SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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za: con el hábito de ceder, pierde hasta la memoria del esfuerzo; con el de cunferencia; y correr y gravitar hacia él, es correr y gravitar hacia Dios, ha- caer, pierde hasta la facultad de levantarse. Con el deleite pierden su vitali- cia el cual corremos con todos nuestros pasos, y gravitamos con todas nues- dad y su energía todas las potencias del alma, y su elasticidad y fortaleza tras gravitaciones. La diferencia está en que por unos dolores vamos al Dios todos los músculos del cuerpo. En el deleite hay un no sé qué de corrosivo bueno y clemente, por otros al Dios justo y airado, por otros al Dios del y de enervante, que lleva la muerte callada y escondida. ¡Ay del que no re- perdón y de las misericordias. Por el deleite vamos al dolor, que es pena, y siste a su voz, pérfida a un mismo tiempo y suave como la de las antiguas por la resignación y el sacrificio al dolor, que es medicina. Pues ¿qué locu- sirenas! ¡Ay del que no retrocede y huye despavorido cuando le convida ra es la de los hijos de Adán, que no pudiendo huir del dolor, huyen del con sus fragancias y sus flores, antes de que, sin ser dueño de sí, caiga en que es medieina, para caer en el que es pena?

aquel desmayo vecino de la muerte, que comunica a los sentidos con el aro- Por lo dicho se ve cuán maravilloso es Dios en todos sus designios, y ma de sus flores.y con el vapor de sus fragancias! cuán admirable en aquel arte divino que consiste en sacar el bien del mal, Cuando esto sucede, o sucumbe miserablemente, o sale de allí de todo el orden del desorden, y todas la armonías de todas las disonancias. De la punto transformado: el niño que por allí pasa, no llega a mozo; al mozo le libertad humana procede la disonancia del pecado, del pecado la degrada- nacen canas y el viejo perece. El hombre deja allí como en despojos la pu- ción de la especie, de la degradación de la especie procede el dolor, y el janza de su voluntad, la virilidad de su entendimiento, y pierde el instinto dolor es a un tiempo mismo una desgracia en la especie corrompida, y una de las grandes cosas. Cínicamente egoísta y extravagantemente cruel, sien- pena en la especie pecadora: lo que tiene de desgracia, eso mismo tiene de te hervir en su sangre pasiones que no tienen nombre: si le ponéis en lu- inevitable: lo que tiene de pena, eso mismo tiene de redimible: estando la gar humilde, irá a caer de las manos de la justicia en las manos del verdu- gracia en la Redención, la gracia está en la pena. El acto más tremendo de go; si en lugar eminente, os estremeceréis de terror al verle soltar las rien- la justicia de Dios viene a ser de este modo el acto más grande de su miseridas a sus apetitos voraces y a sus instintos feroces. Cuando Dios quiere cas- cordia: por él puede el hombre, ayudado de Dios, levantarse sobre sí mis- 182 JUAN DONOSO CORTÉS mo, aceptando el dolor con una aceptación voluntaria; y esa aceptación su- blime cambia instantáneamente la pena en una medicina de una virtud in- comparable. Toda negación de esta doctrina deja en pie el desorden intro- ducido en la humanidad por el pecado; como quiera que conduce necesa- riamente, y a un tiempo mismo, a la negación de algunos de los atributos esenciales de Dios y a la negación radical de la libertad humana.

S1, considerada la cuestión desde este punto de vista, interesa al orden universal de la Creación, del mismo modo y por las mismas razones la rela- tiva a la prevaricación humana y a la angélica, considerada desde un punto de vista más restricto, interesa de una manera directa y fundamental al or- den especial puesto por Dios en los varios elementos que componen la na- turaleza humana. La aceptación voluntaria del dolor no produce aquellos grandes prodigios de que hablamos, sino porque tiene la prodigiosa virtud de cambiar toda la economía de nuestro ser radicalmente. Por ella queda domada la rebelión de la carne, la cual vuelve a someterse a la voluntad; por ella queda vencida la voluntad, la cual vuelve a someterse al yugo del entendimiento; por ella se suprime la rebeldía del entendimiento, el cual se sujeta al imperio de los deberes; por el cumplimiento del deber vuelve el hombre al culto y a la obediencia de Dios, de que se apartó por el peca- do. Todos estos prodigios obra el que, revolviéndose heroícamente contra sí mismo con un ímpetu generoso, hace fuerza a su carne para que se suje- te a su voluntad, y a su voluntad para que se sujete a su entendimiento, y a su entendimiento para que entienda en Dios y por Dios, unido a Dios por el vínculo de los deberes.

No es esta ocasión de exponer con cuáles condiciones y cuáles ayudas puede la voluntad humana levantarse a esfuerzo tan sobrenatural y tan alto. Lo que nos importa ahora es consignar aquí el hecho evidente de que, sin ese levantamiento por parte de la voluntad, manifestado en la aceptación voluntaria del dolor, no puede ser restaurada aquella soberana armonía y aquel concierto prodigioso que puso Dios en el hombre y en todas sus po- tencias.

CAPÍTULO TERCERO DOGMA DE LA SOLIDARIDAD. CONTRADICCIONES DE LA ESCUELA LIBERAL SUMARIO. -1. Armonía entre los dogmas y los hechos universales. Ejem- plos: dogmas de la sabiduría divina, de la libertad humana, de la prevari- cación adámica, de la naturaleza del mal, de la transmisión de la culpa. -2. Solidaridad humana deducida del dogma de la transmisión de la culpa. Sublime grandeza que confiere al hombre. Dios sí, el hombre no sabe en- grandecer sin deprimir. Ejemplo: carácter universal de la solidaridad. -3. La solidaridad en la historia. Los antiguos la conocieron, pero imperfecta- mente; no se elevaron a la solidaridad humana: de aquí la perpetua lucha entre solidaridades limitadas. -4. Tampoco el racionalismo moderno la re- conoce en su carácter universal, ni en el orden religioso, ni en el político. La escuela liberal niega y afirma la solidaridad familiar. -5. La escuela so- cialista deduce de los principios liberales sus legítimas consecuencias y así suprime la monarquía, la familia, la propiedad (que se funda en la familia natural o religiosa), ceguera del liberalismo al decretar la desamortización, la expulsión de los institutos religiosos y los mayorazgos. Lógica del socia- lismo. -6. La escuela socialista, después de destruir el hogar, al desvincular del pasado y del futuro el tiempo presente, niega la patria y destruye la vida política. Donde no hay ni hogar ni patria, no hay hombres, sólo que- dan socialistas. El catolicismo más lógico vencerá al socialismo.

Cada uno de los dogmas católicos es una maravilla fecunda en maravi- llas. El entendimiento humano pasa de unos a otros como de una proposi- ción evidente a otra proposición evidente, como de un principio a su legí- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 18 184. JUAN DONOSO CORTÍ ) lleva, como por la mano, de inducción en inducción, primero al dogma de una corrupción general de toda la especie humana, después al dogma de una corrupción transmitida por la sangre, y por último, al dogma de la pre- varicación primitiva, el cual, enlazándose con el de la libertad dada al hom- bre y con el de la Providencia que le dio aquella libertad, viene a ser como el punto de conjunción de los dogmas que sirven para explicar el orden y cl concierto especial en que fueron puestas las cosas humanas, con aque- llos otros, más universales y más altos, que sirven para explicar el peso, nú- mero y medida en que fueron criadas por el Criador todas las criaturas.

Siguiendo ahora en la exposición de los dogmas relativos al orden hu- mano, veremos salir de ellos, como de copiosísima fuente, aquellas leyes generales de la humanidad que nos dejan atónitos por su sabiduría y como pasmados por su grandeza.

2. Del dogma de la concentración de la naturaleza humana en Adán, unido al dogma de la transmisión de esa misma naturaleza a todos los hom- bres, procede, como una consecuencia de su principio, el dogma de la uni- dad sustancial del género humano. Siendo el género humano uno, debe ser al mismo tiempo vario, según aquella ley, la más universal de todas las leyes, a un mismo tiempo física y moral, humana y divina, en virtud de la cual todo lo que es uno se descompone en lo que es vario, y todo lo que es vario se resuelve en lo que es uno. El género humano es uno por la sustan- cia? que le constituye, y es vario por las personas que le componen; de donde se sigue que es uno y vario al mismo tiempo. De la misma manera, cada uno de los individuos que componen la humanidad, estando separa- do de los demás por lo que le constituye individuo, y junto con ellos por lo que le constituye individuo de la especie, es decir, por la sustancia, viene a ser, como el género humano, uno y vario a un mismo tiempo. El dogma del pecado actual es correlativo al dogma de la variedad en la especie: el del pecado original y el de la imputación es correlativo al que enseña la unidad sustancial del género humano; y como consecuencia de uno y de otro, viene el dogma según el cual el hombre está sujeto a una respon- sabilidad que le es propia, y a otra responsabilidad que le es común con los demás hombres.

Esa responsabilidad en común, a que llaman solidaridad, es una de las más bellas y augustas revelaciones del dogma católico. Por la solidaridad el tima consecuencia, unidos entre sí por la lazada de una ilación rigurosa. Y cada nuevo dogma nos descubre un nuevo mundo, y en cada nuevo mun! do se tiende la vista por nuevos y más anchos horizontes, y a la vista de eso anchísimos horizontes el espíritu queda absorto con el resplandor de tan tas y tan grandes magnificencias. t 1. Los dogmas católicos explican por su universalidad todos los hechos universales; y estos mismos hechos, a su vez, explican los dogmas católicos; de esta manera, lo que es vario se explica por lo que es uno, y lo que es uno por lo que es vario; el contenido por el continente, y el continente por el contenido. El dogma de la sabiduría y de la providencia de Dios ex- plica el orden y el maravilloso concierto de las cosas creadas; y por ese mis- mo orden y concierto vamos a parar a la explicación del dogma católico. El dogma de la libertad humana sirve para explicar la prevaricación primiti- va; y esa misma prevaricación, atestiguada por todas las tradiciones, sirve de demostración de aquel dogma. La prevaricación adámica, a un mismo tiempo dogma divino y hecho tradicional, explica cumplidamente los gran- des desórdenes que alteran la belleza y la armonía de las cosas; y esos mis- mos desórdenes, en sus manifestaciones evidentes, son una demostración perpetua de la prevaricación adámica. El dogma enseña que el mal es una negación, y el bien una afirmación; y la razón nos dice que no hay mal que no se resuelva en la negación de una afirmación divina. El dogma procla- ma que el mal es modal, y el bien sustancial; y los hechos demuestran que no hay mal que no se resuelva en cierta manera viciosa y desordenada de ser, y que no hay sustancia que no sea relativamente perfecta. El dogma afirma que Dios saca el bien universal del mal universal, y un orden perfectísimo del desorden absoluto; y ya hemos visto de qué manera todas las cosas van a Dios, aunque vayan a Él por caminos diferentes, viniendo a constituir por su unión con Dios el orden universal supremo. Pasando del orden universal al orden humano, la conexión y armonía, por una parte, de los dogmas entre sí, y por otra, de los dogmas con los hechos, no es menos evidente. El dogma que enseña la corrupción simul- tánea en Adán del individuo y de la especie, nos explica la transmisión, por vía de generación, de la culpa y de los efectos del pecado; y la naturaleza antitética, contradictoria y desordenada del hombre?!, que todos vemos, nos ' El autor se refiere a su condición originada del primer pecado. eracia ea entido de esoacía.

JUAN DONOSO COR MHSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO btismo comunista o la anarquía proudhoniana. Si alguna vez ha intentamantenerlo todo en su propio nivel, poniendo en las cosas cierta mane- a de paz y de justicia, luego al punto la balanza en que las pesa, ha rodado hor tierra, hecha fragmentos, como si hubiera una irremediable falta de proporción entre la pesadumbre de esta balanza y la flaqueza del hombre. No parece sino que Dios, al consagrarle Rey en los dominios de las cien- plas, sustrajo a su potestad y a su jurisdicción una sola: la ciencia del equilihombre, levantado a mayor dignidad y a más altas esferas, deja de ser” BLomo en el espacio y un minuto en el tiempo; y anteviviéndose sob viviéndose a sí mismo, se prolonga hasta donde los tiempos se pra: se dilata hasta donde se dilatan los espacios. Por ella se afirma, y:01) ci to punto se crea la humanidad, con cuya palabra, que stent de senti A las sociedades antiguas, se significa la unidad sustancial de la naturale ne Fa estrecho parentesco que tienen entre sí unos con otros tod + Desde luego se echa de ver lo que por este do; gma gana la naturale: humana en lo grandioso, eso gana el hombre en lo nobilísimo; al revés é lo que sucede con la teoría comunista de la solidaridad, de au habl mos más adelante; según esa teoría, la humanidad no es soligaria en el tido de que es el vasto conjunto de todos los hombres solidarios ent porque por la naturaleza son unos, sino en el sentido de que ss una un dad orgánica y viviente, que absorbe a todos los hombres, los cuales, en vé de constituirla, la sirven. Por el dogma católico, la misma dignidad a qu es levantada la especie, alcanza a los individuos. El catolicismo no leva por un lado su altísimo nivel para abatirle por otro, ni ha descubiert 1 títulos nobiliarios de la humanidad para humillar al hombre, sino e una y el otro se levantan juntamente a las divinas grandezas 48 las avi alturas. Cuando poniendo mis ojos en lo que soy, me considero en com hicación con el primero y con el último de los hombres: y cuando niéndolos en lo que obro, veo a mi acción sobrevivirme y Eo causa 8 perpetua prolongación, de otras y de otras acciones que a su vez se sobiH i ven y se multipilican hasta el fin de los tiempos; cuando pienso que tod esas acciones juntas, que en mi acción tienen su origen, toman un cue ¿ y una voz, y que alzando esa voz que toman, me aclaman, no sólo 3 que hice, sino por lo que hicieron otros a causa de mí, lena de alardí O digno de muerte; cuando todas estas cosas considero, yo de 2 2 decir que me derribo en espíritu ante el acatamiento de Dios sit acabar de co | prender y de medir toda la inmensidad de mi aidera, y ¿Quién sino Dios pudo levantar tan concertadamente y por igual el ni vel de todas las cosas? Cuando el hombre quiere levantar algo odo hace nunca sin deprimir aquello que no levanta: en las esferas religiosas no sabe levantarse a sí propio sin deprimirse a Dios, ni levantar a Dios sin de rimire se a sl propio; en las esferas políticas, no acierta a rendir culto a la libertad SIn negar a la autoridad su culto y su homenaje; en las esferas sociales no Sabe otra cosa sino sacrificar la sociedad al individuo, O los individuos 4 la sociedad, como acabamos de ver, fluctuando perpetuamente entre el desbrio. Esto serviría para explicar la impotencia absoluta a que todos los parti- los equilibristas aparecen condenados en la historia; y por qué el gran pro- blema de la conciliación de los derechos del Estado con los individuales, y illel orden con la libertad, es todavía un problema, viniendo, como viene, planteado desde que tuvieron principio las primeras asociaciones. El hom- bre no puede mantener en equilibrio las*tosas sino manteniéndolas en su ser, ni mantenerlas en su ser sino absteniéndose de poner en ellas su mano. Puestas todas y bien asentadas por Dios en sus firmísimos asientos, toda mudanza en su manera de estar asentadas y puestas es necesariamente un desequilibrio. Los únicos pueblos que han sido a un tiempo mismo respe- tuosos y libres, los únicos gobiernos que han sido a un tiempo mismo mesurados y fuertes, son aquellos en que no se ve la mano del hombre, y en que las instituciones se vienen formando con aquella lenta y progresiva vegetación con que crece todo lo que es estable en los dominios del tiem- po y de la historia.

Esa gran potestad que por excepción ha sido negada al hombre, no sin altísimo consejo, reside en Dios de una manera especial y privativa. Por eso, todo lo que sale de su mano sale de ella en un equilibrio perfecto, y todo lo que se está en donde lo puso Dios, se mantiene perfectamente equi- librado. Sin acudir a ejemplos extraños a la cuestión, nos bastará la cues- tión misma que venimos planteando y resolviendo para dejar esta verdad puesta fuera de toda duda.

La ley de la solidaridad es tan universal, que se manifiesta en todas las asociaciones humanas; y esto hasta tal punto, que el hombre, cuantas veces se asocia, tantas cae bajo la jurisdicción de esa ley inexorable. Por sus as- cendientes, está en unión solidaria con el tiempo pasado; por el tracto su- cesivo de sus propias acciones y por su descendencia, entra en comunión con los tiempos futuros; como individuo de una sociedad doméstica, cae bajo la ley de la solidaridad «de la familia; como sacerdote o magistrado, está en comunión de derechos y deberes, de méritos y de prevaricaciones con la magistratura o con el sacerdocio; como miembro de la asociación 188 JUAN DONOSO CORTÉS política, cae bajo la ley de la solidaridad nacional; y por último, en calidad de hombre, le alcanza la ley de la solidaridad humana. Y, sin embargo, siendo responsable por tantos conceptos, conserva íntegra, intacta su responsabi- lidad personal, que ninguna otra disminuye, que ninguna otra restringe, que ninguna otra absorbe: él puede ser santo siendo individuo de una fa- milia pecadora, incorrupto e incorruptible siendo miembro de una socie- dad corrompida, prevaricador siendo miembro de una magistratura inta- chable, y réprobo siendo miembro de un sacerdocio santísimo. Y al revés, esa potestad suprema que le ha sido conferida de sustraerse a la solidari- dad por un esfuerzo de su voluntad soberana, en nada altera el principio de que, por punto general y dejada la libertad a salvo, el hombre es lo que son la familia en que nace, y la sociedad en que vive y en que respira.

Y 3. Esta ha sido, en toda la prolongación de los tiempos históricos, la creencia universal de todas las gentes, las cuales, aun después de perdida la huella de las divinas tradiciones, tuvieron noticia de esta ley de la solida- ridad. Si bien no levantaron el espíritu a la contemplación de toda su gran- deza, conocieron aquella ley por instinto, pero ignoraron de todo punto en dónde tenía sus hondas raíces y sus anchísimos fundamentos. No sien- do conocido el dogma de la unidad del género humano, sino sólo del pue- blo de Dios, los otros no podían tener idea de la humanidad una y solida- ria; empero si no podían hacer aplicación de esta ley al género humano, que no conocían, la reconocieron y aun la exageraron en todas las asocia- ciones políticas y domésticas.

La idea de la transmisión misteriosa por la sangre, no sólo de las cuali- dades físicas, sino también de aquellas otras que están en el alma exclusiva- mente, basta por sí sola para explicar casi todas las instituciones de los an- tiguos, así las domésticas como las políticas y sociales. Esa idea es la idea misma de la solidaridad; como quiera que todo lo que se transmite a mu- chos en común constituye la unidad de aquellos a quienes se transmite; y que afirmar de muchos que están en comunión entre sí, es lo mismo que afirmar de ellos que son solidarios. Cuando la idea de la transmisión heredi- taria de las cualidades físicas y morales prevalece en un pueblo, sus institu- ciones son forzosamente aristocráticas; por esta razón, todos los pueblos antiguos, en los cuales lo que tiene de exclusivo esa idea cuando se aplica a ciertos grupos sociales, no estaba templado por lo que tiene de general y de democrático, si puede decirse así, cuando se aplica a todos los hombres, se constituyeron aristocráticamente: las razas más gloriosas sojuzgaban y re- ducían a servidumbre a las razas inferiores; entre las familias que compo- nían los grupos constitutivos de una raza, tomaba el poder aquella que con- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 189 taba los más gloriosos ascendientes. Los héroes, antes de venir a las manos, levantaban hasta las nubes la gloria de su esclarecido linaje. Las ciudades fundaban su derecho a la dominación en sus árboles genealógicos. Aristóteles creía, con toda la antigúedad, que unos hombres nacían con el derecho de mandar y con las cualidades propias para el mando, y que reci- bían aquel derecho y estas cualidades juntamente por transmisión heredi- taria: correlativa a esta común creencia era la creencia común de que ha- bía entre las gentes razas malditas y desheredadas, incapaces de transmitir por la generación ninguna cualidad y ningún derecho, y condenadas, por tanto, a legítima y perpetua servidumbre. La democracia de Atenas no era otra cosa sino una aristocracia insolente y tumultuosa, servida por esclavi- zadas muchedumbres. La lliada, de Homero, monumento enciclopédico de la sabiduría pagana, es el libro de las genealogías de los dioses y de los hé- roes: considerada desde este punto de vista, no es otra cosa sino el más es- pléndido de todos los nobiliarios.

Esta idea de la solidaridad no tuvo entre los antiguos de desastrosa sino lo que tuvo de incompleta: las varias solidaridades sociales, políticas y do- mésticas, no estando subordinadas jerárquicamente entre sí por la solidari- dad humana, que a todas las ordena y las limita, porque las abarca a todas, no podían producir otra cosa sino guerras, turbaciones, incendios y desas- tres. Bajo el imperio de la solidaridad pagana, el género humano se consti- tuyó en estado de guerra universal y permanente; por eso, la antigúedad no ofrece a la vista otro espectáculo sino el de gentes destruidas por gen- tes, y Reinos por Reinos, y razas por razas, y familias por familias, y ciudades por ciudades. Los dioses combaten con los dioses, los hombres con los hom- bres, y no pocas veces se lanzan unos contra otros en son de guerra, y vie- nen a las manos con estrépito los hombres y los dioses inmortales. Dentro de los muros de una misma ciudad no hay asociación ninguna solidaria que no aspire a ejercer; primero sobre sus individuos y después sobre las otras, una acción dominadora y absorbente. En la asociación doméstica, la perso- nalidad del hijo es absorbida por la personalidad del padre, y la de la mu- Jer por el hombre: el hijo se convierte en cosa; la mujer, sujeta a perpetua tutela, cae en perpetua infamia; y el padre, señor del hijo y de la mujer, cambia su potestad en tiranía. Sobre la tiranía del padre está la tiranía del Estado, que absorbe en una común absorción a la mujer, al hijo y al padre, aniquilando de hecho la sociedad doméstica. Hasta el patriotismo no es entre los antiguos otra cosa sino la declaración de guerra hecha por una casta constituida en nación a todo el género humano.

190 JUAN DONOSO CORTÍ 4. Viniendo ahora de las Edades pasadas a las presentes, veremos: po una parte, la perpetuidad de la idea contenida en el dogma; y por otra, l perpetuidad de sus estragos siempre que se desvía en todo o en parte de dogma católico.

La escuela liberal y racionalista niega y concede la solidaridad a un mis mo tiempo, siendo siempre absurda, así cuando la concede como cuando la niega. En primer lugar, niega la solidaridad humana en el orden religio: so y en el político: la niega en el orden religioso, negando la doctrina de la!

transmisión hereditaria de la pena y de la culpa, fundamento exclusivo de este dogma; la niega en el orden político, proclamando máximas que con tradicen la solidaridad de los pueblos. Entre ellas merecen una menció especial la que consiste en proclamar el principio de no intervención, y aque: lla otra, que le es correlativa, según la cual cada uno debe mirar por sí y: ninguno debe salir de su casa para cuidar de la ajena. Estas máximas, idén- ticas entre sí, no son otra cosa sino el egoísmo pagano sin la virilidad de sus odios. Un pueblo adoctrinado por las doctrinas enervantes de esta es.

cuela, llamará a los otros extraños, porque no tiene fuerza para llamarlos enemigos.

La escuela liberal y racionalista niega la solidaridad familiar, por cuan- to proclama el principio de la aptitud legal de todos los hombres para ob- tener todos los destinos públicos y todas las dignidades del Estado, lo cual es negar la acción de los ascendientes sobre sus descendientes, y la comunicación de las calidades de los primeros a los segundos por trans- misión hereditaria. Pero al mismo tiempo que niega esa transmisión la re- conoce de dos maneras diferentes: la primera proclamando la perpetua identidad de las naciones; y la segunda, proclamando el principio heredi- tario en la Monarquía. El principio de la identidad nacional, o no significa nada, o significa que hay comunidad de méritos y de deméritos, de glorias y de desastres, de talentos y de aptitudes entre las generaciones pasadas y las presentes, entre las presentes y las futuras; y esta misma comunidad es de todo punto inexplicable, sino se la considera como el resultado de nues- tra transmisión hereditaria. Por otra parte, la Monarquía hereditaria, con- siderada como institución fundamental del Estado, es una institución con- tradictoria y absurda allí en donde se niega el principio de la virtud de trans- misión de la sangre, que es el principio constitutivo de todas las aristocracias históricas. Por último, la escuela liberal y racionalista, en su materialismo repugnante, da a la riqueza, que se comunica, la virtud que niega a la sangre, que se transmite. El mando de los ricos le parece más legítimo que el mando de los nobles.

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 191 5. Vienen en pos de esta escuela efímera y contradictoria las escuelas socialistas, las cuales, concediéndole todos sus principios, le niegan todas sus consecuencias. Las escuelas socialistas toman de la racionalista y liberal la negación de la solidaridad humana en el orden político y en el spa religioso; negándola en el orden religioso, o la transmisión de la ca pa y de la pena, y además la pena y la culpa; negándola en el orden po íti- co, toman de la escuela racionalista y liberal el principio de la igual aptitud de todos los hombres para obtener los destinos y las dignidades del Estado; pasando empero más adelante, demuestran a la escuela liberal que ese E cipio lleva consigo, en buena lógica, la supresión de la Monarquía here l- taria, y que esta supresión lleva tras sí la supresión de la Monarquía, que no siendo hereditaria, es una institución inútil y embarazosa. En seguida demuestran, sin grande esfuerzo de razgn, que, supuesta la igualdad nativa del hombre, esa igualdad lleva consigo la supresión de todas las distincio- nes aristocráticas, y por consiguiente la supresión del censo electoral, en el cual no se puede reconocer esa virtud misteriosa de conferir los atributos soberanos, habiéndosele negado a la sangre, sin una contradicción eviden- te. Los pueblos, según los socialistas, no han salido de la servidumbre de los Faraones para caer en la de los asirios y babilonios, ni están tan desnu- dos de derecho y de fuerza, que vayan a dar consigo en las manos de los