SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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3. Sólo nos falta ahora formarnos una idea aproximada de lo que sería el edificio socialista sin esas faltas de proporción que le afean y que le po- nen fuera de todo género regular de arquitectura. Visto lo que es el socia- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO Z1I5 lismo actual en sus dogmas contradictorios, no parece fuera de propósito que examinemos aquí brevemente lo que ha de ser el SOGAAMio venido cuando, por la virtud misteriosa que reside en toda teoría, vaya perdiendo con la duración lo que hay en él de contradictorio y de inconsecuente. El método aquí consiste en aceptar por punto de partida cualquiera de a proposiciones afirmadas en común por todas las escuelas, y sacar de ella, una en pos de otra, las consecuencias que contiene.

La negación fundamental del socialismo es la negación del pecado, esa gran afirmación, que es como el centro de las ALEmaciones católicas. Esta negación lleva consigo por vía de consecuencia una serie de negaciones, relativas unas al ser divino, otras al ser humano y otras al ser social. Reco- rrer toda esa serie sería cosa imposible, y ajena, además, de nuestro propo- sito; lo que nos cumple solamente, es señalar las más fundamentales entre esas negaciones. | | Los socialistas niegan el pecado y la posibilidad del pecado juntamen- te. Negado el hecho y la posibilidad del hecho, procede la negación de la libertad humana, que no se concibe sin el pecado, opor lo menos sin la potestad en la naturaleza humana de convertirse de inocente en pecadora. Negada la libertad, queda negada la responsabilidad del hombre. La nega- ción de la responsabilidad lleva consigo la negación de la pena: negada ésta, procede por una parte la negación del gobierno divino, ju otra la de los gobiernos humanos. Luego, por lo que hace a la cuestión del gobierno, la negación del pecado va a parar al nihilismo. o Negada la responsabilidad individual, queda negada la responsabili a en común: lo que se niega del individuo, no puede afirmarse de la especie, lo cual significa que no existe la responsabilidad humana; y como ip que ño puede afirmarse de algunos lo que por una parte se niega de ca.

uno de por sí, y por otra de todos, síguese de aquí que una vez negada la responsabilidad del individuo y la de la especie, procede negar la respon- sabilidad de todas las asociaciones. Esto significa que no hay respomsabll dad social, ni responsabilidad política, ni responsabilidad doméstica. Lue- go, por lo que hace a la cuestión de la responsabilidad, la negación del pe- cado va a parar al nihilismo. y q Negada la responsabilidad individual, la doméstica, la política y la el mana, procede la negación de la solidaridad en el individuo, en la familia, en el Estado y en la especie; como quiera que la solidaridad ninguna otra cosa significa sino la responsabilidad en comun. Luego, por lo que hace a la solidaridad, la negación del pecado va a parar al nihilismo.

216 JUAN DONOSO CORTÍ Negada la solidaridad en el hombre, en la familia, en el Estado yen] especie, es forzoso negar la unidad en la especie, en el Estado, en la fam! lia y en el hombre; como quiera que la identidad entre la solidaridad y 1 unidad es tan completa, que lo que es uno no puede concebirse sino comk siendo solidario, ni lo que es solidario sino como siendo uno. Luego, pol lo que hace a la cuestión de la unidad, la negación del pecado va a parar al nihilismo.

Negada la unidad con una negación absoluta, proceden las negacio: nes siguientes: la de la humanidad, la de la sociedad, la de la familia y la del hombre. En efecto; ninguna cosa existe sino con la condición de ser una, y por lo mismo no puede afirmarse que la familia, la sociedad y la hu- manidad existen sino con la condición de afirmar la unidad doméstica, la política y la humana; negadas estas tres unidades, procede la negación de esas tres cosas. Afirmar su existencia y negar su unidad, es contradecirse en los términos. Cada una de esas cosas ha de ser una, o no ha de ser de nin= guna manera; luego, si no son unas, no existen; su nombre mismo es ab= surdo, porque es un nombre que ni representa ni designa cosa ninguna. Por lo que hace al hombre individual, procede su negación de dife- rente manera. El hombre individual es el único que puede existir hasta cier- to punto sin ser uno * y sin ser solidario: lo que se niega negando su uni- dad y solidaridad, es que en los diferentes momentos de su vida sea una misma persona. Si no hay un vínculo de unión entre los tiempos pasados y los presentes, y entre los presentes y los futuros, lo que se sigue de aquí es que el hombre no existe, sino en el momento presente, pero en esta supo- sición es claro que su existencia es más bien fenomenal que real. Si no vivo en lo pasado, porque pasó y porque no hay unidad entre lo presente y lo pasado; si no vivo en lo futuro, porque lo futuro no es, y porque cuando sea ya no será lo presente; si no vivo sino en lo presente, y lo presente no existe, porque cuando se va a afirmar su existencia ya ha pasado, resulta de aquí que mi existencia es más bien teórica que práctica, porque en reali- dad, si no existo en todos los tiempos, no existo en tiempo ninguno. Yo no concibo el tiempo sino en sus tres formas reunidas, y no puedo concebirle cuando las separo. ¿Qué es lo pasado sino una cosa que no es ya? ¿Qué es lo futuro sino una cosa que no existe todavía? ¿Y quién detiene a lo presen- Con aquella manera de unidad que conviene a la familia y a la sociedad.

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 217 te el tiempo necesario para afirmarle, después de haber salido de lo futuro y antes de convertirse en lo pasado? Luego afirmar la existencia del hom- bre, negada la unidad de los tiempos, no viene a ser otra cosa sino darle la existencia especulativa del punto matemático. Luego la negación del peca- do va a parar al nihilismo, así en cuanto a la existencia de la humanidad, de la sociedad y de la familia, como en cuanto a la existencia del hombre. Luego todas las doctrinas socialistas, o para hablar con más exactitud, to- das las racionalistas van a parar forzosamente al nihilismo; y ninguna cosa hay más natural y más lógica, si bien se mira, sino que, no habiendo sino la nada fuera de Dios *, los que se separan de Dios vayan a parar a la nada.

4. Esto supuesto, yo estoy autorizado para acusar al socialismo presen- te de tímido y de contradictorio. Negar el Dios trino y uno para afirmar otro Dios; negar la humanidad bajo un aspecto para venir a afirmarla des- de otro punto de vista; negar la sociedad con ciertas formas, para venir a afirmarla después con formas diferentes, negar la familia por un lado, para afirmarle por otro; negar al hombre de cierta manera, para venir después a afirmarle de una manera o diferente o contraria, todo esto es entrar por la senda de tímidas, contradictorias y cobardes transacciones. El socialismo presente es todavía un semicatolicismo, y nada más. Si los límites de esta obra me lo permitieran, no me sería difícil demostrar que en el más avan- zado de sus doctores hay un número mayor de afirmaciones católicas que de negaciones socialistas, lo cual da por resultado un catolicismo absurdo y un socialismo contradictorio. Todo lo que sea afirmar un Dios, es ir a caer en las manos del Dios de los católicos; todo lo que sea afirmar la humani- dad, es ir a parar a la humanidad una y solidaria de dogma cristiano; todo lo que sea afirmar la sociedad, es ir a dar consigo, más tarde o más tempra- no, en la afirmación católica sobre las instituciones sociales; todo lo que sea afirmar la familia, es ponerse en el caso de afirmar después, de uno o de otro modo, todo lo que el catolicismo afirma y todo lo que el socialismo niega; por último, todo lo que sea afirmar al hombre de cualquier manera, se resuelve en definitiva en la afirmación de Adán, el hombre del Génesis. El catolicismo es a la manera de aquellos formidables cilindros por donde no pasa la parte sin que después pase el todo. Por ese cilindro formidable 3 Habla el autor en aquel sentido con que se dice, por ejemplo, en la Escritura: Et substantia mea tanquam nihilum ante te. (Psalm., XXXVIII, 6).

218 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 219 pasará sin dejar rastro de sí, si no muda de rumbo, el socialismo con todos pués de esfuerzos gigantescos para separarse de él, ninguna otra cosa han sus pontífices y con todos sus doctores. conseguido sino ser unos malos católicos *.

M. Proudhon, que no suele ser ridículo, es ridículo, sin embargo, cuan- do, formulando la negación del gobierno como la última de todas las nega- ciones, va pidiendo a las gentes en ademán cuasi augusto la primera de to- das las palabras socialistas, por la sublimidad de su audacia. Los socialistas en presencia de los católicos son como los griegos en presencia de los sa- cerdotes del Oriente: niños que parecen hombres. La negación de todo go- bierno, lejos de ser la última de las negaciones posibles, no es sino una ne- gación preliminar que los nihilistas futuros relegaran en el libro de sus pro- legómenos. No pasando de ahí, M. Proudhon pasará como los demás por el cilindro católico; por ahí pasa todo, menos la nada: es necesario, pues, o afirmar la nada, o pasar con todas sus negaciones o con todas sus afirma- ciones, con toda su alma y con todo su cuerpo por ese cilindro. Mientras que M. Proudhon no tome su partido valerosamente, me autoriza para que le acuse ante los racionalistas futuros como sospechoso de catolicismo la- tente y de moderantismo disfrazado. Los socialistas que no prefieren lla- marse sus herederos, se llaman a sí propios la antítesis del catolicismo. El catolicismo no es una tesis, y no siéndolo, no puede ser combatido por una antítesis; es una síntesis que lo abarca todo, que lo contiene todo y que lo explica todo; la cual no puede ser, no diré vencida, pero ni combatida si- quiera, sino por una síntesis de la misma especie, que a su manera abarque, contenga y explique todas las cosas. En la síntesis católica caben anchamente todas las tesis y todas las antítesis humanas. Ella lo trae y lo ' “ La razón de esta especie de paradoja está en la universalidad y trabazón de las verda- condensa todo en sí con la fuerza invencible de una virtud incomunicable. des católicas. La doctrina católica es una; en ella todas las verdades tienen entre si trabazón y Los que piensan que están fuera del catolicismo están en él; porque él es dependencia: la lógica obliga, por consiguiente, a todo el que admite una verdad católica, a 2; ' a dd 2 ¡ti is: así 1 i quí Sei como la atmósfera de las inteligencias: los socialistas, como los demás, des- admitir todas las demás; ast como:el que niega una de ellas, ha: de negar si quiere ser lógico, todas las demás verdades. Junto con esto, la doctrina católica es católica, o sea universal; y por esto contiene toda verdad, sin que haya verdad alguna que de un modo o de otro no se refie- ra a ella; luego si no se han de violar las leyes de la razón y de la lógica, es menester admitir la doctrina católica, o negar toda verdad; ser católico o escéptico, afirmar a Dios con cuanto él nos enseña, o afirmar la nada.

La verdad sobrenatural está sobre la razón, la cual nunca podría con sólo sus propias fuerzas alcanzar esa verdad; pero la razón es el sujeto a quien esa verdad se revela, y el que entiende que esta revelación existe, pues de otro modo no podría asentir a ella. También es el sujeto a quien se demuestra la autoridad de la Iglesia, depositaria de la revelación, pues que sin esto él no podría aceptarla. En resumen, hay una verdadera y rigurosa demostración de la verdad del catolicismo. Pero como quiera que el catolicismo se demuestre, precisamen- te por la razón ha de ser, la cual no puede negarlo sin negarse a sí misma; luego decir que entre el catolicismo y el escepticismo hay un medio en que pueda estancarse el hombre sin agravio de la razón, es decir, que el hombre puede sin agravio de la razón negar la verdad demostrada, o que el catolicismo no tiene para el hombre demostración suficiente.

CAPÍTULO SEXTO DOGMAS CORRELATIVOS AL DE LA SOLIDARIDAD; LOS SACRIFICIOS SANGRIENTOS; TEORÍAS DE LAS ESCUELAS RACIONALISTAS ACERCA DE LA PENA DE MUERTE SUMARIO. -1. Trabazón armónica de los dogmas católicos. El de la solida- ridad. Es admitido por todos los pueblos. -2. La solidaridad proclamada en los sacrificios institución universal. Necesidad del sacrificio cruento. El sacrificio de Abel. Sacrificios humanos. -3. Necesidad de la pena de muer- te: delitos políticos y delitos comunes. La ley atea impotente para ejercer justicia. El nombre de crimen sustituido por el de desventura. La nueva era trocará la tierra en infierno.

ho 1. Así como el socialismo es un compuesto incoherente de tesis y de antítesis que se contradicen y se destruyen, la gran síntesis católica resuel- ve todas las cosas en la unidad, poniendo en todas ellas su soberana armo- nía. De sus dogmas puede afirmarse que, sin dejar de ser varios, son uno solo. De tal manera se resuelven los que anteceden, en los que le siguen, y los que le siguen en los que le anteceden, que no puede averiguarse nunca cuál es el primero y cuál es el último en el gran círculo divino. Esa virtud que todos tienen de penetrarse los unos a los otros en lo más íntimo de sus esencias, hace que ninguno pueda ser afirmado o negado de por sí, de- biendo ser todos afirmados o negados juntamente; y como en sus afirma- ciones dogmáticas están apuradas todas las afirmaciones posibles, de aquí procede que contra el catolicismo no se da afirmación de ninguna especie, ni negación que sea particular; contra su prodigiosa síntesis no cabe sino 222 JUAN DONOSO CORTÍ una negación absoluta. Ahora bien: Dios, que está de manifiesto en la palé bra católica, ha dispuesto las cosas de tal modo, que esa suprema negación lógicamente necesaria para hacer contraste a la palabra divina, sea de toda punto imposible; como quiera que para negarlo todo es necesario comen zar por negarse a sí mismo, y que el que se niega a si mismo, no puede pasar adelante ni negar después cosa ninguna. Síguese de aquí que la palas bra católica, siendo invencible, es eterna; desde el primer día de la Crea» ción viene dilatándose en los espacios y resonando en los tiempos con una fuerza inmensa de dilatación y con una fuerza infinita de resonancia; s soberana virtud no se ha amenguado todavía, y cuando cesen los tiempos de correr y se recojan los espacios, esa palabra seguirá resonando eterna» mente en las eternas alturas. Todo este bajo mundo va pasando: los hom» bres con sus ciencias, que no son sino ignorancia; los Imperios con sus glorias, que no son sino humo; sólo está quieta y en su ser esa palabra reso= nante, afirmándolo todo con una sola afirmación, que es siempre idéntica: a sí misma. El dogma de la solidaridad confundiéndose con el de la uni- dad, constituye con él un solo dogma; considerado en sí, se resuelve en dos que, como el de la solidaridad y el de la unidad, son uno mismo en la esen- cia y dos en sus manifestaciones. La solidaridad y la unidad de todos los hombres entre sí lleva consigo la idea de una responsabilidad en común, y esa responsabilidad supone a su vez que los méritos y los crímenes de los unos pueden dañar y aprovechar a los otros. Cuando el daño es el que se comunica, el dogma conserva su nombre genérico de solidaridad; y le cam- bia por el de reversibilidad cuando lo que se comunica es el provecho. Así se dice que todos pecamos en Adán, porque todos somos con él solidarios; y que todos fuimos hechos salvos por Jesucristo, porque sus méritos nos son reversibles. Como se ve, la diferencia aquí está en los nombres solamente, y en nada altera la identidad de la cosa significada. Lo mismo sucede con los dogmas de la imputación y de la sustitución; los dos no son otra cosa sino aquellos dogmas mismos considerados en sus aplicaciones. En virtud del dogma de la imputación padecemos todos la pena de Adán, y por el de la sustitución padeció el Señor por todos nosotros. Pero, como se ve aquí, no se trata sino de un dogma sustancialmente. El principio en virtud del cual fuimos todos hechos salvos en el Señor, es idéntico a aquel por el cual fuimos todos en Adán culpables y penados. Ese principio de solidaridad con el que se explican los dos grandes Misterios de nuestra Redención y de la transmisión de la culpa, es a su vez explicado por esa misma transmisión y por la Redención humana. Sin la solidaridad, no podéis ni concebir siquie- ra una humanidad prevaricadora y redimida; y por otro lado es evidente ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 223 que si la humanidad no ha sido ni redimida por Jesucristo, ni prevaricadora en Adán, no puede ser concebida como siendo una y solidaria.

Como por este dogma, junto con el de la prevaricación adámica, se nos revela la verdadera naturaleza del hombre, no ha permitido Dios que cayera de todo punto en el olvido de las gentes. Esto sirve para explicar por qué todos los pueblos del mundo vienen dando de él clarísimos testi- monios, y por qué esos testimonios están consignados con una consigna- ción elocuentísima en la historia. No hay pueblo tan civilizado ni tribu tan inculta, que no haya creído estas cosas: que los pecados de algunos pueden atraer las iras de Dios sobre las cabezas de todos, y que todos pueden ser hechos salvos de la pena y de la culpa transmitida por el ofrecimiento de una víctima en perfectísimo holocausto. Por los pecados de Adán condena Dios al género humano, y le salva por los méritos de su amantísimo Hijo. Noé, inspirado por Dios, condena en Canaán a toda su raza; Dios bendice en Abraham, y luego en Isaac, y luego en Jacob, a toda la raza hebrea. Unas veces salva a hijos culpables por los méritos de sus ascendientes otras castl- ga hasta en su última generación los pecados de ascendientes culpables y ninguna de estas cosas, que la razón tiene por increíbles, ha causado ni ex- trañeza ni repugnancia al género humano, que las ha creído con una fe firmísima y robusta. Edipo es pecador, y los dioses derraman sobre Tebas la copa de su enojo: Edipo es asunto de la cólera divina, y los beneficios de su expiación son reversibles a Tebas. En el día más grande y solemne de la Creación, cuando el mismo Dios hecho hombre iba a proclamar con su muerte la verdad de todos estos dogmas, quiso que antes fueran proclama- dos y confesados por el mismo pueblo deicida, el cual, clamando con un clamor sobrenatural, y con bramido siniestro, dejó caer estos tremendos vocablos: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». No parece sino que Dios permitió que se condensaran aquí juntamente los tiem- pos y los dogmas: en un mismo día el mismo pueblo, dándole muerte, im- puta a uno y castiga en él los pecados de todos, y pide la aplicación del mis- mo dogma a sí propio, declarando a sus hijos solidarios de sus pecados. En ese mismo día en que eso se proclama por todo un pueblo, el mismo Dios proclama el mismo dogma haciéndose solidario del hombre; y el de la reversibilidad pidiendo al Padre en premio de su dolor, el perdón de sus enemigos; y el de la sustitución muriendo por ellos; y el de la Redención, consecuencia de todos los otros, siendo el pecador redimido, porque el sus- tituto que en virtud del dogma de la solidaridad padeció muerte, en virtud del de la reversibilidad fue aceptado.

224 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 225 biernan por leyes contrarias y por gobernadores diferentes, por nombre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo, las cuales no son contrarias entre sí, porque en una se derrame sangre y en otra no, sino porque en la una la derrama el amor y en la otra la venganza: en la una es ofrecida al hombre, y en la otra a Dios, en sacrificio expiatorio y en aceptable holocausto.

, El género humano, en el que no ha dejado de soplar de todo punto el viento de las tradiciones bíblicas, ha creído siempre con una fe invencible estas tres cosas: que es fuerza que, la sangre sea derramada; que derrama- da de un modo, purifica; y de otro, enloquece. De estas verdades da clarísi- mos testimonios a toda la historia, llena con la relación de historias crue- les, de conquistas sangrientas, de trastornos y asolamientos de ciudades fa- mosas, de muertes atrocísimas, de víctimas puras puestas en altares humean- tes, de hermanos levantados contra hermanos, y ricos contra pobres, y pa- dres contra hijos, siendo toda la tierra a manera de lago que ni los vientos orean, ni seca el sol con sus inmensos ardores. No las atestiguan con me- nos claridad los sacrificios sangrientos ofrecidos a Dios en todos los altares levantados en la tierra; y por último, la legislación de todos los pueblos; por la que el que quita la vida ajena está excomulgado y pierde la suya, saliendo de la comunión de los vivientes. En la tragedia de Orestes pone Eurípides en boca de Apolo estas palabras: «No es Elena culpable de la gue- rra de Troya; su belleza no fue sino el instrumento de que se valieron los dioses para encender la guerra entre los pueblos, y hacer correr la sangre que había de purificar la tierra manchada con la multitud de los delitos». Por donde se ve que el poeta, eco a un tiempo mismo de las tradiciones populares y de las tradiciones humanas, da a la sangre una secreta virtud de purifigación que está en ella de una manera escondida por una causa 2. Todos esos dogmas, proclamados en un mismo día por un pueblo y por un Dios, y cumplidos, después de ser proclamados, en la persona de un Dios y en las generaciones de un pueblo, vienen proclamándose y cum pliéndose, aunque imperfectamente, desde el principio del mundo y fue-' ron simbolizados en una institución antes de ser cumplidos en una perso-. na. | V La institución que los simboliza, es la de los sacrificios sangrientos. Esa institución misteriosa y, humanamente hablando, inconcebible, es un he- cho tan universal y constante, que existe en todos los pueblos y en todas las regiones. De manera que en las instituciones sociales, la más universal es cabalmente la más inconcebible y la que parece más absurda; siendo cosa digna de notarse aquí que esa universalidad es un atributo común a la intitución en que aquellos dogmas están simbolizados, a la persona en que fueron cumplidos y a los mismos dogmas que fueron simbolizados en aquella institución y cumplidos en aquella persona. La imaginación misma no al- canza a fingir, ni otros dogmas, ni otra persona, ni otra institución más uni- versales. Aquellos dogmas contienen todas las leyes por las que se gobier- nan las cosas humanas; aquella persona contiene a la Divinidad y a la hu- manidad juntas en uno; y aquella institución es por un lado conmemorati- va de lo que aquellos dogmas contienen de universal, por otro, simbólica de aquella persona única en quien está la universalidad por excelencia, mientras que por otra parte, considerada en sí misma, se dilata hasta los remates del mundo y vence los términos de la historia. Abel es el primer hombre que ofreció a Dios un sacrificio sangriento después de la gran tragedia paradisíaca, y ese sacrificio, por lo que tenía de sangriento, fue acepto a los ojos de Dios, que apartó de sí con enojo el de Caín, consistente en frutos de la tierra. Y lo que aquí hay de singular y de - misterioso es que, el que derrama la sangre en sacrificio expiatorio, toma odio a la sangre y muere por no derramar la del mismo que le mata; mien- tras que el que rehusa derramarla como signo de expiación, se aficiona a ella hasta el punto de derramar la sangre de su hermano. ¿En qué consiste que derramada de un modo quita las manchas, y derramada del otro modo las pone? ¿En qué consiste que la derraman todos, aunque de diferente manera? Desde aquella primera efusión de sangre, la sangre no dejó de correr, y no corrió nunca sin condenar a unos y sin purificar a otros, conservando siempre entera su virtud condenatoria y su virtud purificante. Todos los hom- bres que vinieron después de Abel el justo y Caín el fratricida, se acercaron más o menos a uno de esos dos tipos de aquellas dos ciudades que se gomisteriosa.

Descansando el sacrificio en la suposición de la existencia de esa causa y de aquella virtud, es claro que la sangre ha debido adquirir esta virtud bajo el imperio de aquella causa, en una época anterior a la de los sacrifi- cios sangrientos; y como estos sacrificios vienen intituídos desde el tiempo de Abel, es una cosa puesta fuera de toda duda que la causa y la virtud de que tratamos, son anteriores a Abel, y contemporáneas de un gran suceso paradisíaco, en donde esa virtud y su causa han de tener principio necesa- riamente. Ese gran suceso es la prevaricación adámica. Culpable la carne de Adán y en la carne de Adán la carne de toda la especie, para que la pena tuviese proporción con la culpa, era menester que cayera en la carne como en la culpa misma; de aquí la necesidad de la efusión perpetua de la san- JUAN DONOSO CORTÉS; ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 227 e heras uri pp a ne a, ea 2. mp la promesdl Pasando la tradición de padres a hijos, vino a suceder que fue borrán- : romesa, poniendo al Re | l: Mano ls e pc hu e ' ea E: pa HEAR del culpa] dose y oscureciendo se poco a poco en la memoria y en el entendimiento : uspender la senten |: e >: que Pl. dé diera po do Esto si PES A mim hasta que el de los hombres. Dios no permitió en su infinita sabiduría que dejaran de era venido. Esto sir: e ia Positadiawer Álinaaa ml 6 le ñ A Abel, def resonar de todo punto en la tierra aquellos grandes ecos de las tradiciones mismo tiempo ' ad pu pa ies f ines E? Se A ma Erre y de bíblicas, pero en medio del tumulto de los pueblos, precipitados los unos ue fuera llegado el sustit Í: - < pena a Er” rif tits a 2) £. cel de padecciil sobre los otros, y todos a los pies de los ídolos, esos ecos fueron alterándo- lem P pas MI A A PY se y debilitándose hasta perder su magnífica resonancia y convertirse en os ojos de Dios: el sacrificio conmemorativo y simbólico.: ¡ lso á ) sonidos vagos, intermitentes y confusos. Entonces fue cuando de la idea vaga sacniiclo de Abel fue tan perfecto, que contuyo en sí por una dde de una culpa primitiva, radicada en la sangre, sacaron los hombres la con- nera prodigiosa todos los dogmas católicos: l d es pap gre, ral, Pes em aoladl 8 ios qui EA a HEN e sacrificio en secuencia de que era necesario ofrecer a Dios en sacrificio la sangre misma > e reconocimiento y « ipo- es es ' sta ii PE el Dios omnipos del hombre. El sacrificio dejó de ser simbólico para ser real; y como quiera oo: de A a land In ip e la proclama- que en la intención divina no estaba dar eficacia y virtud, sino al sacrificio S revaricación adam: 2 e ' ias Pi e edo? ds ana E el de la libertad del del Redentor solamente, de aquí fue que los sacrificios humanos carecie- de uN HL A A aq era sido culpable; y del de la ron de virtud y de eficacia. Aun así y todo, aquellos sacrificios imperfectos asi ao la p S h e > p an: Aca cual, gor dep da debido e ineficaces contenían en sí virtualmente, por un todo, el dogma del peca- ACTHLICIO; el de la solidaridad, sin E o ió Es pl pai ad le dd cs. y cual no hubiera tenidg do original, el de su transmisión y el de la solidaridad, y por otro, el de la : cla. ropio tiempo, fue $ LEY ets, pr ont d ti p: P dad PE ESA UTE EESRRIA Y Dios el reversibilidad y el de la sustitución, aunque no acertaron a simbolizar ni la e su justicia y del cui 4 PS / J y ado que tiene de las cosas huma sustitución verdadera, ni el verdadero sustituto.

añ Considerado desde el punto de vista de las víctimas ofrecidas al señor, Cuando los antiguos buscaban una víctima limpia de toda mancha e ade ' pe leia O E A inocente, y la conducían al altar ceñida de flores para que con su muerte lrfanados porillconbadodita bola cero inside (o | aplacara la cólera divina, satisfaciendo la deuda del pueblo, acertaban sn tos de otros; y de la sustitución, en virtud de la cual uno que había de venir leon herra Ea pa pere rt a pur ; a a: ser aplacada, que no podía serlo sino por el derramamiento de sangre, que si había de ofrecer en sacrificio por todo el género humano; por último, uno podía satisfacer la deuda de todos, que la víctima redentora había de consistiendo las víctimas en corderos primogénitos y sin mancha, el sacrifi- ser inocente. En todas estas cosas Cetalan como quiera que todas ellas cio de Abel fue simbólico del sacrificio verdadero, en el cual aquel cordero pi 2. el sino la afirmación atada de las grandes dogmas católi- mansísimo y purísimo, Hijo único del Padre, se había de ofrecer en santísi- cos. El error estuvo exclusivamente en creer que podía haber un hombre amena: La pe qee e dog pb Pm inocente y justificado, hasta tal punto y de tal manera que pudiera ser ofre- a ercer arde cd e cdo eficazmente en sacrificio por los pecados del pueblo, en calidad de : p y primer sacrificio sangriento ofrecido víctima redentora. Este solo error, este solo olvido de un dogma católico