SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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De esa impotencia radical de las potestades humanas para designar los errores ha nacido el principio de la libertad de discusión, fundamento de las constituciones modernas. Ese principio no supone en la sociedad, como pudiera parecer a primera vista, una imparcialidad incomprensible y cul- pable entre la verdad y el error; se funda en otras dos suposiciones, de las cuales la una es verdadera y la otra falsa: se funda, por una parte, en que no son infalibles los Gobiernos, lo cual es una cosa evidente; se funda, por otra, en la infalibilidad de la discusión, lo cual es falso a todas luces. La infalibilidad no puede resultar de la discusión si no está antes en los que discuten; no puede estar en los que discuten, si no está al mismo tiempo en los que gobiernan: si la infalibilidad es un atributo de la naturaleza hu- mana, está en los primeros y en los segundos; sino está en la naturaleza humana, ni está en los segundos, ni está en los primeros, o todos son fali- bles o son infalibles todos. La cuestión, pues, consiste en averiguar si la na- turaleza humana es falible o infalible: la cual se resuelve forzosamente en absurda. Kn el segundo caso, la falibilidad, enfermedad del entendimiento ensrmo, es la primera y la mayor de las dolencias humanas 1; de cuyo princi- lo se siguen las consecuencias siguientes: si el entendimiento del hombre a falible porque está enfermo, no puede estar nunca cierto de la verdad, brque es falible; si no puede estar nunca cierto de la verdad porque es lible, esa incertidumbre está de una manera esencial en todos los hom- res, ahora se los considere juntos, ahora se los considere aislados; si esa certidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, aislados Juntos, todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son una contradic- m en los términos, porque han de ser forzosamente inciertas; si todas in afirmaciones y todas sus negaciones son inciertas, la discusión es absur- la e inconcebible.

Sólo el catolicismo ha dado una solución satisfactoria y legítima, como alas sus soluciones, a este problema temeroso. El catolicismo enseña lo miente: «El hombre viene de Dios, el pecado del hombre; la ignorancia y Lerror, como el dolor y la muerte, del pecado; la falibilidad, de la igno- mecia: de la falibilidad, lo absurdo de las discusiones». Pero añade después: l hombre fue redimido», lo cual, si no significa que por el acto de la Re- ención, y sin ningún esfuerzo suyo, salió de la esclavitud del pecado, sig- ' No se olvide que Donoso habla de las grandes verdades sociales y religiosas. Y aunque razón enferma puede conocer y aun demostrar la existencia de Dios, la espiritualidad y hertad del alma, pero no es cierto que no pueda moralmente adquirir el cómputo de verda- lea religiosas que necesita para su vida. (Cf. s. p. los Sum. I p. la 1). Testigos abonados de ta imposibilidad moral que no solamente los errores religiosos que prevalecieron en Grecia ¿loma antes de Jesucristo, sino modernamente las teorías monstruosas que han oscurecido tantas inteligencias las verdades católicas.

esta otra, conviene a saber: si la naturaleza del hombre es sana o está caída y enferma.

ó HAY z Y EL SOCIALISMO 27 26 JUAN DONOSO CORTÉS BAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y E o, la Iglesia, y la Iglesia sola, ha tenido el santo privilegio de las discu- tes fructuosas y fecundas. La teoría cartesiana, según la cual la verdad R.de la duda, como Minerva de la cabeza de Júpiter, es contraria a aque- ley divina que preside al mismo tiempo a la generación de los cuerpos y a de las ideas, en virtud de la cual los contrarios excluyen perpetuamen- A6sus contrarios, y los semejantes engendran siempre a sus semejantes. virtud de esta ley, la duda sale perpetuamente de la duda, y el escepti- ” 10 del escepticismo, como la verdad de la fe, y de la verdad la ciencia.

A la comprensión profunda de esta ley de la generación intelectual de Ideas se deben las maravillas de la civilización católica. A esa portentosa lización se debe todo lo que admiramos y todo lo que vemos. Sus teólo- aun considerados humanamente, afrentan a los filósofos modernos y a lilósofos antiguos; sus doctores causan pavor por la inmensidad de su hicia; sus historiadores obscurecen a los de la antigúedad por su mirada heralizadora y comprensiva. La Ciudad de Dios, de San Agustín, es aún día el libro más profundo de la historia que el genio iluminado por los blandores católicos ha presentado a los ojos atónitos de los hombres. Las tas de sus Concilios, dejando aparte la divina inspiración, son el monu- mito más acabado de la prudencia humana. Las leyes canónicas vencen rabiduría a las romanas y a las feudales. ¿Quién vence en ciencia a San- “Tomás, en genio a San Agustín, en majestad a Bossuet, en fuerza a San blo? ¿Quién es más poeta que Dante? ¿Quién iguala a Shakespeare? Hén aventaja a Calderón? ¿Quién, como Rafael, puso jamás en el lienzo piración y vida? Poned a las gentes a la vista de las pirámides de Egipto, dirán: -Por aquí ha pasado una civilización graciosa y bárbara-. Ponedlas 4 vista de las estatuas griegas y de los templos griegos, y os dirán: -Por mí ha pasado una civilización graciosa, efímera y brillante-. Ponedlas a la la de un monumento romano, y os dirán: -Por aquí ha pasado un gran eblo-. Ponedlas a la vista de una Catedral, y al ver tanta majestad unida a ti belleza, tanta grandeza unida a tanto gusto, tanta gracia Junta con a hermosura tan peregrina, tan severa unidad en una tan rica variedad, ii mesura junta con tanto atrevimiento, tanta morbidez en las piedras, y ita suavidad en sus contornos, y tan pasmosa armonía entre el silencio y luz, las sombras y los colores, os dirán: -Por aquí ha pasado el pueblo in prande de la historia y la más portentosa de las civilizaciones humanas; F pueblo ha debido tener del egipcio lo grandioso, del griego lo brillan- ¿del romano lo fuerte; y sobre lo fuerte, lo brillante y lo grandioso, algo nifica, a lo menos, que por la Redención adquirió la potestad de romper esas cadenas, y de convertir la ignorancia, el error, el dolor y la muerte en medios de su santificación con el buen uso de su libertad, ennoblecida y restaurada. Para este fin instituyó Dios su Iglesia inmortal, impecable e in- falible. La Iglesia representa la naturaleza humana sin pecado, tal como sa- lió de las manos de Dios, llena de Justicia original y de gracia santificante: por eso es infalible, y por eso no está sujeta a la muerte. Dios la ha puesto en la tierra para que el hombre, ayudado de la gracia, que a nadie se nie- ga, pueda hacerse digno de que se le aplique la sangre derramada por Él en el Calvario, sujetándose libremente a sus divinas inspiraciones. Con la fe vencerá su ignorancia; con su paciencia el dolor, y con su resignación la muerte: la muerte, el dolor y la ignorancia no existen sino para ser venci- das por la fe, por la resignación y por la paciencia.

Síguese de aquí que sólo la Iglesia tiene el derecho de afirmar y de negar; y que no hay derecho fuera de ella para afirmar lo que ella niega, para negar lo que ella afirma. El día en que la sociedad, poniendo en olvi- do sus decisiones doctrinales, ha preguntado qué cosa es la verdad, qué cosa es el error, a la prensa y a la tribuna, a los periodistas y a las asambleas, en ese día el error y la verdad se han confundido en todos los entendimien- tos, la sociedad ha entrado en la región de las sombras, y ha caído bajo el Imperio de las ficciones. Sintiendo, por una parte, en sí misma una necesi- dad imperiosa de someterse a la verdad y de substraerse al error, y siéndole imposible, por otra, averiguar qué cosa es el error y qué cosa es la verdad, ha formado un catálogo de verdades convencionales y arbitrarias, y otro de sonados errores, y ha dicho: -Adoraré las primeras y condenaré los segun- dos- ignorando, tan grande es su ceguedad, que adorando a las unas y con- denando a los otros, ni condena ni adora nada, o que si condena y si adora algo y se adora y se condena a sí misma.

5. La intolerancia doctrinal de la Iglesia ha salvado el mundo del caos. Su intolerancia doctrinal ha puesto fuera de cuestión la verdad política, la verdad doméstica, la verdad social y la verdad religiosa; verdades primitivas y santas, que no están sujetas a discusión, porque son el fundamento de todas las discusiones; verdades que no pueden ponerse en duda un momen- to, sin que en ese momento mismo el entendimiento oscile, perdido entre la verdad y el error, y se obscurezca y enturbie el clarísimo espejo de la ra- zón humana. Eso sirve para explicar por qué, mientras que la sociedad emancipada de la Iglesia no ha hecho otra cosa sino perder el tiempo en disputas efímeras y estériles, que teniendo su punto de partida en un abso- luto escepticismo, no pueden dar por resultado sino un escepticismo com- 28 JUAN DONOSO CORTÉS RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 29 que sa más que lo grandioso, lo fuerte y lo brillante: lo inmortal y lo pers naturales se forman otros espontáneos, compuestos de los que buscan fecto. | loria por una misma senda, de los que se consagran a una misma indus- 6. Si se pasa de las ciencias, de las letras y de las artes al estudio de las iy de los que profesan un mismo oficio; y todos esos grupos, ordenados instituciones que la Iglesia vivificó con su soplo, alimentó con su substan ans clases, y todas las clases jerárquicamente ordenadas entre sí, consti- cia, mantuvo con su espíritu y abasteció con su ciencia, este nuevo espectá en el Estado, asociación ancha, en la que todas las otras se mueven con culo no ofrecerá menores maravillas y portentos. El catolicismo, que todo Shura. | lo refiere y todo lo ordena a Dios, y que refiriéndolo y ordenándolo a Dios Esto desde el punto de vista social. Desde el punto de vista político, las todo, convierte la suprema libertad en elemento constitutivo del orden su: millas se asocian en grupos diferentes: cada grupo de familias constituye premo, y la infinita variedad en elemento constitutivo de la unidad infini: Municipio; cada Municipio es la participación en común de las familias ta, es por su naturaleza la religión de las asociaciones vigorosas, unidas to: le forman, del derecho de rendir culto a su Dios, de administrarse a sí das entre sí por afinidades simpáticas. En el catolicismo el hombre no está plas, de dar pan a los que viven y sepultura a los muertos. Por eso cada solo nunca: para encontrar un hombre entregado a un aislamiento solita Micipio tiene un templo, símbolo de su unidad religiosa; y una casa murio y sombrío, personificación suprema del egoísmo y del orgullo, es nece: pal, símbolo de su unidad administrativa; y un territorio, símbolo de su sario salir de los confines católicos. En el inmenso círculo que describe lad jurisdiccional y civil; y un cementerio, símbolo de su derecho de esos confines inmensos, los hombres viven agrupados entre sí; y se agr altura. Todas estas diferentes unidades constituyen la unidad munici- pan, obedeciendo al impulso de sus más nobles atracciones. Los grupos mis la cual tiene también su símbolo en el derecho de levantar sus armas y mos entran los unos en los otros, y todos en uno más universal y compren lesplegar su bandera. De la variedad de los Municipios se forma la uni- sivo, dentro del cual se mueven anchamente, obedeciendo a la ley de und nacional, la cual a su vez se simboliza en un trono y se personifica en soberana armonía. El hijo nace y vive en la asociación doméstica, ese fu ley, Sobre todas estas magníficas asociaciones está la de todas las nacio- damento divino de las asociaciones humanas. Las familias se agrupan entre “entólicas con sus Príncipes cristianos, fraternalmente agrupados en el sí de una manera conforme a la ley de su origen, y agrupadas de esta ma dle la Iglesia. Esta perfectísima y suprema asociación es unidad en su nera, forman aquellos grupos superiores que llevan el nombre de clases ny variedad en sus miembros: es variedad en los fieles derramados las diferentes clases se consagran a diferentes funciones: unas cultivan la el mundo, y unidad en la cátedra santa que resplandece en Roma, cer- artes de la paz, otras las artes de la guerra; unas conquistan la gloria, otra “le divinos resplandores. Esa cátedra eminente es el centro de la huadministran la justicia y otras acrecientan la industria. Dentro de estos gru iilad, representada, en lo que tiene de varia, por los Concilios genera- en lo que tiene de una, por el que es en la tierra Padre común de los y Vicario de Jesucristo.

lisa es variedad suprema, unidad suma y sociedad perfectísima. To- * El escritor racionalista Welte, muy celebrado también y no católico, se expresaba € an elementos que braman alterados y en desordenen las sociedades a aL en 1850 (Weber den Munster zu Strasbourg), hablando de la Catedral de Strasburgt As se mueven en ésta concertadamente. El Pontífice es Rey a un mis- «He visto la Catedral de Strasburgo», he visto este mil risti: ¿ e,. bid Rao 0 magro del mua crbifena, estasobra, col Émpo por derecho divino y por derecho humano: el derecho divino ida con tan extraordinario atrevimiento y con tan ardiente fe, este monumento de una edal E: NES ¿ que ya no existe (no existe para los protestantes, se entiende), y a su vista he sentido el alma sojuzgad wWece principalmente en la institución; el derecho humano se mani- ¿principalmente en la designación de la persona; y la persona desigpor un poder desconocido, absorto como estaba en la contemplación y anegado en un mar d delicias. Allí está patente la potencia del genio humano, cuando la fe lo fortifica y lo alumb para Pontífice por los hombres es instituida Pontífice por Dios. Así este monumento vivirá mientras haya hombres capaces de recoger su espíritu y mientras dur reúne la sanción humana y la divina, junta en uno también las venta- el amor a aquel Espíritu Santo, que sólo ha podido inspirarlo. Aquella masa que allí se levanta ta] las Monarquías electivas y las de las hereditarias: de las unas tiene la magnífica, transporta a las almas a las más excelsas regiones, comunicándoles aquella libertad d. espíritu, aquella grandeza de ánimo que han presidido a su construcción. Tan cierto es qu laridad, de las otras la inviolabilidad y el prestigio; a semejanza de las q 5 a grande nos levanta al cielo, y que cuando nos levanta al cielo canta | eras, la Monarquía pontificial está limitada por todas partes; a seme- d He las segundas, las limitaciones que tiene no la vienen de fuera, sino MSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO TL r 30 JUAN DONOSO CORTÉS Hen, porque todo viene de la unidad y se reduce a ella; y libertad, pues las diversas fuerzas plales conservan su vida propia, su acción y movimiento; mientras que donde ella es desco- f tida o hay anarquía por la destrucción de la unidad del poder, o despotismo por la destruc- ón de las diversas fuerzas sociales. El fecundo principio de donde había sacado Donoso Cor- lÑ el de que «el sello de Dios se halla en la creación entera» se lo había dado la teología itólica. «Dios -dice Santo Tomás- ha dado el ser a las cosas para comunicar su bondad a las Haturas y representarla por ellas. (Bondad aquí significa excelencia, perfección). Y como una datura sola no la habría podido representar suficientemente, ha producido criaturas múlti- les y diversas, para que unas a otras se suplan en la representación de la bondad divina, por- Me la bondad (que en Dios es una y simple) es múltiple y dividida entre las criaturas...El jemplar primero, la esencia divina no está, pues, perfectamente representada por una sola Matura, y por esto puede serlo por varias. Pero siendo las ideas ejemplares de las cosas, a la luralidad de éstas corresponde en el entendimiento divino la pluralidad de ideas». (Summa eol., L, q. XLVII, 1).

Así el mundo es una representación imperfecta de la perfección divina, de la esencia ima de Dios, y las cosas que están en el mundo son reproducciones imperfectas de ejem- lares eternos, de las ideas que están en Dios. Mas todo ser representa en cierto modo a la inidad Santísima.

«Todo efecto representa su causa de alguna manera, pero la manera con que la repre- htan los distintos objetos, no es la misma, Ciertos objetos no la reproducen sino como cau- iy sin reproducir su forma: así representa, v. gr., el humo al fuego; y a esta manera de repre- ) hitación se llama vestigio. Esto muestra, en efecto, que lo que lo dejó, ha pasado, pero no lite lo que es. Otros efectos representan su causa por una semejanza de su forma; así repre- nta el fuego al fuego que le ha encendido, o un retrato a su original; esta última manera de Mmejanza se denomina imagen. Pero las procesiones de las Personas divinas se cumplen se- tin los actos de la inteligencia y de la voluntad, pues el Hijo procede como Verbo, y el Espíri- Santo COMO Amor. Por esto en las criaturas racionales dotadas de inteligencia y voluntad se alla la Trinidad representada como en ¿magen, pues hay en ellas un Verbo concebido y un Mor procedente; y en las demás criaturas, cualesquiera que sean, hay algo que descubre el sigo de su causa, que son las divinas Personas. Toda criatura, en efecto, subsiste en su ser, pne una forma que determina su especie y relaciones que a otros seres la coordinan. Como tancia creada, representa la causa y el principio, y de esta suerte la Persona del Padre, Hincipio sin principio; como forma constituida en su especie, representa al Verbo, como la ima de la obra la concepción del artista. Ligada por sus relaciones con otros seres, repre- ta al Espíritu Santo, en cuanto es amor, porque el orden que resulta de las relaciones enlos seres, viene de la voluntad del Creador. Por esto nos dice San Agustín (De Trinit., lib.

1); Que en cada criatura se encuentra un vestigio de la Trinidad en cuanto cada criatura es un ser Mw, una forma específica, y tiende a cierto orden. Esto mismo significan aquellas tres palabras del ibro de la Sabiduría (XD), el número, el peso y la medida, porque se aplican respectivamente: la ida a la substancia limitada por sus principios, el número a la especie y el peso al orden. Lo amo expresa San Agustín en otro lugar (Lib. de Natura boni. cap, II) con esta fórmula: el mio, la especie y el orden; y por esta otra (Lib. quaest., q. XVIII): Lo que constituye, lo que distingue lo que coordina, porque cada cosa es constituida en un ser por la substancia, distinguida por lorma y debidamente colocada por el orden; fácil es, por lo demás, reducir a estas fórmuta lo que se puede decir semejante a esto...«Objétase a-esto que, no representando el efecto y no siendo la causa de las criaturas las placiones que distinguen las personas, sino la esencia que les es común, no pueden las cria- Has representar la trinidad de personas, sino la unidad de esencia. A esto respondemos que de dentro, ni de la ajena voluntad, sino de la propia: el fundamento de sus limitaciones está en su caridad ardiente, en su prodigiosa humildad y en su prudencia infinita. ¿Qué Monarquía es ésta en la que el Rey, siendo elegi do, es venerado, y en la que, pudiendo ser Reyes todos, está en pie eterna- mente, sin que sean parte para derribarla por tierra ni las guerras domésti- cas ni las discordias civiles? ¿Qué Monarquía es ésta en la que el Rey elige a los electores que luego eligen al Rey, siendo todos elegidos y todos electo- res? ¿Quién no ve aquí un alto y escondido Misterio: la unidad engendran- do perpetuamente la variedad, y la variedad constituyendo su unidad per- petuamente? ¿Quién no ve aquí representada la universal confluencia de todas las cosas? Y ¿quién no advierte que esa extraña Monarquía es la re- presentación de Aquel que, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, es divinidad y humanidad, unidad y variedad juntas en uno? La ley oculta que preside a la generación de lo uno y de lo vario debe de ser la más alta, la más universal, la más excelente y la más misteriosa de todas, como quiera que Dios ha sujetado a ella todas las cosas, las humanas como las divinas, las creadas como las increadas, las visibles como las invisibles: siendo una en su esencia, es infinita en sus manifestaciones; todo lo que existe, parece que no existe, sino para manifestarla; y cada una de las cosas que existen la manifiesta de diferente manera: de una manera está en Dios, de otra en Dios hecho hombre, de otra en su Iglesia, de otra en la familia, de otra en “ el universo; pero está en todo y en cada una de las partes del todo; aquí en un Misterio invisible e incomprensible, y allí, sin dejar de ser un Misterio, es un fenómeno visible y un hecho palpable?.

5 Partiendo del principio de que la creación, ya en conjunto, ya en todas sus partes, lleva impreso el sello del Creador, busca Donoso Cortés en todas partes señales de la Santísima Trinidad; por esto dice que, así como en Dios hay unidad de esencia y pluralidad de Personas, así hay en el universo unidad y variedad; y así como en Dios, la pluralidad de Personas no destruye la unidad de esencia, así la variedad del universo no destruye su unidad. Descen- diendo después a aplicaciones particuláres, encontraba doquiera la unidad y la variedad, y en su unión armónica la condición misma de la existencia de las criaturas y del mantenimiento del orden y de la vida. Esta doctrina, fundamental para él, la recuerda o supone frecuente- mente, no sólo en esta obra, sino en sus otros escritos, como sus Estudios históricoftlosóficos, por ejemplo, y su respuesta al Sr. Príncipe Alberto de Broglie. De este principio deducía también sus teorías sociales y políticas, mostrando que también en la sociedad humana el orden y esta- bilidad nacen de la coexistencia de la unidad y la variedad: unidad de poder, variedad de fuerzas jerárquicas procedentes de un solo poder, y reducidas a la unidad por la subordinación al poder de que proceden. Allí donde esta doble ley sea respetada, allí habrá orden y libertad; 32 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 33 odos los dignatarios, más bien que en lo que son algunos. No está en el Apostolado ni en el Pontificado, está en el sacerdocio = Considerada aisladamente la dignidad pontifical, la Iglesia parece una Monarquía absoluta. Considerada en sí su constitución apostólica, parece tna oligarquía potentísima. Considerada por una parte la dignidad común a Prelados y sacerdotes y por otra el hondo abismo que hay entre el acerdocio y el pueblo, parece una inmensa aristocracia. Cuando se ponen los ojos en la inmensa muchedumbre de los fieles derramados por el mun- do, y se ve que el sacerdocio y el Apostolado y el Pontificado están a su hervicio, que nada se ordena en esta sociedad prodigiosa para los crecimien- tos de los que mandan, sino para la salvación de los que obedecen; cuando he considera el dogma consolador de la igualdad esencial de las almas; cuan- lo se recuerda que el Salvador del género humano padeció las afrentas de la Cruz por todos y por cada uno de los hombres; cuando se proclama el principio de que el buen pastor debe morir por sus ovejas; cuando se re- fMexiona que el término de la acción de todos los diferentes ministerios está en la congregación de los fieles, la Iglesia parece una democracia inmensa en la gloriosa acepción de esta palabra; o por lo menos una sociedad insti- hiida para un fin esencialmente popular y democrático. Y lo más singular del caso es que la Iglesia es todo lo que parece. -En las otras sociedades Pyas varias formas de gobierno son incompatibles entre sí, o si por acaso se tintan en uno, no se juntan jamás sin que pierdan muchas de sus propietlades esenciales. La Monarquía no puede vivir juntamente con la oligar- quía y con la aristocracia, sin que la primera pierda lo que naturalmente Hene de absoluta, y éstas lo que tienen de potentes. La Monarquía, la oli- farquía y la aristocracia no pueden vivir con la democracia, sin que ésta Al lado del Rey, cuyo oficio es reinar con una soberanía independien- te, y gobernar con un Imperio absoluto, está un Senado perpetuo, com- puesto de Príncipes que tienen de Dios el principado. Y este Senado per- petuo y divino es un Senado gobernante; y siendo gobernante, lo es de tal manera, que ni entorpece, ni disminuye, ni eclipsa la potestad suprema del Monarca. La Iglesia es la sola Monarquía que ha conservado intacta la ple- nitud de su derecho, estando perpetuamente en contacto con una oligar quía potentísima; y es la única oligarquía que, puesta en contacto con un Monarca absoluto, no ha estallado en rebeliones y turbulencias. De la mis- ma manera que en pos del Rey van los Príncipes, en pos de los Príncipes vienen los sacerdotes, encargados de un ministerio santísimo. En esta so- ciedad prodigiosa todas las cosas suceden al revés de como pasan en todas las asociaciones humanas. En éstas la distancia puesta entre los que están al pie y los que están en la cumbre de la jerarquía social es tan grande, que los primeros se sienten tentados del espíritu de rebelión, y los segundos caen en la tentación de la tiranía.

En la Iglesia las cosas están ordenadas de tal modo, que ni es posible la tiranía ni son posibles las rebeliones. Aquí la dignidad del súbdito es tan grande, que la del Prelado está en lo que tiene de común con el súbdito, más bien que en lo especial que tiene como Prelado. La mayor dignidad de los Obispos no está en ser Príncipes, ni la del Pontífice en ser Rey; está: en que Pontífices y Obispos son, como sus súbditos, sacerdotes. Su prerro- gativa altísima e incomunicable no está en la gobernación; está en la potes- tad de hacer al hijo de Dios esclavo de su voz, en ofrecer el Hijo al Padre en sacrificio incruento por los delitos del mundo, en ser los canales por donde se comunica la gracia, y en el supremo e incomunicable derecho de remitir y de retener los pecados. La más alta dignidad está en lo que son * Además de la maravillosa jerarquía de jurisdicción, que por varias gradaciones junta to- Has las partes del ministerio católico en una sola cabeza y en un centro comia; existe tar bién en la Iglesia de Jesucristo la jerarquía de orden, según la cual los Obispos, no sólo se distin- Buen de los sacerdotes, sino que, por divina institución, tienen la preeminencia sobre ellos. Vnta verdad católica que se desprende de varios pasajes de este capítulo, en nada rebaja la Practitud con que el autor observa aquí el poder común a los Obispos y sacerdotes de ofrecer Fl Santo Sacrificio, como también el de atar y desatar; supremas y augustas potestades que Henen sin duda un altísimo y nobilísimo origen, en cuya inmensidad y esplendor queda la calención tan embargada y tan absorto el espíritu, que apenas puede por un momento discer- mir la preeminencia de un orden sobre el otro. Conviene notar aquí cómo el autor, tan perfecta- mente versado en la ciencia católica, no usa la palabra potestad, sino dignidad.

las procesiones de las personas son también, según en otra parte probamos, la causa y la ra- zón de la creación». (Summ. Theol., 1, q. XLV, 7).

Bien meditada la doctrina contenida en este texto, parécenos claro que toda la de Do- noso es una aplicación de ella. Todo ser, en el mero hecho de representar a las tres Personas divinas, representa por ende la pluralidad de personas y la unidad de esencia a ellas común. Y lo que puede aquí decirse de cada ser en particular, cabe igualmente decirlo del conjunto de los seres, considerados como un todo uno y ordenado por Dios. Es, por tanto, cierto que en todas partes y en todas las cosas hay unidad y pluralidad; mejor dicho, unidad en la plurali- dad y pluralidad en la unidad, realizándose así una como representación del Misterio de los Misterios y una ley universal, cuya razón y causa está en ese Misterio mismo.

34 JUAN DONOSO CORTÉS RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 10 mo Maestro, que es perfecto trasunto de las divinas perfecciones, sublime emplar y acabado modelo de las sociedades humanas.

ln los siguientes capítulos se demostrará cumplidamente que ni el cris- anismo, ni la Iglesia católica, que es su expresión absoluta, han podido ibrar tan grandes cosas, tan altos prodigios y tan maravillosas mudanzas, ihkuna acción sobrenatural y constante por parte de Dios, el cual gobierna pbrenaturalmente a la sociedad con su providencia, y al hombre con su macia.; pierda lo que tiene de absorbente y de exclusiva, como la aristocracia lo que tiene de potente, la oligarquía lo que tiene de invasora y la Monarquía lo que tiene de absoluta; viniendo a convertirse en definitiva su mutua unión en su mutuo aniquilamiento. Sólo en la Iglesia, sociedad sobrenatural, ca- ben todos estos gobiernos, combinados armónicamente entre sí, sin per der nada de su pureza original ni de su grandeza primitiva. Esta pacífica combinación de fuerzas, que son entre sí contrarias, y de gobiernos cuya única ley, humanamente hablando, es la guerra, es el espectáculo más be- llo en los anales del mundo. Si el gobierno de la Iglesia pudiera ser defini- do, podría definírsele diciendo que es una inmensa aristocracia, dirigida. por un poder oligárquico, puesto en la mano de un Rey absoluto, el cual tiene por oficio darse perpetuamente en holocausto por la salvación del pueblo. Esta definición sería el prodigio de las definiciones, de la misma manera que la cosa en ella definida es el prodigio más grande de la histo- ria.

Resumiendo en breves palabras cuanto va dicho hasta aquí, podemos afirmar, sin temor de ser desmentidos por los hechos, que el catolicismo ha puesto en orden y en concierto todas las cosas humanas. Ese orden y ese concierto, relativamente al hombre, significan que por el catolicismo el cuerpo ha quedado sujeto a la voluntad, la voluntad al entendimiento, el entendimiento a la razón, la razón a la fe, y todo a la caridad, la cual tiene la virtud de transformar al hombre en Dios, purificado con un amor infini- to. Relativamente a la familia, significan que por el catolicismo han llegado a constituirse definitivamente las tres personas domésticas, juntas en uno con dichosísima lazada. Relativamente a los gobiernos, significan que por el catolicismo han sido santificadas la autoridad y la obediencia, y conde- nadas para siempre la tiranía y las revoluciones. Relativamente a la socie- dad, significan que por el catolicismo tuvo fin la guerra de las castas, y prin- cipió la concertada armonía de todos los grupos sociales; que el espíritu de asociaciones fecundas sucedió al espíritu de egoísmo y de aislamiento, y el imperio del amor al imperio del orgullo. Relativamente a las ciencias, a las letras y a las artes, significan que por el catolicismo ha entrado el hombre en posesión de la verdad y de la belleza, del verdadero Dios y de sus divi- nos resplandores. Resulta, por último, de cuanto llevamos dicho hasta aquí, que con el catolicismo apareció en el mundo una sociedad sobrenatural, excelentísima, perfectísima, fundada por Dios, conservada por Dios, asisti-- da por Dios; que tiene en depósito perpetuamente su eterna palabra; que abastece al mundo del pan de la vida; que ni puede engañarse ni puede engañarnos; que enseña a los hombres las lecciones que aprende de su di-