SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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donde hay que ir a buscar el valenciano que habla y entiende el pueblo.

Los personajes hablan ya valenciano, ya español, ya un chapurrado de ambos, ya pretenden hablar español para darse lustre, pero estropeándole, de donde el autor saca efectos cómicos.

En el sainete _Fuchint les bombes_ (Huyendo de las bombas), «Seledonio» tiene con «Martínez» este diálogo: S. ¡Y usté, qu'es de Locairente!--M. ¿Qué quiere desir con eso?--S. Que para darse de lustre--nos habla aquí en extranjero.--M. Yo lo que hablo es l'español--qu'es lengua que da respecto--y estuví pa ser marqués...», y «Seledonio» acaba diciendo: «Y a parlar en valensiá--la lengua dels meus agüelos». Martínez se queja otra vez de que su mujer, Genoveva, esté hablando siempre «valensiano» y a Manuela, que llama a un chico Estanislaro, le corrige: «Pero, ¡qué valensianota!--dí...Estanislado». En otro sainete--_Les chiques del entresuelo_ (que no hay que traducir), Ramona dice a Pura, su hermana: «Parlenli en castellá; may se donen importancia». En _Cheroni y Riteta_ a un pedantuelo que dice de una que no se muestra «artica» a su amor, le dice Miguel: «Con el valensiá--no'l usa molt, la paraula--la té mes espeletiva--en castellano». Es decir, que usan del valenciano «en us de la otoromia...» o autonomía, como dice Mariano en _La Chala_, y por ser su lengua propia, pero así como Escalante escribió en él sus sainetes, a ningún valenciano se le ha ocurrido aún, que yo sepa, escribir tragedia o drama en él. Y es que si pariera un drama en valenciano, el público estaría esperando cuándo salía el chiste y no acabaría por tomarlo en serio. Hasta que no le eduquen a ello...Por todo esto, cuando Cambó, el «leader catalanista», fué a Valencia a una sociedad popular y se puso a hablar en ella en catalán, le silbaron sin dejarle continuar. No les hablaba en valenciano, sino en catalán, y los valencianos de hoy, del pueblo, no entienden mejor el catalán que el castellano o español. Y es que el acto aquel de Cambó les pareció un acto de imperialismo; iba a reconquistarlos. Y en Valencia, que es más mercantil que industrial, saben que si se puede producir en valenciano o en catalán, no se puede vender en ellos, sino en español o en francés.

¿Tendrán por esto los valencianos menos personalidad nacional que los catalanes? ¿Tiene cualquier novelista catalán más acusada su personalidad de casta que la tiene Blasco Ibáñez? ¿Sería _La Barraca_ más valenciana si estuviese escrita en la lengua que hablan los huertanos de Valencia? ¿O es que en Aragón, para recobrar su personalidad, suponiendo que la hayan perdido, van a restaurar el cheso o el benasqués o el grausino o el estadillano? No escribió en grausino Joaquín Costa siendo de Graus. Y es que la personalidad, más que en un lenguaje, se manifiesta en el modo de manejar el que sea y de servirse de él. La personalidad espiritual de mi nativo país vasco no hay que ir a buscarla en ningún escritor en vascuence, sino en vascos que hayan escrito en español o en francés. Y el mismo Sabino de Arana, el padre del nacionalismo vasco, del llamado bizkaitarrismo más bien, hizo su labor toda en español, que fué su lengua materna, aquélla que aprendió en la cuna, aquélla en que rezaba y pensaba y sentía. Porque en vascuence, que lo aprendió siendo ya adulto, y por un esfuerzo de voluntad rebelde, no logró nunca llegar a pensar ni sentir. Y de aquí que inició esa fatídica tarea de forjar una lengua artificial, de alambique y gabinete, a base de vascuence, una jerga política de que han salido tan donosos disparates como llamarle _Euzkadi_ a lo que siempre se le llamó en vascuence Euscalerria y en español Vasconia.

Salamanca, febrero de 1919.

CAMINO DE YUSTE Hace ya cerca de doce años, en junio de 1908, había visitado las ruinas del monasterio de Yuste, donde pasó los últimos años de su vida--y donde estuvo trece más su cuerpo--Carlos de Habsburgo, emperador, quinto de su nombre, de Alemania, y primero de él como rey de España, hijo de la Loca de Castilla y del Hermoso de Alemania, nieto de nuestros reyes católicos, Fernando e Isabel, y del emperador Maximiliano de Austria. Con él empezó en España la casa de los Austria, de los Habsburgo más bien, que torció el fruto del descubrimiento de Colón y de las conquistas de Cortés y de Pizarro, ligándonos a la política imperial austríaca y a la obra de la contra-reforma.

Recordaba muy bien mi primera visita a la fragosa soledad de Yuste, en las estribaciones de Gredos, espinazo de Iberia, y el sentimiento de eternidad, de serena eternidad, hecha de roca y de cielo desnudos, que me invadió cuando estuve sentado en la misma terraza donde recibió el gran césar hispano-germánico la última llamada. Esa visita fué antes de esta gran guerra, y quería, devoto peregrino de la historia, volver a verme ceñido del silencio serrano, todo él repleto de recuerdos, ahora en que parece que, por la gracia de Dios, los Habsburgos se han apeado para siempre de su trono.

Atraíanme la desnudez misma y la pobreza de Yuste, que siempre, hasta cuando en él se refugió el emperador, fué uno de los más pobres monasterios de los jerónimos, que los tenían suntuosos y magníficos y no muy lejos de allí el de Guadalupe. Pero Carlos quiso retiro, verdadero retiro, y Yuste lo es. ¿O acaso se lo escogió su hijo para tenerle allí más a seguro de cualesquiera veleidades de volver a la gobernación de sus estados?

Esta vez fuí a Yuste por otro camino que hace doce años. Fuí desde la ciudad de Plasencia, que guarda en su recinto un aire espiritual de tiempos imperiales. Era día de carnaval y de concentración de mozos para ir al servicio militar. Las calles y callejas, a las que a trechos se abre el portón de una vieja casona solariega, resonaban de cantos forzados, de una alegría de disfraz. Era la máscara de la alegría, no sin algo de vino. Y la ciudad, ceñida en gran parte por sus murallas, con sus redondos torreones, que hoy son miradores al campo, se nos ofreció al sol de un invierno primaveral. Y en la amplia media catedral--porque la de Plasencia no es más que una mitad de la que debió haber sido--resonaba el viejo culto. Y aún se acurruca un resto de la primitiva, un cimborrio bizantino, testigo de lo más antiguo de la ciudad.

Salimos en coche de ella, y cruzando el Jerte emprendimos viaje a Jaraiz, ya en la Vera de Plasencia, en las soleadas faldas meridionales de la gran sierra de Gredos. Esta Vera de Plasencia ha estado siempre muy apartada de las grandes rutas de España, y últimamente más aún que en los tiempos en que fué Carlos I a esconder en ella el ocaso de su majestad imperial. Porque a ciertas regiones, y más de sierra, las carreteras primero, con sus diligencias y postas, los ferrocarriles después, las han aislado más que estaban. Cuando casi todos eran caminos de herradura, a través de fragosidades serranas, no pocos trechos o calzadas, tal vez romanas, que seguían los más a pie, algunos a caballo o con mula, y tal cual en silla de manos, como el emperador fué llevado a Yuste, no había diferencia de recorrer unos u otros. Y así, en aquella bendita Edad Media, la gente viajaba más que ahora viaja y pasaba por sitios que hoy nos resultan retirados, remotos y casi inaccesibles.

En cierto sentido entonces, cuando era más lento el viajar, se viajaba más de verdad, se recorría más de veras el camino. El romero o peregrino medioeval conocía mucho mejor el país porque viajaba más que un turista moderno. Hoy cabe atravesar toda una nación dormido y sin conocer ni una sola palabra de la lengua que en ella se hable.

Hoy el camino es un puro medio y se va a devorarlo o suprimirlo en lo posible, atento al fin del viaje. Fin que tampoco suele importar mucho. Entonces, lo interesante, lo vivo, era el camino. La vida misma era un camino que se recorría a pie y gozándose en cada posada. Los reyes mismos eran reyes andariegos. Y nunca ha habido acaso una edad más universal, de más activo comercio de espíritu entre los diferentes pueblos que lo fué la Edad Media. Las leyendas recorrían, a pie y de boca en boca, Europa entera. Y la civilización, una civilización eclesiástica y clerical, se colaba por todas partes. Han sido las grandes rutas, los caminos que han suprimido las distancias, y con las distancias el goce reposado de los pasos comedidos y contemplativos, los que han aislado a ciertas regiones y hasta las han vuelto salvajes.

Una leyenda como aquella terrible de la Serrana de la Vera--tan tratada por nuestros dramaturgos clásicos, y de la que hizo su famoso drama Vélez de Guevara--, una leyenda, como la de aquella brava moza deshonrada que capitanea una banda de forajidos, se guarece en una cueva, no lejos de Yuste, sorprende a ricos caminantes, goza de ellos y luego los mata; una leyenda así sólo pudo nacer cuando estas fragosidades, por el drenaje de las grandes rutas, perdieron su sociabilidad primitiva y algo paradisíaca. Han sido los caminos los que han hecho no pocos desiertos.

Es Jaraiz el poblado mayor de la Vera de Plasencia, una villa serrana de unos 4.000 habitantes. Su caserío presenta el aspecto pintoresco de las poblaciones de sierra en el interior de España. Las casas, de trabazón de madera, con sus aleros voladizos, sus salientes y entrantes, las líneas y contornos que a cada paso rompen el perfil de la calleja, dan la sensación de algo orgánico y no mecánico, de algo que se ha hecho por sí, no que lo haya hecho el hombre. La calleja se retuerce y no se ve de un extremo a otro. No es un canal de curso recto: es más bien como el cauce de un río que fuera culebreando. Y se siente la intimidad de la sombra. De una casa pueden cuchichear con los de la casa de enfrente. Diríase una sola vivienda.

La vida de la villa discurre también lenta y retirada. No se celebran elecciones municipales, sino que reuniéndose los ex alcaldes sortean, de un número de vecinos de cada clase social, el alcalde y dos tenientes de alcalde, que a su vez nombran los concejales. Y como es una carga, una verdadera carga, nadie la busca, pero nadie la puede rehusar. Y siendo un municipio pobre jamás se entrampa, porque el vecindario no es pobre y anticipa a aquél cuanto necesite. En estos años se han enriquecido bastante con la venta del pimentón.

Hay pocos, muy pocos, poquísimos jornaleros en Jaraiz; los más de los que trabajan el campo son o pequeños propietarios o aparceros. A éstos el dueño de la tierra les presta ésta y las semillas y abonos y aperos y el capital previo que necesitan, y parten luego por mitades el fruto. Y como el aparcero aspira a ahorrar para comprarse una pequeña propiedad, un pegujal, y el pegujalero aspira a ensanchar el suyo, de aquí el profundo sentir anti socialista de esa gente.

Porque nuestra gente de campo podrá soñar en el reparto de las tierras, en su despedazamiento, pero no en cultivo colectivo, ni menos en régimen comunista. El campesino es radicalmente individualista.

Y el pequeño propietario o el aparcero o colono que aspira a serlo defiende el régimen de la propiedad privada, del coto, del cercado, con más ahinco aún que el gran propietario. Antes transigirá con el colectivismo agrario un gran latifundiario, que no el dueño de una pequeña cortina, a la que le saca lo que un bracero saca al trabajo asalariado de sus brazos. Y es que en el campo los pobres son mucho más conservadores que los ricos. El socialismo colectivista y el comunismo nacieron en las ciudades y sólo pueden prender en el campo cuando se industrializa el cultivo de éste, cuando se hace del campo una dependencia de la ciudad. Y allí, en aquella región extremeña, surgen movimientos agrarios con sentido, aunque muy vago, socialista, donde hay grandes dehesas, propiedades latifundiarias, jornaleros. Y aun allí, más con vista al reparto que no al comunismo.

El lunes de carnaval salimos de Jaraiz para Yuste, haciendo a caballo esta parte del viaje. En el carnaval callejero de Jaraiz se conocía que el dinero no escasea por allí.

Salamanca, marzo de 1920.

EN YUSTE Uno de los más grandes escritores con que cuenta España--y en el respecto de la lengua si otros le igualan no se puede decir que haya quien le supere--es el P. Fr. José de Sigüenza, de la orden, hoy en España extinguida, de los Jerónimos, que en el año último del siglo XVI publicó, estando en El Escorial, su _Historia de la orden de San Jerónimo_, libre de las pedanterías estilísticas y lingüísticas del siglo XVII, y que es una de las obras en que más sereno, más llano, más comedido, más recogido y más grave y más castizo discurre nuestro romance castellano. Los capítulos 37, 38, 39 y 40 de la tercera parte son los que tratan de la vida y muerte que hizo en Yuste el emperador Carlos V, y a ellos hay que acudir.

La lengua y el estilo de este relato casan a maravilla con el paisaje que hoy nos ofrece la comarca de Yuste. En aquellas fragosidades pedregosas donde se dan los más dulces frutos, donde el tomillo y la jara aroman a los berruecos, donde parece que el campo es música de armonio monacal y que vuela sobre los pliegues de la sierra, alas al suelo, el canto solemne y litúrgico de los salmos penitenciales, se respira aire del siglo XVI español. El campo nos habla en la misma lengua grave, reposada y purísima del P. Sigüenza. Difícil seria encontrar en España un paisaje más castizamente español y español quincentista. Oscuros pensamientos de eternidad parecen brotar de la tierra...El P. Sigüenza nos cuenta cómo se le dispusieron al emperador los aposentos que había de habitar en Yuste, según la traza que había enviado desde Flandes, todo ello muy pobre, como se ve hoy en lo que queda.

«Está plantado al medio medio--dice el historiador jeronimiano--en respeto de la Iglesia que le haze espaldas al Norte y a la parte de la huerta, donde se descubre una larga y hermosa vista. Lo principal de toda la fábrica son ocho pieças, o quadras de a veynte pies poco más o menos en ancho y veynte y cinco en largo. Las quatro pieças están a la huella y casi al mismo andar del claustro baxo y las otras quatro responden puntualmente debaxo dellas, porque como la casa está levantada en la ladera de una cuesta muy alta, el edificio va cayendo como por sus poyos. Estas quatro pieças ansí altas como baxas, las dividen dos tránsitos o callejones que van de Oriente a Poniente: el alto sale a una plaça con un colgadizo grande al Poniente, adornado de muchas flores y diversidad de naranjos, cidros, limones y una fuente bien labrada. El baxo a la huerta y a lo que cae debaxo desta plaça, o colgadizo que se substenta sobre columnas de piedra, y pilares de ladrillo. Las pieças tienen sus chimeneas en buena proporción puestas, y sin esto una estufa a la parte de Oriente donde también ay otro jardín y fuente, de mucha veriedad de flores y plantas singulares buscadas con cuydado. Escaleras para subir al Coro y baxar a los aposentos, bien traçadas; y al fin rodeado de naranjos y cidros, que se lançan por las mismas ventanas de las quadras, alegrándolo con olor, color y verdura. Esta es la celda de aquel gran monarca Carlos quinto, para religioso harto espaciosa, para quien tanto abarcara pequeña».

No ya pequeña, mezquina era, por lo que hoy se ve de ella, la que el P. Sigüenza llama celda del emperador. El cuarto en que dormía, y en el que se abre una puertecilla al altar mayor de la iglesia, para que pudiese oir misa desde la cama, es sombrío. No recibe luz más que de un pequeño balcón. Hay otro aposento cuyo balconcillo da cerca de un estanque, del que se dice llegaba entonces hasta el pie mismo del balconcillo y que desde éste podía el emperador pescar en aquél, es de suponer que no más que tencas, como no le llevaran otros peces para que los pescase.

Lo más hermoso es el colgadizo, o terraza, sentado en el cual fundía el césar hispano germánico sus recuerdos de conquistas--y conquistas de todas clases--en la solemne paz sedante de aquel campo que habla de paz y de reposo. Aún se alza, allí cerca, abrigado al arrimo de la iglesia, uno de los naranjos. Mientras yo me sumía, sentado en el colgadizo, en los recuerdos de aquella España imperial y monástica, la lluvia cantaba en el floraje de los naranjos y lavaba con agua del cielo sus pomas de oro. Cuchicheaba también en el estanque. Y como siempre encontraba yo no sé qué misterio, qué místico agüero, en el gotear de la lluvia en la sobre haz de las aguas sosegadas. ¡Sentir llover sobre una laguna!

Llovían los recuerdos de gloria y de infamia, de lucha y de paz, de vida y de muerte, sobre el lago del pensamiento de la eternidad quieta. Una docena de años más de los tres siglos y medio hace desde que, valiéndonos de palabras del P. Sigüenza: «diziendo Jesús a la tercera salió aquella alma tan pía y tan catholica del cuerpo a las dos y poco más de la noche, miércoles día de San Matheo, año de mil quinientos y cincuenta y ocho, aviendo estado dos años menos quinze días aparejándose para este punto, retirado del mundo, renunciados los estados y todo género de negocios terrenos, tratando sólo los de su alma», y en los últimos seis años de estos poco más que tres siglos y medio, después que visité la otra vez el retiro de Yuste, hase hundido el imperio de los Austrias. Acaso no queda ya de él, como la ruina del monasterio de Yuste, más que el trono de España, que aunque de Borbón titular, ha vuelto a ser de Habsburgo y en espíritu más que Borbón.

La corona de España, de esta España de Juana la Loca, es ya lo único habsburgiano que queda entren los dinastas de la tierra.

Del colgadizo o terraza se baja por una gran rampa. Por ésta podía bajar y subir a caballo el emperador, que apenas si se paseaba a pie en los dos años últimos de su vida.

Cerca de Yuste está el pueblecito de Cuacos, un lugarejo cercano, que se ha hecho famoso por las molestias que dicen proporcionaron sus vecinos al emperador. «El lugar de Quacos--escribe el P. Sigüenza--que es el más cercano al convento participava más destos favores como más vezino a la fuente y ellos sabían conocerlo harto mal, porque es gente alguna de ella de baxos respetos, desagradecida, interessada, bruta, maliciosa». Y más adelante agrega: «Podranse alabar los de Quacos que vencieron ellos la paciencia y clemencia del César, lo que no pudieron hazer muy valientes y fuertes enemigos, tanto fué su descomedimiento».

Por nuestra parte cuando hace doce años visitamos por primera vez Yuste hicimos noche en Quacos, gozando de una sencilla pero muy cordial hospitalidad lugareña y en esta vez ni nos apeamos del caballo el breve rato que en los soportales de su plaza aguardamos al guía que hubo de acompañarnos al monasterio. Pero la mala fama de Cuacos sigue en toda la comarca.

¡Qué regreso, al dejar, con la pena de aquél a quien le despiertan de un sueño sosegado, el reposadero imperial! Allí quedaba la caja de madera, hoy vacía, en que estuvo el cuerpo del césar hispano-germánico hasta que lo llevaron al feísimo y protocolario panteón del Escorial, a aquella especie de archivo de cuerpos de reyes, guardados éstos, como en un almacén, en una especie de cofres que parecen grandes soperas.

Mientras volvíamos de Yuste a caballo, silenciosos todos, iba cayendo el día en la noche y la lluvia nos envolvía y nos aislaba a cada uno de los peregrinos. Cubierto con la capucha de mi impermeable, protegido por las perneras, dejaba a mi caballería que se buscase un sendero y no podía apartar mi imaginación de aquella caja de madera, hoy vacía, en que el cuerpo de Carlos V de Alemania y I de España empezó a hacerse polvo mientras su espíritu acaso caía como una gota de lluvia en la inmensa laguna sin fondo y sin orillas de la eternidad de la historia.

Salamanca, marzo de 1920.

EN PALENCIA ¡Pasando estos días de bochorno del aire--¡qué charca, y no ola, de calor!--y de bochorno del alma nacional--aquí otra charca--en esta antigua pero no vieja ciudad de Palencia, la «Pallantia» de los romanos, que dicen los eruditos, porque váyase a saber...! Dicen por aquí que con frecuencia aparecen en excavaciones restos romanos e ibéricos, pero no queda edificio alguno entero de aquella época. A lo más, algunos cimientos. Pero los cimientos romanos se encuentran por dondequiera en España, cuya lengua es tan romana como la de Italia y en el léxico más. En el vocabulario italiano hay, en efecto, más elemento extrarromano que en el español.

Nombres, sí, quedan más que piedras. Se llama los «hornagones» en las laderas de estos cerros donde empieza el páramo, a los restos de termas de patricios romanos: hay el pago de Santa María de las Vestales y hay el pago del Bosque en un terrible descampado donde hubo un «lucus», un bosque sagrado romano. Y como han vuelto a traer agua, a alumbrar acequias, vuelve a verdear en árboles y hierbas el desierto de siglos, vuelve la vida.

Es como un oasis el contorno de esta ciudad de Palencia, un oasis en medio del trágico desierto de la Tierra de Campos, de los Campos Góticos. Las aguas del Carrión, del dulce río claro que abriéndose en dos brazos abraza aquí, junto a Palencia, a una isla; las aguas del Carrión y las del canal han hecho estas huertas íntimas y frescas, donde aflora la dulce ternura castellana, esa ternura que suele brotar de las rocas. ¿No saca acaso la sandía su dulce jugo y refrescante de las abrasadas tierras de secano? Y en estos días de terrible bochorno...Allá, en aquella línea derecha que corona esos calizos escarpes, empieza el páramo, el terrible páramo, el que se ve, como un mar trágico y petrificado, desde la calva cima del Cristo del Otero.

¡El páramo! En él se ha vendido una hectárea de terreno por seis duros--¡treinta pesetas!--y para aprovechar no más que una cosecha. El milagro de Sara, la mujer de Abraham. ¡El páramo! ¡Y qué áspera poesía la que inspira! Leed los libros de Julio Senador Gómez, notario de Frómista, hoy vecino de esta ciudad de Palencia--¡y qué rato el que el otro día pasamos en su casa, donde le retienen sus achaques!--; canción del Duero_, y veréis cuánto de áspera poesía profética, jeremíaca, apocalíptica, contiene la obra de este hombre trágico y vasto y lisiado como el páramo. Al borde del desierto han brotado los más jugosos, los más fuertes cantos de la eternidad del alma. Ni hay agua como el agua profunda, soterraña, del desierto.

Hay frescura y ternura en estas huertas que bordean el Carrión, al pie del páramo trágico, y hay frescura y ternura a la sombra de la catedral gótica de esta ciudad palentina. Respiré el otro día al entrar en ella.

Era un islote de frescor. Y frescor y ternura de siglos se exhalaba de aquellas tablas pintadas por flamencos en nuestro tiempo del oro. La catedral toda, el trascoro en especial, es de una frescura sencilla y tierna y clara. Aquellas manos de Nuestra Señora de la Compasión y de San Juan, que la protege, son frutos de frescura también. Traen invisible agua del cielo a quien las contempla.

La catedral, manadero de frescura del espíritu, fué el alma de esta ciudad episcopal y condal de consuno. Y lo decimos porque el obispo de Palencia es, por serlo, conde de Pernia; a la mitra va aneja, como en Coimbra, una corona condal. El caudillo eclesiástico lo era a la vez civil o más bien feudal. Lo que quiere decir que la Iglesia se había civilizado. Y ello arranca de fondo romano.

Y ved qué cosa más fresca y más clara la torre de la iglesia de San Miguel, con sus grandes ventanales góticos que dejan ver el cielo a través de ella. Una verdadera aguja gigantesca, con su ojo abierto a un cielo claro, el ojo de la aguja por donde pasa el camello que ha peregrinado por el páramo muerto de sed. Más muerto de sed el páramo mismo que él, que el camello.

Pero vayamos a la iglesia de Santa Clara, a la del trágico Cristo de tierra. Es la iglesia de la leyenda de Margarita la Tornera, que conocéis siquiera por el poema de Zorrilla, donde la Virgen hizo de tornera, mientras la que lo era del convento se fué a correr tierras en brazos de un tenorio. Y al volver las monjas, sus compañeras, no se habían percatado de su ausencia. Y allí está, amado por las pobres clarisas del legendario convento de la tornera, el «Cristo formidable de esta tierra», como le llamamos en un poema hace siete años, cuando nuestra otra visita a esta ciudad.

Aquí se dice por muchos que el Cristo yacente de Santa Clara es una momia, pero parece ser más bien un maniquí de madera, articulado, recubierto de piel y pintado. Con pelo natural y grumos de almazarrón en el que fingen cuajarones de sangre. La boca entreabierta, negra por dentro y no todos los dientes. Los pies con los dedos encorvados.

Y ahora permitidme que reproduzca aquí una parte de mi poema de la parte descriptiva: «Cierra los dulces ojos con que el otro--desnudó el corazón a Magdalena,--y hacia dentro de sí mirando ciego--ve las negruras de su gusanera...--No es este Cristo el verbo--que se encarnara en carne vividera,--este Cristo es la gana, la real gana--que se ha enterrado en tierra,--una escurraja de hombre troglodítico--con la desnuda voluntad, que ciega--volviéndose a la nada,--se ha vuelto tierra...--Este Cristo español que no ha vivido,--negro cual el mantillo de la tierra--yace, cual la llanura, horizontal, tendido,--sin alma y sin espera,--con los ojos cerrados cara al cielo,--avaro en lluvia y que los panes quema;--y aun con sus negros pies de garra de águila--querer parece aprisionar la tierra». Y acababa el poema: «Porque este Cristo de mi tierra es tierra,--carne que no palpita,--tierra, tierra, tierra;--mojama recostrada con la sangre,--tierra, tierra, tierra, tierra...». Y fué cierto remordimiento de haber hecho aquel feroz poema--lo hice en esta misma ciudad de Palencia, y en dos días--lo que me hizo emprender la obra más humana de mi poema _El Cristo de Velázquez_, el que publiqué este año.

El Cristo de Santa Clara, el que muchos creen momia, el que ha venido a descansar en manos de las pobres clarisas del convento de Margarita la tornera--la que huyó por sed de maternidad--en este oasis de Palencia, en las frescas riberas del riente Carrión, es el Cristo del Páramo. El Páramo es una escombrera: escombrera del cielo. En días de terrible bochorno, como estos que estamos pasando, las piedras de encima del cielo han ido dejando caer su polvo a que se pose en este suelo. Y no el agua.

Piedras de rayo llaman por todas estas tierras a las hachas prehistóricas, del hombre pre-humano, que a las veces se encuentran en su suelo. Y aquí cerca, en las faldas del Otero, se han encontrado restos paleontológicos, entre ellos una gran tortuga fósil.

Sobre tortugas fósiles de otro género están cimentadas nuestras ciudades cuando ellas mismas no son ya tortugas fósiles. Pero por entre los tapiales de adobes o de barro de los corralillos de las casucas polvorientas y desde su origen ruinosas--hay ruinas de nacimiento--de sus arrabales asoman arbolillos como enjaulados, las hojas empolvadas de alguna higuera doméstica o alguna flor. Y una flor castellana es algo de que no hay idea en los pueblos de ubérrimos jardines. Es la flor del desierto.

Aquí, en Palencia, empezaron los estudios que, trasladados después a Salamanca, de las orillas del Carrión a las del Tormes, llegaron a ser la universidad más célebre, en su tiempo, de España, la de los teólogos y canonistas. Queda en esta ciudad un nombre, el de la calle de los Estudios. El contorno de Salamanca, tierra de dehesas, de encinares, de terreno ondulado, no es tan trágico como el de esta ciudad. Allí no hay páramo cerca. La Armuña--en árabe «almunia» es jardín o huerto--es llanura que en primavera ríe de verdor y en verano se dora con las espigas. ¡Pero la grandeza solemne de estos trágicos campos góticos!

Palencia, agosto de 1921.

EN AGUILAR DE CAMPÓO En la antigua villa de Aguilar de Campóo, entre ruinas, en esta Castilla en escombros que dijo Senador Gómez, como peregrinos de la historia y de la patria. Hace muchos años, recorriendo con unos amigos alderredores de nuestro Bilbao, un aldeano decía a otro señalándonos: «Éstos, ¿de minas o de aguas...?» y el interpelado, que nos conocía, contestó: «¿Éstos? ¡no! a ver «náa» más; «inosentes». Y así en Aguilar de Campóo, inocentemente, a ver nada más. A ver, a vivir, a morir, a revivir y también a remorir. A apacentar nuestras desesperadas esperanzas entre ruinas.

Por dondequiera escudos heráldicos, muchos en ruinas, de casas y ruinas de nobleza. Aquí, como empresa del escudo: «Qui la sierpe mató con la infanta casó» y un águila sobre un árbol mirando la matanza de la sierpe. Pero la mataron matándole el pasto, matando la tierra y ahora ¡pobre de la infanta! Allí: «Ceballos para vencellos ardid es de caballeros». Sí, se ha cebado de dinero a los moros peligrosos, ¿pero «vencellos»? Más allá: «Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte». Si en nuestra muerte de hoy, si en esta trágica modorra, si en este acorchamiento del ánimo patrio quedase alguna vida...¿Pero dónde está?

En los soportales de la plaza de Aguilar de Campóo se lee: «Café siglo XX». Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero eso es de siglo? Todo un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el Pisuerga allí cerca, la historia. Cuando resbala...Allí, al socallo, se duerme la vida y alguna vez se la sueña. Pero es el sueño de siempre, el mismo cada vez. ¿Vez? No hay más que una, el rato inmóvil.

«Es un sosiego hediondo, como el del agua corrompida», dice en uno de sus libros Senador Gómez.

Las ruinas del castillo de Aguilar, entre ruinas de montes. Y no se distinguen las unas de las otras. Diríase que son ruinas de castillos, de castillos de esta Castilla leonesa, aquellos atormentados monolitos, que remedan fábricas arquitectónicas, de la cumbre de las Tuerces, donde un tiempo ramoneaba el ganado entre matorrales y hoy el tasugo (tejón) pasta macucas hozándolas. Del pelo del tasugo se hace brochas para enjabonar la cara al que se afeita y de su piel colleras de lujo para colgar esquilones al ganado...¡una industria!

¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fué de premostratenses! ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones, piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre sobre verdura el agua clara que baja de los riscos calizos. Y las ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia. ¿Ciencia? Y del mismo modo va yendo España toda al museo. Y un museo es el más terrible de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto. Y luego ruinas de cementerio, ruinas de tumba.

Allí, junto a las ruinas de Santa María la Real, carretera por medio, en las escarpadas laderas del risco una cueva y en ella una laude, la tapadera de un sepulcro, donde dice: «Aquí yace sepultado el noble y esforzado caballero Bernardo del Carpio», etc. Probablemente una superchería. Que es otra forma de ruinas. Porque las supercherías y las leyendas en piedra, suelen ser ruinas; ruinas de historia, piezas de museo.

Casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico Santiago--embuste de Compostela--en cuyo día se esperó este año...¡otra superchería!--. Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras, señor, de mentiras. Y a lo mejor--que es lo peor--cree en ellas alguien, señor, las cree...¡el muy frívolo! Y esto no tiene remedio...Sentados al socallo, allá en lo alto de las Tuerces, al abrigo de una roca saliente, a este rico sol, henchíamos nuestra mirada con aquella desolación que nos ceñía en redondo--golpes de verdura al borde del agua que corre en el fondo del valle--y entre aquellas ronchas de lo que fué monte y es hoy desierto veíamos a la patria rezumando pus y sangraza por entre agrietadas costras de cicatrices.

¿Quedan entre estas ruinas hombres? ¿Queda en los arruinados hombres hombría? Y pensábamos en esa simbólica sandía, fruto de secano, que saca dulce jugo, frescor de agua entrañada, de la reseca roca. Hay agua en el fondo, en el cogollo del corazón rocoso. Y hasta una ruina puede ser una esperanza.

Pero hay que libertarse del museo; hay que sacudirse del ensalmo de las piezas del museo. Como el testamento de Isabel la Católica, por ejemplo. Nuestras leyendas mismas ya no viven, no hay en ellas vida en la muerte; son ruinas de leyendas, piezas de museo. El troglodítico tradicionalismo español huele a museo donde no entra ni el sol ni el aire. La guerra de África que hizo don Pedro Antonio de Alarcón, v.

gr., no es ya ni leyenda; es cosa de erudición literaria, pronto cosa de archivo.

Y esta España arruinada, entre ruinas de leyendas, mandada recoger para el museo, ¿va a arruinarse más aún, arruinando a Marruecos? ¿Pretenderá luego conquistar el Sahara? ¿Fundar allí un imperio sin hombres?

«Belar se deve la vida de tal suerte que quede vida en la muerte», dice Aguilar de Campóo.

FRENTE A ÁVILA En esto se nos apareció Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Santa Teresa de Jesús, la ciudad murada. (Nuestros lectores argentinos la conocerán, si no por otra cosa, por la novela de E. Rodríguez Larreta _La gloria de D. Ramiro_ y acaso por alguna reproducción del retrato que de él hizo Zuloaga y en que aparece como fondo la maravillosa ciudad castellana, la de los castillos que son los torreones o cubos de sus murallas). Se nos apareció Ávila, según a ella íbamos por la carretera que la une con Salamanca, y se nos apareció encendida por el rojo fulgor del ocaso del sol que abermejaba sus murallas, en una rotura de un día aborrascado.

El ceñidor de las murallas de la ciudad subía a nuestros ojos; a un lado de él, fuera del recinto de la urbe la severa fábrica de la basílica de San Vicente, y en lo alto, dominando a Ávila, la torre cuadrada y mocha de la catedral. Y todo ello parecía una casa, una sola casa, Ávila la Casa.

Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante.

Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles. ¿Cuántos?

«¿De qué época datan estas murallas?»--nos preguntó uno de los que nos acompañaba en el auto cuando surgió a nuestra vista la claridad de Ávila.

No supimos contestarle. Además esas murallas datan de muchas épocas. ¡Y no queríamos pensar en tiempo; queríamos, más bien, olvidar el tiempo; íbamos a Ávila a olvidar el tiempo, o mejor dicho, a matarlo! Y matar el tiempo es resucitarlo.

No hace mucho leíamos en una revista argentina esta pregunta que se les hacía a algunas personas: «¿En qué época quisiera usted haber vivido?». Cada cual respondía según sus aficiones y alguno contestó que de aquí a diez años. Nosotros contestaríamos que en todas las épocas. Y mirando a Ávila ceñida por sus murallas, pensábamos vivir en todas las épocas, fuera de tiempo, desde la edad troglodítica hasta la otra edad troglodítica, la que ha de volver para el linaje humano.