SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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veces cúbicas...». «¿Cómo?», añadió. Y yo: «Usted sabe que si un metro lineal tiene 10 decímetros, un metro cuadrado tiene 100 decímetros cuadrados y no 10, y un metro cúbico 1.000 decímetros cúbicos. Así mi hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica 216.000 minutos cúbicos».

Hay que buscar el tiempo de dos y de tres dimensiones, ancho y profundo a la vez que largo. Y esto se logra mejor encerrándose en estos retiros de las viejas y pequeñas ciudades que parece que no se mueven ni progresan.

Y luego, junto a la superstición de la aceleración, del cambio por el cambio mismo, la otra, la superstición de lo vasto, de las grandes ciudades, v. gr. Estoy leyendo la obra de James Bryce, sobre Suramérica--_South America, observations and impressions_--, y al llegar al capítulo que al Uruguay dedica, me encontré con este pasaje humorístico: «Es un país alegre, con un escenario construido, por así decirlo, en pequeña escala, como cuadra a una pequeña república». Es decir, que en una nación pequeña las montañas deben ser pequeñas, pequeños los ríos y los hombres pequeños.

Claro está que Mr. Bryce dice eso irónicamente y por broma, pero hay muchos que en serio piensan así, y que creen tener más alma por haber nacido en una ciudad mayor. Conozco pobre diablo sin una peseta ni sobre qué caerse muerto, que está muy orgulloso de que en su pueblo hay varios multimillonarios. Esta soberbia, así, colectiva, es una de las cosas más cómicas que la humanidad nos ofrece. Como que no hay tipos más divertidos que los del pueblo bajo de las grandes ciudades, los satisfechos de recibir el barro con que les salpican las ruedas de los automóviles de sus poderosos vecinos.

Pero este mismo Mr. Bryce, un poco más adelante y hablándonos también del Uruguay, nos dice: «El país es, sin duda, relativamente pequeño, y está hoy en moda adorar la magnitud y despreciar a las pequeñas naciones. Y, sin embargo, son las pequeñas comunidades ciudadanas independientes, o las pequeñas naciones--tales como fueron Inglaterra y Holanda en el siglo XVII--las que han producido no solamente lo más de la mejor literatura y del arte, sino lo más de los grandes hombres y los grandes hechos que la historia recuerda. La vida nacional está más apta para hacerse más intensa y más interesante donde se concentra en un área no tan extensa que impida a las gentes conocerse los unos a los otros y conocer a sus conductores». Pasaje que no quisiera comentar porque siempre he sentido un cierto desvío hacia las grandes ciudades, hacia las aglomeraciones demasiado numerosas. Una ciudad desde el centro de la cual no se pueda llegar a pie en cosa de un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis más íntimas necesidades espirituales.

Hace ya cinco años que este mismo diario, en su número del 22 de julio de 1908, me publicó un ensayo sobre las grandes y pequeñas ciudades, comentando ideas de Guillermo Ferrero, y ese ensayo figura en mi libro _Por tierras de Portugal y España_. No es cosa, pues, de que repita aquí lo que entonces aquí mismo dije, aunque sea yo no poco machacón. Sólo os diré que desde entonces acá me he corroborado más y más en mi creencia de que las pequeñas ciudades tranquilas, donde la historia, que es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social, se remansa, son las más a propósito para una íntima vida de concentración espiritual, es donde mejor puede mantenerse el ánimo fijo hacia el norte, sin oscilaciones, aunque no sin íntimo esfuerzo, es donde se puede cuadrar y cubicar las horas.

Eso de que la historia es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social, lo acabo de leer en un artículo de Gabriel Hanotaux, «De l'histoire et des historiens», que trae el número de la _Revue des Deux Mondes_ de trasantier, 15 de este mes. Y quiero también comentar ese artículo. Al choque del pensamiento ajeno, que puedo oir merced al bendito silencio que me rodea en mis horas cúbicas de trabajo solitario, brota mi propio pensamiento y se afirma y crece. Crece, no se acelera; medra, no se precipita.

Pero antes de acabar con esto no quiero dejar de recordaros aquel famoso sorites de Cyrano de Bergerac: Yo soy el mejor estudiante de...de tal colegio (no me acuerdo el nombre), este colegio es el mejor de París, París es la mejor capital de Francia, Francia es la mejor nación del mundo, luego yo soy el mejor estudiante del mundo. ¿No habéis oído nunca discurrir así?

* * * * * Y ahora, mi señor don M. B. L., ¿qué quiere usted que conteste a sus felinas e insidiosas insinuaciones sobre el hecho de que yo escriba desde esta vieja, pequeña y no pocas veces calumniada ciudad de Salamanca, que usted no conoce? Para usted la Salamanca no es, me figuro, sino una especie de cueva donde las brujas y hechiceras celebran sus nocturnos aquelarres, o acaso lo que usted cree saber de esta leyendaria--¡y tan leyendaria!--Universidad, es lo que ha leído respecto a cómo fué aquí recibido y juzgado Cristóbal Colón. Pero le advierto que lo más de lo que atañedero a esto de Colón en Salamanca ha leído es pura patraña, y además, que dada la ciencia de entonces no andaban los doctores aquellos más descaminados que Colón, quien yendo en busca de una cosa se encontró con otra que no buscaba y se murió sin saber a ciencia cierta lo que había encontrado. ¡Pero ya ve usted, señor mío, el éxito!

Y es muy lógico que usted juzgue por el resultado externo. Y hasta presumo más, y es que sea usted de los que aprecien el valor de una obra de espíritu por lo que económicamente rinde y el de una persona por lo que gana en dinero, o en plata si usted quiere. Y no quiero sino recordarle lo que más de una vez he dicho, y es que hay que saber ser pobre. Nosotros somos pobres en dinero, usted me resulta pobre en otras riquezas. Y váyase lo uno por lo otro.

No se envanezca, señor, de vivir al pie de la más alta montaña o al borde del más caudaloso río del mundo, que si usted no lleva una montaña de pensamientos en la cabeza o un río de sentimientos en el corazón, de poco habrá de servirle, si es que de algo le sirve aquello.

Y si tiene usted razón, tengo la franqueza, si lo es, de ser un encendido patriota de mi patria. No me duele que la juzguen; lo que no me duele, sino me produce grima, es que se metan a echarnos chinitas los que como usted no la conocen sino de oídas. ¡Y de qué oídas! Porque con oídos sucios de cerilla recibe usted referencias de bocas sucias. Y nada más.

Salamanca, setiembre de 1913.

POR CAPITALES DE PROVINCIA A mí, que tanto me duele España, mi patria, como podía dolerme el corazón, o la cabeza o el vientre, cada uno de estos viajes que hago por nuestras capitales de provincia me llena de cierto pesar no exento de hondas inquietudes. En cuanto llego a una de esas capitales voy a buscar a los jóvenes a que se llama hoy, no sin cierta sorna de parte de los maliciosos, intelectuales; voy a buscar a los que me han dicho que se preocupan de algo que trasciende de la materialidad inmediata de la vida: de arte, de literatura, de ciencia, de filosofía, de ideal en fin. Es decir, no soy yo el que suele ir a buscarles, sino que son más bien ellos los que me vienen a buscar a mí.

No sé si debo o no callar aquí una cosa triste; pero, en fin, he dicho ya tantas cosas que acaso debí callarme, que por una más...Pues bien: el caso es que cuando en una de esas sosegadas y a las veces modorrientas capitales de provincia--si es que la baja politiquilla no las sacude--encontráis un hombre que se interesa por el arte, la literatura, la ciencia o la filosofía, podéis asegurar que rara vez será uno de los que por su profesión debería interesarse por ellas. En todas nuestras 49 capitales de provincia y en seis u ocho poblaciones más hay institutos de segunda enseñanza, lo que en Francia se llama liceos. Parecía lo natural que cuando en una de esas ciudades se despierta algún deseo de cultura fuesen los profesores de esos centros los que se pusiesen al frente del movimiento cultural. Pero no suele ser así. Es más fácil encontrar de principal agente de esos movimientos de curiosidad y despertar espiritual a cualquier intrépido varón extraño al profesorado. Eso cuando éste no labora, en todo o en parte, y bajo cuerda contra semejantes despertamientos. Y es que es cosa terrible, lo sé muy bien, este oficio de la enseñanza, y no andaba tan lejos de la verdad Schopenhauer al decir que enseñando se olvida. Por lo menos he visto muchos que enseñando para ganarse el pan acaban por aborrecer aquello que enseñan y todo lo que a arte o ciencia huela.

Cuando llego, pues, a una de esas capitales de provincia procuro encontrarme no tanto con los encargados de administrar oficialmente arte, literatura, ciencia o filosofía, como con los que de estas cosas se preocupen. Y así que con ellos me avisto y les dirijo las preguntas de rigor, de si allí se lee, si interesan esos altísimos intereses humanos, si hay algún joven que empiece a descollar en su cultivo, etc., etc., al punto empiezo a oir las consabidas lamentaciones. «Esto está muerto; aquí a nadie le interesa nada; esto es un desierto; esto es un dolor; aquí no se puede vivir; hay que marcharse; aquí no hay sino baja politiquilla; aquí nadie lee nada...». ¿A qué continuar?

¿Es esto verdad? No, no suele serlo. Cuando me informo más despacio, más de cerca y más directamente, veo que el intelectual casi siempre exagera, cuando no miente. Es por una parte--permitidme que en esto me ponga pesado--es la manía lamentabilísima que aqueja a casi todos los españoles; la manía de quejarse. Os lo repito, permitidme que insista y me ponga pesado. Yo creo que es una secuela de aquella pordiosería que nuestra literatura picaresca tan bien retrata. La pordiosería, la mendicancia, va poco a poco curándosenos, aunque no con la rapidez que es de desear, pero la manía de quejarse persiste. Si al mendigo le cae el premio gordo y se hace rico acabará por dejar de mendigar, aunque no de pronto, pero seguirá lamentándose de su suerte, en el tono quejumbroso en que pedía limosna. Y es que hay la voluptuosidad de la queja. Y a esa manía se une la manía de calumniarnos.

Os lo he dicho cien veces, y os lo diré otras cien o mil más: cuando oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis mucho caso.

Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado. La inmensa mayoría de las patrañas y embustes que respecto al estado de España circulan por el extranjero proceden de españoles. Somos nosotros mismos los que a las veces, no más que por hacernos los interesantes, propagamos esas novelerías. Un pobre diablo que salió emigrado de su aldea, Robleda de Arriba, y que nunca vió sino esa aldea, va contando todo género de desatinos respecto a lo que nunca vió.

Pero aun quitando de lo que aquel intelectual provinciano nos dijo lo que se debe a nuestra manía de queja, y acaso a despecho personal, ¿no hay algo de verdad en ello? Sin duda. Sólo que eso lo mismo puede decirse en una capital de provincia española que de otro país cualquiera.

La cultura, la alta cultura desinteresada, artística, literaria, científica, filosófica, es planta muy delicada y que exige heroicos sacrificios de parte de los que la cultivan. Los más de los hombres viven absortos en la consecución del pan de cada día, y cuando han satisfecho sus necesidades inmediatas, si no les coge la concupiscencia del vicio les coge la pereza, que es acaso peor. En esos ámbitos tranquilos y soñolientos de provincia, el que no necesitando trabajar demasiado no se da al juego, a la bebida o la lujuria, se da a ver pasar estúpidamente las horas. Y es empresa terrible la de agitar esas ciudades y mantenerlas despiertas. Lo sé muy bien.

Los que se interesan por esos altísimos intereses, de ordinario emigran y se reúnen en las grandes capitales. Los artistas, literatos, hombres de ciencia, filósofos, etc., se van, aquí, en España, a Madrid. No todos, por supuesto. Y los que se quedan en provincias, o por necesidad o por su gusto, suelen verse aislados. Y teniendo que luchar con un ambiente naturalmente hostil, y más por pereza que por otra cosa, a su acción. Lo que Platón llamaba _misología_, el odio a la cultura, no es más que pereza espiritual. Pereza que puede darse en gentes muy activas para otras cosas.

El intelectual provinciano de ordinario se cansa pronto; tiene poco aguante para los desdenes, más fingidos que reales, de los que le rodean. Quiere ser reconocido y acatado muy pronto.

Hay, además, otro mal grave, y es que nuestra vida interprovincial es muy escasa. Casi todos los que trabajamos desparramados por la cultura patria nos comunicamos, cuando lo hacemos, a través del centro.

Figuraos una bola de la cual penden por otros tantos hilos diez, doce, veinte o cien bolas más y que siendo los hilos de igual longitud aparecen éstas agrupadas; algo a modo de una borla. Así es nuestra unión.

Una de las cosas que da una fisonomía más especial a la cultura italiana es que aparezca diseminada por toda Italia. Culturalmente Italia es un país federativo. Cuando me pongo a hacer recuento de los hombres eminentes que cultivan hoy en Italia el arte, la literatura, las ciencias o la filosofía, me encuentro con que los más de ellos viven fuera de Roma; en Nápoles, en Florencia, en Turín, en Bolonia, en Padua..., etc., etc. Mucho menos de esto sucede en Francia, cuya centralización cultural es enorme. Y muy poco en España, donde acaso apenas se exceptúa, fuera de algún que otro islote--como éste de Salamanca--Cataluña, en que la diversidad de lengua produce una cierta autonomía cultural.

A todos los jóvenes intelectuales provincianos suelo aconsejarles que no se dejen ganar por Madrid, y no por aversión a la villa y corte, no, sino porque estoy convencido de que el porvenir cultural de España depende en gran parte de que logremos descentralizar la cultura. Diez universidades son, sin duda, desde el punto de vista económico y de hacienda pública, demasiadas universidades para una población de 20.000.000 de habitantes, y donde no son tantos como se dice, ni mucho menos, los que cursan carreras; pero si esas diez universidades fuesen no sólo diez fábricas de licenciados en facultades literarias y científicas, sino diez focos de cultura artística, literaria, científica y filosófica, aún me parecerían pocas, y habría que sostenerlas y no con más empeño a la que costase menos o produjese económicamente más. Y que son tales focos, aunque no en la medida en que debieran serlo, no cabe negarlo.

Soy uno de los españoles--de entre los que escribimos para el público, se entiende--que más capitales de provincia conozco, pues es uno de mis mayores placeres recorrer ciudades, villas, villorrios, lugarejos y aldeas de España. Y en casi todas las capitales de provincia que he visitado, mejor dicho, en todas, he encontrado algún hombre o algunos hombres que podrían hacer mucho por la cultura del rincón de mundo en que Dios les puso, si no se dejaran ganar de ese desaliento previo, de antemano, que se expresa en nuestra quejumbrosidad. Es falta de temple moral.

Y es falta de educación. De una fuerte, recia y sólida educación clásica y filosófica. El joven intelectual provinciano cae fácilmente en literatismo, en diletantismo. Los grandes y eternos problemas humanos se le escapan. Le ha faltado disciplina. Ha leído acaso a Nietzsche en alguna detestable traducción de cualquier biblioteca barata de vulgarización, pero no se ha puesto a aprender alemán, pongo por caso, para leer y releer y meditar a Kant. Y esto no es tan difícil como a primera vista parece. Estudió en el instituto la asignatura--¡qué nombre tan feo es este asignatura!--de psicología, lógica y ética, y acaso le dieron premio y matrícula de honor en ella, pero con eso tal vez cobró odio a la psicología, a la lógica y a la ética, sin saber lo que son.

Son muchos los españoles, y españoles muy cultos, que creen que somos un pueblo refractario a la alta y desinteresada especulación filosófica, un pueblo afilosófico. Nuestro realismo tan pegado a tierra parece darles razón. Séneca, el moralista, no fué en rigor un metafísico. Pero yo creo más bien que nuestra filosofía, la que anda difusa y esparcida en nuestra literatura y no en obras estrictamente filosóficas, está por formular; yo creo que nuestro realismo, lo que yo llamaría, con una expresión que a muchos parecerá paradójica, nuestro espiritualismo materialista, esto de tomar el espíritu a lo material, no ha encontrado aún quien lo sistematice. Tomando la palabra idealismo en su sentido más estricto y técnico, en aquél en que lo toma, v. gr., Cohen en su _Lógica del conocimiento puro_ (_Logik der reinen Erkenntnis_) cuando dice que la historia nos muestra una notable oposición entre los espiritualistas, que representan al Logos, y los críticistas, que pelean por las ideas y ante todo por la idea, creo poder afirmar que el español no pelea por la idea, no es idealista. No somos de los que sacrificamos los hombres a las ideas, sino al revés, las ideas a los hombres. Y en este sentido técnico y preciso puede y debe decirse que Don Quijote, tan idealista en la acepción vulgar y ambigua de esta denominación, era en rigor un anti-idealista. Pero este nuestro anti-idealismo espiritualista, pragmatista y realista no ha sido, que yo sepa, íntegramente formulado.

¿Y cómo estos problemas, los más altos a que una inteligencia pueda dedicarse, despiertan entre nosotros tan poco interés? Sigo creyendo que no es sino defecto de educación. Y que ese mismo nuestro pragmaticismo nos lleva a desdeñarlos. Y es natural: una ciudad en que apenas si hay más preocupaciones que las de ganarse el pan, hacer dinero y divertirse, acaba por ser un ámbito tristísimo para ciertos espíritus de selección.

Hay una cierta ciudad populosa donde no escasea el dinero, donde hay actividad y hasta fiebre de negocios, donde las calles ofrecen el aspecto de una población próspera, donde las diversiones--teatros, ópera, cines, carreras de caballos, etc., etc.--abundan y donde no escasean las gentes de ingenio y viveza. Pues bien: un amigo mío se vió arrastrado por vicisitudes de la vida a esa gran capital, y me escribía diciéndome que la encontraba triste, muy triste. Y conociendo como conozco a mi amigo, y conociendo también algo a esa gran capital, aunque jamás he estado en ella, me explico muy bien la tristeza de mi amigo. Él sueña con Oxford, con Gotinga, con Bolonia, con...Y menos mal cuando el inadaptado, y acaso inadaptable, no cae en cualquiera de esos desesperados remedios contra el aburrimiento. Por ejemplo, en el juego, ese feroz azote, no tanto del bienestar de las familias, como de la inteligencia. Porque estoy convencido de que el juego estropea la inteligencia aún más que el alcohol. Prefiero tratar y conversar con un alcohólico a tratar y conversar con un jugador. Y éste del juego es el terrible castigo de las capitales de provincia donde la vida espiritual dormita; es el abismo en que caen las sociedades a que no inquietan las eternas inquietudes de una conciencia de veras despierta.

Salamanca, setiembre de 1913.

EN LA PEÑA DE FRANCIA Para descansar de las visiones de miserias de los barrancos hurdanos, para digerirlas más bien, ¿qué mejor sino la cumbre de la Peña de Francia, al abrigo del venerado santuario? Allá arriba, pues, ascendiendo paso a paso y huelgo a huelgo el pedregoso sendero; allá arriba, a hacer provisión de sol y de aire y de reposo.

Allí, en la cumbre, allí sí que parece la vida un sueño y un soplo.

Pero un sueño restaurador de la vela. «Tal cosa es la vida--dijo Leopardi--, que para soportarla hase menester de tiempo en tiempo, deponiéndola, recoger un poco de aliento y restaurarse con un gusto y como una partecilla de muerte».

Allí arriba, en la cumbre de la Peña de Francia, sentía caer las horas, hilo a hilo, gota a gota, en la eternidad, como lluvia en el mar. Mejor que gota a gota diría copo a copo, pues que caían silenciosas, como cae la nieve, y blancas. Es del silencio sobre todo de lo que allí se goza.

No se oye a la alondra que, elevándose desde los surcos del sembrado de las llanuras, siembra su canto desde el cielo, sino que se ve al buitre cernerse sin ruido sobre nuestras cabezas, o tal vez a nuestros pies.

Porque hay aire debajo, como le hay encima y en derredor de nosotros.

ni di-versión, sino más bien in-tracción e in-versión. Al perderse así en aquel ámbito de aire hay que meterse en sí mismo. Pero en lo mejor de sí. Meditar, esto es, vagabundear con el espíritu por los campos de lo indefinido, mientras se contempla aquellas negras masas de mosquitas al abrigo de los muros interiores del santuario, en la iglesia y en las celdas, o mientras se espera qué hará al llegar al extremo de la varita aquella vaquita de San Antón--tan redondita, roja y con sus pintitas negras--que la pusimos en la cucaña para matar en algo el tiempo, o mientras oímos perderse en el aire de la cumbre los sones de la salve del rosario, que brotan del coro al despedirse el día.

En la vida de sosiego cualquier accidente cobra relieve. Hay que ir a despedir, escoltándolo un trecho, al que baja al llano y se va; hay que salir al encuentro del que sube. ¿Quién será ése que viene?

Y luego horas y más horas en ver tenderse a nuestros pies, como un mapa que sobre una mesa se despliega, el llano.

De la parte sur, por detrás de la intrincada malla de los montes de las Hurdes, el llano de Extremadura brillando al sol, la principal incubadora que fué de nuestros viejos conquistadores. Y del lado del norte, este mi campo de Salamanca, este dorado campo de mis ensueños de otoño.

Me pongo de cara a la ciudad, que está allí, por sobre aquel piquito oscuro. A mi derecha, al naciente, el macizo de la sierra de Béjar, el Calvitero, en forma de gigantesca parva. Brillan algunas casas de Béjar. Saludo a la cima hermana, más alta que ésta en que estoy, y donde una vez, antes de rayar el alba, acostado en tierra y sin más techo que el cielo, me vi envuelto en una nube de tormenta. Y fué entonces cuando comprendí al Dios del Sinaí.

Más acá de Béjar, y a mi derecha también, la región de la sierra de Francia. El río Francia va allá, por dentro de esa mancha que marca su tajo. Allí abajo está San Martín del Castañar, con las ruinas de su castillo, cubiertas en parte por el manto verde de la yedra, y más allá, después de pasado Sequeros, Miranda, del Castañar también, y también con su castillo. A cada uno de esos pueblecitos se podría bajar en un vuelo desde esta altura, sin más que dejarse planear, con las alas quietas. En esos castillos habitaron acaso señores cuando los señores vivían en el campo, allá, qué sé yo...en los viejos tiempos de Maricastaña, en los días aquellos en que las hijas de los reyes iban a lavar sus paños al agua, según canta la canción infantil. Y todo ello son hoy canciones de niños. Los castillos de Castilla están vacíos, y los nietos de los que los levantaron no es que no los habiten, es que los dejan arruinarse y abatirse a tierra. A lo mejor sirven sus piedras para hacer cercas.

Aquí, más cerca, diríase que a un tiro, otras ruinas, las ruinas del convento de abajo, junto al Maíllo. Era el convento de invierno que tenían los dominicos que veraneaban en este convento alto de la cima de la Peña. Pocas cosas más melancólicas que una colmena silenciosa y desierta. Y entre este convento abandonado y aquel otro pobre convento de Franciscas, el del Zarzoso, que se ve allí blanquear en la cuesta, ese manchón de verdura por donde se guarecen los corzos y adonde a las veces baja el jabalí.

A la izquierda, en aquel tapiz de tan variados matices y cambiantes, donde predomina el oro, brilla a las veces, a la caída de la tarde, y como un ojo celeste en la tierra, la laguna del Cristo de la Laguna.

Y me sube del fondo de los recuerdos uno que allí se me grabó para siempre: el de una tarde, puesto ya el sol, en que al trasponer un pliegue del terreno vi de pronto a las encinas como mirándose en un cielo que se extendiera a sus pies.

Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al cielo, por si llueve sobre la tierra.

¿Y si no llueve? Si no llueve, los frutos abortan en leche, y a otros les ataca el tizón. Cuando el fruto de la encina, y aun el de otros árboles, enfermándose, se mela, destila a tierra mangla, que cosechan las abejas, pues es la mangla dulcísimo tributo para la miel de la colmena. Destila miel el pobre árbol enfermo.

Una mañana, al levantarme antes que el sol y salir a saludar al campo, cubría la llanada un mar de nieblas sobre que se destacaban, como islotes, algunas colinas. Por desgarrones del mar veíase a ratos su fondo verde. Es una visión que recuerdo siempre que en el fondo de estas ciudades del llano en que vivimos amanece un día sin sol, por velarlo la niebla baja. Esta baja niebla, que retiene y arrastra sobre los plantíos los gérmenes del añublo. A la cumbre, donde no llegan las nieblas, tampoco llega el añublo del espíritu. Se añubla el alma, como el trigo, bajo la niebla que forma el vaho de nuestras mismas concupiscencias.

Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles, sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no oirlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.

Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen: Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría, columnas de la tierra castellana...Columnas, sí, pero truncas. ¿Qué sostienen? ¿Acaso el cielo? ¿O no son más bien lo que nos resta de un vasto templo que cobijó a un dios, hoy muerto, en algún tiempo? ¿O no son torres babélicas de la naturaleza, de cuando ésta quiso escalar el cielo? Aquí, bajo mis pies, dentro de esta Peña de Francia, ¿no sufre y espera algún Encélado, algún titán preso? Todo este reposo ¿no está preñado acaso de inquietudes? ¿No es éste el punto de equilibrio en que se encuentran enormes fuerzas que se contrapesan?

Algo así debe de ser, porque del seno de este reposo siento que me invaden el alma aluviones de energía y un tumulto de pensamientos informes, de larvas de ideas, que, formando nebulosa, buscan liberación. El silencio está preñado de rumores. Y de las visiones de esos pueblecillos tendidos a mis pies parece subir la llamada de la patria. Esta alfombra que se despliega aquí, debajo mío, es un pedazo del cuerpo de España.

Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.

LAS HURDES I Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda, y cuantos van a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a corroborar y aun exagerar la tal leyenda o a rectificarla. Y no creo haber estado libre de este sentimiento.

Hace ya años, lo menos diez y ocho, que me llegué desde la Alberca hasta el famosísimo valle de las Batuecas, y desde entonces quedé deseoso de visitar las Hurdes; mas aunque después he andado por la sierra de Francia, nunca, hasta este verano, se me cumplió el deseo.

El lector que desee noticia detallada de la región de las Hurdes, de sus tierras y sus gentes búsquela en otra parte. Desde M. Vide se han escrito diferentes relaciones. La última de que tengo noticia, la del viaje del señor Blanco Belmonte, es excelente. Lo que va a seguir son notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.

Nos dispusimos a entrar en Las Hurdes mis dos compañeros de excursión y yo por el Casar de Palomero, desde Extremadura. Mis dos compañeros eran M. Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyón, y M. Maurice Legendre, este puro francés tan amante y tan buen conocedor de nuestra España. Legendre conocía ya las Hurdes. En el número de julio de este año de _La España Moderna_ puede verse la traducción de un trabajo suyo, «El Corazón de España», publicado antes en _Le Correspondant_. Es algo que debe leerse en España y hacer votos por que todos nuestros amigos franceses sean como Legendre. Nos acompañaba el tío Ignacio, de la Alberca, de quien Legendre da noticia en su escrito. Íbamos, pues, dos españoles y dos franceses.

Partimos de Aldeanueva del Camino a pie, y por Abadía y Granadilla nos dirigimos al Casar de Palomero. Tierras extremeñas, las que cantó como una alondra Gabriel y Galán; tierras solemnes. Hay algo de religioso en la majestad de ciertos alcornoques--_honni soit qui mal y pense_--, y nunca he podido verlos desollados, como San Sebastianes vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol.

La vista de Granadilla a la distancia, con su recinto de murallas y su torreón de entrada, nos quita algunos siglos de encima. ¡Y pesan tanto! Pero más pesa aún la paz plúmbea, bajo un cielo de implacable limpidez, de que se ve uno ceñido dentro de la villa. Y por dondequiera el recuerdo de Galán, del poeta. Y esos hombres de siempre, fuera de época, que parecen arrancados de una novela picaresca, y con que uno se encuentra en las posadas de los pueblos donde no hay ferrocarril; esos hombres como el sastre aquel ambulante y aficionado al zumo de la vid.

Después de Granadilla, unas soledades henchidas de luz del cielo. La jara, como pebetero del desierto, las perfuma. Por allí, el torbisco, amargo como la vida de quien tiene que trabajar esa tierra; madroños, romero, lentisco y aquella retama, _contenta dei deserti_, que cantó Leopardi.

Al empezar a ver sobre Moedas, en el puerto del Gamo, castaños y olivos mezclados en no sé si amigable compañía, recordé haber visto en no sé qué Atlas geográfico separadas por una línea la región del olivo y la del castaño. Debíamos estar en la línea misma. Y de hecho casi siempre se vive en líneas así, divisorias.

¡Y qué largo se me hizo el camino al Casar! En una gran ermita empezó a anochecernos, y aquello no acababa. Silenciosos, sin decirnos nada, uno tras otro, sobre el pedregal del sendero montañés. Y al llegar al Casar, de noche ya, qué tragos de agua, de agua de Sierra, del cántaro de una buena samaritana--es un decir--de la fuente que hay a la entrada del pueblo. Mientras bebía, al levantar con la cabeza los ojos, encontraron éstos en una estancia de la casa frontera, iluminada a luz eléctrica, dos novios sentados a una camilla. Me informé luego de ellos. Es una vieja debilidad.

El Casar de Palomero puede llamarse la corte de las Hurdes, y sus dos capitales, Pinofranqueado y Nuñomoral. Es decir, las Hurdes tienen dos especies de cortes: el Casar del lado de Cáceres y la Alberca del lado de Salamanca.

Buen pueblo el Casar, atractivo para quien ama la paz del retiro y el retiro de la paz. Pueblo con dos médicos, y esto no es ninguna bendición cuando basta y acaso sobra uno, y esa dualidad es fuente de disensiones y partidos, y pueblo con dos fábricas de luz eléctrica, lo que les permite alumbrarse casi de balde. Y no deja de estar relacionado lo de los médicos con lo de la luz.

Excelente remanso de sosiego este Casar de Palomero, con su fisonomía serrana, sus grandes balcones de madera para tomar el fresco. Cuando entramos, anochecido ya, parejas de enamorados, bien arrimaditos, en los bancos de las casas. ¡Estos amoríos lentos de los pueblos recogidos y aislados!

Topé con conocidos, con estudiantes, y pronto tuvimos en torno nuestro en la posada a los notables del pueblo. Y gusta charlar así. Nos informaban de las Hurdes y de los hurdanos, y pude observar que la leyenda empezaba ya allí. Y además, que suele suceder que aquéllos que viven junto a una región famosa y de que se habla mucho suelen ser con frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla por sí. El maestro del Casar, D. Feliciano Abad, sí que conoce las Hurdes.

Un pequeño croquis que de ellas nos hizo nos fué utilísimo.

Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche fué una lamentable sinfonía--es un decir también--de ladridos. A ratos estuve por asomarme al balcón a gritar: «¡Que maten a ese perro!». Pero no era uno solo, no. Parecía alejarse, perderse en el otro extremo del pueblo; pero volvía al punto.

Sólo al romper la mañana, cuando los gallos cantan, callaron los perros. Había ya otros voceadores que nos desvelaran.

Y a la mañana, después de haber visitado la iglesia y aquella cruz que los judíos apedrearon antaño, emprendimos, montaña abajo, junto al río Ángeles, que corre entre piedras limpísimo, el camino de Pinofranqueado, de las Hurdes. El maestro nos escoltaba.

Estábamos ya en las Hurdes, lejos del mundo bullanguero, siguiendo lo que dice el agua que canta al pie de las montanas peladas, vestidas no más que de brezo, helecho y matorrales bajos; montañas de perfiles suaves, redondeadas, que bajan, al parecer, mansamente a bañar sus pies en el agua; pero montañas recias y ásperas, madrigueras de bestias más que cunas de hombres. Pero ¡qué sensación de recogimiento! ¡Y el bañarse allí, en la claridad del agua que canta entre canchales y secarse al sol, desnudo como el cuerpo que se le entrega!

¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no habríamos de saber nada de él.

Los tesos, collados y montañas se entrebrazaban unos con otros. En su disposición general forman las Hurdes tres hondos valles casi paralelos: el del río Esperabán, el del Fragosa y el del río Hurdano, sin contar el del río Ángeles; pero, dentro de esta traza, ¡qué intrincamiento de repliegues! Difícilmente se encontrará otra comarca más a propósito para estudiar geografía viva, dinámica, la acción erosiva de las aguas, la formación de los arribes, hoces y encañadas. Y una maravilla de espectáculo a la vista, ya desde los altos se dominen las hondonadas y el vasto oleaje petrificado de las líneas de cumbres, ya desde los barrancos se cree uno encerrado lejos del mundo de los vivos que leen y escriben.