Las rocas y los árboles aspiran allí a una vida más alta, a una vida de conciencia contemplativa. Aquellas rocas de las encantadas calas, las que con el canto estremecido de sus colores enloquecieron al pobre Mir, fingen extraños monstruos que no son sino la aspiración a un cuerpo en que encarne un alma contemplativa. Aquellos acantilados que cuelgan sobre el mar y que parecen carnes desolladas al vivo, desgarradas por el cilicio y las disciplinas, hacen la sabrosa penitencia de buscar a Dios. Hanse desollado así para que el sol les penetre en las entrañas.
Y esas entrañas rocosas de la roqueta de Mallorca están llenas de ventrículos, de recónditas celdas donde el agua sueña y forja también cuerpos que aspiran a la conciencia.
Aquel olivo que lleva su copa como una enorme cornamenta enramada y se tiene en el suelo con sus cuatro patas; aquel olivo como un monstruo paleontológico, ¿es que se agarra a la roca o es que quiere desprenderse de ella?
Esos olivos han vivido, y como todo lo que ha vivido y no sólo vegetado, tienen su historia. Y como todo lo que ha vivido y tiene historia son yos, son personas, cada una de ellas con su fisonomía, con su carácter, con su alma. Ancianos ermitaños, cobran esos olivos toda su alma como los hombres la cobran, cuando las arrugas les surcan la frente, cuando las mejillas se les retuercen, cuando las barbas les blanquean, cuando tiene cada uno sus pliegues. Que no sin honda razón estética siempre que se representa a un hombre que vivió en la historia y llegó a viejo, represéntasele en su vejez más que en su mocedad. El retrato de mocedad sólo tiene valor para el amor que no entiende de historias y que en vez de vivir vegeta.
Junto a Santa María, en el llano de esa roqueta de Mallorca, vi un almendral que es para el arboricultor una maravilla. Están los almendros en correctísima formación, como un regimiento bien instruido y disciplinado, guardando escrupulosamente la fila. Y todos son iguales, exactamente iguales, aquellos reclutas de la arboricultura.
Cada uno con sus tres grandes ramas; todos bien esponjados para que el sol llene sus copas. Puesto uno en una fila y enfilándolos con la mirada sólo ve al primero, que cubre por entero a los demás de la fila. Y dan sus almendras, que no son las aceitunas amargas de los viejos olivos ermitaños de Valldemosa. Y aquellos almendros reclutas, disciplinados, uniformes, alineados, de Santa María, no aspiran a la conciencia. Verdad es que tampoco ven al mar, espejo de los ojos del Señor.
Decía Rusiñol de esos olivos que son como ciertos poetas que se retuercen y atormentan y contorsionan el magín para parir un soneto, y así ellos se retuercen, atormentan y contorsionan para dar aceitunas.
Pero es que en una amarga aceituna se sabe más a la conciencia de una vida más alta que no en una dulce almendra. Y en un soneto puede ir toda una alma torturada.
¿Pero sufren al retorcerse así? No, no sufren. Esos retorcimientos son como las penitencias de Blanquerna en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias; esos retorcimientos son como la queja del chirrido de las cigarras. Es el amor al sol, que toma formas de penitencia y de maceraciones.
Como aquellos ermitaños envejecidos en buscar a Dios, no les queda a los olivos más que los huesos, la piel y la cabellera. Y tampoco la roqueta, la gran ermita ermitaña que es Mallorca, tiene sino huesos, huesos de roca, atezada piel y frondosa cabellera de árboles. Olivos, almendros, higueras, algarrobos, pinos, encinas...nacen de la roca. Y es la roca como rayos de sol en largos siglos cristalizados. Sorbiendo, embebecido, por los ojos la fulgurante hermosura de las rocas costeñas de Mallorca, ocurrióseme fantasear si no serán esas rocas estalagmitas de la lluvia de rayos de sol que de continuo gotea sobre el mar de la isla de oro.
Aquel enorme dragón de la Foradada, que retorciéndose se vuelve a mirar a tierra cuando va a sumergirse en el mar y así se queda, espiando, receloso, el bosque de Miramar, deja ver en el fondo de su ojo al cielo tocando al nacarado océano. Y nos habla de los monstruos de la _Odisea_. Porque aquél es el mar homérico, el mar de color de vino, el de Escila y Caribdis, no el mar tenebroso de Camoens, el de Adamastor.
Aquellos viejos olivos cenobitas, cartujanos, oyeron los suspiros de Blanquerna y habían oído también los alaridos de las huestes de Jaime el Conquistador. Y oyeron los gritos que lanzaban Cabrit y Basa en el castillo de Alaró cuando a manos de Alfonso de Aragón pereció la breve independencia del fugitivo reino de Mallorca. Aquellos olivos saben Historia. Y no la saben los almendros disciplinados del regimiento arbóreo de Santa María. Los unos son cenobitas, los otros son mercenarios.
¿Se acuerda usted, amiga mía, cuando tendidos allí, sobre la roca, al pie de un árbol, entre aquellos cenobitas vegetales, usted, su marido, Gabriel Alomar y yo veíamos al sol acostarse entre los nácares de la lontananza del mar latino? _¡Mediterráneo!_ Es ya de por sí un verso adónico para cerrar tres sáficos endecasílabos, como decía Alomar. Y un momento parecía como si el último asomo del sol, su coronilla, fuese la cumbre de una roca que se alzase allá, a lo lejos, donde el mar coge por fin y sujeta al cielo y le pone pecho sobre pecho domeñándole. Desde allí, desde donde se oculta a nuestros ojos el Sol, puede parecer, al ocaso, la isla de oro, la roqueta de las cigarras y los olivos, otro sol que se acuesta en su sangre azul.
Dejándose embriagar por la luz del cielo de Mallorca, del cielo más que del Sol--que es un cuajaron de aquella luz--, como de él se embriagan las estremecidas cigarras, ermitañas de los olivos, se comprende que Blanquerna renunciase al papado para darse a la vida de ermitaño.
«Que el consuelo de morir sin pena bien vale la pena de vivir sin consuelo».
Así reza un cartelito a las puertas de las celdas de los ermitaños de la Trinidad en Miramar de Valldemosa. Pero eso no es sino expresión litúrgica ermitaña, porque allí no se vive sin consuelo ni en pena.
Allí el alma se retuerce poco a poco, sin retortijones ni dolores, soñando en la muerte, en Dios, en el sueño inacabable.
El pobre Rubén Darío, en acaso su última temporada de alguna paz y de ilusión de enmienda, en la que pasó en la que fué Cartuja de Valldemosa, huésped del generoso Juan Sureda, visitó en la ermita de la Trinidad a un anciano ermitaño que se había ido allí a acostarse, a morir. Y el poeta que tan exquisitas olivas, llenas de óleo de consuelo, nos ha dejado en sus amargos cantos, pensó en lo que pudo haber sido y no fué. Y allí más abajo, junto al mar, en los lomos de la Foradada, queda aún entre unas piedras el humo del fuego que encendió el poeta para cocinar un arroz, ataviado él en tanto de cocinero. El humo ése acabará por borrarse y acabará por desaparecer toda la cocinería del gran poeta, y cuando nadie pruebe de sus arroces literarios, quedarán las generosas aceitunas poéticas, henchidas de óleo de consuelo, que nos ha dejado en cantos como aquél que en Valldemosa, en la que fué morada del abad de la Cartuja, dedicó a ésta.
Sólo el que con el alma recogida ha oído en silencio el chirriar de las cigarras estremecidas de sol en las copas de los viejos olivos cenobitas de Valldemosa, puede aprovechar la lección espiritual de la roqueta de Mallorca, vasta estalagmita de la lluvia de luz del cielo sobre el mar latino.
LA TORRE DE MONTERREY A LA LUZ DE LA HELADA Hiela, corre un cierzo que corta el respiro; pero desde el azul acerado vierte un sol desleído una luz clarísima que corta también las sombras y dibuja los relieves del campo como si fuesen de arquitectura.
Porque esa luz limpidísima, clara como el hielo, sin brumas, diríase que, no ya luminiza, sino civiliza a la naturaleza; hácela civil, que es hacerla más que humana. Que humanizar es ya mucho; pero civilizar es más. Civilizar, hacer civil--o si queréis, ciudadanizar--, es sobrehumanizar. Humanidad nos parece para el hombre todo; pero civilidad es para él más; es más que todo, porque es el porvenir que jamás acaba de cumplirse, es el ideal. Todo es lo que hay, y lo que hay de permanente; pero más que todo es lo que sobre lo que ha habido y hay habrá. Todo es el pasado que se condensa en el presente; más que todo es la eternidad, que abarca el pasado, el presente y el futuro. Todo es el universo, y más que todo es el pensamiento. Porque el pensamiento sobrepuja a todo lo pensado y a todo lo pensable, y rebasa de ellos.
También la ciudad es naturaleza; también sus calles, y sus plazas, y sus torres enhiestas de chapiteles son paisaje. Y sus líneas son como las líneas de estos campos. Algunos dicen que barrocas. No todas.
Los escarpes de esos arribes que del vasto tablazo de la Armuña bajan a las riberas del Tormes son como contrafuertes de una gigantesca seo, son arquitectónicos. Hay lugarejos que parecen esculpidos en la tierra del páramo, en la roca más bien. Y tal negrillo junto a la espadaña de una iglesiuca lugareña, que a mucho mirar acabaríase por dudar cuál es el árbol y cuál la torre. Y ahora que los árboles en esqueleto, en mondos huesos negruzcos, parecen columnas de templo arruinado al que se le hundió la bóveda.
Corriendo tierras ibéricas, de estas desnudas, de roca, ¿no se os ha ocurrido imaginaros a lontananza que aquel teso es una catedral barroca?
Y aquí, en cambio, en la ciudad, créese uno en vasta formación geológica. Los hombres, como madréporas, levantaron estos pardos corales o estos corales de oro que reverberan al sol desnudo del invierno.
Cada una de estas fábricas de piedra de estos edificios, diríase una inmensa frase arquitectónica, un aforismo de líneas. En una frase culmina y se condensa todo un sistema de ideas, de pensamientos. En el título del drama inmortal de Calderón, de la pareja del _Quijote_, en _La vida es sueño_, está «condensada--acabo de leer que dice justamente Farinelli (en su obra _La vita è un Sogno_)--la sustancia de todas las filosofías mundiales». Por una frase perduraba en la memoria de los suyos, de los de su casta, cada uno de los siete sabios de Grecia; pues estos siete sabios eternizáronse en el pensamiento de su pueblo como padres de siete sendas sentencias. Y una frase, una sentencia civil, civil más que humana, es un edificio de pensamiento, en que la economía de material y de esfuerzo bruto se llevó al colmo del triunfo. Las pirámides son inmensas frases de piedra que se alzan de las arenas del desierto; una inmensa frase, como un período demosteniano, o mejor como un período pericleano, tal y como Tucídides nos los ha legado para siempre, es el Partenón. Y estas torres son frases también, frases civiles, sentencias de civilidad hecha naturaleza.
Yo no sabré traduciros en palabras sonoras, y que aun siendo aladas queden--se queden volando y cerniéndose--, lo que esta armónica frase de piedra tallada que es la torre de Monterrey me dice, nos dice, a la luz cortante y fina de estas mañanas arrecidas de invierno, cuando la helada duerme en vano en las cresterías de su pingorota; pero sé que es una frase cuando se destaca sobre la azulez del cielo. Y si los hombres pasan y quedan, estas piedras quedarán diciéndole a la naturaleza que hubo humanidad, hubo civilidad, hubo pensamiento; quedarán hablándole de plan, y de orden, y de proporción al universo.
¿Y por qué no han de saber geometría, matemática, esos planetas que recorren el espacio según las leyes que ellos mismos le enseñaron a Kepler? ¿No es una gran ciudad, la ciudad de Dios, el Supremo Arquitecto y habitador de ella, esta máquina única del universo mundo?
Todo esto es un sueño, ¡conformes! Pero este sueño de piedra, a la luz cernida por la helada, nos dice que el sueño es lo que queda, lo duradero, lo permanente, lo sustancial, y que sobre él, sobre el sueño, como sobre el mar las olas, pasan rodando nuestros dolores y nuestros goces, nuestros odios y nuestros amores, nuestros recuerdos y nuestras esperanzas. Las olas son del mar; pero las olas pasan y el mar se queda; los dolores y los goces, los odios y los amores, los recuerdos y las esperanzas, son del sueño, del sueño de la vida; pero ellos, dolores, goces, odios, amores, recuerdos, esperanzas, pasan y el sueño se queda. Y se queda así, hecho piedra, piedra terrena, pero civilizada, piedra civil, o piedra espiritual, frase acuñada para siempre, monumento _aere perennius_, más duradero que el bronce.
Este sueño de piedra entra al alma y cae en ella, dentro de ella, más dentro de ella: en el alma del alma, en lo que está más dentro del alma misma, y arrastra a ésta, a nuestra alma, al cimiento de las almas todas, como las olas, pasajeras, al mar de las almas. ¿Es un mar? ¿Es líquido? ¿No es más bien un páramo, una llanada, un cimiento pétreo de toda laya de edificios para albergar el pensamiento humano civil?
¿Y no es cada una de nuestras almas un sillar que la vida talla--la talla a golpes, con dolor y goce, con odio y amor, con recuerdo y esperanza--para que forme en la gran seo humana, civil, en el templo y casa de nuestro Dios civil y humano?
Fué ayer, fué hace un momento; es decir, fué hace más de veinticinco años--el tercio de una vida bien cumplida--cuando te vi por vez primera, torre de Monterrey, y me llevas más allá, mucho más allá de esos veinticinco años, a cuando, sin haber nacido, te contemplaba--¿dónde?--, y con ello me llevas de aquí a dentro de veinticinco años, más allá, mucho más allá, a cuando, después de muerto y bien muerto, te siga contemplando, siga yaciendo y posando en el fondo del mar de las almas esta mi visión de ti que se me acuña en el alma en estas montañas de rayos de sol cernidos por la helada. El sueño queda. Es lo único que queda: la visión queda.
El espíritu, cuando sufre o goza, cuando odia o ama, cuando recuerda o espera, se hace tierra, se hace agua, se hace fuego o se hace aire; y la piedra, cuando piensa y piensa civilmente, se hace espíritu permanente, cuajado, cristalizado, sustantivado. Esta torre es un diamante de espíritu.
¿Y qué dice? No dice nada que no sea ella misma; se dice a sí misma, se proclama inmortal, se afirma. No importa que un terremoto o un bombardeo de guerra humana--que es otro terremoto--u otro accidente traído por el odio de la naturaleza o el de los hombres, abatiéndote a tierra te derrumbe, esparciendo sin orden ni concierto tus sillares, torre de Monterrey, porque tu visión quedará. Quedará hecha cimiento de las almas que te contemplen.
Y al alma que te contempla le dices, torre de Monterrey, que dice cuanto decir cabe quien se dice a sí mismo, quien acierta a expresar su persona, quien logra ponerse desnudo de espíritu a la luz de helada del mundo civil y se convierte así, para los otros, en estatua. Lo sumo que pueden ver los hombres es a otro hombre, y si una vez le vieran del todo se lo llevarían consigo para siempre.
Y esta torre y otras torres nos meten al ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda.
Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que se oye: he aquí todo el secreto del arte. El arte hace ver a los ciegos--y lo son muchos que espejan con los ojos en la mente lo que tienen delante--, y les hace ver con la palabra; el arte hace oir a los sordos--y lo son muchos que resuenan con los oídos lo que les suena en su derredor--, y les hace oir con la visión reproducida. Un poema da vista al ciego; un cuadro da oído al sordo. El arte funde los sentidos, descendiendo a lo que les une a su común cimiento, y ascendiendo a lo que los une también coronándolos.
Mi torre de Monterrey, no ésta que tengo ante los ojos al salir de casa en estas mañanas arrecidas y de sol acendrado, cuando voy a leer con ellos, con mis alumnos--¡lástima de hermosa palabra, degradada por el abuso oficial!--, al divino Platón; mi torre, la que llevo en el cristal de la mente como una visión que, espejada en un lago, al cristalizarse éste, quedase por encantada magia en él para siempre, ésta mi torre me dice que quien se dice queda para siempre también. No te importe, alma mía, lo que digas si te dices. ¿Es que eres más que una frase del pensamiento de Dios?
El pensamiento de Dios es la historia: la historia humana, la historia civil, la historia de esta humanidad civil en que Dios se hizo hombre, y habitó entre los hombres, y proclamó que su reino, el reino de Dios, esto es, el reino del hombre, el reino del Dios-hombre, no es de este mundo de dolores y goces, de odios y de amores, de recuerdos y de esperanzas. Porque el reino de Dios, el reino del hombre, es del pensamiento, que está sobre dolor y goce, sobre odio y amor, sobre recuerdo y esperanza, aunque con ellos se haga, como con piedras se hacen las torres que en la historia quedan. El pensamiento de Dios es la historia; la historia es lo que Dios piensa, lo que va pensando. Y el que vive, de un modo o de otro, más o menos visible y audible, por dentro de ella que sea, en la historia, vive en el pensamiento de Dios y en él se queda, y se queda con el pensamiento en Dios. Y vive en la historia todo el que, queriéndolo o sin quererlo, a sabiendas o no, contribuye a hacerla; todo el que tiene, por oscura y vacilante que sea, conciencia civil. La muerte absoluta es la inconsciencia.
Y ésta mi torre de Monterrey me habla de nuestro Renacimiento, del renacimiento español, de la españolidad eterna, hecha piedra de visión, y me dice que me diga español y que afirme que si la vida es sueño, el sueño es lo único que queda, y lo otro, lo que no es sueño, no es más que digestión que pasa, como pasan el dolor y el goce, el odio y el amor, el recuerdo y la esperanza. Sí; la vela sin sueño no es más que digestión y respiración, aliento que se va. Soplo, aliento, _pneuma_, _anima_, _spiritus_, llamaron a lo que sobre nuestro cuerpo no es sueño; y el soplo pasa, pero el sueño queda.
«¡La vida es sueño!», afirmó el hombre español que creía en lo eterno y lo sustancial, y los que no creen en ello dicen en la necedad de su corazón diciendo: «¡la vida es un soplo!». Y la torre de Monterrey, mi torre de Monterrey, mi torre del renacimiento español, de la españolidad renaciente, me dice que la vida no es soplo que pasa y se pierde, sino sueño que queda y se gana.
Cuando al salir por las mañanas la torre me dice: «¡aquí estoy!», yo, mirándola, le digo: «¡aquí estoy!».
Salamanca, 28-XI-1916.
AL PIE DEL MALADETA En estos seis meses en que nada os he dicho, lectores míos de _La Nación_, he recorrido tierras del Alto Aragón, al pie del Maladeta, el gigante del Pirineo; y luego, bastante después, restregué mi vista con la visión del mar latino, en Valencia la de los naranjos.
Apenas empiezan a sentárseme en la conciencia de la memoria y a la vez en la memoria de la conciencia, las impresiones de aquellos valles del Alto Aragón, de la provincia de Huesca, al pie del contrafuerte de los Pirineos.
Hace poco he leído un librito francés, de un M. Laborde, casi español, hijo de española--de vasca española--y criado en gran parte en España, que se titula _Il y a toujours des Pyrénées_ (_Todavía hay Pirineos_). El empeño del autor es estudiar el hecho y las causas de la incomprensión mutua--siquiera parcial--entre españoles y franceses.
Y si aún hay Pirineos en este sentido espiritual, en el otro, en el material, basta llegarse a su pie para percatarse de cuán formidable barrera ponen entre ambos pueblos.
Desde la cumbre del Salvaguardia, encima del portillón de Benasque, y teniendo a un lado el gigante Maladeta, contemplábamos a nuestros pies la llanura de la dulce Francia bearnesa. Debajo de nosotros, casi a plomo, unas lagunas a que bordea el sendero que lleva de Benasque a Bañeras de Luchón; más allá, tras unos macizos de arboleda, este pueblecillo veraniego, y más lejos, esfumada en el llano que se pierde y en lontananza se confunde, brumoso, con el cielo de horizonte, Tarbes, la patria de Foch. Y todo ello tendido dulcemente, acariciador, blando y respirando neblina. A otro lado la procesión solemne de los gigantes de los Pirineos, la escuadra de las peladas cumbres. Y más acá, a nuestros pies también, las tierras ásperas y bravías del Alto Aragón, el valle de Benasque. La vertiente francesa del Pirineo es más risueña, más cultivada, más civilizada, pero mucho menos grandiosa que la española, aunque ésta se halle más calva y despoblada.
La subida al portillón de Benasque, desde esta villa a través de la encañada de su valle, es una inmersión en tierras y tiempos de braveza primitiva. Aquellas cascadas, que no han sido aún presas para menesteres de industria, para saltos de agua negociables, le mueven a uno dentro del espíritu la turbina de los inquietadores pensamientos eternos. Dejaba a mi cabalgadura, rienda al cuello, que fuese a su talante, ya que ella conocía el camino mejor que yo, y lo prudente era que me guiara en vez de yo guiarla, y por entre pinos, abetos, sauces, bojes, frambuesos y avellanos iba, leyendo entre las cumbres y en los desfiladeros la lección eterna de la naturaleza. No lección alegre, no.
El campo, y sobre todo la montaña, sólo le alegra al que no tiene la conciencia de la responsabilidad de la vida.
En uno de aquellos vallecitos altos unos pobres hombres segaban, a fines de agosto, centeno, que allí llamaban _blau_. Lo trillarán después acaso a látigo. Y los hombrecitos, abrumados por las montañas, que les quitan luz de sol, parecían hormigas. La montaña achica al hombre, porque se agazapa a vivir a su pie o en sus rinconadas y repliegues. Sólo se engrandece cuando pisa su cumbre; ¿pero qué montañés gusta de subir a ella? El montañés no es hombre de las cumbres, sino el hombre de los repliegues del pie de la montaña; no es el que domina a ésta, sino el que es dominado por ella.
Y seguíamos entre pinabetes, árboles tronchados al borde de las cascadas, que fueron torrenciales, junto al enebro enano. Y llegamos al pie del gigante Maladeta, y en su falda hicimos noche en la Resclusa, a 2.133 metros de altura, donde el Centre excursionista català ha levantado un refugio.
Los catalanes empiezan a rendir una especie de culto al Maladeta o Maleida, a la montaña maldita, que cantó en su poema _Canigó_ su gran poeta mosén Jacinto Verdaguer. Verdaguer, en su poema _La Maleida_, poema pomposo, más elocuente que íntimo, dice que los extranjeros, al verlo de lejos, Aquell gegant--exclaman--es un gegant d'Espanya, d'Espanya y català.
Los aragoneses, sin embargo, protestan contra eso de que el Maladeta sea montaña catalana. Una de sus vertientes está en Aragón, en la provincia de Huesca, y los que a su pie viven hablan aragonés y no catalán.
El poema que Verdaguer dedicó al Maladeta y que forma parte del _Canigó_, no es, ni con mucho, de lo más exquisito, poético e íntimo del gran poeta. Parece más bien una composición académica, brillante, sí, muy brillante y muy imaginativa, pero compuesta, teniendo presentes preceptos clásicos de retórica, y sobre notas de turista y de erudito y de filólogo. Víctor Hugo y Zorrilla andan en él. Abunda, es cierto, en rasgos de feliz elocuencia, como decir que podría servir de esqueleto a continentes más amplios y al ángel de gradería para volverse al cielo, a Jehová, de trono; que es el Pirineo un cedro de portentosa alzada en que, como las aves, hacen los pueblos en su enramada un nido de que ningún buitre de razas los podrá desalojar; que su yelmo es de dos horas de ancho y de cuatro o cinco de largo, etc., etc. Es, ciertamente, de una poderosa inspiración, pero más oratoria que poética, lo repito, aquello de: «¡Qué gritos más horrorosos debió lanzar la tierra al parir en sus años juveniles esa sierra! ¡Qué días de pataleo! ¡Qué noches de gemir para sacar a la luz pura del sol esas montañas del centro de sus cráteres, de lo hondo de sus entrañas, como olas de la mar!». Y luego nos cuenta, más que nos canta, aunque en verso muy sonoro y acompasado, cómo un día el terremoto resquebrajó su corteza, surgió un río de aguas hirvientes de espumas de granito que, al beso helado de los aires, se fijó en la tempestad. Pero a todo ello, como a lo de que ni las águilas ni las nubes llegan a su cumbre, le falta intimidad lírica.
Verdaguer no se metió el Maladeta en el corazón. Ni podía metérsele en él recorriéndole. Para esto era menester verle desde fuera, frente a frente, de donde se le abarcase entero. Y ver a aquel gigantesco diamante como algo espiritual.
Íbamos subiendo, al paso de nuestras caballerías, al Salvaguardia, frente al Maladeta, de noche aún, cuando empezaba a blanquear el alba en el alto cielo. Apareció la aurora, aquella aurora de dedos de rosa--«rododáctilos»--, de que hablaba Homero, y la metáfora sigue tan fresca. Pero la aurora, antes de abrir la puerta del sol con sus dedos de rosa, refrescó éstos en las eternas nieves de la cumbre del Maladeta, acariciándole con ellos. Se «enrosaron» también las nieves. Y empezó a bajar la luz del cielo.
Porque allí, en la alta montaña, entre las cumbres, la luz nos bajaba del cielo y no como aquí, en la grandiosa paramera de Castilla, que es toda ella cumbre, donde el alba brota con el sol, de tierra. Aquí la luz nace del suelo, y el sol, como inmensa amapola encendida, estalla del suelo, en el horizonte. Y todo el campo queda de pronto, y de una vez, iluminado. Se ve nacer la sombra pálida y larga del toro que pasta junto a una encina y la de la encina. Allí, en la montaña, al pie del Maladeta, encendía ya el sol las cumbres y todavía quedaban sumidos en sombra los valles y los hombres que en ellos se afanan por vivir de lo que la montaña les da.
Vimos de una mirada toda el Maladeta, como una inmensa pirámide, como un gigantesco diamante más bien. Pero no se me ocurrió decir: «¡cuánta tierra!», como se me ocurre al descubrir el páramo inmenso que sostiene en redondo al cielo. El mar nos da más la impresión de la grandeza que la más formidable catarata. La llanura, como el mar, es estática; la montaña, como la catarata, dinámica.
Aquel hombre nacido y criado allí, entre montañas--y el que esto os dice nació y se crió también entre ellas, aunque no tan grandiosas como las del Pirineo aragonés--agazapado al pie de ellas, es bravo, pero de una bravura defensiva. Los montañeses aman su independencia, pero una independencia negativa, defensiva. Los grandes conquistadores se formaron en la llanura, fueron hombres del llano, aquí, en España, extremeños. Y esto lo sentí el día en que desde Yuste, donde murió Carlos I de España y V de Alemania, el hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Flandes, el nieto de los reyes católicos de Castilla y Aragón y de los emperadores del Sacro Romano Imperio Germánico, desde Yuste, al pie de Gredos, espinazo de España, contemplé, bruñida al sol, la recia paramera de Extremadura. Entonces, en agosto de 1911, dije: Del piélago de tierra que entre brumas tiende a tus pies, aquí, sus parameros, con leras por espumas, volaron del Dorado a la conquista buitres aventureros, mientras hastiado del perenne embuste de la gloria, enterraba aquí a tu vista, su majestad en Yuste, Carlos, Emperador.
Así le decía a Gredos, hace más de ocho años, y en la vanidad de la gloria y en la vida eremítica pensaba hace seis meses, al pie del Maladeta. Y sólo al tocar otra vez el llano, el ancho y redondo llano de Castilla, que es, repito, todo él cumbre, volví a encontrarme el hombre de lucha y de conquista. Pero traía en el corazón, apretada en él, la visión de la gran montaña. De la gran montaña de que nace el Garona. Porque el Garona, el río de la Aquitania, el de los Girondinos, toma sus primeras aguas, las de su raíz más larga, en España, y de una montaña española.
Allí cerca, el valle de Arán, que siendo español, cae por completo en la vertiente francesa o septentrional de los Pirineos. Es un valle en cierto modo cuatrilingüe. La lengua natural de ellos, la casera y familiar, es un patuá bearnés o gascón; entienden y aun hablan, además, el catalán, pues están enclavados en la provincia de Lérida; el español, que es su lenguaje oficial administrativo, y el francés, ya que es con Francia con la que principalmente se comunican, quedando en los meses de invierno incomunicados, por las nieves, con España.
Pero de esta otra barrera, de la barrera lingüística entre España y Francia, y conexionado con ello, de mis observaciones lingüísticas meses después en Valencia, quiero ahora deciros algo.
Salamanca, febrero de 1919.
LA FRONTERA LINGÜÍSTICA Apenas hay a lo largo de la barrera toda del Pirineo, que separa a España de Francia, un punto en que las lenguas española y francesa vengan en mutuo contacto, y por lo tanto, en conflicto, pero también en cambio recíproco. Lo mismo de un lado que de otro, se hablan patuás, dialectos y lenguas regionales.
Acaso donde más se pueden mezclar o entreverar, por lo menos el español y el francés, es en el extremo occidental de la frontera, en el país vasco, ya que tanto en España como en Francia el vascuence declina, languidece y hasta agoniza. En San Sebastián se oye más español y en Bayona más francés que vascuence, y aun en Irún y en Hendaya, poblaciones fronterizas de un lado y de otro, es más fácil hacerse entender en español o en francés que no en vascuence. En la parte francesa hay comarcas en que el vascuence se ha defendido mejor que en España, lo que se debe a que allí donde acababa el vascuence o eusquera, empezaba el bearnés, que servía así como de cojinete entre aquél y la lengua oficial, que es la invasora, mientras que en España el eusquera se pone en contacto y conflicto inmediato con el español oficial.
Siguiendo el Pirineo de occidente a oriente, vienen de un lado y de otro dialectos no oficiales: de este lado español el cheso, hablado en Echo, valle de Ansó, y luego el benasqués y otros dialectos alto-aragoneses, para entrar en seguida en la región del catalán, hasta el otro extremo de la frontera, y del lado francés háblanse también dialectos: bearnés, gascón y por último catalán, en el Rosellón. Y por cierto que mientras aquí, en España, piden los catalanes-españoles la oficialidad y la obligatoriedad para todo funcionario público que allí ejerza, de su lengua catalana, jamás se les ha ocurrido, que sepamos, pedir una cosa análoga a los catalanes-franceses. A los voluntarios catalanes que han luchado por Francia, no por Cataluña, en las trincheras, se les ha hecho firmar un documento en que piden la soberanía de su Cataluña, en que va como esencial y primordial atributo el de dar la enseñanza pública en catalán; pero si al mariscal Joffre, que es de Rivesaltes, en el Rosellón, donde se habla catalán, se le pidiese que firmara un documento pidiendo a la República Francesa que en su ciudad natal se enseñe en las escuelas en catalán, y el francés como accesorio, ¿qué diría?
El Pirineo es, sin duda, una barrera entre España y Francia, pero lo es mucho mayor esa zona de lenguajes regionales que los separa. Y donde ella se ha adelgazado o debilitado más, la comprensión mutua y la semejanza son mayores. San Sebastián tiene mucho más de francés que Gerona, y Bayona tiene mucho más de español que Perpiñán. Sin que esto quiera decir que Gerona sea más española que San Sebastián o que Perpiñán ser más francés que Bayona.
¿Conseguirán los catalanes, si logran la absoluta autonomía integral, la soberanía de Cataluña que ahora exigen a España, suscitar, llevados de un imperialismo lingüístico, el renacimiento del catalán en el Rosellón francés? Porque en el Rosellón, en la Cataluña francesa, no se siente esas ansias de personalidad colectiva diferencial, a base de una lengua privativa que se siente en la Cataluña española. El catalán francés, como el provenzal y el languedociano, sabe expresar y verter su personalidad toda y la de su región en el más puro francés de Francia. No es Mistral más provenzal que Daudet, por ejemplo. Y es que la revolución, sacudida liberal, si es que no también democrática, unificó los espíritus. La democracia podrá alguna vez despertar y mantener esas diferencias, pero el liberalismo y la libertad misma las borran. Y la democracia no es necesariamente liberal. Puede muy bien ser reaccionaría y esclavista. ¿No eran acaso los secesionistas de los estados del sur de Norte América tan demócratas como los del norte?
No les faltan, en efecto, a nuestros catalanes pujos imperialistas en cuanto al idioma. Pretenden algunos de ellos reconquistar para el catalán los pueblos que está perdiendo o que ha perdido ya. Entre ellos el de Valencia.
El valenciano de hoy es al catalán algo así como el gallego al portugués. (La lengua, quiero decir). El valenciano es un catalán despotencializado y pronunciado bastante a la castellana, así como el gallego ha perdido casi toda la fonética portuguesa para acercarse a la castellana.
En Valencia se habló antaño catalán lo mismo que en Barcelona. El empeño de algunos valencianistas de distinguir el antiguo lemosín de Valencia del catalán es una puerilidad. La lengua en que escribieron en Valencia el libro de caballerías _Tirant lo Blanch_ mosén Johanot Martorell y mosén Martí Johan de Galba, valencianos, es la misma que la de la _Crónica_, de Ramón Muntaner, que era, por cierto, ciudadano de Valencia--nos lo dice él mismo--y la lengua de las torturadoras poesías de Ausías March, valenciano, es la misma que la de Jordi de Sanjordi, poeta catalán. Hasta el siglo XV nadie distinguirá el valenciano del catalán.
Luego el valenciano fué haciéndose un dialecto rural y de artesanos de la ciudad y no le alcanzó el renacimiento literario catalán de hace casi un siglo. Y hoy la prosa literaria de Valencia es la de las novelas de Blasco Ibáñez y su lenguaje poético es el del dulcísimo Vicente Wenceslao Querol. En las _Rimas_ de éste, que son de lo más exquisito, íntimo, sentido, puro y noble que produjo la lírica castellana, en general tan pobre, árida y verbosa, en el siglo XIX, hay unas pocas, muy pocas, en catalán. En catalán, ¿eh?, no en valenciano; en el catalán literario que restauraron Aribau y Rubio y Ors, no en el valenciano que se habla en la Valencia de Querol, no en la lengua de la casa de éste, no en aquella lengua de que el mismo poeta, en una de sus mejores poesías--¡en castellano claro!--la titulada _Ausente_, en que canta a su Valencia, decía: Canción de amor en el materno idioma por los senderos, cuando el alba asoma...Cuando Querol quiso cantar al amor, al amor a novia--en sus _Cartas a María_--, al amor a sus hermanas--_A la memoria de mi hermana Adela, Cartas a mis hermanas_--, al amor filial--_La Nochebuena_--, lo hizo en castellano y no en valenciano, y mucho menos en catalán.
La literatura actual valenciana, en el valenciano que se habla y a las veces en bilingüe, es la de los fresquísimos y saladísimos sainetes de Eduardo Escalante, escritos desde 1861 a 1889. En estos sainetes es