SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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recuerdo siempre haciéndote esperanza y sobre cauce fijo caudal que huye.

Lengua de mar que subes por el valle a la Villa los pies hasta lamerla, tú nos traes con la sal de la marina sales de las entrañas del mundo todo.

En pleamar rizan tu henchido pecho brisas del valle y sobre los metálicos reflejos de tus rizos retorciéndose tus barcos en imagen se descoyuntan.

Bosques movibles de enjarciados mastes, cordajes empapados en salina de luengos mares; velas que han vibrado, bajo todos los cielos, a vientos libres; leños a que los témpanos del polo fregaron, y mojaron los chubascos del trópico, descansan en tu seno; del sudor de mil gentes la sal recoges.

Y sufres la presión, Nervión sufrido, del recio ceñidor de los pretiles para ser padre de la fuerte villa la de los mercaderes hija del agua.

Oh, mi Nervión, tú de mi pueblo el alma, tú que guardas sus dichas y sus penas, los siglos por tu cauce resbalaron llevándose la historia hacia el olvido; hacia el olvido, mar de nuestras vidas, mas, dejando la villa, monumento que durará por siglos de los siglos, colmena de las almas que en ti libaron.

Nervión, Nervión de palpitante pecho, fuente de vida de mi pueblo, dame la mansedumbre de tus lentas aguas que al mar indiferente rinden su vida.

Dame, Nervión, resignación activa, lava de tu hijo la inquietud ardiente, embalsama en la sal de tu marea para el viaje sin vuelta mi pobre espíritu.

GALICIA A mis amigos de Pontevedra Torcuato Ulloa, Víctor Said Armesto e Isidro Buceta dedico este poema que ellos vieron nacer.

Tierra y mar abrazados bajo el cielo mejen sus lenguas, mientras él entre montes de pinares tranquilo sueña, y Dios por velo del abrazo corre sobre sus hijos un cendal de niebla.

Ondea palpitando el seno azul del novio, y a su aliento la verde cabellera de la novia se mece; de castaños, de pinos y de robles, de nogueras, y rubio vello del maíz dorado que a la brisa marina se cimbrea.

Frunce el ceño la novia en Finisterre, que broncos mocetones alimenta; yergue desnudo el cuello en el naciente, espalda a espalda con Asturias recia, y alza la frente blanca, cimas de rocas que las nubes besan y que por ver el seno del amante hacia el cielo se elevan.

Vuelto él en nubes hasta el cielo se alza, derrítese de amor, su jugo suelta, y lenta la llovizna va empapando a la tierra, y corre por los ríos fecundantes, ceñidos de alisedas, nuevamente del mar al seno siempre joven, henchido siempre de pujanza nueva.

Por un resquicio azul desde la altura se ríe el sol de fiesta, e irisa con sus rayos la llovizna, y la obra le completa.

El mar que duerme en las tranquilas rías buscando acaso olvido a sus tormentas, se consume de sed del agua dulce que de las cimas llega, y mira al Ulla, al Lérez, y en las fuentes que el bosque esconde sueña.

Sed es de la dulzura que su amargor consuela; sed de los besos húmedos que ella le manda de sus hondas selvas, sed de las fuentes que entre los castaños, de la roca revientan.

Como lenta caricia el Miño manso desciende restregándose en sus vegas, y el Lérez, demorándose en «salones», en lecho de verdura se recuesta.

El Sar humilde, tras cortinas de árboles sus aguas cela, cantando de la dulce Rosalía cantos de amor y queja, y en honda cama de granito pasa el Sil asceta.

Desde un verde rincón de la robleda la verde melodía de la gaita como un arrullo avivador se eleva, y al reclamo de amor languidecidos, Tierra y Océano más y más se aprietan. Susurra gravemente a sus oídos siempre la misma cántiga, la eterna, para que olvide de sus duros partos las repetidas pruebas, y el dolor de vivir con su canturía poco a poco le breza.

Hormiguean los hijos de este abrazo por valles, costas, montes y laderas, y de sus nidos hacia el cielo sube el humo del hogar como una ofrenda.

Mozas con ojos que la vida encienden, a la espalda mellizas rubias trenzas, con las plantas desnudas tibio calor prestándole a la tierra, enhiestos senos que al andar trepidan, firmes cual moldes y anchas las caderas, y unos brazos rollizos, que con la misma ciencia ciñen el cuello a su hombre, cunan al niño entre canciones tiernas, o en los campos desiertos de varones el azadón manejan. Una raza de madres, varonas que a sus hijos alimentan, y a las veces, de colmo, amamantan ideas, o al lado de sus hombres ofician de contienda. Rinden culto a la vida, y entrambos mundos pueblan.

Esta raza los árboles, las ánimas, con pánico fervor venera, y palpitan druídicos misterios bajo sus oraciones evangélicas. Pasan en estantigua los que fueron, en larga noche negra, y obedecen los santos a conjuros de brujas y hechiceras.

Trabajan rudamente y zumban consolándose en las penas; ríen y lloran a la vez, burlándose por modo de defensa; o acaso afilan de los «hermandiños», en silencio y con trágica paciencia, las hoces vengadoras.

Allende el padre mar, más que pobreza codicia o hambre de oro les lanza a las Américas, y como un dedo la herculina torre un trabajoso «más allá» les muestra. Por cima de la tumba de la Atlántida, do acaso sus abuelos les esperan, pasan soñando y brezando con aires de la tierra, mimosos, verdes, la morriña céltica. Se funden sus canciones con el canto del mar, de que salieran, y al mar de olas celestes sus almas van con ellas.

Y al mar, para consuelo, su terriña apretada aguardándoles se queda.

Desde su altar, ceñido de altas torres de granítica piedra, que ennegrecieron lluvias seculares, fomento de leyendas, Santiago peregrino, penate de esta tierra, con sus conchas marinas revestido, sonriendo contempla ese abrazo de amor que nunca acaba, mientras en él se mezclan de la madre de Cristo, su madre, a los recuerdos, los de la madre Venus, y remembra su romería, cuando Pan y Cristo, guiones a su vera, por la vía de leche que cruza las estrellas, desde la Tierra Santa le trajo Prisciliano de la diestra.

EN UN CEMENTERIO DE LUGAR CASTELLANO Corral de muertos, entre pobres tapias hechas también de barro, pobre corral donde la hoz no siega, sólo una cruz en el desierto campo señala tu destino.

Junto a esas tapias buscan el amparo del hostigo del cierzo las ovejas al pasar trashumantes en rebaño, y en ellas rompen de la vana historia, como las olas, los rumores vanos.

Como un islote en junio te ciñe el mar dorado de las espigas que a la brisa ondean, y canta sobre ti la alondra el canto de la cosecha.

Cuando baja en la lluvia el cielo al campo baja también sobre la santa yerba donde la hoz no corta, de tu rincón ¡pobre corral de muertos!

y sienten en sus huesos el reclamo del riego de la vida.

Salvan tus cercas de mampuesto y barro las aladas semillas, o te las llevan con piedad los pájaros, y crecen escondidas amapolas, clavelinas, magarzas, brezos, cardos, entre arrumbadas cruces no más que de las aves libres pasto.

Cavan tan sólo en tu maleza brava, corral sagrado, para de un alma que sufrió en el mundo sembrar el grano; luego sobre esa siembra barbecho largo!

Cerca de ti el camino de los vivos, no como tú con tapias, no cercado, por donde van y vienen, ya riendo o llorando, rompiendo con sus risas o sus lloros el silencio inmortal de tu cercado!

Después que lento el sol tomó ya tierra, y sube al cielo el páramo a la hora del recuerdo, al toque de oraciones y descanso la tosca cruz de piedra de tus tapias de barro queda como un guardián que nunca duerme de la campiña el sueño vigilando.

No hay cruz sobre la iglesia de los vivos, en torno de la cual duerme el poblado; la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño de los muertos al cielo acorralados.

Y desde el cielo de la noche, Cristo, el Pastor Soberano, con infinitos ojos centelleantes recuenta las ovejas del rebaño!

Pobre corral de muertos entre tapias, hechas del mismo barro, sólo una cruz distingue tu destino en la desierta soledad del campo!

Salamanca, 11-1913.

EN GREDOS Escribí esta poesía en agosto de 1911, al bajar de Gredos, adonde había subido con mi fraternal amigo Marcelino Cagigal, compañero de otras de mis andanzas por tierras castellanas y leonesas, y con mi otro amigo Eudoxio de Castro.

Lo de Sirio es una licencia poética, ya que en el mes de agosto no se le ve en nuestras latitudes ni aun desde Gredos.

Solo aquí en la montaña, solo aquí con mi España --la de mi ensueño--, cara al rocoso gigantesco Anial, aquí mientras doy huelgo a Clavileño, con mi España inmortal!

Es la mía, la mía, sí, la de granito que alza al cielo infinito, ceñido en virgen nieve de los cielos, su fuerte corazón, un corazón de roca viva que arrancaron de tierra los anhelos de la eterna visión.

Aquí a la soledad rocosa de la cumbre, no de tu historia, sino de tu vida, toca la lumbre; aquí a tu corazón, patria querida, oh mi España inmortal!

Las brumas quedan de la falsa gloria que brota de la historia aquí, a mitad de falda, ciñéndote en guirnalda, mientras el sol, el de la verdadera, tu frente escalda y te da en primavera, tanto más dulce cuanto que es más breve, flores de cumbre, criadas en invierno bajo el manto protector de la nieve, manto sin podredumbre, templo de nuestro Dios, el español!

Este es tu corazón de firme roca --¡altar del templo santo!-- de nuestra tierra entraña, este es tu corazón que al cielo toca, tu corazón desnudo, mi eterna España, que busca al sol!

No es tu reino, oh mi patria, de este mundo: juguete del destino, tu reino en lo profundo del azul que te cubre has de buscar; esta peña gigante es un camino de Juan el de la Cruz pétrea escala la eterna soledad para escalar!

Del piélago de tierra que entre brumas tiende a tus pies, aquí, sus parameros, con leras por espumas, volaron del Dorado a la conquista buitres aventureros, mientras hastiado del perenne embuste de la gloria, enterraba aquí, a tu vista, su majestad en Yuste Carlos Emperador.

Aquel vuelo de buitres fué la historia, tu pesadilla, y este entierro imperial fué la victoria sin mancilla, la que orea la frente a tu Almanzor.

Ésta es mi España, un corazón desnudo de viva roca del granito más rudo que con sus crestas en el cielo toca buscando al sol en mutua soledad; ésta es mi España, patria ermitaña, que como al nido torna siempre a la verdad.

Tu historia ¡qué naufragio en mar profundo!

Pero no importa, porque ella es corta, pasa, y la muerte es larga, ¡larga como el amor!

Respiras tempestades y baja a consolar tus soledades el rayo del Señor, mientras en trasverberación tempestuosa, tu corazón, sobre que el cielo posa, hieren flechas del fuego de su amor.

De los sudarios que a tu frente envuelven y en agua se resuelven bajan cantando ríos de frescor y visten luego la zahorra, escurraja que a tu cumbre royó la herrumbre, con capa de verdor.

De noche temblorosas las estrellas te ciñen con su ensueño y edades ha que en ellas sueñas cual vuelve siempre igual mudanza trayendo un mismo sino, y este volver es cauce de esperanza, que no muda, de un reposo final; para mi corazón, que angustia suda bajo el yugo sin fin del infinito, eres tú solo propio pedestal.

Que es en tu cima donde al fin me encuentro, siéntome soberano, y en mi España me adentro, tocándome persona, hijo de siglos de pasión, cristiano, y cristiano español; aquí, en la vasta soledad serrana renaciendo al romper de la mañana cuando renace solitario el sol.

Aquí me trago a Dios, soy Dios, mi roca; sorbo aquí de su boca con mi boca la sangre de este sol, su corazón, de rodillas aquí, sobre la cima, ¡mientras mi frente con su lumbre anima, al cielo abierto, en santa comunión!

Aquí le siento palpitar a mi alma de noche frente a Sirio que palpita en la negra inmensidad, y aquí al tocarme así siento la palma de este largo martirio de no morir de sed de eternidad.

Alma de mi carne, sol de mi tierra, Dios de mi España, que sois lo único que hay, lo que pasó, no la eterna mentira del mañana, aquí, en el regazo de la sierra, ¡aquí, entre vosotros, aquí me siento yo!

ATARDECER DE ESTÍO EN SALAMANCA Del color de la espiga triguera ya madura son las piedras que tu alma revisten, Salamanca, y en las tardes doradas de junio semejan tus torres del sol a la puesta gigantescas columnas de mieses orgullo del campo que ciñe tu solio.

Desde lo alto derrama su sangre, lluvia de oro, sobre ti el regio sol de Castilla, pelícano ardiente, y en tus piedras anidan palomas que arrullan en ellas eternos amores al acorde de bronces sagrados que lanzan al aire seculares quejas de los siglos.

Los vencejos tu cielo repasan poblando su calma con hosanas de vida ligera, jubilosa, las tardes de estío, y este cielo, tu prez y tu dicha, Salamanca, es el cielo que esmalta tus piedras con oro de siglos.

Como poso del cielo en la tierra resplende tu pompa, Salamanca, del cielo platónico que en la tarde del Renacimiento cabe el Tormes Fray Luis meditando soñara.

Sobre ti se detienen las horas, de reveza, soltando su jugo, su savia de eterno, y en tus aguas se miran los siglos dejando a la historia colmar tu regazo con frutos de otoño.

Cuando puesto ya el Sol, de tu seno rebotan tus piedras el toque de queda me parecen los siglos mejerse, que el tiempo se anega, y vivir una vida celeste ¡Salamanca!

EL CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA (IGLESIA DE LA CRUZ) DE PALENCIA Éste es aquel convento de Franciscas, de la antigua leyenda; aquí es donde la Virgen toda cielo hizo por largos años de tornera, cuando la pobre Margarita, loca, de eterno amor sedienta, lo iba a buscar donde el amor no vive, en el seco destierro de esta tierra. Éste es aquel convento de las Claras, las hijas de la dulce compañera del Serafín de Asís, que desde Italia sembró estas flores en la España nuestra, blancos lirios del páramo sediento que en aroma conviértennos la queja.

Las pobres en el claustro que un tenorio deslumbró con la luz de la tragedia, llevándose a la pobre Margarita, con su sed de ser madre, la tornera, mientras la dulce lámpara brillaba que ante la Madre Virgen encendiera, cunan, vírgenes madres, como a un niño, al Cristo formidable de esta tierra.

Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué?, no espera sino la muerte misma. De su boca entreabierta, negra como el misterio indescifrable, fluye hacia la nada, a la que nunca llega, disolvimiento. Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Dormir, dormir, dormir...es el descanso de la fatiga eterna, y del trabajo de vivir que mata es la trágica siesta. No la quietud de paz en el ensueño, sino profunda inercia, y cual doliente humanidá, en la sima de sus entrañas negras, en silencio montones de gusanos le verbenean.

Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto; Cristo que, pues que duerme, nada espera. Del polvo pre-humano con que luego nuestro Padre del cielo a Adán hiciera se nos formó este Cristo tras-humano, sin más cruz que la tierra; del polvo eterno de antes de la vida se hizo este Cristo, tierra de después de la muerte; porque este Cristo de mi tierra es tierra.

"¡No hay nada más eterno que la muerte; todo se acaba!--dice a nuestras penas;--¡no es ni sueño la vida; todo no es más que tierra; todo no es sino nada, nada, nada...y hedionda nada que al soñarla, apesta!" Es lo que dice el Cristo pesadilla; porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Cierra los dulces ojos con que el otro desnudó el corazón a Magdalena, y hacia dentro de sí mirando, ciego, ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadáver, que como tal no piensa, libre está del dolor del pensamiento, de la congoja atroz que allá en la huerta del olivar al otro--con el alma colmada de tristeza--le hizo pedir al Padre que le ahorrara el cáliz de la pena. Cuajarones de sangre sus cabellos prenden, cuajada sangre negra, que en el Calvario le regó la carne, pero esa sangre no es ya sino tierra. ¡Grumos de sangre del dolor del cuerpo, grumos de sangre seca! ¡Mas del sudor los densos goterones--de aquel sudor de angustia de la recia batalla del espíritu, de aquel sudor con que la seca tierra regó,--de aquellos densos goterones, rastro alguno le queda! Evaporóse aquel sudor llevando el dolor de pensar a las esferas en que sufriendo el pobre pensamiento, buscando a Dios sin encontrarlo, vuela. ¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento si es sólo carne muerta, mojama recostrada con la sangre, cuajada sangre negra? Ese dolor espíritu no habita en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que se encarnara en carne vividera; este Cristo es la Gana, la real Gana, que se ha enterrado en tierra; la pura voluntad que se destruye muriendo en la materia; una escurraja de hombre troglodítico con la desnuda voluntad que, ciega, escapando a la vida, se eterniza hecha tierra.

Este Cristo español que no ha vivido, negro como el mantillo de la tierra, yace cual la llanura, horizontal, tendido, sin alma y sin espera, con los ojos cerrados cara al cielo avaro en lluvia y que los panes quema. Y aun con sus negros pies de garra de águila querer parece aprisionar la tierra.

¿O es que Dios penitente acaso quiso para purgar de culpa su conciencia por haber hecho al hombre, y con el hombre la maldad y la pena, vestido de este andrajo miserable gustar muerte terrena?

La piedad popular ve que las uñas y el cabello le medran, de la vida lo córneo, lo duro, supersticiones secas, lo que araña y aquello de que se ase la segada cabeza.

La piedad maternal de aquellas pobres hijas de Santa Clara le cubriera con faldillas de blanca seda y oro las hediondas vergüenzas, aunque el zurrón de huesos y de podre no es ni varón ni hembra; que este Cristo español sin sexo alguno, más allá yace de esa diferencia que es el trágico nudo de la historia, pues este Cristo de mi tierra es tierra.

Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano, Cristo todo materia, Cristo árida carroña recostrada con cuajarones de la sangre seca, el Cristo de mi pueblo es este Cristo carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra.

Y las pobres Franciscas del convento en que la Virgen Madre fué tornera--la Virgen toda cielo y toda vida, sin pasar por la muerte al cielo vuelta--cunan la muerte del terrible Cristo que no despertará sobre la tierra, porque él, el Cristo de mi tierra es sólo tierra, tierra, tierra, tierra...carne que no palpita, tierra, tierra, tierra, tierra...cuajarones de sangre que no fluye, tierra, tierra, tierra, tierra...¡Y tú, Cristo del Cielo, redímenos del Cristo de la tierra!

JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA A vuelo un murciélago rondaba la cúpula de aquel templo románico, donde ya no brotaban plegarias ni cirios ardían. Solitario en oscuro rincón Cristo lívido sin las almas hallábase que postradas antaño a sus plantas perdón le pedían; y del cielo cerrado del templo--las bóvedas--parecían gotear por las tardes leyendas remotas, hijas de la negra congoja apocalíptica de los siglos más bárbaros, cuando el alma temblaba en el cuerpo, con las alas rotas, en la cárcel de carne, con tortura mística a la muerte esperándole, para verse así libre del mundo de odiosas historias; y en la paz de sepulcro del recinto tétrico--de una fe muerta túmulo--un silencio de piedra envolvía las viejas memorias.

Por defuera del templo, bajo el sol vivífico, redondéase el ábside, y cubriéndole manto de yedra los nidos ampara donde ponen cada año golondrinas ágiles su cría y marchándose, se la llevan a alguna mezquita rayana al Sahara. En la ruina de torre cigüeña hierática, con los ojos sonámbulos, sesteando de pino al cojuelo el campo avizora y al caer de la tarde, con su vuelo eurítmico, de a charca a las márgenes el botín va a buscar que en el nido su cría devora.

Y el Cristo solitario, preso en aquel lúgubre interior aburriéndose, oye de fuera el alegre pío de las golondrinas y el castañeteo, como un rezo litúrgico, con que cuentan del éxodo las cigüeñas los días que faltan ¡aves peregrinas!