Eran los héroes hombres que con la ayuda de una pasión carnal, eleva- da hasta su última potencia, obraban cosas extraordinarias. Los santos son hombres que, habiendo dado de mano a todas las pasiones carnales, po- nen el constantísimo pecho, exentos de toda ayuda carnal, a la impetuosa corriente de todos los colores. Los héroes, poniendo en una exaltación fe- bril todas sus fuerzas propias, acometían con ellas a lo que les hacían opo- sición y contraste. Los santos comenzaron siempre por hacer dejación de sus propias fuerzas; y estando así desamparados y desnudos, entraron en batalla a un mismo tiempo consigo mismo y con todas las potencias humanas e infernales. Proponíanse los héroes alcanzar gloria y muy alta, claro re- nombre entre las gentes. Mirando los santos como cosa de menos valer el vano decir de las generaciones humanas pusieron en olvido el cuidado de su nombre y de su gloria, y dejada a un lado, como cosa vil, su propia volun- tad, lo pusieron todo y se pusieron a sí mismos en manos de Dios, tenien- do por cosa gloriosísima y excelentísima tomar la librea de siervos suyos. Eso fueron los héroes, y eso fueron los santos: a unos y a otros les salió al revés de lo que pensaban; porque los héroes que pensaron henchir la tie- rra cuan grande es, con la gloria de su nombre, han caído en profundísi- mo olvido entre las muchedumbres; mientras que los santos, que sólo po- nían los ojos en el cielo, son honrados y reverenciados aquí abajo por pueblos, emperadores, Pontífices y Reyes. ¡Cuán grande es Dios en sus obras, y cuán maravilloso en sus designios! Piensa el hombre que él es el que va, y ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 299 es Dios el que le lleva. Piensa que va a dar a un valle, y sin saber cómo se encuentra en un monte. Este piensa que gana la gloria, y cae en el olvido; aquél busca en el olvido refugio y descanso, y se halla de súbito como en- sordecido con el clamor de las gentes que cantan su gloria. Todo lo sacrifi- caron los unos a su nombre; y nadie se llama como ellos: su nombre acabó con ellos mismos. Sus nombres fueron la primera cosa que pusieron los otros como ofrenda en el altar de su sacrificio, y esto hasta el punto de borrarlos de su propia memoria. Pues bien; esos nombres, que ellos olvidaron y es carnecieron, van pasando de padres a hijos, y de generación en generación, como una gloriosísima reliquia y una riquísima herencia. No hay católico ninguno que no se llame como un santo. Así se cumple todos los días aquella divina palabra que anunció la humillación de los soberbios y la exaltación de los humildes.
. 5. Así como entre Dios hecho hombre y los reyes de la humana inteli- gencia hay una distancia infinita, y entre los héroes y los santos una distan- cia inconmensurable, entre las muchedumbres católicas y gentiles, y entre los que capitanean y guían a las unas y a las otras, hay una inmensa distan- cia; como quiera que todas las copias se ordenan a sus modelos.
La divinidad con su presencia produce la santidad; la santidad de los más eminentes es a su vez causa, por un lado, de la virtud de los medianos, y por otró, del buen sentido de los menores. Por eso se observa que no hay pueblo ninguno que no tenga buen sentido, siendo católico, ni gentil que tenga lo que se llama el buen sentido, es decir, aquella sana razón que ve cada cosa como es en sí y en su propio lugar, con una simple mirada. Lo cual no causará maravilla al que considere que, siendo el catolicismo el or- den absoluto, la verdad infinita y la perfección suma, sólo en él y por él se ven las cosas en sus esencias íntimas, y en el lugar que ocupan, y en la impor- tancia que tienen, y en la maravillosa ordenación en que vienen ordena- das. Sin el catolicismo no hay buen sentido en los menores, ni virtud en los medianos, ni santidad en los eminentes; porque el buen sentido, la virtud y la santidad en la tierra, suponen un Dios hecho hombre, ocupado en ense- ñar la santidad a las almas heroicas, la virtud a las firmes, y en enderezar la razón de las descaminadas muchedumbres envueltas en tinieblas y sombras de muerte.
6. Ese maestro divino es aquel ordenador universal que sirve de centro a todas las cosas: por esta razón, por cualquier lado que se le mire y por cualquier aspecto que se le considere, se le ve siempre en el centro. Consk derado como Dios y como hombre a un tiempo mismo, es aquel punto cén- trico en que se juntan en uno la esencia criadora y las sustancias creadas.
JUAN DONOSO CORTÉS Considerado solamente como Dios, Hijo de Dios, es la segunda persona, es decir, el centro de las tres personas divinas. Considerado solamente cauo hombre, es aquel punto central en que se condensa con misteriosa con- densación la naturaleza humana. Considerado como Redentor, es aquella persona central sobre la cual vienen a un tiempo mismo toas las divinas gracias y todos los divinos rigores. La Redención es la gran síntesis en la que se concilian y se juntan la divina justicia y la divina misericordia. Con- siderado a un tiempo mismo como Señor de cielos y tierra, y como ido en un pesebre, viviendo vida desnudo, y padeciendo muerte de Cruz, es aquel punto central en que se juntan para conciliarse en una síntesis m. e- gor todas las tesis y todas las antítesis en su perpetua contradicción y 6 sición y en su variedad infinita. Él es el indigentísimo y el opulentismo, el siervo y el rey, el esclavo y el señor; está desnudo y vestido con vestidor resplandecientes, obedece a los hombres y manda a los astros; no tiene 5h para aplacar su hambre, ni agua para templar su sed, y nda a las nm. que revienten y a los panes que se multipliquen, para que viva el pueblo para que tengan hartura las muchedumbres. Los hombres le afrentan ss serafines le adoran; en un mismo instante, obedientísimo y pm muere porque le mandan morir, y manda al velo del templo que se rom. a los sepulcros que se abran, a los muertos que resuciten, al Buen aaron que le siga, a la naturaleza toda que pierda el sentido, y al Sol que encoja sus rayos. Viene en medio de los tiempos, anda en medio de sus has nace en el punto central de dos grandes mares y de tres inmensos cone nentes. Es ciudadano de una nación que guarda el justo medio entre las del todo independientes y las del todo sujetas; se llama así propio el cami- no, y todo camino es centro; se llama la verdad, y la verdad ocupa el medio de las cosas; es la vida, y la vida, que es lo presente, es el medio entre lo pasado y lo futuro; pasa su vida entre los aplausos y los vituperi entre los ladrones. md 7. Y por eso fue a un tiempo mismo escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Los unos y los otros tenían naturalmente una idea de la tesis divina y de la antítesis humana; pensaban, empero, y en esto, humana- mente hablando, no iban fuera de camino, que esa tesis y esa arfllenia eran inconciliables y de todo punto contradictorias: el entendimiento humano no podía levantarse hasta su conciliación por medio de una antítesis supre- ma. El mundo había visto siempre ricos y pobres, pero no podía cid a posible - unión en una persona de la indigencia mayor y de la opuencia suma. Por eso mismo me parece absurdo a la razó misma razón convenientísimo neón la persona en a ceo ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO tan es una persona divina, la cual, o no había de ser ni había de venir, O había de ser o había de venir de esa manera. Su venida fue la señal de la conciliación universal de todas las cosas y de la paz universal entre todos los hombres: los pobres y los ricos, los humildes y los potentes, los venturosos y los atribulados, todos fueron unos en él, y sólo en él fueron unos, pot- que sólo él era a un mismo tiempo opulentísimo e indigentísimo, potentísimo y humildísimo, venturosísimo y atribuladísimo. Esta es aquella fraternidad pacífica que él enseñó a los que abrieron sus entendimientos y sus oídos a su divina palabra. Esta es aquella fraternidad evangélica que vie- nen predicando unos después de otros, con perpetua € incansable predica- ción, todos los doctores católicos. Negad a Nuestro Señor Jesucristo, y lue- go al punto comienzan los bandos y las parcialidades, y los grandes tumul- tos, y las soberbias rebeliones, y las vociferaciones siniestras, y las discordias insensatas, y los rencores implacables, y las guerras sin término, y las san- grientas batallas. Los pobres alzan pendones contra los ricos, contra los ven- turosos los escasos de ventura, las aristocracias contra los reyes, las muche- dumbres contra las aristocracias, y unas contra otras, Como los inmensos océanos que se juntan en la boca del abismo, las alteradas y bárbaras mu- chedumbres.
8. La verdadera humanidad no está en ningún hombre: estuvo en el Hijo de Dios, y allí es donde se nos revela el secreto de su naturaleza con- tradictoria, porque por un lado es altísima y excelentísima, y por otro, es la suma de toda indignidad y de toda bajeza. Por un lado es tan excelente, que Dios la tomó por suya uniéndola con el Verbo; tal alta, que fue desde el principio, y antes de que viniera, prometida por Dios, adorada por los Patriarcas en silencio, denunciada a voces por los Profetas, revelada al mun- do hasta por sus falsos oráculos, y figurada en todos los sacrificios y en to- das las figuras. Un ángel se la anunció a una virgen, y el Espíritu Santo la formó por su propia virtud en sus virginales entrañas, y Dios entró en ella y la unió así perpetuamente, y unida perpetuamente a Dios aquella humani- dad sacratísima, fue celebrada en su nacimiento por los ángeles, publicada por las estrellas, visitada por los pastores, adorada por los reyes, y cuando Dios, junto con esta humanidad, quiso ser bautizado, se abrieron las bóve- das del cielo, y se vio venir sobre Él al Espíritu Santo en figura de paloma, y sonó en las encumbradas alturas aquella gran voz que decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me agradé siempre». Y luego, cuando empezó a predicar, tales maravillas obró, sanando a los dolientes, consolando a los afligidos, resucitando a los muertos, mandando con imperio a los vientos y a los mares, descubriendo las cosas escondidas y anunciando las venideras, 256 JUAN DONOSO CORTÉS que causó espanto y puso en admiración a los cielos y a la tierra, a los ánge les y a los hombres. Ni pararon aquí aquellos prodigios, porque, aquella humanidad fue vista de todos, hoy muerta y tres días después gloriosa y resucitada, vencedora del tiempo y de la muerte, y hendiendo calladamen- te los aires se la vio subir a lo alto como a una divina aurora.
Y esta misma humanidad, por un lado gloriosísima, era, por otro, ejem- plar de toda bajeza, como predestinada por Dios, sin ser ella pecadora, a padecer por la sustitución la pena del pecado. Por eso camina tan abatido por el mundo aquél en cuyo rostro divino se miran los ángeles; por eso está tan pesaroso y tan triste aquél en cuyos ojos toman los cielos su ale- ería; por eso anda por este bajo suelo desnudo aquél que en las divinas cum- bres viste un manto arrebolado de Estrellas; por eso anda, como si fuera pecador, entre los pecadores, siendo el santo de los santos; aquí conversa con el blasfemo, allí plática con la adúltera, más allá discurre con el avaro. A Judas da un ósculo de paz, y a un ladrón le ofrece su paraíso, y cuando conversa con los pecadores, lo hace con tanto amor, que las lágrimas se cua- jan en sus ojos. Este hombre debe ser gran entendedor de dolores, cuando así se apiada de los doloridos, y gran sabedor de padeceres, cuando así se apiada de los miserables. En cuanto baña el sol, y en cuanto se dilata la tierra, no hubo hombre ninguno puesto en tan grande orfandad y en tan grande desamparo. Un pueblo entero le maldice; de sus discípulos uno le vende, otro le niega y los otros le abandonan; ni tiene agua para humede- cer sus labios, ni pan para aquietar su hambre, ni almohada para reclinar su frente. Ninguna agonía hubo igual a la agonía que padeció en el huer- to, porque todos sus poros manaron Sangre; su rostro fue luego herido con bofetadas, sus carnes cubiertas con una púrpura de escarnio, y su frente coronada con una punzante corona; cargó con su propia Cruz, y se derribó en suelo muchas veces, y subió la ladera del Gólgota seguido de delirantes muchedumbres que iban llenando los aires de vociferaciones siniestras. Cuando fue puesto en lo alto, creció su abandono a punto que su mismo Padre apartó sus ojos de El, y los ángeles que le servían, por no verle, se cubrieron con sus alas temerosos y turbados: hasta la parte superior de su alma dejó a su humanidad en aquel trance de su muerte, permaneciendo a todo indiferente, y serena. Y las turbas, meneando la cabeza, le decían: «Si eres Hijo de Dios, desciende de esa Cruz».
9. ¿Cómo creer, sin una especial gracia de Dios, en la divinidad del que está puesto en aquel trance y estado? ¿Cómo no habían de ser entonces tenidas sus palabras por escándalo y locura? Y, sin embargo, aquel hombre, puesto allí en tan grande desamparo y en mortal agonía, sujetó el mundo a ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 257 su ley, ganándole como por asalto con el esfuerzo de unos pobres pescado- res, como Él, desamparados de todos, peregrinos en la tierra y miserables. Por Él mudaron los hombres sus vidas, por Él dejaron sus haciendas, por su amor tomaron su Cruz, y salieron de las ciudades, y poblaron los desier- tos, y dieron de mano a todos los placeres, y creyeron en la fuerza santificante del dolor, y vivieron vida limpia y espiritual, y dieron a sus car- nes castigos atroces, trayéndola siempre sujeta; y a más de esto creyeron con firmísima fe, poco después de su muerte, Cosas estupendas e increí- bles; porque creyeron que aquél que había sido crucificado era Hijo único de Dios, y Dios; que había sido concebido en el seno de una Virgen por obra del Espíritu Santo; que era Señor de cielos y tierra el mismo que ha- bía nacido en un pesebre y había sido envuelto en humildísimos pañales; que muerto ya, bajó al infierno y se llevó consigo las almas limpias y puras de los antiguos Patriarcas; que tomó después su propio cuerpo, y le sacó glorioso del sepulcro, y se le llevó por los aires, transfigurado ya y resplan- deciente; que la Mujer que le había llevado en sus entrañas era, al mismo tiempo que Madre amorosa, inmaculada Virgen, que fue arrebatada por los ángeles al cielo, que fue aclamada allí por las falanges angélicas y por edicto soberano Reina de la creación. Madre de los desamparados, interce- sora de los justos, abogada de los pecadores Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo; que todas las cosas visibles son de menos valer y dignas sólo de menosprecio a lado de las secretas e invisibles; que no hay otro bien sino el que está en padecer trabajos, y en aceptar dolores, y en arrostrar angustias, y en vivir en perpetua tribulación y congoja, ni otro mal sino el placer y el pecado; que el agua del Bautismo purifica, que la confesión de la culpa levanta, que el pan y el vino se convierten en Dios, que Dios está en nosotros, y fuera de nosotros en todas partes; que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza; que ninguno nace sin su ordenación, y que no cae ninguno sin su permiso o sin su mandato; que si el hombre piensa su pensamiento, Él es el que se lo pone delante; que si su voluntad se incli- na, Él es el que la mueve; que Él es el que le fortifca cuando se esfuerza, y que tropieza y cae si llega a faltarle su ayuda; que los muertos resucitan y vienen a juicio; que hay cielo y que hay infierno, penas eternas y gloria per- durable; que todo esto había de ser creído por el mundo, contra el poder todo del mundo; y que esta maravillosa doctrina se había de abrir paso invencible contra la voluntad y a pesar del gran poderío de Príncipes, Reyes y Emperadores; que por ella habían de dar su sangre y padecer tormentos, falanges infinitas de confesores ilustres, de doctores insignes, de vírgenes delicadas y púdicas, y de mártires gloriosos; que la locura del Calvario ha- 5 JUAN DONOSO CORTÉS bía de ser tan COntagiosa, que había de enloquecer a las gentes en cuanto mire al Sol, y en cuanto alcanza todo el orbe de la tierra.
Todas estas cosas increíbles fueron creídas por los hombres, cuando tuvo fin aquella gran tragedia de las tres horas que se representó en el Gól- gota, con miedo del Sol y con temblor de la tierra en todos sus miembros. Asi tuvo cumplido efecto aquella palabra que pronunció Dios por Osseas, diciendo: ln funiculis Adam traham eos, in vinculis charitatis (capítulo XI, vers. 4). Los hombres han caído en esa celada del amor, que les tendió el Hijo del Dios divino, blanda y amorosamente. El hombre es de tal condición, pa ES rebela contra la omnipotencia, se alza contra la justicia y resiste a la misericordia; pero cae en dulcísimo desmayo, y como penetrado en amor hasta en la médula de sus huesos, si por ventura oye la voz dolorida y lasti- mera de aquel que muere por él, y que muriendo le ama. ¿Por qué me persi- gues? Esta es aquella voz, temerosa a un tiempo mismo y amante, que suena de continuo en los oídos de los pecadores; y ese acento de queja dulcísima, amorosa y suave, es el que va derecho al alma, y la transforma y la muda y la PU te toda a Dios, y la obliga a buscarle por los poblados y por los desiertos, por los montes bravos y por las tierras llanas, por los campos agos- tados y por los verjeles. Aquella voz es la que enciende al alma en el casto a del esposo, y la que la lleva como enloquecida y desalada en segui- miento de sus cmbriagantes perfumes, como la sed lleva al ciervo a los her- posos manantiales de aguas vivas. Dios vino al mundo para poner fuego a la tierra, y la tierra comenzó a humear y luego a arder por todos sus cuatro costados, y de día en día se han ido dilatando por todas las regiones las llamas poderosas de esos divinos incendios. El amor explica lo inexplica- o 2 cl a e e A de obrarse; porque con el amor todo Cuando aquello de los Apóstoles que vieron al Señor antes de padecer transfigurado y Vestido de blanquísimas vestiduras, más resplandecientes que al sol y más blancas y puras que el ampo de la nieve, dijeron, como extáticos y absortos: «Quedémonos aquí», aún no tenían idea del divino amor, ni de sus inefables delcites; por eso el gran Apóstol, maestro ya en este gran arte del amor, dijo después: «Sólo una cosa quiero entender, que es Jesucristo, y ése, crucificado», que fue tanto como decir: «Quiero saberlo todo, y para saberlo todo, quiero saber a Jesucristo solamente; porque sólo en Él están Juntos todos los saberes, y unidas entre sí todas las cosas». Y añadió des- pues Y ése, crucificado; y no dijo Y ése, transfigurado y glorioso, porque poco importa conocerle en su omnipotencia, asistiendo con el pensamiento a la obra maravillosa de la creación universal, ni basta conocerle en su gloria ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 239 cuando está su faz resplandeciendo con una luz increada y cuando las po- testades del cielo se derriban absortas ante el acatamiento divino; ni satis- face del todo verle pronunciar los fallos de su justicia inapelables, rodeado de ángeles y serafines, ni el alma queda del todo satisfecha cuando asiste a las altas maravillas de su infinita misericordia. El Apóstol, con una sed que nada aplaca, y con un hambre sin hartura, y con un deseo invencible, quie- re más, y pide más, y lleva más alto el atrevido pensamiento, porque no se contenta sino con saber a Cristo crucificado, es decir, como él desea más ser sabido, de la manera más alta y excelente que la razón puede concebir, y la imaginación imaginar, y desear el más altivo y levantado deseo, porque eso es conocerle el acto de su amor incomprensible e infinito. Eso es lo que quiere significar el Apóstol cuando dice: «Ninguna cosa quiero saber sino a Jesucristo, y ése, crucificado».
A ése sólo quisieron saber los pocos bienaventurados que tomaran su Cruz y fueron poniendo el pie atentamente en donde vieron el rastro san- griento y glorioso de sus pisadas. A ése sólo quisieron saber aquellos Pa- dres del yermo que convirtieron los desiertos desnudos en pensiles del pa- raíso. A ése sólo quisieron saber aquellas vírgenes castas, milagro de forta- leza, que, puestas todas las concupiscencias a sus pies, le tomaron por es- poso y le consagraron sus limpios y virginales pensamientos. A ése sólo qui- sieron saber todos los que, convertidos en fuentes sus ojos, han recibido las tribulaciones con alegría de corazón, y se han encumbrado con pie fir- me en el áspero monte de la penitencia.
Entre las maravillas de la creación, el alma en caridad es la más mara- villosamente admirable, no sólo porque su estado es el más subido y exce- lente que en este bajo suelo se puede entender, sino también porque ella va declarando a voces los prodigios obrados por el amor divino, el cual no fue sólo poderoso para borrar nuestro pecado, y con él el desorden y la causa de todo desorden, sino también para inclinarnos a desear libremen- te aquella misma deificación que desechamos antes, y para hacer que pu- diéramos conseguir aquello que deseamos, aceptando la ayuda de la gracia que merecimos en el Señor y por el Señor, cuando para merecérnosla y para que la mereciéramos derramó su Sangre en el Calvario. Todas estas cosas significan aquellas palabras memorables que Jesucristo pronunció al tiempo de expirar, cuando dijo: Todo se ha consumado. Que fue tanto como decir: «Acabé con el amor lo que no pude ni con mi justicia, ni con mi misericordia, ni con mi sabiduría, ni con mi omnipotencia; porque borré el pecado, que hacía sombra a la Majestad divina y a la belleza humana, y saqué a la humanidad de su vergonzoso cautiverio, y di al hombre la potes- 260 - JUAN DONOSO CORTÉS tad que con la culpa había perdido de salvarse. Ya puede bajar mi espíritu a fortificar al hombre, a embellecer al hombre, a deificar al hombre, por- que le he atraído a mí y le he unido a mí con potentísima y amorosísima lazada.
Cuando aquella palabra memorable fue pronunciada por el Hijo de Dios al expirar en la Cruz, todas las cosas quedaron maravillosamente or- denadas, y ordenadamente perfectas.
E) A, Gite UNIVERSIDAD Macs 41 DE COLOMBIA ($ a sep MEDELLIN ¿PTO. DE BIBLIOTEC BIBLIOTECA “Eb E” GÓMEZ CONCLUSIÓN Cada uno de los dogmas contenidos, así en este libro como en el ante- rior, es una ley del mundo moral; cada una de esas leyes es de suyo incon- trastable y perpetua; todas juntas componen el código de las leyes constitu- tivas del orden moral en la humanidad y en el universo; las cuales, unidas a las física a que están sujetas las materiales, forman la ley suprema del or- den, por la que se rigen y gobiernan todas las cosas criadas.
De tal manera y hasta tal punto es necesario que todas las cosas estén en un orden perfectísimo, que el hombre, desordenándolo todo, no pue- de concebir el desorden!; por eso no hay ninguna revolución que, al de- rribar por el suelo las instituciones antiguas, no las derribe en calidad de absurdas y de perturbadoras; y que, al sustituirlas con otras de invención individual, no afirme de ellas que constituyen un orden excelente. Esta es la significación de aquella frase consagrada entre los revolucionarios de to- dos los tiempos, cuando llaman a la perturbación, que santifican un nuevo orden de cosas. Hasta M. Proudhon, el más atrevido de todos, no defiende su anarquía sino en calidad de expresión racional del orden perfecto, es de- cir, absoluto.
De la necesidad perpetua del orden se sigue la necesidad perpetua de las leyes, así físicas como morales, que le constituyen; por esa razón, todas ellas fueron creadas y proclamadas solemnemente por Dios desde el prin- cipio de los tiempos. Al sacar al mundo de la nada, al formar al hombre del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir la pri- mera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre las leyes físicas y l Entiéndase según que está ofuscada y como tomada de fiebre su razón.
260 JUAN DONOSO CORTÉS tad que con la culpa había perdido de salvarse. Ya puede bajar mi espíritu UNIVERSIDAD NActú0 a! DE COLOMBIA a fortificar al hombre, a embellecer al hombre, a deificar al hombre, por- DEPTO DE IBLIOTECAS que le he atraído a mí y le he unido a mí con potentísima y amorosísima BIBLIOTECA “EFE” GÓMEZ lazada.
Cuando aquella palabra memorable fue pronunciada por el Hijo de Dios al expirar en la Cruz, todas las cosas quedaron maravillosamente ordenadas, y ordenadamente perfectas.
CONCLUSIÓN Cada uno de los dogmas contenidos, así en este libro como en el ante- rior, es una ley del mundo moral; cada una de esas leyes es de suyo incon- trastable y perpetua; todas juntas componen el código de las leyes constitu- tivas del orden moral en la humanidad y en el universo; las cuales, unidas a las física a que están sujetas las materiales, forman la ley suprema del or- den, por la que se rigen y gobiernan todas las cosas criadas.
De tal manera y hasta tal punto es necesario que todas las cosas estén en un orden perfectísimo, que el hombre, desordenándolo todo, no pue- de concebir el desorden!; por eso no hay ninguna revolución que, al de- rribar por el suelo las instituciones antiguas, no las derribe en calidad de absurdas y de perturbadoras; y que, al sustituirlas con otras de invención individual, no afirme de ellas que constituyen un orden excelente. Esta es la significación de aquella frase consagrada entre los revolucionarios de to- dos los tiempos, cuando llaman a la perturbación, que santifican un nuevo orden de cosas. Hasta M. Proudhon, el más atrevido de todos, no defiende su anarquía sino en calidad de expresión racional del orden perfecto, es de- cir, absoluto.
De la necesidad perpetua del orden se sigue la necesidad perpetua de las leyes, así físicas como morales, que le constituyen; por esa razón, todas ellas fueron creadas y proclamadas solemnemente por Dios desde el prin- cipio de los tiempos. Al sacar al mundo de la nada, al formar al hombre del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir la pri- mera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre las leyes físicas y 1 Entiéndase según que está ofuscada y como tomada de fiebre su razón.
262 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 263 morales que constituyen el orden en la humanidad y en el universo, sustra- Todo aquello y mucho más le fue dado al hombre; pero mientras que yéndolas de la jurisdicción del hombre y poniéndolas fuera del alcance de todas aquellas cosas le fueron dadas, no pudo tanto que a su pecado no sus locas especulaciones y de sus vanos antojos. Hasta los dogmas de la En- siguiera el castigo, y a su delito la pena, y a su primera transgresión la muer- carnación del Hijo de Dios y de la Redención del género humano que no te, y la condenación a su endurecimiento, y a su libertad la justicia, y a su habían de ser cumplidos sino en la plenitud de los tiempos, fueron revela- arrepentimiento la misericordia, y a los escándalos la reparación, y a las re- dos por Dios en la edad paradisíaca cuando hizo a nuestros primeros pa- beldías las catástrofes. dres aquella misericordiosa promesa con que vino a templar el rigor de su Al hombre le ha sido dado poner a sus pies la sociedad desgarrada con Justicia. sus discordias, echar por tierra los muros más firmes, entrar a saco en las El mundo ha negado esas leyes vanamente: aspirando a rescatarse de ciudades más opulentas, derribar con estrépito los Imperios más extendi- su yugo por su negación, ninguna otra cosa ha conseguido sino hacer su dos y nombrados, hundir en espantosa ruina las civilizaciones más altas,