SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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yugo más pesado por medio de las catástrofes, las cuales se proporcionan envolviendo sus resplandores en la densa nube de la barbarie. Lo que no siempre a las negaciones; siendo esta misma ley de proporción una de las le ha sido dado es suspender por un solo día, por una sola hora, por un constitutivas del orden. | solo instante, el cumplimiento infalible de las leyes fundamentales del mun 4 Libre y extendido campo dejó Dios a las opiniones humanas; anchos do físico y del moral, constitutivas del orden en la humanidad y en el uni- fueron los dominios que sujetó al imperio y al libre albedrío del hombre,a verso; lo que no ha visto ni verá el mundo es que el hombre, que huye del quien fue dado señorearse del mar y de la tierra, rebelarse contra su Cria- orden por la puerta del pecado, no vuelva a entrar en él por la de la pena, dor, mover guerra a los cielos, entrar en tratos y alianzas con los espíritus esa mensajera de Dios que alcanza a todos con sus mensajes. infernales, ensordecer al mundo con el rumor de las batallas, abrasar las ciudades con incendios y discordias, estremecerlas con las tremendas sacu- didas de las revoluciones, cerrar el entendimiento a la verdad y los ojos a la luz, y abrir el entendimiento al error y complacerse en las tinieblas; fundar imperios y asolarlos, levantar y allanar Repúblicas, cansarse de Repúblicas, Imperios y Monarquías; dejar aquello que quiso, volver a lo que dejó, afir- marlo todo, hasta lo absurdo; negarlo todo, hasta la evidencia; decir: -No hay Dios. Y. -Soy Dios. Proclamarse independiente de todas las potestades, y adorar al astro que le ilumina, al tirano que le oprime, al reptil que se arras- tra por el suelo, al huracán que viene rebramando, al rayo que cae, al nu- blado que le lleva, a la nube que pasa. Todo esto y mucho más le fue dado al hombre, pero mientras que to- das estas cosas le fueron dadas, los astros cursan perpetuamente y con per- petua cadencia en giros concertados, y las estaciones se mueven unas en pos de otras en armoniosos círculos, sin alcanzarse y sin confundirse jamás; y la tierra se viste hoy de hierbas, de árboles y de mieses, como lo hizo siem- pre desde que recibió de lo alto la virtud de fructificar; y todas las cosas físicas cumplen hoy como cumplieron ayer y como cumplirán mañana, los divinos Mandamientos, moviéndose en perpetua paz y concordia, sin tras- pasar un punto las leyes de su potentísimo Hacedor, que con mano soberana concierta sus pasos, refrena sus ímpetus y da rienda a su curso.

Ear UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLU MIA SEDE MEDELLIN DEPTO. DE Bi CECA>s BLIO S BIBLIOTECA “EFE” GOMEZ ANEXO DISCURSO SOBRE LA DICTADURA!

Señores: El largo discurso que pronunció ayer el señor Cortina, y que voy a con- testar, considerándole desde un punto de vista restringido, a pesar de sus largas dimensiones, no fue más que un epílogo: el epílogo de los errores del partido progresista, los cuales a su vez no son más que otro epílogo: el epílogo de todos los errores que se han inventado de tres siglos a esta par- te, y que traen conturbadas más o menos hoy día todas las sociedades hu- manas.

El señor Cortina, al comenzar su discurso, manifestó con la buena fe que a su señoría distingue, y que tanto realza su talento, que él mismo al- gunas veces había llegado a sospechar si sus principios serían falsos, si sus ideas serían desastrosas, al ver que nunca estaban en el Poder y siempre en la oposición, Yo diré a su señoría que, por poco que reflexione, su duda se cambiará en certidumbre. Sus ideas no están en el Poder y están en la opo- sición, cabalmente porque son ideas de oposición y porque no son ideas de Gobierno. Señores, son ideas infecundas, ideas estériles, ideas desastro- sas, que es necesario combatir hasta que queden enterradas aquí, en su ce- menterio natural, bajo estas bóvedas, al pie de esta tribuna. (Aplauso general en los bancos de la mayoría).

El señor Cortina, siguiendo las tradiciones del partido a quien capita- nea y representa, siguiendo, digo, las tradiciones de este partido desde la revolución de febrero, ha pronunciado un discurso dividido en tres partes, l El discurso fue pronunciado en el Congreso el 4 de enero de 1849, 266 JUAN DONOSO CORTÉS que yo llamaré inevitables. Primera, un elogio del partido, fundado en una relación de sus méritos pasados. Segunda, el memorial de sus agravios pre- sentes. Tercera, un programa, o sea una relación de sus méritos futuros.

Señores de la mayoría: yo vengo aquí a defender vuestros principios, pero no esperéis de mi ni un solo elogio; sois los vencedores, y nada sienta tan bien en la frente del vencedor como una corona de modestia. (¡Bien, bien!).

No esperéis de mi, señores, que hable de vuestros agravios: no tenéis agravios personales que vengar, sino los agravios hechos a la sociedad y al Trono por los traidores a su reina y a su Patria. No hablaré de vuestra rela- ción de méritos. ¿Para qué fin hablaría de ellos? ¿Para que la nación los sepa? La nación se los sabe de memoria. (Risas).

El señor Cortina dividió su discurso en dos partes, que desde luego se presentan al alcance de todos los señores diputados. Su señoría trató de la política exterior del Gobierno, y llamó política exterior, importante para España, a los acontecimientos ocurridos en París, en Londres y en Roma. Yo tocaré también estas cuestiones.

Después descendió su señoría a la política interior, y la política inte- rior, tal como la ha tratado el señor Cortina, se divide en dos partes: una, cuestión de principios, y otra, cuestión de hechos: una, cuestión de siste- ma, y otra, cuestión de conducta. A la cuestión de hechos, a la cuestión de conducta ya ha contestado el Ministerio, que es a quien correspondía con- testar, que es quien tiene los datos para ello, por el órgano de los señores ministros de Estado y Gobernación, que han desempeñado este encargo con la elocuencia que acostumbran. Me queda para mí casi intacta la cues- tión de principios; esta cuestión solamente abordaré, pero la abordaré, si el Congreso me lo permite, de lleno. (Atención) Señores: ¿cuál es el principio del señor Cortina? El principio de su se- ñoría, bien analizado su discurso, es el siguiente: en la política interior, la legalidad: todo por la legalidad, todo para la legalidad; la legalidad siem- pre, la legalidad en todas circunstancias, la legalidad en todas ocasiones; y yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades, y no las sociedades para las leyes (¡Muy bien, muy bien!), digo: la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad; la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones. (¡Bravo, bravo!)

Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura. Señores, esta palabra tremenda (que tremenda es, aunque no tanto como la palabra revolución, que es la más tremenda de todas) (Sensación ); digo que esta palabra tremenda ha sido pronunciada aquí ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 267 por un hombre que todos conocen: este hombre no ha sido hecho por cierto de la madera de los dictadores. Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas me son imposibles: condenar la dictadura y ejercerla. Por eso (lo declaro aquí alta, noble y francamente) estoy inca- pacitado de gobernar; no puedo aceptar el gobierno en conciencia; yo no podría aceptarle sin poner la mitad de mí mismo en guerra con la otra mi- tad, sin poner en guerra mi instinto contra mi razón, sin poner en guerra mi razón contra mi instinto. (¡Muy bien, muy bieni) Por esto, señores, y yo apelo al testimonio de todos los que me cono- cen, ninguno puede levantarse, ni aquí ni fuera de aquí, que haya tropeza- do conmigo en el camino de la ambición, tan lleno de gentes (Aplausos), ninguno. Pero todos me encontrarán, todos me han encontrado en el ca- mino modesto de los buenos ciudadanos. Sólo así, señores, cuando mis días estén contados, cuando baje al sepulcro, bajaré sin el remordimiento de haber dejado sin defensa a la sociedad bárbaramente atacada, y al mismo tiempo sin el amarguísimo y para mí insoportable dolor de haber hecho mal a un hombre.

Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circuns- tancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legít- mo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida so- cial.

La vida social, como la vida humana, se compone de la acción y de la reacción, del flujo y reflujo de ciertas fuerzas invasoras y de ciertas fuerzas resistentes.

Esta es la vida social, así como esta es también la vida humana. Pues bien: las fuerzas invasoras, llamadas enfermedades en el cuerpo humano y de otra manera en el cuerpo social, pero siendo esencialmente la misma cosa, tienen dos estados: hay uno en que están derramadas por toda la so- ciedad, en que están representadas sólo por individuos; hay otro estado agu- dísimo de enfermedad, en que se reconcentran más y están representadas por asociaciones políticas. Pues bien: yo digo que no existiendo las fuerzas resistentes, lo mismo en el cuerpo humano que en el cuerpo social, sino para rechazar las fuerzas invasoras, tienen que proporcionarse necesaria- mente a su estado. Cuando las fuerzas invasoras están derramadas, las resis- tentes lo están también; lo están por el Gobierno, por las autoridades, por los Tribunales: en una palabra, por todo el cuerpo social; pero cuando las fuerzas invasoras se reconcentran en asociaciones políticas, entonces nece- 268 JUAN DONOSO CORTÉS sarlamente sin que nadie lo pueda impedir, sin que nadie tenga derecho a impedirlo, las fuerzas resistentes por sí mismas se reconcentran en una mano. Esta es la teoría clara, luminosa, indestructible, de la dictadura.

Y esta teoría, señores, que es una verdad en el orden racional, es un hecho constante en el orden histórico. Citadme una sociedad que no haya tenido la dictadura, citádmela. Ved si no qué pasaba en la democrática Ate- nas, qué pasaba en la aristocrática Roma. En Atenas ese poder omnipoten- te estaba en las manos del pueblo, y se llamaba ostracismo; en Roma ese poder omnipotente estaba en manos del Senado, que le delegaba en un varón consular, y se llamaba, como entre nosotros, dictadura. (¡Bien, bien!) Ved las sociedades modernas, señores; ved la Francia en todas sus vicisitu- des. No hablaré de la primera República, que fue una dictadura gigantes- ca, sin fin, llena de sangre y de horrores. Hablo de época posterior. En la Carta de la Restauración, la dictadura se había refugiado o buscado un asi- lo en el artículo 14; en la Carta de 1830 se encontró en el preámbulo. ¿Y en la República actual? De ésta no digamos nada: ¿Qué es sino la dictadura con el maté de república? (Estrepitosos aplausos) Aquí se ha citado, y en mala hora, por el señor Gálvez Cañero la Cons- titución inglesa. Señores: la Constitución inglesa cabalmente es la única en el mundo (tan sabios son los ingleses) en que la dictadura no es de dere- cho excepcional, sino de derecho común. Y la cosa es clara: el Parlamento tiene en todas ocasiones, en todas épocas, cuando quiere, el poder dictato- rial; pues no tiene más límite que el de todos los poderes humanos: la pru- dencia, tiene todas las facultades, y éstas constituyen el poder dictatorial de hacer todo lo que no sea hacer de una mujer un hombre o de un hom- bre una mujer, como dicen sus jurisconsultos. (Risas) Tiene facultades para suspender el habeas corpus, para proscribir por medio de un bill d'attainder; puede cambiar de Constitución; puede variar hasta de dinastía, y no sólo de dinastía, sino hasta de religión, y oprimir las conciencias; en una pala- bra: lo puede todo. ¿Quién ha visto, señores, una dictadura más monstruo- sar (¡Bien, bien!)

He probado que la dictadura es una verdad en el orden teórico; que es un hecho en el orden histórico. Pues ahora voy a decir más: la dictadura pudiera decirse, si el respeto lo consintiera, que es otro hecho en el orden divino.

Señores: Dios ha dejado hasta cierto punto a los hombres el gobierno de las sociedades humanas, y se ha reservado para sí exclusivamente el go- bierno del universo. El universo está gobernado por Dios, si pudiera decir- se así, y si en cosas tan altas pudieran aplicarse las expresiones del lenguaje ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 269 parlamentario, constitucionalmente. (Grandes risas en los bancos de la izquier- da) Y, señores, la cosa me parece de la mayor claridad y de la mayor eviden- cia. Está gobernado por ciertas leyes precisas, indispensables, a que se lla- ma causas secundarias. ¿Qué son estas leyes, sino leyes análogas a las que se llaman fundamentales respecto de las sociedades humanas?

Pues bien, señores: si, con respecto al mundo físico, Dios es el legisla- dor, como respecto a las sociedades humanas lo son los legisladores, si bien de diferente manera, ¿gobierna Dios siempre con esas mismas leyes que El a sí mismo se impuso en su eterna sabiduría y a las que nos sujetó a todos? No, señores; pues algunas veces, directa, clara y explícitamente manifiesta su voluntad soberana quebrantando esas leyes que El mismo se impuso y torciendo el curso natural de las cosas. Y bien, señores: cuando obra así, ¿no podría decirse, si el lenguaje humano pudiera aplicarse a las cosas divi- nas que obra dictatorialmente? (Vuelven a reproducirse las risas en los bancos de la izquierda) Esto prueba, señores, cuán grande es el delirio de un partido que cree poder gobernar con menos medios que Dios, quitándose a sí propio el me- dio, algunas veces necesario, de la dictadura. Señores, siendo esto así, la cuestión, reducida a sus verdaderos términos, no consiste ya en averiguar si la dictadura es sostenible, si en ciertas circunstancias es buena; la cues- tión consiste en averiguar si han llegado o pasado por España estas circuns- tancias. Este es el punto más importante, y es al que voy a contraerme ex- clusivamente ahora. Para esto tendré que echar una ojeada (y en esto no haré más que seguir las pisadas de todos los oradores que me han precedi- do) una ojeada por Europa y otra ojeada por España. (Atención profunda) Señores: la revolución de febrero vino como viene la muerte: de im- proviso. (Grandes aplausos) Dios, señores, había condenado a la Monarquía francesa. En vano esta institución se había transformado hondamente para acomodarse a las circunstancias y a los tiempos; ni aun esto le valió: su con- denación fue inapelable, y su pérdida infalible. La Monarquía de derecho divino concluyó con Luis XVI en un cadalso; la Monarquía de la gloria con- cluyó con Napoleón en una isla: la Monarquía hereditaria concluyó con Carlos X en el destierro, y con Luis Felipe ha concluido la última de todas las Monarquías posibles: la Monarquía de la prudencia, (¡Bravo, bravo!) ¡Tris- te y lamentable espectáculo, señores, el de una institución venerabilísima, antiquísima, gloriosísima, a quien de nada vale ni el derecho divino, ni la legitimidad, ni la prudencia, ni la gloria. (Se repiten los aplausos) Señores, cuando vino a España la grande nueva de esa grande revolu- ción, todos nos quedamos consternados y atónitos. Nada era comparable a 270 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 271 nuestro asombro y a nuestra consternación, sino la consternación y el asom- de Eteocles y Polínice, y los hermanos se han devorado unos a otros en las bro de la Monarquía vencida. Digo mal: había un asombro mayor, una cons- calles de París, en la batalla más gigantesca que dentro de los muros de ternación más grande que la de la Monarquía vencida, y era la de la Repú- una ciudad han presenciado los siglos. A esa República, que se llamó de las blica vencedora. (¡Bien, bien!) Aun ahora mismo; diez meses van pasados ya tres verdades, yo la desmiento: es la República de las tres blasfemias, es la desde su triunfo; preguntadla cómo venció; preguntadla por qué venció; República de las tres mentiras. (¡Bravo, bravo!) preguntadla con qué fuerzas venció, y no sabrá qué responderos. Esto con- Viniendo ahora a las causas de esta revolución, el partido progresista siste en que la República no venció: la República fue el instrumento de vic- tiene unas mismas causas para todo. El señor Cortina nos dijo ayer que hay toria de un poder más alto. (Profunda sensación) revoluciones porque hay ilegalidades y porque el instinto de los pueblos Ese poder, señores, cuando esté comenzada su obra, así como fue fuerte los levanta uniforme y espontáneamente contra los tiranos. Antes nos ha- para destruir la Monarquía con un escrúpulo de República, será fuerte tam- bía dicho el señor Ordax Avecilla: «¿Queréis evitar las revoluciones? Dad bién, si necesario fuera y conveniente a sus fines, para derribar la Repúbli- de comer a los hambrientos». Véase, pues, aquí la teoría del partido pro- ca con un escrúpulo de Imperio, o con un escrúpulo de Monarquía. Esta gresista en toda su extensión: las causas de la revolución son, por una par- revolución, señores, ha sido objeto de grandes comentarios en sus causas y te, la miseria; por otra, la tiranía. Señores, esa teoría es contraria, totalmente en sus efectos, en todas las tribunas de Europa, y entre otras, en la tribuna contraria a la Historia. Yo pido que se me cite un ejemplo de una revolu- española. Yo he admirado aquí y allí la lamentable ligereza con que se trata | ción hecha y llevada a cabo por pueblos esclavos o por pueblos hambrien- de las causas hondas de las revoluciones. Señores, aquí, como en otras par- tos. Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos; las revolucio- tes, no se atribuyen las revoluciones sino a los defectos de los gobiernos. nes son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mun- Cuando las catástrofes son universales, imprevistas, simultáneas, son siem- do en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; pre cosa providencial: porque, señores, no otros son los caracteres que dis- citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos: (En los bancos de la 12- tinguen las obras de Dios de las obras de los hombres. (Ruidosos aplausos en quierda. «La revolución de Espartaco». los bancos de la mayoría) Lo más que pudieron conseguir fue fomentar algunas guerras serviles; Cuando las revoluciones presentan esos síntomas, estad seguros que pero las revoluciones profundas fueron hechas siempre por opulentísimos aristócratas. No, señores; no está en la esclavitud, no está en la miseria el germen de las revoluciones; el germen de las revoluciones está en los de- seos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician. (¡Bien, bien!) Y seréis como los ricos; ved ahí la fórmula de las revo- luciones socialistas contra las clases medias. Y seréis como los nobles; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases medias contra las clases nobiliarias. Y seréis como los reyes; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases nobiliarias contra los reyes. Por último, señores, y seréis a manera de sí que venía a sentar en el mundo la dominación de la libertad, de la de dioses: ved ahí la fórmula de la primera rebelión del primer hombre con- igualdad, de la fraternidad, esos tres dogmas que no vienen de la Repúbli- tra Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta Proudhón, el último impío, ca, sino que vienen del Calvario. (¡Bien, bien!) Y bien, señores, ¿qué ha he- ésa es la fórmula de todas las revoluciones. (¡Muy bien, muy bien.)

cho después? En nombre de la libertad, ha hecho necesaria, ha proclama- El Gobierno español, como era su deber, no quiso que esa fórmula tu- do, ha aceptado la dictadura; en nombre de la igualdad, con el título de viese su aplicación en España; tanto menos lo quiso, cuanto que la situa- republicanos de la víspera, de republicanos del día siguiente, de republica- ción interior no era la más lisonjera, y era menester prevenirse, así contra nos de nacimiento, ha inventado no sé qué especie de democracia aristo- las eventualidades del interior como contra las eventualidades exteriores. crática y no sé qué género de ridículos blasones; en fin, señores, en nom- Para no haberlo hecho así, era necesario haber desconocido de todo pun- bre de la fraternidad, ha restaurado la fraternidad pagana, la fraternidad to el poderío de esas corrientes magnéticas que se desprenden de los focos vienen del cielo, y que vienen por culpa y para castigo de todos. ¿Queréis, señores, saber la verdad, y toda la verdad concerniente a las causas de la revolución última francesa? Pues la verdad es que en febrero llegó el día de la gran liquidación de todas las clases de la sociedad con la Providencia, y que en ese día tremendo todas se han encontrado fallidas. En ese día han venido a liquidación con la Providencia, y repito que todas en esa liquida- ción se han encontrado fallidas. Digo más, señores: la República misma el día de su victoria se declaró también en quiebra. La República había dicho 272 JUAN DONOSO CORTÉS de infección revolucionaria y que van iniciándolo todo por el mundo. (¿Muy bien, muy bien!)

La situación interior, en pocas palabras era ésta: la cuestión política no estaba, no ha estado nunca, no está de todo punto resuelta; no se re- suelven así tan fácilmente cuestiones políticas en sociedades tan solivianta- das por las pasiones. La cuestión dinástica no estaba concluida, porque, aun- que es verdad que en ella somos nosotros los vencedores, no teníamos la resignación del vencido, que es el complemento de la victoria. (¡Bravo!) La cuestión religiosa estaba en muy mal estado. La cuestión de las bodas, to- dos lo sabéis, estaba exacerbada. Yo pregunto, señores: supuesto, como he probado ya, que la dictadura sea en circunstancias dadas legítima, en cir- cunstancias dadas provechosa, ¿estábamos o no estábamos en esas circuns- tancias? Si no habían llegado, decidme cuáles otras más graves han apare- cido en el mundo. La experiencia vino a demostrar que los cálculos del Gobierno y la previsión de esta Cámara no habían sido infundados. Todos lo sabéis, señores; yo en esto hablaré muy de paso, porque todo lo que es alimentar pasiones lo detesto; no he nacido para eso; todos sabéis que se proclamó la República a trabucazos por las calles de Madrid; todos saben que se ganó parte de la guarnición de Madrid y de Sevilla; todos sabéis que sin la resistencia enérgica, activa, del Gobierno, toda España, desde las co- lumnas de Hércules al Pirineo, de un mar a otro mar, hubiera sido un lago de sangre. Y no sólo España. ¿Sabéis qué males, si hubiera triunfado la revolución, se habrían propagado por el mundo? ¡Ah, señores! Cuando se piensa en estas cosas, fuerza es exclamar que el Ministerio que supo resistir y supo vencer, mereció bien de su Patria. (¡Muy bien, muy bien!)

Esta cuestión vino a complicarse con la cuestión inglesa antes de en- trar en ella (y desde ahora anuncio que no entraré sino para salir inmedia- tamente, porque así lo conceptúo conveniente y oportuno), antes de en- trar en ella, me permitirá el Congreso que exponga algunas ideas genera- les que me parecen convenientes.

Señores: yo he creído siempre que la ceguedad es una señal, así en los hombres, como en los gobiernos, como en las naciones, de perdición. Yo he creído que Dios comienza por cegar siempre a los que quiere perder; yo he creído que, para que no vean el abismo que pone a sus pies, comien- Za por turbarles la cabeza. Aplicando estas ideas a la política general, segui- da de algunos años a esta parte por Inglaterra y por la Francia, señores, lo diré aquí, hace mucho que yo he predicho grandes desventuras y catástro- fes. Un hecho histórico, un hecho averiguado, un hecho incontrovertible es que el encargo providencial de la Francia es ser el instrumento de la Pro- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 273 videncia en la propagación de las ideas nuevas, así políticas como religio- sas y sociales.

En los tiempos modernos, tres grandes ideas han invadido la Europa: la idea católica, la idea filosófica, la idea revolucionaria. Pues bien, seño- res: en esos tres períodos, la Francia se ha hecho siempre nombre para pro- pagar esas ideas. Carlomagno * fue la Francia hecha hombre para propagar la idea católica; Voltaire fue la Francia hecha hombre para propagar la idea filosófica; Napoleón ha sido la Francia hecha hombre para propagar la idea revolucionaria. (Aplausos generales) Del mismo modo, creo que el encargo providencial de la Inglaterra es mantener el justo equilibrio moral del mun- do, haciendo contraste perpetuo con la Francia. La Francia es lo que el flu- jo, la Inglaterra lo que el reflujo del mar. (¡Muy bien, muy bien!)

Suponed por un momento el flujo sin el reflujo: los mares se extende- rían por todos los continentes; suponed el reflujo sin el flujo: los mares des- aparecerían de la tierra. Suponed la Francia sin la Inglaterra: el mundo no se movería sino en medio de convulsiones; cada día tendría una nueva Cons- titución, cada hora una nueva forma de gobierno. Suponed la Inglaterra sin la Francia; el mundo vegetaría siempre bajo la carta del venerable Juan sin Tierra, que es el tipo permanente de todas las constituciones británi- cas. ¿Qué significa, pues, señores, la coexistencia de estas dos naciones po- derosas? Significa, señores, el progreso limitado por la estabilidad, la esta- bilidad vivificada por el progreso. (¡Bien, bien!)

Pues bien señores: de algunos años a esta parte, y apelo a la historia contemporánea y a vuestros recuerdos, esas dos grandes naciones han per- dido la memoria de sus hechos, han perdido la memoria de su encargo pro- videncial en el mundo. La Francia, en vez de derramar por la tierra ideas nuevas, predicó por todas partes el statu quo: el statu quo en Francia, el statu quo en España, el statu quo en Italia, el statu quo en el Oriente. Y la Inglate- rra, en vez de predicar la estabilidad, predicó en todas partes las revueltas: en España, en Portugal, en Francia, en Italia y en Grecia. ¿Y qué resultó de aquí? Lo que había de resultar forzosamente: que las dos naciones, repre- sentando un papel que no había sido el suyo nunca, le han representado pésimamente. La Francia quiso convertirse de diablo en predicador; la In- glaterra, de predicador en diablo, (Grandes y generales risas, acompañadas de iguales aplausos en todos los bancos.)

2 Véase vol. 1, pág. 297.

JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO ZO - Esta es, señores, la historia contemporánea; pero hablando solamente Dije, señores, que pasaría muy de ligero por esta cuestión, y ya he pade la Inglaterra, porque es de la que me propongo hablar muy brevemen- sado. + ri SSROEen UB vengan sobr e ella, como han El señor secretario (Lafuente Alcántara): Pasadas las horas de reglamen- » las catástrofes que han merecido por sus errores; to, se pregunta al Congreso si se prorroga la sesión. (Muchas voces: «Si, si») porque nada es comparable al error de la Inglaterra de apoyar en todas Se acordó afirmativamente.

a A eo e e pa el día del | El señor marqués de Valdegamas: Pero, señores, ni las circunstancias inte- ida leatitiaa va? Y ha dde ena a 56 e volver las es- riores, que eran tan graves, ni las circunstancias exteriores, que eran tan oc metida del pri NOR dv la be read porque «e complicadas y peligrosas, son bastantes para disminuir la opinión en los se- Re ser, us cuando les clica e -. pd e uciones van | ñores que se sientan en aquellos bancos. ¿Y la libertad», nos dicen. ¡Pues ios. mee eaosligles His estr > al apa re 36 qué La libertad, ¿no >. sobre Bus YX la A a lo menos la individual, ernpar Ne Orapecin ir depto hdd dd volución ¿no ha sido sacrificada? ¡La libertad, señores! ¿Saben el principio que pro- lila, qa e e ción: pa o claman y el nombre que pronuncian los que pronuncian esa palabra sagra- D%, pora Cabíerne y ensageetes a de dee ] id ali de- da? ¿Saben los tiempos en que viven? ¿No ha llegado hasta vosotros, seño- Poplloaque muquisro Oarer esa encotár me Apra po O Y dicho y res, el ruido de las últimas catástrofes? ¡Qué! ¿No sabéis a esta hora que la deme Press la entalderaión dl E e a ello gran.+ consi- libertad acabór ¡Pues qué! ¿No habéis asistido, como he asistido yo, con Los Ratas aqu electa quese le es És papi q de- ojos de mi espíritu, a su dolorosa pasión? ¡Pues qué, señores! ¿No la habéis Mssamplies stes ad pesan Slamaciíón $ pe pone a unión visto vejada, escarneción, herida alevosamente por todos los denagogos del Y respeto como la hación quizá más cl Se Er e. E da eo mundo? ¿No la habéis visto llevar su angustia por las montañas de la Suiza, E ems. Ke aulas a y Mas digna de serlo por las orillas del Sena, por las riberas del Rhin y del Danubio, por las már- q, pues, con mis palabras exacerbar esta cuestión y genes del Tíber? ¿No la habéis visto subir al Quirinal, que ha sido su Calvano quisiera, tampoco perjudicar o embarazar ulteriores negociaciones. Hay rio? (Estrepitosos aplausos) A ación que me mueve a no hablar de este asunto. Para hablar Señores, tremenda es la palabra, pero no debemos retraernos de pro- Bl mm Ñ Er or e -. eq: ir ¿pido pao más amigo nunciar palabras tremendas si dicen la verdad y yo estoy resuelto a decirla. Dor Ciiradeadbe honra ro me Pm dq e punto a el se- ¡La libertad acabó! (Sensación profunda) No resucitará, señores, ni al tercer lnembrBuberse eiletendo lens ía lara yuda que el silencio. día, ni el tercer año, ni al tercer siglo qua ¿Os asusta, señores, la tiranía Flsomitan Elsa larisa ue tó 4. Do ad que sufrimos? De poco os asustais; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, franqueza, tuvo una especie de vahído, y se le olvidó sin n.. dó E -. ta lea A eii a A == Fo Ba y quiénes somos, Buackoría creyó A Pi pm e era, dónde esta- a decir, los sucesos quenspa Aceon porvenir más próximo o más gado, y no era un abo- lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra. ( Grande atengado, que era un orador del Parlamento. Su señoría creyó que hablaba en- ción) e a pro que Pa en un El fundamento, señores, de todos vuestros errores (Dirigiéndose a los ban- Bleito, y hablaba dean asunto político grande hs as. a de un cos de la izquierda) consiste dd saber cual esla dirección de la civilización unleito ente dammaciónes. Albesa a pu eo ques e Pp pp 2 y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la tos tabersidosl ahogado dela e pins Y. Mee la a mes civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapi- (Aplausos en.los bancos de la mayoría). (Y qué, señores! a española: dísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador Por ventura? ¿Es eso ser patriota? y ab hs Srila; + ¿ES ESO patr po de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización y a esto O paiota ses E PA E A Pabnolal camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me p a, Senores, es amar, es aborrecer, es sentir cómo ama, cómo abo- basta considerar el conjunto pavoroso de los acontecimientos humanos desrrece, cómo siente nuestra Patria. (; / aida: 21: , atria. (¡Bravo, bravo!) de su único punto de vista verdadero: desde las alturas católicas.