SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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especiales, a expensas, seguramente, de otras más corrientes y de uso más frecuente. Hay allí no poco de pedantería aristocrática.

Es el defecto general de casi todo lo que se hace en Barcelona. Hácese, en gran parte, para la galería, para asombrar al forastero, para dar muestras, siquiera aparentes, de cultura. Ante todo la fachada, aunque la solidez del edificio se resienta. No es sólo que las publicaciones del Instituto de Estudios Catalanes carezcan de popularidad, es que se ve en ellas un prurito de establecer comparaciones. Hay una traducción de un poema griego muy de segundo orden. _Hero y Leandro_, con cuatro, ¡nada menos que cuatro! traducciones catalanas, una en prosa y tres en verso. Es como para decirnos: «¡vean ustedes si hay helenistas en Cataluña!». ¡Y si las cuatro traducciones fueran buenas!...Hay una edición de las _Vidas_, de Cornelio Nepote, con tres traducciones: en catalán, en portugués y castellano, y esto sí que es el colmo de la pedantería y de una pedantería ridículamente infantil. ¿A qué conduce poner una traducción portuguesa junto a una castellana y ésta junto a una catalana? Como no sea a querer mostrar que se pone al catalán al igual de las dos lenguas oficiales de la Península, no veo bien a qué más.

El empeño es hacernos ver que la obra cultural de la Mancomunidad Catalana empieza por lo que se llama los altos estudios--como si los otros fuesen bajos--y que desdeña la labor de popularizar las ciencias y las artes más elementales. Hay en la obra cultural de la Mancomunidad Catalana un cierto dejo a señoritismo, a aristocratismo pedantesco y en el fondo a artificio y a insinceridad.

El Consejo de Pedagogía de la Diputación de Barcelona ha empezado a publicar, bajo el titulo de _Minerva_, una que llama colección popular de los conocimientos indispensables. Van publicados tres volúmenes, a 35 céntimos cada uno, y son, además de un resumen de geografía de Europa, un tratadito de oceanografía y unas nociones de liturgia cristiana. Y a cualquiera se le ocurre pensar que la liturgia católica--no precisamente cristiana como reza el librito--no entra entre los conocimientos indispensables. En Cataluña, lo mismo que en el resto del mundo, puede un hombre culto dispensarse muy bien de conocer la liturgia de la iglesia católica apostólica romana. ¿Será ello por concesión al elemento católico, ya que la obra del catalanismo se guarda muy mucho de cualquier veleidad heterodoxa? Algo habrá de esto, pero creo que hay también no poco de afición a la liturgia por la liturgia misma. Y más bien que afición, afectación a ella. Es la pedantería del formalismo.

Todo lo formal, lo puramente formal, lo litúrgico, adquiere un gran valor en Barcelona. En la Barcelona catalana, por supuesto. Porque hay otra, la de los que llaman algunos ahora allí los «metecos», la del elemento forastero. Al cual se unen no pocas veces, y ello es muy lógico, aquellos elementos indígenas populares, genuinamente catalanes, a los que les interesan otras cosas que no son la liturgia ni la oceanografía y luchan por reivindicaciones sociales. Y estos elementos han de percatarse de que la obra cultural de la Mancomunidad, por muy litúrgica y muy europea que sea, es una obra, no ya conservadora, sino reaccionaria. Y algo peor, una obra de señoritismo y de afectación aristocrática.

Hay que confesar que en la obra cultural del catalanismo se sacrifica la realidad a la apariencia y la solidez a la brillantez. Y en el fondo hay aquello de querer hacerlo mejor que en Madrid. A pesar de lo cual me parece que los trabajos de los centros de investigación científica dependientes de la Junta de Ampliación de Estudios de Madrid son mucho más sólidos que los del Instituto de Estudios Catalanes. El pequeño grupo de espíritus abnegados que se dedica en Madrid a la investigación científica, hace las cosas con más modestia, con más sencillez, con más recogimiento que lo hace el pequeño grupo de Barcelona, pero las hace mejor. Se cuida más de hacer que de hacer que hace. Y es que el castellano, o si se quiere, el español central, no es tan fachendoso como el catalán. No tiene delante el famoso mar latino como un enorme espejo que le mueva a acicalarse. Al castellano le ha preocupado siempre la mística más que la liturgia.

Siento un profundo cariño por Cataluña y lo he demostrado estudiando sus cosas, y sobre todo, su lengua y su literatura, pero no puedo menos que confesar que el barcelonismo--más bien que catalanismo--tiene un muy marcado sello de infantilidad. Nadie acaso ha caracterizado mejor a Barcelona que uno de sus más ilustres hijos, uno de los que mejor la conocieron y amaron, un hombre singular, Juan Maragall. Los que conozcáis el catalán no tenéis sino leer en sus poesías la _Oda nova a Barcelona_. Allí está retratada de mano maestra la ciudad fachendosa y «fachadosa», alegre y voluble, ligera y pomposa.

Lo que hay es que, afortunadamente, la Ciudad, así, con letra mayúscula, o sea Barcelona, no es toda Cataluña; lo que hay es que junto a esa Cataluña costera, que se mira en el mar latino, a la que unos tienen por griega y otros por fenicia de espíritu, hay la Cataluña montañesa, pirenaica, almogávar, y la de las tierras de pan llevar o de vides y olivos, hermana de Aragón y no muy diferente de Castilla. Porque no hay nada más engañoso que la unidad espiritual de Cataluña. Ni siquiera la lengua, el catalán, está unificado ni mucho menos. Y hay formidables regionalismos internos dentro del regionalismo catalán. Cataluña es menos una que lo son Galicia o Vasconia. Hay más diferencias íntimas, y hasta disensiones, entre los catalanes que entre los gallegos o los vascongados.

Lo peor de la dirección que se le va dando a la obra cultural de estudios catalanes es que, no sé si por señoritismo o por algo aún más turbio, parece como si se quisiera apartar la vista de los problemas más útiles en Cataluña, que son los económico-sociales. Ese Instituto debería ser algo como el Instituto de Reformas Sociales de Madrid. En la colección «Minerva», donde se ha publicado el tratadito de liturgia, se anuncia un resumen de arqueología cristiana, una historia de la música, una introducción a la filosofía, pero de estudios económicos, que son conocimientos más indispensables que el de la liturgia, no se ve anunciado más que un libro sobre las doctrinas socialistas contemporáneas, libro que podrá muy bien ser tendencioso y de carácter defensivo. Defensivo del tremendo conservadurismo, muchas veces reaccionarismo burgués, que palpita en el fondo del barcelonismo del Instituto.

Diríase que el pueblo que sufrió la semana trágica se apercibe a domesticar a la fiera. ¿El pueblo? Pero es que el pueblo no sufrió entonces, fueron ciertas clases señoriles. ¿Sufrieron? Tampoco, en rigor no sufrieron nada. Aquello, como tantas otras cosas de Barcelona, fué más ruido que otra cosa. Ruido y carnavalada. Y tuvo más, mucho más de cómico que no de trágico. Fué acaso en el fondo una liturgia, liturgia plebeya que se vengaba de otra. Una liturgia que quemó conventos contra otra que quema incienso, ya que hoy no puede quemar herejes.

Mucho puede y debe aprender de Cataluña el resto de España, y hasta de lo que aquélla tiene de aparencialidad, de fachenda, de exterioridad, y, más hondamente, de sentido artístico. Es acaso en estética en lo que Cataluña sobrepuja a lo demás de España, en estética más que en industriosidad. Y eso a pesar de habernos dado esas fiestas de los Juegos florales, que es lo más antiestético que conozco, y ello por abuso de liturgia. Aunque en Galicia pretendan que fueron ellos los iniciadores de tales fiestas. Y es muy posible, porque a festivos ganan los gallegos a los catalanes, con serlo éstos tanto. Mucho puede y debe aprender de Cataluña el resto de España, pero también de ésta puede y debe aprender mucho Cataluña. Y lo saben los catalanes, que conocen la verdadera Castilla, esa tierra seria y grave, siempre compuesta y tan poco preocupada del aparentar.

Es nuestro problema político nacional éste de la concordia entre las diversas índoles de los pueblos que integran a España.

Manacor (Mallorca), junio de 1916.

EN LA CALMA DE MALLORCA Apenas terminadas las tareas del curso, me vine a esta bendita tierra de Mallorca--una de las pocas de España que no conocía--a descansar un poco. La «roqueta», que es el término de cariño con que llaman a la isla sus naturales, siempre añoradizos de ella cuando ausentes, parece el rincón de mundo más apropiado para el descanso. No sin razón Santiago Rusiñol, que le profesa especialísimo amor, la llamó «la isla de la calma». En esta isla, en efecto, que es una roca pulverizada en su sobrehaz--los caminos están todos cubiertos de un polvo blanco, así como el de la Gran Canaria, otra isla polvorienta, es negro--en esta isla, que se alza como un retiro en medio del mar latino, se respira calma.

¡Hermosa tierra para envejecer despacio!; y es de hecho la parte de España, esta España insular, en que a más altas edades se llega.

Es donde más viejos sanos y bien conservados se ve. Anteayer, día de Corpus, estuve un rato contemplando en la plaza de esta ciudad de Manacor a un grupo de ancianos que, sentados frente a un café, esperaban el paso de la procesión. Y era algo para apegarle a uno a la vida que pasa, a la vida de todos los días, a una vida pacifica, y, por decirlo así, insular, la visión de aquel pequeño senado de ancianos que esperaban lo que durante tantos años han visto y siempre igual. Porque esa procesión es la misma de que formaron parte, acaso llevando en andas uno de los pequeños santos--las imágenes son muy pequeñas--hace cuarenta o cincuenta o más años.

¿Pasa la vida en esta isla de la calma? ¿No es más bien que se queda?

¿Viven de veras estos tranquilos payeses que a tan alta vejez llegan?

Las costumbres son dulcísimas y patriarcales. Es acaso la región de España que da menos contingente a la criminalidad. Hay familias que al salir el lunes de casa para irse al campo y no volver hasta el sábado, dejan la puerta abierta, seguros de que nadie intentará robarles. Los crímenes de sangre son rarísimos. Me ha dicho el jefe de la Guardia Civil que en ninguna parte es más querido y estimado el benemérito instituto. Y a la vez, que ninguna otra región española da tanto contingente a la Guardia Civil. Pero para el mallorquín que ingresa en el benemérito instituto, la aspiración es ir a servir en Mallorca, en su roqueta. Ello le da, aparte de un sueldo seguro, como son todos los del Estado, autoridad entre los suyos.

Es, pues, el prestigio de la autoridad lo que aquí priva. Si hay tan pocos crímenes, si las costumbres son tan morigeradas y la seguridad pública tan grande, la Guardia Civil hace mucha menos falta que en otras partes. Y a falta de otras funciones tiene que ejercer a las veces algo que se parece a la cura de las almas. El susodicho jefe me ha contado que alguna vez ha acudido a él una mujer a quien su marido descuidaba por irse tras de otra, pretendiendo que le ayudase a volver el carnero descarriado al redil conyugal. (Aunque esto del carnero, traído aquí por la tan conocida metáfora de la oveja, viene mal, pues el carnero es polígamo).

No hay payés que al encontrarle a uno en el campo no le salude, y si es persona de alguna calidad, con un respetuoso: «¡tenga!».

La cortesía, flor de las buenas costumbres pacíficas, florece aquí como los almendros, por dondequiera. Ayer fuimos en automóvil a la orilla del mar, a ver una de las bellísimas costas de la isla, pasando por Son Servera. Más de una vez se encontró el automóvil con pequeños carros--abundan aquí muchísimo, pues apenas hay quien no lo tenga--tirados por alguna caballería espantadiza. En tales coyunturas ocurren pequeños trastornos, la caballería se encabrita o tesa y hay que parar el automóvil; otras veces se mete la mula por un sembrado o hay que dar al carruaje media vuelta. En casos tales, el campesino castellano se pone hosco, se incomoda y maldice del automóvil y de los que van en él, cuando no los insulta o aun llega a mayores. Aquí no sólo acudían los payeses a dominar a su caballería y dejar paso franco al automóvil, sino que después, por la despedida, se quitaban el sombrero, saludando con la exquisita cortesía. ¿Servilismo? No, no puede ser ello servilismo en un país en que reina un bien distribuido bienestar, una _áurea mediocritas_, en que puede decirse que no hay pobres.

Porque aquí no se ve ni un borracho, ni un mendigo profesional, y con esto queda dicho todo.

A ese prestigio de la autoridad y a esa morigeración y cortesía acompaña un vivo sentimiento de las categorías sociales. Lo cual se refleja en los tratamientos.

A la primera clase pertenecen los nobles, a los que aquí se llama los «butifarras», como corrupción de «butiflers», que fueron los que durante la guerra de sucesión, cuando España toda, y principalmente Cataluña, estaba dividida, se pronunciaron por Felipe V el Borbón, en contra de la opinión general de este país, que estaba por el archiduque de Austria. Entre estos nobles o caballeros habla en la isla otra superior nobleza formada por los de las nueve casas--_ses nou cases_--. Los de las nueve casas, que ni siquiera querían títulos, estimando más sus apellidos, y que acaso descendían de aquellos caudillos entre los que repartió la isla su conquistador cristiano, Jaime I, formaban la soberbia grandeza de Mallorca. Hoy puede decirse que han desaparecido y aun alguna de esas nueve casas ha llegado a la pobreza. Pues bien: a estos nobles o butifarras se les trata de vuestra Sigue otra clase, que podríamos llamar la alta clase media, la de los hombres de carrera y empleados, a los que se les trata de usted--_vosté_--. En esta clase son señor y señora. Y para los abogados hay otro tratamiento, que es _missé_.

Una tercera categoría forman los colonos y labradores ricos. Él es el amo--_l'amo_--y ella es _madona_. Entre éstos hay otro título de más preeminencia, que es: _el honor_. El honor Fulano de Tal. La cuarta clase son los artesanos, el _mestre_, y ella _mestressa_, y la quinta está formada por los jornaleros de campo, llamándosele a él, luego que se casa, _sen_--sen Fulano--y a ella _madó_.

Y no haya cuidado de que entre esta buena gente, cortés y morigerada, apacible y calmosa, respetuosa y litúrgica, se alteren y confundan los tratamientos. Y no es sólo que una _señora_ corrija suavemente y rectifique cuando se le llame _madona_ o ésta lo haga si se le trata de _mestressa_, sino que se dan casos en que al verse tratada ésta, la _mestressa_, de _madona_, haga observar que no es tal, sino sólo _mestressa_. ¿Humildad? No, sino sentido de la jerarquía, que es muy otra cosa. Pues donde hay esta separación ritual de clases o de castas se observa que cada una de ellas está orgullosa de sí misma, y que no son los que pasan por últimos menos celosos que los primeros en mantener su categoría. Más de un _amo_ habrá que, afirmado en su fortuna, mirará con desdén al _señor_, que tiene que vivir de un empleo, y aun al butifarra, sobre todo si éste se halla arruinado. ¿Quién no recuerda aquella arrogante respuesta de un poeta castellano a quien, siendo un mozo, al decirle un noble: «¡Le advierto a usted que a mí hay que tratarme de _su excelencia_!», le respondió: «¡Pues a mi tiene que tratarme de _tú_!»?

A esta isla del polvo quieto y de la calma, del bienestar y de la cortesía, he venido a descansar un poco y a huir de la excitación que me producían las inevitables discusiones sobre la marcha de la guerra y sus causas. Pero es inútil huir del mundo si uno se lleva el mundo en sí; de poco o de nada sirve refugiarse en un claustro--y un claustro henchido de luz es esta roca ceñida de mar y hecha un jardín de almendros, higueras, algarrobos, olivos, albaricoqueros, pinos, encinas, vides--si se lleva el siglo dentro de sí al claustro. No traje conmigo arriba de media docena de libros; entre ellos mi _Lucano_; pero bastan los sonoros exámetros latinos de su _Farsalia_ para despertarme, en esta isla de paz del mar latino, sentimientos de guerra.

Hace unos días visitaba en el puerto de esta ciudad de Manacor las famosas cuevas del Drach, aquel maravilloso laberinto subterráneo de fantásticas salas con artesonados de estalactitas y pavimento de estalagmitas, que a las veces, juntándose, forman caprichosas columnas, en que el juego de las concentraciones calcáreas finge monstruos que trepan por la fusta. Es un regalo para los ojos y para la fantasía subir y bajar por aquellas cavernas tenebrosas, llevado por el guía, que a ratos enciende una bengala para proporcionaros el más extraordinario espectáculo de un escenario--de hadas o de gnomos--. Y llegáis al saloncillo en que se os cuenta cómo hace años se perdieron, guiados por un mal guía que no encontró la salida, dos catalanes, y habiéndoseles apagado la lumbre que llevaban se pasaban los tres, de uno a otro, el cigarrillo--y dicen de uno que no había fumado antes--para ver siquiera aquella roja lucecita mientras aguardaban a la muerte, y así hasta que echándoles de menos fuera, y al ver llegar solo un caballo que habían llevado, los buscaron y encontraron al cabo de treinta horas mortales. Desde entonces quedó abierto para los visitantes ese nuevo salón, al que se le arregló la entrada--y que es a la vez salida--antes disimulada, y al que se le llama de los catalanes.

Pero lo extraordinario de las cuevas del Drach son las aguas subterráneas, las aguas tenebrosas y quietas que allí dentro descansan.

Es tal su quietud y su trasparencia que no se las ve. El guía tiene que advertiros de que no deis un paso en tal dirección si no queréis meter el pie en el agua, y aun advertido uno se hace imposible descubrir la línea de la sobrehaz donde toca las piedras. Es menester agitar un poco el agua, echar en ella una chinita, para descubrirla. Sólo de tarde en tarde una gota desprendida de alguna estalactita rompe levemente la quietud del agua y el silencio absoluto de aquellas tinieblas. Y allí dentro hay una laguna, una verdadera laguna, ahora con un bote para pasearse por ella, una laguna bajo bóveda de estalactitas y de cuyo fondo emergen estalagmitas. La gota de agua cargada de cal que cae del techo, atraviesa el agua muerta e inmóvil y va a depositarle bajo de ella, en la estalagmita que desde hace siglos aguarda fundirse un día, en columna, con su compañera. No estorba el agua inmoble sus seculares amores, ese anhelo milenario por juntarse. La tal laguna es, sin duda, una de las mayores maravillas que puede verse en el mundo.

Llámanle el lago de la Gran Duquesa de Toscana, en honor a la madre del archiduque Salvador, que tanto hizo por esta isla de Mallorca.

Mr. Martel, explorador de las cuevas del Drach, dice que no conoce estanque alguno subterráneo mayor. Su longitud es desde el pie de la ventana por la que antes se le veía, hasta el recodo que forma hacia el oeste de 177 metros, su anchura media de 30 y profundidad de cinco a ocho, llegando a nueve. Es tan pura el agua que se ve el fondo y todo y parece al recorrerlo en bote que se navega entre dos bosques de agujas de escarcha, _largas lágrimas de diamante_, que dice Mr.

Martel. De trecho en trecho hay isletas de carbonato de cal, a modo de blancos corales. Algunas de éstas han logrado juntarse con su compañera del techo, cerrando columnas acanaladas. Parece cosa de las _Mil y una noches_. ¡Si me hubiese sido posible quedarme allí solo, a oscuras, en absolutas tinieblas, en el infinito silencio, en el bote flotante que habría quedado, a falta de viento y de corriente, inmóvil!

Situación semejante no se puede ni concebir en otra parte alguna.

Pero con ser éste del lago de la Gran Duquesa de Toscana, o de Miramar--que con los dos nombres se le conoce--espectáculo único en el mundo, hay otra cosa que hirió más mi fantasía. Y es que en una de las cavernas vimos como una cuerda de guitarra, bien tensa y a plomo, que iba del techo al suelo. Diríase que era la cuerda del arpa del silencio. Junto a ella otras dos o tres cuerdas colgaban del techo, mas sin llegar al suelo. Nos aproximamos, proyectó sobre ella el guía la luz de su lámpara de acetileno y vimos las diminutas radículas que se pegaban a la cuerda. Era una raíz de lentisco. La mata--acaso árbol, porque al lentisco aquí le dejan hacerse árbol--nace arriba, en la luz del sol, sobre el suelo de la roqueta, a cinco o seis metros por encima del techo de la caverna--que tal será allí el espesor de la bóveda de ésta--lanza sus raíces a tomar jugos de la roca, luchando con ella--llegan las raíces a unas tinieblas de aire preso, a un vacío de donde no se saca jugo, y siguen hundiéndose hasta volver a encontrar otra vez, otros cinco metros más abajo, nueva tierra, nueva roca.

En esta encantada isla de Mallorca, en su paz y su quietud humanas y corteses, creí encontrar ese aireado vacío de tinieblas para las raíces belicosas de mi espíritu, pero éstas han seguido hundiéndose hasta encontrar nuevo suelo en que luchar con la roca y para sacarle jugo.

Lucano me ayuda a ello. Voy después de comer a un casino, de gente muy cortés y muy apacible, donde no he oído hablar de la guerra, y hago allí lo que hace años dejé de hacer, y es jugar al ajedrez. Y por cierto mi adversario y compañero de juego, el Sr. Nadal, es un jugador belicoso, siempre a la ofensiva, pero en el ajedrez. ¿Es el juego acaso el que me vuelve a mis preocupaciones de guerra?

Y en esta dulce y noble tierra de las categorías y los rangos de tan buen grado aceptados, siento crecer mi aversión a ciertas especializaciones. Me siento aquí más belicoso, más religioso y más intelectual, pero a la vez más antimilitarista, más antieclesiasticista--no me gusta el término anticlerical, que ha tomado un cierto sentido ambiguo--y más antipedagogista. Siento aquí con más fuerza mi sentimiento de que todo hombre debe ser guerrero, sacerdote y maestro y que no hay cosa peor que delegar estas tres funciones--la guerra, el culto religioso y la enseñanza general de los conocimientos indispensables para todo hombre--de todo buen ciudadano. Porque cada vez siento mayor repugnancia a la llamada ciencia militar--estrategia, táctica, etc.--, a la teología y a la pedagogía como disciplinas privativas, y casi secretas, de militares, de sacerdotes y de maestros de escuela. No necesito decir a mis lectores que no soy lo que se llama pacifista, que no creo que la guerra--la guerra cruenta--ha de desaparecer ni estimo que deba desaparecer, sino que la creo un elemento de civilización y de cultura; tampoco necesito decir a mis lectores que no soy de los que creen que han de desaparecer las religiones positivas y que ha de suceder una era científica a la teológica, sino que, por el contrario, estimo que ha de teologizarse aún más la ciencia y que el problema religioso de nuestro final destino humano, el de ultratumba, ha de ser el cardinal siempre; y es inútil que diga cuánto me preocupa la difusión de la cultura y la instrucción.

Pero creo que los mayores enemigos del buen belicosismo, del sano sentimiento guerrero, de la guerra noble, son los profesionales de la guerra, los militares; creo que los peores enemigos de la religiosidad son los sacerdotes y los más peligrosos enemigos de la cultura son los pedagogos. No pueden ser funciones especializadas y delegadas. Todo ciudadano tiene que ser caudillo, sacerdote y maestro. Un pueblo no es pueblo completo y perfecto mientras no sea un pueblo de caudillos, sacerdotes y maestros.

¿Podría vivir mucho tiempo en este apacible, respetuoso y no demasiado curioso pueblo mallorquín? Si un día la batalla de la vida me rinde, si mi coraje flaquea, si siento en el corazón del alma la vejez, me acordaré, estoy de ello seguro, de este pueblo tranquilo y feliz; me acordaré de su luz espléndida y también de su lago subterráneo de aguas tenebrosas y quietas; me acordaré de sus quietas legiones de almendros y de higueras, todos bien alineados; me acordaré de sus patriarcales molinos de viento volteando sus velas sobre los arreboles que deja el sol al ponerse en la sierra de la costa brava; me acordaré de esta paz; ¿pero hoy? Hoy no he hecho sino empezar a gustar este sosiego, y ya el amor a la inquietud se me enciende.

Y, sin embargo, ¡qué grato es esto! ¿Quién acierta?

Sólo se echa aquí de menos una cosa, como la echaba de menos en otra isla, en la Gran Canaria, y es el agua dulce corriente. En Mallorca no hay, en rigor, ríos ni arroyos, ni más lago que aquel subterráneo.

Alguna vez se ve una rambla, una torrentera seca, llena de pedruscos, donde unos pocos días, después de tormenta, corre el agua al mar.

Yendo por esos innumerables caminos polvorientos--la isla está toda entretejida de caminos--se echa de menos un regato de corrientes aguas dulces. «¡Lo mejor, el agua!»--exclamó Píndaro, y el vicario general de Mallorca, mosén Antoni Ma. Alcover, un formidable catalanista--más bien que mallorquinista--que cree que en Barcelona no se puede vivir sin saber catalán, en su diario de una salida que hizo a Alemania y otras naciones en el año del Señor 1907, al pasar el Ródano por Aviñón, donde todo es verde, exclamó en mallorquín: «¡Quina gran cosa qu'es l'aygo!»: ¡Qué gran cosa es el agua! Esta ingenua expresión, casi pindárica, puede encontrarla el lector curioso en la nota del día 4 de julio de dicho diario (_Dietari de l'exida de Mn. Antoni Ma. Alcover a Alemania y altres nacions l'any del Senyor 1907_), en el tomo V («extraordinari») del _Bolletí del Diccionari de la Llengua catalana_, impreso en la «Ciutat de Mallorca»--que debe de ser Palma--en 1908. «¡Quina gran cosa qu'es l'aygo!», digámoslo pindarizando un poco en mallorquín, con el formidable germanófilo y catalanista mosén Alcover, vicario general de Mallorca.

Ya ve el lector que leo algo más que la media docena de libros que me traje, pero lo demás que leo es en mallorquín. Curiosidad de filólogo.

Adondequiera que voy me gusta leer en la lengua de aquel país. En Portugal apenas leo sino portugués y ahora aquí leo mallorquín. Pero cuidando que lo sea y no catalán. No es que haya una gran diferencia entre ellos, pues son hermanos gemelos, pero me gusta apreciar las diferencias más bien que las semejanzas. En las lenguas como en los hombres, persigo la individualidad personal. O si se prefiere, la personalidad individual.

Los literatos mallorquines propenden a escribir, no en el dialecto vivo de su tierra--llamo dialecto a toda lengua conversacional, aunque no dependa de otra--, sino en catalán literario. Los literatos aquí y los intelectuales en general son catalanistas más bien que mallorquinistas.

El gran poeta Juan Alcover, después de haber estado mucho tiempo haciendo versos--y muy excelentes--en castellano, se puso a hacerlos en catalán literario y no en la lengua que se habla en su ciudad natal de Palma. Él me lo explicó hace ocho años, diciendo que escribía en castellano en la edad en que hay avaricia de lágrimas, cuando la poesía es de cosas externas; pero que cuando con los años se le ablandó el corazón y sintió la necesidad de expresar sentimientos más íntimos y más cordiales, tuvo que acudir a su lengua propia. Pero no acudió a la de su cuna, a la de su hogar, a la de su ciudad nativa, sino al catalán literario, a una lengua que no tiene menos convenciones que el castellano oficial. Por donde se ve el verdadero origen del cambio de medio de expresión. Y es ello natural: escritores mallorquines que no hallaron escribiendo en castellano todo el público que buscaban--y algunos de ellos, como Juan Alcover, no todo el que merecían ni mucho menos--al corroborarse y extenderse el renacimiento literario catalanista se pusieron a escribir en catalán de Cataluña y tal vez en un catalán que nadie hoy habla.

Pero yo me he puesto a leer mallorquín empezando por las tan típicas y graciosas _Aygoforts_ (_Aguafuertes_), de Gabriel Maura, muerto ya y hermano mayor que fué de don Antonio, el tan conocido político, publicadas en 1892 con un prólogo...¡en castellano! de Juan Alcover.

Lo más de la producción literaria, estrictamente mallorquina, en lengua vulgar de la isla, es de carácter religioso. La Iglesia tiene que dirigirse a los fieles en la lengua que éstos hablan, sea la que fuere.

La predicación no debe hacerse aquí ni en castellano ni en catalán, y el catecismo de la doctrina cristiana se enseña en cada país en la lengua vulgar y conversacional propia de él. Como esfuerzo y a modo de gallardía, un presbítero mallorquín, don Ildefonso Rullán, licenciado en Filosofía y Letras, dió a luz en los años de 1905 y 1906 en una imprenta de Felanitx la primera traducción del _Quijote_ a lengua mallorquina. «T'o conterem tot sense solfas ni pretensions de cap casta ab un llenguatje tan clar y tan corrent com mos sía posible...»: te lo contaremos todo sin solfas ni pretensiones de ninguna clase, con un lenguaje tan claro y tan corriente como nos sea posible, decía, y se esforzó en verter los refranes de Sancho a refranes populares mallorquines.

Más de esto de la lengua y de la literatura mallorquinas, de tan noble ascendencia y gloriosa tradición, desde los tiempos del Beato Lulio, he de deciros otra vez.

Esta parte de la isla en que desde hace once días me encuentro pasa, no sé bien por qué, por ser la menos pintoresca de ella. Acaso por ser la más llana. Llámanla la llanura. Me escribe desde Barcelona un amigo que los suyos de Palma se sienten aterrados--tal es su expresión--de que vaya yo a juzgar a todo Mallorca por esta parte en que estoy ahora descansando. Ignoran que las llanuras me encantan tanto como las montañas, y que si éstas me tientan a treparlas para descubrir desde su cumbre más amplios horizontes gozo de éstos sosegadamente desde el llano. ¡Y que es hermoso aquí ver ponerse el sol tras de la sierra del norte, la más elevada de la isla, que se alza allá, a lo lejos, destacándose sobre las verdes ondulaciones del terreno!

Porque la llamada llanura no es una pampa o una estepa, no es como la llanura de la Mancha o el páramo de entre León y Palencia, sino que es un terreno ondulado cubierto todo él de árboles de cultivo. Desde el castillete de la roca--«es castellot de sa roca»--o desde la roca del castillete--«sa roca des castellot»--que es un peñasco a modo de torreón que se alza aquí cerca sobre una dulce colina, ¡qué grato es contemplar tumbado allí arriba los quietos rebaños de almendros, de higueras, de algarrobos, de vides, de pinos, que arraigan en las mansas oleadas petrificadas de la tierra de la roqueta! Y a lo lejos el mar.

Cuenta que este peñasco, este castillo rocoso, es una guija que se sacó del zapato y dejó sobre esta colina un gigante que venía de Felanitx a Manacor.

Todo da una sensación de bienestar más que de abundancia, de discreta fortuna. El otro día me acerqué a una familia de payeses que tomaban el aire y acariciaban los campos con la mirada, y me acerqué a ellos para pedirles un vaso de agua, pero a la vez para beber aquella visión bíblica de paz y de dicha. La mujer, con su trenza a la espalda y un niño en brazos, de soleado rostro, me miraba con sus azules ojos como mira el cielo. La vida como que irradia de estas mujeres mallorquinas, de trenza tendida y brazos desnudos hasta el codo, que pisan con amor el suelo de la roqueta.

Pero tengo que ir a las maravillas, por así decirlo, oficiales de la isla, a lo que se ofrece a los turistas; a Valldemosa, en cuya cartuja de un tiempo reposó Rubén Darío sus turbulencias del alma; a Miramar, a Sóller y subir al Puig Mayor. La excursión es el modo mejor de no dejarse ganar demasiado por esta calma.

Manacor (Mallorca), junio de 1916.

EN LA ISLA DORADA I En Mallorca son algo injustos con el llano en punto a su belleza. El deslumbramiento que produce la hermosura de la costa montañosa del norte, de sus espléndidas calas, de sus valles y sus barrancas, de sus rocas encendidas que avanzan a bañar su fulgor en el añil del mar, que es como una sangre, todo eso hace que no se aprecie lo debido la copiosa apacibilidad del riente llano de higueras, olivos, almendros y algarrobos.

Mallorca, la isla de oro, debe su fama de hermosa a la montaña costera.

La brava sierra que forma la costa brava es como un gran contrafuerte que corre de noroeste a sureste, cubriendo la llanura. Va desde el cabo de Formentor, donde se alzaba el pino que cantó Costa y Llobera, el que al viento sacudía su verde cabellera sobre el rompiente de las olas surgiendo de la roca, sin tierra a sus pies, en el cabo Nordeste de la isla, hasta la península de Andraitx, en el cabo suroeste, donde se alzan los ceñudos acantilados sin fronda ni verdura alguna, que primero le saludan al que llega embarcado desde Barcelona. Y toda esa costa es una maravilla luminosa. Diríase una isla de piedras preciosas, de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de amatistas, bañándose al sol en su propia sangre. Pues es el mar como sangre de piedras preciosas.

Es el mar homérico, el de la Odisea, el mar de color de vino, el que parece haberse derramado desde las entrañas de las rocas, no es el mar tenebroso que cantara Camoens.

Recorrí buena parte de esa fulgurante cornisa, que es una verdadera obra maestra de Dios, o si se quiere una obra de arte de la naturaleza.

Parece hecha aposta para que el hombre aprenda a soñar. Y aquí no es, como en la Castilla de Calderón, la vida sueño; aquí el sueño es lo que se tiene ante los ojos, aquí la naturaleza es sueño. Pero sueño de mediodía de verano, palpable y firme, donde la luz del cielo se adensa y cuaja en formas claras y precisas. Es un paisaje--aunque este término de paisaje resulte aquí flojo y desvaído--es un paisaje intelectual, contemplativo, seguro de sí mismo. Gea y flora y hasta fauna se abrazan y como que se mezclan y hasta confunden.

Se hacen los árboles como rocas y otras veces fingen--¡oh los olivos de Valldemosa!--monstruos prehistóricos y las rocas se hacen como troncos gigantescos o como enigmáticos gigantescos dragones. No, no son fantásticos delirios aquéllos que pintó el gran poeta de la luz de Mallorca, el pintor Mir, que embriagado de sol, como suelen estarlo las cigarras, pintó como éstas cantan en los pinos, brezando la modorrienta siesta del mar, con un estremecimiento de las entrañas. El pobre Mir acabó en que se le desvaneciera la razón--que me dicen ha recobrado ya--en su lucha por volver al arte lo que a éste arrebató la naturaleza.

Mi primera excursión a la montaña y la costa fué yendo desde Inca al santuario de Lluch y de éste, cruzando sierra, a las bahías de Pollensa y de Alcudia. De Inca a Lluch se sube, siempre al pie del imponente pico--o puig--de la Massanella, el segundo gigante pétreo de la isla, por un verdadero cinematógrafo de hoces y barrancas. Surge algún pueblecillo de esos que parecen eflorescencia de las rocas vestidas de verdura, con su iglesia en lo alto, como un halcón de cetrería en su percha. Así Caimari. Y luego el salto de la Belladona, un derrumbadero tajado a pico y abierto al apacible llano, y donde brotó, como en flor espiritual, una leyenda, la de la dama que arrojó su marido por el despeñadero, y al llegar al altar de Nuestra Señora, la encontró allí sana y salva arrodillada.