SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

Page 12 of 13

¿Conoce el lector el terrible canto de Carducci _Sobre el Monte Mario_ y aquella su visión final del fin del linaje humano? Pero...dejemos esto y volvamos a Ávila.

Una ciudad así, murada y articulada, es una ciudad. Tiene unidad, tiene fisonomía, tiene alma. Londres, en cambio, o Nueva York, no puede ser una ciudad nunca. El que en Londres tenga alma de ciudadano tiene que albergarla en un barrio. Londres no puede ser una casa.

El que esto os dice se sentiría solo y solitario, aislado, en una urbe como la de Londres y aun mucho menor. Hasta en Madrid experimenta la tristeza de la urbe extensa. Es como si se me mandase escribir sobre una mesa puesta en medio de la Galería de Máquinas de París o de la iglesia de San Pedro de Roma. Mejor en medio del campo. En medio del campo, al aire libre, sí, pero no en un tan vasto recinto cubierto. En una choza sí, sintiendo cerca el recinto, bien ceñido.

Abarcábamos toda Ávila de una sola mirada y comprendimos lo que se puede querer a una ciudad así y cómo puede ser patria. Atenas fué patria y no lo fué Babilonia. Y Ávila es, además, un convento. Y aun casi la celda de un convento.

Se entra en la ciudad por puertas, pasando bajo un dintel de piedra, como se entra en una casa. A la puerta principal de entrada le flanquean dos robustos torreones, dos cubos de la muralla. Y cuando dentro del recinto murado, en el centro de la ciudad, se encuentra alguna plaza parece que ésta se ensancha en su pequeñez. ¡Esas plazuelas apacibles y sosegadas que se abren dentro del recinto conventual de una eterna--no ya vieja--ciudad castellana! ¡Esas plazuelas por las que han resbalado siglos de instantaneidad cotidiana!

¡Lo cotidiano! Lo de todos los días, lo que fué de los trogloditas prehistóricos y será de los trogloditas posthistóricos, lo de todos los tiempos, eso sólo se gusta y se paladea en estas viejas ciudades. Y veis al mismo mendigo que pintó Velázquez.

¿En qué época quisiera haber vivido? ¡En todas! Cierto que siento predilección por la Edad Media y por la época de la Revolución Francesa, pero todas las edades son medias y en todas hay revolución.

Cuando se nos apareció de pronto Ávila de los Caballeros, hace pocos días, surgiendo de las berroqueñas tierras de Castilla, íbamos meditando en la revolución que está pasando ahora por España. Y en Ávila, como en un espejo histórico, queríamos descubrir nuestro porvenir revolucionario. Sus murallas eran un símbolo.

Nos acercábamos a Ávila y al día 25 de este mes de octubre de 1921.

¿Qué es esta fecha? Nada; una superstición.

UNA OBRA DE ROMANOS Hace cuatro días he vuelto a ver el acueducto de Segovia, esa obra de romanos que es una de las maravillas monumentales de España y uno de sus pocos monumentos de orden civil. Viéndolo se comprende el valor del dicho vulgar: «¡Eso es obra de romanos!», y aquel apelativo que se le dió a Roma llamándole «pueblo rey». Porque es obra de veras regia y verdaderamente popular. Ahora, lo que en ninguno de nuestros viajes a Segovia hemos averiguado es cómo le llama el pueblo. Que de seguro no acueducto. Porque acueducto es un vocablo erudito o culto, cuya forma vulgar es _aguaducho_. Pero _aguaducho_ se le llama a una avenida de aguas, a una inundación, y también, sobre todo en el Mediodía, a un puesto de venta de agua.

Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta. El aguaducho de Segovia tiene algo de un az (no haz) romano armado de todas armas. Y para llevar agua al campamento o a la ciudad.

Hoy no lleva ya agua, lo han jubilado. Lo han jubilado de su función--¡lástima!--para mejor conservarlo como monumento. Pero es fácil que al no sentir sobre su espinazo el riego dulce de las linfas de la sierra empiece a sentirse inválido y decaiga más de prisa. El agua, transportar la cual era su función, ha debido preservarle de la ruina. Porque, ¿qué es lo que ha abatido a tierra, lo que ha aterrado a tantos monumentos? ¿La barbarie de los hombres? Pero los bárbaros suelen ser conservadores. No son ellos los que destruyen lo pasado, sino los que tienen que levantar sobre su suelo el porvenir.

Aquel formidable panfletista que fué Pablo Luis Courier, en su Carta V, escrita en Veretz (Turena) a 12 de noviembre de 1819, escribía: «Los monumentos se conservan donde los hombres han perecido, en Balbek, en Palmira y bajo la ceniza del Vesubio; pero en otras partes la industria, que lo renueva todo, les hace una guerra continua. Roma misma ha destruido sus antiguos edificios y se queja de los bárbaros.

Los Godos y los Vándalos querían conservarlo todo. No ha estado en sus manos el que ella quedara y no sea hoy tal como la encontraron.

Pero a pesar de sus edictos condenando a muerte a quien estropeara las estatuas y los monumentos, todo ha desaparecido, todo ha tomado una forma nueva».

Hoy ya no se lleva el agua por lo alto, cara al cielo, a solearse y airearse y como en brindis a Júpiter; hoy se la lleva por bajo tierra en canales soterraños. Y aquí, como el secular aguaducho de Segovia, obra de romanos, que enmarca el cielo, cede a nueva táctica de ingeniería y, ejército de reserva, más bien de veteranos inválidos, se acerca a la derrota, a la ruina definitiva. ¡Porque ya no lleva agua!

El mismo día en que llegué a Segovia había pasado--y era la segunda vez--por Madrigal de las Altas Torres, «nombre alto, sonoro y significativo», que diría Cervantes. Pero, ¡ay!, que las altas torres de Madrigal de las Altas Torres--las de los cubos de sus murallas--no son ya ni altas ni muchas de ellas torres. Como no defienden nada, como no soportan nada--salvo algún nido de cigüeñas--las han ido dejando aterrarse. Su falta de función las ha arruinado. Que hasta una tumba se mantiene mientras guarda los huesos de su habitante de queda y reposo--¡y no siempre!--, pero si hasta el muerto emigra de ella la tumba se hace ruina. Y la ruina de una tumba es lo más trágico que hay.

Y otras veces se la quiere convertir en cuna. Que si al Cristo recién nacido le acostó su madre en un pesebre, en el comedero de un asno, amigo del pobre y amigo del Redentor, que caballero en él metió en Jerusalén su gloria, a nosotros nos acuestan al nacer no pocas veces en algo como tumbas para brizarnos en ellas el espíritu al eco de leyendas de muertos.

El camino del agua de Segovia, la calzada romana del agua, corre riesgo de arruinarse como se han arruinado en España otras calzadas romanas sobre que peregrinaban los hombres. De la antigua _vía argéntea_, camino de plata, que iba de Mérida a Narbona, queda en esta ciudad de Salamanca una mitad del puente romano. Y si estas arcadas romanas del puente se conservan, es merced al agua sobre que se tienden. El agua que bajo ellas discurre las ha preservado, dándoles función, como el agua que corría sobre las arcadas romanas del aguaducho de Segovia le ha preservado a éste. Y si aún persiste tanto que levantó el pueblo rey, es porque guarda su función, porque lleva o conserva algún género de agua. Como en el derecho mismo.

Las arpas de piedra, como las de oro, acaban por enmudecer y por arruinarse cuando su canto no suena a cosa de entendimiento en los oídos de los hombres; pero los aguaduchos de doctrina corriente, de ideas, y sobre todo de ideas que apagan nuestra sed de justicia, duran más que aquéllas. La _Ilíada_ de Roma es el Código de Justiniano o acaso más bien la Ley de las Doce Tablas. Y el aguaducho de Segovia, obra de romanos, es, a su vez, un código.

PAISAJE TERESIANO EL CAMPO ES UNA METÁFORA I Era en un pueblecito de los consagrados por Santa Teresa de Jesús, en un pueblecito serrano de la provincia de Ávila donde ella pasó, en sus mocedades, una temporada en casa de unos parientes y donde leyó algún libro de edificación piadosa, lectura que le sirvió después, con otras, de cimiento para el edificio de su doctrina. Pero como lo leyó en aquel campo, alternando en su visión las letras del texto con las letras también con que Dios había escrito en el que llamamos libro de la naturaleza, aquel paisaje llegó a formar parte de los cimientos del edificio de su doctrina.

¿Libro de la naturaleza? ¿Libro? No, sino más bien cuadro. Y un cuadro enseña como un libro y aún más y mejor. Desde luego, un cuadro bueno más que un libro malo. ¡Y no por su literatura, no! Los cuadros no son mejores o peores por su literatura, y con razón hablan los pintores con desdén de la pintura literaria. Como la excelencia de una caricatura no está en la leyenda y aun la mejor caricatura es la muda, lo que es como una romanza gráfica sin palabras. No, no, no es lo que llamamos asunto lo que hace el cuadro. Lo que no quiere decir ¡claro! que la pintura no inspire literatura. La inspira la de Velázquez, y Velázquez es un puro pintor. Y aquí mismo veréis cómo un cuadro de Dios, un paisaje castellano, nos ha inspirado, buena o mala, literatura.

Los cerros pedregosos que contemplaba desde Becedas--que está al pie de una elevada sierra--parecíanme escombros caídos del cielo y por donde trepaban verdes rebaños, grupos de encinas y de robles. Y en derredor de aquellos picos de Neila y de Gilbuena era un campo robusto y sonriente. A la hora aquélla y en aquel día el paisaje perdía materialidad pareciendo como un mero revestimiento del espacio. O más bien que era una pintura, pero más al fresco que al óleo, y de todos modos sin barnizado, en que se ve la tela y su trama, el tejido sobre que se había pintado el cuadro, acaso la túnica misma del Señor, que se entretuvo en adornarla con aquellos paisajes. Y se veía los brochazos del Señor, se notaba la huella de su pincel. ¡No era una oleografía, no!

Velaba al cielo como una brumilla de platino. Diríase que el cielo era un lago, el de las aguas de arriba de que habla el primer capítulo del _Génesis_, y que ese lago tenía reflejos de la tierra sobre que se redondeaba.

Al recogerme un momento como para rumiar el pasto de aquella visión, fijéme en un helecho que crecía--¡bien pobremente por cierto!--a mis pies y me imaginé una hormiga al pie de aquel helecho y que éste le pareciera como a nosotros una gigantesca palmera. Aunque esto acaso no sea así, ya que una hormiga puede subir y pasearse por un helecho como nosotros no podemos hacerlo por una palmera. Para un macaco trepador, un árbol colosal ha de ser muy otra cosa que es para nosotros.

Miré a Becadas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme tortuga roja--del color de sus tejados--con un cuerno, que era la torre de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos de flores en las galerías de madera y aquellas grandes piedras que sostienen estas galerías, piedras vivas, casi vegetales, que guardan el aire de la cantera. Que en esta tierra de encinas pétreas la piedra suele tomar ternuras de madera.

Se ha dicho que en la literatura castellana apenas hay paisajes, pero sin demasiada paradoja cabría retrucar que apenas hay en ella más que paisaje, que los hombres del «Poema del Cid» o los del «Romancero» son como encinas o como rocas, de recio leño o de piedra tierna. Y de un paisaje sin agua. Pues el agua es como la conciencia del paisaje; las alamedas de la orilla del río, las alisedas, los saucedales, se ven a sí mismos en el agua y se reconocen, y hasta un mogote de roca, un berrueco de granito, se ve y adquiere conciencia de sí en una charca que duerme a su pie. Pero en las tierras sin agua hasta los hombres no son más que paisajes, pintura de Dios. ¡Pero qué pintura!

Mas allí, en Becedas, al pie de la sierra, cerca de las fuentes del Tormes, hay agua. ¡Agua! «¡Mar! ¡mar!», clamaron los diez mil griegos de la famosa retirada que inmortalizó Jenofonte cuando, después de terrible peregrinación por agostados páramos del Asia Menor, divisaron la azul línea serena del Ponto Euxino o Mar Negro. Pero aquí no se trata ya del agua del mar.

En el viejo «Poema del Cid» se habla de las veces que el héroe castellano, enjuto y seco, atravesó el Duero: se nos dice de unos moros muertos en batalla junto a un río que bebían agua _amidos_, es decir, contra su voluntad, y se nos cuenta de cuando a las hijas del Cid, maltratadas por sus maridos que las dejaron atadas a unos árboles, les llevó agua su primo en el sombrero. ¡Agua de beber! Agua no para mirarse en ella, sino para beberla. En estos campos, de ríos no navegables--algunos se secan en el estío--el agua no une a los pueblos, sino que los separa. Y esto cuando no se pelean por su aprovechamiento.

Y viniendo a otra cosa, ¿es que no hay paisaje en Santa Teresa?

Interior y exterior.

II Muchas veces se ha hecho notar, y especificándolo con ejemplos, cómo el campo, el paisaje castellano en que se crió y con que se crió entra en la obra de la doctora mística. El castillo de las «Moradas» es la ciudad de Ávila, con sus murallas y los cubos de éstas, es la maravillosa ciudad que tiene que mirar al cielo. Y las metáforas de que suele servirse la santa son metáforas de pequeño campo doméstico, de huerta familiar, no de panorama.

Ningún gran paisajista lo ha sido de vastos panoramas. Quiero decir ningún gran paisajista pintor. Que entre literatos Rousseau y Senancour nos dieron la impresión de los Alpes y Chateaubriand la de las vastas riberas de los grandes ríos de la América del Norte. Pero el genuino paisaje es de pequeños rincones. Allí es donde se coge el alma del campo. Un solo árbol mirándose en una charca en medio de un solemne desierto es algo de lo más grande con que se puede encontrar un hombre que lo sea de veras por dentro. Lo que no le diga aquel ermitaño de leño florido no le dirá ninguno de carne y hueso. Aunque el árbol es de hueso--de leño--y de carne, o sea de hoja, de carne verde y palpitante.

El pequeño campo doméstico y familiar, la huerta casera, le sirvió a Santa Teresa de Jesús para metáforas en que dió carne a su doctrina mística. ¿Pero es que el campo mismo, la pintura de Dios, es más que un ramillete de metáforas o toda una metáfora? El universo visible es una metáfora del invisible, del alma, aunque nos parezca al revés.

Santa Teresa de Jesús se servía de metáforas caseras y de huerto familiar como Jesús mismo, educado en casa de un maestro de obras, de un constructor de casas--que esto y no carpintero tan sólo es lo que de José dice el Evangelio--se sirvió de metáforas del arte de edificar, como lo de la piedra angular y otras. En la obra de la santa de Ávila se ven esas dulces huertas interiores de esta tierra grave y tan llena de roca, de hueso. Aquí, en esta tierra, se comprende lo que es eso del jardín interior del alma, del jardín cercado y con su humilde noria.

¡Esos jardincillos enjaulados en medio de una ciudad polvorienta y en ruinas! ¡Esos arbolillos presos, domesticados, que alzan su copa por sobre tapias medio derruidas! Y todo ello es metáfora.

«¡Pinta de memoria!»--me dijeron de un pintor, y repliqué: «todo pintor pinta de memoria». Todo pintor pinta de memoria, hasta lo que está viendo; pinta un recuerdo. Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen. A las veces su recuerdo presente. El artista ve recuerdos y por eso ve anticipaciones y es un profeta. Vamos al museo a recordar el campo, pero vamos al campo a recordar el museo. Todo artista pinta de memoria. Quien no lo hace es una cámara obscura, una máquina fotográfica, pero no lo hace porque no teniendo alma no tiene memoria. Y aun ésta...Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo que pasa de que mira al modelo a que tiene que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Éste es un aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta todo conocer--lo sabía ya Platón--es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora.

Los pueblos salvajes que no han dibujado nunca, que no han hecho dibujos, no ven nada en los dibujos. Se les da una fotografía y no saben por dónde mirarla. Y es dudoso que un gato que mire la pintura de un gato, su propio retrato, vea nada en él. Y no ve nada en él porque no es capaz de metaforizar. La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y metafórica.

Y hay paisajes que conviene mirarlos a menudo en ayunas y aun con algo de sed. Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se tienden al pie de la Peña de Francia, en la provincia de Salamanca, y aunque la angustia--¡y era grande!--me privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación estética exige, nunca comprendí mejor su metáfora. Porque hubo momentos en que creí que se me iba a parar el corazón o a estallárseme o a cuajárseme la sangre. Y a la angustia física se me unió la angustia moral, la angustia religiosa, más aún, la angustia metafísica.

El campo es una metáfora.

EXTRAMUROS DE ÁVILA Aparecióseme una vez más la ciudad de Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Teresa de Jesús, ciudad vertebrada. En aquel campo rocoso, entre los berruecos, que son como huesos de esta tierra de Castilla, toda ella roca, donde la gea domina a la flora y a la fauna, rocambre que es fuego cristalizado. Cincha a la ciudad el redondo espinazo de sus murallas, rosario de cubos almenados, y como un cráneo, una calavera viva--la gloria mayor del rosario--, en lo alto la fábrica de la catedral, cuyo ábside cobija recovecos de misterio interior, allí, entre las bermejas columnas. Ciudad, como el alma castellana, dermatoesquelética, crustácea, con la osamenta--coraza--por de fuera, y dentro la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

Fuera, sin embargo, del redondo espinazo ciudadano alza San Vicente su severidad románica; fuera, Santo Tomás su recogimiento, donde duerme--¿sueña?--el príncipe D. Juan, el que se llevó a la tumba una dinastía que pudo haber sido un porvenir que nunca fué, una realeza entrañadamente española, de roca, que no de cepa castiza. Y fuera de aquellas murallas, un miércoles, 5 de junio de 1465, vióse un acto para siempre memorable. Mas oigamos a nuestro Padre Mariana, el jesuita bravo, nuestro Tácito: «Los alborotados en Ávila--dice--acordaron de acometer una cosa memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de nuestra nación; pero bien será se relate para que los reyes, por este ejemplo, aprendan a gobernar primero a sí mismos, y después a sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza más consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el rey (si le miramos de cerca) es otra cosa que un hombre con los deleites flaco; sus arreos y la escarlata, ¿de qué sirven sino de cubrir como parche las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan los criados, tanto más miserable, que con la ociosidad y deleites más sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó desta manera: Fuera de los muros de Ávila levantaron un cadalso de madera, en que pusieron la estatua del rey D. Enrique con su vestidura real y las demás insignias de rey: trono, cetro, corona; juntáronse los señores; acudió una infinidad de pueblo. En esto, un pregonero, a grandes voces, publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en que relataron maldades y casos abominables que decían tenía cometidos.

Leíase la sentencia y desnudaban la estatua poco a poco, y a ciertos pasos, de todas las insignias reales; últimamente, con grandes baldones, le echaron del tablado abajo».

Así, mediado el siglo XV, en las afueras de Ávila de los Caballeros. Las recias murallas, calentándose al sol desnudo de Castilla, se estremecieron acaso en su meollo viendo ese ejemplo de caballerosidad altanera. Pero antes nos cuenta el padre Mariana también que «despertado el rey de su grave sueño, a solas y las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, según se dice, desta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu ayuda, a Ti encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que el castigo (que confieso ser menor que mis maldades) me sea a mí en particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrille y haz que la gente en común no reciba por mi causa algún grave daño». Dicho esto, muy depriesa se volvió a Salamanca».

Desde esta Salamanca, plateresco rosal de otoño, con la encendida amarillez de la tarde del Renacimiento en las hojas; desde esta Salamanca sigo viendo, cerrados los ojos de la carne, el grave sueño de la berroqueña Ávila, de Ávila de granito. Y veo a Castilla, «las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo», pidiendo piedad a Dios. Resquebrajada de sed de justicia el alma. Y es su vida sueño, pero grave sueño de piedra. Un toro de piedra guarda, dentro de Ávila, los callados remotos recuerdos de la noche que precedió al alba romana de su historia.

«¡Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia, porque ellos Se hartarán, sí, de consuelo celeste, acaso de sagrada indignación. Los malaventurados los que, faltos de justicia, no sienten ni hambre ni sed de ella, porque están muertos civilmente, duermen grave sueño de piedra, como el del toro de la plazuela de Ávila. El sol le chupa el rocío y no cría ni musgo en sus costillas.

Libertad fué a buscar al claustro Teresa de Jesús, consuelo de deleitarse en aquel castillo interior «pues sin licencia de los superiores--dice--podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora».

Dentro del cincho de piedra de las murallas de su ciudad nativa soñó la santa, reinando Carlos I, el César flamenco, santa libertad. Seis años tenía la santa de Ávila cuando, cincuenta y seis después de la afrenta que hacía temblar las carnes sólo de pensarla, rendían sus cabezas en Villalar los comuneros de Castilla. Y cayó sobre ésta un grave sueño imperial. Segismundo rezongaba remusgándose dentro de un seto berroqueño. «Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad?», clamaba.

A mil varas sobre el ras del mar, cuna de libertad, y todo él sendero, sobre los huesos de esta tierra crustácea de Castilla, duerme y sueña sus recuerdos, dentro del rosario de sus murallas--gloria final la catedral gótica--, Ávila de los Caballeros, de los caballeros que desnudaron la estatua del rey D. Enrique.

VISIONES RÍTMICAS Vaya, pues, dibujemos y modelemos con la palabra al llamado Tempe tesálico»--decía un genuino griego. Y se dice que los antiguos no tenían el sentimiento del paisaje. Mas en esa expresión se expresa el sentido gráfico y pictórico, o mejor, escultórico del paisaje y no su sentido musical. Que lo moderno es acaso la musicalidad del paisaje, del campo, el sentimiento musical de la naturaleza. Y no en vano Spengler ve en la música la expresión del espíritu actual, del occidental, así como en la escultura la expresión del espíritu clásico helénico.

En música acaso se expresa lo más íntimo del paisaje, su sentimiento rítmico. Y hasta el silencio del campo. Pero yo, lector, aunque pueda tener algo de poeta y de loco, de músico menos que poco tengo. Y, sin embargo...Sin embargo, mi sentimiento rítmico, en cierto modo musical, del campo y de las cosas de viso, no me ha cabido siempre en prosa y he tenido alguna vez que verterlo en versos. De una música, si acaso la tienen, esquínuda y rígida, angulosa y dura. Pero no todo ritmo se desenvuelve en curvas.

Decía fray Luis de León en _Los nombres de Cristo_ que «algunos hay a quien la vista del campo los enmudece; mas yo, como los pájaros, en viendo lo verde deseo o cantar o hablar». Y una especie de canto hablado, de recitación, de rezo más bien, es el verso. Y al ciego Salinas le habló fray Luis de música y de paisaje, o mejor, de celaje, en versos muy firmes.

En el primero de los escritos de esta colección--o libro--viste, lector, que al hablarte de la granja de Moreruela, pasé de la prosa a versos de unos sonetos que te habrán parecido prosaicos. Prosaicos por su construcción y más por el esqueleto conceptual de ellos.

Pensamientos concebidos en prosa y puestos en catorce endecasílabos rimados. Pero otras veces ha sido de primera intención, y desde luego, antes de pensarlo primero en prosa, como me brotó en verso la expresión de un paisaje o de algo que lo valga.

Me decía una vez Vicente Colorado, vuelto ya tierra hace años, que por qué no escribí en verso el final de mi novela _Paz en la Guerra_.

Y acaso tenía razón. En prosa ritmoide va a dar a las veces.

Y ahora aquí, lector, quiero darte al cabo de este ramillete de relatos de mis andanzas y visiones de España unas cuantas poesías que de esas andanzas y de esas visiones brotaron. ¿Música? Si se trata de la cantable y bailable, no. Porque hay quien necesita llevar el compás de los versos con los pies.

Al evocar mi recuerdo, dormido en el hondón de mi memoria, de lo que era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de Bilbao, brotóme él a flor de alma en forma rítmica, en versos de meditación poética, de eso que los lakistas ingleses llamaban _musings_. Como en versos vertí mi visión íntima del Nervión. Y en verso la espléndida visión de un atardecer de estío en Salamanca, y en verso la de la Colegiata de Castañeda, a la salida del valle Pas, y en verso el sentimiento que me produjo la contemplación de un solitario camposanto en la paramera castellana, y en verso mi visión de Galicia. En esta poesía dedicada a Galicia creo haber vertido más concentrada y más depuradamente lo que de ella he dicho en otros escritos en prosa.

Incluyo aquí también los versos que hice al Cristo yacente de Santa Clara, o iglesia de la Cruz, en Palencia, ese Cristo que es como un símbolo y resumen del paisaje trágico castellano.

Respecto a la forma externa o tipográfica de estos escritos he respetado en algunos la que al publicarlos por vez primera los di y es ponerlos como si fueran prosa, sin hacer un renglón aparte de cada verso. Lo que por un lado obliga al lector a estar más alerta en su lectura y no dejarse guiar del artificio tipográfico--que a las veces simula versos donde no los hay--y por otra lleva más papel. Y digo esto, porque he podido advertir que si los libros de verso se venden menos que los de prosa, es en buena parte porque el lector se llama a engaño de que le den en igual masa de papel y páginas, y al mismo precio, menor caudal de lectura y de letras. Que no ha desaparecido el criterio con que antaño se hacía la tasa de los libros, por pliegos.

A otras de estas poesías--o visiones en versos--les he conservado, en cambio, la tradicional manera de presentar los escritos medidos en cadencia acompasada.

LAS ESTRADAS DE ALBIA Aquí, donde hoy esta plazuela, antaño se alzaba el Árbol Gordo, y las que hoy son cuajadas calles eran huerta y verdura. Mi pueblo me es extraño; mi Bilbao ya no existe; por donde un día fueron sus afueras hoy me paseo triste.

Ya en las dulces mañanas sosegadas del amarillo octubre, al que un cielo de plata abriga y cubre, no brindarán su calma las estradas, ni sus setos las verdes zarzamoras; rechinan los tranvías y automóviles, más henchidas transcurren hoy las horas; pero ¿dónde te fuiste, recogimiento? ¿Dónde el fluir aquel de nuestra vida, tan manso y lento, con su marcha tan suave y tan seguida?

Ya tus raíces, mocedad, no encuentro, y cuanto más me adentro, más lejos dejo esta que fué mi cuna.

He traspuesto la cumbre, y están rojos de otoño mis recuerdos, y ya la pesadumbre siento de un porvenir de cuesta abajo; ¡Dios mío, qué trabajo el trabajo sin fin de resignarse!

Van cayendo las hojas, por el otoño rojas, del árbol una a una; bien sé que volverá la primavera, pero no la que fué, no aquella mía que endoseló mi cuna con flores de flexible enredadera.

Llegará acaso un día en que cubran también las zarzamoras este suelo que hoy son plazas y calles; pero no aquéllas; otro todo será sobre mis valles, sólo serán las mismas las estrellas.

Y un día también tú, Carro del cielo, enseña secular de peregrinos, te romperás, y...¿entonces? ¿Cuando salten los gonces del rincón que llamamos universo?

Tal vez...--sin el _tal vez_ la vida es sombra de pesadilla--tal vez aún más allá del más allá remoto, en el espacio ignoto de tras las más lejanas nebulosas, un día acaso la Tierra vuelva a florecer, la misma, la de espinas y rosas, la ungida con el crisma de Isis y Brama y Júpiter y Cristo. Y allí, en aquella tierra, volverá a ser Vizcaya, sus aguas el Nervión dará de nuevo, resurgirá la Villa y volveré a vivir lo que viviera...¡Absurda maravilla!

¡Absurda, sí! Sólo tal vez lo absurdo, y el que estiméis más burdo, nos libra de la peste de la lógica, de la rueda del tiempo con que el hado inhumano, poniendo en ella su broncínea mano, nos trilla el corazón y la cabeza.

¿No he de volver a verte, campa de Albia? ¿No ha de arrollarse, al fin, en rollo espeso el tapiz del camino de mi vida? ¿Todo ha de ser progreso? ¿No ha de juntarse, al cabo, todo en uno?

* * * * * ¡Oh, qué dulce el correr días iguales; repetición, sustancia de la dicha, lenta fusión de bienes y de males, santa costumbre, de eternidad espejo; ahora, desde la cumbre, cuando siento, por fin, que voy a viejo y empieza ya a agostarse mi verdura, comprendo la locura de anhelar novedades y mañanas, y cómo fueron vanas mis juveniles ilusiones muertas! ¡Ay, mis queridas huertas, abrumadas al peso de estas casas, en que el afán y la carcoma habitan!

* * * * * Aún queda algún islote de la antigua campiña perdido entre solares, algún rincón no hollado aún por el trote del corcel del progreso, alguna vieja viña del agridulce chacolí, que borra de los cerebros tardos la terca murria de estos cielos pardos. Quedan de lo que fué siempre escurrajas, y estas hurtadas fajas de un verdor que agoniza, simiente son de ensueños de esperanza. Mientras lo nuevo avanza, busca lo viejo en otro cielo abrigo, donde se hace otro mundo para dormir libre del recio hostigo del granizar del tiempo nauseabundo.

¿Acaso esta mi villa no ha de ser la semilla de un mundo eterno de quietud y calma? ¡Ay, pobre de mi alma, desfondándote así en este trasiego de apariencias, visiones y escenarios, sin dar ancla en sosiego, juguete de contrarios vientos que soplan al azar del sino, falta de tino, falta de rumbo, de tumbo en tumbo, qué ha de ser, infeliz, de lo que fuiste? Y así caminas triste, sin poder detenerte en tu carrera, de invierno a primavera, de primavera a invierno, soñando siempre en el descanso eterno.

Cuanto se mueve hacia lo inmoble tiende, y lo único de inmóvil es la idea, la que ilusiones sin reposo crea, y la idea es recuerdo; imagen es de lo que fué; lo cuerdo no es sino recordar, y así, mi alma, recuerda lo que fué. Sea tu gloria, mientras te quede aliento, la memoria.

AL NERVIÓN A la mejor memoria de Leopoldo Gutiérrez, a quien leí este poema, a raíz de compuesto, delante de la iglesia de Begoña.

Una vez más, Bilbao, sobre tu seno maternal descansando mi cabeza vuelvo a soñar la vida de esperanzas y ensueños juveniles que me conservas.

Esas nubes que embozan las montañas, seto de mi primer visión del mundo, las nubes son en que atisbé visiones de allende el valle humano...¿Serán de lágrimas?

En las sombrías hoces de tus calles, da la lluvia al reflejo ojos humanos con mis ojos mejieron sus miradas, ansiosas de alimento de formas vivas.

¡Oh, mis calles de sombra y de recuerdos, encañadas henchidas de rumores de abismos de la vida; el río humano de que sois hondo cauce tajado a siglos, se lleva derretidos en su curso mis goces y mis penas; vuestras aguas bajo el agua del cielo adormecieron aquella sed eterna, desapagable, único lazo de las horas todas desde el nacer hasta el morir; hoy vuelvo a aquel mañana de mi ayer perdido, a aquella mi otra suerte que con vosotras, nubes de mi niñez y mis montañas, fué a perderse en los cielos del oriente!

¡Oh, mis nubes de ensueños no cumplidos, cómo en lenta llovizna regáis mi alma!

¡Ay, mi triste Nervión, preso entre muros, pobre arteria de enfermo; cada día del corazón desnudo de la tierra, del mar, en ti sentimos el pulso rítmico!

También tú fuiste niño, jugueteando al pie de alisos, álamos y mimbres, con vueltas y revueltas indecisas entre los fuertes brazos de las montañas, como ensaya sus pasos vagarosos flanqueado por los brazos de su madre el pequeñuelo que se lanza al mundo con pureza en los ojos sin buscar hito.

Gozaste bajo el cielo la verdura del valle en el sosiego, ¡quién me diera ver tu niñez, Nervión, ver estos campos cuando aún no eran la villa, cual Dios los hizo!

Cortáronnos el curso, río mío, nos apresaron entre recios muros, os robaron verduras de la orilla, ¡juguetear por el valle ya no nos dejan!

Dulces mimbres y sauces que en mis aguas de alborada el follaje retratasteis, ¡cuántas llevé de vuestras hojas verdes, juguete en mis espumas, al mar perdidas!

Cual tú, preso entre muros, hoy transporta cargas de pensamientos en mis aguas y en vez de nubes blancas o de rosa reflejo, canal triste, ¡negrura de humos!

Son, mi Bilbao, tu corazón los puentes; en ellos, sobre el agua, bate el ritmo de tu trabajo y es donde se te abre de montaña a montaña más ancho el cielo.

Tú eres, Nervión, la historia de la Villa, tú, su pasado y su futuro, tú eres