cencias y la perversidad de sus inclinaciones, no acierto a concebir ni ex- plicar esa parsimonia de vilipendios y esa mesura en los desdenes. Si Dios no ha tomado la naturaleza humana; si tomándola en sí, no la ha levanta- do hasta sí; y si levantándola hasta sí, no ha dejado en ella un rastro lumi- noso de su nobleza divina, es fuerza confesar que para expresar la vileza humana, faltan vocablos en los idiomas de las gentes. Yo de mí sé decir, que si mi Dios no hubiera tomado carne en las entrañas de una mujer, y sl no hubiera muerto en una Cruz por todo el linaje humano, el reptil que piso con mis pies sería a mis ojos menos despreciable que el hombre. Aun así y todo, el punto de fe que más abruma con su peso a mi corazón, es ese de la nobleza y dignidad de la especie humana, dignidad y nobleza que quie- ro entender y no entiendo y que quiero alcanzar y no alcanzo. En vano apar- to los ojos lleno de espanto y de horror de los anales del crimen, para po- nerlos en esferas más altas y en regiones más serenas. En vano traigo a mi memoria aquellas levantadas virtudes de los a que el mundo llama héroes, y de que están llenas las historias; porque mi conciencia levanta su voz y me dice que todas esas heroicas virtudes, se resuelven en vicios heroicos, los cuales se resuelven a su vez en un orgullo ciego o en una ambición in- sensata?. El género humano aparece a mi vista como una inmensa muche- dumbre puesta a los pies de sus héroes, que son sus ídolos; y los héroes como ídolos que se adoran a sí propios. Para creer yo en la nobleza de esas estúpidas muchedumbres, ha sido necesario que Dios me la revele. Ningu- no puede negar esa revelación y afirmar su propia nobleza. ¿De dónde sabe que es noble, si Dios no se lo ha dicho? Una cosa excede mi razón y me confunde: que haya quien piense que se necesita una fe menos robusta para creer en el incomprensible misterio de la dignidad humana, que para creer en el misterio adorable de un Dios hecho hombre, por la virtud del Espíri- tu Santo en las entrañas de una Virgen. Esto prueba que el hombre vive siempre sujeto a fe; y que cuando parece que deja la fe por su propia ra- zón, no hace más sino dejar la fe de lo que es divinamente misterioso, por la fe de lo que es misteriosamente absurdo.
2 Claro que Donoso no quiere decir que todas las virtudes de los no católicos sean vi- cios, según la proposición de Bayo, condenada en el Sillabus; Omnia opera infidelium sunt peccata el philosophorum virtutes sunt vitia. Se refiere a las que el mundo llama tales, el mundo que, se- gún San Juan, totus in maligno positus est, el mundo que, según Cristo, vos odit quia de mundo non estis: el mundo, personificación de la soberbia.
AA 242 JUAN DONOSO CORTÉS 2. La Encarnación del Hijo de Dios fue convenientísima, no solamen- te en calidad de manifestación soberana de su infinito amor, en el cual está la perfección, si puede decirse así, de las divinas perfecciones, sino tam- bién en virtud de otras profundas y altísimas consecuencias. El orden su- premo de las cosas no puede concebirse, si las cosas todas no se resuelven en la unidad absoluta. Ahora bien, sin aquel prodigioso Misterio, la Crea- ción era doble y el universo un dualismo, símbolo de un antagonismo per- petuo contradictorio del orden. De un lado estaba Dios, tesis universal; y de otro las criaturas, su universal antítesis. El orden supremo exigía una síntesis tan poderosa y tan ancha, que bastara a conciliar por medio de la unión la tesis y la antítesis del Creador y las criaturas. Que esta es una de las leyes fundamentales del orden universal, se ve claro cuando se conside- ra que ese mismo Misterio, que en Dios nos causa maravilla, sin admirar- nos está patente en el hombre. El hombre, considerado desde éste punto de vista, no es otra cosa sino una síntesis, compuesta de una esencia EBIporea, que €s la tesis, y de una antítesis, que es su sustancia corpórea. El ento set que, considerado como un compuesto de espíritu y materia, es una síntesis, no es más que una antítesis que es necesario reducir a la unidad por medio una síntesis superior, juntamente con la tesis que le con- tradice, cuando se le considera en calidad de criatura. La ley de la reducción de la variedad en la unidad, o lo que es lo mismo de todas las tesis con sus antítesis en una síntesis suprema, es una ley visible, e indeclinable. La dificultad aquí está sólo en hallar esa suprema síntesis. Estando de un lado Dios y de otro todas las cosas creadas, es una cosa evidente que aquí la sín- tesis conciliadora no puede buscarse fuera de estos términos, fuera de los cuales no hay nada que se pueda imaginar, siendo como son universales y absolutos. La síntesis, pues, había de encontrarse en las criaturas o en Dios, en la antítesis o en la tesis, o bien en una y en otra simultánea o sucesiva- mente?.
Si el hombre hubiera permanecido quieto en aquel estado excelente y en aquella condición nobilísima en que fue puesto por Dios, la variedad hubiera ido a perderse en la unidad, y la antítesis creada se hubiera unido con la tesis creadora, en una suprema síntesis por la deificación del hom- bre. Á esta deificación futura fue dispuesto por Dios cuando le adornó con Todo lo que dice Donoso en este lugar sobre tesis y antítesis debe entenderse según el sentido e intención purísimos de su autor, pero no según el rigor de las palabras.
ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 243 la justicia original y con la gracia santificante. El hombre, en uso de su li- bertad soberana, se despojó de aquella gracia y renunció a aquella justicia; y despojándose de la una y renunciando a la otra, puso impedimento a la divina voluntad, renunciando a su deificación voluntariamente. Empero, la libertad humana, que es poderosa para impedir el cumplimiento de la voluntad de Dios en lo que tiene de relativo, no lo es para impedir la reali- zación de esa misma voluntad en lo que tiene de absoluto. La reducción de la variedad en la unidad, eso era lo que había de absoluto en la voluntad divina; la reducción por medio exclusivo de la deificación del hombre, eso es lo que había en ella de relativo y contingente; lo cual quiere decir que Dios quiso el fin con una voluntad absoluta, y el medio de alcanzar ese fin con una voluntad relativa; y en esto, como en todo, resplandece la sabidu- ría de Dios con un resplandor inefable. En efecto, sin lo que había en su voluntad de absoluto, Dios no hubiera sido soberano; y sin lo que había de relativo en ella, no hubiera sido posible la libertad humana; por el contra- rio, por lo que en su voluntad hubo a un tiempo mismo de absoluto y rela- tivo, de contingente y de necesario, pudieron coexistir y coexistieron la soberanía de Dios y la libertad del hombre. En calidad de soberano, Dios decretó aquello que había de ser; en calidad de libre, el hombre determi- nó que aquello que había de ser no sería de cierta manera.
Entonces sucedió que el orden universal, querido por Dios con una voluntad absoluta, hubo de realizarse por la humanización inmediata de Dios no pudiendo realizarse por la deificación inmediata del hombre, la cual fue de todo punto imposible, primero con una imposibilidad relativa a causa de su voluntad, y después con una imposibilidad absoluta a causa de su pecado.
Ya en otra ocasión me propuse demostrar, y demostré cumplidamente cuán grande es el alcance y la universalidad de las soluciones divinas, las cuales, al revés de lo que se observa en las humanas, no suprimen un obstá- culo para ir a dar en otro mayor, ni resuelven una dificultad para caer en otra más grande, ni esclarecen un problema desde un punto de vista para dejarle más oscuro que antes, mirándole por otro lado; sino que, por el contrario, suprimen de una vez todos los obstáculos, resuelven a un tiem- po mismo todas las dificultades y esclarecen todos los problemas de un solo golpe, con un esclarecimiento simplicísimo. Y esto que se observa en todas las divinas soluciones, se observa más particularmente todavía en ésta que tratamos, relativa al Misterio adorable de la Encarnación del Hijo de Dios: porque al propio tiempo que fue el medio soberano de reducirlo todo a la unidad, condición divina del orden en el universo, fue también un medio 244 JUAN DONOSO CORTÉS maravilloso de restaurar el orden en la humanidad caída. La imposibilidad radical en que quedó el hombre de volver por sí sólo a la amistad y gracia de Dios, después del pecado, está confesada por aquellos mismos que nie- gan el catolicismo en la mayor parte de sus dogmas. M. Proudhon, el hom- bre más docto de las escuelas socialistas, no vacila en afirmar, que supuesto el pecado, la redención del hombre por los méritos y trabajos de Dios era de todo punto necesaria, como quiera que el hombre pecador no podía ser de otra manera redimido. Por lo que hace a los católicos, no vamos tan allá, afirmando solamente que esta manera de redención, sin ser necesaria ni la única posible, es, sin embargo, adorable y convenientísima.
Y Por aquí se ve que Dios se dio traza para vencer con una misma indus- tria, así el obstáculo que se oponía a la realización del orden universal, como el que impedía el orden humano. Haciéndose hombre sin dejar de ser Dios, unió sintéticamente a Dios y al hombre, y como en el hombre estaban ya sintéticamente unidas la esencia espiritual y la sustancia corpórea?, resultó de aquí que Dios hecho Hombre reunió en sí, por una altísima manera, por un lado las sustancias corpóreas y las esencias espirituales, y por otro al Criador de todo con todas sus criaturas. Al propio tiempo, padeciendo y muriendo voluntariamente por el hombre, echó sobre sí, quitándoselo a él, aquel pecado primitivo por el cual padeció corrupción y fue condenado a muerte en Adán toda su raza.
3. Desde cualquier punto de vista que se considere este gran Misterio, ofrece, al que se para y le mira, las mismas maravillosas conveniencias. Si todo el linaje humano padeció condenación en Adán, nada más razonable y conveniente sino que todo él se salvara en otro Adán más perfecto; ha- biendo sido condenados como lo fuimos por la ley de la solidaridad, que fue ley de justicia, nada más razonable y conveniente sino que fuéramos hechos salvos por la ley de reversibilidad, que es una ley de misericordia. El padecer por los pecados de un representante, no hubiera sido cosa justa y conveniente si no nos hubiera sido dado el merecer por los méritos de un sustituto. Nada más ajustado a la ley de razón sino que, siéndonos im- putables los pecados de aquél, los méritos de éste nos sean reversibles. Y con esto se responde a los que llenos de arrogante soberbia mueven la len- gua contra Dios por la condenación con que fuimos condenados todos en * Incompleta la materia.
ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 245 la cabeza de nuestros primeros padres; porque aun suponiendo, por vía de argumentación, que en nuestros primeros padres no hubiéramos sido to- dos pecadores, ¿con cuál derecho se queja de haber sido condenado en un representante, el que ha sido hecho salvo por un sustituto? Volverse contra Dios por la ley de los pecados imputables, sin acordarse de aquella otra que la completa y explica, por la cual los méritos ajenos nos son reversibles, es grande temeridad, porque es insigne mala fe o torpe ignorancia, y en todo caso calificada locura.
4. Restablecido el orden en el universo por la unión de todas las cosas en Dios, y el orden en la humanidad en cuanto estaba impedido por el pe- cado, sólo falta, para restablecer el segundo completamente, por una parte poner al hombre en estado de levantarse sobre sí mismo hasta el punto de aceptar las tribulaciones con una aceptación voluntaria, y por otra dar a esa aceptación una virtud meritoria. A ambas cosas ocurrió Dios con este divino misterio, en sus consecuencias fecundísimo y en sí mismo admira- ble. La sangre preciosísima derramada en el Calvario, no sólo borró nues- tra culpa y satisfizo nuestra pena, sino que por su inestimable valor nos puso, siéndonos aplicada, en estado de merecer galardones; por ella se nos die- ron dos gracias juntamente: la que consiste en aceptar la tribulación, y aque- lla en virtud de la cual la aceptación, alegremente aceptada en el Señor y por el Señor, adquiere una virtud meritoria. En esto consiste la suma de la Religión católica: en creer con firmísima fe que naturalmente nada pode- mos, y que lo podemos todo en aquél y por aquél que nos fortifica. Todos los otros dogmas sin éste son puras abstracciones, desnudas de toda virtud y eficacia. El Dios católico no es un Dios abstracto, ni un Dios muerto: es un Dios vivo y personal, que obra perpetuamente fuera de nosotros y en nosotros; que al mismo tiempo que está en nosotros contenido, nos circun- da y nos contiene. El Misterio que nos mereció la gracia, sin la cual andamos como perdidos y en tinieblas, es el Misterio por excelencia; todos los otros son adorables, encumbrados y altísimos; éste sólo es el encumbrado, porque sobre él no hay ninguna cumbre; el altísimo, porque sobre él no hay ninguna altura; y porque sobre él no hay nada digno de adoración, el adorable.
El día eternamente alegre y eternamente lloroso en que el Hijo de Dios hecho hombre fue puesto en una Cruz, todas las cosas a la vez entraron en orden, y en ese orden divino la Cruz se levantó sobre todas las cosas cria- das. De ellas, unas manifestaban la bondad de Dios, otras su misericordia, otras su justicia. Sólo la Cruz fue el símbolo de su amor y la prenda de su gracia. Por ella confesaron los confesores, y fueron castas las vírgenes, y vi- 246 JUAN DONOSO CORTÉS vieron vida angélica los Padres del yermo, y fueron los mártires testigos fir- mes que pusieron sus vidas al cuchillo con varonil y constantísimo semblante. Del sacrificio de la Cruz procedieron aquellas portentosas energías con que los flacos asombraron a los fuertes, con que los proscriptos y desarmados subieron al Capitolio, con que unos pobres pescadores vencieron al mun- do. Por la Cruz alcanzan victoria todos los que vencen, y esfuerzo todos los que combaten, y misericordia todos los que la piden, y amparo todos los desamparados, y alegría todos los tristes, y consuelo todos los que lloran. Desde que se levantó la Cruz en los aires, no hay hombre ninguno que no pueda vivir en el cielo, aun antes de dejar en la tierra sus mortales despo- Jos; porque si aún vive aquí por la tribulación, está ya allí por la esperanza.
UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA SEDE MEDELLIN DEPTO. DE BIBLIOTECAS BIBLIOTECA “EFE” GOMEF* CAPÍTULO TX CONTINUACIÓN DEL MISMO ASUNTO: CONCLUSIÓN DE ESTE LIBRO SUMARIO. -1. Sublimidad del Sacrificio de Cristo, realidad de los antiguos sacrificios, fortaleza que infunde. -2. Cristo crucificado, modelo ideal y real de todas las perfecciones. Necesidad de modelo en el arte, en la vida. La humanidad necesitaba un modelo a la vez humano y divino. -3. Esta argu- mentación en los misterios divinos nunca pasa de mera congruencia. Demostrativamente podemos argúir contra los que no tienen fe; pero para demostrar los dogmas revelados. -4. Al modelo divino se debe que, si en las sociedades paganas hubo héroes, en la cristiana haya santos. Paralelo entre los héroes y los santos. -5. A Cristo deben los pueblos cristianos su superioridad sobre los paganos. -6. Cristo, centro de la creación; por su persona, por su obra, por su manera de vida. -7. Cristo, conciliación un1- versal y paz de todos los hombres. -8. Glorias e ignominias de Cristo. -9, Cristo, conquistador del mundo con la fuerza del amor.
CONCLUSIÓN. -Es necesario el orden, y de ahí las leyes físicas y morales. Y si bien la libertad humana puede perturbar el orden moral quebrantan- do sus leyes, no puede sustraerse al orden universal que la sujeta a los cas- tigos divinos.
1. Este es aquel único sacrificio de inestimable valor, a que se refieren como a su fin todos los otros de que hacen mérito las historias y las fábulas de todas las gentes. Este es aquel que querían significar, así el pueblo judío como los pueblos gentiles, en sus sangrientos holocaustos, y que figuró Abel de una manera cumplida y aceptable cuando ofreció a Dios los primogéni- 248 JUAN DONOSO CORTÉS tos y más limpios entre todos sus corderos. El verdadero altar había de ser una Cruz, y la verdadera víctima un Dios, y el verdadero sacerdote ese mis- mo Dios, a un mismo tiempo Dios y hombre, pontífice augusto sacerdote perpetuo, víctima perpetua y santa, el cual vino a cumplir en la plenitud de los tiempos lo que prometió a Adán en los tiempos paradisíacos, fiel cum- plidor de su promesa y guardador de su palabra; porque así como no ame- naza en vano no promete tampoco vanamente. Amenazó al hombre libre con el desheredamiento, desheredó al hombre libre y culpable; le prome- tió luego un Redentor, y vino él mismo a redimirle.
Con su presencia se esclarecen todos los Misterios, se explican todos los dogmas y se cumplen todas las leyes. Para que se cumpla la de la solida- ridad, toma en sí todos los dolores humanos; para que la de la reversibilidad se cumpla, derrama por el mundo en copioso raudal todas las gracias divi- nas, alcanzadas con su Pasión y con su Muerte: Dios en Él se hace hombre de una manera tan perfecta, que sobre Él vienen impetuosas todas las iras de Dios; y el hombre se hace en Él tan perfecto y tan divino, que en El caen sobre el hombre todas las divinas misericordias, como en lluvia delga- da y apacible. Para que el dolor fuera santísimo, padeciendo santificó el dolor; y para que su aceptación fuera meritoria, le aceptó con una acepta- ción voluntaria. ¿Quién sería fuerte para ofrecer a Dios su voluntad en ho- locausto, si Él no hubiera hecho entera dejación de la suya para hacer la de su santísimo Padre? ¿Quién hubiera podido subir hasta la cumbre de la humildad, si el pacientísimo y humildísimo Cordero no hubiera subido an- tes por secretos caminos a esa aspérrima cumbre? ¿Y quién, remontando aún más su vuelo, hubiera podido encumbrar montes bravos sobre montes bravos, hasta llegar altísimo del divino amor, si Él no los hubiera en- cumbrado todos, uno por uno, dejando enrojecidas sus laderas con la púr- pura de su sangre, y dando a sus zarzas en despojos sus blanquísimos y pu- rísimos bellones, afrenta de la nieve? ¿Quién sino Él hubiera podido ensenar a los hombres que al otro lado de esas abruptas y gigantescas monta- ñas, con sus cumbres al cielo y sus valles al abismo, caen praderas alegres y tendidas donde son benignos los aires, puros los cielos, mansas y limpias las aguas, suavísimos todos los rumores, verdes todos los campos, inefables todas las armonías, perpetuas todas las frescuras; donde la vida es verdade- ra vida que nunca acaba, y el placer verdadero placer que nunca cesa, y el amor verdadero amor que nunca se extingue, donde hay perpetuo descan- so sin Ocio, reposo perpetuo sin fatiga, y donde se confunde por una altísi- ma manera lo que tiene de dulce la posesión y lo que hay de bello en la esperanza?
ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 9. El Hijo de Dios, hecho hombre y puesto por el hombre en la Cruz, es a un mismo tiempo la realización de todas las cosas perfectas, represen- tadas en todos los símbolos y figuradas en todas las figuras, y la figura y el símbolo universal de todas las perfecciones. El Hijo de Dios hecho hom- bre, así como es Dios y hombre a un tiempo mismo, es la idealidad y la realidad juntas en uno. La razón natural nos dice y la experiencia diaria nos enseña, que el hombre no puede llegar en ningún arte ni en ninguna cosa a aquella perfección relativa a que le es dado subia, si no tiene delante de los ojos un modelo acabado de una perfección más alta. Para que el pue- blo de Atenas adquiera aquel instinto admirable para descubrir con una mirada simplicísima lo que en las obras del ingenio había de literariamente bello o de artísticamente sublime, y lo que había de bellamente heroico en las acciones humanas, fue de todo punto necesario que tuviera siempre de- lante de sus ojos las estatuas de sus prodiglosos artistas, los versos de sus sublimes poetas y las acciones heroicas de sus grandes capitanes. El pueblo de Atenas, tal como fue, supone necesariamente sus artistas, Sus poetas y sus capitanes, tales como habían sido; y estos a su vez no llegaron a tan altres das alturas sin poner los ojos en alturas más eminentes. Todos los capitanes griegos alcanzaron donde alcanzaron, porque pusieron los ojos en Aquiles, puesto en la cumbre altísima de la gloria. Todos aquellos grandes artistas y aquellos eminentísimos poetas, no fueron grandes y eminentes sino por- que tenían puestos los ojos en la Ilíada, y en la Odisea, tipos inmortales de la belleza artística y literaria. Los unos y los otros no hubieran existido ja- As SÍ Í 1Ó Grecia más sin poner la vista en Homero, magnífica personificación de la artística, literaria y heroica. Esta ley en virtud de la cual todo lo que hay en las muchedumbres, está de una manera más perfecta en una aristocracia, y de una manera in- comparablemente más perfecta y más alta en una persona, es tan univer- sal, que puede ser considerada en razón como la ley de la historia. Esta ley está sujeta a su vez a ciertas condiciones indeclinables como ella misma y necesarias. Así, por ejemplo, es condición indeclinable de todas esas perso- nificaciones heroicas que pertenezcan a un tiempo mismo a la asociación especial que personifican, y a otra general y superior a la que en ellas viene personificada. Aquiles, Alejandro, César, Napoleón, así como Homero, Virgilio y Dante, son todos a un tiempo mismo ciudadanos de dos ciudades diferentes, de las cuales una es local y otra general, una es inferior y otra superior: en la superior viven Juntos con cierta manera de igualdad, en la inferior domina cada uno de ellos con un imperio absoluto; en la superior son ciudadanos, en la inferior emperadores. Esa ciudad superior, en la que 250 JUAN DONOSO CORTÉS todos tienen un derecho igual de ciudadanía, se llama la humanidad; y la inferior en que imperan se llama aquí París, allí Atenas y allá Roma.
Ahora bien: así como los pueblos, esas ciudades inferiores se conden- san en una persona en la cual están como de relieve y de una manera espe- cial sus perfecciones y virtudes, de la misma manera fue cosa convenientísima que esa ley universal de la personificación típica se cum- pliera con respecto a aquella ciudad superior que lleva por nombre el gé- nero humano. Las excelencias de esta ciudad, excelente sobre todas, lleva- ban consigo la conveniencia de una personificación superior a las demás personificaciones, así como ella misma era superior a todas las otras ciuda- des, y debía ser, por lo tanto, altísima, excelentísima y perfectísima. Ni bas- taba esto sólo; porque para que se cumpliera la ley en todos sus puntos, era conveniente que la persona en quien se condensara la humanidad, reunie- ra en su unidad personal dos naturalezas diferentes: por la una había de ser hombre, y por la otra había de ser Dios; porque Dios sólo es superior al hombre!. Y no se diga que para el cumplimiento de esta ley hubiera basta- do la encarnación de un ángel; como quiera que considerado el hombre como compuesto de un alma espiritual y de una sustancia corpórea, parti- cipa a un tiempo mismo de la naturaleza física y de la angélica, siendo como la confluencia de todas las cosas creadas. Esto supuesto, es evidente que la persona que había de condensar así la naturaleza humana, había de con- densar en sí toda la Creación: de donde se sigue que siendo, en cuanto hombre, todo lo creado, había de ser Dios para ser al mismo tiempo otra cosa. Por último, para que la ley que venimos exponiendo se cumpliera del todo, era menester que la misma persona que en la ciudad inferior dominaba con imperio, fuera como ciudadano y nada más en la ciudad más per- fecta; por eso el Dios hecho hombre es único en el imperio de todas las: cosas creadas, mientras que el Tabernáculo habitado por la divina esencia es la persona del hijo, en todo igual a la persona del Padre y a la del Espíri tu Santo.
Y 3. Grande sería el error de los que creyeran que tengo por invencible esta argumentación y por perfectas estas analogías. Suponer que el hom- bre puede ver claro en estos hondos Misterios, es insigne ceguedad; y el sólo propósito de apartar los velos divinos que los cubren, me parece necia Minuisti eum paulo minus ab angelis, gloria et honore (Psalm. VIH. 6).
ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO ZO arrogancia, desatino y locura. No hay rayo de luz tan poderoso que baste a iluminar lo que Dios escondió en el impenetrable Tabernáculo que está defendido por las divinas tinieblas. Mi propósito aquí es solamente demos- trar, con una demostración vigorosa, que lejos de ser increíble lo que Dios nos manda creer, es, no sólo creíble, sino también razonable. Yo creo que la demostración puede llevarse hasta los límites de la evidencia, siempre que se reduzca a poner en claro esta verdad: que todo el que deja la fe, va a parar al absurdo; y que las tinieblas divinas son menos oscuras que las tinieblas hamanas. No hay dogma ni misterio católico que no reúna en sí estas dos condiciones necesarias para que sea razonable una creencia, conviene a saber: la primera, explicarlo todo satisfactoriamente siendo acep- tados; la segunda, ser ellos mismos explicables y comprensibles hasta cierto punto. No hay hombre ninguno de sana razón y de recta voluntad que no se dé a sí mismo el testimonio; por una parte, de su impotencia radical para llegar por sí hasta el descubrimiento de las verdades reveladas; y por otra, de su maravillosa aptitud para explicar todas esas verdades de una manera relativamente satisfactoria. Esto serviría para demostrar que la razón no ha sido dada al hombre para descubrir la verdad *, sino para explicársela a sí mismo cuando se la muestran, y para verla cuando se la ponen delante. Tan grande es su miseria, y su indigencia intelectual tan lamentable, que hoy día es y ne está cierto todavía de la primera cosa que hubiera debido averi- guar, si en el plan divino hubiera entrado que pudiera averiguar por sí al- guna cosa. Dígaseme, si no, si hay algún hombre que haya llegado a averi- guar con certeza qué cosa es su razón, para qué la tiene, de qué le sirve y hasta dónde alcanza; y como veo, por una parte, que esta es la letra A de este alfabeto, y por otra que van ya corriendo seis mil años desde que co- menzó a balbucirla, sin que haya acertado a pronunciarla, me creo auto- rizado para afirmar que ese alfabeto no ha sido hecho para ser deletreado por el hombre, ni el hombre para deletrear en ese alfabeto.
4. Volviendo a anudar el hilo de este discurso, diré que era cosa excelentísima y convenientísima que la humanidad entera tuviera delante un modelo universal de universal e infinita perfección, así como las varias asociaciones políticas han tenido siempre uno, de donde han sacado, como de su fuente, aquellas dotes y excelencias especiales en que se han aventa- ? Que excede a su capacidad natural.
252 JUAN DONOSO CORTÉS jado a las demás en los períodos gloriosos de su historia. A falta de otras razones, ésta bastaría por sí sola para explicar el gran Misterio de que tra- tamos, como quiera que sólo Dios podía servir de acabado ejemplar y de modelo perfectísimo a todas las gentes y naciones. Su presencia entre los hombres, su doctrina maravillosa, su vida santísima, sus tribulaciones sin cuento, su Pasión, llena de ignominia y oprobios, y su cruelísima Muerte, que todo lo acaba y lo corona, son las únicas cosas que pueden explicar la altura prodigiosa a que subió el nivel de las virtudes humanas. En las socieda- des que caen al otro lado de la Cruz, hubo héroes; en la gran sociedad ca- tólica ha habido santos: y los héroes paganos son a los santos del catolicis- mo, guardada la debida proporción y con las reservas convenientes, lo que las varias personificaciones de los pueblos a la personificación absoluta de la humanidad en la persona de un Dios hecho homibre por el amor de los hombres. Entre esas varias personificaciones y esta personificación absolu- ta, hay una distancia infinita; entre los héroes y los santos, una distancia inconmensurable; ninguna cosa más natural sino que siendo infinita la pri- mera, fuera inconmensurable la segunda».