgentemente la bon- lico. Aunque nada pudiésemos entender sobre los medios con que Dios ha convertido en honra dad infinita de Dios y, por consiguiente, necesario en cierto sentido. suya el pecado de los ángeles, sería de todas maneras cierto que así, en efecto, ha sucedido; y ¿Con que, supuesto el pecado, era necesaria la Redención? Necesaria, con necesidad absolupor otro lado, aun cuando se demostrase que la Encarnación del Verbo no entró para nada ta, no; pues Dios pudo haber dejado al hombre en el estado de pecado y de condenación que en los motivos de Dios para permitir la prevaricación angélica, no sería menos cierto que, si él había elegido libremente, y si quiso rescatamos fue en virtud de una bondad y una caridad permitió la prevaricación humana fue porque ésta nos había de valer un Redentor: O felix enteramente gratuitas. Pero queriendo la Misericordia divina salvar al hombre, y no querien- 128 JUAN DONOSO CORTÉS vencer a la muerte, para sacarle del sepulcro y para levantarle hasta el cie- lo.
Así como la prevaricación angélica y la humana entran como elemen- tos del orden universal, por efecto de una admirable operación divina, de la misma manera la libertad del ángel y la libertad del hombre, en que esas dos prevaricaciones tienen origen, entran como elementos necesarios de aquella ley suprema, universal, a la que están sujetas todas las cosas, todas las creencias, todos los mundos, así el moral como el material y el divino. Según esa ley, la unidad absoluta, en su fecundidad infinita, saca perpetua- mente de su seno la diversidad, la cual torna perpetuamente al fecundísi- mo seno de donde salió: el seno de Dios, que es la unidad absoluta.
5. Considerado Dios como Padre, saca de sí eternamente al Hijo por vía de generación, al Espíritu Santo por vía de procedencia, y constituyen de esta manera eternamente la diversidad divina?. El Hijo y el Espíritu Santo se identifican eternamente con el Padre, y constituyen eternamente con Él su unidad indestructible.
Considerado como Criador, sacó de la nada las cosas por un acto de su voluntad, y constituyó de esta manera la diversidad física; en seguida sujetó todas las cosas a ciertas leyes eternas y a un orden inmutable, y de esta ma- nera la diversidad misma no fue otra cosa, en el mundo físico, sino la ma- nifestación exterior de su unidad absoluta.
Considerado como Señor y como legislador, puso en el ángel y en el hombre una libertad distinta de la suya propia, y constituyó de esta manera la diversidad en el mundo moral: en seguida impuso a esa libertad ciertas do la Justicia salvarle sino a precio de una plena y perfecta satisfacción, la Encarnación era necesaria; pues una mera criatura, por más perfecta que fuese, no podría satisfacer así, ni aun por el más mínimo pecado, 5 Sobreentiéndese de personas -dice la traducción italiana-. En cuanto a la distinción de personas en la unidad de esencia, el Hijo y el Espíritu Santo se identifican eternamente con el Padre, pues, en efecto, eternamente son con él una sola y misma esencia; y eternamente tam- bién se distinguen del Padre, pues eternamente son tres personas. Las palabras identificarse eternamente tienen un sentido muy diverso del de la palabra ¿identificarse aislada. Con esta últi- ma se expresa cómo varios llegan a serlo que antes no eran, es decir, unidad; por el contrario, la palabra eternamente, unida al verbo identificarse, excluye toda la idea de mudanza. Decir que se identifican eternamente es decir que son eternamente uno. (Véase más arriba lib. 1, caps. IM, III y IV, en sus notas respectivas).
ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 129 leyes inviolables y un término necesario, y la necesidad de ese término y la inviolabilidad de esas leyes hicieron entrar a la libertad humana y a la an- gélica en la ancha unidad de sus maravillosas designios.
La voluntad divina, que es la unidad absoluta, está en aquel precepto dado a Adán en el paraíso, cuando le dijo Dios: No comerás; la libertad hu- mana, con la imperfección que le es aneja de la facultad de escoger, que es la diversidad, está en la condición: y si comieres; la diversidad vuelve a la uni- dad de donde procede, primero por amenaza, cuando dijo Dios al hom- bre: quedarás sujeto a la muerte; y después con la promesa, cuando prometió a la mujer que nacería de su seno el que había de pisar la cabeza de la ser- piente; con cuya amenaza y con cuya promesa anunció Dios los dos cami- nos por donde la diversidad que sale de la unidad, vuelve a la unidad de donde sale: el de su justicia, y el de su misericordia.
Suprimido el precepto, quedaría suprimida en su manifestación exte- rior la unidad absoluta.
Suprimida la condición, quedaría suprimida en su manifestación exte- rior la diversidad, que consiste en la libertad humana.
Suprimida por una parte la amenaza, y por otra la promesa quedarían borrados los caminos por los cuales la diversidad, si no ha de ser subversi- va, ha de volver a la unidad en donde tuvo su origen.
Así como entre la creación física y el Criador no hay unidad sino por- que la primera está sujeta eternamente a leyes físicas e inmutables, man:- estación perpetua de la voluntad soberana, de la misma manera no hay unidad entre Dios y el hombre sino porque el hombre, apartado de Dios por su delito, vuelve al Dios justiciero como impenitente, o, como purgado, al Dios misericordioso.
6. Si después de haber considerado la prevaricación angélica y la hu- mana separadamente, para venir a parar en que cada una de ellas, si bien es una perturbación por accidente, es una armonía por su esencia, pone- mos la consideración al mismo tiempo en ambas prevaricaciones, quedare- mos como pasmados y absortos al contemplar de qué manera se convierten en cadencias maravillosas sus ásperas disonancias, por la irresistible virtud del divino Taumaturgo.
Al llegar aquí, y antes de pasar adelante, conviene observar que toda la belleza de la creación consiste en que cada cosa es en sí como un reflejo de alguna de las perfecciones divinas; de tal manera, que todas juntas son un fiel traslado de su belleza soberana. Por esta razón, desde el globo encen- dido que ilumina y! espacios, hasta el humilde lirio que está como olvida- do en el valle; y desde mucho más abajo de los valles que se coronan de 130 JUAN DONOSO CORTÉS lirios, hasta muy por encima de los cielos en donde resplandecen los glo- bos, todas las criaturas, cada cual a su manera, se cuentan unas a otras las grandes maravillas del Señor, atestiguan consigo mismas sus inefables per- fecciones y cantan con un cántico sin fin sus excelencias y sus glorias. Los cielos cantan su omnipotencia, sus grandezas los mares, la tierra su fecun- didad, las nubes con sus altísimos promontorios figuran la peana en que descansa su pie. El relámpago es su voluntad, el trueno su voz, el rayo su palabra. El está en los abismos con su sublime silencio, y con su ira sublime en los huracanes bramadores y en los torbellinos tempestuosos. Él nos pintó -dicen las flores de los campos-. Él me dio -dicen los cielos- mis bóvedas esplén- didas. Y las estrellas: Nosotros somos centellas caídas de su resplandeciente vestidu- ra. Y el ángel y el hombre: Al pasar por delante de nosotros, su hermosísima y gloriosísima y perfectísima figura quedó en nosotros estampada.