Y así llegamos a Pinofranqueado, la capital de las Hurdes bajas. Un buen pueblo, sin nada de la ridícula leyenda del salvajismo hurdano.
¡Y con impaciencia de entrar de una vez en las verdaderas Hurdes, es decir, en aquéllas de que se nos ha dicho tantas veces que los hombres casi ladran, que se visten de pieles y huyen de los...civilizados!
Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡hay que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata! «Ni los holandeses contra el mar», me decía, y no le faltaba razón.
Pero de esto más adelante.
II En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo.
"Sí; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya, encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente benemérita.
Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas, la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de entrada. Empezaba la visión de la miseria.
Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó: niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es.
Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante.
Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó, no el que obtuvo mejor éxito.
Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por sí, sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza, cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid; canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal, su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una pobre mujeruca de las Mestas.
Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí sí que encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno; es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama nupcial, la del _rejollijo_.
Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.
En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.
Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!
La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran, y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya os diré lo que de ello creo.
Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann, de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del Supremo Cazador.
En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos, cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas, casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación, que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.
¡Pobres hurdanos! Pero...¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España; son, sí, uno de los honores de nuestra patria.
III Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las Erías me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y arrullándolos con maternales caricias.
Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos, que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.
Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle--o, mejor que valle, barranca--, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho muy bien de esto.
Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que el Gasco, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gasco por aquellas infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y sucia negrura de aquella zahurda.
Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que comemos»--decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no huyen de los visitantes. Al contrario, acércanse a ellos a pedirles cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.
Por fragosísimo sendero, desde el Gasco a Fragosa. Y aquí a bajar al río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua como la de aquí!»--decían con orgullo. Y esto lo oímos en las Hurdes por dondequiera. La tierra es mísera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas?
¡No las hay mejores en el mundo! Esto mismo dirán, me figuro, aquellos pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal alguna, dicen: ¡No hay ideas como las nuestras, como las ideas puras!
Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo, mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como escribiendo!». Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba conocer las lenguas de los distintos reinos--nos oyó hablar francés--, correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabía que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?
De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en una más de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas un sociólogo.
Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que acabábamos de atravesar. Hay, sí, en Nuñomoral viviendas deplorables; pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas. La de D.
Patricio Segur, de cuya hospitalidad cordial y franca gozamos, es una muy buena casa hasta para fuera de las Hurdes.
Y es así como va transforma aquella región, partiendo el cambio de ciertos centros tales como Pinofranqueado y Nuñomoral, y aun Las Mestas, especie de capitales. Siempre la civilización ha sido de irradiación urbana. Y se consigue, sin duda, más, mejorando esas capitales y que de ellas irradie la mejora, que pretendiendo levantar homogéneamente el nivel civil del campo. Mas veo que caigo en sociólogo, y esto es peor que verse obligado a no beber sino agua purísima de las cumbres, agua destilada del cielo.
De Nuñomoral, en un principio por el nuevo camino vecinal que se está haciendo, a Casares, pasando por La Segur. Esta alquería de La Segur es tan mala como cualquiera de las del valle de Fragosa. Me asomé a la vivienda de uno que me dijeron era uno de los ricos del pueblo, y aquella visión cortaba el respiro.
Por todas aquellas abruptas faldas había grandes manchones de quemado, para que el brezo retoñe más lozano. Pero queman también los pinares, los persiguen. Es decir, cuando son del común, cuando el Concejo los hubo plantado, no cuando son de particulares. Hay lo de que los cabreros son los enemigos más acérrimos del arbolado; pero hay también la guerra a la propiedad comunal. El hurdano es radical y fundamentalmente individualista. Como que por eso brega y pena allí y apenas emigra, y si emigra vuelve.
En Casares, un buen refrigerio, gracias a D. Santiago Pascual, y un buen reposo, una siesta restaurada. Y desde allí a trasponer un alto para dar vista al otro valle, o mejor barranca, al de las Hurdes Altas.
Y una vez más volví a gozar la emoción, tan familiar a mis mocedades, de estas ascensiones lentas, en rodeos y vueltas, abriendo más cada vez el pecho, ganando más horizonte cada vez, viendo achicarse lo que abajo queda y mirando de rato en rato a la nítida línea en que la cumbre corta al cielo e imaginándose uno cómo será el otro mundo--porque es un mundo también--que del otro lado se extiende. El macho se detiene a las veces a comer un poco de carqueja y uno se impacienta. Es mejor ir a pie, llevarse a sí mismo, que llevar un macho. «¡Qué brutos animales!»--repetía, como un estribillo, el tío Ignacio.
Y por fin en la cumbre, habiendo domeñado al coloso, puéstole los pies en la cabeza, y contemplando, mientras se toma huelgo, cuál será la mejor bajada. Allá en el fondo la entrada de la tercera barranca, la del río Hurdano, que se hurta a la vista en el intrincamiento de los montes, cuyos perfiles se cruzan como en el corte que llaman los carpinteros cola de milano. Y al pie de nosotros, en la hondonada, la testudo de tejados pizarreños de Ríomalo de Arriba. Al acercarnos al cual una chicuela que estaba en un huertecillo, salió disparada, saltando de risco en risco, como una cervatilla a la que se sorprende.
Y subían cantares del fondo. Y no la primera vez, pues ya otras, al acercarnos a estos misérrimos pueblecitos, oímos algún cantar humano subir barranca arriba, hacia los cielos.
IV Las Hurdes Altas, desde Ríomalo de Arriba a Las Mestas, es, en conjunto, lo menos malo de toda la región hurdana. Las parras que sombrean de un lado a otro la callejuela principal de Ríomalo, al despedazar la luz que en ella entra, como que la viste de un abigarrado traje. Al salir del pueblecillo, sus habitantes casi todos habíanse congregado a vernos marchar. «¿Qué serán? ¿Los del camino?
¿Ingenieros? ¿Acaso algunos que vuelven de América?».
Junto al río, entre las piedras, la moza que estaba a macerar el lino, se lavaba las ágiles piernas. Y era un espectáculo de paz y de sosiego.
Una moza esbelta, firme como un arbolillo silvestre que no conoce la poda. Me acordaba de Rousseau y de sus teorías, tan en boga en un tiempo, sobre el estado de naturaleza.
Un alto en el Ladrillar, a tomar huelgo y agua, esa agua como no la hay otra. Y reunión de comadres y las lamentaciones de rigor. Hasta que un recio mocetón, curtido del sol, que llevaba a un niño en brazos, exclamó que estaba ya harto de oir tanto repetir que era aquella la peor tierra; que esto no era así, ni mucho menos; que él había corrido mundo, habiendo estado en el Canal--el de Panamá--, en el Brasil, en la Martinica, en Jamaica...y que había visto muchas tierras peores que la que ellos habitaban. «¿Pero esas tierras están habitadas?»--le pregunté; y él:--«No, señor, porque no las cultivan»--me contestó--.
«Ésa es la diferencia--le dije--; que allí no se empeñan en habitar y cultivar lo que no lo merece».
¿Tuve razón? Porque ved por qué esos pobres heroicos hurdanos se apegan a su tierra: porque es «suya». Es suya en propiedad; casi todos son propietarios. Cada cual tiene lo suyo: cuatro olivos, dos cepas de vid, un huertecillo como un pañuelo moquero (y no es que usen de estos últimos). Y prefieren mal vivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya la tierra porque la han hecho ellos, es su tierra hija, una tierra de cultivo que han arrancado, entre sudores heroicos, a las garras de la madrastra naturaleza. Ellos la han hecho, cada uno la suya, apoyando un olivo, construyendo un bancal para una cepa, rehaciendo la cerca que destrozó la avenida de aguas o el jabalí.
No ha faltado filántropo hurdanófilo--todas estas palabras, cuyo primer componente es un nombre étnico y el segundo componente es «filo», ¿no os huelen un poco a sociología?--no ha faltado filántropo hurdanófilo--y son dos filos--que haya propuesto como remedio al que llamaremos problema de las Hurdes despoblarlas, sacar a sus habitantes y darles modo de vivir en otra parte. Pero si un padre tuviese una hija enferma, enferma de una enfermedad crónica que la sujeta y clava a su lecho de dolor, de donde no se puede moverla, y ese padre hubiese luchado un día y otro, y meses y años por arrancar a su hija de la muerte, y en esta lucha se hubiese extenuado, ¿le diríais que abandonase a su hija, que la dejara morir y salvase su vida? Pues la pobre tierra cultivada de las Hurdes es la hija de dolores, de afanes, de sudores, de angustias sin cuento, de esos heroicos españoles a quienes se llama salvajes. Ellos la han hecho.
Fueron allá, Dios sabe cómo, huyendo acaso de persecuciones de raza--¡quién sabe si hasta de religión!...--, fugitivos tal vez, o bien, vagueando, y allí, donde ni el amo ni el fisco les perseguían, empezaron a crearse una tierruca. Salen algunos, sí, pero en cuanto hacen unos puñados de pesetas vuelven a comprar. Hace unos años lo más de Las Mestas era de albercanos--casi todas las Hurdes pertenecieron antaño a la Alberca--, mas hoy han comprado ya los que la habitan sus propias tierras, y aún alguno empieza a comprar su terreno de la Alberca.
Del Ladrillar fuimos a hacer noche al Cabezo. Noche en una buena cama, por mi parte, pues mis compañeros durmieron al sereno, en el porche de la iglesia. Yo en una buena cama, en un cuarto amplio, decorado con cuadros hechos con portadas en colores de novelas por entregas, junto a estampas de la Virgen, San Antonio y el Corazón de Jesús.
Allí, la portada de _El Barquero de Cantillana_, por D. Rafael Benítez Caballero, que editó D. Felipe González Rojas; allí, un retrato del marqués de la Habana; allí, el rey Amadeo, yendo, apenas llegó a Madrid, a ver el cadáver de Prim.
En el Cabezo nos ofrecieron si queríamos comprar un loro, y vino un pobre hombre a que le tradujese una carta en inglés, que había recibido de la Compañía del Canal de Panamá, en que trabajó. Sin duda el tío Ignacio le había dicho que yo sé las lenguas de todos los reinos. Y esto da tanto prestigio como el saber dibujar un poco.
Entre el Cabezo y Las Mestas, en un repliegue del camino, ciertos restos o despojos humanos con unos pedazos de periódicos al lado. ¡Y luego dirán que es un país salvaje! Y no es que me escandalice yo mucho de la porquería, no. Hasta he pensado escribir un ensayo sobre la voluptuosidad del pringue. Ensayo lo menos sociológico posible.
Dimos vista a los cipreses de Las Mestas. Pueblecillo encantador a la distancia, que ni pintado para un pintor. Aquel río limpísimo, aquel puentecillo, aquellos remansos a la sombra, entre piedras redondeadas de apariencia mórbida, aquellas cuestas por fondo y la corona del cielo. Y dentro ya del pueblecillo, aquella callejuela cubierta de la fronda de las vides. Y todo ello engastado entre frescas y verdes arboledas.
Desde Las Mestas, al famosísimo y ya leyendario valle de las Batuecas, donde estuvo el convento carmelitano en un tiempo. El camino de Las Mestas a Batuecas es de lo más frondoso que se puede encontrar. Después de la desolada aridez de las cuestas hurdanas, probremente vestidas de brezo, helecho y jara, viene aquel camino sombreado por prietas frondas.
Las Batuecas, como obra en gran parte de los frailes que poblaron su soledad, como obra de solitarios contemplativos, ofrece una riquísima variedad de especies arbóreas. Diríase un jardín botánico abandonado. Y en esto me recordaba el valle de Guadalupe--éste mucho más extenso--, obra de aquellos jerónimos de que nos ha dejado perenne recuerdo el padre Sigüenza. Alcornoques, encinas, robles, tejos, avellanos, cipreses, madroños, olivos...y luego frutales de varias clases. Y allá, por los riscos, la ruina de una ermita junto a un ciprés.
Pero no voy a descubriros las Batuecas. Sentíame embargado por esa extraña sensación de la reminiscencia, de ir despertando a la vista de la realidad presente mi viejo recuerdo de la visita que hice a las Batuecas hace diez y seis o diez y ocho años.
Las Batuecas tienen su valor proverbial en nuestra literatura. Y Legendre me dijo que madame de Genlis escribió una novela, _Les Battuecas_, donde una batueca, que vive arcádicamente y en estado de naturaleza rousseauniana en ese feliz valle del corazón de nuestra España, sale a correr mundo y a enterarse de su degeneración. Y Jorge Sand dice que esa novela, que siendo niña le leyeron, influyó en su vida toda.
De las Batuecas salimos a la Alberca. Y luego a nuestra querida Peña de Francia, a tomar aire, sol y paz en aquella cumbre de silencio y de sosiego.
Salamanca, agosto de 1914.
SALAMANCA Sí, ya sé que un publicista se debe a su público, un escritor a sus lectores, y hasta a cada uno de ellos. Pero esto tiene, como es natural, sus límites. No puede llegar a que se escriban artículos, crónicas o correspondencias criptográficas, quiero decir con clave, cuyo último sentido sólo un lector o un pequeño grupo de lectores comprenda, y tampoco se puede llegar a ponerse el escritor a merced de uno cualquiera de sus lectores que le diga: «Escriba usted sobre esto o lo otro».
Traigo esto a cuento de las cartas que de vez en cuando recibo, en que éste o aquél de mis lectores me invita y ruega a que escriba sobre tal o cual asunto que a él le interesa, sin considerar si me interesa a mí o ha de interesar a otros lectores. Esas cartas suelen serme preciosas, en cuanto me dan de ordinario interesantes datos y noticias, que aprovecho cuando la ocasión se me presenta; pero no creo que los que me las escriben pretendan dictarme los argumentos de mis correspondencias.
«Sí, usted mucho de alardear de independencia de criterio y de franqueza--venía a decirme en una segunda carta uno de esos espontáneos corresponsales--, ¡pero qué poco ha dicho usted, nada, de lo que le indiqué que dijera!». Pues bien: sepa, señor mío, que no me gusta sacar a otros las castañas del fuego, como suele decirse, y que si he dicho y repetido cien veces aquellas palabras de San Pablo, de que hay que decir la verdad oportuna e inoportunamente, de la oportunidad o de la inoportunidad de decirla he de juzgar yo y no los demás. Cierto que debe decirse la verdad, pero hay muchas más verdades que decir que tiempo para decirlas, y si digo las verdades _a_, _b_, _c_ y _d_, que usted quiere que diga, dejaré de decir las verdades _x_, _y_ y _z_, que son las que quiero decir. Y no cabe decir dos cosas a un tiempo, ya que la palabra se desarrolla en tiempo y no en espacio. No es, pues, que yo tema decir lo que usted quiere que diga; es que tengo que decir otras cosas que me parecen de más momento o por ahora me interesan más.
Y voy ahora a lo que otro me dice, y es cómo, habiendo escrito aquí de tantos pueblos como en mis correrías por España y Portugal he visitado, no he dedicado una sola correspondencia a describir a mis lectores esta Salamanca en que vivo y trabajo.
La cosa me parece sencilla. En primer lugar, los otros pueblos los visito y los describo como turista o viajero curioso, y éste, en que vivo, no lo visito; éste es mi hogar. Además, ¿no están mis correspondencias todas llenas de esta Salamanca en que vivo y escribo y trabajo? ¿No vibra en ellas su ambiente todo? Porque si no es así, os declaro que estas mis correspondencias no valen nada, absolutamente nada.
Más de uno me ha reprochado la personalidad de mis escritos; el que me pongo en ellos; el que siempre se me ve allí; el que yo, el yo que unos llaman impertinente y otros satánico, se mueve y agita en sus líneas todas. Confieso, en efecto, que no profeso las doctrinas de Flaubert respecto a la impersonalidad en el arte; es más, que creo que esas doctrinas no son sinceras y que si gusto tanto de los escritos de Flaubert, de sus novelas, es porque veo en ellas a Flaubert mismo y mucho más desde que leí su extraordinaria correspondencia privada.
Los únicos escritores perfectamente impersonales son los que carecen de toda personalidad, y entre ellos los puros eruditos y los meros informadores.
No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierte a ponerse en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas. Y yo os digo que quienes sigan con alguna atención mis escritos conocen esta mi Salamanca mucho mejor que cuantas ciudades haya descrito en ellos. Permitidme una comparación aunque a alguien pueda parecerle presuntuosa. Hay cuadros de Velázquez y del Greco en que apenas hay fondo de paisaje, pero a través de aquellas figuras de hombres, de hombres solos que llenan todo el cuadro, se ve el paisaje castellano, se ve su celaje. Recuerdo un cuadro moderno, de pintor vivo, que representaba un viejo marino mirando desde una atalaya al mar. En el cuadro no se veía ni el más pequeño retazo de mar, pero a los que conocemos a éste os aseguro que el mar se nos presentaba allí mucho más vivo que pintado. En los ojos del viejo marino, en su mirada, veímos el mar.
Sí, yo podía describiros esta ciudad y ejercitar mi mayor o menor virtuosidad en la descripción literaria. Podría deciros cómo esta ciudad de Salamanca, asentada en un llano, orillas del Tormes, es una ciudad abierta y alegre, sí, muy alegre. Como el sol, que sobre ella brilla, ha dorado las piedras de sus torres, sus templos y sus palacios, esa piedra dulce y blanda, que recién sacada de la cantera se corta como el queso, a cuchillo, y luego oxidándose toma ese color caliente, de oro viejo, y cómo a la caída de la tarde es una fiesta para los ojos y para el espíritu ver a la ciudad, como poso del cielo en la tierra, destacar su oro sobre la plata del cielo y reflejarse, desdoblándose, en las aguas del Tormes, pareciendo un friso suspendido en el espacio, algo de magia y de leyenda.
Podría hablaros del follaje de piedra de sus fachadas, de la riquísima ornamentación de sus tallas platerescas y de cómo nació aquí el plateresco. Estilo, sin duda, recargado, gongorino, aunque no tanto como el manuelino portugués. Aquí, en esta misma Universidad, junto a la cual estoy escribiendo, hay una fachada del siglo XVI, que se les invita y enseña a admirar a los visitantes y turistas; pero yo prefiero otros más antiguos y más ingenuos adornos que dentro de ella, a su entrada, hay en el techo. La fachada es más talla que arquitectura y peca de profusión. Prefiero los encantadores patriarcas--Abraham, Salomón, David, Daniel--que cierran las nervaturas de las bóvedas.
Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.
Si queréis bullicio, aunque bullicio moderado y tranquilo y cotidiano, y casi diré doméstico bullicio como aquél con que los niños llenan un hogar, acudid en esta ciudad de Salamanca a su hermosa plaza Mayor, una de las plazas más armoniosas, según me decía el arquitecto alemán Jürgens. Una plaza cuadrada--es decir, un cuadrilátero, no un cuadrado--con sus soportales y toda llena de aire y de luz. Una tarde, paseándonos los dos por ella, me decía mi amigo el gran poeta peninsular, o mejor ibérico, Guerra Junqueiro: «Me gusta esta plaza porque en ella la muchedumbre tiene movimientos rítmicos». Y, en efecto, circulan bajo sus soportales los hombres y las mujeres en dos filas, separados, dándose cara, ellos hacia la parte de fuera, en el sentido del reloj, ellas por la parte de dentro, en el otro sentido. Y hay algo de litúrgico en este circular--mejor sería decir «cuadrar»--de las gentes de la ciudad por su plaza. Salmantino hay que puede decirse que vive en ella. Es el principal mentidero de la ciudad; es también su principal escuela de haraganería. Y sin molestias de tranvías.
Fué el mismo Guerra Junqueiro quien otra vez me dijo: «Feliz usted que vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño». Y así es. Hay viejas calles, como la de la Compañía, al pie de palacios y templos dorados por los soles de los siglos, en que puede uno ir soñando en una España celestial, colgada para siempre de las estrellas. Y hay un rincón, junto al convento e iglesia de las Úrsulas, entre álamos que allá en la primavera, cuando brota en ellos el tierno plumoncillo de las hojas nuevas, nos da la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la eternidad, de un pasado que es a la vez un porvenir, de una puesta de sol que se confunde con el alba.
Y los sotos de las orillas del río, con su verdura discreta y sobria, sin esa lujuriosa exuberancia de los países de selva, con esas dulces perspectivas virgilianas u horacianas. Ha sido en paisajes así, limitados, sencillos, al parecer pobres, donde ha nacido la poesía eglógica. Aquí se inspiró fray Luis de León. Y los que hablan de la fealdad del campo castellano no saben lo que se dicen. Tienen la vista vulgarizada por los cromos de comedor de fonda.
Y como los frescos sotos de las márgenes del río, son los sotos de columnas de estas iglesias y estas catedrales--pues aquí hay dos.
También estos bosquecillos de columnas, con su pétreo follaje de capiteles, con sus bóvedas que se cierran, dejan correr por medio de ellos un cauce, aunque de aguas invisibles. Cuando el órgano resuena se oye el rumor de esas aguas del espíritu. Y en medio de la catedral vieja, la románica--ya a comienzos del gótico la medioeval, entre sus fuertes columnas elefantinas, se ve cómo nació la patria. Y allí se sueña con aquel bravo obispo don Jerónimo, el francés, del Perigord, el _coronado_ que vino de la parte de Oriente, según reza el viejo Cantar de Mio Cid, el que acompañó a Rodrigo Díaz de Vivar en su conquista de Valencia, el que le pedía le otorgase las primeras acometidas, aquel obispo que quería mojar su lanza en sangre de moros y cuyos huesos, tan molidos un tiempo, descansan hoy aquí, en Salamanca.
Y cerca de donde descansa el viejo y negro crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las batallas. ¡Cuántas cosas no dice ese Cristo de las batallas, que tantas _arrancadas_ presenciara!
De la vieja leyenda nigromántica y alquímica de esta ciudad, de lo que ha hecho que el nombre de Salamanca signifique lo que significa en apartados rincones de esa tierra americana--¡la Salamanca!--de esa, ¿qué he de deciros? Aún discuten aquí dónde se encontraban las famosas cuevas en que el marqués de Villena se dedicaba a sus brujerías y encantamientos.
¿Y qué de la Salamanca de la Celestina y de la del estudiante de Salamanca de Espronceda, con su calle del Ataúd, que hoy lleva otro nombre? Estudiantes, aunque no como aquél, aún quedan, y Celestinas me parece que también.
Y no creáis que con todo eso sea ésta una ciudad muerta que sólo vive de su pasado y de sus recuerdos de gloria, no. Es una ciudad que crece, aunque lentamente; una ciudad que extiende su comercio, y aunque en menor escala, también su industria y su agricultura. Crece sin ruido y sin fantasía. Y una ciudad alegre, íntimamente alegre. No juzguéis por mí, ni atribuyáis a Salamanca eso que algunos llaman, no sé bien por qué, mi misantropía. Aquí la gente murmura, como en todas las ciudades pequeñas y también en las grandes, pero murmura de todo, unas veces de lo chico, otras de lo grande, unas de lo humano y otras hasta de lo divino.
Porque eso de que ésta sea una ciudad levítica y conventual es una de las más infundadas y ridículas leyendas. No hay nada de eso. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se educó aquí el general Belgrano, era esta universidad un foco de enciclopedistas y afrancesados. Aquí profesaba entonces un D. Toribio Núñez, asiduo corresponsal de Bentham, que en alguna de sus cartas deseaba para Oxford la libertad de espíritu que aquí entonces reinaba. Más adelante, desde 1814 a la época de nuestra revolución de septiembre, en 1868, esta ciudad y su universidad corrieron la general suerte, bien triste, de la nación toda. En la época de la Revolución y de la República esta ciudad fué de las más cantonales, y durante la Restauración los republicanos dominaron en ella y siempre que supieron unirse, en su concejo. Cuando yo vine acá, en 1891, los republicanos dominaban y hoy, aunque acaso todavía sean la mayoría, si no dominan es porque en toda España están derritiéndose y fundiéndose en no sé qué otras categorías políticas que apenas si alborean y en que la cuestión de la forma de gobierno significa poco.
Pero...¿levítica? ¿Levítica Salamanca? Conozco pocas ciudades de mayor tolerancia y amplitud de espíritu. Cierto es que aquí hay procesiones