SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

Page 25 of 29

a os pr ÓN ¿Qué virtud es esa qué está en la Religión colas convirtió al mundo en un lago de sangre: a falta de otros, hubiera bastado a Ea E condensarse con poa dilatación y una condensación por sí solo para impedir el advenimiento de toda civilización verdadera. La An a 024. pá e Ste e caben todas cn barbarie, y la barbarie feroz y sangrienta, es la consecuencia legítima, nece- : A pertecto que contte- saria, del olvido de cualquier dogma cristiano.

ne tantas y tales cosas? Tan altas consonancias y armonías, perfecciones tan 3, El error que acabo de señalar no lo era sino en un solo concepto y soberanas y hermosas, están de tal manera sobre el hombre, que se adelan- desde cierto punto de vista: la sangre del hombre no puede ser expiatoria tan, no sólo a todo lo que entendemos, si ¡é a ye mos y atodo loque de ln 2%, B0na Ramtión a Tata la que 106 del pecado original, que es el pecado de la especie, el pecado humano por OS. ' ' ir ' Eds a 5 excelencia: puede ser y es, sin embargo, expiatoria de ciertos pecados indi- 228 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 229 parece cosa puesta fuera de toda duda que, suprimida la pena de muerte en ambos conceptos, procede la supresión de toda penalidad humana. Su- primir la pena mayor en los delitos que atacan la seguridad del Estado y con ella la de los individuos que le componen, y conservarla en los delitos que se perpetran contra los particulares solamente, me parece una incon- secuencia monstruosa, que no puede resistir por largo tiempo a la evolu- ción lógica y consecuente de los acontecimientos humanos. Por otra parte, suprimir como excesiva la pena de muerte en unos y en otros, viene a ser lo mismo que suprimir todo género de penalidad para los delitos inferio- res; como quiera que, una vez aplicada a los primeros una pena que no sea la de muerte, cualquiera otra que se apliquen a los segundos ha de faltar a las reglas de la buena proporción, y ha de ser combatida como opresiva e viduales |, de donde se sigue, no sólo la legitimidad, sino también la nece- sidad y la conveniencia de la pena de muerte. La universalidad de su insti- tución atestigua la universalidad de la creencia del género humano en la purificante eficacia de la sangre derramada de cierto modo, y en su virtud expiatorio cuando de ese modo se derrama. Sine sanguine non fil remissio (Hebr., IX, 22). Sin la sangre derramada por el Redentor, no se hubiera extinguido nunca aquella deuda común que contrajo con Dios en Adán todo el género humano. En donde quiera que la pena de muerte ha sido aboli- da, la sociedad ha destilado sangre por todos sus poros. Á su supresión en la Sajonia Real se siguió aquella grande y encarnizada batalla de Mayo, que puso al Estado en trance de muerte, hasta el punto de verse en el caso de acudir para su remedio a una intervención extranjera. El solo principio de su supresión, proclamado en Francfort en nombre de la Patria común, puso injusta. las cosas alemanas en mayor desorden y desconcierto que ningún otro pe- Si la supresión de la pena de muerte en los delitos políticos se funda ríodo de su turbulentísima historia. A su supresión por el Gobierno provi- en la negación del delito político, y si esta negación se saca de la falibilidad sional de la República francesa se siguieron aquellas tremendas jornadas del Estado en estas materias, es claro que todo sistema de penalidad viene de Junio, que vivirán eternamente con todo su horror en la memoria de al suelo; porque la falibilidad en las cosas políticas supone la falibilidad en los hombres; a aquéllas hubieran seguido otras con pavorosa y rápida suce- todas las cosas morales, y la falibilidad en las unas y en las otras lleva consi- sión, si una víctima santa y acepta no se hubiera puesto entre las iras de go la incompetencia radical del Estado para calificar ninguna acción hu- Dios y los delitos de aquel Gobierno culpable y de aquella ciudad pecado- mana de delito. Ahora bien: como esa falibilidad es un hecho, síguese de ra. Hasta dónde pudo llegar la virtud de aquella sangre augusta e inocente, ahí que en esta materia de la penalidad todos los gobiernos son incompe- nadie lo sabrá decir ni nadie lo sabe; empero humanamente hablando, pue- tentes, porque todos son falibles.

de afirmarse, sin temor de ser desmentido por los hechos, que la sangre Sólo puede acusar de delito el que puede acusar de pecado, y sólo pue- volverá a correr en vena abundosa, por lo menos hasta que la Francia entre de imponer penas por el uno el que puede imponerlas por el otro. Los gootra vez bajo la jurisdicción de aquella ley providencial que ningún pueblo biernos no son competentes para imponer una pena al hombre sino en ca- desechó jamás impunemente. lidad de delegados de Dios, ni la ley humana tiene fuerza sino cuando es el No pondré término a este capítulo sin hacer aquí una reflexión que comentario de la ley divina. La negación de Dios y de su Ley, por parte de me parece de la mayor importancia: si tales efectos ha producido la supre- los gobiernos, viene a ser la negación de sí propios. Negar la ley divina y sión de la pena de muerte en los demos políticos, hasta dónde llegarían afirmar la humana, afirmar el delito y negar el pecado, negar a Dios y afir- sus estragos si la supresión se extendiera a los delitos comunes? Ahora bien: mar un gobierno cualquiera, es afirmar aquello mismo que se niega y ne- si hay para mí una cosa evidente, es que la supresión de la una lleva consi- gar aquello mismo que se afirma, es caer en una contradicción palpable y go la supresión de la otra en un tiempo más o menos lejano *, así como me propusieron abolir la pena capital aun para los reos de asesinato y parricidio. Y si bien es ver- dad que el buen sentido de la mayoría se opuso a semejante absurdo, no es menos evidente que este buen sentido no caminaba muy de acuerdo con el rigor lógico de las doctrinas admi- tidas entonces respecto a los delitos políticos.

' Considerados como violaciones del orden social, según se colige de lo que luego dice nuestro ilustre autor. 2 Quien recuerde las discusiones de la Asamblea legislativa de la República francesa en 1848, verá cómo de hecho fue aplicada esta doctrina por algunos diputados que varias veces 230 JUAN DONOSO CORTÍÉ evidente. Entonces sucede que comienza a soplar cierzo de las revolucie nes, el cual no tarda mucho en restaurar el imperio de la lógica, que presh de a la evolución de sucesos, suprimiendo con una afirmación absoluta € inexorable o con una negación absoluta y perentoria las contradiccione humanas.

El ateísmo de la ley y del Estado, o lo que en definitiva viene a ser lo mismo, expresado de una manera diferente, la secularización completa de Estado y de la ley, es teoría que no se compone bien con la de la penalidad, viniendo la una del hombre en su estado de apartamiento de Dios, y la otra de Dios en su estado de unión con el hombre.

No parece sino que los gobiernos conocen por medio de un instinto infalible que sólo en Nombre de Dios pueden ser justos y fuertes. Así suce» de que cuando comienzan a secularizarse o a apartarse de Dios, luego al punto aflojan en la penalidad, como si sintieran, que se les disminuye su derecho. Las teorías laxas de los criminalistas modernos, son contemporá- neas de la decadencia religiosa, y su predominio en los Códigos es contem= poráneo de la secularización completa de las potestades políticas. Desde entonces acá, el criminal se ha ido transformando a nuestros ojos lentamen= te, hasta el punto de parecer a los hijos objeto de lástima el mismo que era asunto de horror para sus padres. El que ayer era llamado criminal, hoy pierde su nombre en el de excéntrico o en el de loco. Los racionalistas mo- dernos llaman al crimen desventura: día vendrá en que el gobierno pase a los desventurados, y entonces no habrá otro crimen sino la inocencia. A las teorías sobre la penalidad de las monarquías absolutas en sus tiempos de- cadentes se siguieron las de las escuelas liberales, que trajeron las cosas al punto y trance en que hoy las vemos: tras las escuelas liberales vienen las socialistas con su teoría de las insurrecciones santas y de los delitos heroicos: ni serán éstas las últimas, porque allá en los lejanos horizontes comien- zan a despuntar nuevas y más sangrientas auroras. El nueva evangelio del mundo se está escribiendo quizá en un presidio. El mundo no tendrá sino lo que merece cuando sea evangelizado por los nuevos apóstoles.

Los mismos que han hecho creer a las gentes que la tierra puede ser un paraíso, les han hecho creer más fácilmente que la tierra ha de ser un paraíso sin sangre. El mal no está en la ilusión; está en que cabalmente en punta y hora en que la ilusión llegara a ser creída de todos, la sangre brota- ría hasta de las rocas duras, y la tierra se transformaría en infierno. En este oscuro y bajo suelo, el hombre no puede aspirar a una ventura impasible, sin ser tan desventurado que pierda la poca dicha que alcanza.

a UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA DEPTO. DE BIBLICO ¿PTO. DE BIBLIOTECAS BIBLIOTECA “EFE” GOMEZ CAPÍTULO SÉPTIMO RECAPITULACIÓN. -INEFICACIA DE TODAS LAS SOLUCIONES PROPUESTAS: NECESIDAD DE UNA SOLUCIÓN MÁS ALTA SUMARIO. -l. Resumen de la doctrina católica anteriormente expuesta so- bre el problema del mal. -2. Resumen de la doctrina liberal socialista ante- riormente expuesta sobre el mismo problema. Los sacrificios: la pena de muerte. -3. El misterio de Cristo. Conveniencias de que el orden universal y el humano no culminaran en la suprema apoteosis del amor divino.

1. Hasta aquí hemos visto de qué manera la libertad del hombre y la del ángel, con la facultad de escoger entre el bien y el mal, que constituye su imperfección y su peligro, era una cosa, no sólo justificada, sino tam- bién conveniente. Vimos también cómo del ejercicio de esa libertad consti- tuida salió el mal con el pecado, el cual alteró profundísimamente el or- den puesto por Dios en todas las cosas, y la manera convenientísima de ser de todas las criaturas. Pasando más adelante, después de habernos dado cuenta de los desórdenes de la Creación, nos propusimos demostrar y de- mostramos, a nuestro entender cumplidamente, que, así como el ángel y el hombre, dotados del libre albedrío, les fue dada la tremenda potestad de sacar el mal del bien y de inficionar todas las cosas, el uno con su rebelión, el otro con su desobediencia, y ambos con su pecado, Dios, para hacer con- traste a esta libertad perturbadora, se reservó la potestad de sacar el bien del mal y el orden del desorden, usando de ella larga y convenientemente, hasta el punto de poner las cosas en un ser más concertado y perfecto que el que hubieran alcanzado sin los ángeles rebeldes y los hombres pecado- 232 JUAN DONOSO CORTÉS res. No siendo posible evitar el mal sin suprimir la libertad angélica y la humana, que eran un gran bien, Dios en su infinita sabiduría hizo de modo que el mal, sin ser suprimido, fue transformado hasta el punto de servir, en su mano omnipotente, de instrumento de mayores conveniencias y de más altas perfecciones.

Para demostrar lo que a nuestro propósito cumplía, observamos que el fin general de las cosas era manifestar todas a su manera las perfeccio- nes altísimas de Dios, y ser como centellas de su hermosura y magníficos reflejos de su gloria. Consideradas desde el punto de vista de este fin uni- versal, no nos fue difícil demostrar que de la obediencia humana y de la rebelión angélica se siguieron bienes incomparables, y que así la una como la otra sirvieron para que las criaturas, que antes reflejaban solamente la divina bondad y la divina magnificencia, reflejaran también toda la subli- midad de su misericordia y toda la grandeza de su justicia. El orden no fue universal y absoluto sino cuando las criaturas tuvieron en sí todos estos es- pléndidos reflejos?!, Y Delos problemas relativos al orden universal de las cosas, pasamos a los que se refieren al orden general de las cosas humanas: discurriendo por ese anchísimo campo, vimos propagarse el mal en la humanidad con el pe- cado, allí vimos de qué manera la humanidad estuvo en Adán, y cómo la especie fue en el individuo pecadora. Así como el pecado, considerado en sí mismo, fue poderoso para turbar el orden del universo, lo fue también y con mayor razón para poner en desorden todas las cosas humanas. Para la inteligencia de lo que antes dijimos y de lo que diremos después, conviene advertir aquí que así como el fin universal de las cosas es manifestar las per- fecciones divinas, el fin particular del hombre es conservar su unión con Dios, lugar de su alegría y su descanso: el pecado desordenó las cosas hu- manas, apartando al hombre de esa unión, que constituye su fin especial; y desde ese momento el problema, por lo que hace a la humanidad, consiste en averiguar de qué manera el mal puede ser vencido en sus efectos y en su causa: en sus efectos, es decir, en la corrupción del individuo y de la es- pecie con todas sus consecuencias; en su causa, es decir, en el pecado.

Dios, que es simplicísimo en sus obras, porque es perfectísimo en su esencia, vence el mal en su causa y en sus efectos por la secreta virtud de Véase la nota de la página 30.

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 233 una sola transformación; pero ésta tan radical y portentosa, que por ella todo lo que era mal se muda en bien, y todo lo que era imperfección en perfección soberana. Hasta aquí hemos venido exponiendo la manera y for- ma con que Dios transforma en instrumentos de bien los efectos mismos del mal y del pecado. Procediendo todos ellos de una corrupción primitiva del individuo y de la especie, no son otra cosa en la especie ni en el indivi- duo considerados en sí, sino una desgracia lamentable: quien dice desgra- cia, dice efecto necesario; y si la causa de donde el efecto se sigue es de aquellas que obran de una manera constante, quien dice desgracia, tanto quiere decir como desgracia, por su naturaleza, invencible. Imponiendo la desgracia como una pena, Dios hizo posible su transformación por medio de su aceptación voluntaria por parte del hombre. Cuando el hombre, ayu- dado de Dios aceptó heroicamente como una pena justa su desgracia, su desgracia no cambió de naturaleza, considerada en sí misma, lo cual sería imposible de todo punto; pero adquirió una nueva y extraña virtud, la vir- tud expiatoria y purificante. Conservando siempre su invencible identidad, produce efectos que naturalmente no están en ella, siempre que se combi na de una manera sobrenatural con la aceptación voluntaria. Esta doctrina consoladora y sublime nos viene a un tiempo mismo de Dios, de la razón y de la historia, constituyendo una verdad racional, histórica y dogmática.

El dogma de la transmisión de la culpa y de la pena, y el de la acción purificante de la última, siendo libremente aceptada, nos llevó como por la mano al examen de las leyes orgánicas de la humanidad, por las cuales se explican cumplidamente todas sus evoluciones históricas y todos sus movi- mientos! El conjunto de esas leyes constituyen el orden humano, y de tal manera lo constituye, que no pueden ser ni imaginado de otra manera.

2. Después de haber expuesto las soluciones católicas sobre estos pro- blemas altísimos y temerosos, de los cuales unos son relativos al orden uni- versal y otros al orden humano, propusimos las soluciones inventadas por la escuela liberal y por los socialistas modernos, y demostramos: por una parte, las sublimes armonías y consonancia de los dogmas católicos; y por la otra, las extravagantes contradicciones de las escuelas racionalistas. La impotencia radical de la razón para hallar la solución conveniente de estos problemas fundamentales, sirve para explicar la incoherencia y la contra- dicción que se observan en las soluciones humanas; y esas contradicciones incoherentes sirven a su vez para demostrar la imposibilidad absoluta en que está el hombre, abandonado a sí mismo, de remontarse con sus pro- pias alas a aquellas encumbradas y serenas alturas en donde puso Dios las leyes secretísimas de todas las cosas. De este examen, hasta cierto punto 234 JUAN DONOSO CORTÉS prolijo, si se atiende a los estrechos límites de esta obra, resulta demostra- do hasta la evidencia: lo primero, que toda negación de un dogma católico lleva consigo la negación de todos los otros dogmas; y al revés, que la afir- mación de uno solo lleva consigo la afirmación de todos los dogmas católi- cos; lo cual es una demostración invencible de que el catolicismo es una inmensa síntesis, puesta fuera de las leyes del espacio y del tiempo; lo se- gundo, que ninguna escuela racionalista niega todos los dogmas católicos a la vez; de donde se sigue que todas están condenadas a la inconsecuencia y al absurdo; y lo tercero, que no es posible salir del absurdo y de la incon- secuencia sin aceptar todas las afirmaciones católicas con una aceptación absoluta, o negarlas todas con una aceptación tan radical que vaya a parar al nihilismo.

Por último, después de haber examinado cada uno de por sí aquellos dogmas que se refieren al orden universal y al orden humano, considera- mos su armonioso y magnífico conjunto en la institución de los sacrificios sangrientos, la cual trae su origen de aquella primera edad que siguió inmediatamente a la gran catástrofe paradisíaca. Allí vimos que esa institu- ción misteriosa es: por un lado, la conmemoración de aquella gran trage- dia y de la promesa de un redentor, hecha por Dios a nuestros primeros padres; por otro, la encarnación de los dogmas de la solidaridad, de la reversibilidad, de la imputación y de la sustitución; y por último, el símbo- lo perfectísimo del sacrificio futuro, tal como le habíamos de ver realizado en la plenitud de los tiempos. Puestas en el olvido entre las gentes las tradi- ciones bíblicas, el mundo olvidó el significado propio de aquella institu- ción religiosa, que vino corrompiéndose por todas partes: por su corrup- ción se explica la institución universal de los sacrificios humanos, los cua- les dan testimonio a la verdad de la tradición, si bien se apartan de ella en aquellos puntos en que había caído en olvido de las gentes. Con este moti- vo expusimos el grande error y la grande enseñanza que están juntos en esa institución, que a primera vista parece inexplicable por lo que tiene de profundamente misteriosa. Su grande error está en atribuir al hombre la virtud expiatoria del que le había de sustituir cuando se hubieran cumplido los tiempos, según la voz de las antiguas profecías y de las antiguas tra- diciones; su grande enseñanza está en atribuir a la sangre derramada en cierta forma la virtud de aplacar de cierto modo y hasta cierto punto la có- lera divina. Por el encadenamiento y la conexión de estas deducciones, fui- mos a parar al examen de la pena de muerte, universalmente instituida en toda la tierra como una profesión de fe de la virtud que está en la sangre, hecha en todos los tiempos por todo el género humano. Con este motivo, ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 235 interrogamos a las escuelas racionalistas sobre esta materia escabrosa; y en este punto, como en todos los demás, sus respuestas y sus soluciones nos parecieron contradictorias y absurdas. Llevándolas de contradicción en con- tradicción, las pusimos en el caso de escoger entre la aceptación de la pena de muerte para los delitos políticos como para los comunes, o la negación radical y absoluta a un tiempo mismo del delito y de la pena.

3. Llegados a este punto de la discusión, sólo nos falta, para ponerla un término dichoso, acercarnos con santo terror y con muda y estática re- verencia al Misterio de los Misterios, al sacrificio de los sacrificios, al dog- ma de los dogmas. Hasta aquí hemos visto: por una parte, las maravillas del orden divino; por otra, la armonía del orden universal, y por último, la altí- sima conveniencia del orden humano: ahora nos cumple subir a cumbre más alta, a la que domina y señorea todas las cumbres católicas. Allí está asentado en toda su majestad, misericordiosa a un mismo tiempo y tremen- da, terribilísima y mansísima. Aquel que había de venir, y que vino, y que viniendo lo trajo todo a sí, y lo unió en sí con fortísima y amorosísima laza- da. Él es la solución de todos los problemas, el asunto de todas las profe- cías, el figurado en todas las figuras, el fin de todos los dogmas, la confluen- cia del orden divino, del universal y del humano, la llave de todos los se- cretos, la luz de todos los enigmas, el prometido por Dios, el deseado de los Patriarcas, el aguardado de las gentes, el Padre de todos los afligidos, el reverenciado de los coros de las naciones y de los coros angélicos, alfa y omega de todas las cosas.

El orden universal está en que todo se ordene armoniosamente para aquel fin supremo que impuso Dios a la universalidad de las cosas. El su- premo fin de las cosas consiste en la manifestación exterior de las divinas perfecciones. Todas las criaturas cantan la bondad y la magnificencia y la omnipotencia de Dios. Los justificados ensalzan su misericordia, los répro- bos su justicia. ¿Cuál criatura, entre las criadas, celebra su amor de una ma- nera tan especial como los réprobos su justicia y los justificados su miseri- cordia? Y siendo esto así, ¿no se echa de ver claramente la altísima conve- niencia de que en el universo, formado para manifestar las divinas perfec- ciones, se levantara una voz universal ensalzando el divino amor, ese últi- mo toque de las perfecciones divinas?

El orden humano está en la unión del hombre con Dios: esa unión no puede realizarse, en nuestra condición actual y en nuestro actual aparta- miento, sin un esfuerzo gigantesco para levantarnos hasta Él, Pero ¿quién pide esfuerzo al que es débil, y quién manda levantarse y subir hasta la cum- bre altísima de un monte al que está caído en el valle y lleva sobre sus hom- 236 JUAN DONOSO CORTÉS bros el peso de su pecado? Sé que la aceptación heroica y voluntaria de mi dolor y de mi Gruz me levantaría sobre mí mismo. Pero ¿cómo he de amar lo que naturalmente aborrezco, y cómo he de aborrecer lo que naturalmente amo, y esto voluntariamente? Me mandan amar a Dios, y siento discurrir por mis venas el amor corrosivo de mi carne. Me mandan andar, y estoy reducido a prisiones. Con mi pecado no puedo merecer, y no puedo apar tarme del pecado, que me tiene asido, si no me lo quitan. Ninguno puede quitármelo si no tiene hacia mí un infinito amor, anterior a todo mereci- miento, y nadie me ama con ese amor infinito. Soy el ludibrio de Dios y la fábula del universo; en vano discurriré por todo el cerco de la tierra; que adonde quiera que vaya, irá conmigo mi desventura; y en vano pondré los ojos en ese cielo de metal, que jamás hirió mi frente con un rayo de espe- ranza.

Si todo esto es así, es claro que el edificio católico, que venimos levan- tando laboriosamente, viene al suelo, falto de aquella espléndida cúpula que le había de servir de remate y de áncora. Nueva torre de Babel, levan- tada por el orgullo y fabricada sobre arenas frágiles y movedizas, será ju- guete del temporal y escarnio de los vientos; el orden humano, el orden universal, no son otra cosa sino palabras resonantes; y todos aquellos teme- rosos problemas que traen a la humanidad pensativa y contristada, quedan en pie y envueltos en su oscuridad invencible, a pesar del vano aparato de las soluciones católicas, mejor trabadas entre sí que las soluciones de las escuelas racionalistas, su trabazón no es tan perfecta, sin embargo, que pue- da resistir al empuje de la razón humana. Si el catolicismo no dice más, ni enseña más, ni contiene más que lo que va dicho, contenido y enseñado en aquellas soluciones, el catolicismo no es más que un sistema filosófico, que siendo más acabado que los sistemas anteriores, según todas las probabili- dades, será menos perfecto que los sistemas futuros. Aun hoy día puede acusársele ya de impotencia notoria para resolver los grandes problemas que se refieren a Dios, al universo y al hombre; Dios no es perfecto, si no ama de una manera infinita; el orden no existe en el universo, si no hay en él nada que manifieste ese amor; y en cuanto al hombre, el orden en que está puesto es tan invencible, que no puede salvarse no siendo amado infinitamente.

Y no se diga que Dios es infinitamente bueno e infinitamente miserl- cordioso, y que el amor va supuesto y como escondido en su infinita bon- dad y en su infinita misericordia; porque el amor es de por sí cosa tan prin- cipal, que cuando existe, a todas las otras las domina y señorea. El amor no es contenido, es continente; se declara, no se esconde: tal es su condición, ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 23% que no pueda estar en ninguna parte sin que parezca que está solo y que todo lo avasalla; él lleva de suyo no ordenarse a ningún fin, y ordenar así todas las cosas. El que ama, si ama bien, ha de parecer que enloquece; y para ser infinito el amor, ha de parecer una infinita locura.

Hay una voz que está en mi corazón y que es mi mismo corazón, que está en mí y que es yo mismo, y que me dice: -Si quieres conocer al verda- dero Dios, mira al que te ama hasta enloquecer por ti, y al que te ayuda a que le ames hasta enloquecer por Él: y ese es el Dios verdadero; porque en Dios está la bienaventuranza, y la bienaventuranza no es otra cosa sino amar, y padecer desmayos de amor, y estar desmayado así perpetuamente. -Nadie me llame a sí si no me ama, porque no responderé a su llamamiento. Mas si la voz que escucho es voz de amor: -Heme aquí- diré al punto, y seguiré a mi amado sin preguntarle ni adónde va, ni a qué parte me lleva; porque adonde quiera que me lleve y adonde quiera que vaya, hemos de estar él y yo y nuestro amor; y nuestro amor, él y yo somos el cielo. -Yo quisiera amar así, y sé que no puedo amar así, y que no tengo a quien amar de esta ma- nera, y aun por eso me deshago y me atormento en un cerco sin salida. ¿Quién me sacará de este cerco que me ahoga, y me dará alas como de pa- loma para discurrir por otras regiones y para subir a otras alturas?

l CAPÍTULO OCTAVO DE LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS Y DE LA REDENCIÓN DEL GÉNERO HUMANO SUMARIO. -1. Para restablecer el orden universal y el humano era necesa- rio perdonar y rehabilitar al hombre caído. La Encarnación, único título de nobleza de la humanidad pecadora. -2. La Encarnación, unión supre- ma (síntesis) de Dios (tesis) con las criaturas (antítesis) mediante la hu- mana naturaleza. -3. Otras conveniencias de la Encarnación. -4. La sangre de Cristo mos da capacidad de merecer en la aceptación del dolor. La Cruz, centro de los misterios y manifestación suprema del amor.

/ / 1. De dos problemas dijimos que estaban por resolver para que pudie- ra constituirse de todo punto así el orden universal como el humano: Dios sacó el bien de la prevaricación primitiva, la cual le sirvió de ocasión para manifestar dos de sus más grandes perfecciones: su infinita justicia y su inf1- nita misericordia. No era esto bastante, sin embargo; convenía además para que en las cosas de la Creación y especialmente en las humanas, hubiera aquel orden y concierto que atestiguan la presencia de Dios en todas sus obras, que el pecado mismo de la prevaricación fuera borrado de todo pun- to; como quiera que, cualquiera que fuese el bien que Dios sacara de él, quedando subsistente, quedaba en pie, y como desafiando a todo el divino poder; el mal por excelencia. Por otra parte, nada conviene más a la mise- ricordia infinita de Dios, sino ayudar con mano a un mismo tiempo potentísima y clementísima la invención flaqueza del hombre, para que de tal manera se levantara sobre su miserable condición, que pudieran trans- 240 JUAN DONOSO CORTÉS formarse en instrumento de su propia salvación las consecuencias de su pe- cado. Borrar el pecado y fortificar al pecador hasta el punto que pudiera levantarse libre y meritoriamente estando caído, este es el gran problema que es necesario resolver, aun después de resueltos todos los otros, si el ca- tolicismo ha de ser otra cosa que uno de los muchos sistemas laboriosamente imperfectos que vienen dando testimonio de la profunda y radical impo- tencia de la razón humana.

El catolicismo resuelve estos dos grandes problemas por el más alto e inefable e incomprensible y glorioso de todos sus Misterios: en ese altísimo Misterio están juntas todas las divinas perfecciones. En él está Dios con su espantable omnipotencia, con su perfecta sabiduría, con su maravillosa bon- dad, con su terribilísima justicia, con su altísima misericordia; y sobre todo, con aquel inefable amor que domina y señorea todas sus otras perfeccio- nes, el cual manda con imperio, a un tiempo mismo, a su misericordia ser misericordiosa, a su justicia ser justa, a su bondad ser buena, a su sabiduría ser sabia y a su omnipotencia ser omnipotente. Porque Dios no es ni omni- potencia, ni sabiduría, ni bondad, ni justicia, ni misericordia: Dios es amor y nada más que amor, pero ese amor es de suyo omnipotente, sapientísimo, buenísimo, justísima y misericordiosísimo.

El amor fue el que mandó a su misericordia dar al hombre prevaricador y caído la esperanza, con aquella divina promesa de un futuro redentor, que vendría al mundo para tomar en sí y para vencer al pecado. El amor fue el que le prometió en el paraíso, el que le envió a la tierra, y el que vino: el amor fue el que tomó carne humana, y vivió vida de hombre mor- tal, y murió muerte de Cruz, y resucitó después en su carne y en su gloria. En el amor y por el amor somos salvados todos los que somos pecadores.

El gloriosísimo Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios es el úni- co título de nobleza que tiene el género humano. Lejos de causarme mara- villa el desprecio que los racionalistas modernos muestran hacia el hom- bre, si hay alguna cosa que ni alcanzo a explicar ni puedo concebir, es la atentada prudencia y la tímida mesura con que proceden en este negocio. Tomando al hombre despeñado ya por su culpa de aquel primitivo estado en que le puso Dios, de justicia original y de gracia santificante; examina- do por dentro en su constitución orgánica, imperfectísima y contradicto- rial; y cuando se consideran la ceguedad de su entendimiento, la flaqueza de su voluntad, los torpes arrebatos de su carne, el ardor de sus concupis- ' Véase la nota de la página 52.

ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 241