a cada momento, pero eso es algo estético, ornamental. La Plaza Mayor parece haberse hecho para celebrar en ella procesiones, sean religiosas o cívicas, sobre todo a la caída de la tarde, al anochecer, y con cirios y velas. Los balcones se cuelgan y es una verdadera fiesta para los ojos. La gente gusta del espectáculo. Y si la procesión va nutrida de ella, sobre todo de mujeres, he visto entierros civiles concurridísimos. Y nunca, jamás, he sido testigo de esas violencias de palabra y de obra que en otras poblaciones--en la mía natal, Bilbao, por ejemplo--ocurren en estos casos.
Me diréis que es porque aquí a nadie le importa nada, porque la gente es indiferente a esas luchas. No, no es eso precisamente. Es que en este ambiente, bajo este cielo, al pie del oro secular de estos monumentos, esos motines callejeros serían une discordancia. En esta plaza, en que la muchedumbre discurre rítmicamente, una refriega sería algo estridente y atópico. (Atópico, acaso tenga que decirlo, dice en la relación de espacio lo que anacrónico en la de tiempo). Y no es que alguna vez no las haya habido.
Y por debajo de todo esto, subterráneamente por así decirlo, fluye una cierta vida espiritual en esta ciudad, una vida espiritual mucho más intensa que en otras ciudades españolas de mayor población y de más activo movimiento mercantil e industrial. No creo que en los tiempos famosos de esta universidad interesaran aquí las eternas cuestiones más que hoy interesan.
Cierto es que, en el respecto de la cultura, tiene esta ciudad la desventaja de su lejanía del mar. Aunque me parezcan exageradas expresiones como aquéllas de que la civilización no llega sino hasta donde llega la marea, y la de que sólo tienen sal en el espíritu los que se han criado oliendo la sal marina, creo, sí, que el mar ha sido el gran elemento civilizador. Pero civilización es una cosa y cultura otra, y acaso la vida intelectual de un puerto tenga más de bambolla y de apariencia que de realidad íntima. Los fenicios, el gran pueblo navegante y comercial, transporta ideas más bien que las creó, las puso en circulación. Fué un pueblo hierático, sacerdotal, el Egipto, el que realmente inventó el alfabeto, y fué un pueblo mercantil Fenicia, el que para utilidad de sus letras de cambio, desamortizó y civilizó--esto es, hizo civil--ese secreto sacerdotal.
Nací, me crié, me eduqué y viví hasta mis veintisiete años en un puerto y después me vine a esta ciudad interior, de la meseta, por donde corre un río que no trae ni lleva más que sus aguas; pero puedo aseguraros que si allí, en mi nativo Bilbao, se me despertó y aguzó el sentido de la curiosidad universal, de la inquisitividad--páseseme la palabra--aquí no me ha faltado materia en que ejercerlo. Y acaso con ventaja.
¿Pero a qué he de hablaros más de esta ciudad? Siempre que os hablo de mí, de mi España, de cualquier otra cosa, os estoy hablando de ella.
No la juzguéis por mí sólo, pero creed que si hay algo en mí y en mis escritos que os satisfaga, a esta ciudad de Salamanca se debe ello en mucha parte.
Salamanca, abril de 1914.
COIMBRA Mientras arde e incendia la guerra por esa Europa dentro, ¡qué encanto el de vivir en el remanso de paz de este rincón del pequeñito Portugal, lejos de horrores y junto al mar suspirante! Y desde aquí, desde esta playa de Figueira da Foz, esto es, de la hoz del Mondego, a ver una vez más la ciudad de encanto, cuyos pies bañan las lágrimas del Mondego, henchidas de recuerdos de la tragedia de Inés de Castro.
Cuando al acercarme en tren se me apareció la visión panorámica de Coimbra, trepando sus casas por la colina en que se asienta y dominada por la Universidad a que hace cabeza su torre, la saludé como a una vieja conocida. Es una torre académica, no una torre eclesiástica, la que corona a la ciudad, académica también, de Coimbra. Ninguna de sus dos catedrales, ni la vieja ni la nueva, se destaca para lo lejos.
La catedral nueva de Coimbra, iglesia del antiguo colegio de jesuitas, debido a la munificencia de D. Juan III, es un templo...jesuítico.
Nada tiene que admirar. Mas en cambio la antigua--_a sé velha_--, que recuerda nuestra catedral vieja de Salamanca, es una especie de fortaleza románica del siglo XII, que produce en el inteligente que se alberga en la robusta solemnidad de sus naves un sentimiento como de rejuvenecer nuestra vieja alma cristiana colectiva. Una dulce penumbra de edad media invade al espíritu, que se siente asentado sobre sí mismo al ver la poderosa fábrica asentarse como si arraigara en tierra. Es una fuerza que desciende y posa, y no una que se levanta como en las catedrales góticas. Y en el altar mayor un espléndido retablo de madera tallada, obra de flamencos y de principios del siglo XVI; una verdadera maravilla. Ya en otro viaje me pasé ante él, dibujando algunos de sus detalles, buena parte de una mañana.
Y de la catedral, al ver una vez más la iglesia de Santa Cruz, típico ejemplo de lo que se llama aquí el estilo manuelino. Como que fué el propio rey D. Manuel, el que dió nombre al estilo, quien la hizo reconstruir. Era de un monasterio de canónigos regulares de San Agustín, donde lo fué algún tiempo el gran taumaturgo San Antonio, de Lisboa, conocido por San Antonio de Padua. (En cambio la Santa Isabel de Portugal era aragonesa).
Este manuelino portugués--de que acaso el más genuino ejemplar es el templo de los Jerónimos, en Belem, cerca de Lisboa--es un estilo...«tirabuzonesco». Todo está en rizos. Diríase a las veces que son piezas de ropa blanca cuando después de lavadas se las retuerce para enjugarles o calabrotes y cordajes de barcos. ¿Tomaron de la jarcia acaso la inspiración de esos trenzados de piedra?
Allí, en Santa Cruz, y en un magnífico túmulo, duerme, sin oir ahora el fragor de la conflagración europea, don Alfonso Enríquez, el fundador de la monarquía lusitana.
En este viaje no crucé el río para ir a ver la sepultura de la reina santa, Isabel de Portugal, la aragonesa. Y lo sentí.
Deseaba volver a ver la hermosísima imagen en talla de madera y policromada de la santa reina, obra de este maravilloso escultor, Teixeira Lopes, que aún puede producir nuevas obras maestras. Recuerdo que esa imagen, cuando la vi por primera vez, hace unos años, me hizo la impresión de algo aéreo, de algo sólo línea y color, sin tangibilidad, de algo que se elevaba como una llama dulce.
Y como no pasé el puente, tampoco volví a ver la Quinta de las Lágrimas, la de la leyenda de Inés de Castro, la que inmortalizó con una estrofa eterna Camoens, la que Mauricio Barrés no quiere morirse sin haber visitado.
Visité, en cambio, el monasterio de Cellas, cuya última monja, benedictina, murió en 1883. En aquel recogido claustro, hoy desierto, todo luz y reposo, entre aquellos historiados capiteles del siglo XIV, ¡cuán lejos nos encontrábamos de la brutal tragedia que está asolando a Europa! Pero en medio de una silenciosa tragedia también, de una tragedia mansa e idílica, a la portuguesa.
Acompañábanme mis tres hijos mayores y el gran poeta portugués Eugenio de Castro, con el mayor de los suyos. Y yo espero algo de la pluma de Castro sobre ese humilde claustro benedictino de pobres monjas.
Mas en Coimbra lo que hay que ver, ante todo y sobre todo, es su universidad, aunque no sea, como monumento arquitectónico, lo mejor, ni mucho menos, que la ciudad tiene. Pero es la verdadera razón de ser de ésta, su hogar.
Lo mejor del edificio de la universidad es su emplazamiento, en lo alto de la ciudad, dominando _os saudosos campos do Mondego_, que dijo Camoens. El paisaje que de allí se abarca es de lo más hermoso que en paisaje he visto en parte alguna. Al fondo el Mondego, el río portugués, la gran cuerda de la inmensa lira que es este pequeño pueblo que suspira y canta a la vera del mar tenebroso. (Así le llamaron ellos a este tan luminoso mar). Ahora, en pleno estío, medio seco, parecía, como dijo de él Eugenio de Castro, un camino de gigantes. Y allende el río _saudoso_, allende el río de lágrimas suspirantes, mansas colinas vestidas de olivos y de pinos, rebaños de colinas ondulantes, un mar de verdura. Y a lo lejos el cabo Mondego, perdido entre la bruma.
No hay modo de penetrar en el alma elegíaca de la poesía portuguesa--y en Portugal toda la literatura es poesía--, no habiéndose dejado ganar del hechizo, un poco triste, de su paisaje mimoso.
Coimbra cabe decir que concentra la historia toda leyendaria y poética de Portugal; Coimbra ha sido la iniciadora de sus movimientos espirituales. Hasta la reciente implantación de la república no hubo otra universidad portuguesa. Lisboa y Oporto, puertos ambos, ciudades mercantiles, vivían otra vida, y Braga, la ciudad archiepiscopal, dormitaba. En Coimbra quemaron sus mocedades, y tal vez se iniciaron en el amor--ésta, la casi única tragedia portuguesa--los más celebrados ingenios lusitanos. Allí despertaron Camoens, Ferreira, Sá de Miranda, Almeida Garrett, Feliciano Castilho, y allí, en tiempos más modernos, cantó la muerte de Raquel, cuya casa se muestra aún, el mayor lírico portugués, João de Deus; allí empezó a profetizar victorhuguescamente Guerra Junqueiro; allí se ensombreció, tal vez meditando la muerte en el Penedo da Saudade (la Peña de la Morriña), Antero; por allí pasó Eça de Queiroz. La renovación literaria de Portugal, después de la época romántica, se debe a la llamada escuela de Coimbra.
Visitando la universidad ahora en verano, a principios de agosto, cuando aún arrastran los primeros exámenes de prueba de curso y los bedeles, con sus ociosos espadines al cinto, bostezan en los bancos del patio, no cabe darse cuenta de lo que este hogar intelectual de Portugal es en tiempo de estudios, cuando pululan por las rúas y cruzan con las «tricanas» de ojos cazadores los estudiantes en pelo, con sus negras levitas, alborotada la melena al aire y su flotante capa, llevando en la mano la «seventa», los apuntes o una carta de amor.
En una papelería de la parte baja de la ciudad se vende una postal ilustrada con el retrato de Diego Polonio, el decano de los estudiantes en algún tiempo, uno que alcanzó a tener por condiscípulos, dicen--aunque lo creo exagerado--, a los hijos de los que con él empezaron a estudiar. ¡Polonio era una celebridad coimbricense!--o mejor, coimbrana--y hasta portuguesa. Fué el Sócrates de los estudiantes, verdadero filósofo, amante del saber, y como tal, convencido de que no sabia nada.
Líbreme Dios de negar que los estudiantes portugueses hayan estudiado y estudien; pero así como a este pueblo no se le conoce por sus filósofos, sabios, técnicos o eruditos--y eso a pesar del formidable comtista Teófilo Braga, a quien he visto hace poco apodado, y no sin gracia, _homo sapiens lusitanus_--y sí por sus grandes descubridores, por los heroicos marinos que abrieron las islas orientales y buena parte de las occidentales, y por algunos de sus poetas--aunque éstos menos conocidos que merecen--; así creo puede asegurarse que en el genuino estudiante de Coimbra el amor era más que el estudio. El amor a mujer, quiero decir, no el amor a la ciencia.
Aunque, ¿es que en el fondo son cosas tan distintas? ¿No serán más bien una sola? ¿No habrá algo de más profundo que algunos creemos en aquello de identificar la tentación del conocimiento, de probar la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, con la tentación de la carne...de mujer? He protestado más de una vez de esta identificación y del sentido grosero que por lo común se da a la profundísima leyenda de la caída paradisíaca y del pecado original, pero ¿no habrá en ello algo más sabio de lo que creemos los que contra ello nos revolvemos?
En la ciencia, en el conocimiento de las razones de las cosas, de la ley de los movimientos, en la matemática, en fin, buscan unos hombres y unos pueblos el secreto del universo, de la vida y de la muerte. Otros le buscan en la religión y rogando a Dios que nos lo revele, rogándole tal vez--¡tremenda paradoja!--que nos diga si existe y es algo más que nuestro anhelo de divinización, pidiéndole, como los judíos, señales.
Y hay quien busca en el amor el secreto de la vida, de la muerte y del universo, y su razón de ser. Tal creo, aquí, en Portugal.
Quien haya leído en los poetas portugueses, y sobre todo a su gran lírico erótico y elegíaco--¿pero es que cabe ser lo uno sin lo otro?--João de Deus, sabrá bien que no hay otra literatura alguna en que el amor haya hablado una lengua tan directa, tan sencilla, tan pura, tan libre de pedantería. Como que aquí apenas hay otra pedantería que la del amor.
Y el amor hermano de la muerte, el que cantó Leopardi, el que cantó también Aniero, el portugués, el poeta suicida, en aquel admirable soneto _Mors-Amor_.
En un negro corcel, tenebroso y sublime, a quien le estremece no se sabe qué horror en las agitadas crines, cabalga un caballero de expresión potente, formidable, pero de porte plácido, vestido de reluciente armadura, y el negro corcel dice ser la muerte y el caballero responde que es el amor. Amando se suicida Portugal, buscando en el amor, en el amor a la mujer, el secreto de la vida. Ahora, deslumbrados por lo que oyen de la gran tragedia de la guerra europea, y para hombrear con su alianza con Inglaterra, hablan a las veces de dar a ésta tantos o cuantos miles de hombres--¡hay que ver estos soldados!--pero eso es para pasar el rato. Lo mismo en república que en monarquía el gran problema portugués es _o namoro_, el amorío. ¿La guerra? Todos pueden decir aquí lo que Antero en aquel soneto: _Em quanto outros combatem_: Ya nao vería dessipar-se a aurora de meus inuteis annos, sem umha hora viver mais que de sonhos e anciedade!
Ya nao vería com minhas maos piedosas desfolhar-se, umha a umha, as tristes rosas d'esta pallida e esteril mocidade!
Esto no es decir, claro está, que aquí no interesen a nadie los grandes problemas filosóficos, religiosos, científicos y artísticos. Es más, la escasa producción intelectual portuguesa hace que les sea aquí necesario conocer otras lenguas, y entre los estudiantes hay aquí muchos más que en España que conozcan bien el francés y aun el inglés, aunque en esto se haya adelantado enormemente en estos últimos años en mi patria. Coimbra tiene menos población que Salamanca, aunque el contingente académico sea en aquélla mucho mayor que en ésta. Coimbra es una ciudad predominante y casi exclusivamente académica, de comercio e industria parasitarias, mientras que en Salamanca, centro agrícola y pecuario, hay un comercio activo y hasta alguna industria. Pues bien, Coimbra, siendo menos populosa que Salamanca, se encuentra mejor surtida de librería. Ahora sí, en las dos o tres grandes librerías de Coimbra se encuentran libros franceses, ingleses--españoles muy pocos, poquísimos, y ellos malos, de esas infames bibliotecas económicas y la mayor parte malas traducciones de libros malos--y, fuera de los de texto, pocos, poquísimos libros portugueses.
Y es que el libro portugués tiene una circulación limitadísima, sobre todo si es clásico. Los grandes clásicos portugueses, sus cronistas, sus historiadores de Indias, sus poetas renacentistas, apenas si se los lee. Un editor tiene aquí que contar con el Brasil, y en el Brasil no interesan las cosas clásicas; en el Brasil--me dicen aquí--apenas se lee sino superficialidades frívolas o esas _cosas_ científicas hediendo a pedantería positivista, noveluchas bulevarderas o elucubraciones sociológicas. Y yo no sé qué es peor, si la bagatela o la sociología.
Estuve un rato oyendo las quejas del benemérito editor coimbrano França Amado. Me regaló, entre otras cosas, la vieja crónica del condestable Nunalvares Pereira, y la estoy leyendo. Pero ¿cuántos habrá que lean estas cosas, y más en estos días? Y, sin embargo, para limpiarse la vista y los oídos de lo que se lee y se oye de esta guerra, ¿hay algo mejor que leer cosas así? ¿Cabe mayor descanso de la baraúnda periodística acerca del combate de Lieja que leer la _Peregrinaçam_, de Fernán Mendes Pinto, aquel aventurero portugués que anduvo por el Extremo Oriente cuando eran aquellas tierras un misterio todavía?
No, no, nada de vivir al día; hay que vivir a los siglos.
Coimbra, Coimbra, tierra de encanto, ciudad bautizada por las lágrimas de Inés, vivero de la poesía de un pueblo que vive por el amor y por el amor muere, Coimbra posada como una paloma junto al Mondego, ¡qué remanso en la corriente!
Hay algo de dulce y sosegador, y sobre todo de sabio, de muy sabio, en eso que los hombres de mundo llaman aburrirse. Y el que quiera saber lo que es la dulzura del aburrimiento, la miel de la modorra, que se venga a Portugal.
Figueira da Foz, agosto de 1914.
FRENTE A LOS NEGRILLOS Conoces, lector, aquella media docena de cuartetas que dedicó a un árbol Vicente Wenceslao Querol, el entrañado poeta, y figuran en sus _Rimas_. Fué a un árbol que su padre plantara el día mismo en que el poeta vió la primera luz. Luego Yo abandoné, buscando horas felices, mi pobre hogar por la mansión extraña, y él, inmutable, ahondaba sus raíces junto al arroyo que sus plantas baña.
Hoy, rugosa la frente y seca el alma, cuando hasta el eco de mi voz me asombra, vengo a encontrar la apetecida calma del tronco amigo a la propicia sombra.
Y evoco las memorias indecisas de la edad juvenil, sueños perdidos, mientras juegan sus ramas con las brisas y al alegre rumor cantan los nidos.
Mi vida agosta ese dolor interno con que los ojos y la frente enluto; él abre en mayo su capullo tierno y da en octubre el aromado fruto.
¿Por qué a este dulcísimo y tan jugoso Querol se le tiene como arrinconado, cuando se asenderea tanto a otros que no hicieron sino canturrear manidos estribillos? Yo gusto a las veces, en horas de languidez y desgana de estudio, ramonear en sus _Rimas_, y siempre encuentro en ellas, a más del viejo arregosto, un dejo nuevo de dulzura.
Hoy lo abrí a remembrar ese árbol, mientras veo cubrirse de verdor a esos negrillos que se amparan ahí enfrente, al abrigo del convento. En esa verdura se sosiega mi magín y paran en ella mis mientes. Sobre esa verdura pasan las nubes. Fuera del bullicio de calles y plazuelas, ese verdor es como un reclamo al silencio y al aquietamiento interiores.
A las veces me figuro que el árbol me mira y que tiene una clara, dulce y ancha mirada con sus mil ojos verdes, que se abren a mamar la lumbre del sol, y que me adiestra, no más que mirándome, en la lección de la paciencia. Nada de querer saltar los días para que llegue lo más pronto posible la noticia que haga por un momento estremecer al corazón. En balde tener puesto el ahinco todo en que corra la cinta de la Historia.
En horas de sequedad íntima, cuando uno se desespera y entristece al dar en pensar que se le haya agostado el manantial de la fantasía, es confortamiento contemplar al árbol que cada primavera como si resucitase.
Viajero incansable de los campos del espíritu, cuyos más escarpados vericuetos he trepado por pura ansia de columbrar las lontananzas del misterio desde una nueva atalaya, me place asentar mi mente en la ramada de ese árbol y percatar la tierra de entrañas negras y silenciosas, la tierra de donde saca su jugo el verdor de la copa del negrillo.
Podría decir con Séneca que cuantas veces me entrometí con los hombres volví de ellos a mí mismo más inhumano. En cambio, nunca he sentido rebullir más reciamente dentro de mí a la patria, y con ella a sus hijos de todos los tiempos a quien la muerte dió vida más honda, como cuando me he dejado olvidar en medio de un monte de encinas o siquiera de un soto de álamos. Los pensamientos y los sentires, todo esto que me proviene de ella y de ellos, parece como si se me envencijasen, corroborándose así en gavilla, cuando lejos de mis vecinos de hoy me entrego a mi quimera en la soledad del campo.
Porque los hombres que bregan y luchan en esta vida y en su historia, no hacen sino trillarnos las ideas y aventárnoslas luego con sus arremetidas. En la conversación misma, por muy apaciguada y amistosa que sea, las ideas se derriten más que se cuajan, y los sentimientos se disuelven y no se condensan. Hay que aprender a conocer y querer a los prójimos en el recato del aislamiento, dentro de sí mismo y fuera de ellos.
Es el trato social lo que le hace a uno descontentadizo y mal esperanzado, y es sumergirse en el paisaje lo que nos hace recobrar fe en un dichoso porvenir de la patria. Viendo desde una cumbre de una de las sierras de Castilla desplegarse a mis pies como alfombra en el cielo, desprendida de todo grosero peso de materialidad, un vasto retazo del cuerpo de España, me surgía del corazón la confianza de que el sol que lo curte ha de alumbrar todavía grandes glorias y perdurables proezas. No es posible que por un escenario así no pasen los más excelsos personajes de la tragedia de la Historia.
La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea. Muy cierto que la comarca hace a la casta, el paisaje--y el celaje con él--al paisanaje; pero no tan sólo en un sentido terreno y corpóreo, material, y como de tierra a cuerpo--todo barro--, sino además, y acaso muy principalmente, en otro sentido más íntimo, especulativo y espiritual, de visión a espíritu todo barro.
Quiero decir que no es sólo como alimento de estómago, y por su gea y clima y fauna y flora, como nuestra tierra nos moldea y hiere el alma, sino como visión, entrándonos por los sentidos. Si varios hombres persisten viendo mucho tiempo la misma vista, acabarán por acordar y aunar mucho de su ideación, estribándola en el espectáculo aquél. Ante un mismo árbol, toman a la postre un mismo cauce las figuraciones de los que lo contemplan. Y es que nos devanamos los sesos sirviéndonos de urgandillos los objetos a la vista.
Así, esos negrillos que aquí, a mi frente, se están cubriendo de verdor, me sirven como devanadera de errabundas cavilaciones. En ellos voy poniendo mis pensamientos, que se prenden de sus ramas. Y siempre, en adelante, mientras los mire, evocarán en mí los ratos de intensa vida mental que mirándolos he sorbido. Y esto, aunque ya no llegue a darme clara cuenta de ello. En los muy recónditos recovecos del paisaje en cuyo regazo se nos crió el alma, en escondrijos de él ocultos a un extraño, como que dormitan callados pensamientos nuestros que al volar dejaron allí algo de su vuelo. «Al pasar junto a este escaramujo, por este mismo sendero, años ha, y en vena de poesía, se me ocurrió aquel verso feliz que fué el arranque de todo un poema que, como de una bellota una copuda encina, brotó de él». Y la vista del escaramujo, en que acaso rojean las silvestres rositas de agavanzo, me recuerda el más dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si ésta es de poesía: el de su parto.
Es que nuestras mejores y más propias ideas, molla de nuestro espíritu, nos vienen, como de fruta alimenticia, de la visión del mundo que tenemos delante, aunque luego, con los jugos de la lógica, la transformemos en quimo ideal, de que sacamos el quilo que nos sustenta. Y que es el que se suda al trabajar. Y estas nuestras ideas, ya transformadas, especies hechas carne y sangre, y hasta hueso, de nuestro espíritu, se agarran como con zarcillos de vid a las visiones, sus madres. Tal rocosa montaña, que alza sus tormos, como almenas de un castillo, al cielo, llega a ser el esqueleto del cuerpo de pensamientos de los que al pie de ella rompen la tierra mirando a la cima por si de allí baja la nube que regará su labranza.
Es que la Naturaleza está humanizada por el hombre que la habita y la trabaja. Los árboles son ya, como los animales domésticos, algo nuestro, obra nuestra. Y son, por ello, espejo de nuestra vida y de nuestro pensar.
En horas de soledad íntima, y hasta de resquemores, descansé este invierno mis ojos y mis reconcomios en las ramas peladas y escuetas de esos negrillos, entonces escuálidos y desnudos, y ahora, al verdecer ellos con los soles abrileños y poner yo en su verdura mi vista, siento como que ese verdor primaveral me acaricia zalamero los ojos y me los limpia, y me roza quedamente, como para cerrármelas, las heridas del corazón. Y me corroboro en mi ya viejo empeño de aprender bien la lección del paisaje de nuestra tierra.
DE SALAMANCA A BARCELONA Cuando salí de Salamanca para venirme al descanso de esta isla de Mallorca, empezaba a volverse a agitar el problema de Cataluña, y en general, el regionalista. La guerra europea, en que se pelea por y contra el derecho de las pequeñas nacionalidades, por y contra la personalidad colectiva de los pueblos, ha vuelto a encender ese viejo problema, que es el mismo del federalismo contra el unitarismo. Sin que esto quiera decir que los federales sean más respetuosos que los unitarios para con esas personalidades colectivas.
Cambó, el leader del catalanismo, ha vuelto a suscitar ese viejo problema español al discutirse el mensaje de la Corona y lo ha suscitado a favor del ambiente político-moral creado por la guerra.
Y ahora se ve a no pocos de los que en España se pronuncian por los derechos a la personalidad más plena posible de las pequeñas naciones...extranjeras, revolverse contra las aspiraciones catalanistas. Conozco rabioso germanófilo que no hace sino despotricar contra Inglaterra por la tiranía que, según él dice, ejerce ella contra Irlanda--tiranía que no sabe decir en qué consiste, y es natural que no lo sepa--y ese mismo sujeto despotrica igualmente contra Cataluña y los catalanes. «¡Ahora se les iba a ocurrir suscitar esto, cuando debemos estar todos más unidos!». «Pero, ¿con qué unión?», se le pregunta, y entonces pasa a hablar del supuesto martirio de Irlanda. Y si se le recuerda a tal propósito Cataluña, no más tiranizada por España que lo está Irlanda por el imperio británico, exclama que el caso no es el mismo. Indudablemente, no hay dos casos que sean lo mismo. Y Cataluña no es una nacionalidad oprimida, como no lo es hoy Irlanda.
Y la personalidad a que aspira no es nada que se la pueda dar España ni es de orden político ni legal. Como que en rigor lo que pide no es libertad, sino protección del Estado para defender esa personalidad regional, a expensas de otra más alta y más noble y más fecunda.
Pasé por Madrid rápidamente, haciendo allí no más que una noche. No me place la Corte y menos cuando no tengo nada definido y concreto que hacer en ella. ¡Vive allí la gente tan aislada! ¡Es tan difícil encontrar reunidas a aquella media docena de personas con quienes uno desea conversar! ¡Hiede tanto por dondequiera a emanaciones de politiquería picaresca!
Tomé el tren a Barcelona, adonde hacía ocho años que fuí la última vez. Atravesamos las tierras trágicas de la sobremeseta aragonesa, las tierras de hacia Medinaceli, de las que me decía un francés que parecen de un paisaje planetario, lunar. Hacia Sigüenza hay unas tierras tristes, pero bellas. Verdad es que yo no he encontrado todavía paisaje feo ni comprendo cómo hay quien lo encuentre. Como no comprendo que se confunda lo triste con lo feo. Hay tierras tristes, tristísimas, desoladas, saháricas, esteparias, pero muy hermosas, solemnemente hermosas. Y esas tierras trágicas de hacia Sigüenza, esas tierras que parecen leprosas, son bellas también. Se ven barrancas con una vegetación bravía. Y mucho más adelante las hoces del Jalón, ya en tierra aragonesa. Esta región, entre las provincias de Soria, Zaragoza y Guadalajara, es la tierra del viejo poema del Cid, del Romanz de Mio Cid, y de ella, como de nuestro mar, antiguo documento poético de lengua castellana, se exhala olor de antigüedad remotísima. Encuéntrase uno entre el corazón de la patria unificada.
El paisaje del bajo Aragón, del Aragón ribereño, es más robusto y más seco que el de Castilla, y es más desolado. El color de la tierra es más hosco. Se ponía el sol cuando entrábamos en Cataluña, orillas del río Ebro. Y era solemne, al anochecer, el cristal plateado del río padre reflejando el plata del cielo del día moribundo. Una inmensa paz se exhalaba del ámbito.
Ha sido la quinta vez que he pasado por Zaragoza, viendo desde el tren destacarse sus torres. Una de esas cinco veces llegué a hacer noche en la fonda de la estación de la capital aragonesa, pero sin bajar a la ciudad. Y no sé bien por qué a mí, que he recorrido casi toda España, he visitado 30 de las 49 capitales de sus provincias y muchas otras ciudades y villas, algunas--como Mérida, Alcalá de Henares, Balaguer y Cartagena--de provincias cuyas capitales no conozco, no me ha tentado nunca el detenerme en Aragón y menos el visitar Zaragoza. Algún día intentaré darme cuenta de esta indiferencia. Por hoy me basta saber que me molesta tanto en que se quiera simbolizar a España en un baturro aragonés como el que se quiera simbolizarla en un majo andaluz.
Y es, sin embargo, curioso que siendo Aragón el eslabón entre Castilla y Cataluña, habiendo formado con ésta una unidad política y tenido ambos pueblos, el aragonés y el catalán, una larga historia común cuya principal hazaña fué la expedición a Grecia, sea hoy tan frecuente observar que los castellanos oponen los aragoneses a los catalanes y que sea en gran parte Zaragoza el antemural del anticatalanismo en España. Y es muy frecuente que se presente a Zaragoza como el hogar y algo así a modo del corazón del unitarismo patriótico español.
Ya en tierra catalana, empiezo a oir hablar catalán en el tren, pero no el catalán literario que vengo leyendo hace ya bastantes años. Es el catalán vulgar, conversacional o coloquial, el vivo, todo él salpicado de ¡buenos!--como interjección, o más bien, como muletilla ilativa, el catalán dice: ¡bueno! y no «bó»--que a las veces se parece no poco al Eso de que los catalanes se complazcan en hablar en su lengua cuando hay delante castellanos que no la entienden, por molestar a éstos, es una de tantas tonterías como ha inventado la quisquillosidad recelosa del castellano. De todo se le puede culpar al catalán menos de tales descortesías premeditadas y malintencionadas. Lo insoportable suele ser la presunción del castellano que se empeña en que hasta los desconocidos hablen delante de él de manera que lo entienda, y que al punto sale con la grosería aquella de: «¡Hable usted en cristiano, hombre de Dios!». Y cuidado que no soy sospechoso por ser de los que creen que al fin y al cabo se unificará el lenguaje en toda España y que no se debe dar validez oficial a otro que no sea el idioma nacional castellano. Los demás que se defiendan como puedan, pero sin protección oficial alguna del Estado. Cuando, hace pocos años, se dirigió el alcalde de Barcelona en catalán a S. M. el Rey, saludándole en nombre de los naturales de la ciudad, fuí quien más alto y fuerte protestó contra ello, sosteniendo que el alcalde representa a los vecinos y no a los naturales, que aquéllos pueden no ser catalanes ni saber el catalán, y que el alcalde mismo puede no saberlo, pero que no hay vecino alguno de Barcelona que ignore el castellano. La distinción entre vecinos naturales y vecinos no naturales, siendo unos y otros ciudadanos españoles, es un principio de incivilidad.
Pero el problema catalán de la lengua está maleado y envenenado por la obstinación de los castellanos de no enterarse bien de él. Los catalanes transigirían con que se les negase lo que piden si se hiciese sabiéndose lo que se hace, si los castellanos partidarios de la unificación de la lengua se enterasen bien de lo que la lengua y la literatura catalanas son y significan. Soy de los que creen, y más de una vez lo he dicho, que ningún español culto debe tener que acudir a traducciones del catalán y del portugués.
Ved lo que ocurre con eso del término «dialecto». Técnica y estrictamente, la voz dialecto nada tiene de despectivo. Dialecto es una lengua conversacional, de diálogo, hablada y sin cultivo literario escrito. El catalán mismo, lengua literaria del siglo XV, pasó a ser dialecto en los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta el renacimiento del siglo XIX. Y el provenzal, que tuvo una riquísima literatura, no es hoy más que un conjunto de dialectos, y eso a pesar de la lengua de Mistral, aquella en que escribió _Mireyo_, que es, más aún que literaria, erudita. Pero hay quienes al llamar al catalán dialecto, lo hacen como queriendo hacerle de menos y, sobre todo, dando a entender que sea un dialecto del idioma castellano. Y hasta he encontrado castellanos para creer que el catalán es una mezcla, una especie de híbrido de castellano y francés, disparate tan mayúsculo como sería el de creer que el murciélago es un híbrido de ave y de ratón.
Llegué a Barcelona, donde me quedé un día, hasta tomar el vapor que había de traerme a Mallorca.
Visité en Barcelona la catedral, a la que tengo una especial devoción artística. Tiene algo de misterioso aquella catedral que parece hecha de sombras espesadas. Y en una ciudad tan abierta, tan riente, tan luminosa como es Barcelona, su catedral ofrece un singular rincón de sosiego y retiro a la sombra.
Lleváronme mis amigos a ver el Institut d'Etudis Catalans, principal obra de la Mancomunidad Catalana. La cual ha enderezado sus esfuerzos, más que a obras de utilidad práctica inmediata, a lo que podríamos llamar obra de ingeniería, a obras de cultura. Es siempre la preocupación de sostener y acrecentar la personalidad espiritual del pueblo catalán. Y en ello se ve cuán errados andaban los que aquí, en España, no veían en el catalanismo otra cosa que cuestión de negocio, de aranceles de aduana y de hegemonía industrial. No; había más, mucho más que eso y más íntimo. Es un gravísimo error el de creer que los que se distinguen en el negocio sólo piensan en él, y creo poder decir que hoy es acaso Castilla mucho más practicista o, si se quiere, mucho más materialista que Cataluña. La idealidad castellana es hoy, en su mayor parte, un mito. Hase refugiado en una especie de patriotería palabrera, vacía de todo contenido fecundo y eficaz. A los esfuerzos de Cataluña por crearse una cultura propia no ha sabido responder el resto de España con una cultura española. Y ello se ve, entre otras cosas, en el escaso o más bien nulo interés que en la España central despiertan las cosas catalanas, las portuguesas y las hispano-americanas. Quieren, sí, esos españoles que podríamos llamar centrales, que se les estudie para conocerlos y que no se les desfigure; pero ellos, por su parte, no se mueven a conocer a los demás.
El Instituto de Estudios Catalanes, establecido en el palacio de la Diputación de Barcelona, es, sin duda, una institución benemérita y sostenida con largueza y hasta con lujo. Su biblioteca es excelente y en ella está el catálogo a disposición de los lectores, que pueden, además, coger por sí mismos los libros--y hasta cuatro, creo, de una vez--para volverlos luego a dejar en su sitio. El caudal de libros es escogido. Acaso demasiado escogido. Y al decir esto quiero decir que se ha atendido a que el visitante, sobre todo si es forastero, se encuentre con que no faltan ciertas obras de mérito, pero muy