--Volverán a la vida y al camino--contestó el viejo.
--¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante!
--No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente; todo derecho.
--¿El camino que traje?--exclamó el viejo--. ¿Volverme, dices?
¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos!
--¡Pues entonces...por aquí, entre las flores, por los prados, por donde no hay camino!
Dejando así la carretera fueron campo traviesa, entre floridos campos--magarzas, clavelinas, amapolas--, adonde Dios quisiera.
Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus labios de rosa, le iba contando de su abuelo cómo en las largas veladas invernizas le hablaba de otros mundos, del paraíso, de aquel diluvio, de Noé, de Cristo...--¿Y cómo era tu abuelo?
--Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho, no te creas...viejo..., y sabía canciones.
Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió el anciano dando a la brisa que iba entre las flores este cantar: Los caminos de la vida van del ayer al mañana, mas los del cielo, mi vida, van al ayer del mañana.
Y al oirle, la niña dió a los cielos, como una alondra, esta fresca canción de primavera: Pajarcito, pajarcito, ¿de dónde vienes?
El tu nido, pajarcito, ¿ya no le tienes?
Si estás solo, pajarcito, ¿cómo es que cantas?
¿A quién buscas, pajarcito, cuando te levantas?
--Así era como tú, algo más chica--dijo llorando el viejo--; así era como tú..., como estas flores...--¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella!
Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus recuerdos, y la niña a su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios.
--¿Que lo recuerdas, niña?
--Sí, sí; todo eso me parece cual si fuera algo que me pasó, como si hubiese vivido yo otra vida.
--¡Tal vez!--dijo el anciano, pensativo.
--Allí hay un pueblo, ¡mira!
Y el caminante vió tras una loma humo de hogares. Luego, al llegar a su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una pobre espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas, parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de unos bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón de tierra, mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes--dos bueyes celestiales--, que venían a contemplar sus sombras pasajeras o darles nueva vida acaso.
--Zagal, ¿aquí hay dónde hacer noche, dime?--preguntó el viejo.
--¡Ni a posta!--dijo el mozo--. Esa casa de ahí está vacía; sus dueños emigraron, y hoy sirve nada más que de guarida para alimañas. Pan, vino y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida.
--¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra!
Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el abuelo de la niña, y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al despertar miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre el cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños.
--Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en esta casa...¡La pobre está tan sola!--dijo el viejo.
--Sí, sí; la pobre casa...¡Mira, abuelo, que el pueblo es tan bonito!
Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo, como yendo a decir...En este punto sonaron las chilejas. «Padre nuestro que estás en los cielos...». Y la niña siguió: «¡Hágase tu voluntá así en la tierra como en el cielo!». Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron: Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos!
El viejo hacía cestas, componía mil cosas estropeadas; sus manos eran ágiles; industrioso su ingenio.
Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el fuego, y cuidando de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra vida y de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al arrimo de la lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran cuatro, y no dos. O más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían doble vida: la una, vida del cielo, vida de recuerdos, y la otra, de esperanzas de la tierra.
Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al pueblo veían sobre el cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que dicen el camino de la vida. Volvíanse cantando.
Y así pasaba el tiempo hasta que un día--unos años más tarde--oyó otro canto junto a casa el viejo.
--Dime, ¿quién canta esa canción, María?
--Acaso el ruiseñor de la alameda...--¡No, que es cantar de mozo!
Ella bajó los ojos.
--Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al camino y a mí a morir. ¡Dios os bendiga, niña!
--¡Abuelito! ¡Abuelito!--y le abrazaba, cubríale de besos, le miraba a los ojos cual buscándose.
--¡No, no, que aquélla se murió, María! ¡También yo muero!
--No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con nosotros...--¿Con vosotros me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo, niña, se murió. ¡Soy otro!
--¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando yo, al despertar sola y contarte cómo escapé de casa, me dijiste: Volverán a la vida y al camino? ¡Y volvieron!
--Volvieron al camino, sí, hija mía, y a él nos llama esa canción del mozo. ¡Tú con él, mi María, yo...con ella!
--¡Con ella, no! ¡Conmigo!
--¡Sí, contigo! Pero...¡con la otra!
--¡Ay, mi abuelo, mi abuelo!
--¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he vivido!
Murióse aquella tarde el pobre anciano, el caminante que alargó sus días; la niña, con los dedos que cogían flores del campo--magarzas, clavelinas, amapolas--le cerró ambos los ojos, guardadores de ensueño de otro mundo; besóle en ellos, lloró, rezó, soñó, hasta que oyendo la canción del camino se fué a quien le llamaba.
Y el viejo fué a la tierra: a beber bajo de ella sus recuerdos.
EL AMOR QUE ASALTA ¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque eso sí, para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de Anastasio, nada como la vida humana.
Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño, que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba, viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de pronto en una encrucijada del camino.
Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la acción pública. Y leía el _Eclesiastés_ mientras esperaba la última experiencia, la del amor.
Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, aquí encontró menos aún que en otras partes huella alguna del amor.
Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero, y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si se pretendiese endiosar al apetito de comer. Un poema sobre la digestión es una blasfemia.
No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y releyó la leyenda de _Tristán e Iseo_, y le hizo meditar aquella terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: _A mulher fatal_.
¿Me sucederá así?--pensaba--. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos lo espere y crea, la mujer fatal?--Y viajaba, viajaba en busca de la fatalidad ésta.
«Llegará un día--se decía--en que acabe de perder esta vaga sombra de esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez, sin haber conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni puedo ya vivir, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dió en pesimista.
Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado.
Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él, Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed trágica; en todo él palpitaba un destino terrible.
Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose: ¿Para qué todo esto?
Era una tarde serena del tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya, se desprendían de los árboles e iban envueltas en la brisa tibia a restregarse contra la yerba del campo. El sol se embozaba en un cendal de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y se fué al comedor de la fonda, lleno de maletas.
Sentóse distraídamente y esperó le trajesen la sopa. Mas al levantar los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales, tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún.
Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo frío le desasosegaba.
Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahido.
Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le acercó y con voz seca, sedienta, ahogada y temblona le cuchicheó casi al oído: --¿Qué le pasa? ¿Se pone mala?
--¡Oh, nada, nada; no es nada...gracias!...--A ver...--añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para tomarle el pulso.
Fué entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron.
--Está usted febril...--susurró él balbuciente y con voz apenas perceptible.
--¡La fiebre es...tuya!--respondió ella, con voz que parecía venir de otro mundo, de más allá de la muerte.
Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del corazón, que le tocaba a rebato.
--Es una imprudencia ponerse así en camino--dijo él, hablando como por máquina.
--Sí, me quedaré--contestó ella.
--Sí, nos quedaremos...¡Y ya te contaré; te lo contaré todo!--agregó la mujer.
Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el coche, sentados el uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y fué contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente la misma. También ella viajaba en busca del amor; también ella sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional para engañar el tedio de la vida.
Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo el pasado se borraba de sus memorias, y vivían como un presente eterno, fuera del tiempo.
--¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria!--le decía él.
--¿Y para qué, Anastasio?--respondía ella--. Es mejor así, que no nos hayamos visto antes.
--¿Y el tiempo perdido?
--¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscarnos, en anhelarnos, en desearnos el uno al otro?
--Yo había desesperado ya de encontrarte...--No, pues si hubieses desesperado de ello te habrías quitado la vida.
--Es verdad.
--Y yo habría hecho lo mismo.
--Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante...--¡No hables del porvenir, Anastasio, bástenos el presente!
Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía.
--No pensemos en el porvenir--reanudó ella--ni en el pasado tampoco.
Olvidémonos de uno y de otro. Nos hemos encontrado, hemos encontrado al amor y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas?
--Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan...--Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta.
Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar.
--¿Tiemblas, Anastasio?
--¿Y también tú, Eleuteria?
--Sí, temblamos los dos.
--¿De qué?
--De felicidad.
--Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla.
--Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros.
Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida, hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas, forzó la puerta. Encontráronles en el lecho, juntos, desnudos, y fríos y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del corazón.
--¿Pero los dos?--exclamó el fondista.
--¡Los dos!--contestó el médico.
--¡Entonces eso es contagioso!...--y se llevó la mano al lado izquierdo del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el cuarto, por si acaso.
No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí los llevaron al cementerio, y desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte, el único que sobre su tumba llora.
El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso increíble--nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía--, llegó a una profunda conclusión de carácter médico legal, y es que se dijo: «¡Estas lunas de miel!...No se debía permitir que los cardíacos se casasen entre sí».
SOLITAÑA Soli, solitaña Vete a la montaña, Dile al pastor Que traiga buen sol, Para hoy y pa mañana Y pa toda la semana.
Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta portalada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento Noroeste que se filtraba por la calle como por un tubo y formando a la entrada como un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros, hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban, se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes y en todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y los libros de don Roque.
Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones, buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y más tibiamente fría.
Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en filas, a la vista del transeunte; al otro lado, una confitería oliendo a cera.
Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita, paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro viscoso que brilla un momento y luego se borra.
Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre _Solitaña_, era de por ahí, de una de esas aldeas de _chorierricos_ o cosa parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había sido larva joven, si es que lo fué en algún tiempo, ni sabía a punto cierto cómo se casó ni por qué se casó, aunque sabía cuándo, pues desde entonces empezaba su vida. Se deduce _a priori_ que le trajo de la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies mayores. Al andar se balanceaba un poco.
Su mujer, Rufina de Bengoechebarri y Goicoechezarra, era también de por ahí, pero aclimatada en Artecalle: una ardilla, una cotorra y lista como un demonio. Domesticó a su marido, a quien quería por lo bueno.
¡Era tan infeliz _Solitaña_! Un bendito de Dios, un ángel, manso como un cordero, perseverante como un perro, paciente como un borrico.
El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque.
La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima y con balcones de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse: sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era tan húmeda que salía moho en las paredes.
_Solitaña_ subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras.
Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la una comía, cenaba a eso de las nueve y a eso de las once se acostaba, se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se disipaba en el sueño.
En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas.
Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los _orá por nobis_ de la letanía; siempre, al _agnus_, tenían que advertirle que los _orá por nobis_ habían dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para _Solitaña_ goce singular el oir medio amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangosas repetían con él, a coro, _orá por nobis_, _orá por nobis_.
Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí!
Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y solemne: --Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo...La Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero..._Solitaña_ sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más adelante: Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria..._Solitaña_ le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva: --Una limosna, piadoso caballero...Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules, acurrucado en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde posaban las moscas. Dos ochavos más. Un joven cojo pedía en vascuence, y a éste _Solitaña_ le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a campo, verde como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío, gusto a borona. Era una evocación que le hacía oir en el fondo de sí mismo, y como salidos de un fonógrafo, cantos de mozas, chirridos de carros, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar de pájaros, algo que reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como polvo amasado con la humedad de la calle y de la casa.
_Solitaña_ y el mostrador de la tienda se entendían y se querían.
Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo sucio. De cuando en cuando, el _chinel_, adelantando alternativamente las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca: Fué en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina; «a refrescar un poco la cabeza--decía su mujer--, a estirar el cuerpo, siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: Roque, vete a dar un paseo, toma el sol, hombre, toma el sol, y él, nada». A los tres días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que quería es encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor de cabeza y hacían que circulara por todas sus venas la humedad y la sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical: eran como los movimientos para el reumático. «_Mamarro_, más que _mamarro_--le decía doña Rufina--, pareces un topo». _Solitaña_ sonreía. Otro de sus goces, además del de medir telas y los _orá por nobis_, era oir a su mujer que le reñía. ¡Qué buena era Rufina!
Venía alguna mujer a comprar.
--Vamos, ya me dará usted a dieciocho.
--No puede ser, señora.
--Siempre dicen ustedes lo mismo, ¡es usted más carero!...Lo menos la mitad gana usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho!...--No puede ser, señora.
--¡Vaya!, me lo llevo...¡Tome usted!...--Señora, no puede ser...--¡Bueno!, lo será...siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo...--No puede ser, señora.
--Pues bien; ni usted ni yo: a diecinueve.
--No puede ser...Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o pagaba los veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque tampoco cedía, daba razones, discutía, ponderaba el género, en fin, hablaba. Pero para los aldeanos no había como él, paciencia vence a paciencia.
La tienda de _Solitaña_ era afortunada. Hay algo de imponente en la sencilla impasibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente buenos atraen.
Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal, se acordaba del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la cocina cuando dormitando con las manos en los bolsillos calentaba sus pies junto al hogar, donde chillaban las castañas, viendo balancearse la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos de su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de su patria y vive feliz y aclimatado en tierra extraña.
Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban a merendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer tranquilamente a casa, sintiendo circular dentro del alma todo el aire de vida y todo el calor del sol. Una vez fueron en tartana a Las Arenas, nunca había visto aquello _Solitaña_. ¡Oh!, los barcos, ¡cuánto barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A _Solitaña_ le gustaba el monótono resuello de la respiración del monstruo, ¡qué hermoso acompañamiento para la letanía! Al día siguiente, viendo correr el agua sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar; pero allí, en su tienda, se palpaba a sí mismo.
Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había bailoteo, y era de ver a _Solitaña_ agitando sus piernas torpes y zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué risas! Bebía algo más que de costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer.
Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, _Solitaña_ era siempre el mismo; tenía en la mirada el reflejo del suelo mojado por la lluvia; su espíritu había echado raíces en la tienda, como una cebolla en cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios.
Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, _bizcor_, _bizcor_, según él decía, alegre y dicharachero, que contaba siempre escenas de caza y de limonada; otro que cada ocho días narraba los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año 41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de estos tiempos de impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la otra guerra y se murmuraba si saldrían o no otra vez al monte los montaraces. _Solitaña_, aunque carlista, era de temperamento pacífico, como si dijéramos, ojalatero.
Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso, pensando siempre en lo último que había dicho el que había hablado el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que le pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y se volvía a su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo dejaría _Solitaña_ la badila, que manejaba tan bien como la vara y con la cual revolvía el fuego mientras los demás charlaban, y luego, tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al arrullo de la charla.
Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los liberales, ¡duro con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido, porque fué carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraban, y el carlismo, apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas.
El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran blancos como negros, y en una limonada nadie se acuerda de colores; por lo demás, él bien sabía que sin religión y palo no hay cosa derecha.
Hablaban de una limonada: --¡Qué limonada!--decía el que vió los fusilamientos de Zurbano--, ¡pedazos de hielo como puños navegaban allí!...--Tendríais sarbitos--interrumpió el viejo, siempre tan guapo--; en la limonada hasen falta sarbitos...Sin sarbitos, limonada _fachuda_; es como tambolín sin _chistu_. Cuando están aquellos cachitos helaos que hasen mal en los dientes, entonses...--Unas tajaditas de lengua no vienen mal...--Sí, lengua tamién; pero sobre todo sarbitos, que no falten los sarbitos..._Solitaña_ se sonreía, arreglando el fuego con la badila.
--A mí ya me gusta tamién un poco merlusita en salsa...--volvió el otro.
--¿Con la limonada? Cállate, hombre, no digas _sinsorgadas_...Tú estás tocao...¿Merlusa en salsa con la limonada? A ti sólo se te ocurre...--Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa..., la de Bermeo se entiende, nada de merlusa de Laredo, cada cosa de su paraje: sardinas de Santurse, angulitas de la isla y merlusa de Bermeo...
--No haga usted caso a eso--dijo el cura--; yo he comido en Bermeo unas sardinas que _talmente_ chorreaban manteca: sin querer se les caía el pellejo...Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos!...--Bueno, hombre, pues, ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a su tiempo; luego los caracoles, después el besugo...hisimos una caracolada poco antes de entrar Zurbano el año...--Ya te he dicho muchas veses--le interrumpió el viejo siempre tan guapo--, que tú no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y sobre todo, te vuelvo a desir, y no le des más vueltas, que con la limonada sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa le dises que es un arlote barragarri...Si me vendrás a desir a mí...--Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa...--Entonses no sabes comer como Dios manda.
--¿Que no sé?
--Bueno, bueno--interrumpió el cura para cortar la cuestión--, ¿a que no saben ustedes una cosa curiosa?
--¿Qué cosa?
--Que los ingleses nunca comen sesos.
--Ya se conoce; por eso están coloraos--dijo el viejo guapo--, porque en cambio te sampan cada chuleta cruda y te pescan cada sapalora...--Esos herejes...--empezó doña Rufina.
Y venía rodando la conversación a los liberales.
Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina y su marido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus cuentas; luego, con una vela encendida, registraban todos los rincones de la tienda; miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos; echaban la llave y se iban a dormir. _Solitaña_ no acostumbraba a soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la inconsciencia, arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía los vidrios de la ventana.
Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba a la tienda en invierno entre las sombras del crepúsculo matutino.
En Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba levita negra, guantes también negros, chistera negra que guardaba desde el día de la boda, e iba con un bastoncillo negro a pedir para la Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba en hombros, y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena de letanías con sus quinientos sesenta y dos _orá por nobis_.
¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima, era padre y toda la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en él era cosa rara, apenas se le vió besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con delirio.
Vino el bombardeo, se refugió la gente en las lonjas y empezó la vida de familias acuarteladas. Nada cambió para _Solitaña_; todo siguió lo mismo. La campanada de bomba provocaba en él la reacción inconsciente de un avemaría y la rezaba pensando en cualquier cosa. Veía pasar a los _chimberos_ de la otra guerra como veía pasar al eterno _chinel_. Si el proyectil caía cerca, se retiraba adentro y se tendía en el suelo presa de una angustia indefinible. Durante todo el bombardeo no salió de su cuchitril. La noche de San José temblaba en el colchón, tendido sobre el suelo, ensartando avemarías. «Si al cabo entraran, decía doña Rufina, ya le haría yo pagar a ese negro de don José María lo que nos debe».
Su hijo fué a estudiar medicina. La madre le acompañó a Valladolid; a su cargo corría todo lo del chico. Cuando acabó la carrera pensaron por un momento dejar la tienda; pero _Solitaña_ sin ella hubiera muerto de fiebre, como un oso blanco trasportado al África ecuatorial.
Vino el terremoto de los Osunas, y cuando las obligaciones bambolearon, crujió todo y cayeron entre ruinas de oro familias enteras, se encontró _Solitaña_ una mañana lluviosa y fría con que aquel papel era papel mojado y lo remojó con lágrimas. Bajó mustio a la tienda y siguió su vida.
Su hijo se colocó en una aldea y aquel día dió don Roque un suspiro de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir las escaleras, que temblaban bajo sus pies y sentir la lluvia, que azotaba las ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada.
Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el Viático, y cuando el sacerdote empezó la letanía, el pobre _Solitaña_, con la cabeza hundida en la almohada, lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles _orá por nobis_, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba entonces como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió; su hijo le lloró el tiempo que sus quehaceres y sus amores le dejaron libre; quedó en el aire el hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de _Solitaña_ voló a la montaña eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre había vivido a la sombra, que nos traiga buen sol para hoy, para mañana y para siempre.
¡Bienaventurados los mansos!
BONIFACIO Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón del cuento creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo.
Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser original y parecer extravagante, hasta tal punto, que dejaba de hacer lo que hacían otros por la misma razón que éstos lo hacen: porque ven hacerlo.
Empeñado en distinguirse de los hombres, no conseguía dejar de serlo.
Yo no quiero hacer ningún retrato; declaro que Bonifacio es un sér fantástico que vive en el mundo inteligible del buen Kant, una especie de quinto cielo; pero la verdad es que cada vez que pienso en Bonifacio siento angustia y se me oprime el pecho.
¿Cuál será mi aptitud? se preguntaba Bonifacio a solas.
Escribió versos y los rompió por no hallarlos bastante originales: éstos recordaban los de tal poeta, aquéllos los de cual otro; le parecía cursi manifestarse sentimental, más cursi aún romántico (¿qué quiere decir romántico?), mucho más cursi, escéptico y soberanamente